C’est la France…

8 10 2011

Cualquiera de los que pensamos cinco minutos acerca del partido entre Inglaterra y Francia, antes de que se jugara, consideramos los antecedentes de los dos equipos, su camino hasta los cuartos de final y la multitud de señales emitidas en estas últimas semanas. Anticipar un pronóstico significaba tirar un disparo al aire: todos los signos eran contradictorios. Inglaterra había ganado sin ningún elemento de convicción en su rugby, salvo las apariciones individuales de Cueto, Ashton, Tuilagi o Wilkinson. Y Francia… bueno, Francia lleva tiempo negando un día sí y otro también cualquier conciliación entre la evidente calidad de sus jugadores, su inmenso potencial como equipo y la acumulación de tensiones alrededor del entrenador Lievremont y su plantilla. A veces los grandes equipos pueden sobreponerse a todos esos rigores íntimos, pero es que además Francia no había podido: durante la primera fase ganó con palidez dos de sus partidos, no presentó ninguna batalla real a los All Blacks y, para finalizar, despidió el grupo con una deshonrosa silbatina de su gente tras perder con Tonga. Ahora es sencillo decir que Inglaterra también había avisado del vuelo cortísimo que le aguardaba en el Mundial. Hay un razonamiento para eso: escapó vivo contra Argentina y Escocia, partidos que seguramente nunca debió ganar. Pero Francia tiene más pólvora que los Pumas y los escoceses. Tiene jugadores que pueden golpear, que hacen daño en carrera, que ganan líneas, que rompen defensas y acaban. Sí, todo eso es verdad. Pero ninguno de los comentaristas que consulté en los prolegómenos del encuentro (gente como Dallaglio, Frans Pienaar o Sean Fitzpatrick en la televisión inglesa, o el recordado Diego Domínguez en la italiana…) ninguno manifestó ninguna confianza en que Francia fuera a convertir todos esos problemas que la venían acosando en munición para el choque con Inglaterra. Yo mismo fui consultado levemente desde el otro lado del planeta por un amigo y, a pesar de la aprensión que me daba arriesgarme, también insistí: “Inglaterra tiene finalizadores y puntos con el pie: con eso le debería valer. Salvo que los franceses descorchen el champagne de forma inopinada… pero creo que esta vez se lo han dejado en casa”.

Yachvili ondea la bandera de Francia, victoriosa contra el viejo enemigo inglés: los galos no le dieron opción al equipo de Martin Johnson y se fabricaron una victoria con la forma de la redención.

Y bien… Todos equivocados, porque Francia lo hizo de nuevo. Siempre puede ocurrir. De hecho, ocurre con una frecuencia en cierto modo molesta, porque la repetición de un tópico siempre resulta algo fastidioso. Francia descorchó la botella, espumeó su rugby durante un buen rato y, sin alardes excesivos, pero con ese relativo flair que todavía la puede adornar, sacó del partido y del Mundial a Inglaterra en media hora: en ese tiempo, Yachvili anotó dos golpes de castigo (la vieja historia de siempre con Inglaterra, su cacareada indisciplina en los agrupamientos), antes de que Vincent Clercq y Maxime Medard, dos de los genios dormidos del equipo francés, posaran dos ensayos que dejaron al equipo de Martin Johnson mirando a Londres (0-16). Si los agentes de su Majestad no habían hecho las compras familiares, les tocará hacerlas en el aeropuerto de vuelta a casa. Por más que intentaron un largo regreso durante la segunda mitad (ensayo de Ben Foden, en una de sus escasísimas apariciones ofensivas en este Mundial, y otro de Cueto cuando ya no había tiempo para nada), Francia no tuvo gran problema en sujetar la victoria. Tiene oficio y jugadores para hacerlo. Lo expresó el narrador de ITV con una de esas frases que describió el control del tiempo y del partido que, en la fase definitiva del choque, estaban ejerciendo los azules: “Los jugadores de Francia se están comportando ya como el personal de un restaurante de París: no se dan ninguna prisa en venir a tu mesa”. Ahora, cuando van merece la pena. El postre lo sirvió Trihn-Duc, recuperado durante la segunda mitad en el puesto de un Yachvili fallón con el pie. El medio apertura represaliado por Lievremont después del primer encuentro de la Copa del Mundo cruzó entre los palos un drop que pasó los postes con el sonido sordo de un clavo que cierra el cajón del muerto. Una vez establecida su ventaja de la primera parte, Francia ya no había enseñado gran cosa, pero sí la suficiente compostura para contener el confuso ataque inglés. La melé se le oscureció también a los chicos de Martin Johnson y tanto Dan Cole como Stephen Thompson pasaron una mala tarde en brazos de ese cinco implacable que pueden llegar a conformar Servat, Poux, Mas, Pape y Nallet.

