Escena de Berlanga

15 11 2010

La dedicatoria de Luis García-Berlanga en mi ejemplar de 'Berlanga. Contra el Poder y la Gloria', de Antonio Gómez Rufo (Ed. Temas de Hoy, 1990).

Siempre me gustó aquel arranque: “Una cabeza de romano. Un césar. Un sociólogo”. Sí. Luis García-Berlanga tenía un busto de estatua clásica: la cabeza en un poderoso dibujo casi trapezoidal, la onda del cabello blanca y rizada como espuma de mar, como las culebras arenosas que deja el oleaje en el barro de canela, cerca de la rompiente; y esa barba tan patricia que podría vivir siempre en un pedestal. Y, aunque los romanos de piedra de los museos tuvieran los ojos vacíos, como apagados de color y expresión, podíamos imaginarlos iguales a los de García-Berlanga: imperiosos, con una salvaje ternura implícita, una expresión variable que sería deseo de erotismo para la mujer, decidida burla oculta para el hombre.

Yo vi esa cabeza, inclinada para sober café en un velador circular de hierro forjado. La vi expuesta al sol de media tarde, que incendiaba de blancura los cabellos a través del ventanal. Era en el Café de Levante.  “Una cabeza de romano. Un césar. Un sociólogo”. Sí, en su biografía Gómez Rufo había dado con una descripción precisa en una sola línea. Debe haber sido el verano de 1999. Del año no tengo dudas. Del calor agosteño tampoco, luego diré por qué. En su mayor parte, yo había leído aquel volumen, biografía autorizada de LGB, al amor soleado de una piscina; inmerso en el olvido que, cuando uno no tiene qué hacer, procura el juego de resplandores del calor sobre la superficie del agua. El afecto que le he dispensado a la obra cinematográfica de Berlanga no precisa matices: lo creo connatural al afecto por el cine y al afecto por lo español, quizás una síntesis precisa de ambos. Hablamos, en mi modesta opinión, de uno de los grandes cineastas europeos, a la altura de los más celebrados. Pero Berlanga hizo sociología no a la manera trágica de los neorrealistas o con afán deconstructivo o vanguardista como los franceses. Su maestría tiene un algo casero, de gamba con gabardina que recubre verdades incontrovertibles. Lo que un refrán es a la filosofía. La ejemplaridad de una tortilla de patata frente al lenguado á la menière. Pero además a mí, predispuesto a la admiración, la lectura de la extensa semblanza de Gómez Rufo me favoreció con el descubrimiento de un espíritu gemelo (si se me permite el exceso, que desde luego no quiere ser comparativo): estábamos ante un hombre poco corriente, con el que podía identificarme en afinidades mucho más íntimas de lo que cualquiera sospecharía. Las encontré en párrafos así:

“Dice que su meta, que su anhelo aún no conseguido es la indolencia: poder convertirse en el vago más magistral y proselitista de la Historia. Y, como todos los amantes de la vagancia y del ‘dolce far niente’, hace todo lo que tiene que hacer muy rápidamente y de manera muy eficaz, de modo que una vez acabado pueda dedicarse a lo que a él de verdad le gusta, a no hacer nada”. O éste: “Detesta las agonías, y le fastidia asistir a actos sociales de cierta intimidad, ya sean bodas, bautizos, entierros o funerales”. O éste: “Tampoco le gusta ser socio honorífico de nada, ni jamás estampa su firma en escritos colectivos reivindicativos o de protesta”. O éste: “Quienes le conocen de antiguo aseguran que otra de sus características esenciales es el hermetismo. No es dado a confidencias acerca de sus propios problemas, por graves que sean, y prefiere guardar sus asuntos bajo la discreta losa del silencio”. O aquí: “El mundo interior de Berlanga es, inesperadamente, demasiado complejo: mezcla de optimismo vital y amargura…”. O aquí: “Sí es verdad, en cambio, que lo que más le gustaría es vivir en Babia, en el paraíso terrenal, no enterarse de nada y, por ello, vivir tranquilo. Pero ese mismo deseo entra en frontal contradicción con su insuperable curiosidad, su deseo de saberlo todo y de estar en todas partes, su ansia de conocer”…

