Donald sofoca la revolución francesa

24 10 2011

Richie McCaw, con la copa Webb Ellis en sus manos, saluda al estadio de cuatro millones que ha sido Nueva Zelanda y que ayer, una vez más, encarnó Eden Park, la casa de los títulos para los All Blacks.

Un cuarto de siglo más tarde, el balón oval ha completado una trayectoria elíptica y las profecías confluyen en el mismo lugar, con los mismos actores: Auckland, el escenario que llaman Eden Park, Nueva Zelanda campeona, Francia perdedora. Como en 1987, sí, pero de otro modo. Aquello fue un 29-9 . En aquel equipo de Francia jugaban Berbizier, Camberabero, Ondarts, Lagisquette, Sella, Mesnel, Blanco… Bastan esos nombres para definir su estatura. Uno no está seguro de que muchos de los jugadores del equipo subcampeón de ayer puedan aguantar un tète-a-tète con el recuerdo que provocan aquéllos. Y sin embargo, fue un 8-7, el resultado más bajo y más ajustado de una final. La impresionante resolución del último partido demuestra que, por más que los All Blacks sean el equipo número 1 del mundo, ni son infalibles ni pueden exhibir una superioridad irrefutable sobre el resto. Y menos que nadie, sobre Francia, que los ha echado de dos mundiales y les ha ganado hasta dos veces en su territorio. Si no lo hizo una tercera fue por poco. Por el margen de un solo punto, que en el rugby es nada, apenas nada. Pero, al mismo tiempo y en el contexto de una final, lo es todo. Los All Blacks son campeones del mundo, otra vez. Ha sido merecido, considerado globalmente. No tanto por lo que se refiere a la final. Pero no ha resultado sencillo. Ni por el camino ni por el tipo de resistencia que le presentó Francia en el choque definitivo. A los All Blacks les han hecho falta 24 años, otra final, varios episodios de realismo brutal a manos de diferentes equipos franceses, seis semanas de competición y cuatro medios de apertura… Y en este último detalle reside la historia alternativa -que suele resultar la más interesante y reveladora- de este título.

La historia de los aperturas, esa maldición persistente del número 10 de los All Blacks, sirve para explicar no sólo las circunstancias, sino ante todo el nervio esencial que los kiwis han necesitado para sobreponerse a la asfixiante presión que los ha sitiado en las últimas semanas (tanto como decir en los últimos años). Esa fuerza interior les permitió sostener el título en sus manos aun cuando por juego estuvieran muy, pero muy cerca de perderlo. Francia hizo todo lo necesario para ganarles, excepto los puntos. Conviene no perder de vista esa precisión. Los partidos, y más un partido superlativo como éste, siempre pueden mirarse desde variados puntos de vista. Ninguno es falso. Si aludimos al juego, Francia supo hacer lo correcto y animar una revolución que los All Blacks apenas acertaron a sofocar. El partido trataba del ritmo, del ritmo de Nueva Zelanda, de su capacidad para exigirle al rival una respuesta física colosal, martillando con su acostumbrada constancia de balones jugados en campo abierto, percusión, fiereza en los reagrupamientos y persecución de patadas que buscan más una invasión activa del territorio que la simple geoestrategia. No lograron imponerlo. A los All Blacks no les gusta jugar patadas largas a la touch para ganar metros. En su aproximación al juego, ese es un concepto antiguo, superado. Prefieren patadas altas y poco profundas en las que puedan luchar por la recuperación, golpear al contrario y comprometer su resistencia. Les va la carga. Contra eso, Francia tenía la capacidad de jugar estratégicamente con el pie. Construir posiciones en el campo con varias fases de delantera (y qué delantera, y qué tercera…) y después dejarles a Yachvili y Parra la decisión de dirigir a su equipo a zonas interesantes. Así que, cuando a los apenas diez minutos de partido los kiwis empezaron a no ver claras las puertas hacia el ataque y Piri Weepu resolvió largar un balonazo raso a la espalda de la defensa buscando la esquina de la touch, uno supo que los All Blacks lo iban a pasar mal. Y así fue.

Rougerie lidera una carga francesa, apenas contenida por el placaje de Tony Woodcock, en uno de los movimientos ofensivos de Francia que culminarían en el ensayo de Dusautoir: los franceses sacaron orgullo y rugby, su gran partido de cada torneo fue el de la final.

Al menos, consiguieron que Francia no hiciese valer de manera definitiva sus muchas virtudes. Puede que nos dejemos llevar por la lastimosa impresión de Francia a lo largo del torneo para defender que les basta una derrota tan honrosa como ésta frente a Nueva Zelanda. Es una equivocación, no es así. Francia quiere y puede ser campeona del mundo de rugby. No hablamos de ningún underdog que juegue con hándicaps de compensación: es una de las naciones más grandes de este deporte y un vector fundamental en la historia y el desarrollo del juego. Frente a la muralla gala, los All Blacks ensayaron con un peel-off, jugada de libro de cualquier catón en los saques de touch: balón al segundo saltador, muy alejado hacia la línea de 15 metros; hueco abierto en el medio del alineamiento por el desplazamiento de la defensa y palmeo del saltador para un pilar (en este caso Tony Woodcock) que rompe por el medio de ese butrón. Naturalmente esa es la teoría. En la práctica, la defensa se recoloca en la fila y cierra el agujero. Pero Francia, sorprendentemente, no lo hizo. Y Woodcock entró en el ensayo como un duque poco probable, abriendo el marcador con cinco puntos que aliviaban tensiones. Pocas, porque enseguida quedó claro que Piri Weepu, el influyente medio de melé de los kiwis, había caído presa de su exceso de motivación, perceptible en su dirección de la haka y en la contumacia de las equivocaciones en sus tiros a palos. Para el descanso, Weepu pedía a gritos la sustitución. Henry aguantó, sabiendo que tal vez Ellis no era la respuesta. Porque no lo era. Pero cuando Weepu largó fuera del campo un reinicio de bote pronto, no hubo más remedio que sacarlo del terreno de juego. A esas horas ya había cometido un error incomprensible al jugar con el pie, fuera de toda ortodoxia, un balón rebotado en un ruck. Balón que quedó suelto a la espalda de los delanteros negros, que persiguieron los franceses con ánimo insaciable, que les permitió generar un contraataque frenado con aprensión creciente por Nueva Zelanda. Y que, unas pocas fases después, culminaría una jugada muy bien hilada con la escapada de Thierry Dusautoir, su ingreso en la zona de marca y el ensayo.

