Wilco en una tienda de discos

2 06 2012

El día que Somniloquios conoció a Wilco: ampliada, la escena adquiere el patetismo referido… El hombre acaba de ponerle delante a Jeff Tweedy el “ya legendario” billete de cinco euros y, mientras el líder de Wilco observa un momento con extrañeza antes de firmarlo, posa lastimosamente ufano frente a la cámara.

Una llamada de J: “Voy a decirte algo que cambiará tu vida”. Solemos hablar en ese tono sentencioso, un modo de expandir las bromas al lenguaje cotidiano de forma que, como ocurre en las noches Primaverales, nos asista la magia de trasponer los límites de la realidad. “Me han dicho que Jeff Tweedy da un concierto a la una y media de la tarde en Discos Revólver”. No era seguro, me dijo. “Si llegas y no está, no me mates”. Creo que debí de colgarle casi sobre esa misma palabra que solicitaba clemencia. Me vestí a una velocidad desconocida para alguien como yo, que ni por asomo incurre en una mínima precipitación cuando, cada mañana, se trata de ingresar en el día que comienza. Me vestí, digo; o tal vez ya estuviera vestido. En la calle Tallers, en Barcelona, hay un puñado de tiendas de discos a la vieja usanza, con vinilos, intercambio, compra-venta… ese tipo de lugares en los que siempre caigo cuando vengo a esta ciudad y que permiten saborear el gusto de buscar sin saber bien qué; y sobre todo, porque yo en verdad no soy uno de ellos, de admirar a los coleccionistas con sus minuciosas obsesiones. Entré y salí del metro, camino de Revólver,  con el tambor del corazón cargado. Jeff Tweedy, podía ser, en uno de esos Tiny Desk Concerts que yo he aprendido a admirar y envidiar en su web. Por la Rambla se derramaba ya, arrastrado por el sol, el desordenado ejército multinacional de potenciales-hinchas-del-Barça-nacidos-en-cualquier-otro-lugar-del-mundo: el turista de camiseta azulgrana. Enseguida, la esquina de la calle oculta como un recoveco de arcanos; y, apenas unos metros adelante en el estrecho corredor… ahí estaba la gente arremolinada, ya esperando. Unos en fila; otros sobre la pared frente a la entradita mínima del comercio; y un rebullo que surgía de adentro en un borbotón desordenado. La información era buena, pero yo había llegado tarde. Yo nunca llegué pronto a nada, ya se sabe.

Rastreé información entre mis semejantes: el concierto no había empezado, no era Tweedy solo sino Wilco al completo, lo de adentro ya estaba repleto. ¿Y toda esta gente en fila paralela al muro de la calle? Gente sin esperanza, vinieron a contestarme. Pero con sentido del orden, objeté para mis adentros. Los miré. Yo era uno de ellos y no era uno de ellos. Esto es, tampoco para mí había esperanza de entrar donde quería, pero… eso sí: yo no iba a dejarme vencer por una fila sin porvenir. En el supermercado, sí; en un concierto sorpresa de Wilco, no. Así que, en el entretiempo hasta que el concierto dio comienzo, me pegué al marco de la entrada y estudié a los rivales. El panorama no era malo: sonrisas, buena disposición, empújame un poco más a un lado si quieres, yo te agarro el smartphone y te grabo, ¿tú tienes twitter?, me pasas esa foto… Y entre medias, un ratito de codos para ir ganando mínimo espacio en el umbral. Al principio sólo oía. Luego empecé a ver el ala del sombrero que Tweedy ya no se quita nunca, subido en puntas de pie. Y escudriñábamos las pantallitas de los móviles que elevaban los de delante, para ahí ver lo que no veíamos. Una foto era una decepción: “¡Deja de hacer fotos y graba en vídeo!”, pedían atrás los descarados. Toma mi móvil: dispara tú que a mí me da la risa. I Might… Así fui ganando terreno, con lentitud pero eficacia: en un momento acabé por localizar a Nels Cline al fondo y al adusto Stirrat a un lado. Sonaba Whole Love. La sensación de oírlos tan próximos, sin el intermedio de un sonido o un escenario, algo tan orgánico o inmediato o analógico o como queramos decirlo ahora, la intimidad, esa timidez de levantar la voz o acompañarlos murmurando las letras, temiendo quebrar el hilo de oro de los sonidos… “Gracias por cantar nuestras canciones con nosotros”, ironizaba Jeff Tweedy ante el silencio reconcentrado de la audiencia. Joder, qué rato pasé ahí tan, pero tan inolvidable. Después de haber visto la noche anterior por sexta vez a Wilco en directo, esta séptima ocasión traspasaba la realidad. Wilco en una tienda de discos. Y no había discos de Wilco; eran ellos los que estaban ahí… Algo así:

