La mirada de James

2 10 2011

No será necesario expresar lo que ya ha quedado dicho a lo largo de todas las entradas dedicadas de antemano al concierto del sábado. Fue culpa de Mr. T, que me retó a propósito de mi cobertura del Mundial de rugby: “A ver si haces una crónica del concierto de James ANTES del concierto”. Hice un relato, más apasionado que meritorio, más agradecido que riguroso, tal vez, a medias musical y personal. Darle forma, torpemente, al modo en el que una banda de música se cruza en tu vida y la cambia, de algún modo, para siempre. Y te acompaña. Es algo más que la música; es mucho más que las canciones. Tal vez sea que James me han ayudado a expresarme y a explicarme a mí mismo en muchos momentos a lo largo del tiempo, desde que los encontré en una cinta que, ahora, no encuentro… De ahí el enorme significado que yo, un tipo demasiado sensible, le he atribuido a su aparición en Zaragoza. Diría su venida en carne mortal a Zaragoza, porque tuvo algo de celestial y, ya sobre el escenario, de gloriosa jaculatoria, con canciones que han sonado muchas mañanas y tardes en mi cabeza. Y además, porque los iba a ver con el amigo que los puso delante de mí. Hay gente que recuerda quién le presentó a la que luego sería su esposa: yo tengo esta rareza de acordarme en qué cine he visto todas las películas de mi vida y de agradecer eternamente a quien me descubre un grupo que varía mi percepción de la existencia. Éste era el caso. ¿Un juicio del concierto? Y para qué… Fue todo demasiado emocional como para hacerle una crítica. Creo, además, que su nivel es tan sobresaliente, el repertorio tan completo, la presentación tan variada y la ejecución de las canciones tan enérgica que no caben demasiadas consideraciones. Salvo, desde luego, las personales de cada uno (por qué no tocaron ésta o aquella canción, y en este paréntesis caben muchísimos temas según preferencias), lo que no deja de ser un juicio tan emocional y subjetivo como el mío. La única extrañeza, y esa la compartiremos todos, fue que no tocaran Sometimes entre Sit Down y Laid, los tres temas que son tradición en el cierre de cada concierto de James. Así que aquéllos que se sientan ridículos como yo, que haya sentido el aliento de la tristeza o el tacto de la locura; aquéllos que, menos dramáticamente, compartan la relativa orfandad de no haber oído la hermosa canción que yo descubrí cuando quería que se me llevara una tormenta por el desagüe, todos esos… sit down next to me y escuchen esta vieja versión de un tema adorable. Y fijen sus ojos en los ojos de Tim Booth, un tipo con una mirada que, verdaderamente, parece tocarte el alma.

Ha pasado un día y ahí seguimos. Y seguiremos. James lasts…





James, 1988

28 09 2011

En 1985, James exigió mayor promoción para James II, su segundo EP, por parte de Factory Records. La disputa se resolvió cuando la banda salió de la habitación de Tony Wilson y, consiguientemente, del sello, para trasladarse a Sire. Allí publicarían su primer álbum, Stutter, al año siguiente, con un tema que se iba a hacer legendario y que todavía conforma una de las piezas más interpretadas por James en sus giras: se llamaba Johnny Yen, y el personaje que le daba su nombre al título estaba extraído de la canción Lust For Life, de Iggy Pop: “Ahí viene Johnny Yen / Con su alcohol y sus drogas / Y su aparato de carne / Dispuesto a hacer otro strip-tease”. Era 1986. El Barcelona perdió todas sus finales,  incluida la que le ganó el Zaragoza en el Calderón, y ese verano Maradona dejó un reguero de ingleses tirados por el suelo en un vuelo celestial, algunos años antes de arrojarse al vacío. Uno dejó el fútbol para siempre, a la vuelta de un partido en el que vio a sus compañeros destrozar medio vestuario por frustración con el árbitro. Una carrera corta; un cadáver bonito. No había para más. Distinguió el agrio sabor de la vida mezclado en el fondo de una jarra de cerveza. Éste es el año en el  que James escriben Sit Down y la estrenan en una actuación exclusiva para Radio 1. “Aquéllos hayan sentido el aliento de la soledad / Que se sienten a mi lado / Los que crean estar tocados por la locura / Siéntense conmigo / Esos que se vean a sí mismo ridículos…/ Que se sienten conmigo / En el amor, en sus miedos, en el odio, en las lágrimas”. Esa llamada nos alcanzó tarde, pero nos incluía. Ya entonces lo bonito y lo feo se entremezclaban con un desorden terrible, al punto de hacer imposibles las distinciones. Al fondo, siempre y cada día, ya sonaban los Beatles, a todas horas. En Inglaterra sonaba, ya en 1988, después de un año de tensiones con Sire, el segundo elepé de James, Strip-Mine, con un single llamado “What For?”, al que la discográfica no le sacó el partido suficiente. Vendió menos que el primer disco. Gavan Whelan dejó la banda. Y el resto acabaron marchándose y levantando su propio sello.

