C’est la France…

8 10 2011

Cualquiera de los que pensamos cinco minutos acerca del partido entre Inglaterra y Francia, antes de que se jugara, consideramos los antecedentes de los dos equipos, su camino hasta los cuartos de final y la multitud de señales emitidas en estas últimas semanas. Anticipar un pronóstico significaba tirar un disparo al aire: todos los signos eran contradictorios. Inglaterra había ganado sin ningún elemento de convicción en su rugby, salvo las apariciones individuales de Cueto, Ashton, Tuilagi o Wilkinson. Y Francia… bueno, Francia lleva tiempo negando un día sí y otro también cualquier conciliación entre la evidente calidad de sus jugadores, su inmenso potencial como equipo y la acumulación de tensiones alrededor del entrenador Lievremont y su plantilla. A veces los grandes equipos pueden sobreponerse a todos esos rigores íntimos, pero es que además Francia no había podido: durante la primera fase ganó con palidez dos de sus partidos, no presentó ninguna batalla real a los All Blacks y, para finalizar, despidió el grupo con una deshonrosa silbatina de su gente tras perder con Tonga. Ahora es sencillo decir que Inglaterra también había avisado del vuelo cortísimo que le aguardaba en el Mundial. Hay un razonamiento para eso: escapó vivo contra Argentina y Escocia, partidos que seguramente nunca debió ganar. Pero Francia tiene más pólvora que los Pumas y los escoceses. Tiene jugadores que pueden golpear, que hacen daño en carrera, que ganan líneas, que rompen defensas y acaban. Sí, todo eso es verdad. Pero ninguno de los comentaristas que consulté en los prolegómenos del encuentro (gente como Dallaglio, Frans Pienaar o Sean Fitzpatrick en la televisión inglesa, o el recordado Diego Domínguez en la italiana…) ninguno manifestó ninguna confianza en que Francia fuera a convertir todos esos problemas que la venían acosando en munición para el choque con Inglaterra. Yo mismo fui consultado levemente desde el otro lado del planeta por un amigo y, a pesar de la aprensión que me daba arriesgarme, también insistí: “Inglaterra tiene finalizadores y puntos con el pie: con eso le debería valer. Salvo que los franceses descorchen el champagne de forma inopinada… pero creo que esta vez se lo han dejado en casa”.

Yachvili ondea la bandera de Francia, victoriosa contra el viejo enemigo inglés: los galos no le dieron opción al equipo de Martin Johnson y se fabricaron una victoria con la forma de la redención.

Y bien… Todos equivocados, porque Francia lo hizo de nuevo. Siempre puede ocurrir. De hecho, ocurre con una frecuencia en cierto modo molesta, porque la repetición de un tópico siempre resulta algo fastidioso. Francia descorchó la botella, espumeó su rugby durante un buen rato y, sin alardes excesivos, pero con ese relativo flair que todavía la puede adornar, sacó del partido y del Mundial a Inglaterra en media hora: en ese tiempo, Yachvili anotó dos golpes de castigo (la vieja historia de siempre con Inglaterra, su cacareada indisciplina en los agrupamientos), antes de que Vincent Clercq y Maxime Medard, dos de los genios dormidos del equipo francés, posaran dos ensayos que dejaron al equipo de Martin Johnson mirando a Londres (0-16). Si los agentes de su Majestad no habían hecho las compras familiares, les tocará hacerlas en el aeropuerto de vuelta a casa. Por más que intentaron un largo regreso durante la segunda mitad (ensayo de Ben Foden, en una de sus escasísimas apariciones ofensivas en este Mundial, y otro de Cueto cuando ya no había tiempo para nada), Francia no tuvo gran problema en sujetar la victoria. Tiene oficio y jugadores para hacerlo. Lo expresó el narrador de ITV con una de esas frases que describió el control del tiempo y del partido que, en la fase definitiva del choque, estaban ejerciendo los azules: “Los jugadores de Francia se están comportando ya como el personal de un restaurante de París: no se dan ninguna prisa en venir a tu mesa”. Ahora, cuando van merece la pena. El postre lo sirvió Trihn-Duc, recuperado durante la segunda mitad en el puesto de un Yachvili fallón con el pie. El medio apertura represaliado por Lievremont después del primer encuentro de la Copa del Mundo cruzó entre los palos un drop que pasó los postes con el sonido sordo de un clavo que cierra el cajón del muerto. Una vez establecida su ventaja de la primera parte, Francia ya no había enseñado gran cosa, pero sí la suficiente compostura para contener el confuso ataque inglés. La melé se le oscureció también a los chicos de Martin Johnson y tanto Dan Cole como Stephen Thompson pasaron una mala tarde en brazos de ese cinco implacable que pueden llegar a conformar Servat, Poux, Mas, Pape y Nallet.

