Donald sofoca la revolución francesa

24 10 2011

Richie McCaw, con la copa Webb Ellis en sus manos, saluda al estadio de cuatro millones que ha sido Nueva Zelanda y que ayer, una vez más, encarnó Eden Park, la casa de los títulos para los All Blacks.

Un cuarto de siglo más tarde, el balón oval ha completado una trayectoria elíptica y las profecías confluyen en el mismo lugar, con los mismos actores: Auckland, el escenario que llaman Eden Park, Nueva Zelanda campeona, Francia perdedora. Como en 1987, sí, pero de otro modo. Aquello fue un 29-9 . En aquel equipo de Francia jugaban Berbizier, Camberabero, Ondarts, Lagisquette, Sella, Mesnel, Blanco… Bastan esos nombres para definir su estatura. Uno no está seguro de que muchos de los jugadores del equipo subcampeón de ayer puedan aguantar un tète-a-tète con el recuerdo que provocan aquéllos. Y sin embargo, fue un 8-7, el resultado más bajo y más ajustado de una final. La impresionante resolución del último partido demuestra que, por más que los All Blacks sean el equipo número 1 del mundo, ni son infalibles ni pueden exhibir una superioridad irrefutable sobre el resto. Y menos que nadie, sobre Francia, que los ha echado de dos mundiales y les ha ganado hasta dos veces en su territorio. Si no lo hizo una tercera fue por poco. Por el margen de un solo punto, que en el rugby es nada, apenas nada. Pero, al mismo tiempo y en el contexto de una final, lo es todo. Los All Blacks son campeones del mundo, otra vez. Ha sido merecido, considerado globalmente. No tanto por lo que se refiere a la final. Pero no ha resultado sencillo. Ni por el camino ni por el tipo de resistencia que le presentó Francia en el choque definitivo. A los All Blacks les han hecho falta 24 años, otra final, varios episodios de realismo brutal a manos de diferentes equipos franceses, seis semanas de competición y cuatro medios de apertura… Y en este último detalle reside la historia alternativa -que suele resultar la más interesante y reveladora- de este título.

La historia de los aperturas, esa maldición persistente del número 10 de los All Blacks, sirve para explicar no sólo las circunstancias, sino ante todo el nervio esencial que los kiwis han necesitado para sobreponerse a la asfixiante presión que los ha sitiado en las últimas semanas (tanto como decir en los últimos años). Esa fuerza interior les permitió sostener el título en sus manos aun cuando por juego estuvieran muy, pero muy cerca de perderlo. Francia hizo todo lo necesario para ganarles, excepto los puntos. Conviene no perder de vista esa precisión. Los partidos, y más un partido superlativo como éste, siempre pueden mirarse desde variados puntos de vista. Ninguno es falso. Si aludimos al juego, Francia supo hacer lo correcto y animar una revolución que los All Blacks apenas acertaron a sofocar. El partido trataba del ritmo, del ritmo de Nueva Zelanda, de su capacidad para exigirle al rival una respuesta física colosal, martillando con su acostumbrada constancia de balones jugados en campo abierto, percusión, fiereza en los reagrupamientos y persecución de patadas que buscan más una invasión activa del territorio que la simple geoestrategia. No lograron imponerlo. A los All Blacks no les gusta jugar patadas largas a la touch para ganar metros. En su aproximación al juego, ese es un concepto antiguo, superado. Prefieren patadas altas y poco profundas en las que puedan luchar por la recuperación, golpear al contrario y comprometer su resistencia. Les va la carga. Contra eso, Francia tenía la capacidad de jugar estratégicamente con el pie. Construir posiciones en el campo con varias fases de delantera (y qué delantera, y qué tercera…) y después dejarles a Yachvili y Parra la decisión de dirigir a su equipo a zonas interesantes. Así que, cuando a los apenas diez minutos de partido los kiwis empezaron a no ver claras las puertas hacia el ataque y Piri Weepu resolvió largar un balonazo raso a la espalda de la defensa buscando la esquina de la touch, uno supo que los All Blacks lo iban a pasar mal. Y así fue.

