Los inmortales

8 02 2011

Hace dos semanas que he vuelto a jugar el rugby. Sí, he vuelto. ¿Motivos? ¿Quién los necesita? Me llamaron mis amigos y yo a mis amigos no les niego una melé. Cosas como ésta no se olvidan: entras y bien pronto te sientes en casa. Y después vienen los dolores, que comunican un sentido de pertenencia. Es como si el cuello, otra vez, fuera mi cuello. O será que, como aquel Alain Bastien, un señor francés que a resultas de un accidente de moto perdió la capacidad neuronal de sentir dolor, también yo extraño metafísicamente la aflicción muscular. El dolor es parte del juego: como el olor de la hierba, el sonido de los tacos en las baldosas o el tacto del balón. El dolor nos advierte. El dolor nos previene. El dolor nos enseña. El dolor, replica Bastien a quienes envidian su excepción, nos hace hombres.

Éstos son mis números: 41 años y subiendo, 110 minutos de juego (80+30) en dos partidos, una victoria, un empate, una vertebra dorsal bloqueada y una torsión de tobillo con sustitución forzada y prematura. No faltará quien encuentre en la sucesión de incidentes la evidencia estadística de que mi hora ha llegado. Por ejemplo, mi buena madre, que siempre me ha advertido como si hablara para sí misma: “Cualquier día te me devuelven con la cabeza rota”. Esa ternura impagable de los presagios maternales… Me recuerda el día que ensayé el funambulismo sobre la tapia de bordes redondeados de una pista de patinaje, siendo un niño. Al segundo paso perdí pie, salí volando en despreocupada pirueta y aterricé con la cabeza sobre el cemento. Goteando sangre y lágrimas, corrí por el paseo central de Helios al encuentro de mi madre. A mitad de trayecto, alguien me agarró en sus brazos y me desvió con urgencia hacia el botiquín. Intenté resistirme: agua oxigenada, un practicante bañado en coñac y un diagnóstico siempre repetido:

-¿Escuece?
-Sí…
-Eso es bueno. Tres días sin bañarte y listo…
-Jo…

La escena provocó gran revuelo entre las mesas de rabino francés, que era el juego de moda entre las señoras, una vez superados los seises y el rabino español. Aletearon las bazas y las contendientes corrieron a arremolinarse a la puerta blanca de la enfermería. Desde adentro yo escuchaba el murmullo creciente de la expectación. El Ornat pequeño, que se ha descalabrado, imagino que decían. Unos minutos después, salí en brazos de mi santa con la cabeza envuelta en cinta blanca. Sin saberlo, emulaba mi propio futuro: era un niño destinado a la primera línea. La pregunta de siempre: “¿Por qué los delanteros de rugby se vendan la cabeza para jugar?”. Durante años yo lo hacía, siempre con pésimos resultados: jamás logré terminar el partido con la banda en su sitio. O tenía mucho pelo o tenía muy poco, pero el tocado me resbalaba y acababa por arrancármelo de mala manera. Ahora ya ni siquiera me pongo cinta aislante en las orejas. Y el casco, si acaso para entrenar, pero poco. El casco de rugby es como los preservativos: reduce sensibilidad y limita el placer. Porque la cabeza aún es nuestra arma preferida. Sí… los 57 old farts de la IRB (como los llamó el capitán inglés Will Carling) quieren terminar con la melé, exigen agarres largos, vigilan los hundimientos, permiten ese giro defensivo que le da el balón al contrario y que premia la no disputa de la melé, manera cobarde e indigna de jugar el agrupamiento estático… Pero por más que hagan jamás podrán con los cabezazos, que son el lenguaje alternativo entre primeras líneas. Sí, esos cabezazos cruzados en la entrada, al agacharse. Esos topetazos previos a la colisión de los hombros, y que uno nunca sabe si son fortuitos o buscados. O no lo quiere saber, porque todos sabemos. Y esos otros, laterales, ya en el fragor del talonaje, exclusivos del pilar izquierdo: la ventaja de jugar en el puesto que los británicos llaman loose-head, el que queda con la cabeza libre, suelta, fuera. Y el reconocible sonido hueco, algo metálico, del cráneo contra cráneo. Ese chunk, chunk, que indica que ha comenzado la berrea y la pelea de astados. Igual que el coronel Aureliano Buendía recordaba, muchos años después, la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo, yo tampoco habré de olvidar el día en que el U entró de recambio en un partido en Huesca, con más años aún de los que ahora tengo yo. Encajó su cabeza de bronce sobre mi muslo derecho y, conforme el oval caía al centro del agrupamiento, coló la mitad de su corpachón entre mi talonador y yo para repartir violentos cabezazos a los tres primeras líneas del equipo contrario. Les dio a todos. Nótese que había seis cabezas alineadas, tres eran de compañeros y tres de rivales. No falló ni un impacto: les acertó a los tres ajenos, como si tuviera un radar de enemigos. Cómo lo consiguió, todavía no lo sé. Me quedan en la memoria los quejidos sollozantes de los agredidos hacia el árbitro: “¡Señor, señor, ese tío está loco… está loco!”, gritaban. El árbitro, claro, no había visto nada.

