Indignación concéntrica

31 05 2011

“El capricho es la base de la libertad y el conformismo es la cadena que nos la impide. En la actualidad hemos creado zonas virtuales para el ejercicio de la imaginación, como los videojuegos, donde tenemos la libertad de ser superhéroes si nos sometemos a las reglas del juego; o los chat rooms y las redes sociales, donde podemos mentir hasta deludirnos a nosotros mismos. En nuestra vida diaria, mientras tanto, hemos erigido toda una serie de nuevos obstáculos conformistas. Permitimos la sodomía y el sadismo, pero el celibato o la virginidad excitan incredulidad o sospecha. Puedes ser adicto a la tele, pero no al tabaco ni al alcohol. Puedes practicar todo el deporte que quieras pero te reprocharán si eliges una vida sedentaria. No se te permite menospreciar el dinero, ni la salud ni la seguridad, que son las creencias sagradas de la religión universal moderna. Puedes consumir todo, menos la buena comida grasienta. Puedes tener la talla que quieras, siempre que sea delgada. Las mujeres han alcanzado la emancipación, menos las que quieren dedicarse plenamente a ser madres y amas de casa. A mis amigos homosexuales nadie, menos yo, se atreve a preguntarles cómo se les ocurre criar niños -y en algunos casos compartirloscon las amigas lesbianas que los parieron, dejándolos pasar una semana con la pareja gay y la otra con la lésbica-; pero mis amigos solteros sufren un bombardeo de preguntas sobre si son felices. Y a las mujeres que no tienen ni quieren hijos, por rechazo o indiferencia, se las persigue con expresiones molestamente compasivas o con ofertas impertinentes de intervenciones tecnológicas para superar su supuesta infertilidad.

Intentamos conseguir la igualdad y hemos llegado al conformismo. Queríamos crear democracias y hemos alcanzado la tiranía de la mayoría. Procurábamos acabar con las prebendas injustas y hemos anulado el privilegio de ser diferente. Nos propusimos desechar la represión y no logramos sino cambiar sus límites. Buscábamos la libertad de todos y hemos creado nuevas minorías perseguidas”.

La Tiranía de la  Mayoría,
por Felipe Fernández-Armesto (El Mundo, 31/05/2011).

Si alguien en las plazas de la democracia real hubiera dicho cosas como éstas, a lo mejor yo a estas horas viviría acampado bajo un toldo. No trato de negar aquello ni contraponerlo a esto, pero con la alegre comuna soleada me pasa lo mismo que con los partidos, que primero los escucho y admito que son necesarios, pero después aprieto el oído a la puerta de los manifiestos, miro bajo la rendija y me digo que no creo en su promesa de que esto es por todos y para todos, y culmino en que tampoco ellos me representan. A continuación, y dado que mi desacuerdo con el mundo observa inacabables trayectorias circulares de onda expansiva, me indigno y me monto un campamento íntimo en el que no salgo de mi habitación de sangre, carne, piel y huesos. Mi toldo son las sábanas que apenas filtran una luz demediada, y me niego a votar ni a gritar o a firmar. Yo ni firmo ni afirmo. Soy una inseguridad, un desencuentro, un error de medida, algún tipo de accidente. Yo sólo escucho música y leo libros y poco más, todo actuaciones privadas que no alcanzarán notoriedad ni importancia social, ni apenas su pretensión. Mi indignación no merece más atenciones que la mía propia, que para eso soy su generador, defensor y propietario. Mi indignación es concéntrica y tal vez recorra el espacio y los tiempos en trayectoria opuesta a la de las líneas paralelas: viene del infinito y se une en el centro de mi cabeza. Y al final, a menudo, acabo en desacuerdo conmigo mismo y mando a las fuerzas del orden íntimo a desalojarme de las calles y plazas de mi alambicada conciencia. Y escapo a meterme al coleto tres días de rock, con sus noches completas, la tartamudez colectiva y el embriagador ácido de las guitarras. Yo no voy a cambiar el mundo. Ni el mundo tendrá cojones de cambiarme a mí. Estamos empatados.

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