El silencio de los héroes

5 09 2014

“Nadie habla acerca de la guerra; hablan sólo del hogar y de las limpias camas con blancas sábanas, y hablan de agua fría y de helados. Y de sitios sin olor a orina. La mayor parte de ellos deja vagar su imaginación hacia paisajes nevados del Oeste en invierno, acariciados, no obstante, por el eterno aire caliente de allí. Pero, al fin, vuelve sobre ellos la realidad del polvo rojo, a incrustarse en su piel, y, después de un rato de soportarlo, a hacerse cosa como consustancial. La guerra ha terminado con mucha gente. Sería una falsedad decir que a los que siguen en combate les gusta estar en ella. Esos hombres darían lo que fuera por estar en cualquier otra parte”.

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Hubo una vez una guerra, artículos sobre la II GM de John Steinbeck

 

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Infiltrados

15 02 2011

Osvaldo Soriano describió en una cruda novelita,  No Habrá Más Penas Ni Olvido, la absurda fiereza del enfrentamiento social que provocó el regreso de Perón a la Argentina, en octubre de 1973. Para recrear la confusión general del periodo (Perón convirtió a los enemigos en colaboradores y a los acérrimos en represaliados, dicho de una forma vulgar), Soriano sitúa la acción en un pueblito de la provincia de Buenos Aires, donde el juego amargo, terrible, de denuncia y represión se vuelve tragicómico entre quienes se conocen de toda la vida y vivieron en el universo mínimo de una aldea. Supongamos que, de un día para otro, el tipo con el que haces pareja en la partida de guiñote o el mecánico al que le confías tu auto se convierte en un enemigo político al que hay que limpiar, en el sentido más estricto del término. Lo explican estas líneas áridas del diálogo que abre la historia:

Osvaldo Soriano, argentino, fumador, gordo, amargo, futbolero y escritor. Genio.

-Tenés infiltrados -dijo el comisario.
-¿Infiltrados? Acá sólo trabaja Mateo, y hace 24 años que trabaja en la delegación.
-Está infiltrado. Te digo, Ignacio, echalo porque va a haber lío.
-¿Quién va a hacer lío? Yo soy el delegado y vos me conocés bien. ¿Quién va a joder?
-El normalizador.
-¿Quién?
-Suprino. Volvió de Tandil y trae la orden.
-Suprino es amigo, qué joder. Hace un mes le vendí la camioneta y todavía me debe plata.

Ahora miremos aquí al lado, a un pedazo de realidad, o no, en España: las artes escénicas se ven amenazadas por la Ley Antitabaco. ¿Cómo ocurrió? Sencillo: un espectador asistió a la representación del musical Hair. Al advertir que los actores fuman en escena, salió del teatro y se fue a denunciar que esos señores, en esa obra, fuman en el trabajo, en un espacio cerrado y público. Flagrante transgresión de la ley. Además de insoportable inmoralidad. Los argentinos avisados descubrieron que no eran los personajes de Soriano los que se parecían a ellos, sino al contrario: ellos cada vez tendían más a parecerse a los desquiciados personajes de Soriano. En España, sin embargo, estamos convencidos de lo magníficos que somos. Pero la imbecilidad avanza indetenible como un ejército, por cierto nada silencioso. Y la política deviene, a una velocidad sin control, en imbecilidad social. Se trata tal vez de un fenómeno general y tal vez generacional. Ocurré allá donde mires, así que voy pensando ya que la única solución está en refugiarse en sociedades menos evolucionadas, porque las nuestras avanzaron demasiado, hasta darse la vuelta sobre sí mismas y convertirse, al modo del personaje de 2001 de Kubrick, en bebés babeantes. No contentos con haber legislado la realidad hasta su último rincón, ahora van a por la ficción: reescriben a Mark Twain para suprimir los vocablos que conformaban el lenguaje contextual de la época (por cierto, aviso de que el abyecto John Steinbeck usaba  la palabra negro, en español, en sus originales de Tortilla Flat). Suprimieron hace mucho el tabaco en el cine -sólo fuman los malos o los desequilibrados- y los palmetazos de James Bond en el culo de las muchachas. No se puede decir que el dueño del Racing es indio aunque sea, efectivamente, indio. Después de pervertir la política hasta extremos delirantes, Berlusconi caerá por culear con una menor. Ahora peligra el cigarrillo en escena. En realidad, lo que está en peligro es algo mucho mayor, pero andamos muy ocupados obedeciendo órdenes y, sobre todo, haciéndolas cumplir a nuestra conveniencia, que es lo que más nos gusta. Y luego hablan del moralismo religioso… Hay un moralismo laico, civil, un moralismo ciudadano que constituye una degeneración repugnante de la vida cotidiana tal y como la habíamos querido.

Siempre pienso que el pasaje de la Historia que me resulta más rotundamente increíble es el periodo de la Ley Seca en Estados Unidos, pero nos vamos aproximando a aquel nivel de paranoia colectiva con alegría democrática. Hace poco le han prohibido a un equipo de rugby de Barcelona celebrar el tercer tiempo. No faltaron, como siempre, los ciudadanos agraviados que juraban haber visto excrementos depositados por los celebrantes en sus orgías; y, cómo no, abusos verbales contra las damas. Tenemos infiltrados. Nos van convirtiendo en infiltrados. Los políticos lo llaman colaboración ciudadana, pero no tiene nada que ver con la colaboración sino con el colaboracionismo, que es otra cosa mucho más miserable; tiene que ver con completarles a ministras de razonamientos inframentales su patético trabajo de corrección de nuestras vidas. La vorágine empieza por una norma necesaria o razonable (proteger la Salud Pública, por ejemplo, o recoger las deposiciones de los perros) y acaba por denunciar al que fuma en escena (aunque sea un cigarrito de hierbas inocuas, como en este caso, lo señalarán por apología) o al dueño de un perro que muerde a otro perro. El sentido común, que fue siempre una ley natural bien atendible, ya no es siquiera un argumento. Murió enterrado bajo las normas.

Al final les quitaremos los dientes a los animales, denunciaremos a los machos que acosan a las hembras en celo por instinto machista desaforado y querremos que se comporten en el parque como si estuvieran en un parlamento. Y que se vayan preparando de ahora en adelante los intérpretes de Shakespeare: les van a llover denuncias por asesinato. Qué es eso de clavar cuchillos en escena… La ficción caerá bajo las leyes y sus acerados ciudadanos.