Rougerie lidera una carga francesa, apenas contenida por el placaje de Tony Woodcock, en uno de los movimientos ofensivos de Francia que culminarían en el ensayo de Dusautoir: los franceses sacaron orgullo y rugby, su gran partido de cada torneo fue el de la final.

Al menos, consiguieron que Francia no hiciese valer de manera definitiva sus muchas virtudes. Puede que nos dejemos llevar por la lastimosa impresión de Francia a lo largo del torneo para defender que les basta una derrota tan honrosa como ésta frente a Nueva Zelanda. Es una equivocación, no es así. Francia quiere y puede ser campeona del mundo de rugby. No hablamos de ningún underdog que juegue con hándicaps de compensación: es una de las naciones más grandes de este deporte y un vector fundamental en la historia y el desarrollo del juego. Frente a la muralla gala, los All Blacks ensayaron con un peel-off, jugada de libro de cualquier catón en los saques de touch: balón al segundo saltador, muy alejado hacia la línea de 15 metros; hueco abierto en el medio del alineamiento por el desplazamiento de la defensa y palmeo del saltador para un pilar (en este caso Tony Woodcock) que rompe por el medio de ese butrón. Naturalmente esa es la teoría. En la práctica, la defensa se recoloca en la fila y cierra el agujero. Pero Francia, sorprendentemente, no lo hizo. Y Woodcock entró en el ensayo como un duque poco probable, abriendo el marcador con cinco puntos que aliviaban tensiones. Pocas, porque enseguida quedó claro que Piri Weepu, el influyente medio de melé de los kiwis, había caído presa de su exceso de motivación, perceptible en su dirección de la haka y en la contumacia de las equivocaciones en sus tiros a palos. Para el descanso, Weepu pedía a gritos la sustitución. Henry aguantó, sabiendo que tal vez Ellis no era la respuesta. Porque no lo era. Pero cuando Weepu largó fuera del campo un reinicio de bote pronto, no hubo más remedio que sacarlo del terreno de juego. A esas horas ya había cometido un error incomprensible al jugar con el pie, fuera de toda ortodoxia, un balón rebotado en un ruck. Balón que quedó suelto a la espalda de los delanteros negros, que persiguieron los franceses con ánimo insaciable, que les permitió generar un contraataque frenado con aprensión creciente por Nueva Zelanda. Y que, unas pocas fases después, culminaría una jugada muy bien hilada con la escapada de Thierry Dusautoir, su ingreso en la zona de marca y el ensayo.

A esas horas, el sudor de Nueva Zelanda entera era helado. Habían ocurrido tantas cosas y tan importantes que contarlas necesitaría de varios tomos. Morgan Parra tuvo que dejar el campo después de pasar la primera parte recibiendo golpetazos en la cara, como si los All Blacks le hubieran puesto precio a su cabeza. Un rodillazo a la vuelta de un ruck dejó sonado al apertura francés. Un rato más tarde, mientras su condición se agravaba con nuevas contusiones, hubo de entrar Trihn-Duc, el indeseado (por Liévremont). Parra salió entre lágrimas y severamente magullado, como si viniera de librar un combate contra George Foreman en una habitación cerrada. Enfrente, Cruden se había cascado la rodilla en un apoyo infortunado. Entró Donald: su misión, acompasar el juego y abrir caminos. No los había. Por afuera, ni Cory Jane ni Kahui entraban en juego con espacio. Nonu percutía con su decisión de bisonte, pero sin obtener ventajas significativas ni lograr que su equipo jugara continuidades a la espalda de la defensa gala. Israel Dagg, al fondo, tampo veía campo abierto… Francia había logrado detener casi desde el inicio la marea negra y la conversión de Yachvili del ensayo de Titi Dusautoir dejaba más de media hora por jugar con un margen delgadísimo de un punto. Weepu había errado varios golpes concedidos por el árbitro Craig Joubert por hudimientos franceses, algunos opinables. En los rucks nada era verdad ni mentira: los hombres entraban por tantas puertas como fuera posible -aunque sólo una, la de atrás, sea la legal-, los tacos buscaban la carne de los caídos, unos empujaban en diagonal, otros hacia arriba… McCaw elevaba al delirio su naturaleza de hombre mutante en la vida subterránea, Harinodorquy extendía su leyenda con una combatividad a prueba de batallas y Dusautoir, en fin, dejaba su impronta de gran hombre para los partidos más grandes, con una sesión de placaje, inteligencia, estrategia y finura digna de toda memoria. Era un partido para verlo a cámara lenta, con toda su crudeza, toda la tensión y toda la brutalidad dignas de la ocasión. Pero no había tiempo. Todo ocurría con fascinante velocidad, de manera salvajemente irrefrenable.

