La ley marcial universal

25 04 2017

“Llámalo libertad, pero está basada en el control. Todo el mundo conectado y todos juntos, ya es imposible que nadie se pierda, jamás. Da el paso siguiente, conéctala a los teléfonos móviles, y tienes una red de vigilancia total, ineludible, de la que nadie puede escapar. ¿Te acuerdas de los cómics del Daily News?, ¿la radio de muñeca de Dick Tracy?, pues estará por todas partes, todos los patanes llevarán una, serán las esposas del futuro. Tremendo. El sueño del Pentágono: la ley marcial universal”.

Al límite, de Thomas Pynchon.

[Cada cierto tiempo acaricio la idea de la desaparición. En estos últimos tiempos, debo admitirlo, la frecuencia de ese anhelo crece. Nos ahorraremos el inventario de las circunstancias por las cuales uno querría pasar a la dimensión paralela de lo invisible, porque a nadie le importa nada y a mí me importa aún menos. No hace demasiado que una chica me habló de su proyecto de un libro. Un libro que andaba escribiendo y para el cual reunía testimonios y los catalogaba en esquemáticos comportamientos con una etiqueta. Le pregunté sobre qué trataba el libro y me respondió: “Sobre el amor”. En realidad, claro, quería decir sobre el (des)amor, pero me gustó la elipsis escrita con zumo de limón en el paréntesis, que explica mucho acerca del particular. Y desgranó para mí algunos de los asuntos que trataba su estudio, trabajo, reflexión… lo que sea: “El llamado ghost love, el amor fantasma: gente que desaparece de las relaciones de pareja sin dejar una sola pista, ni en forma de explicación, ni de posibilidad de contacto…”. Sólo desaparece. “Yo conocí un caso”, le anticipo. “Hay muchísimos: es mucho más frecuente de lo que parece”. Nos miramos especulativamente, como si cada uno estuviera midiendo el tamaño de las palabras dichas en el cerebro del otro; ese proceso por el cual los sonidos se transmutan en conceptos y luego los conceptos se expanden por las conexiones sinápticas y más tarde tal vez se disgregan porque ya se sabe que, cuando un problema crece más de la cuenta, lo mejor es dividirlo en pequeñas putadas con muchos decimales, cifras de mierda que uno pueda combatir sin que le devoren la tripa.

Desaparecer. “Si lo intentas puedes desaparecer”, cantaban Los Planetas.

La cosa es si la canción trataba de una conversación frente al espejo o asistíamos por mediación de J a un adiós despechado. Cuando mi sujeto de caso-ghost-love desapareció de su relación, la ciudad era demasiado grande y la superconectividad a la que se refiere Pynchon, aún embrionaria. Esa transformación ha variado nuestra concepción de las desapariciones. Y ahora yo, cuando ejerzo mi (patéticamente) heroico aislamiento, resulta que lo único que estoy haciendo es dejar de contestar mensajes instantáneos y mantenerme silencioso en lugar de participar en esa atrocidad insoportable de insidiosos (o peor aún, ininteresantes) cacareos que llamamos redes sociales. Pynchon -ingeniero y literato- puede haber sido un actor protagonista del ghost love tan bien como ha logrado convertirse en un arquetipo del ghost writer. Tómese aquí el término no por las hojas de su literalidad en el idioma inglés -un ghostwriter es lo que aquí llamamos un negro-, sino por la carnosa analogía semántica con los amantes desaparecidos: Pynchon, el escritor invisible. Acabada su portentosa Al límiterecibo mágica invitación a participar en una celebración del espectro del novelista norteamericano en la ciudad de Brighton, en un festival de entusiastas de su prosa que se llama, con irónica autoconciencia, Pynchon in publicNaturalmente, Pynchon no hará ninguna aparición pública. Pero sus devotos leerán pasajes de su obra, con la fe con la que otros invocan a la lluvia. Me intriga la magia de la invitación y me pregunto cómo supieron que yo leía a Pynchon estos días y que esa invitación iba a quedar viva en mi cabeza como un tintineo de aviso. Un “deberías ir aunque no sepas bien por qué ni para qué”. Pronto me doy cuenta de que he dejado pistas y que, precisamente después de leer Al límite, no debería considerar tan extraño que ellos (quienes quiera que sean) me hayan encontrado sin que yo lo supiera.

