El horizonte aguarda

7 12 2015

Está bien que deseemos la felicidad, pero no queráis además alcanzarla. La felicidad viene a ser una orilla hacia la que nadar. Un braceo interminable. En el momento en que saquemos la cabeza del agua y queramos tocarla, comenzará su incesante proceso de transformación. Se convertirá en otra cosa. No exactamente la que ansiábamos, sino una distinta. Tal vez contraria. En el mejor de los casos, un complemento a nuestra construcción precedente. La felicidad es un efecto especial de última generación, una ilusión digital que, como el cuerpo del terminator, resiste nuestros desesperados embates con una persistente fugacidad material: formas que nos parecen estar ahí y que, al interrogarlas con nuestros dedos, zozobran como un fuego y desaparecen. Después se reúnen en el piso al modo de un charco viscoso de mercurios; y ante el asombro de nuestros ojos elevan formas en el espacio hasta reconvertirse en otra figura. La felicidad es la materia de la que están hechos los sueños. Al despertar, lo real impone sus enigmas y nunca sabremos si estuvimos o no estuvimos de pie en el suelo firme de la orilla. No hacemos sino gritar tierra, tierra, tierra al fin… como si en viaje constante circunvaláramos el orbe siguiendo la línea del Ecuador, como hacían los aventureros en los tiempos de la peste. Enseguida descubrimos que la realidad nos deja apenas el insigne desasosiego de la pérdida.

A veces yo he mirado las fotografías de Hunter S. Thompson en Big Sur, sentado al sol entre las montañas de California, vestido apenas con un bañador y las gafas de sol: teclea en su máquina con una pipa en la boca y al fondo, abajo, vemos un mar de espejos azulados en blanco y negro. Y he pensado sin asomo de duda que esa era la imagen del hombre feliz que tal vez hubiera pretendido ser. Sin embargo, yo pasé el último verano en mi particular Big Sur. Apuraba cafés helados a la sombra. Vestía acaso un bañador o pantalones cortos. Alternaba los palmetazos a los mosquitos con el tamborileo del editor de textos. Leía en voz alta las frases que ya había hilado en los meses anteriores, y hacía rimar su música con el sonido de las últimas. Papeles, anotaciones, números de teléfono y voces extrañas. Precisiones acerca de un pasado sobre cuyos bordes caminé durante meses que volaron. Aquel cuento había envejecido más de veinte años, pero yo tenía el compromiso de invocarlo en el presente de mi narración y que las esquinas de los dos lados coincidieran de manera perfecta, como cuando se dobla un folio.

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Mientras, a mi alrededor la vida se sucedía en una floración maravillosa. Esas horas me hacían perderme otras y el solapamiento me parecía, por momentos, trágico. No era fácil despejar el pensamiento de las fugacidades, otra vez. Que esas horas no volverían. Que las estaba superponiendo con cierta torpeza. Que una vida no era suficiente. Que se hacía perentorio el desdoblamiento del tiempo y aun de la existencia. Que había que ordenar todo aquello: vivir durante el día, escribir por las noches, exprimir las luces de la primera mañana en un sueño. No me era posible. En mi estado, yo juzgaba aquellos gritos, aquellas rutinas, aquel llanto agudo como una impertinencia cuyo único objeto consistía en imponerse. Una intromisión. El cuchillo de la realidad que venía a rasgarme las páginas escritas. De cuando en cuando, sin embargo, yo mismo levantaba la cabeza de las palabras con un cornetazo y anunciaba a gritos la rendición del fuerte. Apenas unos segundos después, habíamos saltado juntos en la piscina soleada.

Escribir un libro, bañarnos en verano. Son construcciones felices que nunca, durante todos aquellos días, estuve seguro de reconocer. Uno no puede recrearse jamás en el paisaje. Habrá de evocarlo después de la mejor manera posible. Tal vez por eso me gustan los trenes. Y aún más que los trenes, los ventanales de los trenes. Y aún más que los ventanales de los trenes, la lejanía que transcurre despacio por el espacio rectangular de los cristales. Yo pienso ahora en aquellos días en que escribía un punto y aparte para saltar al agua. Y me parece que por fin comprendo. Entonces lo único que sabía es lo que nos enseñaron a todos. Que no puedes cruzar al otro lado sin mirar quién viene. Que no se puede retirar la vista del volante ni de la interminable sucesión de rayas en la cinta de la carretera. Que el horizonte aguarda. Y que al otro lado tal vez está Big Sur.

 

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Música subtitulada

28 05 2010

Mark E. Smith, líder único (e irrepetible) de The Fall: el post-punk británico pervive en el gastado aspecto de este músico provocador e ingobernable.

En el Parc del Fòrum quedaron expuestas las Edades del Hombre: de Mark E. Smith (frontman de The Fall, working-class hero del post-punk, género de voces mascullantes que uno sólo puede imaginar británico, rezumante en lugares como Salford) a Stephen Malkmus (alumno de la Universidad de California Los Angeles, que tiene en el acento y en su porte un corte UCLA que empapa a su grupo de siempre, Pavement). Y, aún más abajo en la escala temporal, casi en las fronteras con la adolescencia, los muchachos virtuosos del oscuro que son The XX, esos chicos del coro sombrío que mezclan la languidez y el terciopelo azul marino, los recovecos de una música que subyuga o no importa, según lo que uno sea capaz de envolverse en el manto de la propuesta.