Stephen Donald, felicitado por sus compañeros en el podio de los vencedores. El cuarto medio de apertura en la línea de sucesión de los All Blacks fue el improbable héroe de la final, con un golpe anotado que marcaría, al final, la diferencia entre el triunfo y la derrota.

El giro copernicano que convierte toda esta narración en la posibilidad de una leyenda, y el mínimo detalle que resolvió este apasionante thriller, resultó espectacular, visto con la debida perspectiva. Arranca del verano boreal de 2010, cuando Nueva Zelanda y Australia se jugaron la Bledisloe Cup en un partido llevado a Hong Kong, en medio de la política de expansión del rugby en Asia que tiene de fondo la candidatura de Japón a la organización de una Copa del Mundo. Aquel encuentro, ganado por los wallabies, se cobró una víctima: el medio de apertura elegido por Graham Henry para relevar a Dan Carter. Su nombre, Stephen Donald. Un golpe de castigo errado y una gravísima equivocación, al no patear a touch una patada a seguir de los australianos y propiciar el definitivo ensayo aussie, resultaron en la derrota de los kiwis. Otra vez se habló de los fantasmas que visten de azul: de la semifinal del 99, de los cuartos de final en Cardiff hace cuatro años. Siempre de Francia. Ayer de respetuoso blanco. Y siempre la sospecha de incapacidad de los All Blacks para jugar otros partidos que no sean su partido preferido. Al regreso de Hong Kong, los cuchillos brillaron en la prensa y la mayoría llevaban un nombre escrito en el filo: Stephen Donald. “Me duele volver a decirlo, pero Stephen Donald no tiene el nivel suficiente para ser un All Black”, escribió el ex Richard Loe en su columna del NZ Herald on Sunday. Sean Fitzpatrick, otro pope de la generación del 87 y posteriores, remachó al apertura a martillazos.

Cuando durante el cruce de cuartos se produjo la lesión de Colin Slade que puso en primera línea a Aaron Cruden, Graham Henry resolvió tirar de nuevo del apestado Stephen Donald para completar su banquillo. Pero Donald estaba de vacaciones. Pescando. Mirando los partidos por televisión, si acaso. Sonó su teléfono y, en varias ocasiones, no lo atendió. Tuvo que ser su compañero en los Chiefs, Mils Muliaina, el que a través de un mensaje de texto le pidiese que respondiera el móvil. Se incorporó al campamento y, dos semanas después, la lesión de Cruden lo puso en el campo en la final: era su debut en una Copa del Mundo. Como mirarse en la pantalla del televisor y descubrir de repente que estás dentro de ella. En el minuto 46, Donald tuvo que disparar a palos un golpe de castigo que, a la postre, sería el que decidió la final. “Hacía un mes que no pateaba una pelota a palos… No sabía ni si era capaz de hacerlo”, diría luego Stephen Donald. Lo hizo. Y la pelota tomó un vuelo dubitativo, que primero se abrió hacia la izquierda de los palos para luego cerrarse hacia dentro. Pasó pegada al palo izquierdo, pero pasó. Y esos tres puntos, defendidos con más cuerpo que rugby después, hicieron campeona a Nueva Zelanda.