He pensado en Dublinescade Enrique Vila-Matas, y su hermandad de dipsómanos que ansían a James Joyce en un Dublín ininterpretable. Pynchonesca podría llamarse esa entrada. La profecía que he colgado en ella, expresa por uno de los personajes de Al límite, retrata con asombrosa precisión el mundo de los smartphones y los smartwatches, mucho antes de que ocurrieran. No es la única que oculta el libro. Pynchon las formuló en 2001. Acabo pensando que debería ir a Brighton, a escuchar a Pynchon en boca de otros y colgar fotografías en los social media para perpetuar lo certero de su diagnóstico en la novela. Y luego, en efecto, desaparecer].





Me cago en el amor

14 02 2014

Desde mi escéptico punto de vista me pareció mentira, pero debe de ser verdad que lo del tema de San Valentín funciona: alguien me dijo el otro día que hoy no podíamos quedar porque, y cito, “es San Valentín y me cortan los huevos”. He ahí el amor en toda su contradictoria naturaleza, pensé. Hay unos cuantos santos sueltos por el calendario a los que yo arrojaría desde el Balcón de San Lázaro al río, como le pasó a Dominguito de Val (también santo). De entre todos (no los voy a nombrar para no herir susceptibilidades) creo que (el puto) San Valentín va al frente. Yo a San Valentín le dispararía en las rodillas, como hacen los malos de las películas cuando quieren prolongar el sufrimiento. Desconozco de dónde procede la tradición, si la hubiera, y no me importa. Nunca he pensado que los enamorados necesitaran un día. Nunca he considerado que el amor necesitara canciones, aunque yo también he colado versos y algunas líneas de aquí y allá, como un Cyrano menor, cuando ha hecho falta. Eso se llama estrategia. En el fondo el amor no precisa nada, se basta por sí solo. Lo único que precisa el amor, si acaso, es la dolorosa conciencia de su fugacidad. Como casi todo en la existencia, como la misma existencia, el amor es susceptible de acabarse. De que se te termine o te lo terminen. Así de simple. Preferimos olvidarlo… Vivir es fácil con los ojos cerrados. Eso lo dijo Lennon, aunque ahora habrá quien se lo atribuya a David Trueba. Ese mismo tipo de gente que al morir Mandela afirmó: “Se nos ha ido un gran actor”, en referencia a Morgan Freeman. O aquella madre que un día, acompañada de sus niñas, me preguntó cómo se llamaba mi perra. Y cuando le dije que se llama Anastasia, con impulso docente y educador se dirigió a las pequeñas y les aclaró: “¿Veis? Se llama Anastasia… como la de la película”. Yo creo firmemente que estas cositas, que parecen tan nimias, contribuyen en gran forma al derrumbe al que se encamina la sociedad. Pero es cosa mía.

valentinA David Trueba, precisamente, alguien le preguntaba ayer, en una entrevista digital, cómo combatía el desamor. Y dijo esto que uno puede compartir o no, porque es muy personal, pero que me pareció refrescante: “El desamor es el estado natural. El amor es la medicina”. Así que lo que necesita canciones, y muchas otras cosas, es el desamor. Hace algunos años le receté a un amigo un amplio catálogo de canciones descarnadas de Los Planetas. ‘Pesadilla en el parque de atracciones’ y cosas así. Eran todos temas pensados contra el abandono y la pena… a la manera de J y su banda. “Quiero que sepas que me he acostumbrado / a tus putas escenas de “ahora me largo”. /  Lárgate ya de verdad que sería una suerte / si no vuelvo a verte en los próximos años”. Deseos cariñosos expresos sin rodeos: “Y quiero que sepas que espero que acabes colgando de un pino / cuando veas lo imbécil que has sido, / cuando veas que lo has hecho fatal”. Líneas de rabia vitriólica para hacerle frente (con indisimulable debilidad) a una pérdida que va a costar reparar. Naturalmente, no tuvieron ningún efecto. Pero a mí me sigue gustando creer en su poder curativo por oposición: para dejar de querer lo mejor es empezar a odiar.

