Oh, Lièvremont Dieu!!!

16 10 2011

Desde su posición de número 8 en Calvisano y la selección de Italia, Andrea de Rossi extrajo de su experiencia una enseñanza acerca del rugby: “Es un juego en el que la suerte no cuenta. Lo que cuenta es el físico, el corazón, la inteligencia y el deseo de luchar”. Cualquiera que haya estado en el campo de juego lo puede corroborar, pero nos costaría una vida explicar cómo ha sido, de acuerdo a esa formulación, que Francia ha alcanzado la final de esta Copa del Mundo. Porque jugar, lo que se dice jugar aceptablemente, los franceses lo han hecho media hora, en el arranque contra Inglaterra. Así que para razonarlo hay que recurrir al único concepto que parecía no formar parte de la ecuación: la fortuna. O, si se quiere decir de una manera algo menos prosaica, una concatenación de circunstancias favorables que arrancan con aquella derrota de Australia ante Irlanda que cambia el cuadro y culminan en la lesión de Priestland que lo apartó del encuentro de semifinales, la de Adam Jones nada más empezar el partido y, por supuesto, la expulsión de Warburton por voltear en un placaje peligroso a Clercq, sumada a los errores de James Hook y Stephen Jones en sus disparos a palos.

La acción de Warburton sobre Vincent Clercq: el mundo del rugby opina que una tarjeta roja es excesiva, porque el galés no tiene intención de lanzar de cabeza a su rival contra el suelo. La IRB, sin embargo, apoya sin paliativos la decisión de Rolland, que marcó el choque de forma indiscutible.

Al referirse a su clasificación para la final, Marc Lièvremont lo llamó “un destino irracional”. Los franceses no ocultan su propia perplejidad, pero están lejos de sentir vergüenza por su desgraciado rugby: “Creo que tenemos un ángel de la guarda. Sé que mucha gente estará enfadada por nuestra clasificación, pero yo sólo puedo decir que nos dejamos el corazón”. Ah, le sacré coeur… Tal vez haya que concederles esa virtud a los franceses, a falta de cualquier otra. Pero… ¿acaso jugó con menos corazón Gales, el gran equipo del torneo? Sólo fue así desde un punto de vista numérico: vestido de rojo había un corazón menos porque Warburton hizo a los 18 minutos un placaje sobre el que se va a hablar durante mucho tiempo. ¿Es roja o es amarilla? La IRB dice roja, como dijo Alain Roland, el árbitro irlandés que resolvió la jugada en el momento. Su política es absolutamente rígida en los llamados spear o tip tackles, los placajes en los que el portador del balón es levantado por el aire con las piernas hacia arriba y lanzado cabeza abajo sobre el césped. En la decisión de Rolland hubo tanto rigor disciplinario, un alineamiento tan evidente con la intolerancia de la IRB para casos así, como evidente injusticia natural. El placaje fue excesivo y Warburton lo supo a mitad del viaje. Contra otros precedentes que ayudaron a los dirigentes a apretar las tuercas para este tipo de situaciones, el galés no continuó la infracción llevando a Clercq contra el suelo, pero era demasiado tarde y el aterrizaje del francés fue violentísimo, golpeando el suelo de espaldas y casi sobre la nuca. Roland tuvo claro el veredicto. Ni siquiera consultó con sus jueces de touche la severidad del castigo. La semifinal de la Copa del Mundo quedó así demediada, porque la disciplina y la justicia no son siempre sinónimos. Porque a la IRB le interesa la integridad física más que otros conceptos.

