Estofado irlandés

9 03 2012

Cada año debemos salir en peregrinación hacia los santos lugares, que no siempre son lugares santos. De hecho, casi nunca lo son. Es verdad que hace pocos meses admiramos la portentosa biblioteca de Santa María Novella en Florencia, el grandilocuente crucifijo suspendido de Giotto, las cúpulas rojizas y las portadas pálidas de la Toscana, el túmulo funerario de Buonarroti. Esta vez, sin embargo, la propuesta consiste en domesticar el espíritu ahogándolo con rugby, entre los contrafuertes cristalinos del Aviva Stadium de Dublín. Una ciudad para la circunspección audaz de un Joyce o la diletancia sin inhibiciones de un Wilde. O para extrañar al lesionado Paul O’Connell y aún más a Sean O’Brien; y añorar el duelo que esos dos armatostes se hubieran jugado arriba y abajo con nuestras últimas esperanzas azules: David Denton, el panocha Gray, el escurridizo Laidlaw… Es la llamada de Irlanda, el himno que el rugby usa para convocar bajo su capa a las cuatro provincias (Ulster, Munster, Leinster y Connacht), el reclamo que no podemos dejar de atender.

Una de las célebres campañas de Guinness con el rugby como motivo: el protector bucal es la espumosa corona blanca de la pinta: 'Guinness-Rugby, The Perfect Match', el encuentro perfecto.

No pisamos la tierra de Dublín desde el verano de 1998, cuando hicimos la vuelta a la isla en el sentido contrario a las agujas del reloj. Entramos desde el País de Gales por el sureste, en una travesía de luces tibias por el perezoso sol irlandés de media tarde y varias pintas de Guinness tomadas con la espalda contra las paredes blancas de cubierta. A la llegada al puerto de Rosslare agarramos un Corsa que nos traíamos de casa y describimos una briosa vertical en paralelo a la costa oriental de la isla. Pasamos la primera noche irlandesa en la generosa granja que fatigaba el padre de un amigo en los alrededores de Arklow, a medio camino en dirección a Dublín. Lo que siguió fue un periplo que enseguida iba a adquirir caracteres míticos, si se acepta el término en referencia a una mínima historia privada. Un viaje, en la más hiperbólica acepción del término, que todavía nos vemos obligados a recordar de vez en cuando para dejar constancia de que por aquellos días debió de ser la última vez que nos sentimos jóvenes con toda la razón. En medio del exceso de semana y media, Dublín apenas me dejó apenas imágenes borrosas, por la cantidad de pintas de cerveza stout que fuimos capaces de acumular entre los elásticos confines de nuestro organismo. No recuerdo bien si pasamos allí dos días o tres, antes de cruzar el mapa en horizontal hacia la costa atlántica. Sólo recuerdo las noches. O una noche en la que se confunden varias.

Pero de Dublín (de Irlanda en general), uno se trajo enseñanzas que darían para una película de esas que llaman de viaje iniciático, por el impacto moral que producen: 1) Que esa gente tiene cervezas negras que son AÚN MEJORES que la Guinness, aunque algo así suene a inaceptable perversión de la naturaleza y a desafío contra la misma certeza de la existencia. Y 2) Que en Dublín las noches pueden perfectamente empezar a la hora de comer o incluso antes, sin perjuicio de lo que establezcan el reloj del Trinity College o el movimiento de traslación del planeta Tierra con respecto al Sol. Y así, apenas nos levantamos de la cama en nuestra primera mañana tras nuestra primera noche, entramos a comer en un pub hechos un hatajo de tres pordioseros estragados y, varias pintas y un estofado irlandés más tarde, nos habíamos convertido en un ejército invasor dispuesto para la toma del castillo de Blarney si fuera preciso. Al no albergar un natural peleador sin razones poderosas por medio (pongamos por caso, la discusión por una pelota ovalada) decidimos parapetarnos de taberna en taberna. Digamos que serían no más de las dos de la tarde para cuando agradecimos el estofado y sus maravillas y pasamos al café irlandés. A partir de ahí, nos precipitamos por un tobogán de pintas que nunca se terminaban. Y para nosotros, al margen de la luz del exterior, todo fue una larga noche que volvió a prolongarse hasta bien entrada la madrugada. Como es natural, este tipo de comportamientos poco cristianos conllevan sus lógicas consecuencias: quedó registrado que yo podía derramar casi tantas pintas como me bebía y dejar sin ropa limpia a uno de mis conmilitones de viaje nada más iniciar el recorrido; y que es posible que tres amigos enganchen durante diez días una ristra de borracheras y discusiones interminables que constituían el fantástico epílogo de las largas noches de juerga. Qué forma bizantina de discutir procura la Guinness. Nadie se rendía hasta que el oponente no se quedaba dormido. Y a la mañana siguiente, estofado irlandés. Y luego un cafecito. O dos o diez. Irlandeses, claro. Y tan amigos como el primer día. Y vuelta al pub. Y a la vida. Y ahí seguimos.