Hace muchos años yo ahogaba mis frustraciones sentimentales en los Sex Pistols, con un silencioso afán autodestructivo al que le sentaban muy bien el ruido, la mugre y la furia. Tiempo después, aún en estos últimos tiempos, las oculto bajo las líneas oscuras de Joy Division: ‘Love will tear us apart’ sigue siendo mi canción de (des)amor favorita, y creo que lo va a ser siempre. Porque expresa la pérdida como un vacío insondable de silencios huecos que se van imponiendo, como un callado ejército; porque habla de ese gran enemigo que es la costumbre de lo deseado; de la rendición de nuestras ambiciones; de dormitorios helados y lados de la cama… Y, sobre todo, de la rotunda incomprensión que se apodera de las cosas, un sinsentido cruel: “¿Cómo puede algo ser tan bueno / al punto de que simplemente no funcione?”.

Para que la cosa no quede muy recargada, compensaremos con las visiones satíricas de Los Punsetes acerca de las amistades de tu pareja, con otra frase gruesa que uno puede enarbolar en más de una ocasión: “Que le den por culo a tus amigos”; más la canónica letra de Tonino Carotone que titula esta entrada. Carotone pasó hace poco por Zaragoza. Con un amigo antiguo siempre recordamos macarrónicas sentencias, alguna apoyada en textos dolientes como ‘Una pena en observación’, de CS Lewis: “Felicità momenti è futuro incerto”, cantaba Tonino. No hará falta traducir. Y después ya, voces algo más cuidadosas, canciones con tanta seda que pueden engañar como mantis religiosa; crooners intemporales del tipo de Chet Baker: “Me arreglo muy bien sin ti / claro que lo hago / excepto cuando…”,  y sigue un amplio catálogo de salvedades a la afirmación principal. Mi querido Richard Hawley y Joe Cocker, al que le he encargado una versión carraspeante del Everybody Hurts de REM, que contiene algunas otras verdades: que todo el mundo llora, que todos hacemos daño. Que todo se termina. A veces.

 





El paso vaquillero

10 10 2009

De entre todas las formas de felicidad que me resultan inaprensibles, el paso vaquillero de los peñistas al ritmo de la charanga exige el primer puesto. En su misma simplicidad está envuelto el misterio de lo que uno jamás podrá alcanzar. Hay una indisposición genética, debe ser, o de otro modo no se explica. Yo nunca he sido digno de acceder a algunos mínimos placeres mundanos, que todo hijo de vecino practica o ha frecuentado alguna vez, con notorio júbilo, a este lado de Occidente. A saber: el carajillo, el calimocho, la partida de guiñote y el paso vaquillero, que para mí encarna el mundo todo de las fiestas populares. Tomé un carajillo una vez, a los 39, para remediar un medio vahído de damisela decimonónica que se me venía encima. Jamás lo he vuelto a probar. Del calimocho no puedo decir gran cosa: como cualquiera, he ensayado sustancias de casi todos los colores y texturas, y no sé por qué la más obvia no ha caído nunca en mis manos; uno se siente un poco fuera de este Universo en expansión permanente cuando puede (debe) confesar que jamás se ha aproximado a una barra para pedir “un litro de calimocho, co”. Ni siquiera en Pamplona, donde venía a ser la bebida nacional universitaria. La partida de guiñote, lo siento, no va conmigo. Mi inteligencia para la baraja es inversamente proporcional a mi aburrimiento con la baraja. Sólo hay una cosa que me produzca más cansancio previo que jugar una partida de cartas: jugar a la PlayStation. De todo lo cual se infiere mi automático rechazo a las fiestas populares. No al hecho de las fiestas, sino al de su popularidad. Queda suficientemente clara la contradicción intrínseca de mi argumento…