No cupo un guión más enrevesado. El Mundial dejó un último gran partido, con un marcador bajo, mínimo, pero que vino a encarnar una feroz competencia por el trofeo que levantaría Richie McCaw. Más allá de lo obvio, la culminación de lo que sin duda puede considerarse una redención colectiva de proporciones incalculables: la de Donald, para empezar. La del equipo de Francia, por fin digno de su incomensurable calidad, de su tradición: si no por el estilo, sí al menos por la entereza y el arrojo. Desde luego y por fin, la de los All Blacks, campeones tras un drama de intensidad apenas soportable, que duró 80 larguísimos minutos. Apenas hora y media que, en realidad, era un cuarto de siglo.

Nueva Zelanda, 8
Ensayo: Tony Woodcock
Golpe de castigo: Stephen Donald

Francia, 7
Ensayo: Thierry Dusautoir
Transformación: Dimitri Yachvili

Vídeo-resumen de la final





Enemigos íntimos

15 10 2011

Richie McCaw, el capitán kiwi, carga contra la tercera australiana: el resultado del duelo entre las terceras líneas resolverá muchas de las incontables incógnitas de un partido como éste. No sólo por las rupturas que provoque cada lado, sino sobre todo por las que interrumpa en defensa.

Todos los torneos nacen con un partido deseado. Algunos llegan en la fecha equivocada. Puede muy bien ser el caso de esta segunda semifinal entre los dos rivales máximos del Hemisferio Sur, Nueva Zelanda y Australia, un encuentro que en la concepción ideal de esta Copa del Mundo tal vez fuera la final, pero que viene precipitado por la muy glosada derrota de Australia ante Irlanda en la fase de grupos. Aquel resultado desordenó toda la ruta hasta Auckland, el lugar al que llevan todos los caminos en este torneo: en el Eden Park se jugaron dos de los partidos de cuartos de final, se van a disputar las dos semifinales de este fin de semana y se jugarán el tercer puesto y la final del próximo.

De estos dos gigantes inmortales, sólo puede quedar uno. En ocasiones como la semifinal de una Copa del Mundo, la única memoria posible es la que se reserva para quien vence. Nadie se acuerda de los perdedores… salvo si quienes pierden son los All Blacks. No hay muchas formas de hablar de este partido sin decir algo ya sabido. Éste duelo es atemporal, ha atravesado un siglo largo desde que ambos se retaran por primera vez en agosto de 1903, en Sydney. De entonces a hoy, All Blacks y Wallabies se han enfrentado 167 veces: Nueva Zelanda ganó en 115 ocasiones; Australia venció 47 veces; empataron cinco. Los escenarios han sido diversos y, desde que se inauguró en 1900 el Eden Park, este estadio ha presenciado muchos duelos y cuatro victorias de los Wallabies. No queda un solo centímetro virgen en un partido así. Y si afirmar que todo es radicalmente imprevisible cuando las dos superpotencias se ven las caras parece tópico, basta recordar el partido por la Bledisloe Cup que Australia y Nueva Zelanda jugaron el 15 de julio de 2000, considerado por muchos el Mejor Partido de la Historia entre estas dos naciones. Los All Blacks anotaron 24 puntos en los primeros ocho minutos de partido. A partir de ahí, todo resultó decididamente increíble. Tal y como tituló un diario: “Fue un test hecho en el cielo”.