What time is it in London? Martin Johnson consulta su reloj durante el partido contra Francia, para descubrir que es la hora de volver a casa. Una escasa Inglaterra en la fase de grupos se quedó definitivamente seca y eliminada contra Francia.

Ahora, el partido le perteneció de principio a fin al incombustible Imanol Harinordoqy. Instalado en el puesto de ocho, el Vasco ofreció una de sus ya clásicas exhibiciones de racial juego de tercera línea frente a los ingleses, el enemigo que más detesta. Lo secundaron Bonnaire, poderoso allá donde apareció, y el siempre fiable Dusatoir. Enfrente, Inglaterra opuso poco. Nick Easter había aparecido en el fondo de la delantera inglesa para ponerle experiencia y oficio a la línea, pero no hubo más remedio que echar de menos a Haskell ahí atrás. Para cuando apareció sobre el campo, a Inglaterra le quedaban pocas esperanzas. Si tuvo alguna, consistió en una elevación del ritmo de juego que no logró nunca, salvo en el ensayo de Foden. Subir el diapasón, reciclar balones veloces y mover a los franceses llevando la pelota a las esquinas, donde siempre aguardan hambrientos Ashton y Cueto. Pero justo cuando Ben Youngs advirtió esa necesidad y la puso en práctica para el primer ensayo inglés, con un cuarto de hora de vida por delante, Martin Johnson decidió relevarlo por Wigglesworth. No es que Youngs hubiera podido cambiar la suerte del choque, que estaba tácitamente resuelto desde la primera media hora, pero el cambio aportó entre poco o nada y la Rosa se fue desolando entre los viciosos dedos franceses. La victoria tiene todo el aire de las revanchas: contra el entorno, contra las críticas, una suerte de redención que lleva a Francia a semifinales, ronda de la que fue apartada en la última RWC por, precisamente, los ingleses. Ahora espera Gales, con su rugby límpido; Warren Gatland no es un entrenador que se deje llevar por falsas confianzas. Francia siempre guarda una última advertencia y una palabra final. Inglaterra deja el Mundial con pena y gloria. Y la Copa del Mundo despide a uno de los grandes protagonistas de su historia, Jonny Wilkinson, autor de episodios para la memoria antes de este agrio epílogo que el número 10 ha tenido en Nueva Zelanda. Y, con toda lógica, seguramente será también el último día de Martin Johnson: el hombre que nunca sonrió y cuyo equipo de rugby casi nunca hizo sonreír. C’est la vie… C’est la France.

Inglaterra, 12
Ensayos: Ben Foden, Mark Cueto
Conversiones: Jonny Wilkinson

Francia, 19
Ensayos: Vincent Clercq, Maxime Medard
Golpes de castigo: Dmitri Yachvili (2)
Drop: François Trihn-Duc

Vídeo-resumen del partido

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Ochenta minuti in NZ son molto longos

13 09 2011

”]Getty ImagesPor más que el Madrid se piense tan planetario, parece improbable que Fumiaki Tanaka, el resbaladizo medio de melé de Japón, o el rotundo Soane Tonga’uiha (pilar de 193 centímetros y 130 kilos de Tonga) hayan oído hablar jamás del madridista Juanito. Ignoran, sin embargo, que tienen algunas cosas en común: los tres le han pisado la cabeza a un rival en el campo de juego -del madridista lo sabemos seguro y a los otros se les supone, como el valor al soldado-, y todos suscriben aquella célebre advertencia de Juanito, anunciándole al Inter una de aquellas remontadas: “Noventa minuti in Bernabéu son molto longos”. También en el Mundial de Nueva Zelanda (aka RWC de ahora en adelante, para abreviar…) 80 minutos se pueden llegar a hacer muy largos. Lo sabe Martin Johnson, que hizo esta honesta revelación después de que su Inglaterra salvara una victoria sudada con sangre frente a Argentina: “Este partido me ha hecho envejecer diez años”. Lo que se dice un nail biting: el clásico partido no apto para cardíacos. También le dará la razón al finado Juanito el equipo de los banzais de Japón, que llegó a tener a Francia a cuatro puntos (25-21), con veinte minutos por jugar. Y hasta Tonga, que no olisqueó la victoria pero sí aprovechó el despreocupado rugby de los All Blacks en el partido inaugural para meterles un ensayo por delantera: logro que viene a ser como levantarte una noche a la mujer de Brad Pitt. Y desde luego firmará al pie el equipo de Rumanía, que con un rugby armado de rigor, sencillez y ortodoxia retrató a una Escocia que se había quedado hecha piedra frente a la muralla articulada de los rumanos, que los fueron sacando del partido hasta adelantarse 21-24 a 15 minutos de que sonara la sirena del final. Todos ellos perdieron: Japón, Tonga y Rumanía. Inglaterra ganó, después de que Argentina exprimiera su incomensurable honor y su escaso rugby. Los grandes apretaron los dientes y se quitaron el susto (porque fue susto y fue grande) con un arreón definitivo. A esa hora, sin embargo, había quedado claro que en este Mundial nadie se hace el gracioso. Por el camino, los que miramos habíamos visto estupendos partidos, jugados en contraposición de estilos y fenomenalmente competidos. No es que los buenos se relajaran o se dejasen llevar: es que verdaderamente sus contrarios les apretaron las tuercas.