Y bueno, luego vinieron las escenas cómicas, cuando puse a volar la mitomanía de la que tienen noticia todos los que me conocen un poco. Pasamos en fila, en grupos pequeñitos como si entrásemos a visitar las cuevas de Altamira, con cuidado para no amenazar el equilibrio ecológico, que en casos como éste viene definido por el humor de la señora de la discográfica, el manager en España y el muchachote de seguridad. Ellos, Wilco, habían subido a la pieza superior de la tienda, donde recibían en un besamanos veloz. Antes tenías unos minutos para comprar un disco o lo que quisieras y subir para que te lo firmaran. Cuando entré, se habían agotado los vinilos, me informaron. ¿Y los cedés? No ha quedado nada. ¿Y qué hago? ¿Compro un disco de Dover y se lo doy a firmar a Jeff Tweedy? No podía ser. Me palpé los bolsillos, no fuera que me hubiese traído A Ghost is Born enredado en el dobladillo. Nada. Ni un miserable papel, una cuartilla, el recibo del supermercado, nada. El hombre Somniloquio frente a Wilco y no tenía nada encima que esos tipos me pudieran firmar. Había que decidir rápido, porque el tiempo era muy limitado y me apretaban el de seguridad, que era de sonrientes amenazas, y los otros. Así que cuando llegué arriba y me planté delante de esos tíos, que son una de las bandas que han contribuido a hacer de mi vida un lugar infinitamente mejor de lo que pudiera ser, me planté delante de ellos, le di la mano a Jeff Tweedy, “it’s a great pleasure meeting you, Jeff” , me metí la mano al bolsillo y puse sobre el tablero que rodeaban los seis músicos lo único que llevaba encima: un mísero billete de cinco euros. El manager me miró desaprobadoramente: “Tío, no les puedes dar eso…”. Y claro… haber traído vuestros propios discos de casa, muchacho, no puedo llegar a este instante definitivo, a este indudable highlight de mi existencia, y que no haya quedado nada en la tienda susceptible de ser autografiado. Pero Tweedy miró el billete, se sonrió mientras yo me giraba para una foto, lo firmó y empezó a pasarlo de mano en mano a los otros: Pat Sansone, Mickael Jorgensen, Nels Cline… Tienes que irte, me advirtió una voz autorizada. Tomó la palabra la señora: “You’ve got to leave… now”. Pensé, como en el chiste de Eugenio: está usted nerviosa y me está poniendo nervioso a mí. La interpelé: sí, ya me voy a ir, pero… dígame, ¿y mi billete de cinco euros? Bien está que estos muchachos sean Wilco, pero esos que ve usted ahí en manos de Cline, el fiero guitarrista autor la noche anterior de un espeluznante solo en Impossible Germany son mis cinco euros. Y ahora ya están firmados por Wilco, lo quieran o no; es decir, que el valor viene subiendo como la espuma, algo que en estos tiempos de crisis un hombre como yo no puede pasar por alto. Y usted no debería… Todo eso lo pensé; si se lo digo, el hombrón de seguridad pierde la sonrisa y yo los dientes. “Go, move over, leave now”, repitió ella.
No me moví. A esa hora el billete había doblado la esquina del tablero y venía ya de vuelta. Lo tenía John Stirrat, que salió a defenderme como buen bajo comprensivo que es: “Espera, que estamos firmando su billete”. Ahí, ahí. Grande Stirrat. Aproveché el hueco para saludar a Glenn Kotche, batería por el que siento una predilección extraordinaria:“No importa que hayas empezado tarde con la batería: seguro que a tu edad te lo tomas mucho más en serio y te concentras en ello más que un chico joven”, me diría después Kotche, en un aparte que tuvimos, ya en la calle. Eso es elegancia en una contestación, ponderé. Alguien nos fotografiaba hombro junto a hombro mientras Kotche y yo comentábamos nuestras respectivas carreras con las baquetas en la mano: él en Wilco y otros proyectos, grandes escenarios del mundo, giras internacionales, un músico soberbio, un reconocimiento mundial. Yo, en mi trastero, cuidando de no tocar a deshoras no me expulsen los vecinos junto al portero al que le quieren dar la papela. Recogí el billete. Gracias por todo, les dije. Son ustedes una gran inspiración. No, me contestaron Stirrat y Kotche. Y enfatizaron: “Gracias a ti”.
Cuando, de vuelta en la calle, pude empezar a pensar con claridad, fui a la tienda de al lado, compré Summerteeth, tomé prestado un bolígrafo de la caja y completé la escena conforme fueron saliendo, en un goteo muy conveniente, hasta lograr el kit entero del mitómano. Las fotos, las firmas, la breve conversación. El tremendo momento, pueril por antonomasia. Quedábamos apenas los más conspicuos y la gente pasaba preguntando: “¿Quiénes son?”. Wilco. Ah, Wilco… ¿y? “Hacen música”. Y eso es todo. Para mucha gente es nada; para otra, son un hype injustificado, una niña bonita de los críticos, que ya les dicen clásicos de la música americana e hipérboles equivalentes. Para otros, como alguno que yo he leído, Wilco son apenas “Neil Young haciendo caras B”. La definición me parece ingeniosa. Estar de acuerdo o no es una cuestión que no importa demasiado. Yo no puedo explicar lo personal ni traspasar lo íntimo. Nadie puede. Cada uno está hecho de sus propios materiales y funciona de acuerdo a un mecanismo emocional insondable. En el fondo, cada uno se enamora de quien quiere. O de quien le corresponde: en el más amplio sentido del término.
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Cómo luchar contra la soledad

