Donald sofoca la revolución francesa

24 10 2011

Richie McCaw, con la copa Webb Ellis en sus manos, saluda al estadio de cuatro millones que ha sido Nueva Zelanda y que ayer, una vez más, encarnó Eden Park, la casa de los títulos para los All Blacks.

Un cuarto de siglo más tarde, el balón oval ha completado una trayectoria elíptica y las profecías confluyen en el mismo lugar, con los mismos actores: Auckland, el escenario que llaman Eden Park, Nueva Zelanda campeona, Francia perdedora. Como en 1987, sí, pero de otro modo. Aquello fue un 29-9 . En aquel equipo de Francia jugaban Berbizier, Camberabero, Ondarts, Lagisquette, Sella, Mesnel, Blanco… Bastan esos nombres para definir su estatura. Uno no está seguro de que muchos de los jugadores del equipo subcampeón de ayer puedan aguantar un tète-a-tète con el recuerdo que provocan aquéllos. Y sin embargo, fue un 8-7, el resultado más bajo y más ajustado de una final. La impresionante resolución del último partido demuestra que, por más que los All Blacks sean el equipo número 1 del mundo, ni son infalibles ni pueden exhibir una superioridad irrefutable sobre el resto. Y menos que nadie, sobre Francia, que los ha echado de dos mundiales y les ha ganado hasta dos veces en su territorio. Si no lo hizo una tercera fue por poco. Por el margen de un solo punto, que en el rugby es nada, apenas nada. Pero, al mismo tiempo y en el contexto de una final, lo es todo. Los All Blacks son campeones del mundo, otra vez. Ha sido merecido, considerado globalmente. No tanto por lo que se refiere a la final. Pero no ha resultado sencillo. Ni por el camino ni por el tipo de resistencia que le presentó Francia en el choque definitivo. A los All Blacks les han hecho falta 24 años, otra final, varios episodios de realismo brutal a manos de diferentes equipos franceses, seis semanas de competición y cuatro medios de apertura… Y en este último detalle reside la historia alternativa -que suele resultar la más interesante y reveladora- de este título.

La historia de los aperturas, esa maldición persistente del número 10 de los All Blacks, sirve para explicar no sólo las circunstancias, sino ante todo el nervio esencial que los kiwis han necesitado para sobreponerse a la asfixiante presión que los ha sitiado en las últimas semanas (tanto como decir en los últimos años). Esa fuerza interior les permitió sostener el título en sus manos aun cuando por juego estuvieran muy, pero muy cerca de perderlo. Francia hizo todo lo necesario para ganarles, excepto los puntos. Conviene no perder de vista esa precisión. Los partidos, y más un partido superlativo como éste, siempre pueden mirarse desde variados puntos de vista. Ninguno es falso. Si aludimos al juego, Francia supo hacer lo correcto y animar una revolución que los All Blacks apenas acertaron a sofocar. El partido trataba del ritmo, del ritmo de Nueva Zelanda, de su capacidad para exigirle al rival una respuesta física colosal, martillando con su acostumbrada constancia de balones jugados en campo abierto, percusión, fiereza en los reagrupamientos y persecución de patadas que buscan más una invasión activa del territorio que la simple geoestrategia. No lograron imponerlo. A los All Blacks no les gusta jugar patadas largas a la touch para ganar metros. En su aproximación al juego, ese es un concepto antiguo, superado. Prefieren patadas altas y poco profundas en las que puedan luchar por la recuperación, golpear al contrario y comprometer su resistencia. Les va la carga. Contra eso, Francia tenía la capacidad de jugar estratégicamente con el pie. Construir posiciones en el campo con varias fases de delantera (y qué delantera, y qué tercera…) y después dejarles a Yachvili y Parra la decisión de dirigir a su equipo a zonas interesantes. Así que, cuando a los apenas diez minutos de partido los kiwis empezaron a no ver claras las puertas hacia el ataque y Piri Weepu resolvió largar un balonazo raso a la espalda de la defensa buscando la esquina de la touch, uno supo que los All Blacks lo iban a pasar mal. Y así fue.

Rougerie lidera una carga francesa, apenas contenida por el placaje de Tony Woodcock, en uno de los movimientos ofensivos de Francia que culminarían en el ensayo de Dusautoir: los franceses sacaron orgullo y rugby, su gran partido de cada torneo fue el de la final.

Al menos, consiguieron que Francia no hiciese valer de manera definitiva sus muchas virtudes. Puede que nos dejemos llevar por la lastimosa impresión de Francia a lo largo del torneo para defender que les basta una derrota tan honrosa como ésta frente a Nueva Zelanda. Es una equivocación, no es así. Francia quiere y puede ser campeona del mundo de rugby. No hablamos de ningún underdog que juegue con hándicaps de compensación: es una de las naciones más grandes de este deporte y un vector fundamental en la historia y el desarrollo del juego. Frente a la muralla gala, los All Blacks ensayaron con un peel-off, jugada de libro de cualquier catón en los saques de touch: balón al segundo saltador, muy alejado hacia la línea de 15 metros; hueco abierto en el medio del alineamiento por el desplazamiento de la defensa y palmeo del saltador para un pilar (en este caso Tony Woodcock) que rompe por el medio de ese butrón. Naturalmente esa es la teoría. En la práctica, la defensa se recoloca en la fila y cierra el agujero. Pero Francia, sorprendentemente, no lo hizo. Y Woodcock entró en el ensayo como un duque poco probable, abriendo el marcador con cinco puntos que aliviaban tensiones. Pocas, porque enseguida quedó claro que Piri Weepu, el influyente medio de melé de los kiwis, había caído presa de su exceso de motivación, perceptible en su dirección de la haka y en la contumacia de las equivocaciones en sus tiros a palos. Para el descanso, Weepu pedía a gritos la sustitución. Henry aguantó, sabiendo que tal vez Ellis no era la respuesta. Porque no lo era. Pero cuando Weepu largó fuera del campo un reinicio de bote pronto, no hubo más remedio que sacarlo del terreno de juego. A esas horas ya había cometido un error incomprensible al jugar con el pie, fuera de toda ortodoxia, un balón rebotado en un ruck. Balón que quedó suelto a la espalda de los delanteros negros, que persiguieron los franceses con ánimo insaciable, que les permitió generar un contraataque frenado con aprensión creciente por Nueva Zelanda. Y que, unas pocas fases después, culminaría una jugada muy bien hilada con la escapada de Thierry Dusautoir, su ingreso en la zona de marca y el ensayo.