Quedan menos de cuatro días…





James, 1985

27 09 2011

El 21 de diciembre de 1983, España le metió 12 goles a Malta y José Ángel de la Casa lo celebró soltando un memorable gallo al gritar “¡Gol, gol de Señooor, gol de Señooor…!”. Un mes antes, en noviembre, James habían publicado su Jimone, un EP con los tres peores temas que pudieron encontrar de su aún exiguo repertorio: What’s The World, Folklore y Fire So Close. El motivo de esa elección a contracorriente, sostiene su biógrafo Stuart Maconie, el deseo de “no quitarles brillo en el estudio a sus mejores canciones”. Tal vez la mayor gloria de aquel primer trabajo, que vendió mil copias, fue ser el single de la semana en la revista New Musical Express y, sobre todo, que dos de sus compradores eran dos jóvenes llamados Steve Morrissey y Johnny Marr, aka… los Smiths, que versionarían después What’s The World. Uno, en aquellos días, pasaba muchas horas de esplendor en la hierba, durante el verano. Algunas con chicas y entre inocentes juegos de cartas, otras con un balón y una fila de botellas de cristal de 1 litro de Coca-Cola en juego… y otras varias mezcladas. El resto del año tocaban campos de tierra y juegos invernalmente insulsos. Mientras, allá arriba en North Engerland, aquel movimiento desordenado de un grupo fenomenal, pero aún larvado, llamó la atención de las dos más finas antenas musicales de Inglaterra en esos días: el extraordinario John Peel, que los llevó a hacer una sesión en su programa de la BBC Radio 1, y Tony Wilson, presentador de programas musicales (y otras variedades) en Granada TV, creador del sello Factory Records. Los educadores musicales de una y varias generaciones de melómanos británicos. Wilson fue quien juntó a James aquel año para subirse al escenario con otra de las bandas de su cuadra, New Order: primero en el State’s Ballroom de la ciudad de Liverpool; más tarde, y sobre todo, en la legendaria Brixton Academy de Londres, su primera aparición importante en la capital. Después de que Arconada se pasara el tiro libre de Platini por debajo de la axila en el Parque de los Príncipes, y que el imberbe signor Somniloquios anotara un rarísimo gol de cabeza que contribuiría a hacer campeón de Copa a su equipo de fútbol frente al Real Zaragoza (profético), el guitarrista Larry Gott se unió a James. Él entro por una puerta y Paul Gilbertson salió por la otra: sólo coincidirían en un concierto. Era 1984. El año que George Orwell había imaginado para la implantación de su Gran Hermano y otras exageraciones que se iban a quedar cortas. Y el año en que James fue invitado por los Smiths a acompañarlos en una gira de nueve fechas por la República de Irlanda. En 1985, impulsados sobre otro EP llamado -en el estilo prosaico de Factory- apenas James II, saltarían a un escenario mayor como el Festival de Glastonbury y el WOMAD. Y, sobre todo, a la gira Meat is Murder de los Smiths. De aquellos días viene este Scarecrow. Con su jersey de perlé azul cielo, clavado en medio de un campo de maíz, efectivamente Tim Booth podría espantar algún pajaro.