Llegados a este punto y a modo de corolario, pincharíamos aquí algún tema bien beodo de los Dubliners o calzaríamos un par de citas de George Bernard Shaw o de Joyce o aún mejor del señor Wilde (esas que decoran las paredes de las inquietantes tabernas irlandesas que han invadido el orbe completo) y quedaríamos como señores. No lo haremos. A cambio, contaré que en cierta ocasión mi entrenador de rugby, en un exceso de confianza innegable considerando que hablaba con un pilar de nacimiento, me agarró a la finalización de un entrenamiento entre barro y aguanieve y, sentándose a mi lado, sacó de su bolsa un ejemplar del Ulysses. Me miró durante algunos segundos con él en la mano, mientras yo me sacaba laborioso las medias encharcadas, haciendo que el libro se balancease en su mano como si fuera a decirme cuántos gramos pesaba la edición. Desvió un momento la vista y, seguro de que nadie en el resto del vestuario nos mirase, me preguntó: “¿Tú has leído esto?”. Se me endureció el cuerpo y, envarado por la tensión, admití: “Mira, algunos capítulos sueltos, pero… debo confesar que no puedo con él”. Vi en sus ojos cómo se le relajaba la culpabilidad existencial que lo había atrapado en el intento. Procedió a devolver el libro a su bolsa y, sin mirarme, mientras se levantaba dijo: “Menos mal. Creía que era un problema mío”. Yo terminé de bajarme las mallas y, liberada la carne, me fui a la ducha.

A falta de los Dubliners y sus baladas aguardentosas, les dejo otra voz áspera que en estas fechas tan señaladas escucho mucho: el señor Mark Lanegan (ex Screaming Trees, ex Queens of The Stone Age, ex Gutter Twins… y otros) y su banda. Nada que ver con Irlanda, aunque podría bucear en su ascendencia, con ese apellido. Su último disco, Blues Funeral, parece sublimar el poder hipnótico de las voces pedregosas, habitadas en simultaneidad por varios seres en conflicto como nosotros por las noches de Dublín. El acuerdo final, sin embargo, es una delicia canalla, una hermosa fantasmagoría, árida e inquietante como esta Canción del Sepulturero.

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Gales, rugby de alta escuela