A esas horas, el sudor de Nueva Zelanda entera era helado. Habían ocurrido tantas cosas y tan importantes que contarlas necesitaría de varios tomos. Morgan Parra tuvo que dejar el campo después de pasar la primera parte recibiendo golpetazos en la cara, como si los All Blacks le hubieran puesto precio a su cabeza. Un rodillazo a la vuelta de un ruck dejó sonado al apertura francés. Un rato más tarde, mientras su condición se agravaba con nuevas contusiones, hubo de entrar Trihn-Duc, el indeseado (por Liévremont). Parra salió entre lágrimas y severamente magullado, como si viniera de librar un combate contra George Foreman en una habitación cerrada. Enfrente, Cruden se había cascado la rodilla en un apoyo infortunado. Entró Donald: su misión, acompasar el juego y abrir caminos. No los había. Por afuera, ni Cory Jane ni Kahui entraban en juego con espacio. Nonu percutía con su decisión de bisonte, pero sin obtener ventajas significativas ni lograr que su equipo jugara continuidades a la espalda de la defensa gala. Israel Dagg, al fondo, tampo veía campo abierto… Francia había logrado detener casi desde el inicio la marea negra y la conversión de Yachvili del ensayo de Titi Dusautoir dejaba más de media hora por jugar con un margen delgadísimo de un punto. Weepu había errado varios golpes concedidos por el árbitro Craig Joubert por hudimientos franceses, algunos opinables. En los rucks nada era verdad ni mentira: los hombres entraban por tantas puertas como fuera posible -aunque sólo una, la de atrás, sea la legal-, los tacos buscaban la carne de los caídos, unos empujaban en diagonal, otros hacia arriba… McCaw elevaba al delirio su naturaleza de hombre mutante en la vida subterránea, Harinodorquy extendía su leyenda con una combatividad a prueba de batallas y Dusautoir, en fin, dejaba su impronta de gran hombre para los partidos más grandes, con una sesión de placaje, inteligencia, estrategia y finura digna de toda memoria. Era un partido para verlo a cámara lenta, con toda su crudeza, toda la tensión y toda la brutalidad dignas de la ocasión. Pero no había tiempo. Todo ocurría con fascinante velocidad, de manera salvajemente irrefrenable.

Stephen Donald, felicitado por sus compañeros en el podio de los vencedores. El cuarto medio de apertura en la línea de sucesión de los All Blacks fue el improbable héroe de la final, con un golpe anotado que marcaría, al final, la diferencia entre el triunfo y la derrota.

El giro copernicano que convierte toda esta narración en la posibilidad de una leyenda, y el mínimo detalle que resolvió este apasionante thriller, resultó espectacular, visto con la debida perspectiva. Arranca del verano boreal de 2010, cuando Nueva Zelanda y Australia se jugaron la Bledisloe Cup en un partido llevado a Hong Kong, en medio de la política de expansión del rugby en Asia que tiene de fondo la candidatura de Japón a la organización de una Copa del Mundo. Aquel encuentro, ganado por los wallabies, se cobró una víctima: el medio de apertura elegido por Graham Henry para relevar a Dan Carter. Su nombre, Stephen Donald. Un golpe de castigo errado y una gravísima equivocación, al no patear a touch una patada a seguir de los australianos y propiciar el definitivo ensayo aussie, resultaron en la derrota de los kiwis. Otra vez se habló de los fantasmas que visten de azul: de la semifinal del 99, de los cuartos de final en Cardiff hace cuatro años. Siempre de Francia. Ayer de respetuoso blanco. Y siempre la sospecha de incapacidad de los All Blacks para jugar otros partidos que no sean su partido preferido. Al regreso de Hong Kong, los cuchillos brillaron en la prensa y la mayoría llevaban un nombre escrito en el filo: Stephen Donald. “Me duele volver a decirlo, pero Stephen Donald no tiene el nivel suficiente para ser un All Black”, escribió el ex Richard Loe en su columna del NZ Herald on Sunday. Sean Fitzpatrick, otro pope de la generación del 87 y posteriores, remachó al apertura a martillazos.

Cuando durante el cruce de cuartos se produjo la lesión de Colin Slade que puso en primera línea a Aaron Cruden, Graham Henry resolvió tirar de nuevo del apestado Stephen Donald para completar su banquillo. Pero Donald estaba de vacaciones. Pescando. Mirando los partidos por televisión, si acaso. Sonó su teléfono y, en varias ocasiones, no lo atendió. Tuvo que ser su compañero en los Chiefs, Mils Muliaina, el que a través de un mensaje de texto le pidiese que respondiera el móvil. Se incorporó al campamento y, dos semanas después, la lesión de Cruden lo puso en el campo en la final: era su debut en una Copa del Mundo. Como mirarse en la pantalla del televisor y descubrir de repente que estás dentro de ella. En el minuto 46, Donald tuvo que disparar a palos un golpe de castigo que, a la postre, sería el que decidió la final. “Hacía un mes que no pateaba una pelota a palos… No sabía ni si era capaz de hacerlo”, diría luego Stephen Donald. Lo hizo. Y la pelota tomó un vuelo dubitativo, que primero se abrió hacia la izquierda de los palos para luego cerrarse hacia dentro. Pasó pegada al palo izquierdo, pero pasó. Y esos tres puntos, defendidos con más cuerpo que rugby después, hicieron campeona a Nueva Zelanda.