A esas horas, el sudor de Nueva Zelanda entera era helado. Habían ocurrido tantas cosas y tan importantes que contarlas necesitaría de varios tomos. Morgan Parra tuvo que dejar el campo después de pasar la primera parte recibiendo golpetazos en la cara, como si los All Blacks le hubieran puesto precio a su cabeza. Un rodillazo a la vuelta de un ruck dejó sonado al apertura francés. Un rato más tarde, mientras su condición se agravaba con nuevas contusiones, hubo de entrar Trihn-Duc, el indeseado (por Liévremont). Parra salió entre lágrimas y severamente magullado, como si viniera de librar un combate contra George Foreman en una habitación cerrada. Enfrente, Cruden se había cascado la rodilla en un apoyo infortunado. Entró Donald: su misión, acompasar el juego y abrir caminos. No los había. Por afuera, ni Cory Jane ni Kahui entraban en juego con espacio. Nonu percutía con su decisión de bisonte, pero sin obtener ventajas significativas ni lograr que su equipo jugara continuidades a la espalda de la defensa gala. Israel Dagg, al fondo, tampo veía campo abierto… Francia había logrado detener casi desde el inicio la marea negra y la conversión de Yachvili del ensayo de Titi Dusautoir dejaba más de media hora por jugar con un margen delgadísimo de un punto. Weepu había errado varios golpes concedidos por el árbitro Craig Joubert por hudimientos franceses, algunos opinables. En los rucks nada era verdad ni mentira: los hombres entraban por tantas puertas como fuera posible -aunque sólo una, la de atrás, sea la legal-, los tacos buscaban la carne de los caídos, unos empujaban en diagonal, otros hacia arriba… McCaw elevaba al delirio su naturaleza de hombre mutante en la vida subterránea, Harinodorquy extendía su leyenda con una combatividad a prueba de batallas y Dusautoir, en fin, dejaba su impronta de gran hombre para los partidos más grandes, con una sesión de placaje, inteligencia, estrategia y finura digna de toda memoria. Era un partido para verlo a cámara lenta, con toda su crudeza, toda la tensión y toda la brutalidad dignas de la ocasión. Pero no había tiempo. Todo ocurría con fascinante velocidad, de manera salvajemente irrefrenable.

Stephen Donald, felicitado por sus compañeros en el podio de los vencedores. El cuarto medio de apertura en la línea de sucesión de los All Blacks fue el improbable héroe de la final, con un golpe anotado que marcaría, al final, la diferencia entre el triunfo y la derrota.

El giro copernicano que convierte toda esta narración en la posibilidad de una leyenda, y el mínimo detalle que resolvió este apasionante thriller, resultó espectacular, visto con la debida perspectiva. Arranca del verano boreal de 2010, cuando Nueva Zelanda y Australia se jugaron la Bledisloe Cup en un partido llevado a Hong Kong, en medio de la política de expansión del rugby en Asia que tiene de fondo la candidatura de Japón a la organización de una Copa del Mundo. Aquel encuentro, ganado por los wallabies, se cobró una víctima: el medio de apertura elegido por Graham Henry para relevar a Dan Carter. Su nombre, Stephen Donald. Un golpe de castigo errado y una gravísima equivocación, al no patear a touch una patada a seguir de los australianos y propiciar el definitivo ensayo aussie, resultaron en la derrota de los kiwis. Otra vez se habló de los fantasmas que visten de azul: de la semifinal del 99, de los cuartos de final en Cardiff hace cuatro años. Siempre de Francia. Ayer de respetuoso blanco. Y siempre la sospecha de incapacidad de los All Blacks para jugar otros partidos que no sean su partido preferido. Al regreso de Hong Kong, los cuchillos brillaron en la prensa y la mayoría llevaban un nombre escrito en el filo: Stephen Donald. “Me duele volver a decirlo, pero Stephen Donald no tiene el nivel suficiente para ser un All Black”, escribió el ex Richard Loe en su columna del NZ Herald on Sunday. Sean Fitzpatrick, otro pope de la generación del 87 y posteriores, remachó al apertura a martillazos.