Así, Gales debió jugar más de sesenta minutos con 14 hombres. Francia nunca capitalizó esa ventaja: o tal vez sí, a través de los tres golpes de castigo que firmó Parra, pero sin impacto directo en la dinámica del juego abierto. Sí fue evidente su dominio de la melé a partir de la salida de Warburton y, antes todavía, con la lesión de Adam Jones. La baja del Oso tuvo un efecto demoledor para los galeses, aunque quedó en un foco menor, ensombrecido por la obviedad de la expulsión del capitán. Todas las fases estáticas de Gales quedaron desestabilizadas: en la melé, Paul James debió medirse en un puesto ajeno, el de pilar derecho, con una bestia como Poux (hubo hundimientos e inferioridad permanente, pero Rolland ya no castigó más los golpes que podría haber sancionado contra Gales); en los saques de touche, Harinordoqy y Bonnaire leyeronuna buena cantidad de los movimientos de los galeses, que perdieron un número importante de saques propios. Eso, sumado a la inconsistencia de James Hook con el pie y al shock en que entró el equipo después de la roja a Warburton, le permitió a Francia manejar el choque con su escaso rugby, algo de la tercera línea en defensa y, sobre todo, el pie de Morgan Parra. Pese a la superioridad numérica de los franceses, fue Gales el que ensayó, a la hora de partido, en una escapada de Mike Philips. Recordando sus días de tercera línea, Phillips salió de un agrupamiento y encontró el hueco abierto por la defensa francesa para posar un ensayo que Stephen Jones, que a esa hora había relevado a Hook en la búsqueda de cierta profundidad territorial a partir de las patadas, no alcanzó a transformar.

Morgan Parra, el pie que hace caminar a Francia hasta la final, se dispone a ejecutar un golpe de castigo. En Auckland hacía una noche de perros y James Hook tuvo serios problemas para afirmarse en los apoyos y golpear con precisión. Parra hizo sin embargo tres de tres... y con ellos ganó Francia.

Las estadísticas revelan que, a pesar de las circunstancias, Gales tuvo el partido a su alcance. Lo dice el marcador, que desenmascara la lastimosa estatura de los franceses. Y también el número de golpes a palos errados por el equipo de Warren Gatland: Gales falló esa conversión, dos golpes de castigo y un par de drops. Cualquiera de esas anotaciones le hubiera bastado. Resultó especialmente dramática, en medio de un partido envuelto en la pura emotividad galesa, la imagen del lejano disparo de Halfpenny que pasó apenas un metrito por debajo del travesaño. Ahora… he ahí otro detalle que pasó desapercibido. Si uno no lo vio mal, ese golpe concedido a Gales vino de una infracción muy discutible de Poux, al que se le sancionó la entrada por el lateral en un ruck que ya no era ruck, porque la pelota estaba fuera. De la misma forma que podemos lamentar la decisión que cambió el partido y acabó con Warburton, tenemos derecho a preguntar qué hubiera pasado si Rolland sanciona algunas de las muchas infracciones de Gales en la melé o, más concretamente, si el equipo de Gatland llega a ganar con un golpe de castigo como el de Halfpenny…

En el fondo, en el rugby no se debería hablar tanto de estas cosas. Una decisión, un partido, un resultado. Ahí termina todo. Pero nada es ya lo que era, lo que no deja de producirnos un amargo desencanto. Los árbitros empiezan a ser objeto de comentario permanente y Rolland está donde hace cuatro años estuvo Wayne Barnes cuando admitió un balón adelantado con el que los franceses derrotaron a los All Blacks. Y así… Francia está en la tercera final de su historia. Sin encanto, sin rugby. Pero con jugadores, ojo: con una gran melé, una excelente tercera, muchos puntos en el pie de Parra y un contraataque (Medard, Clercq, Pallison) temible. Y pese a todo eso, su clasificación nos obliga a exclamar: Oh, mon Dieu…! Lièvremont Dieu!!!

Gales, 8
Ensayo: Mike Phillips
Golpe de castigo: James Hook

Francia, 9
Golpe de castigo: Parra (3).

Vídeo-resumen del partido

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Tom Jones contra los marselleses

14 10 2011

Dragones y narcisos, los símbolos de Gales, más presentes que nunca en el partido que puede marcar a una generación fantástica de jugadores y recuperar una nueva época dorada del rugby galés.

