La comedia del arte

9 12 2009
Un jovencísimo hincha del Genoa revolea la bandera roja y azul del equipo grifone, el pasado domingo en el Luigi Ferraris de Génova.

Un joven aficionado grifone revolea la bandera del Genoa en el partido del domingo pasado con el Parma.

Cuando el domingo me crucé con Enrico Preziosi en los bajos del estadio Luigi Ferraris de Génova, tuve ganas de pisarle un juanete para recuperarme anímicamente de aquel verano que me hizo pasar su negociación con el Real Zaragoza por Diego Milito. No el de la venta, sino el de la compra… En aquella demoledora ocasión reuní mis primeras nociones de italiano: lo hice a fuerza de vaciarme los ojos con los titulares y las columnas del diario Il Seccolo XIX, el cotidiano de Génova; con eso y un diccionario online me arreglé para ordenar un grupo de palabras que me ofreciesen la mínima estructura sintáctica con la que comunicarme a través del teléfono; el resto consistió, desde luego, en perseguir por el hilo y con mínimo éxito al hombre del Real Zaragoza que había viajado hasta Italia. En barco, por cierto. El viaje en barco siempre me llamó la atención por el decimonónico romanticismo que tan poco casaba con la modernidad frívola del mercado futbolístico; pero, después de haber fatigado el entorno de la ciudad lígur estos últimos días, algo entiendo: Génova no es una ciudad sencilla para ninguna conquista. Y luego: el sistema de señalización de las carreteras que la circunvalan exige una atención notable.

La capital de la Liguria se extiende a lo largo de una franja de 30 kilómetros sobre la costa noroeste de la bota italiana. Es una ciudad más larga que ancha, a la fuerza. A su espalda, una tupida faja de montañas le hace de aislante, más o menos conveniente según opiniones. Génova constituye un microclima en muchos sentidos: se parece poco al Piamonte o a la Lombardía o a cualquiera de las otras regiones del norte italiano, escenario de fisonomía centroeuropea, quizás suiza, tal vez austriaca, de subrayado alpino en el Piamonte. Génova no es así. Génova es Italia. Se quiere decir: lo que cualquiera entendemos por Italia. Oculta por un laberinto de largos túneles excavados en las laderas de las montañas, tocada por un manto de nubes que suben del Mediterráneo y no remontan la barrera natural, Génova adquiere un aspecto de ciudad abigarrada, de construcciones que asoman unas sobre las otras, subidas en las laderas, en los techos salvajes de los túneles de montaña, en los barrios adensados de cualquier ciudad con un puerto fatigoso, que parece traspasar a los edificios el cansancio de la faena marítima. La ciudad es tan modesta que hasta la madre de Marco se largó. Si exceptuamos el inevitable Acuario y la Ciudad de los Niños, quizás su coqueto estadio de fútbol sea lo más hermoso. Pero en cualquier lugar hay secretos: en Génova uno no debe perderse las focaccias, la pasta al pesto ni las piadinas… Otro día lo explico.

Enrico Preziosi, presidente y propietario del Genoa, con su sonrisa de las mil interpretaciones.

El caso es que me crucé con Preziosi. Me recordó un poco al Fari, aunque con un porte distinto, por esa indefinida y opinable autoridad gestual de los acaudalados de cuna. Preziosi no lleva plataformas, pero en cuanto le enfocaron las cámaras incurrió en un nervioso parpadeo compulsivo de los dos ojos, como si con uno de esos espamos quisiera apagar la luz o hacer desaparecer a los que tiene alrededor. El abrigo largo, azulmarino, lo hacía parecer aún más pequeño de lo que es. Uno de esos hombres que siempre da la impresión de mirar de abajo arriba, pero que en la falsa humildad del gesto está calculando por dónde hará entrar el cuchillo. Preziosi habla siempre después de los partidos, lo que se dice siempre: él es el dueño del club y quien lo ha llevado en unos años desde las series menores a la competición europea.. Apenas unos segundos después de desmenuzar el empate frente al Parma con afilada modestia, Preziosi se peleó con Christian Panucci, nacido en la próxima ciudad de Savona e iniciado al fútbol en el Genoa. La trifulca –más el acceso racista generalizado en todos los estadios y especialmente en Turín contra el interista Balotelli- ha procurado estos días una diversión adicional para la ávida prensa futbolística italiana.