What time is it in London? Martin Johnson consulta su reloj durante el partido contra Francia, para descubrir que es la hora de volver a casa. Una escasa Inglaterra en la fase de grupos se quedó definitivamente seca y eliminada contra Francia.

Ahora, el partido le perteneció de principio a fin al incombustible Imanol Harinordoqy. Instalado en el puesto de ocho, el Vasco ofreció una de sus ya clásicas exhibiciones de racial juego de tercera línea frente a los ingleses, el enemigo que más detesta. Lo secundaron Bonnaire, poderoso allá donde apareció, y el siempre fiable Dusatoir. Enfrente, Inglaterra opuso poco. Nick Easter había aparecido en el fondo de la delantera inglesa para ponerle experiencia y oficio a la línea, pero no hubo más remedio que echar de menos a Haskell ahí atrás. Para cuando apareció sobre el campo, a Inglaterra le quedaban pocas esperanzas. Si tuvo alguna, consistió en una elevación del ritmo de juego que no logró nunca, salvo en el ensayo de Foden. Subir el diapasón, reciclar balones veloces y mover a los franceses llevando la pelota a las esquinas, donde siempre aguardan hambrientos Ashton y Cueto. Pero justo cuando Ben Youngs advirtió esa necesidad y la puso en práctica para el primer ensayo inglés, con un cuarto de hora de vida por delante, Martin Johnson decidió relevarlo por Wigglesworth. No es que Youngs hubiera podido cambiar la suerte del choque, que estaba tácitamente resuelto desde la primera media hora, pero el cambio aportó entre poco o nada y la Rosa se fue desolando entre los viciosos dedos franceses. La victoria tiene todo el aire de las revanchas: contra el entorno, contra las críticas, una suerte de redención que lleva a Francia a semifinales, ronda de la que fue apartada en la última RWC por, precisamente, los ingleses. Ahora espera Gales, con su rugby límpido; Warren Gatland no es un entrenador que se deje llevar por falsas confianzas. Francia siempre guarda una última advertencia y una palabra final. Inglaterra deja el Mundial con pena y gloria. Y la Copa del Mundo despide a uno de los grandes protagonistas de su historia, Jonny Wilkinson, autor de episodios para la memoria antes de este agrio epílogo que el número 10 ha tenido en Nueva Zelanda. Y, con toda lógica, seguramente será también el último día de Martin Johnson: el hombre que nunca sonrió y cuyo equipo de rugby casi nunca hizo sonreír. C’est la vie… C’est la France.

Inglaterra, 12
Ensayos: Ben Foden, Mark Cueto
Conversiones: Jonny Wilkinson

Francia, 19
Ensayos: Vincent Clercq, Maxime Medard
Golpes de castigo: Dmitri Yachvili (2)
Drop: François Trihn-Duc

Vídeo-resumen del partido

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Ochenta minuti in NZ son molto longos