8 10 2011

Lo que Italia o Australia no consiguieron hacer en 80 minutos (meterle un ensayo a Irlanda) lo hizo Gales en apenas dos. Posó Shane Williams en la esquina, pero en esos 120 segundos Gales expuso toda la esencia de su actual rugby: la acción se inició con una captura fantástica de Jamie Roberts, tras uno de esos pelotazos verticales al cielo que aquí conocemos como up-and-under, pero que los celtas siempre llamaron garryowen, en honor al club que lo popularizó: el Garryowen Football Club. Roberts, uno de los hombres del partido como preveíamos, lanzó la carga (lo hizo tantas y tantas veces…), y sobre esa base Gales acumuló fase tras fase con sus delanteros, aseguró la posesión en cada contacto, recicló con limpieza y a la velocidad deseada, relanzó, jugó, ganó metros con una sensación de inevitabilidad que sorprendió a los mismos irlandeses. Conquistada la 22 rival, su medio de melé, Mike Phillips, soltó a los perros: dos cargas sucesivas de Warburton y Faletau detuvieron los irlandeses a apenas un metro de su línea de marca. En la siguiente, con el incomensurable Halfpenny incorporado para la puntilla, el bailarín Shane Williams acabó ensayando junto a la bandera. El árbitro llamó al juez de televisión para preguntarle si pudo haber tocado con su pie la raya de banda o la bandera… No había caso: lo único que logró con esa consulta fue darle al TMO la generosa posibilidad de ver repetido varias veces un ensayo construido de manera maravillosa por el joven equipo galés.

Los galeses, frente al mundo: un equipo con clase, que está en semifinales y contra el que parece difícil apostar si sostiene el nivel de juego que ha construido en estas semanas y que reventó ayer.

Irlanda respondió con la determinación con la que, en la fase de grupos, había volteado el Mundial ganándole a Australia. Con la que se devoró cruda a la potentísima melé italiana. Irlanda encerró durante la primera mitad a los Dragones en los alrededores de sus palos. Irlanda empujó con todo lo que tenía. Irlanda acumuló hasta el descanso un 65% de dominio territorial y un 57% de la posesión de la pelota. Irlanda desestimó un par de golpes a palos para jugar pateando a touch y tratar de imponer después su captura arriba (intratable en esa fase del juego) y el empuje posterior. Pero no lo logró: nada menos que el mismo Shane Williams contuvo al demoledor O’Brien sobre la línea para evitar su ensayo, en una de esas jugadas. Irlanda no lo iba a lograr. Gales fue un equipo completo con todas las de la ley. En ese periodo defendió atrás con una fiereza descomunal, contuvo todas las acometidas, interrumpió el juego irlandés, recolocó su defensa de la línea veloz e inteligentemente en cada uno de los relanzamientos verdes y cerró así cualquier posibilidad de acceso. Warburton, Faletau, Lydiate, Adam Jones (qué día tan duro le dio el Oso galés al magnífico Cian Healy, su opuesto en la melé), los centros Jonathan Davis y Jamie Roberts, y al fondo Halfpenny, magnífico de zaguero, impetuoso en las salidas desde atrás, durísimo en el contacto y profundo con la pelota. Al final, O’Gara redujo el margen con un golpe de castigo frente a los palos. Y el mismo Halfpenny volvió a alargarlo antes del intermedio (10-3).

Mike Phillips se lanza a por el ensayo que tumbó definitivamente a los irlandeses, después de rajar el lado cerrado con una acción inesperada.

Gales es un equipo con clase y con un rigor táctico notable. Todo lo ejecutó bien con la mano. Cada movimiento de ataque desvelaba la insultante seguridad, la confianza de un grupo que se sabe bueno, capaz de ir hasta el último día en esta Copa del Mundo. Irlanda largó todo lo que tenía en el arranque de la segunda mitad y posó un ensayo de Keith Earls en la única desatención defensiva de los galeses. Fue un ensayo raro, porque la pelota salió desordenada en un relanzamiento del medio de melé Murray. Botó a la espalda del esperado receptor y se quedó sin dueño en la 22 de Gales. La recuperó el ala Tommy Bowe, continuó para Keith Earls y, frente al desesperado último placaje de Phillips, Earls se deslizo sobre la hierba para dejar la marca en la esquina. O’Gara transformó y el partido se igualó (10-10). Por poco tiempo. Los equipos superiores hacen con relativa naturalidad lo que los inferiores se ganan a base de esfuerzo, sudor y sangre. A Irlanda le había costado 50 minutos traspasar la línea de marca galesa. A Gales le tomó sólo cinco más contestar: en una jugada de medio de melé clásico, el muy poco clásico Phillips levantó un balón de los pies de un ruck, sobre el flanco izquierdo de la 22 irlandesa, y se coló por el lado cerrado frente a la estupefacción general. Para asegurar su ensayo contra el placaje y su previsible toque sobre la línea o la bandera de la esquina, Phillips se lanzó para posar en una hermosísima plancha, y entró al ingoal limpiamente, como entran en el agua los saltadores de trampolín perfectos cuando largan un picado de esos que levantan los dieces en el cartelón de los jueces.