No cupo un guión más enrevesado. El Mundial dejó un último gran partido, con un marcador bajo, mínimo, pero que vino a encarnar una feroz competencia por el trofeo que levantaría Richie McCaw. Más allá de lo obvio, la culminación de lo que sin duda puede considerarse una redención colectiva de proporciones incalculables: la de Donald, para empezar. La del equipo de Francia, por fin digno de su incomensurable calidad, de su tradición: si no por el estilo, sí al menos por la entereza y el arrojo. Desde luego y por fin, la de los All Blacks, campeones tras un drama de intensidad apenas soportable, que duró 80 larguísimos minutos. Apenas hora y media que, en realidad, era un cuarto de siglo.

Nueva Zelanda, 8
Ensayo: Tony Woodcock
Golpe de castigo: Stephen Donald

Francia, 7
Ensayo: Thierry Dusautoir
Transformación: Dimitri Yachvili

Vídeo-resumen de la final





C’est la France…

8 10 2011

Cualquiera de los que pensamos cinco minutos acerca del partido entre Inglaterra y Francia, antes de que se jugara, consideramos los antecedentes de los dos equipos, su camino hasta los cuartos de final y la multitud de señales emitidas en estas últimas semanas. Anticipar un pronóstico significaba tirar un disparo al aire: todos los signos eran contradictorios. Inglaterra había ganado sin ningún elemento de convicción en su rugby, salvo las apariciones individuales de Cueto, Ashton, Tuilagi o Wilkinson. Y Francia… bueno, Francia lleva tiempo negando un día sí y otro también cualquier conciliación entre la evidente calidad de sus jugadores, su inmenso potencial como equipo y la acumulación de tensiones alrededor del entrenador Lievremont y su plantilla. A veces los grandes equipos pueden sobreponerse a todos esos rigores íntimos, pero es que además Francia no había podido: durante la primera fase ganó con palidez dos de sus partidos, no presentó ninguna batalla real a los All Blacks y, para finalizar, despidió el grupo con una deshonrosa silbatina de su gente tras perder con Tonga. Ahora es sencillo decir que Inglaterra también había avisado del vuelo cortísimo que le aguardaba en el Mundial. Hay un razonamiento para eso: escapó vivo contra Argentina y Escocia, partidos que seguramente nunca debió ganar. Pero Francia tiene más pólvora que los Pumas y los escoceses. Tiene jugadores que pueden golpear, que hacen daño en carrera, que ganan líneas, que rompen defensas y acaban. Sí, todo eso es verdad. Pero ninguno de los comentaristas que consulté en los prolegómenos del encuentro (gente como Dallaglio, Frans Pienaar o Sean Fitzpatrick en la televisión inglesa, o el recordado Diego Domínguez en la italiana…) ninguno manifestó ninguna confianza en que Francia fuera a convertir todos esos problemas que la venían acosando en munición para el choque con Inglaterra. Yo mismo fui consultado levemente desde el otro lado del planeta por un amigo y, a pesar de la aprensión que me daba arriesgarme, también insistí: “Inglaterra tiene finalizadores y puntos con el pie: con eso le debería valer. Salvo que los franceses descorchen el champagne de forma inopinada… pero creo que esta vez se lo han dejado en casa”.

Yachvili ondea la bandera de Francia, victoriosa contra el viejo enemigo inglés: los galos no le dieron opción al equipo de Martin Johnson y se fabricaron una victoria con la forma de la redención.

Y bien… Todos equivocados, porque Francia lo hizo de nuevo. Siempre puede ocurrir. De hecho, ocurre con una frecuencia en cierto modo molesta, porque la repetición de un tópico siempre resulta algo fastidioso. Francia descorchó la botella, espumeó su rugby durante un buen rato y, sin alardes excesivos, pero con ese relativo flair que todavía la puede adornar, sacó del partido y del Mundial a Inglaterra en media hora: en ese tiempo, Yachvili anotó dos golpes de castigo (la vieja historia de siempre con Inglaterra, su cacareada indisciplina en los agrupamientos), antes de que Vincent Clercq y Maxime Medard, dos de los genios dormidos del equipo francés, posaran dos ensayos que dejaron al equipo de Martin Johnson mirando a Londres (0-16). Si los agentes de su Majestad no habían hecho las compras familiares, les tocará hacerlas en el aeropuerto de vuelta a casa. Por más que intentaron un largo regreso durante la segunda mitad (ensayo de Ben Foden, en una de sus escasísimas apariciones ofensivas en este Mundial, y otro de Cueto cuando ya no había tiempo para nada), Francia no tuvo gran problema en sujetar la victoria. Tiene oficio y jugadores para hacerlo. Lo expresó el narrador de ITV con una de esas frases que describió el control del tiempo y del partido que, en la fase definitiva del choque, estaban ejerciendo los azules: “Los jugadores de Francia se están comportando ya como el personal de un restaurante de París: no se dan ninguna prisa en venir a tu mesa”. Ahora, cuando van merece la pena. El postre lo sirvió Trihn-Duc, recuperado durante la segunda mitad en el puesto de un Yachvili fallón con el pie. El medio apertura represaliado por Lievremont después del primer encuentro de la Copa del Mundo cruzó entre los palos un drop que pasó los postes con el sonido sordo de un clavo que cierra el cajón del muerto. Una vez establecida su ventaja de la primera parte, Francia ya no había enseñado gran cosa, pero sí la suficiente compostura para contener el confuso ataque inglés. La melé se le oscureció también a los chicos de Martin Johnson y tanto Dan Cole como Stephen Thompson pasaron una mala tarde en brazos de ese cinco implacable que pueden llegar a conformar Servat, Poux, Mas, Pape y Nallet.

