Las largas vacaciones de don Fabio

28 06 2010
En la tradición de servicio público que siempre caracterizó a Somniloquios, el sábado le hicimos un test de calidad sobre el terreno al Jabulani y ya estamos en condiciones de razonar por qué ocurren las cosas que ocurren en el atormentado Mundial de Sudáfrica. Otros les hablarán del balón como si les hablaran de un queso, desde la poltrona informativa, con teórica prosopopeya y dándose mucha importancia. Aquí bajamos a la hierba. Y todo esto es gratis, oiga… Les cuento. Primero nos apretamos una severa costillada en la Ciudad Deportiva para festejar el cambio de estación y más tarde, cuando habíamos rebajado ya los niveles de colesterol a límites aceptables por la FIFA, nos conseguimos una réplica del baloncito en casa Castillo. Anoto que cualquier bar en el universo mundo debería tener, siempre y regulado por ley, una pelota de reglamento guardada detrás de la barra. Los argentinos ya lo saben hace tiempo: el binomio asado/pachanga viene institucionalizado de siglos atrás. Parecerá una tontería, pero son estos pequeños detalles consuetudinarios los que después, a lo largo del tiempo, derivan en superioridades en el Mundial y cosas parecidas.

Don Fabio, luciendo palmito en las playas de Croacia. El paquete que marca son en realidad los seis millones de libras anuales que le paga la Federación Inglesa por llevar a Inglaterra a hacer el ridículo al cono sur y volver pronto. De ahí que camine así de envarado, con pecho palomo y culo de pato. En su descarga diremos que tiene por equipo a una colección de mediocres; los que no lo son, están en una baja forma alarmante. Se lo merece por hacer titular dos partidos a Heskey.

Así que fuimos dos españoles y un inglés y nos armamos un picado de a tres en la canchita de hierba. Comenzamos tocándola en corto para conjurar los, digamos, 10 años fácil que el hombre somniloquio no practicaba el innoble juego del fútbol. Desde aquella mañana en el Salduba en que (cinta rosa, cual Melody Nakachian, sobre la melena) le instalé no menos de 17 balones de gol en los pies, de lado a lado del campo, al Paño Ibagaza: creo que convirtió una decena. Mi actuación la hubieran firmado Ronald Koeman y De Boer con los ojos cerrados. Así que primero la tocamos en rango corto y enseguida fuimos abriendo el golpeo. Pronto nos estábamos comportando como chicos de 12 años: toca y vete, pónmela, pónmela, peligrosa carrera por la banda, uno que va a al remate y… el balón al quinto palo.

Ahí empezamos a diferenciar el errático comportamiento del Jabulani. No es que pese poco. Es que tú lo tocas y sale como una centella. Es como esas pelotas de frontón que son más vivas de lo normal, y rebotan en la pared como si llevaran un resorte incorporado. Se diría que el Jabulani activa en su interior, con el golpeo, una especie de peso que lo dispara hacia delante y hacia arriba. El resultado es que intentas templarlo al área y el balón se empeña en viajar a la banda opuesta. Le pasó a Jesusito Navas en el partido con Honduras, que no puso una donde era. Hasta ahora sólo los japoneses, cosa notable, y Maradona han logrado hacer un uso correcto del Jabulani. Narciso Ronaldo aún está buscando el modo de hacer eficaz su triple dedo en Sudáfrica, pero cuentan que el Diego entró a disparar tiros libres en un entrenamiento de Argentina la semana pasada y metió no menos de diez. Todo gordo igual es Gardel. Si le pegas de rastrón, el Jabulani se comporta con mediana normalidad. Si metes empeine interior, sale disparado. De ahí que los zapatazos que cogen portería sean imparables, tipo el de Tévez anoche, porque en el vuelo el Jabulani realimenta su velocidad, se incendia, a medio camino empieza a hacer zigzags y para cuando llega a la portería es una bola de cañón. Pregúnteles a Upson y John Terry, que se comieron el saque de portería de Neuer que Klose convirtió en el vergonzante 1-0 para Alemania.

La hinchada inglesa encaja una nueva derrota contra los alemanes: el episodio ha resultado sonoro esta vez, pero la escena en la que Alemania elimina a Inglaterra constituye ya una tradición más de los grandes campeonatos.