Iban esta misma tarde los peñistas derramándose por las calles, enmarcados por la fanfarria de sus metales, los grupos alineados con los brazos en nudos por la cintura, ese paso característico en el que un pie quiere tropezar delante de otro para llevar el ritmo, y ese hombre del megáfono al mando sentimental de la tropa. En un momento me han absorbido, a mí, solitario transeúnte sin emociones, camino del trabajo en sábado por la tarde, con una bicicleta agarrada del cuello. Al abrir la puerta del edificio de la radio, que está cerrada al público, una señora (porque era lo que todos entendemos como una señora, con su señor colgado del brazo y el sol del campo en la cara), una señora me ha hecho un ágil interior por el lado ciego, dispuesta a alcanzar la oscura y vacía recepción. Le he frenado el ímpetu sin mucha seguridad, aunque la frase lo pretendiera: “Señora, no se puede entrar… hoy está cerrado”. A lo que ella, mirándome de medio lado y sin dar cuenta del aviso, ha contestado con una pregunta de llana honestidad: “¿Regaláis entradas palgo?”.

Como mucho podría haberle dado mi abono de dos días del FIZ, pulsera rosa incluida, pero créanme… ni yo estaba para la charanga ni ella para la música independiente. Aunque no sería extraño descubrir que Rufus Wainwright, tan incalificable prodigio, pudiera reunirnos a los dos bajo un mismo techo. De todos modos, si algo tiene la fiesta popular es el revoltijo de las identidades y una confusión de apariencias que este año expresa mejor que nunca la programación de la (selecta) Sala Mozart del Auditorio. Ahí va el programa: miércoles 7 y jueves 8, Nino Bravo, The Musical; viernes 9, Los Morancos; sábado 10, Pitingo; lunes 12, Los Vivancos; miércoles 14, María Dolores Pradera con su recital Toda Una Vida (o varias, diría yo…); jueves 15, El Dúo Dinámico. Portentoso todo.

Eso son las fiestas, el banquete de las clases populares, la posibilidad de apalear a Zubin Mehta si pasa por allí, la famosa escena de Buñuel en la que los menestorosos toman al asalto la mesa de la burguesía. Nada de aquellas cenas clasistas en el Palacio de La Lonja, años setenta y antes. Irse a ver a Mogwai, mezclarse con el indie way of life, tal vez ser o parecer uno de ellos, como hice yo, camiseta de un grupo o de un cómico, vaqueros sueltos, la cinta del braslip asomando, peinados deconstruidos, zapatillas deportivas retro… nada de eso tiene que ver con la esencia de la fiesta. El espíritu correcto exige asistir al concierto de Boney M y echar unas risas, que es lo que se lleva: echar unas risas. Oímos el otro día esta conversación que lo define y nos aísla. Una señorita (porque era lo que todos entendemos como una señorita, con su móvil, su It Bag colgado del antebrazo, el Pilates combinado con la plataforma vibradora, las noches de sábado en el Tierra o el Centrik y los rayos uva en el rostro), tal señorita diciéndole a la amiga al otro lado del tubo polifónico, sin perjuicio de que los demás pudiéramos participar de la conversación: “Venga pues… nos vemos en el Boney M que nos echaremos unas risas”. Ese es el espíritu.

[Take Me Somewhere Nice, de Mogwai].