Los franceses cantan La Marsellesa como con cierta vanidad moral, con natural afrancesamiento, sabiendo o dejando ver, de algún modo, que su himno es el más hermoso, aunque sea el más cruento: “¡Marchemos, marchemos! / Y que la sangre impura riegue nuestros campos”. Ya lo dijo Napoleón, que tenía buen oído musical para la guerra: “Estas estrofas nos van a ahorrar muchos cañones”. Y en medio de los partidos lo cantan con la misma marcialidad que si los batallones marselleses estuvieran entrando otra vez en París, de camino a la guerra contra el imperio austriaco. A los galeses, sin embargo, lo que les gusta es cantar Delilah, el pasional crimen en elipsis de una dama adúltera a cargo de su hombre, el paradigmático macho llamado Tom Jones. Tienen su muy coral Tierra de Mis Padres, sí, himno bucólico acerca de las virtudes paisajísticas de la vieja nación. El canto a la belleza protege el orgullo de sus hombres y de una lengua en cuya fisonomía las vocales están en fuga, y en la que se observa un orgulloso apelotonamiento de fonemas clausurados en torno al gobierno de la y griega y la uve doble. Pero prefieren, como uno mismo constató hace algunos años en las tabernas parisinas con ocasión de la visita del Dragón a la capital francesa, disfrazar a sus mujeres de piel diáfana con la corona de un narciso en la cabeza, mientras ellos se hacen tocados con el amable cuerpo rojo de un dragón y cimbrean el las caderas y la pinta de cerveza, en ángulos exagerados, para entrar aire en el buche y gritar bien fuerte esa estrofa en la que el asesino de la infiel doncella se justifica ante el mundo con desgarro: “She waaaaas my womaaaaaaaaaaan!”. Esa mujer era mía… Para a continuación bajar el tono y confesar con gesto compungido: “La descubrí cuando me engañaba / y perdí la cabeza”.

Dragones y narcisos. Eso es Gales. Un país de oscuras minas cerradas y suaves colinas verdes, reverenciado por John Ford en How Green Was My Valley! ¿Por qué hay que hablar de un país para hablar de un deporte? Porque Gales es la única nación del hemisferio norte en la que, de todas las cosas menos importantes de la vida, el rugby es la más importante. Uno -que ya ha gestionado su presencia en el Millenium de Cardiff en el próximo 6 Naciones, por si hubiera que ir a saludar campeones-, ha oído en los últimos días historias próximas de galeses que la semana pasada abandonaron precipitadamente el país para volar hasta Nueva Zelanda. No tienen entradas, pero no les importa: quieren estar allá abajo. Cerca. Cantando Delilah. No sea que a los muchachos del capitán Warburton se les ocurra escribir el capítulo más importante de la historia de la nación galesa desde que en 1971, en Edimburgo, Gerald Davies les metió un ensayo en el último minuto a los escoceses que, sumado a la conversión posterior de John Taylor, le dio a Gales el Grand Slam después de veinte años. Aquella patada de Taylor fue considerada, y no sin razón, la conversión más importante de la historia desde que San Pablo se cayó del caballo camino de Damasco.

El caso es que, a la espalda de todas estas innecesarias notas de color, está el partido de semifinales entre Francia y el País de Gales, una ocasión formidable para contemplar frente a frente a dos de las naciones que más han hecho a lo largo de la historia para que un partido de rugby sea también una convención de graciosas habilidades, un ejercicio de armonía grupal con una pelota que presenta la dudosa forma de un melón y el travieso comportamiento de una almendra. De las virtudes de Gales, que esta vez no podrá contar por lesión con su apertura, el rampante Rhys Priestland, ya lo hemos dicho casi todo. Sólo falta por saber si ellos mismos consideran que ya lo han dicho todo, pero no es probable. La entrada como número 10 de James Hook -un jerarca del equipo hasta que una lesión precipitó la irrupción de Priestland para felicidad del mercurial Warren Gatland-, será la única variación con respecto al conjunto que dio cuenta de Irlanda con insultante superioridad. No es una baja menor porque afecta a la construcción moral del equipo y desde luego del juego. Hook puede haber sido uno de los jugadores más talentosos con peor suerte de los últimos tiempos. Primero, la discusión tradicional consistía en saber si era mejor ponerlo de apertura o de zaguero, más que nada porque estaba en el puesto de 10 Stephen Jones, cuyo pie milimétrico deshacía todos los argumentos opuestos. Y atrás, en el 15, un Lee Byrne que durante algunos años fue uno de los mejores zagueros del planeta. Y cuando Jones empieza a dar un paso hacia atrás y Byrne rebaja su nivel, aparece Priestland y Leigh Halfpenny se convierte en un coloso en el fondo. Muchas miradas estarán puestas hoy en el 10 de Gales.

Liévremont, atildado con su bigote, muestra la captura en una excursión de pesca que llevó a cabo esta semana el equipo de Francia: una cierta tregua después de semanas de batalla con la prensa.