3 11 2011

Es por la tristeza, nos dijo Jeff Tweedy. Puede que una parte de la audiencia no comprendiera del todo, que le chirriase la caracterización de España como país afecto a las hermosuras de la aflicción. Para mí, era evidente: los estaba viendo desde el balconcillo de la grada alta del Price, en Madrid. Cansado de un primer tramo de concierto sentado sobre una aterciopelada butaca lateral y del hueco sonido de las primeras interpretaciones, en las que los ingenieros hubieron de bajar notablemente el volumen para no incurrir en el caos al que invita el recinto circular -a medias teatro, a medias carpa de circo- del Price. A Diego Manrique le parece que los precios (70 euros esa localidad) eran adecuados y en consonancia con los del resto de la gira europea. A mí no… y con razón. Vi los precios en los recitales de Manchester o varios de Alemania, donde estuve considerando ir, y no pasaban de los 50 euros ni las treintaitantas libras. Bien está la proximidad íntima que procura la graciosa disposición del Teatro Circo Price y su chiquito ruedo de tarima; y su mínimo espacio para montar el escenario, encajonado en la salida de artistas, pegado a la esquina del semicírculo de gradas. Bien está: “¡Ese tío está subido con nosotros en el escenario!”, gritó una vez Tweedy, señalando a la esquina más cercana de la primera fila, en la que el crítico de cine Carlos Boyero se entregaba con los ojos cerrados a los riffs y los slides de Nels Cline. No sé si se refería a él o a un tipo a su lado, que bailaba de pie coreando los temas. Yo pensé que, por ese precio, uno debería tener derecho, en efecto, a estar con Wilco encima del escenario. El precio de la perfección, escribe mi admirado Manrique… Pero no se refiere a eso.