Sin perder ya jamás el control de las operaciones, obligando a Declan Kidney a probar toda la combinatoria que le permite su plantilla (Sexton enseguida por O’Gara, que ahora echaba de menos esos dos o tres golpes que no quiso tirar a palos en la primera mitad), Gales aumentó su ventaja con otro ensayo de Jamie Roberts (22-10 en el minuto 64′) y aún pudo elevar la renta si Priestland (en otro partidazo, auténtico director de la joven orquesta galesa) no hubiera pegado dos veces a los postes en dos tentativas a palos. Poco importaban, como supo Irlanda, los detalles estadísticos. Aún con poco balón, aún con el partido equilibrado, Gales siempre repartió una nítida sensación de superioridad. Con ella se va a las semifinales, en este territorio neozelandés que puede considerar proclive: también en el Mundial de 1987 llegó a esa altura. Irlanda despidió con sabor amargo a un equipo memorable, una generación para la historia, que no pudo completar el iluminado camino que se abrió ante ellos después de ganar su grupo en la primera fase. Para los números, O’Gara dejó su golpe de castigo número 200 en el día de la despedida. Para el adiós, el capitán Brian O’Driscoll cedió un momento de sincero reconocimiento para el equipo que llega: “Fueron mejores, ganaron y se merecen estar en semifinales. Les deseo buena suerte”. La prolífica escuela galesa saluda a sus últimas maravillas…

Gales, 22
Ensayos: Shane Williams, Mike Phillips, Jamie Roberts
Conversiones: Jason Priestland (2)
Golpes de castigo: Leigh Halfpenny

Irlanda, 10
Ensayos: Keith Earls
Cons: Ronan O’Gara
Golpes: Ronan O’Gara

Vídeo resumen del partido





El combate de los jefes

7 10 2011

La primera fase de este larguísimo Mundial no ha dejado satisfecho a casi nadie: a la IRB, la fifa del rugby, la balean desde todas las posiciones. Por los balones -un clásico de cualquier Copa del Mundo, como la meteorología, los alojamientos y otros aspectos organ6izativos-, las desigualdades del calendario -los equipos pequeños jugaban, a veces, cada cuatro días; mientras los grandes, por ineludible imperativo televisivo, sólo lo hacían de fin de semana en fin de semana-, las designaciones arbitrales y los arbitrajes en sí; para culminar con la amenaza de Steve Tew, el jefe de la federación de Nueva Zelanda, quien amenazó con que los All Blacks podrían no asistir al próximo Mundial (que se celebrará en Inglaterra), si la IRB no diseña otro plan de negocio con un reparto más ventajoso de dividendos para los participantes. O sea, que al equipo comercialmente más rentable del mundo, y deportivamente más atrayente, pierde millones de euros yendo a la Copa del Mundo. La IRB se ha apresurado a argumentar contra el boicot All Black con una perogrullada de fondo escaso: “Si no va Nueva Zelanda, la Copa del Mundo se seguirá jugando igual y habrá otros 20 equipos”. Richard Kahui, ala neozelandés, replicó: “Si los mejores no están, eso no será un Mundial, será otra cosa”. La pérdida de credibilidad del torneo y de legitimidad del hipotético campeón, venía a decir Kahui en un directo de izquierda muy bien cruzado…