Ya dijimos hace muchos días, cuando esta Copa del Mundo echó a andar, que el único argumento central del caso era saber si Nueva Zelanda ganaba o no ganaba, por fin… Es el equipo número 1 del ránking de forma consistente, año a año, pero la imposibilidad de su derrota en las copas del Mundo siempre acaba por ser negada. Este mismo cruce directo en semifinales ha tenido lugar dos veces antes de este domingo. En la RWC 2003, la que encumbró a Jonny Wilkinson, ganaron los australianos por 10-22, en Sydney. En el Mundial de 1991 ya lo habían hecho en el Lansdowne Road de Dublín, donde los Wallabies se impusieron al decadente equipo campeón por 16-6, de camino al título. Aquella derrota inauguró la larga travesía por el desierto de la Copa del Mundo que llevan caminada los All Blacks, peleados con su propia incredulidad ante las sucesivas derrotas: si hubo un resultado imprevisible, fue el de la final de 1995. Jonah Lomu había volteado de forma insistente, a la vista de todo el mundo, el principio de equilibrio esencial en el rugby: nadie es lo suficientemente fuerte como para ser más fuerte que todos los demás y ganar un partido solo. Lomu lo hacía: ganaba los partidos solo. Mil veces lo habré contado: vi su demoledora serie de ensayos, especialmente ese en el que literalmente pasó por encima del inglés Mike Catt, en un pub de Londres. Fue una mañana de domingo del verano de 1995, el año en que el gobierno británico autorizó la liberalización total de los horarios de apertura y cierre de las tabernas, que llevaban medio siglo clausurando sus puertas a las once de la noche por si acaso los alemanes volvían a bombardear. La mortal jugada de Lomu provocó una risotada gigantesca en el pub, lleno por supuesto de seguidores ingleses que vaciaban pintas con la misma naturalidad con la que Lomu se metía en la zona de ensayo, antes de abalanzarse sobre el Sunday Roast. Nadie pudo imaginar que un equipo pudiera detener a ese hombre, pero unos días más tarde lo iba a hacer Sudáfrica. Aquel partido fue una extrañeza; hoy es una leyenda. Clint Eastwood se equivocó: esa historia nunca debió ser contada desde el punto de vista de Nelson Mandela, sino desde la perspectiva del increíble Jonah Lomu. La vida lo ha demostrado.

Y bien… queda el partido. Mejor verlo que tratar de anticipar nada. Qué decir salvo que Cruden se queda con el número 10 de los All Blacks, un puesto en el que ha ocurrido sucesos paranormales: las lesiones consecutivas del elegido, Dan Carter, y de su atemorizado sustituto, Slade. Al final, Graham Henry tuvo que llamar a Aaron Cruden primero y a Andy Ellis después. Cruden salió contra Argentina en la primera mitad, después de que Slade se dañara un aductor… igual que Dan Carter. Jugó un gran partido y hoy será titular por obligación y por convicción. Ha pasado de estar de vacaciones a formar parte del equipo que se enfrenta al histórico desafío de restaurar el orgullo de los All Blacks. En la alineación negra aparece de nuevo Richard Kahui en la banda, en el lugar del apagado Sonny Bill Williams. Kahui ya había dejado sentado en todas sus apariciones precedentes en el Mundial que su estilo de finalizador es mucho más fino: ese muchacho anuncia ensayos en cada carrera. Por fin, la lesión del veterano Muliaina contra los Pumas devuelve el número 15 a Israel Dagg, uno de los chicos a los que la prensa pilló de trompa tres noches antes de jugar contra los argentinos. El otro era Cory Jane… que ese día se jugó un partidazo, como si quisiera demostrar que, tal y como todo el mundo sabe, para jugar al rugby hay que beber. O, al menos, no es imprescindible dejar de hacerlo.

Por ahora los All Blacks han sido, numéricamente, el equipo más rotundo del torneo, pero a su alrededor persiste la sensación de que en ningún momento han alcanzado un nivel que permita suponerles invencibles. Le ha faltado rugby en la tercera, y eso que la recuperación de Kieran Read mejora el perfil apenas guerrero que le proporcionan gente como McCaw, el ya olvidado Thompson, el mismo Jerome Kaino o, desde luego, secundarios del tipo de Victor Vito. Los All Blacks aún no se han cruzado a nadie que pudiera de verdad dañarlos o poner en solfa su superioridad. No lo hizo Francia en la primera fase: entonces aquel equipo de Liévremont todavía era un guiñapo. Y Argentina, con su limitado orgullo, los preocupó durante una hora de partido. Acabaron ganando, sí, pero para la convicción hacía falta más. En el mundo de los All Blacks, la verdadera medida de las cosas siempre está en proporción a los Wallabies.