Cuando durante el cruce de cuartos se produjo la lesión de Colin Slade que puso en primera línea a Aaron Cruden, Graham Henry resolvió tirar de nuevo del apestado Stephen Donald para completar su banquillo. Pero Donald estaba de vacaciones. Pescando. Mirando los partidos por televisión, si acaso. Sonó su teléfono y, en varias ocasiones, no lo atendió. Tuvo que ser su compañero en los Chiefs, Mils Muliaina, el que a través de un mensaje de texto le pidiese que respondiera el móvil. Se incorporó al campamento y, dos semanas después, la lesión de Cruden lo puso en el campo en la final: era su debut en una Copa del Mundo. Como mirarse en la pantalla del televisor y descubrir de repente que estás dentro de ella. En el minuto 46, Donald tuvo que disparar a palos un golpe de castigo que, a la postre, sería el que decidió la final. “Hacía un mes que no pateaba una pelota a palos… No sabía ni si era capaz de hacerlo”, diría luego Stephen Donald. Lo hizo. Y la pelota tomó un vuelo dubitativo, que primero se abrió hacia la izquierda de los palos para luego cerrarse hacia dentro. Pasó pegada al palo izquierdo, pero pasó. Y esos tres puntos, defendidos con más cuerpo que rugby después, hicieron campeona a Nueva Zelanda.

No cupo un guión más enrevesado. El Mundial dejó un último gran partido, con un marcador bajo, mínimo, pero que vino a encarnar una feroz competencia por el trofeo que levantaría Richie McCaw. Más allá de lo obvio, la culminación de lo que sin duda puede considerarse una redención colectiva de proporciones incalculables: la de Donald, para empezar. La del equipo de Francia, por fin digno de su incomensurable calidad, de su tradición: si no por el estilo, sí al menos por la entereza y el arrojo. Desde luego y por fin, la de los All Blacks, campeones tras un drama de intensidad apenas soportable, que duró 80 larguísimos minutos. Apenas hora y media que, en realidad, era un cuarto de siglo.

Nueva Zelanda, 8
Ensayo: Tony Woodcock
Golpe de castigo: Stephen Donald

Francia, 7
Ensayo: Thierry Dusautoir
Transformación: Dimitri Yachvili

Vídeo-resumen de la final





Oh, Lièvremont Dieu!!!

16 10 2011

Desde su posición de número 8 en Calvisano y la selección de Italia, Andrea de Rossi extrajo de su experiencia una enseñanza acerca del rugby: “Es un juego en el que la suerte no cuenta. Lo que cuenta es el físico, el corazón, la inteligencia y el deseo de luchar”. Cualquiera que haya estado en el campo de juego lo puede corroborar, pero nos costaría una vida explicar cómo ha sido, de acuerdo a esa formulación, que Francia ha alcanzado la final de esta Copa del Mundo. Porque jugar, lo que se dice jugar aceptablemente, los franceses lo han hecho media hora, en el arranque contra Inglaterra. Así que para razonarlo hay que recurrir al único concepto que parecía no formar parte de la ecuación: la fortuna. O, si se quiere decir de una manera algo menos prosaica, una concatenación de circunstancias favorables que arrancan con aquella derrota de Australia ante Irlanda que cambia el cuadro y culminan en la lesión de Priestland que lo apartó del encuentro de semifinales, la de Adam Jones nada más empezar el partido y, por supuesto, la expulsión de Warburton por voltear en un placaje peligroso a Clercq, sumada a los errores de James Hook y Stephen Jones en sus disparos a palos.

La acción de Warburton sobre Vincent Clercq: el mundo del rugby opina que una tarjeta roja es excesiva, porque el galés no tiene intención de lanzar de cabeza a su rival contra el suelo. La IRB, sin embargo, apoya sin paliativos la decisión de Rolland, que marcó el choque de forma indiscutible.

Al referirse a su clasificación para la final, Marc Lièvremont lo llamó “un destino irracional”. Los franceses no ocultan su propia perplejidad, pero están lejos de sentir vergüenza por su desgraciado rugby: “Creo que tenemos un ángel de la guarda. Sé que mucha gente estará enfadada por nuestra clasificación, pero yo sólo puedo decir que nos dejamos el corazón”. Ah, le sacré coeur… Tal vez haya que concederles esa virtud a los franceses, a falta de cualquier otra. Pero… ¿acaso jugó con menos corazón Gales, el gran equipo del torneo? Sólo fue así desde un punto de vista numérico: vestido de rojo había un corazón menos porque Warburton hizo a los 18 minutos un placaje sobre el que se va a hablar durante mucho tiempo. ¿Es roja o es amarilla? La IRB dice roja, como dijo Alain Roland, el árbitro irlandés que resolvió la jugada en el momento. Su política es absolutamente rígida en los llamados spear o tip tackles, los placajes en los que el portador del balón es levantado por el aire con las piernas hacia arriba y lanzado cabeza abajo sobre el césped. En la decisión de Rolland hubo tanto rigor disciplinario, un alineamiento tan evidente con la intolerancia de la IRB para casos así, como evidente injusticia natural. El placaje fue excesivo y Warburton lo supo a mitad del viaje. Contra otros precedentes que ayudaron a los dirigentes a apretar las tuercas para este tipo de situaciones, el galés no continuó la infracción llevando a Clercq contra el suelo, pero era demasiado tarde y el aterrizaje del francés fue violentísimo, golpeando el suelo de espaldas y casi sobre la nuca. Roland tuvo claro el veredicto. Ni siquiera consultó con sus jueces de touche la severidad del castigo. La semifinal de la Copa del Mundo quedó así demediada, porque la disciplina y la justicia no son siempre sinónimos. Porque a la IRB le interesa la integridad física más que otros conceptos.