Con la oportunidad periodística que nos caracteriza, nosotros estábamos allí mismo cuando reventó la desigual pelea en el aparcamiento del Luigi Ferraris. Apenas a unos metros. Bien metidos en nuestro papel de meros observadores de la moda que gastan los futbolistas italianos a la salida de los partidos, con la tensión informativa por los suelos, ni los gritos, ni los ayes, ni las palabras gruesas ni las gargantas roncas nos movieron del sitio. Primero los objetivos asomaron por encima del murete, pensando que se trataba de meros aficionados a la bronca. Después creció el murmullo y las cámaras y los micrófonos corrieron hacia allá al mismo tiempo que la guardia de seguridad del estadio, algunos futbolistas y un buen número de neutrales. Un presidente como Preziosi contra un futbolista como Panucci constituye un combate de prime time.

Christian Panucci: después de una vida en el Genoa, el Milan, el Madrid, el Inter, el Chelsea, el Mónaco y la Roma, a los 36 años trató de regresar infructuosamente a su club de origen.

Al parecer, ambos negociaron el pasado verano el fichaje del ex Milan y Real Madrid por el equipo genovés. La operación no salió adelante y el orgulloso Panucci acabó en el Parma, donde ejerce de comandante en plaza de la zaga al mando de un ejército de regulares algo diverso, con gente desatenta como Paci y un par de defensas, Zaccardi y Lucarelli, que respetan un arquetipo frecuente en el fútbol italiano: el del jugador con aspecto de esbirro, que no se hace el simpático ni en las bodas. Según supimos luego, Panucci (al que los agregados de prensa del Parma habían impedido hacer declaraciones en la zona mixta, para evitar el calentamiento global) se cruzó con Preziosi igual que yo, y resolvió que él también le iba a pisar un juanete. Se fue a por Il Fari y a voz en cuello le dijo al torito de todo menos guapo. Le afeó la conducta sostenida y los compromisos no respetados en la negociación veraniega. Preziosi (empresario juguetero con pinta mucho menos generosa que sus manufacturas), se comportó como un chico en el patio de la escuela y le pegó un empujón al futbolista. La escena consiguiente duró unos diez intensos minutos. La Gazzetta dello Sport la resumió en un titular de seis columnas: “Te voy a arrancar la cabeza con uno de tus juguetitos”. Se lo dijo Panucci al otro, claro. Al día siguiente, en un comunicado oficial, precisó: “No lo hice porque Preziosi es una persona de 60 años que podría ser mi padre, y hubiera sido un gesto horrible”. Preziosi alegó: “A mí en mi casa no me toca nadie”.

El calcio, toda Italia en algunos casos, diríamos, es pura comedia del arte.





La culpa fue de Dino

8 12 2009

Dino Meneghin, la bestia negra de nuestros años jóvenes de baloncesto. Durante mucho tiempo, él era Italia...

Sí, nos gusta Italia. ¿Para qué negarlo? Ahora pienso si todos estos años sin pisar este país tan diverso no habrán sido un engaño subconsciente contra su inevitable encanto. ¿Cómo admitir una mínima atracción hacia un país que encarna la quintaesencia de nuestras frustraciones deportivas? La derrota imprime heridas morales permanentes y extiende una aprensión transgresora de límites. Era fácil detestar lo italiano porque no aguantábamos su sobradora forma de ganarnos. En los setenta, quienes mirábamos el basket crecimos alimentados con una papilla de odios en la que venían mezclados la Mobilgirgi de Varese, el Ford Cantú, el Billy de Milán, el Indesit Caserta y otras variaciones, según el patrocinio: véanse el Ignis, el Cinzano, el Granarolo, la Jollycolombani, el Reggio, la Virtus y similares. Los niños de los setenta aprendimos la densidad del odio miedoso poniéndonos frente a dos personajes. Uno pertenecía a la ficción y no era italiano, pero su nombre revelaba la ascendencia: Falconetti, el villano de Hombre Rico, Hombre Pobre. El otro era estruendosamente real, dominador, pendenciero, no tenía la maldad resumida en un hierático ojo de cristal como Falconetti, pero su visaje de boxeador retirado, la torva nariz, la rampa acelerada de la frente y esa mirada de fuego le daban una presencia temible: jugaba de pívot y se llamaba Dino Meneghin. Él tuvo la culpa.

 A mí me dicen Italia y de inmediato pienso en Dino Meneghin, y un poco más tarde en Paolo Rossi. Aquel goleador repentino que nos enseñó a edad muy tierna que los futbolistas italianos hacían trampas también fuera del campo. Pero la de Rossi apenas constituía una amenaza difusa, demasiado enjuta para infundir temor. El miedo era cosa de Dino Meneghin… siempre Dino. Cuando Alfonsito Reyes revoleó a su hijo Andrea en el Europeo de 2001, y lo puso patas arriba de un tortazo escalofriante, una generación completa sentimos que ese muchacho nos había redimido. Fue, claro, poco antes de que los italianos volvieran a ganarnos, como habían hecho en la lejana velada de Nantes. Meneghin, Brunamonti, Roberto Premier, el untador Romeo Sacchetti. Y tantos otros. Y los aros italianos, que toda la vida escupieron balones como siempre denunció Héctor Quiroga. Los aros italianos eran duros como los jugadores italianos. O la metías limpia o la pelota salía rebotada al mínimo toque en el hierro. Italia, eso era Italia.

