Huguito Weepu

9 10 2011

Los Pumas cazan en grupo: Ledesma, Leguizamón, Santiago Fernández y Contepomi emboscan al fenomenal Piri Weepu, en una imagen que resume el armazón defensivo que tantísimo le costó superar a los All Blacks.

En algún momento, el partido se hizo un interminable bucle de fases repetidas. Los All Blacks tenían la pelota, Piri Weepu lanzaba por dentro a sus terceras o -poco al principio, algo más frecuentemente al final- a Ma’a Nonu, los Pumas frenaban esa penetración de inmediato. El equipo negro intentaba la salida abriendo el campo, Argentina reorganizaba su defensa con un rigor cartesiano, ocupaba todo el ancho del terreno de juego y obligaba a los All Blacks a entrar otra vez por los mismos callejones. Allá esperaban, como compadritos en la esquina, una tupida malla de camisetas albicelestes. Otra vez el choque, otra vez el consiguiente ruck, más o menos limpio, otra vez la habilidad argentina para que Weepu no tuviera una pelota rápida con la que jugar afuera… Y vuelta a empezar. Adentro, choque, parada, reciclaje, defensa. Así hasta que el árbitro descubría alguna infracción. La primera vez hubo duda: ¿Irían a palos los Blacks o jugarían a la mano? A palos. Bien. Un dato notable: querían asegurar puntos desde el arranque. Y otra pregunta… ¿patea Slade? No, patea Weepu. Y la clava dentro como si disparara con ballesta y mira telescópica. Así siete veces de ocho. Los argentinos recuerdan siempre los 25 puntos de Huguito Porta a Nueva Zelanda en el 85. Enfrente tenían esta vez a Huguito Weepu.

Piri Weepu, sexy y barrigón que cantaría Calamaro. Veterano, corto de forma, lento si se quiere y de vuelta de la colina de la hamburguesa. Sí, todo verdad. Pero también esto: el mejor de los All Blacks, de lejos. Por inteligencia, por liderazgo y, desde luego, por esos 21 puntos con el pie que establecieron la diferencia entre NZ y Argentina, cuando no había más diferencia. Los Pumas obligaron al anfitrión a ganarle el partido con el pie. A puro golpe de castigo. Cuando los All Blacks están enfrente, ese logro es superlativo. Lo retuvieron sin anotar más que cualquier otro contrario a lo largo de esta Copa del Mundo. No sólo eso: lo pusieron por debajo en el marcador cuando, a la media hora, Farías Cabello acabó posando en apoyo una escapada fantástica del número 8, Senatore. El octavo argentino se levantó de una melé en la mitad negra de la cancha y, a la vista del despiste de Kieran Read en el cierre de los canales defensivos a los lados del agrupamiento, se mandó una carrera de gigante que lo llevó al territorio de los sueños. Placado ya en la 22 all black, Martín Rodríguez relanzó la continuidad y Farías Cabello, que venía siguiendo la jugada, levantó el oval por última vez para meterse en la zona de marca neozelandesa. Felipe Contepomi puso la conversión en la cocina y, de pronto, los Pumas ganaban 6-7.

Farías Cabello posa el sorpresivo ensayo de Argentina, dejando en nada la defensa final de Sonny Bill Williams y Piri Weepu.

Su ejercicio defensivo ya había recordado a la famosa tarde en que Francia redujo a fosfatina el torrencial ataque negro, en el Mundial de 2007. Los Pumas estaban haciendo exactamente lo mismo, en una exhibición de entrega, pero no sólo eso: sobre todo de severidad táctica. Pero habían ido más allá con la exitosa escapada de su tercera línea, porque en esas posiciones suelen definirse las dinámicas de los grandes partidos. Una vez más, hay que repetir, incluso contra el primer equipo del mundo: cuando los Pumas se baten en duelo, son ellos quienes imponen el arma que se utilizará. Siempre a cuchillo. Pero el reglamento contempla el rifle de distancia para casos así: ese lo llevaba Weepu.

El partido se llevó por delante a Colin Slade, en todos los sentidos de la expresión. Cegado por los focos, impresionado por el tamaño de su camiseta número 10, apenas a los siete minutos Slade estuvo a punto de provocar un primer ensayo argentino, cuando desatendió un pase sencillo que le rebotó en el pecho en el medio del campo. Los Pumas, que cazaron toda la tarde en grupo, igual que leones, lanzaron una patada a seguir que cruzó el campo montaña abajo para la carrera de Marcelo Bosch y su homólogo en el campo, Conrad Smith. El centro neozelandés llegó primero apenas por media falange, recuperó la pelota a tiempo de evitar el ensayo y la defendió con tanto esmero, calidad y fuerza que permitió la llegada de sus compañeros en apoyo, salvando a su equipo. En esa primera parte, en la que Weepu anotó dos golpes más después de otra falta en el ruck y un placaje alto de Contepomi (12-7), sólo el anotador All Black y el propio Smith parecieron a la altura de las circunstancias. El resto se pasaron la noche neozelandesa chocando contra las puertas.