Así, Gales debió jugar más de sesenta minutos con 14 hombres. Francia nunca capitalizó esa ventaja: o tal vez sí, a través de los tres golpes de castigo que firmó Parra, pero sin impacto directo en la dinámica del juego abierto. Sí fue evidente su dominio de la melé a partir de la salida de Warburton y, antes todavía, con la lesión de Adam Jones. La baja del Oso tuvo un efecto demoledor para los galeses, aunque quedó en un foco menor, ensombrecido por la obviedad de la expulsión del capitán. Todas las fases estáticas de Gales quedaron desestabilizadas: en la melé, Paul James debió medirse en un puesto ajeno, el de pilar derecho, con una bestia como Poux (hubo hundimientos e inferioridad permanente, pero Rolland ya no castigó más los golpes que podría haber sancionado contra Gales); en los saques de touche, Harinordoqy y Bonnaire leyeronuna buena cantidad de los movimientos de los galeses, que perdieron un número importante de saques propios. Eso, sumado a la inconsistencia de James Hook con el pie y al shock en que entró el equipo después de la roja a Warburton, le permitió a Francia manejar el choque con su escaso rugby, algo de la tercera línea en defensa y, sobre todo, el pie de Morgan Parra. Pese a la superioridad numérica de los franceses, fue Gales el que ensayó, a la hora de partido, en una escapada de Mike Philips. Recordando sus días de tercera línea, Phillips salió de un agrupamiento y encontró el hueco abierto por la defensa francesa para posar un ensayo que Stephen Jones, que a esa hora había relevado a Hook en la búsqueda de cierta profundidad territorial a partir de las patadas, no alcanzó a transformar.

Morgan Parra, el pie que hace caminar a Francia hasta la final, se dispone a ejecutar un golpe de castigo. En Auckland hacía una noche de perros y James Hook tuvo serios problemas para afirmarse en los apoyos y golpear con precisión. Parra hizo sin embargo tres de tres... y con ellos ganó Francia.

Las estadísticas revelan que, a pesar de las circunstancias, Gales tuvo el partido a su alcance. Lo dice el marcador, que desenmascara la lastimosa estatura de los franceses. Y también el número de golpes a palos errados por el equipo de Warren Gatland: Gales falló esa conversión, dos golpes de castigo y un par de drops. Cualquiera de esas anotaciones le hubiera bastado. Resultó especialmente dramática, en medio de un partido envuelto en la pura emotividad galesa, la imagen del lejano disparo de Halfpenny que pasó apenas un metrito por debajo del travesaño. Ahora… he ahí otro detalle que pasó desapercibido. Si uno no lo vio mal, ese golpe concedido a Gales vino de una infracción muy discutible de Poux, al que se le sancionó la entrada por el lateral en un ruck que ya no era ruck, porque la pelota estaba fuera. De la misma forma que podemos lamentar la decisión que cambió el partido y acabó con Warburton, tenemos derecho a preguntar qué hubiera pasado si Rolland sanciona algunas de las muchas infracciones de Gales en la melé o, más concretamente, si el equipo de Gatland llega a ganar con un golpe de castigo como el de Halfpenny…

En el fondo, en el rugby no se debería hablar tanto de estas cosas. Una decisión, un partido, un resultado. Ahí termina todo. Pero nada es ya lo que era, lo que no deja de producirnos un amargo desencanto. Los árbitros empiezan a ser objeto de comentario permanente y Rolland está donde hace cuatro años estuvo Wayne Barnes cuando admitió un balón adelantado con el que los franceses derrotaron a los All Blacks. Y así… Francia está en la tercera final de su historia. Sin encanto, sin rugby. Pero con jugadores, ojo: con una gran melé, una excelente tercera, muchos puntos en el pie de Parra y un contraataque (Medard, Clercq, Pallison) temible. Y pese a todo eso, su clasificación nos obliga a exclamar: Oh, mon Dieu…! Lièvremont Dieu!!!

Gales, 8
Ensayo: Mike Phillips
Golpe de castigo: James Hook

Francia, 9
Golpe de castigo: Parra (3).

Vídeo-resumen del partido





Tom Jones contra los marselleses

14 10 2011

Dragones y narcisos, los símbolos de Gales, más presentes que nunca en el partido que puede marcar a una generación fantástica de jugadores y recuperar una nueva época dorada del rugby galés.

Los franceses cantan La Marsellesa como con cierta vanidad moral, con natural afrancesamiento, sabiendo o dejando ver, de algún modo, que su himno es el más hermoso, aunque sea el más cruento: “¡Marchemos, marchemos! / Y que la sangre impura riegue nuestros campos”. Ya lo dijo Napoleón, que tenía buen oído musical para la guerra: “Estas estrofas nos van a ahorrar muchos cañones”. Y en medio de los partidos lo cantan con la misma marcialidad que si los batallones marselleses estuvieran entrando otra vez en París, de camino a la guerra contra el imperio austriaco. A los galeses, sin embargo, lo que les gusta es cantar Delilah, el pasional crimen en elipsis de una dama adúltera a cargo de su hombre, el paradigmático macho llamado Tom Jones. Tienen su muy coral Tierra de Mis Padres, sí, himno bucólico acerca de las virtudes paisajísticas de la vieja nación. El canto a la belleza protege el orgullo de sus hombres y de una lengua en cuya fisonomía las vocales están en fuga, y en la que se observa un orgulloso apelotonamiento de fonemas clausurados en torno al gobierno de la y griega y la uve doble. Pero prefieren, como uno mismo constató hace algunos años en las tabernas parisinas con ocasión de la visita del Dragón a la capital francesa, disfrazar a sus mujeres de piel diáfana con la corona de un narciso en la cabeza, mientras ellos se hacen tocados con el amable cuerpo rojo de un dragón y cimbrean el las caderas y la pinta de cerveza, en ángulos exagerados, para entrar aire en el buche y gritar bien fuerte esa estrofa en la que el asesino de la infiel doncella se justifica ante el mundo con desgarro: “She waaaaas my womaaaaaaaaaaan!”. Esa mujer era mía… Para a continuación bajar el tono y confesar con gesto compungido: “La descubrí cuando me engañaba / y perdí la cabeza”.