Faltan cuatro días y medio…





James, 1983

27 09 2011

En 1980, nosotros ya nos llamábamos como nos llamamos ahora, pero James se llamaba Venereal and The Diseases. En realidad, eran sólo un embrión de James, con tres nombres: James Glennie, bajo, Paul Gilbertson, guitarra, y Gavan Whelan, baterista; y nosotros apenas un embrión de nosotros mismos, aunque con la semilla de El Gran Error ya incrustada: habíamos leído Miguel Strogoff, de Julio Verne, y nos fascinaban dos personajes: Alcides Jolivet y Henry Blount, periodistas. Pensamos que queríamos hacer lo que hacían ellos y contar las aventuras del correo del Zar u otros personajes. A esa determinación vocacional la han dado en llamar los historiadores El Gran Error. Nos interesaba más el baloncesto que el fútbol, o eso nos parece ahora porque recordamos mucho más nítidamente a sus personajes de esos días. En la habitación teníamos un póster de Walter Szcerbiak con el Real Madrid y otro con el cartel de la película Grease. Tal vez aquel Se Busca con la imagen hippie de Jesucristo. Algo más tarde, los chicos de Manchester pasaron a responder por Volume Distortion y ese año tocarían con The Fall en el Polish Cavendish Hall de su ciudad, bendita ciudad. En 1982 nosotros admirábamos a Kevin Keegan y aprendimos algunas cosas sobre la fatalidad en aquel verano de Naranjito, cuando probablemente se forjó un trauma de carácter generacional sólo extirpado en Sudáfrica. Entonces ellos pasaron a llamarse Model Team International.  Y, cierta noche en la discoteca de la Universidad de Manchester, aquellos tres o alguno de ellos (Paul Gilbertson, cuentan) se fijaron en un tipo flaco que bailaba con evidente desorden de miembros y le propusieron bailar para ellos. Tim Booth, demasiado borracho para responder de acuerdo a la leyenda, encontró a la mañana siguiente un número de teléfono escrito sobre el dorso de su mano. Marcó. Poco después se llamaron Tribal Outlook y, enseguida, James, culminando la búsqueda de un nombre sencillo e impersonal. Y los tres miembros de la banda le pidieron a un guitarrista local, Larry Gott, que les enseñara algunos trucos con el instrumento. En 1983, el sello Factory (inventor, inspirador e impulsor del movimiento Madchester, que iba a cambiar la música popular inglesa y mundial para siempre) los invitó a tocar en su club, The Haçienda. Hicieron, por ejemplo, Discipline, con Gilbertson y Whelan intercambiando sus instrumentos; Glennie al bajo; y Booth en la voz… O Voz en la booth…

Faltan cinco días…





James

21 07 2011

¿Usted sabe lo que es la felicidad? Yo se lo voy a explicar a la manera de un párvulo babeante en una redacción de escuela.

James… Aquel día en que el señor T. puso a girar Laid en el reproductor del piso de Mr. Scrapiron, una mañana de verano en el barrio londinense de Maida Vale, y descubrí la canción (Sometimes) que rebautizamos como “tres minutos de felicidad”, y que hice sonar un buen número de veces en momentos íntimos en los que yo perpetraba algunas venganzas menores de la carne, con el imposible anhelo de conjurar los hechos consumados… La banda sonora de mis días oscuros en un departamento con demasiadas habitaciones y cajones vacíos en la calle Fita. La voz y la música de los momentos en que volví a sentirme vivo. Wiplash en la habitación del fondo, cuando T. pasó unos días en casa antes de tomar la decisiva resolución de volver a su país o quedarse para siempre donde ahora sigue. La alegría de descubrir todos los discos anteriores y el incontestable júbilo de cada nuevo disco en el anaquel de la tienda. La añoranza de su separación, subrayada en una memorable gira de conciertos culminada en el Manchester Evening News Arena de su ciudad. Ese disco solitario de Tim Booth (Bone), en el que buscamos lo que no había, la estatura del combinado. Y el éxtasis del regreso, las dos veces en que los he visto desde entonces. Booth con muletas en La Riviera de Madrid, sin poder hacer su baile del oso descoyuntado. Y subido al respaldo de las butacas del teatro haciendo el grito de guerra indio en Born of Frustration, dejando a la gente que imitara su danza enloquecida. Fue en diciembre pasado en el Hammersmith Apollo de Londres… Siempre atento a subrayar que James es una banda que existe por y para la gente.