A esas horas, Slade se había ido lesionado, para culminar su ruina. Y apareció en el campo Cruden, el último en llegar a la concentración mundialista tras la lesión de Dan Carter. En el tiempo que jugó, Cruden hizo lo suficiente para justificar que Graham Henry se plantee darle el número 10 en la semifinal con Australia. Mucho más dinámico, vivo y confiado que Slade, Cruden participó en la fase del encuentro en la que los All Blacks pudieron, por fin, encontrar algún espacio que les permitiera reconocerse en su juego. No ocurrió hasta pasada la hora de partido. Hasta entonces, Weepu seguía haciendo dianas (sólo falló un tiro en toda la tarde) y Marcelo Bosch le dio la réplica anotando un golpe de castigo desde el centro de la ciudad, con una patada verdaderamente monstruosa (15-10). A esa hora uno empezó a pensar que, o los Blacks metían un ensayo, o iba a salir Lucas González Amorosino a hacer la de Escocia. Y se lo imaginó al muchacho, danzando como un maldito entre los tackles rivales, hasta meterse en el ingoalneozelandés… Algo así hubiera sido diabólicamente hermoso, pero no se iba a dar. Primero porque Santiago Phelan no convocó esta vez al joven zaguero al rescate. Segundo, porque hacia el 67′ Kieran Read acabó con la resistencia Puma y metió sobre la esquina un balón construido por Jerome Kaino. Weepu pateó fuera la conversión, su único error en 80 minutos. Algo más tarde, Weepu metería sus últimos tres puntos y Brad Thorn finalizó otra avanzada negra hasta el ensayo, convertido esta vez por Cruden…

Cada ruck del partido fue un duelo a cuchillo en el que uno sólo podía entrar si tenía suscrito en un cajón de casa un seguro de vida: Richie McCaw, insaciable siempre en esta fase del juego, se lo pasó en grande tirándose a esa piscina de carne.

Como repetía un personaje del Gordo Soriano en Una Sombra Ya Pronto Serás: “L’avventura è finita“. En ese intervalo, Argentina despidió del campo a uno de los grandes de esta generación y de varias más: el talonador Mario Ledesma dejó su puesto a Agustín Creevy, y el hooker argentino recorrió el espacio hasta la banda plenamente consciente de que era la última vez que pisaba un terreno de juego vestido con la ancha camiseta de los Pumas. Ledesma dijo una plegaria íntima y se fue hacia el recuerdo. Argentina cerraba ahí una etapa individual, pero el partido inaugura un futuro rutilante para un equipo que se ha ganado en los últimos años su consideración entre los grandes del Hemisferio Sur y del mundo entero. Lo espera el duelo anual (durante cuatro años al menos, ese es el acuerdo por ahora con la SANZAR), cada verano austral, con los tres gigantes del Sur en lo que, por lo que oímos, dejará de llamarse Tri-Nations para convertirse en el Rugby Championship. La mirada de Nueva Zelanda es más cercana: Australia, en semifinales. Y el título, ansiado, al fondo. Al fondo pero aún lejos… Los All Blacks aún no han hecho un gran partido, un encuentro verdaderamente digno de su estatura; y sus victorias, pese a la sensación de inevitabilidad, no están construidas con ingredientes que basten para extender una plena convicción. Así que, como dijo Pichot una vez: esto recién empieza.

Nueva Zelanda, 33
Ensayos: Kieran Read, Brad Thorn
Conversiones: Aaron Cruden
Golpes de castigo: Piri Weepu (7)

Argentina, 10
Ensayos: Farías Cabello
Cons: Felipe Contepomi
Golpes de castigo: Marcelo Bosch

Vídeo-resumen del partido

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Sangre, lluvia, viento, dolor: la guerra

25 09 2011

Marcelo Bosch, el segundo centro argentino, se encuentra en medio del campo de batalla con su homólogo escocés, Graeme Morrison: uno de los muchos impactos de un encuentro jugador a puro huevo, sin concesiones, en un campo arrasado de lluvia y viento que hizo aún más racial el juego. Foto: PETER PARKS/AFP/Getty Images)

No hay casi nada hermoso en la guerra, como observó Ernest Hemingway. Y este partido fue la guerra. Ni siquiera es bonito el resultado, que resuena opaco, como venido de otro tiempo: Argentina le ganó 13-12 a Escocia. Se jugaban, salvo sorpresa en el último día de los azules contra Inglaterra, la segunda plaza del grupo B. Fue una guerra y decirlo no constituye hipérbole ninguna, ni un modo de ensalzar un partido bronco, jugado con dolor (lesiones de Fernández Lobbe y Roncero en Argentina, un tobillo seriamente lastimado en el caso de Leguizamón), resistencia y poco más por parte de los Pumas, iniciativa y poco más por el lado escocés. En verdad, fue increíble que ganara Argentina, que debió pisar no más de dos o tres veces la 22 rival. Pero en medio del ronco sonido de un partido industrioso, jugado con sangre, sobre un campo batido de lluvia y viento (terreno mojado, pelota difícil), repleto de errores en la decisión y de ejecuciones complicadas por los elementos, en medio de la constante cacería que constituyó cada pesado movimiento de la pelota, en medio de la juerga de los delanteros, las cargas, los placajes, los rucks insondables… en medio de toda esa chatarra desordenada, como un cementerio de vehículos pesados, como un escenario postnuclear de Mad Max, ahí apareció ligero y natural, excelso y decisorio, el suplente Lucas González Amorosino. Él ganó el partido con su ensayo. Él puso la única brizna de hermosura en un partido de tensión sublime, vacío de concesiones a la galería. Él salvó a los Pumas. Y él dijo: “Dejamos el corazón”. Pero debió agregar: “Y se lo arrancamos a los escoceses”.