Glenn Kotche by Richie Wireman

Glenn Kotche, el fantástico batería de Wilco, en su laberinto de sonidos: de esta forma tan sugerente lo fotografió Richie Wireman para Wilcoworld.net durante la gira norteamericana del mes pasado.

Y eso hice: ponerme tan cerca del escenario como pude. Cansado de la butaca estanco, me fui al balconcillo a ver la parte más sabrosa del concierto. He visto suficientes veces a Wilco para tener ya muy definidas las preferencias, y sentarme a mirarlos como si estuvieran en una pantalla de cine no está entre ellas. Desde el lateral diestro, a ratos veía un poco de espaldas la delantera de cuerdas y voz, pero a cambio tenía a Nels Cline a apenas tres metros y la posibilidad de disfrutar cada uno de sus punteos con una nitidez espeluznante. Su monitor no debía de andar lejos y se oía perfectamente cada mínimo detalle. Un poco más allá, Tweedy con su gris sombrero hongo, tocado que a David Lafferty, el crítico del Manchester Evening News, le pareció muestra de impostura innecesaria para una banda como Wilco: “Forget the glitz, Jeff… just play the tunes” (“Déjate de artificios, Jeff… limítate a las canciones”). Stirrat entraba y salía de la primera línea, con ese aire ajeno, humilde y filantrópico de casi todos los tipos que tocan el bajo, como si hubieran somatizado el tono grave de sus acordes y la condición de sostén rítmico de las alucinaciones del resto; y al otro lado Pat Sansone, con sus vivaces trasteos a la guitarra o sus juegos sónicos de multiinstrumentista. Justo debajo de mí, Jorgensen se afanaba en los teclados. Y en línea tenía, sobre todo, al tipo al que más me interesó seguir durante todo el recital; en línea como si yo fuera el asistente del árbitro en la banda y él ese delantero centro que bordea el fuera de juego: Glenn Kotche, un batería sinceramente admirable, un luthier de los tambores, el secreto oculto del muro de sonido sobre el que Wilco apoyan la brutalidad experimental de sus composiciones: con sus baquetas, sus escobillas, sus maracas, los platillos vueltos sobre los platos mayores, la búsqueda de registros, texturas y ambientes que enmarquen cada canción.

Me gustó la apuesta inicial, con el despacioso torrente de cuerda española de One Sunday Morning, el tema de 12 minutos, de cadencioso ritmo en un puente de guitarra repetido, cierre para The Whole Love, su último disco. Siguieron con Poor Places, otro tiempo lento de Yankee Hotel Foxtrot, en el que ya asoman algunos apuntes, amenazas del ruidismo que aparece en ese disco y que iba a hacer presencia innegable en este concierto. Luego, celebrada aunque con un epílogo instrumental menos apabullante de lo que yo esperaba, el trallazo electro-psicodélico de Art of Almost… Y una cuarta, I Might, con sus jueguecitos de órgano, tercer ingreso de la noche en TWL. Detrás de todo eso, había algo nuevo para mí: la incómoda sensación, durante los 20 o 25 minutos del arranque sentí que no me llenaba lo que veía ni cómo sonaba. Empecé a preguntarme si no había visto demasiadas veces a Wilco. Si no habría traspasado los límites recomendables de la admiración. Era la butaca, era el precio (yo pensando en los precios, yo…. siempre tan despiadadamente manirroto), era la oquedad del sonido, el muchacho que a mi lado le llamaba la atención a otro que se ponía de pie para aplaudir y bailar, el volumen… O la adusta puesta en escena, sin siquiera saludar. ¿Era tensión de los músicos? ¿Era un temor mío? ¿Tendrían razón los que consideran que Sky Blue Sky y Wilco (The Album) son obras menores que anunciaron un declive, cuando a mí me gustan tantísimo… sobre todo el primero? Entonces tocaron At Least That’s What You Said. Una de las canciones que más quise siempre. Con el ojo tumefacto del novio sentado al borde de la cama mientras ella llora, esas separaciones de las que las dos partes salen heridas: “Cuando me senté a tu lado en la cama / te pusiste a llorar… / Puede que, si me marcho, / desees que vuelva a casa. / Tal vez sólo necesitas / que te deje sola… O eso fue lo que dijiste… /Fue precioso que me besaras / el ojo que se me había puesto morado / Fue precioso incluso aunque fuiste tú la que me lo puso así”. Y luego el largo guitarreo. Fue At Least… y luego vino Bull Black Nova, la escena de carretera, la sangre en el asiento, el acoso y la desesperación Y después Via Chicago con su tormenta diabólica ahogando las voces en el camino de vuelta a casa. Y después Jesus, etc… Y ahí me levanté de la butaca y me fui al balconcillo. Fue por ahí, después de Born Alone o antes de War on War, o quizás en la delicada Hummingbird. Ahí dijo Jeff Tweedy lo de la tristeza y me reconocí desarmado en sus palabras. Y se puso a cantar Impossible Germany.