También con Francia hemos agotado las conversaciones. Estos últimos días andaba en duda Yachvili, pero fuera de eso parece que repetirán el quince del último partido, con las variaciones ya conocidas: de ocho Harinordoqy (que repartió caramelos entre la prensa en una comparecencia el otro día, gesto simpático muy poco simpático dados los antecedentes); Parra como apertura, Medard de zaguero, Pallison y Clercq en las alas. Los cambios posicionales parecieron despertar algo del genio francés en el último encuentro. Pero, ¿fue flor de un día? A flash in the pan?, como se dice allá. Cualquiera lo sabe. Del equipo de Liévremont se puede decir lo mismo que Churchill dijo de Rusia: “Son un interrogante, envuelto en un misterio y encerrado en un enigma”. La impresión general es que los franceses sacan un gran partido por torneo. Si eso es cierto, aún están por jugarlo: sólo con voluntarismo chovinista podría considerarse gran partido lo que los galos hicieron para ganarle a la demacrada Inglaterra. Para eso, han observado los propios franceses, no hacía falta un gran partido. A estas horas, los galeses andan haciéndose las mismas preguntas que todos nosotros. La diferencia es que ellos, desde luego, precisan respuestas. Gatland, el entrenador de quien todo el mundo abominaba por conservador cuando la federación de Gales renovó su contrato, tiene a su equipo a las puertas de la final y está considerado como el más firme candidato a suceder a Graham Henry al frente de los All Blacks. Si es cierto el adagio que afirma que son las defensas las que ganan los títulos, Gales competirá por él: es, con sólo cuatro ensayos concedidos, el equipo más fiable del torneo. Un dato considerable en un equipo al que se tiene, no sin razón, como expresión de talento y libertad para el ataque. Tiene una explicación, como casi todo en el rugby de hoy: su entrenador de defensa es Shaun Edwards, un gurú educado en el rugby a 13. Todo el mundo sabe que la defensa de hoy es la adaptación nada disimulada de la impenetrable tabla del código rugby league. En el otro lado, nadie ha aguantado mayor desconsideración que Liévremont, el entrenador de Francia. Tal vez solo su predecesor en el cargo, Bernard Laporte. Todo perfecto. Pero el gen manda sobre las consideraciones: para quien no lo recuerde, refrescaremos este dato… Los franceses van a jugar su quinta (!) semifinal consecutiva de un Mundial. Han perdido dos veces con Inglaterra, una con Nueva Zelanda y otra con Sudáfrica. Sólo una vez ganaron: a Australia, en 1987 y en el mismo escenario de ahora, con aquel ensayo de Serge Blanco sobre la esquina. Han disputado y salido derrotados de dos finales (1987 y 1999). Semejante historial revela el perfil de unos hombres dispuestos siempre para competir, sin que importen las circunstancias, y llenar sus campos de sangre impura, la del enemigo. Se diría que, pese a la vehemencia de su himno marsellés, los azules acostumbran a ganar batallas, pero todavía no han ganado la guerra.

Gales: 1 Gethin Jenkins, 2 Huw Bennett, 3 Adam Jones; 4 Luke Charteris, 5 Alun Wyn Jones, 6 Dan Lydiate, 7 Sam Warburton, 8 Toby Faletau; 9 Mike Phillips, 10 James Hook, 11 Shane Williams, 12 Jamie Roberts, 13 Jonathan Davies, 14 George North, 15 Leigh Halfpenny.
Subs: 16 Lloy Burns, 17 Paul James, 18 Bradley Davies, 19 Ryan Jones, 20 Lloyd Williams, 21 Stephen Jones, 22 Scott Williams.

Francia: 1 Jean-Baptiste Poux, 2 Williams Servat, 3 Nicolas Mas, 4 Pascal Pape, 5 Lionel Nallet, 6 Thierry Dusautoir, 7 Julien Bonnaire, 8 Imanol Harinordoqy; 9 Dmitri Yachvili, 10 Morgan Parra, 11 Alexis Pallison, 12 Maxime Mermoz, 13 Aurelien Rougerie, 14 Vincent Clercq, 15 Maxime Medard.
Subs: 16 Dimitri Szarzewsky, 17 Fabien Barcella, 18 Julien Pierre, 19 Fulgence Oueadrogo, 20 François Trihn-Duc, 21 Jean Marc Dousseain, 22 Cedric Heynmans.