Ese gol puede conducir fácilmente a un sanatorio mental a un hombre como Fabio Capello, al que se le removieron las gafas de diseño italianas que lo patrocinan: las Zero RH+, modelos Andro e Iter entre otros. He aquí otra pieza de servicio público de Somniloquios. ¿Quién no se ha preguntado por las lupas de signor Fabio alguna vez…? Ahí queda la referencia. Con esas gafas vio clarísima Capello la incompetencia de los suyos y que el gol de Lampard había pasado la línea un metro. Ahora la cuestión es si Capello, renovado antes del Mundial por cuatro años por la FA, continúa en el cargo después de todo esto: echarlo cuesta 10 millones de libras. Los ex futbolistas que comentan en las televisiones inglesas opinaron que se irá. Así lo dijo Alan Hansen, ex defensa del Liverpool en los años ochenta. Claro que Hansen fue aquél que dijo, a principios de los años noventa: “Alex Ferguson nunca va a ganar nada con una pandilla de niños en el equipo”. Los niños eran Beckham, los Neville, Ryan Giggs, Paul Scholes… Todo el mundo sabe lo que pasó.

Hablábamos de los defensas ingleses. ¿Será que al final los Neville eran buenos? Terry es un mangante, en la máxima expresión de la palabra: un defensa pésimo que ha hecho fortuna cobrando por visitar Stamford Bridge y repartiendo cabezazos a diestro y siniestro. Sus errores posicionales son lamentables, desde siempre. En sus mejores días apenas servía para cabecear saques de esquina y despejar melones en el área. Ayer hizo de muñeco de feria para la gloriosa segunda línea alemana, con un Özil y un Müller excepcionales, lanzados por la ballesta incansable de Sweinsteiger. Ahora, una advertencia: allá atrás, en el fondo, los alemanes bajan mucho. Por arriba se comen balones con frecuencia y Manolito Neuer sale como la Paulova.

Volvamos al Jabulani, sin irnos del lado de Inglaterra. También observamos que, por algún prodigio de la tecnología que se nos escapa, el balón presenta una espectacular tendencia a buscar travesaños y postes. Parecerá que lo digo en un momento oportunista por lo ocurrido con Inglaterra y Alemania, pero de verdad que es así. En disparos a portería haríamos no menos de tres o cuatro pelotazos a la barra, así como Lampard el domingo, que no había forma. Estas cosas contribuyen al show. Las violentas explosiones del balón contra la madera hacen afición. Pero a la FIFA le ha ocurrido que el show ha terminado por dejar al aire, como no podía ser de otro modo, su irracional empeño en permitir que el fútbol autorice las injusticias convocadas en el error humano.

Tarantino / AP

Neuer, batido por el disparo de Lampard que nunca fue gol.

Durante muchos años, la equivocación y sus consecuencias han construido buena parte de la historia del fútbol, contribuido a su liturgia de divina arbitrariedad, y escrito algunas de las páginas más memorables de la leyenda del juego. Son todas bien conocidas. Pero la ya indetenible incrustación de la tecnología inmediata en el negocio deportivo es una ola que ha terminado por arrastrar el inmovilismo de la FIFA. El deporte ha cambiado mucho, igual que ha cambiado todo. Tratar de sostenerlo en los mismos principios de hace 30 años constituye un empeño infame. Que un equipo vea en directo, sobre el mismo campo y en pantalla gigante, la horrible equivocación que los va a echar del Mundial, resulta moralmente indefendible, y deportivamente muy peligroso. ¿Quién domestica la consiguiente frustración de esos futbolistas? ¿Y en qué estado queda el juez que, como ocurrió en el partido de Argentina y México, confirma de inmediato el tamaño de su error y no puede dar marcha atrás porque la normativa impide cambiar por el vídeo una decisión ya tomada? La emisión inmediata de las imágenes del partido por pantalla gigante en los estadios fue abolida después del Mundial de 2002. En Alemania 2006 no hubo. En Sudáfrica han regresado, cualquiera sabe por qué. La FIFA va a pagar cara su volátil moral y algunas torpezas muy graves. ¿Le importa el zarandeo a la credibilidad del fútbol que supuso la jornada dominical? Es dudoso.