“Sabíamos que eran rápidos… pero no TAN rápidos”, reconoció el seleccionador francés, Marc Lievremont, después de espantar el canguelo que le había dejado el choque con Japón. Los underdogsde la RWC ya no juegan sólo con entusiasmo: tienen un plan, se aferran a sus valores, los explotan, han mejorado defensivamente lo suficiente como para exprimir a rivales mucho mayores y exhiben una riqueza táctica que obsequia al espectador con partidos en los que nadie sale barrido… O al menos, no hasta el tramo final. Los 80 largos minutos… El plan de desarrollo de la competitividad en el rugby entre selecciones empieza a dar frutos materiales. Basta un ejemplo: Rumanía, que juega el 6 Naciones B (una especie de copa de Europa para los países del segundo rango continental), también se cruzó en la RWC 2007 con Escocia en el grupo. Entonces ganaron los británicos por 42-0; el sábado, el partido acabó 32-24 para Escocia. Y hablamos de una Escocia que anuncia lo mejor de su rugby en años, aunque esa impresión ha de corroborarla el torneo. Otro dato, éste sacado a pedal mediante consulta, suma, resta y división de todos los resultados de las primeras fases del torneo en las RWC de 2003 y 2007. En el Mundial de Australia 2003 la media de diferencia de puntos en los 40 partidos de la fase de grupos fue de 34’4; cuatro años más tarde, en Francia 2007, había bajado a 29,6. En los ocho encuentros que se han jugado durante este fin de semana en Nueva Zelanda, la distancia se ha reducido prácticamente a la mitad: 16,7 puntos entre el ganador y el perdedor. Es pronto para hacer afirmaciones categóricas (siempre es pronto para eso), pero los datos parecen corroborar la impresión que a uno, personalmente, le había crecido viendo los encuentros jugados hasta ahora: el rugby se va igualando; y éste es, por ahora, quizá el Mundial más entretenido (en la fase previa, claro) que uno ha visto. Para los suspicaces: los hemos visto todos.

Digby Ioane, el destructor australiano que parte desde el ala, en pleno despegue hacia la línea de marca italiana. Se ha lesionado y a Australia le costará encontrar un recambio con su impacto.

Dicho lo cual, es verdad que, contra los japs, Francia se aburrió de sí misma y nosotros de ella; que Jonny Wilkinson falló hasta cuatro tiros a palos, lo cual viene a ser como la alineación de los nueve planetas; o que Nueva Zelanda no tuvo ni brío ni autoridad frente a Tonga, por más que insista el marcador. Pero eso no quita un ápice de verdad a lo dicho. En el caso de Nueva Zelanda, por ejemplo, el partido resultó decepcionante en casi todos los aspectos para los All Blacks, salvo por la confirmación de que, si él quiere, Sonny Bill Williams puede hacer cierta diferencia en el medio campo. Dio lo mejor en el primer tiempo, como todo el equipo negro. Jugó con seriedad, arrojo para romper por el eje y habilidad para descargar pases que liberasen a sus compañeros más allá de la línea de ventaja. Por lo demás, NZ me impresionó poco. Si acaso las finalizaciones de Israel Dagg desde el fondo, aunque creo que Muliaina aún no tiene rival. Me gustaron Kahui y Toeava como primeras opciones para las alas, pero sin entusiasmos. Tengo dudas entre Conrad Smith y Sonny Bill a la hora de elegir el centro (asumido que Nonu va a seguir ahí). Decepcionante Jimmy Cowan en el medio de melé: Piri Weepu despertó al equipo. Y poco decisivo el trabajo de la tercera. ¿Puede ser Victor Vito, hoy por hoy, el octavo de los All Blacks? Sigue faltando dinamismo. Y si Nueva Zelanda ensayó tanto en ese partido fue porque el rigor táctico de los tonganos a la hora de defender las jugadas abiertas fue más bien lastimoso. Una invitación a perforar intervalos.