"Hacedlo por los 57 viejos chochos", reza la pancarta de la afición inglesa: Will Carling había criticado al cuerpo de gobierno del rugby mundial. La misma gente que quiere convertir la melé en una reunión en un salón de té a las cinco. Girar una melé... nunca lo entenderé. ¿No se trataba de empujar?

En la melé pasan esas cosas. En la melé, por más que quieran y como ya escribí hace mucho, aún huele a hombre, sí. No puede ser de otro modo. Cierto día tuvimos que amonestar a un segunda que se lavaba los dientes antes del partido, en el vestuario, y explicarle las virtudes disuasorias del subterfugio llamado halitosis. He de confesar que yo me ducho también las mañanas antes de jugar, porque sin el agua no soy persona humana. Pero no debería. A la melé y sus alrededores uno ha de acudir en estado animal, mental y físicamente. La otra tarde, mientras tomaba un café con leche, canela y mucho hielo en copa de balón, me crucé con Gerardo, el primer medio de melé al que atendí en mi vida. Siempre lo identifico como autor de aquel adagio que constituyó mi primera enseñanza seria acerca de las verdades del rugby: “Al ruck hay que entrar sin talento, sin talento…”. Lo del tobillo fue así: entré al ruck sin talento, choqué contra alguien y me fui a un lado. Cuando me incorporaba para recolocarme, de la montonera se desprendió un tercera que embistió de costado sobre mi pierna izquierda. El golpe quebró el tobillo. Pero no es gran cosa. Me tuve que ir, sí, pero todos sabemos que el cuerpo está al servicio del club. Y además… el pie no es del cuerpo.

Hay que seguir ahí. En el Seminario nos trasciende un imperativo de tradición al que no se puede escapar. En el Seminario, el pilar no se retira, el pilar si acaso se muere. El resto de los jugadores de campo lo dejan, algunos incluso se casan, abandonan la ciudad para aceptar una oferta de trabajo, dicen que ya no están en forma, se rompen las rodillas… Y mil excusas parecidas. El pilar no. El pilar siempre vuelve. El pilar no sólo vuelve, sino que está en perfectas condiciones para volver, como si jamás se hubiera alejado del juego ni sus circunstancias. El pilar o muere o está listo para el partido del próximo fin de semana. Y no es seguro que, una vez muerto, no salga algún día de debajo de la losa y ocupe su puesto, imponente como los espíritus que tripulan un buque fantasma. No va a faltar quien observe que el motivo de tal longevidad tiene que ver con cuestiones físicas: no se puede perder lo que no se ha tenido, la velocidad, la agilidad, la potencia, la explosividad… Claro, claro. Pero, ¿quién quiere esas virtudes fugaces, pasajeras, gaseosas, volátiles como los sueños de juventud? Señores, la prestancia física es otra cosa. Es lo nuestro. Los japoneses lo entendieron hace muchos siglos e hicieron dioses a los luchadores de sumo: comen las mejores piezas, gozan de las más delicadas mujeres, nadie les afea sus kilos de más y además los consideran como lo que son, atletas de élite. No pueden andar en bicicleta por el carril de Belloch porque no caben, es cierto, pero el desafecto del luchador por cosas de naturaleza banal como los pedales demuestra que, en el fondo, todo eso del ciclismo y el Mortirolo… oigan, no es para tanto. En occidente enseguida nos despistamos con el figurín, la comida macrobiótica y conceptos como la grasa rebelde, el modelado del cuerpo o el pilates para embarazadas. El rugby es un modo evolucionado de vida, una enseñanza irrebatible, un deporte preocupado de verdad por las esencias del Hombre, por su trascendencia espiritual, y no por el culto necio a la belleza de la carcasa corporal, que habrán de comerse los gusanos o bien otros primeras líneas si un día se pierden en una isla desierta. Mientras eso no ocurra, todos lo sabemos: los únicos que no te afean una buena barriga son tu perro y los primeras líneas de tu equipo. En el resto, la verdad, no se puede confiar: el mundo está repleto de gente superficial.