13 09 2011

”]Getty ImagesPor más que el Madrid se piense tan planetario, parece improbable que Fumiaki Tanaka, el resbaladizo medio de melé de Japón, o el rotundo Soane Tonga’uiha (pilar de 193 centímetros y 130 kilos de Tonga) hayan oído hablar jamás del madridista Juanito. Ignoran, sin embargo, que tienen algunas cosas en común: los tres le han pisado la cabeza a un rival en el campo de juego -del madridista lo sabemos seguro y a los otros se les supone, como el valor al soldado-, y todos suscriben aquella célebre advertencia de Juanito, anunciándole al Inter una de aquellas remontadas: “Noventa minuti in Bernabéu son molto longos”. También en el Mundial de Nueva Zelanda (aka RWC de ahora en adelante, para abreviar…) 80 minutos se pueden llegar a hacer muy largos. Lo sabe Martin Johnson, que hizo esta honesta revelación después de que su Inglaterra salvara una victoria sudada con sangre frente a Argentina: “Este partido me ha hecho envejecer diez años”. Lo que se dice un nail biting: el clásico partido no apto para cardíacos. También le dará la razón al finado Juanito el equipo de los banzais de Japón, que llegó a tener a Francia a cuatro puntos (25-21), con veinte minutos por jugar. Y hasta Tonga, que no olisqueó la victoria pero sí aprovechó el despreocupado rugby de los All Blacks en el partido inaugural para meterles un ensayo por delantera: logro que viene a ser como levantarte una noche a la mujer de Brad Pitt. Y desde luego firmará al pie el equipo de Rumanía, que con un rugby armado de rigor, sencillez y ortodoxia retrató a una Escocia que se había quedado hecha piedra frente a la muralla articulada de los rumanos, que los fueron sacando del partido hasta adelantarse 21-24 a 15 minutos de que sonara la sirena del final. Todos ellos perdieron: Japón, Tonga y Rumanía. Inglaterra ganó, después de que Argentina exprimiera su incomensurable honor y su escaso rugby. Los grandes apretaron los dientes y se quitaron el susto (porque fue susto y fue grande) con un arreón definitivo. A esa hora, sin embargo, había quedado claro que en este Mundial nadie se hace el gracioso. Por el camino, los que miramos habíamos visto estupendos partidos, jugados en contraposición de estilos y fenomenalmente competidos. No es que los buenos se relajaran o se dejasen llevar: es que verdaderamente sus contrarios les apretaron las tuercas.

“Sabíamos que eran rápidos… pero no TAN rápidos”, reconoció el seleccionador francés, Marc Lievremont, después de espantar el canguelo que le había dejado el choque con Japón. Los underdogsde la RWC ya no juegan sólo con entusiasmo: tienen un plan, se aferran a sus valores, los explotan, han mejorado defensivamente lo suficiente como para exprimir a rivales mucho mayores y exhiben una riqueza táctica que obsequia al espectador con partidos en los que nadie sale barrido… O al menos, no hasta el tramo final. Los 80 largos minutos… El plan de desarrollo de la competitividad en el rugby entre selecciones empieza a dar frutos materiales. Basta un ejemplo: Rumanía, que juega el 6 Naciones B (una especie de copa de Europa para los países del segundo rango continental), también se cruzó en la RWC 2007 con Escocia en el grupo. Entonces ganaron los británicos por 42-0; el sábado, el partido acabó 32-24 para Escocia. Y hablamos de una Escocia que anuncia lo mejor de su rugby en años, aunque esa impresión ha de corroborarla el torneo. Otro dato, éste sacado a pedal mediante consulta, suma, resta y división de todos los resultados de las primeras fases del torneo en las RWC de 2003 y 2007. En el Mundial de Australia 2003 la media de diferencia de puntos en los 40 partidos de la fase de grupos fue de 34’4; cuatro años más tarde, en Francia 2007, había bajado a 29,6. En los ocho encuentros que se han jugado durante este fin de semana en Nueva Zelanda, la distancia se ha reducido prácticamente a la mitad: 16,7 puntos entre el ganador y el perdedor. Es pronto para hacer afirmaciones categóricas (siempre es pronto para eso), pero los datos parecen corroborar la impresión que a uno, personalmente, le había crecido viendo los encuentros jugados hasta ahora: el rugby se va igualando; y éste es, por ahora, quizá el Mundial más entretenido (en la fase previa, claro) que uno ha visto. Para los suspicaces: los hemos visto todos.