James vienen a tocar a Zaragoza, en octubre.
Dios existe (aunque Booth no lo crea) y programa en el FIZ.





BritSongs de amor y otros delirios

7 05 2010

 Llevo un par de madrugadas a pleno sol por territorios salvajes. De manera inopinada, La 2 ha programado consecutivamente dos de los westerns que más me gustan de todos los tiempos: ‘El Último Atardecer’, una maravilla con el sol muy alto y los colores muy vivos, firmado por Robert Aldrich, un joven Rock Hudson y un atemporal Kirk Douglas, que resiste la canícula vestido de negro riguroso, con una  prestancia que lo mismo le permite dirigir rebaños por las praderas que bailar bachata en la pista de un night club. Y la noche siguiente, ‘Centauros del Desierto’, mi película de todos los tiempos y géneros. Dos westerns crepusculares, como uno los quiere, habitados por tipos en conflicto consigo mismos, con interiores vidas turbulentas, abocados a la soledad, el abandono, la desesperanza de la tierra y el polvo y los desiertos. O’Malley y Ethan, dos héroes perdedores e imperturbables. (Esta noche, por cierto, va ‘Horizontes Lejanos’, una de las grandes del muy grande Anthony Mann). Entre medias, decía, le echaba un ojo al seguimiento en directo que hizo El Mundo de las brit-elecciones, resuelto con mucha gracia, información y desparpajo. El televisivo lib-dem Nick Clegg ya se había hundido a la hora en que Ethan Edwards se ponía enfrente del indio Scar. Clegg y su mujer española han salido aquí hasta en la sopa. Se diría que era el favorito nacional. Pero los británicos son gente adusta, casi seria, no como nosotros: Clegg daba mono en los debates televisados, pero a la hora de votar lo han vestido de seda. Debió ser por esa mezcla de escenarios dispares que me acosté después con la recopilación de britpop de los noventa que compré hace algún tiempo. Bajo el genérico título ‘Common People. Britpop. The Story’, aparece en tres cds un contingente de 54 canciones de esas que combaten los signos del envejecimiento, temas capaces de perturbar la línea del tiempo y jugar con nuestra memoria. La selección no incluye ni a Oasis ni a Blur, los buques comerciales de aquel círculo concéntrico en medio del cual aparecí yo fugazmente por Londres, entre el 94 y el 95. La omisión de los Albarn y los Gallagher subraya una intención que no me atrevo a interpretar. Hay otras decisiones discutibles, como en cualquier compilación: la inclusión de Paul Weller o James, a los que se les puede atribuir una cierta paternidad referencial, pero que no tienen generacionalmente nada que ver con lo que cualquiera diríamos britpop. Los Stone Roses de ‘Love Spreads’, que se salen del canon por los dos lados. Pero bueno, está Pulp… donando su himno para titular el volumen, y una buena cantidad de grupos y canciones que dibujan un tiempo, un momento, un pasaje. Dejo una selección encabezada por Babybird y que rebosa en cantos juveniles, aderezados con un par de chicas (Catatonia y Echobelly… y por supuesto la morena bailadora de Paul Weller) que uno se llevaría a casa para ponerlas en la estantería. Más uno de mis juguetes preferidos de James y el riff de guitarra de la década, a cargo de Ocean Colour Scene.