Anuncios




¿Usted no juega?

26 10 2009

El día que cumplí 40 años me cuidé mucho de celebrarlo. Para evitar cualquier tentación me largué a Londres, donde consideré que estaría a salvo porque esa es una ciudad en la que nadie conoce a nadie. Yo la crisis de los 40 la pasé a los 35, o un poco antes, no me acuerdo, y parece que aún me dura. Siempre fui algo precoz, igual que el pirata somalí. En general los síntomas coinciden, aunque con variaciones: en lugar de una moto de gran cilindrada o un deportivo descapotable, como suelen hacer los aficionados al Seagrams con Tónica Schwepps, yo me compré una bicicleta, una batería electrónica y una armónica con la que distraer las tardes. Por lo demás, el cuadro habitual. Empezaron a disgustarme los pelos de la espalda, consideré la posibilidad de atajar la infección seborréica del cutis con un tratamiento facial y me hice corredor aficionado de larga distancia, pensando en medios maratones y aun en maratones que reivindicaran mi condición de hombre-de-mediana-edad-en-el-mejor-momento-de-su-vida. Es decir, todo una conveniente ficción que enmascarase la realidad: el extravío, el desconcierto, el cansancio, la desesperanza, el hastío y la inminencia de la definitiva derrota.

En el mientras tanto, seguí jugando al rugby, confiado en que me mantendría ágil y despierto, inaccesible a la edad, inmortal, como me dijo un compañero el otro día. He pasado la barrera de los 40 en el campo. Pensaba que me sentiría orgulloso, pero ahora estoy confundido: me parece que he perdido el juicio y que me estoy equivocando de lugar. Como soy el opuesto de Shanti Andia, un hombre de inacción, he resuelto dejar pasar el tiempo sin tomar una decisión. En realidad, yo sigo a la espera de que el rugby me retire de un mal golpe, como viene anunciándome mi madre desde hace más de una década, o me envíe una señal definitiva, evidente, irrefutable, de que mi hora ha llegado. Mientras tanto, sustrayendo cada día mayor terreno a la realidad en favor de las utopías, sigo entrenando y jugando. Cada verano pienso que lo voy a dejar y luego viene septiembre y vuelvo al barrigazo. A ratos me pongo melancólico y mentalmente anoto lo que sería el arranque de una autobiografía apócrifa sobre mis días en el rugby. Diría así:

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el talonador Aureliano Ornat había de recordar el día en que Angelito el Carnicero jugó de pilar izquierdo a su lado, con 45 años, después de proclamar frente al espejo y en referencia a su imponente torso desnudo: ‘¡Menos mal que esta mañana me he puesto los músculos!”.