Pat Sansone, de espaldas, y Jeff Tweedy -con su asabinado sombrero hongo-, interpretan mano a mano el diálogo de guitarras que hace de brillante epílogo para su mejor interpretación de la noche del martes en Madrid: Impossible Germany.

He oído cien mil veces esa maravilla (“el mejor solo de guitarra del siglo”, proclamaba ayer un crítico), y la he escuchado hasta tres veces en directo. Ninguna como ésta. La mejor versión que he visto de un tema en sí memorable. Es raro haber oído tantas veces lo mismo y reconocer cuándo la interpretación de un tema ofrece algo definitivamente distintivo. Pero no estaba solo en esa impresión. Porque cuando Nels Cline, Tweedy y Pat Sansone (estos dos mano a mano, el otro en solitario sobre la esquina del escenario) finalizaron su audaz diálogo de guitarras, el teatro entero se levantó en pie y produjo una ovación estruendosa. Pero no el tipo de ovación gamberra, admirativa, incandescente… el tipo de ovación que da el público en un concierto de rock. No. Fue, en cambio, uno de esos largos aplausos que corresponden a la interpretación de un aria portentosa en la ópera o al mutis sagrado de un actor en el teatro o a la reverencia final de una compañía triunfal. Fue un tipo de aplauso que yo jamás había escuchado salvo en la música clásica. De todo el concierto voy a recordar siempre ese momento, que previaba con el tono y la forma debidos un pasaje absolutamente magistral de los seis músicos.

Wilco habían vuelto a hacerlo. Del opinable titubeo inicial, arriesgado de por sí, a la conquista absoluta gracias a la maquinaria interpretativa de una banda sensacional en todos los sentidos del término. Wilco no se toma noches libres cuando se trata de tocar, miden perfectamente los impactos y ponen en juego su prestigio durante cada minuto de los directos. Los discos pueden ser opinables; sus conciertos no admiten réplicas. Ninguno de los cinco, y pienso seguir, que yo he visto en estos años. Ahora entiendo a aquel melómano que, una noche en la barra del hotel en el que yo trabajaba en Londres, me contaba entre tragos a sus escoceses que llevaba siete noches seguidas viendo a Eric Clapton en el Royal Albert Hall, armado con unos binoculares para seguir sus manos. Ahora entiendo… Los tres cuartos de hora que cerraron el set establecido el martes en Madrid edificaron un recital formidable, en el que Wilco pusieron todo el potente empeño de su destreza para mezclar sabores, tradiciones clásicas y ejercicios experimentales, la vulnerable quietud de las piezas y la transgresión estimulante de sus creaciones más altas. No fue, como temí, una mera reunión de hits. Interpretaron hasta siete temas de su discutido (ya por molesta costumbre) último elepé. Repasaron algunas de las cumbres de Yankee Hotel Foxtrot o A Ghost Is Born. Y nos dieron ganas de ir a Barcelona, a San Sebastián, a Vigo y someternos una vez y otra a la prueba de la fe. Puede que, como dice Manrique, todo en los directos de Wilco esté perfectamente calculado para la creación de un efecto. Una actuación ha de buscar eso. Pero cualquiera sabe que hay cientos de bandas a los que, cuando se ponen a calcular cosas así, no les salen ni siquiera las sumas y las restas. A Wilco les bastaría con interpretar cada noche Spiders (Kidsmoke) para enfatizar los conciertos y darle a la gente lo que más reclama de esta banda: la expresividad arrolladora de A Ghost is Born. Pero esa no sonó. No lo hace siempre. Cada recital suyo que yo he visto puedo recordarlo por un distinto argumento central que revienta en líneas de fuga diferentes. Buscan caminos alternativos (¿no lo es iniciar un concierto con doce minutos de murmullo acústico?); rebuscan en el catálogo y encuentran esos temas menos considerados, esos que uno pasa por alto en los primeros días y crecen con el tiempo, y los someten (nos someten) a un redescubrimiento que de pronto vuelve a hacer obligatorio meter en el reproductor el hace tiempo no escuchado Being There y atravesar las áridas tierras camino de Madrid mecido por sus acordes; o proclamar que el Foxtrot ya aguardaba latente en Summerteeth.