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Década infame para las canciones (4)

19 01 2010

La angustia del milenio viene a buscarnos en formas diversas. Del exterminador de Primal Scream al Niño A de Radiohead, el humor inteligente de Sufjan Stevens -uno de esos compositores norteamericanos que ven la realidad magnificada y la cuentan-, un Morrissey que regresa con crisantemos en la voz y la vuelta de Tim Booth y James a nuestros corazones. Por cada vuelta hay una despedida, como la de The Killers, grupo que pudimos amar para siempre y lo dejamos en un rato. Y algunas pequeñas locuras ambulantes de Calamaro o Bunbury, dos de nuestros personajes favoritos por razones bien distintas. Aquí hay de todo y todo bueno. Por supuesto, Wilco, que ya no nos va a dejar… Todos estos muchachos son subcampeones de mi década. Los diez ganadores, en la última y definitiva entrega de esta (tan innecesaria) serie.


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XTRMNTR – Primal Scream (2002)
Primal Scream lo han probado casi todo, con diversa fortuna. Pocos tipos en la música del cambio de siglo han provocado adhesiones tan innegociables y una fobia intensa como Bobby Gillespie, el líder de la banda escocesa, baterista también de un grupo de cultos oscuros como The Jesus and Mary Chain. En este disco de post moderno acrónimo consonante, Primal Scream construyeron una enérgica trinchera desde la que librar la guerra del cambio de siglo. La música explota con rabiosa agonía electrónica, pero la actitud es la de las batallas más antiguas: bayoneta calada y cuerpo a cuerpo frente al constante enemigo. Swastiska Eyes, Kill All Hippies, Accelerator… Áridas exposiciones de protesta ruidosa, sampleada, pregrabada, mezclada sobre un fondo de rock vitamínico. Un álbum catártico para las tardes en las que uno necesita olvidar por las malas o negociar los más bajos instintos con la propia conciencia. 

 

Kid A – Radiohead (2000)
El año 2000 conoció la refundación sonora de Radiohead, una de tantas, el instante fundacional del siglo en el que la banda de Thom Yorke rindió su esperanza sónica y entró en algo que podríamos llamar, o no, puro nihilismo musical. Parecía que quisieran vaciar de materialidad su sonido, para entregarlo al creciente vacío. OK Computer había constituido una cumbre difícil de rebasar; ahí la denuncia estaba viva, aunque iba ganando el silencio del que sabe que le aguarda una derrota implacable. Kid A es la crónica sonora de esa derrota, un valiente extravío que, por supuesto, provoca rechazo o adoración. Hay quien ve en él una petulancia innecesaria, hay quien extraña los días de guitarra y rock grueso atravesado de fino pop de Pablo Honey; hay quien llega a pensarlos innecesarios a partir de Kid A. Yo estuve un poco con todos ellos, pero también mucho con Radiohead. En Kid A habían bordeado la fina línea entre el visionario genial y la locura transitoria. Esa línea la atravesarían, en mi opinión, en Amnesiac y Hail To The Thief, discos en los que no pude soportar la deconstrucción sonora de Radiohead. Kid A, sin embargo, conserva la mágica potencia de un apocalipsis. Es extrañamente hermoso.

 

 Hellville Deluxe – Bunbury (2008)
Enrique Bunbury es un personaje excesivo al que a menudo le salen canciones excesivas. Pero si el ruido del plagio no hubiera tapado los trallazos de este disco, todos hubiéramos ganado mucho. Dice Bunbury que tenía ganas de subirse al escenario y por eso facturó un álbum con predominio de un rock protéico, con un cierto desgarro de estrella venida al cemento, por fin, y un sonido más pegado a las guitarras que al cabaret. El Hombre Delgado Que No Flaqueará Jamás o Bujías Para el Dolor resumen el sonido de este Hellville Deluxe en el que Bunbury hubo de explicar demasiadas cosas que no tenía ganas de explicar, en lugar de hablar de su libro como hubiera reclamado Umbral. Después de muchos años sin encontrarle la gracia al engolamiento vocal de Bunbury, ni a la opacidad progresiva de Héroes del Silencio, la carrera en solitario del artista zaragozano me ha gustado cada vez más. Me interesa menos su lado circense (que defiende sin embargo con teatral acierto en directo) que su lado rockero. Y Hellville Deluxe, sin perjuicio de magníficos momentos en discos anteriores, me parece el mejor disco de su carrera en solitario. Y, de paso, un disco con una pegada que muy poca gente puede reunir en este país de amaias de Van Gogh