Supongo que, como yo mismo, Berlanga había entrado al local, tan reconocible para cualquier zaragozano, a la busca de esa antigua paz de los cafés españoles, tan sugerentes. En Madrid lo tendría más fácil. En Zaragoza desaparecieron hace siglos las chaquetillas blancas con pajarita negra de los camareros. Y ya no abundan los vanos cromados, los veladores con el tablero de mármol, los relojes de pared detenidos, aquellos espejos con anuncios de infusiones, la madera de los apoyabrazos, los cojines, el bronce de las lámparas, las tulipas, los asientos de raso, el humo suspendido en volutas hacia el techo… A Berlanga lo vi antes de pedir. Lo acompañaba una mujer, como a mí. Era verano. Era verano porque hacía un calor pegajoso, de esos que te auscultan el pecho, que lo hacen gemir y te arrancan el sudor de adentro. Sé que hacía calor porque, antes de darme cuenta, antes de saber yo mismo lo que hacía, o qué pretendía, o si lo que pretendía llegaría a tiempo, había atravesado de dos pasos el local, mirado a Berlanga al pasar como si le estuviera haciendo una advertencia (“¡no se mueva usted de ahí!”) y ya corría por las calles abrasadas a todo lo que me daba el cuerpo, que no era mucho, bamboleando el peso por la acera, acelerado y pronto sin resuello, asfixiado, sudoroso, juvenilmente sucio. Corrí hasta mi casa como si me persiguiera un león, subí como pude los cuatro pisos sin ascensor, dejando sobre los escalones el ruido pesado de un yunque. Abrí, busqué la librería, agarré el libro de Gómez Rufo y mi copia en VHS de Bienvenido Mr. Marshall. Y volví para allá, al café, a la misma velocidad, con el corazón en la boca y sintiéndome muy ridículo. Sin aire y ridículo. ¿Aceptaría dedicarle esos volúmenes a un joven pasado de kilos, sudoroso, agitado? Lo hizo.

Cuando llegué, él seguía en el mismo sitio. Le saludé, no sé qué dije, pero me atendió. No recordaba o hizo como que no recordaba que alguien hubiera escrito una biografía de él: “Ah, ese chico… sí, algo escribió”, dijo de Gómez Rufo. “¿Y tú en qué trabajas?”. “Soy periodista deportivo”. “Mira, ésta es.. Ella también es actriz”. No recuerdo el nombre, y apenas tampoco a la mujer. Tuve que disculparme y sentirme aún más ridículo. “Está en una función en el Principal. Y tú, ¿no escribes de cine?”. Me puse tenso. Pocos meses antes había escrito en el Periódico de Aragón, para el que trabajaba entonces, la crítica de París-Tombuctú, su última película si no recuerdo mal: “Berlanga dispara contra todo”, fue mi titular. La recuerdo como recuerdo el título de todas las que publiqué, que no fueron muchas. Muy favorable, por cierto. “Sí, don Luis… a veces escribo crítica de cine”. “Ah… uno de esos críticos”. “Bueno, no: yo soy periodista deportivo, eso lo hago porque me gusta tanto el cine…”.

Lo recuerdo con tanta claridad como si fuera hoy. Todos los detalles. La socarronería de la mirada y una afabilidad de anciano que no tiene intención de morirse jamás, salvo que un holocausto global le asegurase que no va a quedar nada, que nadie lo va a sobrevivir. A Berlanga le hizo gracia la edición de Bienvenido Mr. Marshall que le propuse para su firma, una caja para coleccionistas con dibujos de un aire rústico, como queriendo emular el universo absurdo del director. La firmó refiriéndose a ella como “una obra de mi prehistoria”. Luego autografió el libro, con una letra de rasgos desprendidos. La dedicatoria decía: “Para mi amigo Mario, tan súbitamente experto en mi cine, con gratitud por su amor a nuestro oficio, incluso el mío. Un abrazo”. Y la firma: Luis Berlanga. Más figurativo el nombre; abstracto, apenas reconocible el apellido, si acaso por la B inicial y un zigzag vertical que arriba era Ele y abajo era Ge. Guardo ese libro, aquel espacio mínimo, la escena berlanguiana, como un querido tesoro inolvidable.

Al marcharnos, él seguía en su sitio, como si esperase otras visitas, otros cafés, queriendo demorar la tarde en la acogedora sombra de café viejo. Dando gracias por que hubiera esperado, ya en la calle observé a mi acompañante: “Menos mal que no se ha marchado. Después de la carrera, si vuelvo y no está me muero”. Ella me explicó qué lo había retenido en verdad: “Desde que te has ido -me confesó divertida- ese hombre no ha dejado de mirarme el culo”.

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Luis García-Berlanga (1921-2010)

15 11 2010


Luis García-Berlanga: Yo he dicho siempre que esta sociedad era una mierda pero, por desgracia, mi cine y yo navegamos en el barco de esta sociedad. Puede que no sepa dar un golpe de timón a este barco pero, por si acaso, lo que hago es mear siempre en el mismo sitio, a ver si abro un agujero por el que se termine hundiendo el barco.

[Sería alrededor del año 1990 y la conversación se enmarcó como cita de arranque de la biografía en primera persona que de él escribió Antonio Gómez Rufo: ‘Berlanga. Contra el poder y la Gloria’. El autor debió de pedirle una suerte de filosofía vital o tal vez Luis García-Berlanga lo dijera de forma espontánea. Mear siempre en el mismo agujero. Eso hizo siempre el genio].





Manuel Alexandre (1917-2010)

13 10 2010

Julián: “¡Pararseeee, que nos van a retratar!”.

[El extraordinario Manuel Alexandre, en uno de los muchos esfuerzos corales que hicieron del cine español un retrato preciso de la realidad, y de sus protagonistas una escuela de interpretación que deja en zapatillas al patético ‘star-system’ actual].