La parte de los bises fueron esos himnos tan recitables que cantan a la juventud extraviada en Heavy Metal Drummer (“Echo de menos la inocencia que conocí / Tocar versiones de los Kiss / Guapos y colocados…”); o las torcidas enseñanzas vitales de imperfección y vida en War on War: “Tienes que perder / tienes que aprender a perder / Tienes que aprender a morir… / si quieres saber cómo seguir vivo”. Ese tipo de frases que nos han enredado. La música, sí, pero sobre todo la hermosura de la tristeza en las letras; y los torrentes de putrefacción anímica que corre por la tramoya oculta de los días, convertidos en un muro de sonido contra el que podemos apoyarnos. “A sonic shoulder for you to cry”, como proclamaba Wilco (The Song). Lo que no vemos pero está ahí, detrás de la presunta belleza de los días. La cloaca y las ratas que corren por las orillas, bajo los jardines en los que juegan los niños. El sumidero embarrado de mierda que sigue a la poética de la lluvia. El óxido de los metales en el trastero húmedo que dejan las riadas. La opresiva blancura de los muros en las noches de soledad. “Vosotros entendéis la tristeza y por eso nos queréis tanto”, dijo Jeff Tweedy. Eso fue. Eso es. Armamento contra la soledad.

Agrego el setlist
One Sunday Morning, Poor Places, Art of Almost, I Might, At Least That’s What You Said, Bull Black Nova, Via Chicago, Jesus, etc, Born Alone, War on War, Hummingbird, Whole Love, Impossible Germany, Red Rising Lung, Standing O, Handshake Drugs, Dawned on Me, A Shot in the Arm. Bises: Heavy Metal Drummer, The Late Greats, I’m the Man Who Loves You, Red-Eyed and Blue, I Got You (At the End of the Century).





Cocaína para las contracturas

31 05 2010

Jeff Tweedy, flanqueado por Wilco y con Alfredito, el camello, al fondo.