 

Hot Fuss – The Killers (2004)
The Killers no me gustaron un poco, me gustaron muchísimo. Hot Fuss, su debut, pero también Sam’s Town, el segundo de 2006. Quiero decir que durante mucho tiempo los convertí en una referencia que pasó por encima de toda la producción británica y que me pareció duradera. Tenían todo: eran americanos de Las Vegas, su rock podía ser despiadado o melódico, tenían esa rítmica poderosa, de púgil golpeador, traída del post-punk… Territorios que me gustan como una natilla con galleta. Por desgracia, Sawdust me recuperó del delirio; y en el último, Day and Age, saqué los pañuelos para despedirlos, mientras ellos alegremente lanzaban serpentinas desde la elevada cubierta de su transatlántico de éxito mainstream interplanetario. No se trata de que el mainstream no pueda rozarnos; aquí no somos clasistas. Es una cuestión de que la conexión se partió por el lado más fuerte, la música, que es en realidad el más débil. Así que regresamos constantemente a este Hot Fuss para oír de nuevo a los Killers que nos gustan. No un poco; mucho.

  

Hey Ma! – James (2008)
En 2001, los muchachos de James resolvieron separarse después de tocar fondo en el inicio de su tercera década juntos. Tim Booth, el inspirador líder vocal de James, quería iniciar una carrera en solitario. La historia es tan conocida, y comprensible, que no hace falta contarla. Hicieron una gira de despedida y su concierto final en Manchester completó un álbum y un dvd llamados Getting Away (With It All Messed Up), que estaría en los primeros puestos de esta reunión si no fuera por su condición recopilatoria, nada menos que de toda una carrera. Después de un hiato de siete años, de un flojísimo disco en solitario  (Bone) y de una sesión de jam de la que surgieron nuevas canciones, Tim Booth reinició el grupo. Convocaron a la misma formación de los días de Laid, probablemente su mejor álbum, y escribieron Hey Ma!, un disco tan de James que no hace falta ni describirlo. Su mayor logro tal vez sea la frescura del sonido, como si no llevaran veintitantos años mirándose las caras. Tiene lo que cualquier gran disco de James: letras intencionadas, un compromiso ideológico que recorre la epidermis del disco y de su canción Hey Ma! (himno sobre o contra la sociedad generada tras la caída de las Torres Gemelas del World Trade Center en NY). Tiene celebraciones de su modo desenfadado de entender la música y las cuestiones importantes (White Boy), o melancólicas disquisiciones acerca de la soledad pasajera del músico. En algún momento pensé si no me gustaba más, incluso, que Laid o Wiplash. Esa legítima duda entusiasta explica la estatura que este regreso de James ha alcanzado en mi década. 

  