Robbie Deans, el neozelandés que dirige a Australia: "Cuando nos entrevistaron después del Mundial de 2007, pensé que el puesto era para Robbie", dijo en su día el aún técnico de los All Blacks, Graham Henry. Una rivalidad personal, bien entendida por parte de ambos, que extiende la inabarcable rivalida entre las dos grandes naciones del rugby mundial.

Los australianos llegan al partido envueltos en su aura de imprevisibilidad, que se ha acentuado conforme avanzaba el torneo. Son los únicos para quien el público global ha guardado, de antemano, la consideración de favoritos por encima de los All Blacks. Contra el pesado equipo de Sudáfrica, en cuartos, tuvieron que adoptar un perfil por completo ajeno a su idiosincrasia actual: cedieron territorio y balón y ganaron a partir de los errores del contrario. En el equipo de Robbie Deans hay muchas preguntas y menos respuestas. Ninguno de sus fantásticos (Beale, O’Connor, Ioane, Cooper y Genia) ha estado al nivel que se les supone. Salvo, quizás, O’Connor, quien al menos sí ha mostrado el nervio preciso para elevarse por encima de los instantes de máxima presión, como la patada que decidió el choque con los Springboks hace una semana. Genia ha ido retrocediendo con las semanas. Ioane se rompió un dedo contra Italia. Beale apenas ha sacado el contraataque, en parte porque su administrador fundamental, el apertura Quade Cooper, ha sido engullido por la despiadada presión que ha ejercido sobre él un país que lo ha declarado enemigo público number one.

Cooper es neozelandés de nacimiento. Como Robbie Deans, el entrenador de Australia, por cierto. De hecho, he ahí un buen dato: tres de los cuatro técnicos cuyos equipos están en semifinales son kiwis de nacimiento: Deans en Australia, Warren Gatland en Gales y Graham Henry en los All Blacks. La saga parece el inicio de un capítulo de Enredo: Graham Henry entrenó a Gales desde el verano de 1998 hasta 2002, cuando lo sucedió Steve Hansen, que ahora es el entrenador de delantera de Nueva Zelanda. Hansen llevó a Gales a la Copa del Mundo de 2003 en Australia y allí se enfrentó, precisamente, con unos All Blacks dirigidos entonces por Robbie Deans, que hoy es el técnico de los Wallabies. Deans fue uno de los preparadores que la Rugby Union de Gales entrevistó para asumir la dirección de los Dragones en 2007, pero rechazó la plaza aduciendo que esperaba hacerse cargo de los All Blacks, cuyo puesto de entrenador parecía que iba a quedar vacante. Pero la federación de Nueva Zelanda renovó su confianza en Graham Henry, a pesar de la estrepitosa decepción de NZ en el Mundial de aquel año. Unos meses después, Deans aceptaría el mismo cargo… pero en Australia. Y, ahora que todo el mundo asume que Henry dejará los All Blacks después de esta RWC, sea cual sea el resultado final, el candidato número uno para sucederle se llama… Warren Gatland. El entrenador de Gales. ¿Necesitan un croquis?

Australia: 1 Sekope Kepu, 2 Stephen Moore, 3 Ben Alexander; 4 Dan Vickerman, 5 James Horwill; 6 Rocky Elsom, 7 David Pocock, 8 Radike Samo; 9 Will Genia, 10 Quade Cooper, 11 Digby Ioane, 12 Pat McCabe, 13 Adam Ashley-Cooper, 14 James O’Connor, 15 Kurtley Beale.
Subs: 16 Tatafu Polota-Nau, 17 James Slipper, 18 Rob Simmons, 19 Ben MacCalman, 20 Luke Burguess, 21 Berrick Barnes, 22 Anthony Fainga’a.