What time is it in London? Martin Johnson consulta su reloj durante el partido contra Francia, para descubrir que es la hora de volver a casa. Una escasa Inglaterra en la fase de grupos se quedó definitivamente seca y eliminada contra Francia.

Ahora, el partido le perteneció de principio a fin al incombustible Imanol Harinordoqy. Instalado en el puesto de ocho, el Vasco ofreció una de sus ya clásicas exhibiciones de racial juego de tercera línea frente a los ingleses, el enemigo que más detesta. Lo secundaron Bonnaire, poderoso allá donde apareció, y el siempre fiable Dusatoir. Enfrente, Inglaterra opuso poco. Nick Easter había aparecido en el fondo de la delantera inglesa para ponerle experiencia y oficio a la línea, pero no hubo más remedio que echar de menos a Haskell ahí atrás. Para cuando apareció sobre el campo, a Inglaterra le quedaban pocas esperanzas. Si tuvo alguna, consistió en una elevación del ritmo de juego que no logró nunca, salvo en el ensayo de Foden. Subir el diapasón, reciclar balones veloces y mover a los franceses llevando la pelota a las esquinas, donde siempre aguardan hambrientos Ashton y Cueto. Pero justo cuando Ben Youngs advirtió esa necesidad y la puso en práctica para el primer ensayo inglés, con un cuarto de hora de vida por delante, Martin Johnson decidió relevarlo por Wigglesworth. No es que Youngs hubiera podido cambiar la suerte del choque, que estaba tácitamente resuelto desde la primera media hora, pero el cambio aportó entre poco o nada y la Rosa se fue desolando entre los viciosos dedos franceses. La victoria tiene todo el aire de las revanchas: contra el entorno, contra las críticas, una suerte de redención que lleva a Francia a semifinales, ronda de la que fue apartada en la última RWC por, precisamente, los ingleses. Ahora espera Gales, con su rugby límpido; Warren Gatland no es un entrenador que se deje llevar por falsas confianzas. Francia siempre guarda una última advertencia y una palabra final. Inglaterra deja el Mundial con pena y gloria. Y la Copa del Mundo despide a uno de los grandes protagonistas de su historia, Jonny Wilkinson, autor de episodios para la memoria antes de este agrio epílogo que el número 10 ha tenido en Nueva Zelanda. Y, con toda lógica, seguramente será también el último día de Martin Johnson: el hombre que nunca sonrió y cuyo equipo de rugby casi nunca hizo sonreír. C’est la vie… C’est la France.

Inglaterra, 12
Ensayos: Ben Foden, Mark Cueto
Conversiones: Jonny Wilkinson

Francia, 19
Ensayos: Vincent Clercq, Maxime Medard
Golpes de castigo: Dmitri Yachvili (2)
Drop: François Trihn-Duc

Vídeo-resumen del partido





El combate de los jefes

7 10 2011

La primera fase de este larguísimo Mundial no ha dejado satisfecho a casi nadie: a la IRB, la fifa del rugby, la balean desde todas las posiciones. Por los balones -un clásico de cualquier Copa del Mundo, como la meteorología, los alojamientos y otros aspectos organ6izativos-, las desigualdades del calendario -los equipos pequeños jugaban, a veces, cada cuatro días; mientras los grandes, por ineludible imperativo televisivo, sólo lo hacían de fin de semana en fin de semana-, las designaciones arbitrales y los arbitrajes en sí; para culminar con la amenaza de Steve Tew, el jefe de la federación de Nueva Zelanda, quien amenazó con que los All Blacks podrían no asistir al próximo Mundial (que se celebrará en Inglaterra), si la IRB no diseña otro plan de negocio con un reparto más ventajoso de dividendos para los participantes. O sea, que al equipo comercialmente más rentable del mundo, y deportivamente más atrayente, pierde millones de euros yendo a la Copa del Mundo. La IRB se ha apresurado a argumentar contra el boicot All Black con una perogrullada de fondo escaso: “Si no va Nueva Zelanda, la Copa del Mundo se seguirá jugando igual y habrá otros 20 equipos”. Richard Kahui, ala neozelandés, replicó: “Si los mejores no están, eso no será un Mundial, será otra cosa”. La pérdida de credibilidad del torneo y de legitimidad del hipotético campeón, venía a decir Kahui en un directo de izquierda muy bien cruzado…

A pesar de tan inquietante murmullo y de que da la impresión de que la RWC 2011 comenzó “hace 37 semanas”, como decía una hastiada columnista del Guardian londinense, aquí unos cuantos seguimos dispuestos a inyectarnos en vena todos los partidos que se crucen ante nuestros ojos. Somos, como el Alex de La Naranja Mecánica, enfermos sociales; y ni siquiera la sobreexposición oval de estas cuatro últimas semanas puede corregir esta desviación tan evidente. Además, lo bueno empieza ahora: tres fines de semana en los que los grandes del Hemisferio Norte y el Hemisferio Sur van a celebrar su largo combate de jefes, una fase marcada de forma decisiva por la victoria de Irlanda sobre Australia en su grupo, resultado que varió la previsión de los cruces y dejó para los cuartos de final un cuarteto de partidos de esos que los angloparlantes llaman mouth-watering. Para que se nos caiga la baba, en fin…