Parece ser que el camello vestido de fiesta que preside la portada de Wilco (The Album) se llama Alfred. Allí estaba el viernes, sobre el escenario, una pequeña réplica de Alfred a los pies del teclado de Mikael Jorgensen, cuando Wilco atacaron el que ya ha quedado como su band-theme, Wilco (The Song), para echar a rodar la tercera de sus apariciones en el Primavera Sound y el cuarto recital que yo les veo desde la epifánica explosión que viví, creo que en 2005, en la sala Oasis. Todos me han parecido memorables de un modo u otro, como ya he dicho alguna vez. Vistos en perspectiva, éste me ha dejado un impacto comparable al de aquella primera experiencia. Lo voy a decir de manera que no quede duda al respecto: los vi rotundamente perfectos. Desbordantes de energía y hasta de rabia, sonaron tan bien como siempre y elevaron el diapasón de la intensidad a cotas espectaculares. El baterista Glenn Kotche (uno de los ocultos fenómenos de esta banda) volvió a dar un recital y acabó, bañado en sudor, subido en lo alto de su taburete sobre la batería. Y todo hecho con la precisa suavidad instrumental con las que Wilco hacen todo. El cronista de El País escribió: “Es oficial. No se puede sonar mejor que Wilco”. Siempre me pareció la característica que mejor describe a este grupo, al margen de estilos, referentes, escritura o lírica de las canciones. Y mucho más allá del inexplicable proceso de identificación que se produce entre alguien que hace música y quienes la escuchan. Los gustos tal vez no sean objetivables; la armonización de una banda en directo, la ejecución técnica, la sonoridad, el manejo de los registros, aun el virtuosismo sí lo son. O deberían. Wilco suena como muy poca gente puede hacerlo. 

El delicadísimo principio del concierto del año pasado en el Auditori no cabía aquí, porque esta vez habían de tomar una profunda explanada rampante. El asalto precisaba carros de combate, una división acorazada de temas, y desde luego la guitarra de Nels Cline, arma de potencia abrasiva. Pero la guitarra de Nels Cline no atendió la orden de fuego y durante las dos primeras canciones asistimos a la tensión desatada del músico que, desesperado por las dificultades para hacerla sonar, levantaba el instrumento por encima de la cabeza y parecía a punto de estrellarlo contra el suelo hasta que apenas quedaran astillas. Jeff Tweedy dirigió a la infantería en I Am Trying To Break Your Heart, y mantuvo la calma mientras aguardaba refuerzos. En la intro del tercer tema (nada menos que el muy emotivo Jesus, etc.) anunció: “I think we’re back”. Y Nels Cline pasó a convertirse en la trituradora habitual, con toda la banda a su alrededor, a su espalda, delante y en marcha. En la presentación de Wilco (The Album) el año último lo habíamos visto contenido, en un papel menos arrollador, en consonancia con el delicado repertorio ideado para una gira en salas de teatro. Este viernes, sin embargo, el escenario lo reclamaba. El desgraciado episodio inicial conspiró a favor de su virtuosa brutalidad: nunca vi de cerca un éxtasis tan sostenido. 

Kim Deal, al frente, Joey Santiago, Frank Black y el baterista David Lovering... Los Pixies, cada uno mirando a un lado como si no se conocieran de nada. La película 'QuietLoudQuiet' insiste en esa idea.

 Y así se rindió la colina de la hamburguesa, la misma que un rato más tarde conquistarían a tierra quemada los Pixies para convertirse, creo, en la banda con la actuación más multitudinaria de todo el fin de semana. El poderoso influjo de los Pixies se mantiene inalterable, a pesar de que continúan instalados en la cómoda revisitación de su viejo catálogo. Sus conciertos son conciertos de grandes éxitos, a la manera de los Rolling pero en el universo alternativo y con una puesta en escena, claro, mucho menos apabullante. El de Wilco lo vi literalmente a los pies de Nels Cline; para el de los Pixies me subí al fondo de la explanada y escuché temas memorables como los escucho en sus discos. Con la misma relajada distancia. Son los Pixies. Y sus canciones… Si usted tiene curiosidad por saber qué interpretaron, digamos que interpretaron todo lo que uno espera. ¿Monkey Gone to Heaven? La tocaron. Caribou… la tocaron y cantó Kim Deal. ¿Velouria? Desde luego, cómo no. ¿Cecilia Ann? Abrió la noche. Gouge Away, Bone Machine, Gigantic, Where Is My Mind. Todas, faltaba más. ¿Debaser? Sería como preguntar si los Stones tocaron Satisfaction… Hasta la bailoteamos. Hay que insistir en la idea: son los Pixies. Tres calvos y una madre disfuncional de película indie americana, sí, pero los Pixies. Si uno jamás los ha visto antes en directo, la experiencia incorpora el agregado de ocasión para el recuerdo, porque hablamos de una de las bandas más poderosas e influyentes de los últimos veinte años. Frank Black sonó agresivo y no hubo complacencia dentro de los límites establecidos. Muchos festival-goers y algunos cronistas incurren en el (comprensible) juicio de orden moral:  vivir aún de las mismas canciones, yendo de festival en festival, se parece  bastante a una escenificación avanzada de toma el dinero y corre. Por lo demás, el concierto no se juzga. Todo en él es previsible (o casi), pero son los Pixies. O casi. 