Italia me quitó otras cosas, más o menos serias. Todo se olvida, todo pasa. E la nave va, que dirían aquí. Aún hay quien me recuerda hinchando a favor de la Juventus por motivos que no habré de confesar, tan íntimos. El sábado estuve en Torino, ciudad que resuena en mi memoria con un timbre diverso. Ciudad de avenidas amplias, de tranvías, ciudad muy otoñal, fría, ciudad que reclama una cierta tristeza nostálgica en sus avenidas como de capital centroeuropea, una Viena al sur, una vieja altivez, un señorío distante. Estuve en el viejo Comunale para ver a la Juventus ganarle al Inter (2-1) en el derbi de Italia, para examinar las tripas del antiguo enemigo desde adentro. Antes hubo un paso por Bérgamo, ciudad de montaña y llano, orgullosa de su pintoresquismo, tan agradable e inocua que pasa desapercibida bajo el manto de la vecina Milán. La ciudad alta de Bérgamo es hermosa, la ciudad baja de Bérgamo es serena. Más allá de Turín, apenas 150 kilómetros de salto hacia Génova, uno encuentra otra Italia. Génova soporta el óxido de las urbes portuarias y su calidad adusta, como de hombre de mar. El salitre de los edificios y las construcciones del agua. Parece una ciudad del sur entreverada al norte. Un puerto italiano al pie de las montañas, justo eso.

Pizza por raciones en la Ciudad Alta de Bérgamo.

El Olímpico de Turín incorpora en su añeja piedra la costumbre de la gloria. El Luigi Ferraris de Génova, el rancio Marasi, está vivo y coleando. La energía de sus fondos debe de tener pocos rivales en toda la Italia del calcio. Club viejo, afición joven. Un estadio resonante en el que el Genoa no pudo rebasar al Parma más allá del 2-2, aunque mereció otra cosa. Condenaron su vivaz propuesta la equivocada generosidad de sus defensas, particularmente Bocchetti, que le hizo a los suyos un boquete.

 En las tripas modestas del Luigi Ferraris me hice mayor y me tomé el primer café solo de toda mi vida, que además me gustó. Porque me gustó sé que me hice mayor. Pero cómo no querer a Italia… si hacen así el café, si en la esquina anterior al campo nos proclamamos dueños de un garito de comida rápida en el que redoblamos el plato de raviolis con pomodoro aunque vinieran en bandeja de aluminio; y sus focaccias con salami, o a los cuatro quesos. Cómo no querer a Italia si nos dio a Adriano Celentano, a Terence Hill y a Bud Spencer. Nos dio la pasta, el pesto genovés, la inevitable polenta bergamasca, la pizza Margherita, los helados, ciertos vinos y la birra Moretti. Nos dio tanto cine. Tanta verdad. A Miguel Ángel y Leonardo (ya voy, Florencia, ya voy…). Y los cantantes melódicos de voz pedregosa, todos iguales, tan entrañables en su pacífica invasión de las emisoras de radio en las autostradas. Italia nos dio a Tonio cantando en la ventana de la ferruginosa Génova, a Amedio y a Marco. Cómo no querer a Italia, a Raffaella Carra y a Al Bano, que al minuto de prender el televisor apareció en pantalla con la misma gafa estrechita y detenido en el tiempo como Jordi Hurtado. A estas horas, la sin par Romina es doña Rogelia, allá donde esté. Pero Al Bano… Al Bano está hecho un muchacho. Cómo no querer a Italia si, en el fondo, sus tres deportes son el fútbol, el baloncesto y el rugby. Si nos dio a Claudia Cardinale, Monica Vitti y Sofia Loren. Y para qué parlare de le ragazze, claro, le ragazze

Es lo que hay. 40 años sin venir a Italia porque sabíamos lo que iba a pasar. Sí, para qué negarlo. Aquella noche hubiéramos querido que el yugoslavo le clavara a Dino Meneghin las tijeras, que agarró de la mesa de anotadores, en algún lugar blando de su anatomía, si los tuviera. Pero ahora no hace falta ocultarse más. Aquí no. Lo sospechamos en Bérgamo, tuvimos un pasaje de duda en Torino, pero alcanzamos la certeza en el Luigi Ferraris, con un amoroso expresso… Es verdad, nos estamos haciendo mayores. Bebemos café y nos gusta Italia.