A pesar de tan inquietante murmullo y de que da la impresión de que la RWC 2011 comenzó “hace 37 semanas”, como decía una hastiada columnista del Guardian londinense, aquí unos cuantos seguimos dispuestos a inyectarnos en vena todos los partidos que se crucen ante nuestros ojos. Somos, como el Alex de La Naranja Mecánica, enfermos sociales; y ni siquiera la sobreexposición oval de estas cuatro últimas semanas puede corregir esta desviación tan evidente. Además, lo bueno empieza ahora: tres fines de semana en los que los grandes del Hemisferio Norte y el Hemisferio Sur van a celebrar su largo combate de jefes, una fase marcada de forma decisiva por la victoria de Irlanda sobre Australia en su grupo, resultado que varió la previsión de los cruces y dejó para los cuartos de final un cuarteto de partidos de esos que los angloparlantes llaman mouth-watering. Para que se nos caiga la baba, en fin…

La rebelión de los celtas. En un torneo en el que ningún equipo ha bailado sobre la tumba del resto, en el que la brillantez ha trabajado a tiempo parcial, en el que todos han dejado preguntas en el aire, incógnitas que se van a resolver ahora que vienen los duelos a un solo disparo, en ese panorama, decimos, tal vez País de Gales e Irlanda sean los únicos en condiciones de reclamar haber sido los mejores hasta ahora; o, por ajustar algo mejor el término, los que han elevado su rendimiento no sólo al nivel esperado sino, de hecho, notablemente más alto. Si exceptuamos la victoria de Tonga sobre Francia, los dos resultados más notables de la fase de grupos fueron la ajustadísima derrota de Gales contra los Springboks (17-16) en un partido memorable del Grupo D; y, por supuesto, la histórica victoria de la inmarchitable Irlanda contra Australia (15-6), en el Grupo C. Esos dos encuentros establecieron las bases de lo que, en retrospectiva, podemos llamar La Rebelión Celta. Ambos protagonistas se miden el sábado en un clásico del 6 Naciones que adquiere aquí la forma de un partido que marcará a una generación: ninguno de los dos rivales estuvo jamás en unas semifinales de la Copa del Mundo. Para Irlanda supondría la coronación definitiva de una hornada de jugadores que le ha dado a Irlanda algunos de los momentos más gloriosos de su extenso rugby, cuando todo el mundo pensaba que su día ya había pasado. Hay que insistir en que Irlanda mostró su lado más lastimoso en los tests preparatorios, de los cuales no ganó ninguno. Su transformación en el torneo ha sido casi faustiana, como si los O’Gara (34 años), O’Connell (a punto de los 32), Flannery (casi 33), Gordon Darcy (31), Murphy (33), O’Callaghan (32), O’Driscoll (32) o Ross (32)… hubieran vendido su alma al demonio a cambio de una última gran campaña. Para Gales, equipo preñado de joven talento, un triunfo supondría el aldabonazo que anunciaba la enésima regeneración de ese paisito de menos de 4 millones de habitantes, en el que los grandes jugadores de rugby crecen en la tierra con el mismo vigor que las sandías en Alfamén. El partido está lleno de duelos interesantísimos.

Cian Healy, el poderoso pilar irlandés, que se merendó crudos a los barbudos italianos. Foto: ©INPHO/Dan Sheridan