La rebelión de los celtas. En un torneo en el que ningún equipo ha bailado sobre la tumba del resto, en el que la brillantez ha trabajado a tiempo parcial, en el que todos han dejado preguntas en el aire, incógnitas que se van a resolver ahora que vienen los duelos a un solo disparo, en ese panorama, decimos, tal vez País de Gales e Irlanda sean los únicos en condiciones de reclamar haber sido los mejores hasta ahora; o, por ajustar algo mejor el término, los que han elevado su rendimiento no sólo al nivel esperado sino, de hecho, notablemente más alto. Si exceptuamos la victoria de Tonga sobre Francia, los dos resultados más notables de la fase de grupos fueron la ajustadísima derrota de Gales contra los Springboks (17-16) en un partido memorable del Grupo D; y, por supuesto, la histórica victoria de la inmarchitable Irlanda contra Australia (15-6), en el Grupo C. Esos dos encuentros establecieron las bases de lo que, en retrospectiva, podemos llamar La Rebelión Celta. Ambos protagonistas se miden el sábado en un clásico del 6 Naciones que adquiere aquí la forma de un partido que marcará a una generación: ninguno de los dos rivales estuvo jamás en unas semifinales de la Copa del Mundo. Para Irlanda supondría la coronación definitiva de una hornada de jugadores que le ha dado a Irlanda algunos de los momentos más gloriosos de su extenso rugby, cuando todo el mundo pensaba que su día ya había pasado. Hay que insistir en que Irlanda mostró su lado más lastimoso en los tests preparatorios, de los cuales no ganó ninguno. Su transformación en el torneo ha sido casi faustiana, como si los O’Gara (34 años), O’Connell (a punto de los 32), Flannery (casi 33), Gordon Darcy (31), Murphy (33), O’Callaghan (32), O’Driscoll (32) o Ross (32)… hubieran vendido su alma al demonio a cambio de una última gran campaña. Para Gales, equipo preñado de joven talento, un triunfo supondría el aldabonazo que anunciaba la enésima regeneración de ese paisito de menos de 4 millones de habitantes, en el que los grandes jugadores de rugby crecen en la tierra con el mismo vigor que las sandías en Alfamén. El partido está lleno de duelos interesantísimos.

Cian Healy, el poderoso pilar irlandés, que se merendó crudos a los barbudos italianos. Foto: ©INPHO/Dan Sheridan

  • Cian Healy/Adam Jones: Healy, el número 1 irlandés, jugó un partido memorable contra Italia, dominando a rivales de la talla de los primeras italianos. “Tenemos la mejor delantera del Mundial”, habia dicho en un exceso verbal el entrenador azzurro, Mallett. A continuación, los irlandeses se comieron crudos a los fieros transalpinos en las melés. Buena culpa la tuvo Healy. Rory Best, si su hombro no se lo impide, estará a su lado talonando. Al otro lado, el Oso Jones y Gethin Jenkins, felizmente recuperado, para armar un duelo terrible de primeras líneas.
  • O’Brien / Warburton: dos jóvenes sensaciones en las terceras. O’Brien se ha convertido (bien secundado por Ferris) en uno de los valores decisivos del penetrante juego irlandés. Su impacto en todos los órdenes del juego de un flanker lo subraya en cada partido. Al otro lado, el capitán de Gales, símbolo del espíritu renovador de Warren Gatland a la hora de montar su equipo. El duelo de los flankers anuncia la belleza destructiva de las grandes batallas aéreas, en medio de un partido en el que todos van a salir con las bayonetas caladas, por si acaso.
  • O’Gara / Priestland: nadie encarna mejor el estado evolutivo de ambos equipos que sus números 10. Dos medios de apertura en lados opuestos del camino. Ronan O’Gara, el frío pateador, cerebro de juego trasladado al pie, elegido por Declan Kidney para las fases decisivas por delante sdel joven y más enérgico Jonathan Sexton. Kidney podría seguir un patrón: manejar el tiempo del partido con la sabiduría y la precisión de O’Gara, para en la fase decisiva soltar a un creador de juego más imaginativo, más dispuesto a la sorpresa, la ruptura y el ataque con el balón a la mano. Priestland afronta el primer gran test de su carrera. Ya triunfó contra los sudafricanos, una pieza mayor, pero en las fases de muerte súbita la presión se multiplica. Una de las grandes apuestas de Gatland en este Mundial. Uno de sus grandes aciertos.

    Jamie Roberts, segundo centro galés, ariete fundamental del ataque de los Dragones en el medio campo: su duelo con O'Driscoll reclama uno de los focos del partido.

  • O’Driscoll / Jamie Roberts: el irlandés Brian O’Driscoll representa el ideal de un segundo centro, por su dureza en el placaje y el contacto ofensivo, por su capacidad de finalizar jugadas en ensayo y por la lectura preclara de los movimientos de ataque. Su duelo con el poderosísimo Jamie Roberts, una fuerza de la naturaleza, una bola de cañón disparada medio campo abajo, promete estar entre lo mejor (y lo más decisivo) de este imprevisible encuentro. Roberts, siempre durísimo, ha agregado sutilezas a su rugby, lo que le va haciendo cada día mejor. No lo decimos nosotros, lo ha dicho el propio O’Driscoll, compañero suyo en los British Lions. ¿Cómo pararle? “Hay que ponerse delante de él y chocar, no hay más posibilidad…”. También lo dijo O’Driscoll. Sea, pues…

Irlanda: 1 Healy, 2 Best, 3 Ross; 4 O’Callaghan, 5 O’Connell; 6 Ferries, 7 O’Brien, 8 Heaslip; 9 Murray, 10 O’Gara, 11 Earls, 12 D’Arcy, 13 O’Driscoll, 14 Bowe, 15 Kearney. Subs: 16 Cronin, 17 Court, 18 Ryan, 19 Leamy, 20 Reddan, 21 Sexton, 22 Trimble.