Yo hace mucho que concluí que el fútbol no quiere cerrar la puerta a la trampa, la picardía ni el error; por algún motivo que ignoro, no desea impedir que un futbolista pueda tirarse al suelo en medio del campo porque se le ha subido un gemelo o incluso por menos que eso, y obligar a detener el partido cuando la pelota puede estar a 125 metros de distancia de donde él ha caído. Más aún, los cambios en el reglamento empeoran estos problemas, con la obligación de retirar del campo al jugador y luego autorizarlo a entrar. Ese proceso se suele llevar por delante, en mil ocasiones, cinco minutos de juego. Pero forma parte de todo esto. Una parte sin sentido, pero ahí esta.

Otra cosa es lo de tirar el balón fuera, que provoca mil y una polémicas. Los jugadores, según en qué circunstancias, se niegan a echar la pelota a la banda, porque saben que la simulación forma parte del juego. Si les toca en contra, la rechazan; naturalmente, cinco minutos después ellos pueden  incurrir en el mismo comportamiento. ¿Por qué no son los árbitros, en cualquier caso, quienes deciden si hay que tirar la pelota fuera o no? Tan sencillo como eso. Pero no… En el día a día todos estos desajustes pueden resultar más o menos aceptables; en medio de las tensiones, la responsabilidad, las consecuencias y la pasión global de una Copa del Mundo, tales veleidades dejan al aire toda su estúpida iniquidad. ¿Por qué no puede seguir el juego y que ese tipo caído sea atendido con la vigilancia del cuarto árbitro, por ejemplo? En el rugby quedan jugadores heridos en el suelo con mucha mayor frecuencia, víctimas de luxaciones, pisotones, golpazos… El juego sigue a su alrededor: sale el fisio y lo atienden. Si la lesión es de evidente gravedad, todo se para. Y, por cierto, a quien se va lesionado se le aplaude: la grada, sus compañeros y sus rivales. Pero ese es otro tema.

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El Mundial, de espaldas

14 06 2010

El Diego y su barba encanecida hacen un busto interesante. Un consejo: guárdese al Pipita y ponga a Milito de una pinche vez.

Después de veinte años de ejercicio profesional y cuarenta de existencia, uno casi ha vencido el tormento por la naturaleza elusiva de los Mundiales. Durante años resolví consolarme con una ley de proporcionalidades convenientemente arbitraria: yo tenía las mismas opciones de ir como enviado especial a un Mundial que España de ganarlo. No hace falta decir que pervivía bajo tal formulación una fina rabia de ambición traicionada. Casi infantil, como demuestra esta pataleta. Estamos de acuerdo. Pero no vengamos ahora con objeciones: muchos de ustedes acostumbran a afearme la ausencia de una ilusión concreta, de ambiciones vitales definidas, la consabida meta existencial. Ahí va ésta, ya confesa en alguna comparecencia anterior: el único interés que me fue quedando por el periodismo con el paso de los años fue el de contar unos Mundiales o unos Juegos Olímpicos. No ha ocurrido. Acepto que no no ocurra nunca, ahora ya sí. Y para completar la derrota, si hemos de ponernos dramáticos con el término, a esta hora parece haberse operado una modificación decisiva:  pasan los campeonatos y yo sigo del mismo lado del televisor, mientras que España cobra verdadera naturaleza de candidata al triunfo. Lo cual indica que nuestra amargura podría, por primera vez desde que yo empecé a ver copas del mundo en 1978, presentar una concluyente divergencia.