Dragones y narcisos. Eso es Gales. Un país de oscuras minas cerradas y suaves colinas verdes, reverenciado por John Ford en How Green Was My Valley! ¿Por qué hay que hablar de un país para hablar de un deporte? Porque Gales es la única nación del hemisferio norte en la que, de todas las cosas menos importantes de la vida, el rugby es la más importante. Uno -que ya ha gestionado su presencia en el Millenium de Cardiff en el próximo 6 Naciones, por si hubiera que ir a saludar campeones-, ha oído en los últimos días historias próximas de galeses que la semana pasada abandonaron precipitadamente el país para volar hasta Nueva Zelanda. No tienen entradas, pero no les importa: quieren estar allá abajo. Cerca. Cantando Delilah. No sea que a los muchachos del capitán Warburton se les ocurra escribir el capítulo más importante de la historia de la nación galesa desde que en 1971, en Edimburgo, Gerald Davies les metió un ensayo en el último minuto a los escoceses que, sumado a la conversión posterior de John Taylor, le dio a Gales el Grand Slam después de veinte años. Aquella patada de Taylor fue considerada, y no sin razón, la conversión más importante de la historia desde que San Pablo se cayó del caballo camino de Damasco.

El caso es que, a la espalda de todas estas innecesarias notas de color, está el partido de semifinales entre Francia y el País de Gales, una ocasión formidable para contemplar frente a frente a dos de las naciones que más han hecho a lo largo de la historia para que un partido de rugby sea también una convención de graciosas habilidades, un ejercicio de armonía grupal con una pelota que presenta la dudosa forma de un melón y el travieso comportamiento de una almendra. De las virtudes de Gales, que esta vez no podrá contar por lesión con su apertura, el rampante Rhys Priestland, ya lo hemos dicho casi todo. Sólo falta por saber si ellos mismos consideran que ya lo han dicho todo, pero no es probable. La entrada como número 10 de James Hook -un jerarca del equipo hasta que una lesión precipitó la irrupción de Priestland para felicidad del mercurial Warren Gatland-, será la única variación con respecto al conjunto que dio cuenta de Irlanda con insultante superioridad. No es una baja menor porque afecta a la construcción moral del equipo y desde luego del juego. Hook puede haber sido uno de los jugadores más talentosos con peor suerte de los últimos tiempos. Primero, la discusión tradicional consistía en saber si era mejor ponerlo de apertura o de zaguero, más que nada porque estaba en el puesto de 10 Stephen Jones, cuyo pie milimétrico deshacía todos los argumentos opuestos. Y atrás, en el 15, un Lee Byrne que durante algunos años fue uno de los mejores zagueros del planeta. Y cuando Jones empieza a dar un paso hacia atrás y Byrne rebaja su nivel, aparece Priestland y Leigh Halfpenny se convierte en un coloso en el fondo. Muchas miradas estarán puestas hoy en el 10 de Gales.

Liévremont, atildado con su bigote, muestra la captura en una excursión de pesca que llevó a cabo esta semana el equipo de Francia: una cierta tregua después de semanas de batalla con la prensa.

También con Francia hemos agotado las conversaciones. Estos últimos días andaba en duda Yachvili, pero fuera de eso parece que repetirán el quince del último partido, con las variaciones ya conocidas: de ocho Harinordoqy (que repartió caramelos entre la prensa en una comparecencia el otro día, gesto simpático muy poco simpático dados los antecedentes); Parra como apertura, Medard de zaguero, Pallison y Clercq en las alas. Los cambios posicionales parecieron despertar algo del genio francés en el último encuentro. Pero, ¿fue flor de un día? A flash in the pan?, como se dice allá. Cualquiera lo sabe. Del equipo de Liévremont se puede decir lo mismo que Churchill dijo de Rusia: “Son un interrogante, envuelto en un misterio y encerrado en un enigma”. La impresión general es que los franceses sacan un gran partido por torneo. Si eso es cierto, aún están por jugarlo: sólo con voluntarismo chovinista podría considerarse gran partido lo que los galos hicieron para ganarle a la demacrada Inglaterra. Para eso, han observado los propios franceses, no hacía falta un gran partido. A estas horas, los galeses andan haciéndose las mismas preguntas que todos nosotros. La diferencia es que ellos, desde luego, precisan respuestas. Gatland, el entrenador de quien todo el mundo abominaba por conservador cuando la federación de Gales renovó su contrato, tiene a su equipo a las puertas de la final y está considerado como el más firme candidato a suceder a Graham Henry al frente de los All Blacks. Si es cierto el adagio que afirma que son las defensas las que ganan los títulos, Gales competirá por él: es, con sólo cuatro ensayos concedidos, el equipo más fiable del torneo. Un dato considerable en un equipo al que se tiene, no sin razón, como expresión de talento y libertad para el ataque. Tiene una explicación, como casi todo en el rugby de hoy: su entrenador de defensa es Shaun Edwards, un gurú educado en el rugby a 13. Todo el mundo sabe que la defensa de hoy es la adaptación nada disimulada de la impenetrable tabla del código rugby league. En el otro lado, nadie ha aguantado mayor desconsideración que Liévremont, el entrenador de Francia. Tal vez solo su predecesor en el cargo, Bernard Laporte. Todo perfecto. Pero el gen manda sobre las consideraciones: para quien no lo recuerde, refrescaremos este dato… Los franceses van a jugar su quinta (!) semifinal consecutiva de un Mundial. Han perdido dos veces con Inglaterra, una con Nueva Zelanda y otra con Sudáfrica. Sólo una vez ganaron: a Australia, en 1987 y en el mismo escenario de ahora, con aquel ensayo de Serge Blanco sobre la esquina. Han disputado y salido derrotados de dos finales (1987 y 1999). Semejante historial revela el perfil de unos hombres dispuestos siempre para competir, sin que importen las circunstancias, y llenar sus campos de sangre impura, la del enemigo. Se diría que, pese a la vehemencia de su himno marsellés, los azules acostumbran a ganar batallas, pero todavía no han ganado la guerra.