Come On Feel The Illinoise – Sufjan Stevens (2005)
Come On Feel The Illinoise es lo que en el argot se llama un disco de concepto. La importancia que eso pueda tener no se duda en el caso del autor, que es quien se lo inventó y le dio forma, pero parece opinable desde la perspectiva de quien lo escucha. ¿Qué diferencia existe entre una canción de concepto y otra sin concepto? llinoise, eso sí, es tan amplio como lo pueden ser 22 canciones de títulos larguísimos, sardónicos o provocativos. Como por ejemplo: Let’s Hear That String Part Again, Because I Don’t Think They Heard It All the Way Out in Bushnell (que sería Escuchemos Otra Vez la Parte de las Cuerdas, Porque Me Parece Que Allá en Bushnell No Se Han Enterado). Así que conviene no afrontar éste como cualquier otro disco. Exige una cierta actitud de escucha y algo de paciencia. Cuando te quieres dar cuenta, te está agujereando el cerebro. Uno recomendaría tomarlo como uno de esos libros escritos al modo de dietarios, memorias parciales, absueltas de cualquier engarce temporal, que vienen muy bien para tenerlos en la mesilla porque permiten una lectura arbitraria. Uno abre cualquier página y empieza por ahí, sin que importe su localización en la geografía del volumen. Con Illinoise ocurre algo parecido: se puede agarrar por delante o por detrás. Precisamente de geografía (política, también humana, sobre todo cultural) habla Sufjan Stevens en este álbum. Su cacareada tentativa de componer un disco por cada uno de los 50 estados americanos tiene mucho de broma homérica, claro, pero hay al menos dos hasta ahora. Éste es el mejor que yo haya oído, porque no he oído el otro. Una reunión multitudinaria de sonidos tan distintos, irreverentes, cambiantes y originales que amenazan con convertir el disco en un clásico perdurable y a Sufjan Stevens en un prodigio de su tiempo; uno de esos muchachos de aspecto inocente que mira a la realidad a través de un vaso de cristal y que, de la obvia distorsión de la imagen, deduce una descripción hiperrealista llena de verdad. Además, una portada con Superman, Al Capone y la Torre Shears de fondo, un tema dedicado al asesino serial John Wayne Gacy Jr., más una canción (adorable) titulada Chicago… todo eso por fuerza había de gustarme.

 
Sound of Silver – LCD Soundsystem (2007)
La electrónica se hace entre dos o eso parece porque abundan las parejas creativas. Y por eso LCD Soundsystem es otra agrupación de dos hombres (los neoyorquinos llamados James Murphy y Tim Goldsworthy) dispuestos a hacer de la electrónica una rama accesoria de la filosofía post-milenio. ¿Hay mensaje? Podría ser, pero mejor no preguntar o uno se encuentra con explicaciones como ésta: “Quería que el disco sonara a plateado”, dijo James Murphy, el (co)autor. “¿Qué es el sonido plateado?”, le inquirieron, sagaces, los periodistas. “Bowie es plateado”. Y, al leerlo, a mí me vino a la cabeza el Bowie de Blue Jean, claro, pero no sé si Murphy se refería a eso. Yo de electrónica entiendo entre nada y casi nada (de música, entre poco y nada, conviene advertirlo), así que no me aventuro a describir a qué suena Sound of Silver o LCD Soundsystem en sí mismos. Lo que puedo decir es que su sonido posee un vigoroso dinamismo robótico, repleto de sugerencias incluso para alguien tan decididamente carnal como yo. Me gusta y me llena de energía igual que las imágenes hipnóticas de 2001: Una Odisea del Espacio, pero ignoro cómo y por qué efectúa mi cerebro esa asociación. He oído por ahí que los LCD Soundsystem, más cercanos al rock que al solfeo metálico de los ordenadores, explotan como una bomba de tiempo en sus conciertos en directo. Y, la verdad, no me sorprende.

 You Are The Quarry – Morrissey (2004)
Recuperemos los cánones de nuestras propias vidas: Morrissey, agarrado grácilmente a la réplica de una ametralladora Thompson, sobre el fondo de un telón fucsia. Eso es You Are The Quarry, el mejor disco del que fuera líder de The Smiths desde Viva Hate! Eso es mucho decir, primero porque Viva Hate! constituye una maravilla intemporal capaz de sostener en pie el mito de Morrissey por sí mismo; segundo, porque entre aquél -su primer disco después de los Smiths- y éste You Are The Quarry pasaron nada menos que 16 años y cinco discos. Todos frustrantes (al menos para mí) en mayor o menor medida, algunos más recomendables que otros (hablo de Vauxhall and I), siempre con algún tema de brillo imperecedero pero sin la regularidad o la solidez precisas para rescatarnos de la nostalgia. You Are the Quarry significa pues, como cualquier reaparición de un personaje tan importante en nuestras vidas, una celebración en toda regla. Con un discurso entusiasta, con las letras hiladas de palabras que nadie más usaría en una canción, como siempre hizo, con cargas de profundidad socio-políticas del tono de America Is Not the World  o Irish Blood, English Heart; imaginarios cilicios sentimentales, tan conseguidos siempre, como I Have Forgiven Jesus, I’m Not Sorry o The World is Full of Crashing Bores… Y un tema para el panteón familiar, First Of The Gang To Die. El regreso de Morrissey. Con todo lo que eso significa. 