Yo vi a Mogwai, ya digo. Aún en errores conceptuales como el mío pueden ocurrir cosas que no contar. Mientras Mogwai levantaba una cortina de torrentes sónicos desde el escenario, violentos crescendos uniformes que me dejaron la mejor impresión de la noche, se me acercó un muchacho que tenía un aire muy bien acabado a la Bomba Navarro, pero sin los 25 puntos por partido de La Bomba. A cambio, llevaba una libreta y un bolígrafo que me puso en la mano. Aproximó su boca a mi oreja y me dijo: “Soy de fuera y estoy haciendo un diario de fiestas; ¿te gustaría anotar algo para mí? Lo que sea, lo que se te ocurra”. Yo pensé, primero: “¿De fuera de dónde? ¿De fuera del mundo?”. Pronto me reconvine a mí mismo porque de tal lugar indeterminado vengo yo. Así que me apliqué a la repentización escritora. Llevaba un rato pensando que, recortados en sombra por múltiples haces de luz,Mogwai parecían unos extraterrestres salidos de la nave espacial de Spielberg en E.T. para materializarse en el escenario. Igual de ajenos, igual de subyugantes. Abducido por su creciente explosión, subrayé con letra desigual estas mismas sensaciones en el cuaderno de guías paralelas del falso Juan Carlos Navarro. Hacer un diario que te escriban otros me pareció ingenioso. Una bitácora absurda que, por algún motivo, me pareció tener pleno sentido. Anoté la hora, el lugar, el año y le deseé suerte.

Un rato después de que Navarro saliera de mi vida con la misma velocidad con la que había entrado, empujé a un muchacho de rulos que comprometía mi cerveza. Cuando giró para enfrentarme, me miró con un gesto afectado de atención y me dijo, señalándome con el dedo: “¡Tú trabajas en Aragón Televisión, tío!”. Muy profesionalmente, le dije que no. Desconfió. Yo también lo hubiera hecho: un tío con una camiseta de Johnny Cash no es de fiar. Me dijo que me parecía un huevo (sic) a un periodista. Yo cavilé: “Si supiera cuántas veces pienso yo mismo eso”. Insistió, estrechó el cerco, volvió a preguntar, y yo a negarlo, dudó si le tomaba el pelo, habló de otro periodista hermano, describió una foto, el pelo más largo, sí, pero la cara igual, decía; juró que no podía ser, “un cojón, un cojón”, remataba. Le prometí que consultaría el diario ese del que me hablaba para ver si, verdaderamente, el periodista y yo (e incluso el tal hermano) nos parecíamos tanto… A continuación, se giró vencido y, como Los Planetas ya estaban en el escenario, coreamos juntos algunas líneas de Ya No Me Asomo a la Reja.

Lo siento, por algún motivo no pude decirle la verdad. Ésta: que él me recordaba mucho, con sus gafitas y sus rizos, al abogado cocainómano que genialmente recreaba Sean Penn en Carlito’s Way.





Canción de amor con falda larga

14 07 2009

Me gusta la mirada de La Bien Querida, los ojos subrayados del revés por el flequillo negro, y una punzada de memoria inconcreta me quiere confesar que yo he visto esa mirada antes, aunque no sé bien dónde, una mirada de arriba abajo con una falsa altivez y los labios apretados en un dibujo que podría ser de amargura contenida o también de advertencia. Me gusta de un modo inconsciente y así mismo me gustan la música y la letra de esta canción, en cuyo fondo adivino una traza pudorosa de Los Planetas aflamencados de ‘La Leyenda del Espacio’, lo cual por supuesto no me incomoda en absoluto, ni por el lado de Los Planetas ni por el de La Bien Querida. Me gustan la guitarra pequeña y la pequeña que canta, la curva melódica de la canción y el deje de la frase que termina así: “Porque siempre me pasa lo mismo”. El aliento de derrota que concede una admisión como esa. En pleno verano, el temible mes de abril.

“Esta mañana escuché en el jardín de tu casa / una canción que decía algo parecido / a lo que venía pensando mientras tú leías un libro. Y me quedé sin palabras / porque no tuve ni tengo el valor de decirlo / que me hubiera casado contigo / de habérmelo pedido… Y luego me he ido / Y me han venido de golpe las cosas que te hubiera dicho / Las cosas que nunca te digo / porque siempre me pasa lo mismo. Y luego me he ido / Y me han venido de golpe las cosas que te hubiera dicho / Las cosas que nunca te digo / porque siempre me pasa lo mismo…”.

De Momento Abril, de La Bien Querida.