Gales: 1 Gethin Jenkins, 2 Huw Bennett, 3 Adam Jones; 4 Luke Charteris, 5 Alun Wyn Jones, 6 Dan Lydiate, 7 Sam Warburton, 8 Toby Faletau; 9 Mike Phillips, 10 James Hook, 11 Shane Williams, 12 Jamie Roberts, 13 Jonathan Davies, 14 George North, 15 Leigh Halfpenny.
Subs: 16 Lloy Burns, 17 Paul James, 18 Bradley Davies, 19 Ryan Jones, 20 Lloyd Williams, 21 Stephen Jones, 22 Scott Williams.

Francia: 1 Jean-Baptiste Poux, 2 Williams Servat, 3 Nicolas Mas, 4 Pascal Pape, 5 Lionel Nallet, 6 Thierry Dusautoir, 7 Julien Bonnaire, 8 Imanol Harinordoqy; 9 Dmitri Yachvili, 10 Morgan Parra, 11 Alexis Pallison, 12 Maxime Mermoz, 13 Aurelien Rougerie, 14 Vincent Clercq, 15 Maxime Medard.
Subs: 16 Dimitri Szarzewsky, 17 Fabien Barcella, 18 Julien Pierre, 19 Fulgence Oueadrogo, 20 François Trihn-Duc, 21 Jean Marc Dousseain, 22 Cedric Heynmans.





Ochenta minuti in NZ son molto longos

13 09 2011

”]Getty ImagesPor más que el Madrid se piense tan planetario, parece improbable que Fumiaki Tanaka, el resbaladizo medio de melé de Japón, o el rotundo Soane Tonga’uiha (pilar de 193 centímetros y 130 kilos de Tonga) hayan oído hablar jamás del madridista Juanito. Ignoran, sin embargo, que tienen algunas cosas en común: los tres le han pisado la cabeza a un rival en el campo de juego -del madridista lo sabemos seguro y a los otros se les supone, como el valor al soldado-, y todos suscriben aquella célebre advertencia de Juanito, anunciándole al Inter una de aquellas remontadas: “Noventa minuti in Bernabéu son molto longos”. También en el Mundial de Nueva Zelanda (aka RWC de ahora en adelante, para abreviar…) 80 minutos se pueden llegar a hacer muy largos. Lo sabe Martin Johnson, que hizo esta honesta revelación después de que su Inglaterra salvara una victoria sudada con sangre frente a Argentina: “Este partido me ha hecho envejecer diez años”. Lo que se dice un nail biting: el clásico partido no apto para cardíacos. También le dará la razón al finado Juanito el equipo de los banzais de Japón, que llegó a tener a Francia a cuatro puntos (25-21), con veinte minutos por jugar. Y hasta Tonga, que no olisqueó la victoria pero sí aprovechó el despreocupado rugby de los All Blacks en el partido inaugural para meterles un ensayo por delantera: logro que viene a ser como levantarte una noche a la mujer de Brad Pitt. Y desde luego firmará al pie el equipo de Rumanía, que con un rugby armado de rigor, sencillez y ortodoxia retrató a una Escocia que se había quedado hecha piedra frente a la muralla articulada de los rumanos, que los fueron sacando del partido hasta adelantarse 21-24 a 15 minutos de que sonara la sirena del final. Todos ellos perdieron: Japón, Tonga y Rumanía. Inglaterra ganó, después de que Argentina exprimiera su incomensurable honor y su escaso rugby. Los grandes apretaron los dientes y se quitaron el susto (porque fue susto y fue grande) con un arreón definitivo. A esa hora, sin embargo, había quedado claro que en este Mundial nadie se hace el gracioso. Por el camino, los que miramos habíamos visto estupendos partidos, jugados en contraposición de estilos y fenomenalmente competidos. No es que los buenos se relajaran o se dejasen llevar: es que verdaderamente sus contrarios les apretaron las tuercas.