Gales: 1 G. Jenkins, 2 Bennett, 3 Adam Jones; 4 Charteris, 5 Alun Wynn-Jones; 6 Lydiate, 7 Warburton, 8 Faletau; M. Phillips, 10 Priestland, 11 Shane Williams, 12 Jonathan Davies, 13 J. Roberts, 14 North, 15 Halfpenny. Subs: 16 Burns, 17 Paul James, 18 Bradley Davies, 19 Ryan Jones, 20 Lloyd Williams, 21 Hook, 22 Scott Williams.

Hora: Sábado, 8 de octubre, a las 7:00 horas de España (Canal+ Deportes).

 

Le Big Crunch. A los Inglaterra-Francia siempre se les ha conocido, sobre todo desde el lado insular, como Le Crunch. Según lo definió Phil Blakeway, “el partido entre los inventores de la isla y los advenedizos del continente. Pocas naciones se han guardado un mayor recelo histórico que estas dos. Basta recordar aquel célebre titular (tal vez apócrifo, pero tan bien inventado…) en un diario inglés: “Niebla en el Canal de la Mancha: el Continente queda aislado”. O la declaración, esta sí leída por uno mismo, de un ciudadano inglés a propósito de la construcción del túnel bajo el canal: “No me parece buena idea: por ahí pueden llegar muchas enfermedades”. A lo que un francés respondió: “Yo tampoco lo hubiera hecho: no nos fiamos de los obreros ingleses”. A día de hoy, en esta RWC 2011, Inglaterra y Francia vienen unidos por las enormes suspicacias y críticas que ha despertado su juego. Son los dos equipos más atacados del Mundial. La combustión interna del equipo francés ha provocado un incendio casi diario en la concentración, con el entrenador Lievremont en permanente esgrima dialéctica con la prensa, ex internacionales que se quedaron en casa, como Chabal, criticando su forma de airear trapos sucios del vestuario; y otros como el apertura Trihn-Duc reconociendo que está desconcertado, hundido y superado por el modo en que Lievremont lo ha apartado del número 10 para dárselo a un medio de melé como Morgan Parra. Cosa que, el sábado, va a ocurrir de nuevo. En Inglaterra todo ha sido aún más público: la noche de juerga en el bar de los enanos, la rubia misteriosa que cruzó la noche colgada del cuello del capitán Tindall, la incipiente cornamenta con la que viajó a NZ su esposa Zara Phillips, a la sazón nieta de la reina; más el lío de los balones con Wilkinson de fondo y la ya clásica acusación de abusos verbales o lenguaje inapropiado de una camarera del hotel contra varios jóvenes jugadores del equipo inglés. A Martin Johnson, el entrenador, se le ha quedado ya para siempre el ceño fruncido que define su expresión más habitual. No se le recuerda una sonrisa pública. Su equipo no le ha dado motivos: en ningún partido ha estado convincente… pero los ha ganado los cuatro. Francia, por el contrario, ha perdido dos en su grupo: el segundo equipo en la historia de los Mundiales de rugby en acceder a la segunda fase con dos derrotas. Frente a Nueva Zelanda su resistencia duró apenas 10 minutos: “Gracias por la lección”, tituló con mucha mala baba L’Equipe. Frente a Tonga, la hecatombe. Y ahora, Inglaterra. Hay quien sigue apelando al carácter mercurial de los franceses, a su genio oculto para el rugby. Todo eso es cierto, pero esta vez más irreal que nunca… Inglaterra ya ganó este mismo cruce en 2007. Si vuelve a hacerlo, el denostado equipo de Martin Johnson firmará su tercera semifinal consecutiva en las RWC. Las otras fueron finales. Aquí ya advertimos de su inquebrantable capacidad para competir en los grandes escenarios. Algunos nombres:

  • Maxime Medard: el talentoso francés de las patillas setentonas pasa del ala al puesto de zaguero en relevo de Cedric Heymans. Lievremont quiere afilar su contraataque, esa capacidad de progresar por callejones estrechos que ha definido siempre a Medard. Pero el francés encarna, hasta ahora, el recortado nivel de todo su equipo. Sus estadísticas reflejan su discreto paso por el Mundial: apenas una ruptura, ningún ensayo, escasos metros… Un Medard menor. La ocasión lo llama.

    Toby Flood y Jonny Wilkinson dialogan durante un entrenamiento: ambos harán una prueba de pateo a puerta cerrada antes del choque para decidir quién será la primera opcion contra Francia. Foto: David Rogers / Getty Images