Digby Ioane, el destructor australiano que parte desde el ala, en pleno despegue hacia la línea de marca italiana. Se ha lesionado y a Australia le costará encontrar un recambio con su impacto.

Dicho lo cual, es verdad que, contra los japs, Francia se aburrió de sí misma y nosotros de ella; que Jonny Wilkinson falló hasta cuatro tiros a palos, lo cual viene a ser como la alineación de los nueve planetas; o que Nueva Zelanda no tuvo ni brío ni autoridad frente a Tonga, por más que insista el marcador. Pero eso no quita un ápice de verdad a lo dicho. En el caso de Nueva Zelanda, por ejemplo, el partido resultó decepcionante en casi todos los aspectos para los All Blacks, salvo por la confirmación de que, si él quiere, Sonny Bill Williams puede hacer cierta diferencia en el medio campo. Dio lo mejor en el primer tiempo, como todo el equipo negro. Jugó con seriedad, arrojo para romper por el eje y habilidad para descargar pases que liberasen a sus compañeros más allá de la línea de ventaja. Por lo demás, NZ me impresionó poco. Si acaso las finalizaciones de Israel Dagg desde el fondo, aunque creo que Muliaina aún no tiene rival. Me gustaron Kahui y Toeava como primeras opciones para las alas, pero sin entusiasmos. Tengo dudas entre Conrad Smith y Sonny Bill a la hora de elegir el centro (asumido que Nonu va a seguir ahí). Decepcionante Jimmy Cowan en el medio de melé: Piri Weepu despertó al equipo. Y poco decisivo el trabajo de la tercera. ¿Puede ser Victor Vito, hoy por hoy, el octavo de los All Blacks? Sigue faltando dinamismo. Y si Nueva Zelanda ensayó tanto en ese partido fue porque el rigor táctico de los tonganos a la hora de defender las jugadas abiertas fue más bien lastimoso. Una invitación a perforar intervalos.

.”]Getty ImagesEn el aire neozelandés debe de haber remolinos o un cruce ininterpretable de corrientes y vientos. De otro modo no se explica la insistencia de Jonny Wilkinson en errar penales: dos de seis hizo el Caballero del Imperio, un tipo capaz desde siempre de meter el oval entre los palos aunque se los pongan en el Cabo de Hornos. Eso o Wilco es un caballero: los argentinos perdieron el encuentro con el pie. A él le pareció mal ganarlo. Una vez fallaron el placaje los Pumas y fue el ensayo que resolvió un partido con resultado de otro tiempo (13-12 para Inglaterra). Ni Felipe Contepomi ni Martín Rodríguez encontraron el toque preciso para capitalizar el excelente trabajo del 15 de Phelan en el medio campo y las fases estáticas. Ni Ashton ni Foden pudieron contraatacar. Wigglesworth, el nueve inglés, estuvo desastroso; de hecho fue Ben Youngs, su relevo, quien dinamizó al equipo el tanto por ciento mínimo para comprometer la fatigada defensa argentina. Johnson insiste con Tindall. Inglaterra no enseñó nada. Ni la patita de Wilco bajo la puerta. Pero a los Pumas los atrapó en forma de lesiones el exceso de dramatismo (necesario, claro) que le pusieron al partido. Y tal vez el cansancio psicológico de caminar contra el viento: perdieron sucesivamente por lesión a Felipe Contepomi, con una contusión seria en esa zona blanda que es el costillar; perdieron definitivamente al zaguero Tiesi (que ya ha vuelto para casa) y al talonador Ledesma, percance menor que no frenará a semejante bestia parda. Argentina murió en la orilla: la tópica figura vale para resumir el partido y las prestaciones de su rugby. Jugó muy bien, sobreponiéndose a sus limitaciones y sacando de cacho a Inglaterra. Pero ni pudo convertir en ensayos sus avances hasta los alrededores de la zona de marca (le falta pegada, entonces) ni tiene puntos en los pies para compensarlo. Así, le espera un camino difícil…