.”]Getty ImagesEn el aire neozelandés debe de haber remolinos o un cruce ininterpretable de corrientes y vientos. De otro modo no se explica la insistencia de Jonny Wilkinson en errar penales: dos de seis hizo el Caballero del Imperio, un tipo capaz desde siempre de meter el oval entre los palos aunque se los pongan en el Cabo de Hornos. Eso o Wilco es un caballero: los argentinos perdieron el encuentro con el pie. A él le pareció mal ganarlo. Una vez fallaron el placaje los Pumas y fue el ensayo que resolvió un partido con resultado de otro tiempo (13-12 para Inglaterra). Ni Felipe Contepomi ni Martín Rodríguez encontraron el toque preciso para capitalizar el excelente trabajo del 15 de Phelan en el medio campo y las fases estáticas. Ni Ashton ni Foden pudieron contraatacar. Wigglesworth, el nueve inglés, estuvo desastroso; de hecho fue Ben Youngs, su relevo, quien dinamizó al equipo el tanto por ciento mínimo para comprometer la fatigada defensa argentina. Johnson insiste con Tindall. Inglaterra no enseñó nada. Ni la patita de Wilco bajo la puerta. Pero a los Pumas los atrapó en forma de lesiones el exceso de dramatismo (necesario, claro) que le pusieron al partido. Y tal vez el cansancio psicológico de caminar contra el viento: perdieron sucesivamente por lesión a Felipe Contepomi, con una contusión seria en esa zona blanda que es el costillar; perdieron definitivamente al zaguero Tiesi (que ya ha vuelto para casa) y al talonador Ledesma, percance menor que no frenará a semejante bestia parda. Argentina murió en la orilla: la tópica figura vale para resumir el partido y las prestaciones de su rugby. Jugó muy bien, sobreponiéndose a sus limitaciones y sacando de cacho a Inglaterra. Pero ni pudo convertir en ensayos sus avances hasta los alrededores de la zona de marca (le falta pegada, entonces) ni tiene puntos en los pies para compensarlo. Así, le espera un camino difícil…

Uno de sus oponentes, Escocia, también repartió dudas, interrumpidos su nivel y su idea de juego por la buena defensa rumana. Los rumanos supieron a qué jugar: rugby casi de fundamentos, cositas sencillas, casi todas ahí delante, pero muy bien hechas. Nada de exponerse. Son como la comida casera: fiable, exacta en su simplicidad, sin florituras, adornos ni cocina química. Defensa, severidad máxima en el juego de delantera (cómo ruckea y cómo entra en la melé esa gente… son compactos como un camión) y atrevimiento a la hora de resolver delante. Escocia, por contra, se desconoció a sí misma. Fue sólo la Escocia que quiere Andy Robinson en la carga final, cuando liberaron la esencia del juego a la mano, de apoyo y descarga, que vienen persiguiendo. Danielli posó los ensayos que decidieron.

”]Stu Foster - Getty ImagesDel resto merece la pena destacar que Australia fue el equipo que más se pareció a sí mismo, sofocando una imposible amenaza italiana antes incluso de que Parisse, Masi o el clínico Semenzano (las patadas a la caja del medio de melé azzurroson de libro) tuvieran la posibilidad de idearla. Italia salvó el primer tiempo, pero no generó amenazas que inquietasen a Australia. Los wallabies no entraron en pánico ante la igualdad al descanso y resolvieron en el segundo, cuando al equipo de Mallet se le acabaron las respuestas: habrá que esperar a Italia en cruces menos exigentes, a ver qué nivel da. Estuvo bien su medio melé, la delantera y Masi, que carga desde el fondo con aspiración rocosa. Pero le falta rugby en el apertura y, en consecuencia, en el resto de la línea. Australia no reservó jugadores ni se hizo el despistado, por si acaso. Liberó las esencias de su juego de combinación imprevisible en el medio campo, ángulos de carrera acusadísimos, apoyo permanente, descargas en el contacto, continuidad… Faltó en el equipo inicial James O’Connor, castigado por su indisciplina, pero ya no volverá a ocurrir. O’Connor es imprescindible: corre, defiende, hace de ariete cuando se cruza de lado y carga recto, y además tiene puntos en el pie. De paso, libera a Ashley-Cooper al puesto de centro, donde por cierto Anthony Fainga’a desentonó con el ritmo alegre, la precisión en el movimiento de la pelota de los wallabies. Ahora, los chicos de oro afrontan un problema serio: Digby Ioane, su potentísimo ala izquierdo, se rompió el dedo pulgar, pasará por el quirófano y se va a perder la mayor parte del torneo. Es una baja muy, muy sensible porque no resulta fácil, ni siquiera en un equipo del tamaño de Australia, encontrar alguien con el impacto de Ioane en el juego de ataque.