  • Jonny Wilkinson: Julian Bonnaire, el flanker galo, ha dicho: “Wilkinson sufre bajo presión: vamos a ir a por él”. Esa frase, dicha por un tercera, es una amenaza de mayor dimensión de la ya evidente. E identifica hasta qué punto Wilko aún personifica el biorritmo del equipo inglés, pese a su ya mil veces comentada ausencia de precisión con el pie en este Mundial. El 10 de Inglaterra, desde luego, no va a rehuir los contactos, aunque su juego no está tanto en la mano como en el reparto de balones con el pie por las zonas muertas del campo. Y, desde luego, su maravilloso placaje en defensa.
  • Morgan Parra: otra vez bajo el escrutinio general. Igual que Piri Weepu en Nueva Zelanda, aunque éste de forma ocasional, un medio de melé haciendo de apertura. A Lievremont le ha convencido lo suficiente para cargarse a Trihn-Duc a la primera de cambio. Parra, hasta ahora, no ha estado mejor ni peor que el resto de su equipo. Quizás haya sido de lo más defendible en medio de un desierto. Su equipo necesita mover a los ingleses y eso depende, casi siempre, del apertura. Con él más Yachvili en el campo, Francia asegura un altisimo porcentaje de acierto a palos en golpes de castigo y conversiones. En previsión de un partido de marcador bajo y apretado, supone un factor esencial.
  • Toby Flood: Martin Johnson ha resuelto la constante duda del medio de apertura juntando finalmente a los dos en el campo. Wilkinson será el 10 y Flood, el primer centro. La alternativa la posibilita la baja de Mike Tindall por lesion, pero a Martin Johnson le viene bien porque, juntando a esos dos, más el excelente Manu Tuilagi en el segundo centro, Inglaterra suma defensa con Wilko y Tuilagi, creatividad con Flood, y amenaza directa en las continuaciones con el anterior. Un medio campo al que atender. Y dos pateadores de primera línea, por si hace falta rotar…
  • Cueto / Ashton: el primero vuelve tras su ausencia contra Escocia y lo hace para afilar todavía más unas alas en las que reside el mayor peligro de ataque de los ingleses. El equipo de Martin Johnson expone poco en la fase ofensiva, pero cuando se trata de acabar las jugadas (y muy a menudo los partidos) estos dos jugadores suelen estar al final del hilo, para poner la puntilla. No tienen enemigos menores (Pallison y Clercq), pero en esta RWC el estilete de la Rosa han sido, a menudo, sus dos exteriores.

    Maxime Medard, ala y zaguero francés, con un saco de percusión. Su presencia en el fondo puede mejorar a los franceses... y a sí mismo. Foto: REUTERS/Jacky Naegelen

  • Haskell / Picamoles: dos ausencias notables en las terceras líneas de cada equipo. Ambos empezarán en el banquillo. Dado el nivel de ambas escuadras hasta ahora, al que se queda fuera se le pone cara de culpable. Perfeccionando su marcadísima tendencia de apostar por la experiencia, lo seguro y hasta lo rácano cuando se trata de jugarse los cuartos (metafórica y literalmente hablando), Martin Johnson ha llamado a filas al veterano Nick Easter para ocupar el número 8. Enfrente, como en un espejo, Lievremont ha puesto a otro ilustre, Harinordoquy. Bonnaire, Dusatoir y Lewis Moody completan el refrán: no te acuestes con niños si no quieres… En fin.

Inglaterra: 1 Stevens, 2 Thompson, 3 Cole; 4 Deacon, 5 Palmer; 6 Croft, 7 Moody, 8 Easter; 9 Youngs, 10 Wilkinson, 11 Cueto, 12 Flood, 13 Manu Tuilagi, 14 Ashton, 15 Fodden. Subs: 16 Hartley, 17 Corbisiero, 18 Lawes, 19 Shaw, 20 Haskell, 21 Wigglesworth, 22 Banahan.

Francia: 1 Poux, 2 Servat, 3 Mas; 4 Pape, 5 Nallet, 6 Dusatoir, 7 Bonnaire, 8 Harinordoquy; 9 Yachvili, 10 Parra, 11 Pallison, 12 Mermoz, 13 Rougerie, 14 Clercq, 15 Medard. Subs: 16 Szarzewski, 17 Barcella, 18 Pierre, 19 Picamoles, 20 Trihn-Duc, 21 Marty, 22 Heymans.

Hora: Sábado, 8 de octubre, a las 9:30 horas de España (Canal+ Deportes).





Grupo A: Los fantasmas visten de azul

8 09 2011

Nueva Zelanda, Francia, Japón, Canadá y Tonga

Sonny Bill Williams, rugbier y boxeador profesional, será el primer centro de Nueva Zelanda en el debut contra Tonga. Una picadora de carne superlativa, no. siempre centrado en las obligaciones requeridas para el rugby

Nueva Zelanda es el favorito por la gracia de Dios y de Dan Carter, su medio de apertura, el número 10 que parece la reunión de todas las esencias destiladas de más de cien años del juego. Juegan con el viento de su público a favor, lo que siempre les inflama, pero con una reunión de obsesiones en contra. Lo que en inglés llaman choking, que viene a significar dar un gatillazo en el momento más inconveniente. ¿Por qué se habla tanto de las debilidades, presuntas, de los All Blacks? Sólo se me ocurre este motivo: por economía narrativa. Es más fácil y rápido (también más prestigioso, vistas las últimas copas del mundo) que glosar sus virtudes. Se habla mucho del peligro de una lesión de Carter porque su recambio, Colin Slade, no alcanza el estándar. Al punto de que en el último Tri Nations Graham Henry llegó a probar al rotundo Piri Weepu de apertura y de pateador, lo que permitió un cierto espectáculo de pintorescas variedades que pudimos soportar porque Weepu es uno de nuestros personajes favoritos. Lo mismo lo podrían haber maquillado con un vestido de noche y que cantase algún aria de Aida. Atrás debutará NZ con un trío sorprendente: Israel Dagg (eléctrico, atendible por lo que yo sé de él), Kahui como zaguero y Toeava en el ala. La gran noticia es la incorporación de Sonny Bill Williams (jugador de rugby y boxeador profesional de los pesos pesados) en el primer centro, desplazando a Nonu al segundo. Cowan será el medio melé. Delante, a los All Blacks les ha faltado algo de dinamismo por lo que yo les he visto: porque Mealamu ya no es aquel dardo que solía, y porque Franks, Woodcock o Hore son pilares de embestida mortal, pero corta. Fenomenales para las fases estáticas, menos dados a retozar al aire libre. Y lentos en la defensa de los relanzamientos, como muy bien sabe el australiano Will Genia. El problema de esa defensa interior, cerca de los agrupamientos, asoma también en la tercera sin el ocho Kieran Read, lesionado. A él y a Thompson (un tercera sobrio en exceso), también roto en la conclusión del Tri Nations, los relevarán para el primer partido Kano y el más bisoño Victor Vito, un muchacho que por aspecto y nombre podría hacerle trabajitos a Tony Soprano o a la organización Spektra. Richie McCaw, mientras, seguirá con su existencia en el mundo subterráneo, en permanente acción mutante sobre los dos lados de la ley. Todo esto para decir que, en realidad, mucho dependerá de su gestión de las ansiedades y de que logren ser el equipo defensor de la primera vuelta del Tri Nations, y no el de la segunda. No todo va a ser alegría. También Brasil tuvo que poner un día a Mazinho y Mauro Silva para reconquistar el mundo. Pronóstico: todo lo que no sea ganar es un fracaso; todo lo que no sea la final será inexplicable.