Durante el concierto de The XX una llovizna morosa procuró al juego de texturas lumínicas del joven grupo británico una escenografía muy adecuada, como de bosque neblinoso en el intercambio de voces de sus dos vocalistas, femenino y masculino: Romy Madley Croft y Oliver Sim. Los dos parecen salidos de una película indie americana, de jóvenes desinteresados por otra cosa que no sean las posibilidades poéticas de la no existencia. Sin embargo, parecen tranquilos y conformes, aunque deliberadamente ausentes. A mí me dejaron algo indiferente, pero tal vez fuera porque yo estoy en un instante de música muy orgánica, en la que prefiero la bestial versificación rítmica del salvaje baterista de The Fall a la seda cimbreante de un sintetizador. No sé si este prejuicio tiene demasiado sentido, pero ocurre así. Cualquier día lo reviso. Pero sólo en la intro de The Fall, con ese hombre aporreando los tambores mientras aparecen el resto de miembros de la actual formación de la banda, con el bombo en rabiosa huida adelante, como un latido brutal que se te mete dentro, sólo esos breves minutos me ponen mucho más en mi sitio. Y luego, claro, está Mark E. Smith. ¿Pueden Oliver y Romy significar lo mismo que Malkmus y Mark E. Smith? Pueden… tal vez en nuestra proxima vida.

The XX son los chicos del coro gótico-electrónico que empaparon el Primavera Sound de su lánguida lluvia oscura.

Por lo demás, evitaré las consideraciones musicales más allá de lo descriptivo o lo meramente personal. Para eso ya están los sabios de la cosa. Prometo que me levantaron el ánimo Superchunk (sólo con ese nombre…) y que, si no fuera porque se venían Pavement y la Gran Bretaña entera a la una de la mañana y hubo que correr para arrodillarse como en La Meca, me hubiera quedado entreverado en las alucinaciones sónicas de Big Pink y a estas horas seguiría subido en algún andamio y habrían de venir a bajarme los bomberos como a los gatos de los árboles. Lo mismo con Delorean, cuando la hora ya frisaba los límites de la mañana. Uno considera madrugada hasta las cuatro. A partir de ahí ya clarea y cantan los pajaritos. Delorean derramaron luz y color para iluminar la noche de gafas de sol contra los excesos de la luna y estimulantes químicos que siempre me hacen pensar en Hunter S. Thompson, su sombrero Panamá y las gafas grandotas en Las Vegas.

No alcancé a ver a The Wave Pictures o a Broken Social Scene, entre otros intereses, pero aquí al menos uno necesita ser uno y trino para atender a todo. La disociación auditiva, la telematía y el transporte de la materia aún son cuentas pendientes de los festivales como el Primavera Sound. Para empezar pegamos la oreja a The Fall, que es como calentar corriendo los cien metros lisos. Es decir, que te lo juegas todo porque más fuerte no se puede empezar. Para no decepcionar a nadie (si es que eso les importase, que no), The Fall hicieron lo de siempre con la misma gracia torcida de siempre. Salió Mr. Smith con los pómulos descolgados y su rostro asimétrico que parece zozobrar o inclinarse a los lados, una levita de cuero y su mujercita dando gritos con mucho compás en los teclados. Uno diría que Smith llegaba de jugar la partida con dos o tres anises y ganas de tocarle el culo a las camareras. Pero la música es asunto serio y de apariencias confusas. Mordiendo las letras, The Fall arrancó con Your Future, Our Clutter, tema que da nombre a su último elepé, y de ahí en adelante todo fue metálico, pesado, industrioso y electrónicamente metalúrgico, como un terminator hecho ópera.

Ficha policial de los chicos de Pavement, sospechosos de alimentar la idolatría con temas 'himnóticos' y un regreso saludado por el clamor pegajoso de sus incondicionales.

Pavement jugaban en casa porque la idolatría los rodea. En medio de la proclamación de uno de sus himnos, un muchacho a mi lado gritó: “¡¡¡Que la subtitulen!!!”. Como queriendo decir: nadie puede extraviar ni un solo gramo del significado y la esencia últimas de esta canción. Me pareció muy buena idea: música subtitulada. Y no hablamos de poner las letras en un printer impresionadas en la pantalla, para que la gente pueda saber lo que dice el cantante. No, eso son los karaokes… Hablamos de subtitular la música. De traducir en palabras el vuelo invisible de las melodías, los ritmos, el tiempo de los compases, el enredo de notas y guitarras, lo que quiso expresar al fondo del tema su compositor, lo que comunica, lo que no dice, lo que está suspendido, lo que no se podrá aprehender jamás y sin embargo cualquiera entiende. De explicar por qué la música y cómo la música. Qué hace. Cómo lo hace. Por qué estamos aquí, para qué, dónde y hasta dónde. Que subtitulen la música, si alguien puede. Mientras esperamos, volveremos de nuevo esta noche al laberinto del minotauro, esta casa de Asterión que es el Primavera, donde las preguntas vuelven sobre sus respuestas. Donde exponen a hombres sin tiempo (Jeff Tweedy, Marc Almond, Black Francis) para contemplación y maravilla de las masas. Donde nada es tan serio como tal vez parezca por estas líneas…