¿Y Sudáfrica? La familia bien, gracias… O sea, nada que no supiéramos. Sudáfrica no es ni por asomo el equipo del último Mundial y del año siguiente. Por eso la impresión que deja su tradicional juego de contención, sobriedad y vuelo corto es aún mayor si los actores principales (Habana, Jacques Fourie, Fourie du Preez, Morne Steyn, los terceras o Victor Matfield) se encuentra en el estado de bajada o glaciación en el que los vemos ahora. Dicho lo cual, ya advertimos que ganarles cuesta muchísimo, porque saben jugar de maravilla al rugby para no perder. Gales hizo un partido memorable de todo punto, salvo por el resultado. Extraño, por verdadero, este comentario que me hizo un buen amigo galés: “Para romper la norma en el rugby, el mejor perdió”. Fue una derrota dolorosa para el equipo de Warren Gatland, que jugó con entusiasmo medido al milímetro, calidad (excelentes el apertura Priestland y el tercera Warburton, muy bien acompañado por el octavo Faletau y, cómo no, Ryan Jones), con disciplina enorme para no conceder golpes en los breakdowns que alimentasen a Morne Steyn y, sobre todo, con una inteligencia máxima en cada mínimo detalle del juego: los galeses rompían cortito, en los alrededores de cada agrupamiento, aseguraban la pelota con un buen contacto y la caída al suelo inmediata, para propiciar un ruck que garantizase continuidad en la posesión. Se guardaron la pelota con mimo. Sudáfrica debió aplicarse, contra eso, con placajes que mantuvieran en pie al portador de la pelota, para buscar la recuperación o ensuciar los moles siguientes. Lo hizo poco o nada, así que Gales mandó en la dinámica del juego, en la velocidad del partido y en el territorio. Fue un encuentro de libro, para enseñar fundamentos básicos del juego en ataque y en defensa. Si cayeron derrotados fue por errores críticos: un drop de Priestland frente a palos que se combó a un lado y el golpe de castigo errado por Stephen Hook. Más el knock-on del centro Jonathan Davies camino de la marca, después de una carga portentosa de Faletau. Fue el suplente Hougaard quien los castigó al final, cuando Gales concedió el ensayo ganador, al despistar mínimamente el rigor debido en una jugada básica en el rugby de hoy: la defensa de los costados del agrupamiento cerca de la línea de ensayo, un punto débil mínimo pero suficiente para que los Springboks vencieran 17-16 en el mejor partido hasta la fecha.




La Haka contra el mundo

8 09 2011

En su prematuro lecho de muerte, Bobby Deans aseguraba a quien aún quisiera oírle: “Fue ensayo”. No era un delirio, sino la honesta declaración postrera referida a una de las jugadas más célebres de la historia del rugby: el ensayo jamás concedido a los All Blacks Originals, como aún se conoce a aquel equipo que disputó 35 partidos en una gira de cinco meses por Gran Bretaña y Estados Unidos. La decisión supuso la primera derrota de su historia en suelo europeo. Fue en el Arms Park de Cardiff, el 16 de diciembre de 1905. El colegiado John Dallas -que vestía de calle como era costumbre entonces- llegó con retraso a la culminación de la jugada y desautorizó la supuesta marca de Deans, al considerar que el placaje final lo había frenado antes de alcanzar la línea galesa. Deans, muchos testigos, el vehemente Daily Mail y varios jugadores galeses reconocerían después que Deans había pasado por lo menos 15 centímetros la línea de marca, y que fue arrastrado hacia atrás posteriormente. Dallas dio melé, Gales ganó 3-0 y Bobby Deans se murió a los 24 años, dramáticamente joven, víctima de las complicaciones de una operación de apéndice. De él se cuenta que era un hombre sano. No fumaba, no bebía, era un trescuartos con planta de duque. Jugaba con honestidad y no mentía. Aún hoy, para muchos kiwis el viejo estadio de Arms Park sigue siendo, ante todo, aquel lugar en el mundo en el que Deans nunca marcó su ensayo.