Uno de sus oponentes, Escocia, también repartió dudas, interrumpidos su nivel y su idea de juego por la buena defensa rumana. Los rumanos supieron a qué jugar: rugby casi de fundamentos, cositas sencillas, casi todas ahí delante, pero muy bien hechas. Nada de exponerse. Son como la comida casera: fiable, exacta en su simplicidad, sin florituras, adornos ni cocina química. Defensa, severidad máxima en el juego de delantera (cómo ruckea y cómo entra en la melé esa gente… son compactos como un camión) y atrevimiento a la hora de resolver delante. Escocia, por contra, se desconoció a sí misma. Fue sólo la Escocia que quiere Andy Robinson en la carga final, cuando liberaron la esencia del juego a la mano, de apoyo y descarga, que vienen persiguiendo. Danielli posó los ensayos que decidieron.

”]Stu Foster - Getty ImagesDel resto merece la pena destacar que Australia fue el equipo que más se pareció a sí mismo, sofocando una imposible amenaza italiana antes incluso de que Parisse, Masi o el clínico Semenzano (las patadas a la caja del medio de melé azzurroson de libro) tuvieran la posibilidad de idearla. Italia salvó el primer tiempo, pero no generó amenazas que inquietasen a Australia. Los wallabies no entraron en pánico ante la igualdad al descanso y resolvieron en el segundo, cuando al equipo de Mallet se le acabaron las respuestas: habrá que esperar a Italia en cruces menos exigentes, a ver qué nivel da. Estuvo bien su medio melé, la delantera y Masi, que carga desde el fondo con aspiración rocosa. Pero le falta rugby en el apertura y, en consecuencia, en el resto de la línea. Australia no reservó jugadores ni se hizo el despistado, por si acaso. Liberó las esencias de su juego de combinación imprevisible en el medio campo, ángulos de carrera acusadísimos, apoyo permanente, descargas en el contacto, continuidad… Faltó en el equipo inicial James O’Connor, castigado por su indisciplina, pero ya no volverá a ocurrir. O’Connor es imprescindible: corre, defiende, hace de ariete cuando se cruza de lado y carga recto, y además tiene puntos en el pie. De paso, libera a Ashley-Cooper al puesto de centro, donde por cierto Anthony Fainga’a desentonó con el ritmo alegre, la precisión en el movimiento de la pelota de los wallabies. Ahora, los chicos de oro afrontan un problema serio: Digby Ioane, su potentísimo ala izquierdo, se rompió el dedo pulgar, pasará por el quirófano y se va a perder la mayor parte del torneo. Es una baja muy, muy sensible porque no resulta fácil, ni siquiera en un equipo del tamaño de Australia, encontrar alguien con el impacto de Ioane en el juego de ataque.