Nueva Zelanda:1 Tony Woodcock, 2 Kevin Mealamu, 3 Owen Franks; 4 Adam Whitelock, 5 Brad Thorn; 6 Jerome Kaino, 7 Richie McCaw, 8 Kieran Read; 9 Piri Weepu, 10 Aaron Cruden, 11 Richard Kahui, 12 Ma’a Nonu, 13 Conrad Smith, 14 Cory Jane, 15 Israel Dagg.
Subs: 16 Andrew Hore, 17 Ben Franks, 18 Ali Williams, 19 Victor Vito, 20 Andy Ellis, 21 Stephen Donald, 22 Sonny Bill Williams.





La vida sin Dan Carter

3 10 2011

Nueva Zelanda ha ingresado en la pesadilla nacional: antes de enfrentar a Canadá, en el último Captain’s Run (el entrenamiento que dirige el capitán del equipo antes de cada partido), Dan Carter se desgarró un aductor y ha quedado fuera de la Copa del Mundo. La noticia provocó una crisis de ansiedad de proporciones monumentales entre los seguidores de los All Blacks, que son un país entero, y una desoladora sensación de orfandad que su relevo, Colin Slade, va a tener difícil enjugar. El miedo a una lesión de Carter lleva tiempo instaurado en el cerebro colectivo neozelandés. Y la desconfianza en la posibilidad de sustituirlo ha llegado a apoderarse de su entrenador, Graham Henry, quien en más de una ocasión últimamente ha usado a Piri Weepu, un medio melé de velocidad recortada, aunque mucho oficio, como medio de apertura de urgencia. Slade ya jugó con Canadá, tuvo un comienzo prometedor y una tarde opinable con el pie. La presión se va a amontonar a su alrededor. Y muchos analistas creen que la lesión de Carter (el inventor, el creador, el inspirador de casi todo el juego de ataque All Black, además de un pateador fantástico) pone en cuarentena cualquier pronóstico acerca de las candidaturas al título. Y en cierto modo, es verdad.

Dan Carter cae fulminado en el entrenamiento del capitán McCaw: una rotura en las aductores lo ha dejado fuera del Mundial, provocando la histeria nacional en NZ, donde ya se temen que el título se les escape otra vez sin la magia, el control y la eficiencia de Carter en su medio campo. Foto: Phil Walter / Getty Images

Para compensar, siempre nos quedará la historia. En la primera RWC, la de 1987, los All Blacks sufrieron la lesión —también en un entrenamiento— de su talonador y capitán, Andy Dalton, uno de los motores emocionales y deportivos de aquel equipo. Sin Dalton, pero con Fitzpatrick como número 2 en su relevo, aquel equipo levantaría finalmente el trofeo contra la Francia del recordado Sèrge Blanco: honor que le correspondió a un sensacional David Kirk, su medio de melé. Un doctor en medicina que protagonizó el plante a una gira de los Cavaliers por Sudáfrica en 1986, apelando a su objeción de conciencia contra el régimen del apartheid. Después, Fitzpatrick acabaría siendo también una leyenda All Black, capitán en 1992 hasta su retirada en 1997, y uno de los jugadores más reconocibles de la última era. Así que la lesión de Carter cierra una puerta pero abre otra. El equipo (sin Carter y sin McCaw, Nonu o Mealamu, actores principales, pero con Muliaina reinstaurado de zaguero) no albergó dudas contra los canadienses, a los que se sacó de encima 79-15. Para la memoria quedará, sin embargo, este dato: Nueva Zelanda fue por detrás en el marcador por primera vez en todo el torneo, después del 0-3 inicial. Era el único equipo que mantenía en pie ese orgullo de haber sido siempre quien iba ganando. El honor de poner momentáneamente bajo su bota a los Blacks le correspondió a Ander Monro, que pasó entre los palos un golpe ganado después de que Colin Slade viera bloqueada su primera patada a seguir. Al final, NZ metió doce ensayos (Zac Guildford, elegido esta vez para el ala, firmó cuatro) y Slade se retiró cojeando en la segunda mitad. Entró Weepu para jugar de apertura, otra vez, anotó con el pie y pareció recordarle a su entrenador y a todo el mundo que hay alternativas. Opinables, pero alternativas. ¿Es posible vivir sin Dan Carter? Por ahora, todos los signos son demasiado contradictorios como para impedir el nerviosismo nacional. Aguarda Argentina, ese equipo que tiene la forma de una trampa…