“Sabíamos que eran rápidos… pero no TAN rápidos”, reconoció el seleccionador francés, Marc Lievremont, después de espantar el canguelo que le había dejado el choque con Japón. Los underdogsde la RWC ya no juegan sólo con entusiasmo: tienen un plan, se aferran a sus valores, los explotan, han mejorado defensivamente lo suficiente como para exprimir a rivales mucho mayores y exhiben una riqueza táctica que obsequia al espectador con partidos en los que nadie sale barrido… O al menos, no hasta el tramo final. Los 80 largos minutos… El plan de desarrollo de la competitividad en el rugby entre selecciones empieza a dar frutos materiales. Basta un ejemplo: Rumanía, que juega el 6 Naciones B (una especie de copa de Europa para los países del segundo rango continental), también se cruzó en la RWC 2007 con Escocia en el grupo. Entonces ganaron los británicos por 42-0; el sábado, el partido acabó 32-24 para Escocia. Y hablamos de una Escocia que anuncia lo mejor de su rugby en años, aunque esa impresión ha de corroborarla el torneo. Otro dato, éste sacado a pedal mediante consulta, suma, resta y división de todos los resultados de las primeras fases del torneo en las RWC de 2003 y 2007. En el Mundial de Australia 2003 la media de diferencia de puntos en los 40 partidos de la fase de grupos fue de 34’4; cuatro años más tarde, en Francia 2007, había bajado a 29,6. En los ocho encuentros que se han jugado durante este fin de semana en Nueva Zelanda, la distancia se ha reducido prácticamente a la mitad: 16,7 puntos entre el ganador y el perdedor. Es pronto para hacer afirmaciones categóricas (siempre es pronto para eso), pero los datos parecen corroborar la impresión que a uno, personalmente, le había crecido viendo los encuentros jugados hasta ahora: el rugby se va igualando; y éste es, por ahora, quizá el Mundial más entretenido (en la fase previa, claro) que uno ha visto. Para los suspicaces: los hemos visto todos.

Digby Ioane, el destructor australiano que parte desde el ala, en pleno despegue hacia la línea de marca italiana. Se ha lesionado y a Australia le costará encontrar un recambio con su impacto.

Dicho lo cual, es verdad que, contra los japs, Francia se aburrió de sí misma y nosotros de ella; que Jonny Wilkinson falló hasta cuatro tiros a palos, lo cual viene a ser como la alineación de los nueve planetas; o que Nueva Zelanda no tuvo ni brío ni autoridad frente a Tonga, por más que insista el marcador. Pero eso no quita un ápice de verdad a lo dicho. En el caso de Nueva Zelanda, por ejemplo, el partido resultó decepcionante en casi todos los aspectos para los All Blacks, salvo por la confirmación de que, si él quiere, Sonny Bill Williams puede hacer cierta diferencia en el medio campo. Dio lo mejor en el primer tiempo, como todo el equipo negro. Jugó con seriedad, arrojo para romper por el eje y habilidad para descargar pases que liberasen a sus compañeros más allá de la línea de ventaja. Por lo demás, NZ me impresionó poco. Si acaso las finalizaciones de Israel Dagg desde el fondo, aunque creo que Muliaina aún no tiene rival. Me gustaron Kahui y Toeava como primeras opciones para las alas, pero sin entusiasmos. Tengo dudas entre Conrad Smith y Sonny Bill a la hora de elegir el centro (asumido que Nonu va a seguir ahí). Decepcionante Jimmy Cowan en el medio de melé: Piri Weepu despertó al equipo. Y poco decisivo el trabajo de la tercera. ¿Puede ser Victor Vito, hoy por hoy, el octavo de los All Blacks? Sigue faltando dinamismo. Y si Nueva Zelanda ensayó tanto en ese partido fue porque el rigor táctico de los tonganos a la hora de defender las jugadas abiertas fue más bien lastimoso. Una invitación a perforar intervalos.

.”]Getty ImagesEn el aire neozelandés debe de haber remolinos o un cruce ininterpretable de corrientes y vientos. De otro modo no se explica la insistencia de Jonny Wilkinson en errar penales: dos de seis hizo el Caballero del Imperio, un tipo capaz desde siempre de meter el oval entre los palos aunque se los pongan en el Cabo de Hornos. Eso o Wilco es un caballero: los argentinos perdieron el encuentro con el pie. A él le pareció mal ganarlo. Una vez fallaron el placaje los Pumas y fue el ensayo que resolvió un partido con resultado de otro tiempo (13-12 para Inglaterra). Ni Felipe Contepomi ni Martín Rodríguez encontraron el toque preciso para capitalizar el excelente trabajo del 15 de Phelan en el medio campo y las fases estáticas. Ni Ashton ni Foden pudieron contraatacar. Wigglesworth, el nueve inglés, estuvo desastroso; de hecho fue Ben Youngs, su relevo, quien dinamizó al equipo el tanto por ciento mínimo para comprometer la fatigada defensa argentina. Johnson insiste con Tindall. Inglaterra no enseñó nada. Ni la patita de Wilco bajo la puerta. Pero a los Pumas los atrapó en forma de lesiones el exceso de dramatismo (necesario, claro) que le pusieron al partido. Y tal vez el cansancio psicológico de caminar contra el viento: perdieron sucesivamente por lesión a Felipe Contepomi, con una contusión seria en esa zona blanda que es el costillar; perdieron definitivamente al zaguero Tiesi (que ya ha vuelto para casa) y al talonador Ledesma, percance menor que no frenará a semejante bestia parda. Argentina murió en la orilla: la tópica figura vale para resumir el partido y las prestaciones de su rugby. Jugó muy bien, sobreponiéndose a sus limitaciones y sacando de cacho a Inglaterra. Pero ni pudo convertir en ensayos sus avances hasta los alrededores de la zona de marca (le falta pegada, entonces) ni tiene puntos en los pies para compensarlo. Así, le espera un camino difícil…