  

El Salmón – Andrés Calamaro (2000)
Parece que vino de algún otro siglo, pero no, cayó sobre nuestras cabezas en el arranque de éste. El Salmón es del año 2000, pero está tan metido entre nosotros que lo llevamos incorporado como si hubiera nacido 50 años antes. Además, este álbum contracorriente seguirá sonando igual de vigente (también igual de loco, de excesivo, de desesperado, de glorioso) en el año 3000 y en el 4500, al que esperamos no llegar. Eso sí, el que lo haga podrá decir que lo escuchó antes que nadie. Éste no es un disco de concepto; éstos son cinco discos sin otra idea que sacarse de dentro todas las balas, sin anestesia, y grabar lo que salga. El resultado es un Calamaro en trance sincopado de genialidad, locura, escarnio del espejo, memoria lacerante o ávida desesperanza. El resultado es una obra tan larga que nunca termina de ser escuchada, ni conocida, ni disfrutada, ni tal vez apreciada o juzgada en su medida exacta. Yo quiero El Salmón porque tiene la verdad en positivo y en negativo, porque es tan irregular, imperfecto y cierto como cualquier repaso de nuestras existencias. Porque en él Calamaro no dice ni una sola mentira, pero cuenta a su manera todas y cada una de sus verdades. Porque me recuerda demasiado a la intención del Doble Blanco de los Beatles. Y porque después de la maestría incontestable de Honestidad Brutal, Calamaro sólo podía hacer lo que hizo, tal vez: ser más honesto y más brutal que nunca. Soltarlo todo, arrojarse al abismo, subvertir el orden, darse vuelta como un calcetín y crucificarse frente a la audiencia. Lo raro fue que lo viese tan claro. Lo increíble es que lo  hiciera tan bien. 

 

Sky Blue Sky – Wilco (2007)
Wilco tuvieron una briosa infancia llamada Uncle Tupello, una sombría prepubertad resumida en Summerteeth, la petulante y brillante adolescencia de Yankee Hotel Foxtrot, la rabiosa confusión juvenil de A Ghost is Born y una madurez que se llama Sky Blue Sky. A los demás nos podrá parecer lo que queramos, pero en este disco Wilco alcanzó su cumbre expresiva íntima: habían encontrado su sonido, la unidad, la voz y el modo. Lo hicieron en tres pasos previos: primero, la expulsión de Jay Bennett, el antagonista creativo de Jeff Tweedy hasta Yankee Hotel Foxtrot; después, con el fichaje del guitarrista Nels Cline, que le dio a A Ghost is Born la árida textura bestial de su forma de interpretar el instrumento; el tercero tiene que ver con la pacificación personal de Tweedy, visible a través de la literatura intimista de Sky Blue Sky. Me atrevo a afirmar que, desde el punto de vista de Wilco, y desde el punto de vista de un apasionado de Wilco, Sky Blue Sky es un disco perfecto, en el que no sobra ni falta nada, en el que cada canción tiene la medida precisa, la palabra perfecta, la musicalidad exacta. Es lo que Wilco han querido ser, tan lejos pero tan cerca de su obra precedente. Naturalmente Impossible Germany es quizá la nota más alta de todo el álbum, pero yo he terminado por adorar todas y cada una de las doce canciones, por razones distintas, por necesidades diversas, por amores de improbable reconciliación. De la primera a la última, todas convocan mi fascinación. Sky Blue Sky me parece tan hermosamente perfecto, que no es el disco que más me gusta de Wilco.