Mientras, Escocia volvió a casa, cumpliendo el pronóstico que —a pesar de nuestro cariño por el equipo del Cardo— le habíamos diseñado antes del torneo: irse pronto dejando un aroma agradable. Inglaterra la derrotó en el encuentro decisivo con esa forma que tiene Inglaterra de ganar, consistente en no dejar contento ni a los suyos ni a los ajenos. Escocia hizo todo lo que sabe hacer y aplicó con rigor el plan de juego: fue agresivo delante, saltó a los placajes con fiereza sin permitir pensar a los ingleses, discutió las touches, estuvo dura en los contactos y complicó los breakdowns a los ingleses, que durante todo el primer tiempo estuvieron fuera de sitio y al cuarto de hora llevaban ocho golpes cometidos. El equipo de Andy Robinson mostró una buena cantidad de movimientos preconcebidos y bien ejecutados, como esa rueda de pick and go de los delanteros en la 22 rival, que concluyó con el esperado pasecito a Parks, que aguardaba subido en su baldosa para anotar el drop. Sumados todos esos valores, Escocia capitalizó su esfuerzo con el pie gracias a Patterson primero y a su medio de apertura después. Se había lesionado el titular, Ruaridh Jackson, y nos pareció que su ausencia dificultaba el juego abierto que quería Escocia. Parks, sin embargo, movió bien al equipo con el pie y llegó a estar 12-3 (necesitaba ocho puntos de distancia para clasificarse) a la hora de juego.

Ruaridh Jackson se retira, lesionado, y deja el puesto a Dan Parks en el partido contra Inglaterra: el emocionado abrazo explica la decepción del joven apertura, que más tarde se extendería a todo el equipo escocés tras una durísima derrota que los envía a casa. Foto: Sandra Mu / Getty Images

Pero Inglaterra regresó del descanso algo más compuesta y erosionó las ventajas escocesas gracias a Wilkinson, quien en el peor de los casos (y el primer periodo fue uno de esos casos) siempre vuelve a tiempo. Afinó las miras y se arregló para poner el partido hasta 12-9 con su insondable pie izquierdo, templando con los minutos su cada vez más irregular patada. A Escocia empezaron a faltarle todas las cosas necesaria: puntos, tiempo, energía y, sobre todo, claridad en el juego. Insistieron en romper casi siempre por dentro, con el tercera Richie Vernon y Sean Lamont cargando la mayor parte de las veces por el eje de los ataques. Hubieran necesitado más variedad, ir por afuera alguna vez… pero al equipo de Robinson le falta lo decisivo: jugadores capaces de ganar la línea de ventaja con la pelota, de quebrar la defensa con pasos a los lados o abriendo ángulos en las carreras. Inglaterra, tan decepcionante como es su juego colectivo, los tiene. Delon Armitage estuvo a punto de ensayar en una esquina, primero. Y luego, cuando se retiró Wilko con un hombro dañado, apareció Toby Flood para ser el número 10. Escocia no tiene a alguien como Flood, siquiera: alguien capaz de dar ese pase que dio Flood para que Chris Ashton, velocista incontenible, posara ya en los minutos finales el ensayo que le dio a Inglaterra una victoria tan inmerecida como frente a Argentina, o tan inmerecida como la de Argentina contra Escocia… La diferencia está en el talento. Escocia llegó donde podía llegar, nada más. Y, una vez más, vuelve a casa a pensárselo todo de nuevo.