¿Y Sudáfrica? La familia bien, gracias… O sea, nada que no supiéramos. Sudáfrica no es ni por asomo el equipo del último Mundial y del año siguiente. Por eso la impresión que deja su tradicional juego de contención, sobriedad y vuelo corto es aún mayor si los actores principales (Habana, Jacques Fourie, Fourie du Preez, Morne Steyn, los terceras o Victor Matfield) se encuentra en el estado de bajada o glaciación en el que los vemos ahora. Dicho lo cual, ya advertimos que ganarles cuesta muchísimo, porque saben jugar de maravilla al rugby para no perder. Gales hizo un partido memorable de todo punto, salvo por el resultado. Extraño, por verdadero, este comentario que me hizo un buen amigo galés: “Para romper la norma en el rugby, el mejor perdió”. Fue una derrota dolorosa para el equipo de Warren Gatland, que jugó con entusiasmo medido al milímetro, calidad (excelentes el apertura Priestland y el tercera Warburton, muy bien acompañado por el octavo Faletau y, cómo no, Ryan Jones), con disciplina enorme para no conceder golpes en los breakdowns que alimentasen a Morne Steyn y, sobre todo, con una inteligencia máxima en cada mínimo detalle del juego: los galeses rompían cortito, en los alrededores de cada agrupamiento, aseguraban la pelota con un buen contacto y la caída al suelo inmediata, para propiciar un ruck que garantizase continuidad en la posesión. Se guardaron la pelota con mimo. Sudáfrica debió aplicarse, contra eso, con placajes que mantuvieran en pie al portador de la pelota, para buscar la recuperación o ensuciar los moles siguientes. Lo hizo poco o nada, así que Gales mandó en la dinámica del juego, en la velocidad del partido y en el territorio. Fue un encuentro de libro, para enseñar fundamentos básicos del juego en ataque y en defensa. Si cayeron derrotados fue por errores críticos: un drop de Priestland frente a palos que se combó a un lado y el golpe de castigo errado por Stephen Hook. Más el knock-on del centro Jonathan Davies camino de la marca, después de una carga portentosa de Faletau. Fue el suplente Hougaard quien los castigó al final, cuando Gales concedió el ensayo ganador, al despistar mínimamente el rigor debido en una jugada básica en el rugby de hoy: la defensa de los costados del agrupamiento cerca de la línea de ensayo, un punto débil mínimo pero suficiente para que los Springboks vencieran 17-16 en el mejor partido hasta la fecha.




Grupo B: Juremos con gloria morir

9 09 2011

Argentina, Escocia, Inglaterra, Georgia y Rumanía.

Richie Gray, el muchacho del pelo de paja, es uno de los posibles salvoconductos de Escocia hacia las alturas. Literalmente, su 2.08 dirige las operaciones aéreas del equipo del cardo, pero el ratio de trabajo y aportaciones de Gray va más allá de las excelencias de su físico para el salto.

Para el test match preparatorio en Murrayfield contra Irlanda, la Scottish Union decidió variar su habitual política y poner localidades a la venta en el día del partido. El resultado fue inesperado: hubo que retrasar el inicio del choque porque las filas de entrada al estadio eran demasiado largas como para filtrar a todos los aficionados a tiempo hasta las gradas. Además, una vez dentro hay que visitar el ambigú y llenar una de esas bandejas con ocho huequitos para pintas, que dan al menos para ver la primera media hora de partido. La imagen tal vez sirva para explicar el estado de expectación que rodea a la Escocia de Andy Robinson, una corriente de optimismo notable para una afición a la que le cuesta llenar el estadio, salvo que lo visite Inglatera, y que lleva años anclada en la sensación de haberse quedado atrás con respecto a las otras home nations. Robinson ha ido girando trabajosamente esa etiqueta, como una pesada rueda de molino, convirtiendo al mismo tiempo el fatigoso juego tradicional de Escocia en una variación más alegre, en la que la pelota ha ganado ligereza entre las manos de los jugadores, con asociaciones veloces, contraataque, ejercicio del dominio a través de la posesión… Hay hombres básicos en la aplicación de ese concepto: el segunda Richie Gray, un 2.08 con destreza en las manos, juventud en el pecho, un altísimo ritmo de labor en los lados más sombríos del juego y capaz de llevar la pelota adelante contra los muros ajenos. La primera y la segunda escocesa tal vez estén entre lo más notable del torneo: Jacobsen, Cross y Ford (más el agregado del montañoso Moray Low) conformen un paquete robusto y nada perezoso. En los terceras hay muchas combinaciones: tal vez ningún jugador que resuelva partidos por sí solo, pero sí la aspiración combinatoria, de equilibrios en perfiles y aportaciones, que preside la construcción de las delanteras hoy día. Detrás, algunos clásicos (Blair, Parks, Patterson, los Lamont, los Evans…) y apariciones más o menos recientes que habrá que atender y que pueden definir la estatura del equipo del cardo: Ansbro, un segundo centro rocoso, veloz y hábil para rechazar placajes y descargar la pelota. Y el apertura Ruaridh Jackson,  alumno aventajado de Dan Parks en el Glasgow Warriors. Pronóstico: mejor impresión que resultados. Les cuesta ganar partidos, aun cuando los dominen territorial y dinámicamente. Hasta cuartos los veo, nada más. Se jugarán sus opciones contra Argentina y me partirán el corazón, lo sé…

Felipe Contepomi, uno de los varios eslabones en la cadena de transmisión de los Pumas. La emocional, la que tiene que ver con la experiencia y, también, la del juego: en ausencia del mago Juan Martín Hernández, en las manos y los pies de Felipe va a residir el gatillo de juego de los Pumas.