  • Cian Healy/Adam Jones: Healy, el número 1 irlandés, jugó un partido memorable contra Italia, dominando a rivales de la talla de los primeras italianos. “Tenemos la mejor delantera del Mundial”, habia dicho en un exceso verbal el entrenador azzurro, Mallett. A continuación, los irlandeses se comieron crudos a los fieros transalpinos en las melés. Buena culpa la tuvo Healy. Rory Best, si su hombro no se lo impide, estará a su lado talonando. Al otro lado, el Oso Jones y Gethin Jenkins, felizmente recuperado, para armar un duelo terrible de primeras líneas.
  • O’Brien / Warburton: dos jóvenes sensaciones en las terceras. O’Brien se ha convertido (bien secundado por Ferris) en uno de los valores decisivos del penetrante juego irlandés. Su impacto en todos los órdenes del juego de un flanker lo subraya en cada partido. Al otro lado, el capitán de Gales, símbolo del espíritu renovador de Warren Gatland a la hora de montar su equipo. El duelo de los flankers anuncia la belleza destructiva de las grandes batallas aéreas, en medio de un partido en el que todos van a salir con las bayonetas caladas, por si acaso.
  • O’Gara / Priestland: nadie encarna mejor el estado evolutivo de ambos equipos que sus números 10. Dos medios de apertura en lados opuestos del camino. Ronan O’Gara, el frío pateador, cerebro de juego trasladado al pie, elegido por Declan Kidney para las fases decisivas por delante sdel joven y más enérgico Jonathan Sexton. Kidney podría seguir un patrón: manejar el tiempo del partido con la sabiduría y la precisión de O’Gara, para en la fase decisiva soltar a un creador de juego más imaginativo, más dispuesto a la sorpresa, la ruptura y el ataque con el balón a la mano. Priestland afronta el primer gran test de su carrera. Ya triunfó contra los sudafricanos, una pieza mayor, pero en las fases de muerte súbita la presión se multiplica. Una de las grandes apuestas de Gatland en este Mundial. Uno de sus grandes aciertos.

    Jamie Roberts, segundo centro galés, ariete fundamental del ataque de los Dragones en el medio campo: su duelo con O'Driscoll reclama uno de los focos del partido.

  • O’Driscoll / Jamie Roberts: el irlandés Brian O’Driscoll representa el ideal de un segundo centro, por su dureza en el placaje y el contacto ofensivo, por su capacidad de finalizar jugadas en ensayo y por la lectura preclara de los movimientos de ataque. Su duelo con el poderosísimo Jamie Roberts, una fuerza de la naturaleza, una bola de cañón disparada medio campo abajo, promete estar entre lo mejor (y lo más decisivo) de este imprevisible encuentro. Roberts, siempre durísimo, ha agregado sutilezas a su rugby, lo que le va haciendo cada día mejor. No lo decimos nosotros, lo ha dicho el propio O’Driscoll, compañero suyo en los British Lions. ¿Cómo pararle? “Hay que ponerse delante de él y chocar, no hay más posibilidad…”. También lo dijo O’Driscoll. Sea, pues…

Irlanda: 1 Healy, 2 Best, 3 Ross; 4 O’Callaghan, 5 O’Connell; 6 Ferries, 7 O’Brien, 8 Heaslip; 9 Murray, 10 O’Gara, 11 Earls, 12 D’Arcy, 13 O’Driscoll, 14 Bowe, 15 Kearney. Subs: 16 Cronin, 17 Court, 18 Ryan, 19 Leamy, 20 Reddan, 21 Sexton, 22 Trimble.

Gales: 1 G. Jenkins, 2 Bennett, 3 Adam Jones; 4 Charteris, 5 Alun Wynn-Jones; 6 Lydiate, 7 Warburton, 8 Faletau; M. Phillips, 10 Priestland, 11 Shane Williams, 12 Jonathan Davies, 13 J. Roberts, 14 North, 15 Halfpenny. Subs: 16 Burns, 17 Paul James, 18 Bradley Davies, 19 Ryan Jones, 20 Lloyd Williams, 21 Hook, 22 Scott Williams.

Hora: Sábado, 8 de octubre, a las 7:00 horas de España (Canal+ Deportes).