Tal cosa habrá de confirmarse en estas próximas semanas. En lo que se refiere a mí, vuelvo a parapetarme y disparar con espuma de jabón desde el Somniloquios mundialista, ahora que los diarios arden con bitácoras de cualquier tenor referidas al campeonato. Al Mundial ya va cualquiera, así que el día que me llamen no pienso acudir; y del Mundial habla hasta el gato, de modo que aquí no vamos a ser menos. Como ya ocurrió en la anterior edición, advierto de que la incoherencia y heterogeneidad (ésta muy mal entendida, por cierto) animarán los comentarios que aquí dejemos. Conviene también avisar de que la serie empieza hoy y podría acabar también hoy mismo: todo dependerá de la capacidad de apelación y divertimento que sea capaz de generar el campeonato en alguien de atenciones tan dispersas como el hombre somniloquio. Del primer fin de semana puedo inferir ya una conclusión que he de compartir: el fútbol cada día me aburre más. ¿Soy yo o de verdad los partidos, todos los partidos que he mirado -muy de soslayo por cierto- han resultado una severa castaña? Debo de ser yo. Antes de nada, declaro en honor a la verdad que he pasado semanas de radical desintoxicación de fútbol, desde que terminó la Liga esa que juega el Zaragoza. No vi ni uno solo de los encuentros de preparación de la España, porque terminé el campeonato doméstico harto, abatido, desinteresado por la suerte de unos y otros, con un rampante hastío de balón y portería. Todo cruzado por la nítida impresión de que no sería capaz de mirar un partido del Mundial hasta, al menos, los cuartos de final. Y la verdad, no se puede decir que haya visto ninguno. Así que éste bien podría ser el primer blog sobre el Mundial en el que el autor no ve el Mundial. En otros lo parece. En éste será verdad: el Mundial, de espaldas.

Ese señor de rojo que señala con muy poca educación es el seleccionador de Alemania: hasta que no leí hoy el nombre en los diarios, fui incapaz de saberlo. En cuanto no se llaman Vöeller, Klinsmann, Vogts o Beckenbauer, me pierdo... Lo mismo con los futbolistas.

Hagamos números. Me dormí antes de que empezara el partido inaugural y luego bajé a montar la flamante batería acústica que me he hecho instalar en el búnker del trastero, por si viene una guerra mundial y puedo hacer ruido sin que nadie se preocupe de mis patadas al bombo. Cuando regresé a casa, México y Sudáfrica seguían en lo suyo. La taba esa que metió Thasabalala me agarró mirando a otro lado, desde luego; para el de Márquez ya me había ido a hacer algo más interesante, que desde luego no era trabajar. Lo de la noche, que fue Francia con no sé quién, me dejó de interesar en cuanto cantaron La Marsellesa, lo que más me llama la atención del hecho francés. Perdonen ustedes pero yo no puedo interesarme por un equipo que, a estas alturas del siglo, presenta a Anelka por delantero. El sábado andaba este cronista resfriado, a resultas de lo cual visité la farmacia y le dije a la chica del otro lado del mostrador: “Dame el producto más potente que haya en el mercado para un catarro bien común”. Sin decir palabra, la muchacha ingresó en esos cristalinos pasillos interiores de la botica y salió con una caja de apariencia mundana. Pero anunció: “Prueba esto, lleva doble de todo”. El doble de todo hizo su trabajo: me tomé el ácido sobrecito después de comer y sólo me desperté a diez minutos del final del partido de Argentina contra Nigeria, que agarré (y ahora hablaremos de eso) por un stream de internet en el que lo mismo relataban en lunfardo que en metálico alemán. Disculpen que no emita aún juicios de valor sobre la Argentina. Sólo advierto esto: si el Diego hace algo grande con Samuel, Heinze, Higuaín y Verón en el equipo titular, doy la vuelta olímpica al Obelisco de la 9 de julio este mismo verano. Respecto a Inglaterra, lo sé todo. La tengo por una selección mediocre con un futbolista por encima de la media pero físicamente tocado (Rooney),  jugadores en franca caída respecto a sus mejores días (Gerrard, Lampard, Terry), y un prestigio indefendible. Conjunto del que sólo podría animarme un milagro Capello. Yo no soy nada del entrenador Capello, pero sí mucho del personaje Capello, que me parece fantástico. Visto lo poco que vi, creo que ni siquiera Fabio puede hacer andar tal armatoste: no tiene portero (hace siglos), no tiene centrales, no tiene centrojás ni delantero respetable. A estas horas uno no puede ir a ningún lado con Heskey y Crouch: Lineker en pantuflas les da cien vueltas a esos dos…