De vuelta de su concierto, alguien me tomó por Alfred, el camello de Wilco. Fue un muchacho que me interpeló con una frase de intención tranquilizadora: “No te emociones, no te conozco”, me dijo antes de rodearme el hombro con un brazo para decirme: “Tío, no tendrás algo de farlopa para pasarme…”. Le dije: “Chico, tienes una vista de lince: lo más lisérgico que me he metido yo en mi vida ha sido un vasito de bourbon para acompañar la cerveza”. Venían de Valencia. Su explicación me enterneció: “He traído a unos amigos al Primavera y los tengo a los pobres que hay que levantarlos como sea… Yo no hubiera venido, tengo una contractura horrible en la espalda, así que unos tiritos me vendrían de coña”. Y después de hacerle una gestión que no viene al caso y que, por supuesto, no salió adelante, me largué pensando en que sí, joder, claro que sí: para las contracturas en la espalda no debe haber mejor remedio que la cocaína. No sé si decírselo a mi pobre madre, mira… 

[Nota: Éste fue el set-list de Wilco: 1 Wilco (The Song), 2 I Am Trying To Break Your Heart, 3 Jesus, etc. 4 Bull Black Nova, 5 You Are My Face, 6 One Wing, 7 Shot In The Arm, 8 Country Disappeared*, 9 Handshake Drugs, 10 Impossible Germany, 10 Via Chicago, 11 I’ll Fight, 12 Misunderstood, 13 Hate It Here, 14 Heavy Metal Drummer, 15 The Late Greats, 16 I’m The Man Who Loves You, 17 Kickin’ Television]. 

*Gracias y saludos a los chicos, la futura mamá y el bebé ‘Wilco’ en gestación junto a los que vimos el concierto. Finalizada la actuación uno de ellos fue capaz de recordar el título de ‘Country Disappeared’, que yo no lograba traer a la memoria, con apenas dos pistas: que era del último disco y que había sonado entre ‘Shot In The Arm’ y ‘Handshake Drugs’.





Canción de amor sin despedida

18 11 2009

Para siempre y siempre nos quedaremos juntos, sí / Para siempre, para siempre, permaneceremos unidos, sí / Tú y yo nos esforzaremos por estar juntos, sí / Para siempre, eternamente, seguiremos juntos, sí / Por favor, no llores… estamos hechos para morir / No niegues nuestra naturaleza / Eternamente y para siempre nos quedaremos juntos, sí / Para siempre jamás / Para siempre…. / Un día desapareceremos juntos en un sueño / sin que importe lo cortas o largas que sean nuestras vidas / Yo viviré en ti, y tú lo harás en mí / Hasta que, juntos, nos desvanezcamos en un sueño / Por favor, no llores… nos hicieron para morir / No puedes oponerte siquiera a la marea más grácil / Para siempre y siempre estaremos juntos / Siempre, eternamente/ Por siempre jamás / Lo intentaremos. / Por favor, no llores / Este mundo de palabras y significados te hace sentir ajeno / Algo que ya percibes y que, muy dentro de ti, / Ya has negado / Adelante… deja que brote tu llanto / Siempre permaneceremos juntos / Eternamente / Tú y yo seguiremos juntos / Tú y yo trataremos de hacerlo mejor.

[On and On and On, de Wilco]

Para Pilar, que va a seguir asomándose a esta ventana, en silencio humilde como ella siempre prefirió, esta canción que Jeff Tweedy escribió a la memoria de su padre.