De esta Argentina se destila una certeza inevitable: no es el equipo de hace cuatro años. Ahora… ¿qué significa eso? Antes de empezar el Mundial, de estos Pumas ignoramos muchos cosas y sabemos algunas ya conocidas: la capacidad, oficio, fiereza y condición compacta de su paquete (Ledesma, Roncero, Figallo, Scelzo…), al que muchos le miran con suspicacia el carnet de identidad; la presencia de algunos de los tótem del último e inolvidable Mundial: el Pato Albacete, soberbio segunda; la tercera con Fernández Lobbe o Leguizamon; la dirección de Felipe Contepomi o la esperanza de un ala como Horacito Agulla, en cuya aparición creímos entrever a un ala de primera línea mundial, a un corredor decisorio. Lo demás son huecos muy grandes que llenar, el tradicional argumento de su falta de partidos internacionales como selección en periodo de entreguerras, la espera de su entrada el año próximo en el Cuatro Naciones con los gigantes del Hemisferio Sur y la reconstrucción del orgullo, el prestigio y el rugby de hace cuatro años. Ya no está quien parecía inspirar desde dentro todo aquello: Pichot, claro. Ahora a los delanteros los pastorea Nico Vergallo, que llegó al Stade Toulosain para ser el relevo futuro de Byron Kelleher y acabó disputándole los minutos al ex All Black. El año lo culmina habiéndole ganado la nueve de los Pumas a Lalanne, la otra opción del seleccionador Santiago Phelan. Los Pumas fueron, seguramente, el equipo más memorable del Mundial de hace cuatro años, si exceptuamos el bienio de incontestable dominio que coronaron en ese periodo los Springboks. Ahora han renovado el plantel y la ausencia por lesión de Juan Martín Hernández, el jugador que eleva su perfil desde el medio de apertura, supone la aparición en ese puesto de Contepomi y el interrogante de hasta dónde podrán rebasar los Pumas las limitaciones que se les suponen. Hay que pensar que el avance del Mundial los mejorará, pero el tiempo no sobra en este torneo: debutan contra Inglaterra y tienen que disputarle la segunda plaza, seguramente, a Escocia. No falta quien habla de un pasaje transitorio y en Nueva Zelanda nadie apuesta por que vayan más allá del primer cruce. Hace cuatro años, sin embargo, nadie hubiera dicho que acabarían siendo terceros. Yo creo que los Pumas siempre tienen más de lo que a todos nos parece. Veremos quién acierta… Pronóstico: yo creo en los Pumas. Los veo incluso por delante de Escocia y avanzando hasta cuartos.

Lawes, dos metros de segunda línea con una estructura de jugador versátil, moderno, capaz de intercambiar la segunda y la tercera líneas: en cierto modo, el anhelo de cualquier entrenador. Dominador en la touche, rotundo llevando la pelota. Como dijo Trecet en el partido de baloncesto de España contra Gran Bretaña, "a partir de 1.95 los jóvenes ingleses eligen el rugby".