El domingo, a la hora de los serbios y los ghaneses me fui de vermú; no ver a Eslovenia me pareció una cuestión de principios; para cuando llegué a Alemania, ya ganaban 3-0. Yo quería verlos, lo prometo, pero me fui a dar un paseo crepuscular y cuando me di cuenta me había quedado dormido al borde del Ebro, sobre la fresca hierba ribereña, en alegre estampa dominical de una implacable decadencia. Leo crónicas muy entusiastas acerca de la transformación alemana, posibilidad que me intriga bastante: ¿Pueden transformarse los alemanes? A simple vista valdría la presencia del moreno Cacau o el filoturco Mesut Özil para sancionar la conjetura, pero con los germanos las apariencias nunca fueron

Ya sabemos que el Jabulani es un experimento científico, no un balón, pero basta ya con el verso de la pelotita en cada Mundial, siempre lo mismo. El porterito inglés se hubiera comido igual un Tango del 78, que era el balón perfecto.

un indicador fiable. Suele decirse de manera muy ligera que los equipos alemanes son eficaces pero mediocres. Los ha habido de ese tipo, por supuesto, pero la mediocridad alemana (como la brasileña, aun de otro modo) tiene muy poco que ver con la mediocridad del resto. La eficacia, también. Entre la mediocridad alemana y el brillo holandés (que fue Cruyff y sus alrededores, nada más, por más que se empeñen), prefiero lo germano. Por ahí alguien ha subrayado que su mejor equipo fue el del 74, excluyendo todo lo demás. Pero no olvidemos el del 82, que me parece bastante formidable, ni desde luego los del 86 y el 90, por nombrar alguno. Y de paso, recordemos que golearon a Australia, y tal: o sea que, por ahora, lo que ha logrado Alemania es parecerse a España en eso de golear en la primera fase. No me culpen de la ironía: son muchos años de costumbre como para incurrir ahora en el entusiasmo. Y sin embargo, estamos rodeados…

Por lo demás, el verso del balón de playa que detestan los porteros por su engañoso vuelo ya ha hecho tradición en estas competiciones. Es parte del paisaje, de la rutina, de la liturgia. Ahora se llama Jabulani como antes tuvo otros nombres. Desde que murió el Tango, sobre todo la versión original, no ha habido otra pelota igual. De hecho, esto último no son pelotas, son artificios ideados para jugar con ellos al fútbol, pero no balones de fútbol. Yo tuve uno de esos Jabulani en la mano hace no mucho tiempo, cuando fui a comprarle a mi sobrino un balón de reglamento, y juro que tocarlo me produjo la misma aprensión que acariciar una serpiente. No tenía el tacto de una pelota. Ni siquiera el de una pelota moderna, porque hace años que las pelotas ya no observan el tacto del que guardan memoria nuestros dedos: el cuero, los pentágonos, los cosidos y demás… No sé, son livianas, sin costuras, perfectamente redondas, no presentan errores ni discontinuidades geométricas. Son esferas científicas, ideadas por ingenieros y matemáticos. Yo me pregunto: si ponen uno de estos balones en el Mundial del 70, ¿cuántos goles hubiera hecho Rivelino? No menos de veinte, me atrevo a calcular…

Por lo demás, sabido es que los Mundiales sólo sirven de verdad para hacer avanzar la ciencia en dos campos vitales para la supervivencia de la especie: el de la elaboración de pelotas de fútbol, ya glosado, y el de los aparatos de televisión. Puede que en Argentina, Alemania o Italia recuerden cada Copa del Mundo por sus equipos, pero en España cada edición tiene que ver con un televisor, o casi. Ahora que la única alternativa son las 3D y la Alta Definición, yo no tengo ni siquiera canal de pago. Cuando los gurús de la Comunicación anunciaban hace años que los Mundiales acabarían emitiéndose en canales pay per view, me parecía una monstruosidad, un sacrilegio, desde luego un drama del que habría que huir abonándose a lo que fuera, a cualquier precio. Ha ocurrido y aquí estamos, tranquilamente. Sin imágenes. Cuando las hay, sin sonido, no sea que nos azote el trompeteo sudafricano o los comentarios de JJ Carbonero. Y así nos pilla el Mundial, mirando para otro lado. Por lógica inversa no sería raro que, mientras aquí miramos hacia otro lado, España saliera campeona. Confirmaría que no estoy hecho para esto, se pongan como se pongan.