Dusautoir, Oueadrogo y Picamoles, la tercera más aceptable de la actual Francia, con permiso de Lievremont, retoza en una sesión de entrenamiento previa al Mundial. Como siempre, Francia es un interrogante antes del torneo.

Francia es la archinémesis de los All Blacks. Y no sólo por sus célebres victorias. También por idiosincrasia: los franceses hacen la contraria, pasarse cuatro años dando que hablar y extendiendo prejuicios: el preferido ahora es el de la noria decisoria de su alineador, Marc Lievremont, como antes lo fue la indisciplina. Otra vez, si hay que hablar de lo que tienen, tienen de todo. Y todo bueno. Por tener bueno hasta tienen la ausencia de Chabal, un producto mediático tan opinable. Pero no faltan los hombres que dan miedo. Una primera con tanta veteranía como oficio y, si se da la ocasión, ese punto de brutalidad que ha distinguido de toda la vida a los delanteros franceses: Szarzewksi, la versión salvaje del efébico Tadzio de Muerte en Venecia, los leñadores Mas y Servat o el dionisíaco Barcella, de cuyo estado de forma se duda por una lesión reciente en el tendón de Aquiles… Y luego sus segundas, siempre tan competentes (Nallet, Bonnaire, Pape). Más dudas crea la tercera, donde todo parece estar abierto, salvo por la presencia del arrollador Picamoles. Pero hay variedad y a uno siempre le va a gustar (aun echando de menos a un Betsen, la finura táctica de Dusautoir y la carismática locura competitiva de Harinordoquy.  De ahí hacia atrás, mucha luz y alguna sombra. Los pies y las manos de Morgan Parra y Yachvili, los medios de melé. Hay dudas en el apertura con Trihn-Duc. Pero cualquiera debería guardarse de un equipo con un fondo terrible a la contra, que corre y pasa en ángulos al estilo del hemisferio sur: Palisson y Medard por afuera, Rougerie y Heymans por dentro. Irlanda lo sufrió. Una vez más, los fantasmas (los de Nueva Zelanda) visten de azul. Mejor ahora que en un cruce posterior, claro… Pronóstico: el mayor problema de Francia es… Francia. También su mayor virtud. Capaces de todo, a uno no le extrañaría verlos en semifinales… si Lievremont sostiene unido al grupo. Pero es un disparo al aire.

El enfrentamiento entre Francia y NZ marcará la culminación del grupo. Pero por detrás hay tres equipos interesantes, de los que cabe esperar batalla sostenida y rugby para hombres. Tonga, Canadá y Japón van a jugarse entre sí ese tipo de partidos a cara de perro hechos para iniciados, para psicópatas del juego, en busca descarnada de un tercer puesto. Canadá presenta un equipo con 13 veteranos de la última Copa del Mundo y un chico que juega de ala, Taylor Paris, que a los 18 puede ser el debutante más joven en la historia del Mundial de rugby. Sobre la base de la experiencia y dos victorias recientes contra Estados Unidos en casa y a domicilio, Canadá se siente capaz de imponerse al campeón asiático, Japón, y disputarse el tercer puesto de esta zona A con Tonga. Japón llega de la mano de una leyenda como John Kirwan, cuyo objetivo es toda una declaración de intenciones: “Queremos ganar dos partidos”. En sus seis apariciones anteriores en la Copa del Mundo sólo han logrado un triunfo y un empate. De los tonganos, mientras, se puede esperar espectáculo, para bien o para mal. Si Tonga parece ir algo por delante (hasta en apoyo, porque 4.000 incondicionales les recibieron a su llegada  a Nueva Zelanda) es por su aproximación deliberadamente física al juego. A los tonganos les gusta jugar al rugby como animales. Lo suyo es el contacto físico, los placajes severos, la colisión de trenes. Y algo de punching si se tercia: tienen el récord disciplinario de haber visto tres tarjetas rojas en un partido del Mundial. Y hasta siete amarillas en un choque contra Francia… Dicen haber dejado atrás la vida peligrosa, pero no tanto: avisan de que no van hacerse los simpáticos contra los All Blacks (el primer partido del torneo) y que no aspiran a ganarles jugando al rugby como Sudáfrica o Australia. Son un equipo pintoresco: el entrenador, Isitolo Maka, es hermano del capitán, Finau Maka. Y la IRB tiene a su federación en el punto de mira después de que el presidente fuera destituido este pasado verano desde el parlamento de la nación, en una bananera iniciativa capitaneada por un presidente anterior, que lo acusaba de llevárselas crudas. Como se ve, Tonga es un equipo que promete diversión. Pronóstico: dolor articular y hematomas musculares.Refriegas intestinas en melés y otras fases cerradas del juego. Guerra de guerrillas y caza mayor. Canadá tercera de grupo, Tonga cuarta, Japón quinta. O en cualquier otro orden…

Próximos partidos

Viernes 9 de septiembre
Grupo A – Nueva Zelanda-Tonga (10:30 hora española, Canal+ Deportes)