Haga lo que haga, el rugby de Inglaterra siempre parece no ser suficiente para interesarnos. Hablamos del periodo de gestión de Martin Johnson. Ésta es una apreciación muy subjetiva que no es preciso compartir. Razonarla parece obligado. Creímos haber apreciado un cambio en el juego inglés, inspirado por Toby Flood, en el arranque del último Seis Naciones, contra País de Gales. Pero la imagen que quedó fue la progresiva caída del apertura, las dudas aquí y allá y aquel último partido en territorio irlandés en el que la pasión verde se desbordó mientras a los ingleses se les quedaba cara de fracaso sin el Grand Slam. En Inglaterra la mayoría de nombres suenan a dèjá vu: los gordos Thompson, Mears y Sheridan; Cueto en el ala (lesionado para el primer partido, lo que hace sitio para Delon Armitage en esa posición), los Moody, Croft, Deacon, Easter, Shaw… todos treintañeros. Y desde luego el par de incombustibles del medio campo: Tindall y el noble Jonny Wilkinson. No usaremos aquí la edad como argumento, no señor. Porque si bien ninguno de estos elementos nos ha fascinado nunca (a excepción de los placajes de Wilkinson y esa ricura de pies que tiene), resulta imposible negar su naturaleza de asombrosos competidores. El último Mundial fue la demostración máxima. Ahora, en Inglaterra también hay un grupito de jugadores a los que hace falta vigilar. Me interesa mucho en la delantera el rendimiento de Corbisiero (pilar italo-americano), Dan Cole (estupendo en el Seis Naciones) y Dylan Hartley. Desde luego James Haskell, seguramente su mejor tercera, tan tribunero como Ashton. Y también el estado del interminable segunda Courtney Lawes, al que le he visto partidos asombrosos con Northampton, pero que arrastra restos de una lesión. Inglaterra tiene que resolver la duda shakesperiana entre Flood y Wilko, aunque diría que está resuelta a favor de Wilko. Y santigüarse en el medio de melé, en ausencia de Danny Care. Por ahora, Wigglesworth por delante de Ben Youngs o el más bisoño Simmons. Otro punto decisivo en la construcción del juego será la resolución de los centros: ahí están, además de Tindall, que ya debería tener un papel secundario de veterano que Johnson se va a resistir a darle, algunos pájaros hechos para la demolición como flutey, el excitante veinteañero Manu Tuilagi y Banahan, al que llaman el Lomu inglés (obviando la evidencia de que a Lomu jamás lo hubieran llamado el Banahan neozelandés)  y que siempre me pareció demasiado robótico para el ala. Quiero verlo en el callejón de los psicópatas que es el primer centro, si eso llega a ocurrir. Y luego, atrás del todo, dos jugadores magníficos, capaces de elevar el listón inglés corriendo el campo con la pelota: el finalizador Ashton, que se da mucho autobombo, pero con motivos; y Ben Foden, que por lo que le he visto me parece uno de los zagueros más interesantes del momento. Pronóstico: primeros de grupo, porque el orgullo inglés no es un lugar común, sino una realidad, también a la hora de jugar al rugby. Y en el cruce (seguramente con Francia) uno de esos partidos imposibles de predecir. Pero lo mejor (o lo poco que a mí me gusta) de lo que Martín Johnson le da a esta Inglaterra es lo que lo hizo a él una leyenda en su país: el liderazgo y su capacidad para competir.

Rumanía y Georgia completan esta zona en la que habrá que jurar morir con gloria, como promete el himno argentino. Es, tal vez y a priori, el grupo más duro, más áspero de todos. Porque los secundarios son equipos que obligan a cualquiera a picar piedra. Fuera del Seis Naciones, los Lelos están reconocidos como el mejor equipo del continente europeo, el decimosexto del mundo. Tiene un buen número de jugadores en Francia, entre ellos su mejor activo, el segunda/tercera Gorgodze, también conocido entre los amigos de la hipérbole como Gorgodzilla. Rumanía exhibe hasta nueve hombres radicados en equipos del Top 14 y la misma actitud rocosa de los equipos del este. Son equipos construidos con jugadores reconocibles, sospechosos habituales. Rumanía ha sufrido demasiadas lesiones en su preparación y aún tiene muchos puestos que decidir. Pronóstico: los Lelos, cuartos, los rumanos quintos. Y honrosas derrotas, cobrándose algún cadáver intermedio si fuera posible, en los partidos contra los principales del grupo.