Brasil, como siempre

29 06 2010

Vayan rezando lo que sepan: después de marear la perdiz y pasar la primera ronda con un pie en el autobús, el 'Scratch' solventó los octavos de final de un plumazo contra el rocoso Chile.

Bueno, dejémonos de gastados juicios estilísticos y concursos de belleza. Y digámoslo ya: Brasil es el mejor equipo del Mundial, libra por libra. Y lo es de largo. Quien quiera seguir agitando la anécdota de su sufrimiento frente a Corea del Norte y del empeño de Dunga en un Brasil prosáico, que lo haga. A estas horas ya deberíamos saber que Brasil empieza los torneos en octavos de final; y que el asunto del jogo bonito quedó abolido en el rotundo fracaso de 1982. Sí, a cualquiera le enamoraba aquello. Y, aunque hay una escuela y la definitiva predisposición de la naturaleza, ni siquiera en Brasil los Socrates, Zico, Eder, Junior, Falcao, Leandro o Toninho Cerezo se reproducen por esporas. Tal vez nos costase reconocer el cambio operado en Brasil en los primeros años; quizás haya habido confusas treguas o meandros ocasionales en una implacable transformación sostenida con un par de títulos más… Pero la perspectiva de 30 años ya nos debería tener avisados. En la última década, el lugar común del artisteo brasileño lo sostuvo nada más que la reunión extraordinaria de futbolistas que aparecieron entre 1994 y 2002. Enseguida devino en un reclamo publicitario de Nike, con sus anuncios de las pachangas en los aeropuertos y la saga sonriente que conformaron Romario, Roberto Carlos, Ronaldo y Ronaldinho.

Brasil ha abrazado el darwinismo sin renunciar a las teorías creacionistas. Dunga seleccionó a los más fuertes de una especie que cuenta con el favor divino. Su estrategia fundamental siempre fue la estratégica genética, como diría Menotti. Es decir, somos brasileños, ergo somos mejores. Atropellando muchas sensibilidades, y con cierto desdén exhibicionista que ya le venía de su tiempo como medio peleador, Dunga ignoró a las señoritas brasileñas que todos anhelamos: un Ronaldinho, un Diego, un Pato… E hizo un bloque de resonancia menor con respecto a los antecedentes históricos de una selección excelsa, pero que aun así le saca una cabeza al resto por funcionamiento colectivo, equilibrio, potencia física y capacidad de repentización y pegada. Ningún equipo me había impresionado lo suficiente en este Mundial, hasta esta noche cuando vi a Brasil contra Chile. A Brasil siempre tardo en verlo porque sé que estará ahí el tiempo suficiente para no perdérselo. Y porque aprendí que todo lo que haga en la primera fase puede ser utilizado en su contra, pero a la hora de la verdad carece de peso real. Una vez que el Mundial entró a los bifes, apareció el Scratch con un severo aldabonazo. Ya sé que Argentina y Alemania también golearon rotundos, pero a los dos les veo defectos notables en su enorme potencial. Igual que a España. Brasil, sin embargo, me convenció en cada cuadrado del campo.

Dunga, el hombre intranquilo, levantó la Copa del Mundo en 1994 en Estados Unidos y uno empieza a tener casi por seguro que alzará otra en un par de semanas.

Tiene defensa, concepto táctico, agresividad, soporte intermedio, diversidad inacabable para llegar (por fuera, por dentro, a la contra, en combinación). Tiene resistencia, presencia física, velocidad con la pelota, desde luego finura en el toque. Tiene despliegue en el medio (el dúo Dani Alves/Ramires es simplemente demoledor), tiene a un Robinho maduro, ajeno al saltimbanqui bicicletero que aclamaron a su llegada al Real Madrid. Tiene dos laterales monumentales. De Maicon lo sabíamos todo. En el caso de Michel Bastos hay mucho que hablar, y bien, de Dunga: ha convertido un problema en el lateral izquierdo en un arma expansiva. Bastos defiende con mucha más enjundia de la que se le supone a un tipo en comisión de servicios; y, como extremo reconvertido a defensa, oculta el amenazante arrebato ofensivo que siempre mostraron los mejores laterales brasileños de las últimas décadas: el indetenible Roberto Carlos, el más contenido Cafú, el torrencial y fugaz Josimar, el mismo Dani Alves o desde luego el canónico Junior. Súmenle dos portentosos centrales como Lucio y Juan, buenos de por sí y mejorados en un estilo agresivo, anticipatorio y de ribetes jerárquicos (el cabezazo de Juan, las poderosas salidas de Lucio en perpendicular). Y un portero, Julio César, de perfil redondeado pero bien presto. Brasil es un equipo demasiado bien construido y de ejecuciones muy convincentes, como para andar haciéndole juicios poéticos con la historia de fondo.

No se trata de compararlo con los mejores equipos que tuvo Brasil en su historia, sino de establecer su posición con respecto al resto de competidores hoy y ahora en Sudáfrica. Aun sin el mejor Kaka, aun con un Luis Fabiano siempre antojadizo (y siempre por debajo de antecesores como Ronaldo, Bebeto, Romario o Careca, por nombrar los más cercanos), Brasil aún es Brasil. Un Brasil superior que no se hace el simpático ni regala nada; que cumple la principal ley moderna del juego, ser difícil de ganar para empezar a ganar; y que ha solventado las dificultades enormes que quiso plantearle Chile, un equipo trabajoso, con insultante facilidad. A la media hora de partido me tenía convencido y le pongo la ficha para campeona, en final contra Alemania, si los alemanes mejoran en el fondo (donde les veo problemas); y, por supuesto, si Messi no lo impide. Porque Argentina, la tercera del triángulo de los mejores, da ya cierto miedo: con un plan que consiste apenas en el allá vamos que vamos, hasta ahora no hubo quien le resistiera. Y Maradona, que no podrá dar ningún curso de estrategia, mejoró la defensa con Otamendi y Burdisso; y sacó a Samuel, Jonás y Verón del equipo titular. O sea, que tan gil no es.