 

Le Big Crunch. A los Inglaterra-Francia siempre se les ha conocido, sobre todo desde el lado insular, como Le Crunch. Según lo definió Phil Blakeway, “el partido entre los inventores de la isla y los advenedizos del continente. Pocas naciones se han guardado un mayor recelo histórico que estas dos. Basta recordar aquel célebre titular (tal vez apócrifo, pero tan bien inventado…) en un diario inglés: “Niebla en el Canal de la Mancha: el Continente queda aislado”. O la declaración, esta sí leída por uno mismo, de un ciudadano inglés a propósito de la construcción del túnel bajo el canal: “No me parece buena idea: por ahí pueden llegar muchas enfermedades”. A lo que un francés respondió: “Yo tampoco lo hubiera hecho: no nos fiamos de los obreros ingleses”. A día de hoy, en esta RWC 2011, Inglaterra y Francia vienen unidos por las enormes suspicacias y críticas que ha despertado su juego. Son los dos equipos más atacados del Mundial. La combustión interna del equipo francés ha provocado un incendio casi diario en la concentración, con el entrenador Lievremont en permanente esgrima dialéctica con la prensa, ex internacionales que se quedaron en casa, como Chabal, criticando su forma de airear trapos sucios del vestuario; y otros como el apertura Trihn-Duc reconociendo que está desconcertado, hundido y superado por el modo en que Lievremont lo ha apartado del número 10 para dárselo a un medio de melé como Morgan Parra. Cosa que, el sábado, va a ocurrir de nuevo. En Inglaterra todo ha sido aún más público: la noche de juerga en el bar de los enanos, la rubia misteriosa que cruzó la noche colgada del cuello del capitán Tindall, la incipiente cornamenta con la que viajó a NZ su esposa Zara Phillips, a la sazón nieta de la reina; más el lío de los balones con Wilkinson de fondo y la ya clásica acusación de abusos verbales o lenguaje inapropiado de una camarera del hotel contra varios jóvenes jugadores del equipo inglés. A Martin Johnson, el entrenador, se le ha quedado ya para siempre el ceño fruncido que define su expresión más habitual. No se le recuerda una sonrisa pública. Su equipo no le ha dado motivos: en ningún partido ha estado convincente… pero los ha ganado los cuatro. Francia, por el contrario, ha perdido dos en su grupo: el segundo equipo en la historia de los Mundiales de rugby en acceder a la segunda fase con dos derrotas. Frente a Nueva Zelanda su resistencia duró apenas 10 minutos: “Gracias por la lección”, tituló con mucha mala baba L’Equipe. Frente a Tonga, la hecatombe. Y ahora, Inglaterra. Hay quien sigue apelando al carácter mercurial de los franceses, a su genio oculto para el rugby. Todo eso es cierto, pero esta vez más irreal que nunca… Inglaterra ya ganó este mismo cruce en 2007. Si vuelve a hacerlo, el denostado equipo de Martin Johnson firmará su tercera semifinal consecutiva en las RWC. Las otras fueron finales. Aquí ya advertimos de su inquebrantable capacidad para competir en los grandes escenarios. Algunos nombres:

  • Maxime Medard: el talentoso francés de las patillas setentonas pasa del ala al puesto de zaguero en relevo de Cedric Heymans. Lievremont quiere afilar su contraataque, esa capacidad de progresar por callejones estrechos que ha definido siempre a Medard. Pero el francés encarna, hasta ahora, el recortado nivel de todo su equipo. Sus estadísticas reflejan su discreto paso por el Mundial: apenas una ruptura, ningún ensayo, escasos metros… Un Medard menor. La ocasión lo llama.

    Toby Flood y Jonny Wilkinson dialogan durante un entrenamiento: ambos harán una prueba de pateo a puerta cerrada antes del choque para decidir quién será la primera opcion contra Francia. Foto: David Rogers / Getty Images