Piri Weepu, el medio de melé de los All Blacks, agitador habitual en los últimos tiempos de la Haka maorí con la que Nueva Zelanda desafía a sus contendientes: esta vez Weepu llama a una carga enérgica contra el mundo entero, los enemigos exteriores y, sobre todo, los muy juguetones e irreverentes fantasmas íntimos.

Sólo cinco selecciones han logrado vencerle un partido a los All Blacks en todos los tiempos: Australia, desde luego, Sudáfrica, Francia, Inglaterra y… Gales, ese día. Desde aquellos partidos asombrosos de 1905 que descubrieron al hemisferio norte la histriónica danza maorí llamada Haka y el rugby de ataque global de los chicos de negro, los All Blacks son generalmente considerados el mejor equipo de rugby del mundo. Pero esa convención anda en entredicho desde que en 1991 Australia la apartó de la final de la Copa del Mundo y abrió una sonora retahíla de decepciones cuatrienales: perdieron la final del 95 con Lomu de su lado, contra el hoy ya legendario y cinematográfico equipo de Mandela, Pienaar y Joel Stransky; protagonizaron una gloriosa semifinal frente a Francia en 1999, gloriosa porque aquél fue uno de los partidos más subyugantes de toda la historia de este deporte; pero terrible por la inasumible dimensión de la derrota contra los bleus (31-43); Australia les apartó en 2003 de la final que convertiría el pie derecho (y el izquierdo) de Jonny Wilkinson en reliquias modernas de la iglesia anglicana, a su diez en un héroe de leyenda y al rugby en deporte planetario. Y Francia volvió a eliminarlos, esta vez en cuartos, en el último Mundial, con un endiablado ejercicio defensivo que mezclaba el boxeo con las matemáticas, que hizo de cada placaje y cobertura una incuestionable operación de álgebra, y que permitió a los galos remontar un 13-0 y poner a los All Blacks “a jugar al ping-pong”, tal y como lo definió más tarde el capitán Richie McCaw.

La noticia histórica subraya, por si hiciera falta, la dimensión del imperativo que soportan los All Blacks en la Copa del Mundo que mañana, 24 años más tarde, regresa a Nueva Zelanda. Como siempre, esto trata de si los All Blacks ganan o no ganan. Hay otros subtextos, desde luego, y  en el análisis que viene en los próximos días los iremos desgranando, tal vez con más humor e intuiciones que rigor académico. Pero el titular se levanta por sí solo como un cartelón: esto es la Haka contra el mundo. Y en casa, en suelo neozelandés, en ese país donde los hombres llegaron a declarar en una vieja encuesta que preferirían ganarle un partido a Australia antes que pasar una noche con Elle McPherson. Así que la ocasión conlleva un elevado tanto por ciento de drama anticipatorio, lo que le agrega relieve escenográfico a un torneo de cinco semanas, que ya de por sí resulta fascinante, una explosión en supernova del deporte de nuestras vidas. Este mes y medio se va a llevar por delante unas cuantas madrugadas y varios amaneceres. Es de ley. Cuando uno duda si el fútbol le gustará tanto como se ha acostumbrado o bien obligado a pensar, ha de recurrir al baremo indispensable del rugby para poner las cosas en su sitio. Ahí se distingue el tamaño exacto de cada pasión, incomparable de todo punto. Resulta imposible dejar de jugar al rugby como resulta imposible dejar de ir de cuando en cuando a tumbar pintas con los amigos. El rugby es una noche feliz, una lifara de risotadas, una juerga hasta que se hace de día, una desparramada resaca juvenil. Es así siempre y cada vez. Por eso se trata de un placer irrenunciable, del que no resulta natural despedirse. No hay que hacerlo. No es necesario. No debe ocurrir y nadie puede exigirlo. Puede que nosotros no fuéramos tan gallardos de renunciar a una velada haciéndole cosquillas a la señorita McPherson, pero sí nos alcanza para proclamar que sólo hay una cosa que nos pueda gustar (casi) tanto como jugar al rugby: ver la Copa del Mundo de rugby.