González Amorosino es el jugador más creativo de Argentina del que se haya tenido noticia en este Mundial. Zaguero o ala del Leicester Tigers inglés, desde aquí subrayamos su nombre en el episodio llamado La caza del hombre. Y, sin embargo, el técnico Santiago Phelan optó por Rodríguez Gurruchaga como 15, tal vez anticipando (o propiciando) lo que sucedió: un encuentro nítidamente bilardista de los argentinos, y disculpen la intrusión futbolística. Pero ayuda a matizar la estrategia  de pertinaz defensa de los Pumas, frente a una Escocia que quiere jugar un rugby ligero, de combinaciones por fuera, para el que sin embargo no le alcanza el talento individual. Frente a una muralla inquebrantable como la argentina, apenas Evans en la primera parte, las raciales cargas de Barclay desde la tercera y algún intento demasiado alejado de Lamont… Esos fueron los argumentos ofensivos de los escoceses, que dominaron el territorio pero indultaron en varias ocasiones a los argentinos. Sigue siendo un equipo al que le cuesta ganar las líneas contrarias y finalizar jugadas. Sólo puntuó con golpes de castigos y drops, repartidos entre Ruaridh Jackson, Patterson y Parks, que perdió el que hubiera sido decisivo en la penúltima ofensiva escocesa contra los palos argentinos.

Dan Parks, en el centro de la imagen, intenta asimilar la proporción de la derrota que acaba de sufrir su equipo en Wellington, frente a los Pumas. En primer plano, el tercera argentino, Galarza, se acerca a consolar a los desconsolados rivales. Foto: Stu Forster/Getty Images.

Argentina ya demostró frente a Inglaterra que su capacidad para el sufrimiento, para sobreponerse a sus limitaciones, no conoce fronteras psicológicas ni físicas. Esa tal vez constituya su más evidente virtud. Es capaz de cerrar un partido en la batalla que más le interesa; son los argentinos quienes eligen las armas del duelo: siempre a cuchillo, nunca a pistola. Lo más cerca posible y a batirse en cada metro del campo… Escocia jugó más, puso más, mandó más, pero no encontró el modo de imponer su estilo. Se quedó corto para hacerlo. Argentina, por detrás 6-3 y 9-6 con apenas diez minutos por jugar, abocó el choque a un disparo al aire. Cuando González Amorosino apareció en el campo, con él vino la advertencia de que ahí, en su juego, estaba lo que era diferente y lo que podía ser diferencial. En medio de la tierra quemada que habían dejado 70 minutos de atrincheramiento, el zaguero Puma surgió con su camiseta inmaculada, como un signo de inocencia, y se convirtió en la niña del abrigo rojo que atraviesa el gueto arrasado en La Lista de Schindler. Grácil, hermosa en medio de la destrucción, intocable entre la barbarie. Pegado al costado recibió ese balón Lucas González Amorosino, en el minuto 74. Venía de izquierda a derecha la bocha, después de varias fases de desorden y trabajosa búsqueda de la continuidad por parte de los Pumas; abrió Vergallo, alargó Contepomi para Bosch y éste se la dio a González Amorosino, incorporado por afuera desde el fondo. El puma la agarró en equilibrio sobre el costado y, desde ahí, cimbreando las caderas para esquivar el desesperado placaje de Patterson, fue enganchando hacia dentro, rechazando tackles como si le dispararan flechas, corriendo sobre la punta de los pies, igual que si atravesara un piso de brasas o una cuerda floja sobre un abismo. Pasó a Dan Parks, voló impotente contra él Kelly Brown y, maradoneando con el bebé en los brazos contra el tiroteo, pasó González Amorosino por delante de Evans, y hasta el fondo perseguido ya de forma inútil por Graeme Morrison y John Barclay. Un flechazo de belleza que transformó Contepomi. Veneno mortal para Escocia.

El aleccionador resumen del encuentro lo hizo el narrador de la ESPN argentina. Sobre el pitido final, tras una emotiva victoria del equipo de su país que prácticamente le asegura la continuidad en la Copa del Mundo, elegante, conocedor y con el espíritu del rugby por bandera, Alejandro Coccia le hizo un canto a este deporte al decir: “¡Cómo me alegro de la victoria por este equipo de los Pumas… y cómo lo siento por Escocia, que mereció ganar!”. Eso, exactamente eso, es el rugby.

La jornada
Irlanda, 62-Rusia, 12
Fiji, 7-Samoa 27

Clasificaciones