  • Jonny Wilkinson: Julian Bonnaire, el flanker galo, ha dicho: “Wilkinson sufre bajo presión: vamos a ir a por él”. Esa frase, dicha por un tercera, es una amenaza de mayor dimensión de la ya evidente. E identifica hasta qué punto Wilko aún personifica el biorritmo del equipo inglés, pese a su ya mil veces comentada ausencia de precisión con el pie en este Mundial. El 10 de Inglaterra, desde luego, no va a rehuir los contactos, aunque su juego no está tanto en la mano como en el reparto de balones con el pie por las zonas muertas del campo. Y, desde luego, su maravilloso placaje en defensa.
  • Morgan Parra: otra vez bajo el escrutinio general. Igual que Piri Weepu en Nueva Zelanda, aunque éste de forma ocasional, un medio de melé haciendo de apertura. A Lievremont le ha convencido lo suficiente para cargarse a Trihn-Duc a la primera de cambio. Parra, hasta ahora, no ha estado mejor ni peor que el resto de su equipo. Quizás haya sido de lo más defendible en medio de un desierto. Su equipo necesita mover a los ingleses y eso depende, casi siempre, del apertura. Con él más Yachvili en el campo, Francia asegura un altisimo porcentaje de acierto a palos en golpes de castigo y conversiones. En previsión de un partido de marcador bajo y apretado, supone un factor esencial.
  • Toby Flood: Martin Johnson ha resuelto la constante duda del medio de apertura juntando finalmente a los dos en el campo. Wilkinson será el 10 y Flood, el primer centro. La alternativa la posibilita la baja de Mike Tindall por lesion, pero a Martin Johnson le viene bien porque, juntando a esos dos, más el excelente Manu Tuilagi en el segundo centro, Inglaterra suma defensa con Wilko y Tuilagi, creatividad con Flood, y amenaza directa en las continuaciones con el anterior. Un medio campo al que atender. Y dos pateadores de primera línea, por si hace falta rotar…
  • Cueto / Ashton: el primero vuelve tras su ausencia contra Escocia y lo hace para afilar todavía más unas alas en las que reside el mayor peligro de ataque de los ingleses. El equipo de Martin Johnson expone poco en la fase ofensiva, pero cuando se trata de acabar las jugadas (y muy a menudo los partidos) estos dos jugadores suelen estar al final del hilo, para poner la puntilla. No tienen enemigos menores (Pallison y Clercq), pero en esta RWC el estilete de la Rosa han sido, a menudo, sus dos exteriores.

    Maxime Medard, ala y zaguero francés, con un saco de percusión. Su presencia en el fondo puede mejorar a los franceses... y a sí mismo. Foto: REUTERS/Jacky Naegelen

  • Haskell / Picamoles: dos ausencias notables en las terceras líneas de cada equipo. Ambos empezarán en el banquillo. Dado el nivel de ambas escuadras hasta ahora, al que se queda fuera se le pone cara de culpable. Perfeccionando su marcadísima tendencia de apostar por la experiencia, lo seguro y hasta lo rácano cuando se trata de jugarse los cuartos (metafórica y literalmente hablando), Martin Johnson ha llamado a filas al veterano Nick Easter para ocupar el número 8. Enfrente, como en un espejo, Lievremont ha puesto a otro ilustre, Harinordoquy. Bonnaire, Dusatoir y Lewis Moody completan el refrán: no te acuestes con niños si no quieres… En fin.

Inglaterra: 1 Stevens, 2 Thompson, 3 Cole; 4 Deacon, 5 Palmer; 6 Croft, 7 Moody, 8 Easter; 9 Youngs, 10 Wilkinson, 11 Cueto, 12 Flood, 13 Manu Tuilagi, 14 Ashton, 15 Fodden. Subs: 16 Hartley, 17 Corbisiero, 18 Lawes, 19 Shaw, 20 Haskell, 21 Wigglesworth, 22 Banahan.

Francia: 1 Poux, 2 Servat, 3 Mas; 4 Pape, 5 Nallet, 6 Dusatoir, 7 Bonnaire, 8 Harinordoquy; 9 Yachvili, 10 Parra, 11 Pallison, 12 Mermoz, 13 Rougerie, 14 Clercq, 15 Medard. Subs: 16 Szarzewski, 17 Barcella, 18 Pierre, 19 Picamoles, 20 Trihn-Duc, 21 Marty, 22 Heymans.

Hora: Sábado, 8 de octubre, a las 9:30 horas de España (Canal+ Deportes).