Uno de sus oponentes, Escocia, también repartió dudas, interrumpidos su nivel y su idea de juego por la buena defensa rumana. Los rumanos supieron a qué jugar: rugby casi de fundamentos, cositas sencillas, casi todas ahí delante, pero muy bien hechas. Nada de exponerse. Son como la comida casera: fiable, exacta en su simplicidad, sin florituras, adornos ni cocina química. Defensa, severidad máxima en el juego de delantera (cómo ruckea y cómo entra en la melé esa gente… son compactos como un camión) y atrevimiento a la hora de resolver delante. Escocia, por contra, se desconoció a sí misma. Fue sólo la Escocia que quiere Andy Robinson en la carga final, cuando liberaron la esencia del juego a la mano, de apoyo y descarga, que vienen persiguiendo. Danielli posó los ensayos que decidieron.

”]Stu Foster - Getty ImagesDel resto merece la pena destacar que Australia fue el equipo que más se pareció a sí mismo, sofocando una imposible amenaza italiana antes incluso de que Parisse, Masi o el clínico Semenzano (las patadas a la caja del medio de melé azzurroson de libro) tuvieran la posibilidad de idearla. Italia salvó el primer tiempo, pero no generó amenazas que inquietasen a Australia. Los wallabies no entraron en pánico ante la igualdad al descanso y resolvieron en el segundo, cuando al equipo de Mallet se le acabaron las respuestas: habrá que esperar a Italia en cruces menos exigentes, a ver qué nivel da. Estuvo bien su medio melé, la delantera y Masi, que carga desde el fondo con aspiración rocosa. Pero le falta rugby en el apertura y, en consecuencia, en el resto de la línea. Australia no reservó jugadores ni se hizo el despistado, por si acaso. Liberó las esencias de su juego de combinación imprevisible en el medio campo, ángulos de carrera acusadísimos, apoyo permanente, descargas en el contacto, continuidad… Faltó en el equipo inicial James O’Connor, castigado por su indisciplina, pero ya no volverá a ocurrir. O’Connor es imprescindible: corre, defiende, hace de ariete cuando se cruza de lado y carga recto, y además tiene puntos en el pie. De paso, libera a Ashley-Cooper al puesto de centro, donde por cierto Anthony Fainga’a desentonó con el ritmo alegre, la precisión en el movimiento de la pelota de los wallabies. Ahora, los chicos de oro afrontan un problema serio: Digby Ioane, su potentísimo ala izquierdo, se rompió el dedo pulgar, pasará por el quirófano y se va a perder la mayor parte del torneo. Es una baja muy, muy sensible porque no resulta fácil, ni siquiera en un equipo del tamaño de Australia, encontrar alguien con el impacto de Ioane en el juego de ataque.

¿Y Sudáfrica? La familia bien, gracias… O sea, nada que no supiéramos. Sudáfrica no es ni por asomo el equipo del último Mundial y del año siguiente. Por eso la impresión que deja su tradicional juego de contención, sobriedad y vuelo corto es aún mayor si los actores principales (Habana, Jacques Fourie, Fourie du Preez, Morne Steyn, los terceras o Victor Matfield) se encuentra en el estado de bajada o glaciación en el que los vemos ahora. Dicho lo cual, ya advertimos que ganarles cuesta muchísimo, porque saben jugar de maravilla al rugby para no perder. Gales hizo un partido memorable de todo punto, salvo por el resultado. Extraño, por verdadero, este comentario que me hizo un buen amigo galés: “Para romper la norma en el rugby, el mejor perdió”. Fue una derrota dolorosa para el equipo de Warren Gatland, que jugó con entusiasmo medido al milímetro, calidad (excelentes el apertura Priestland y el tercera Warburton, muy bien acompañado por el octavo Faletau y, cómo no, Ryan Jones), con disciplina enorme para no conceder golpes en los breakdowns que alimentasen a Morne Steyn y, sobre todo, con una inteligencia máxima en cada mínimo detalle del juego: los galeses rompían cortito, en los alrededores de cada agrupamiento, aseguraban la pelota con un buen contacto y la caída al suelo inmediata, para propiciar un ruck que garantizase continuidad en la posesión. Se guardaron la pelota con mimo. Sudáfrica debió aplicarse, contra eso, con placajes que mantuvieran en pie al portador de la pelota, para buscar la recuperación o ensuciar los moles siguientes. Lo hizo poco o nada, así que Gales mandó en la dinámica del juego, en la velocidad del partido y en el territorio. Fue un encuentro de libro, para enseñar fundamentos básicos del juego en ataque y en defensa. Si cayeron derrotados fue por errores críticos: un drop de Priestland frente a palos que se combó a un lado y el golpe de castigo errado por Stephen Hook. Más el knock-on del centro Jonathan Davies camino de la marca, después de una carga portentosa de Faletau. Fue el suplente Hougaard quien los castigó al final, cuando Gales concedió el ensayo ganador, al despistar mínimamente el rigor debido en una jugada básica en el rugby de hoy: la defensa de los costados del agrupamiento cerca de la línea de ensayo, un punto débil mínimo pero suficiente para que los Springboks vencieran 17-16 en el mejor partido hasta la fecha.