Soy el continuador de una saga de irredentos, por lo que parece. Pero tal vez la señal que temía llegó este sábado. Ahora juego las medias horas finales de los partidos, un periodo indeciso en el que puede estar todo hecho o todo por hacer. Durante los 50 minutos anteriores aguardo en la banda, armado hasta los dientes, con las medias a la rodilla, el protector en la boca y la chichonera calzada en la cabeza. Después, a la hora de salir, me quito la chichonera porque me parece que hay algo pusilánime, impropio, en protegerme la cabeza después de tantos años jugando a cerebro descubierto. Cuando se aproxima el descanso me marcho a corretear por el fondo del campo y empiezo a prepararme para lo que venga. Ahora que anda por ahí la máquina de entrenar melés he encontrado una notable diversión arrojándome cabeza abajo contra sus felices almohadillas. Lo hice el sábado, a modo de calentamiento individual, y fue un reencuentro emotivo, porque uno ha pasado atardeceres muy hermosos retozando con esa máquina por las praderas del Seminario, llevándola de acá para allá, de lado a lado del campo, entre bufidos, pedorretas, expectoraciones, gruñidos y gargajos, todo manifestaciones de un mutuo amor entre el hombre y la bestia. Moverla jaleado por los compañeros es como sacar en procesión a un Cristo del que se es devoto: una experiencia religiosa. Puro erotismo trascendental. Sexo deportivo. Si un jugador de rugby se hace alguna vez director de cine porno (lo cual no está lejos de ocurrir) la escena en la que un ejercito de doncellas atenienses son violentadas por 300 espartanos sobre una máquina de entrenar melés pasará a ser un clásico del género.

La máquina de entrenar melés es el mejor amigo de un primera línea, si exceptuamos a otro primera línea. Los dos (las máquinas y los primeras líneas) presentan muchas similitudes: ambos son artilugios primarios, de robusta sencillez y muy concreta fiabilidad. Sirven para lo que sirven y eso lo hacen bien, con simplificado orgullo. No le puedes pedir a un primera línea que dirija a un equipo ni a una máquina de entrenar melés que te lleve a Barcelona. Tan parecidos son que, en ciertas ocasiones, uno puede confundirlos: a un primera línea le pones un impermeable rojo y es igualito a una máquina tapada con la lona para que no se oxide. No estoy exagerando. De hecho, hay primeras líneas con menos sentido común que una  máquina de entrenar melés; no es extraño verles abrazados a ella, hablándole a las espumas recubiertas de lona contra las que se enfrentan. Uno puede confiar en una máquina de entrenar melés: sabe guardar los secretos, aguanta los empujones, permite que le babees las aristas y tiene más o menos la misma agilidad que nosotros. Para un primera línea, el entrenamiento con su máquina es suficiente: empentar, empentar, empentar, hacer papilla los hombros, agacharse un poco más, siempre un poco más, contracturar todo los músculos del cuello y sus inserciones, y si acaso de cuando en cuando completar una serie de flexiones y otra de abominables, con el fin de relajar o hacerles compañía a los muchachos de la línea. Correr no es importante. La resistencia se gana empujando, eso lo sabe cualquier hombre a partir de la pubertad. De la velocidad ni hablamos: no conviene echar una carrera hasta la línea de 22 contra la máquina de entrenar melés, porque podría ganarnos. A los primeros líneas nos incomoda el exhibicionismo atlético. Y las máquinas de entrenar melés se quedan frías si las embiste alguien de menos de cien kilos.

Con nosotros a su lado, las máquinas de entrenar melés se sienten queridas y apreciadas en su justa medida. Nos saben iguales a ellas: un capricho de la ingeniería. De hecho, en las primeras líneas se han observado homínidos que asombrarían a la Ciencia y se pueden considerar auténticas maravillas de la evolución. Durante algún tiempo tuvimos en nuestro equipo a un primera línea rumano de al menos 160 kilos, de los que no menos de 35 serían cabeza. Hasta que no aprendió sus primeras palabras en español algunos no tuvimos claro que no estuviéramos alineando a un buey. Cuando le preguntábamos, nuestro astuto presidente se encogía de hombros y por toda explicación agitaba el documento con el transfer internacional. El tipo podía ser un rumiante, venía a decirnos, pero no un indocumentado. Por suerte, en la plantilla tenemos varios estudiantes de Veterinaria y les bastó observar (muy de reojo y con sumo cuidado) los órganos reproductores del especimen para concluir que al menos un Hereford no era. Momento en que el entrenador maldijo su escasa fortuna, porque ya se frotaba las manos pensando en explotarlo como semental en su granja. No falta quien sostiene que lo intentó, de todos modos. Observado de cerca, el muchacho tenía un corazón muy humano, formación en Teología, una amante enamorada que le guardaba la ausencia y la dignidad intacta en la distancia del exilio. Aun así, temíamos seriamente que se nos lesionara de gravedad. Primero porque en los partidos uno podía entregarle la pelota sabiendo que avanzaría docena y media de metros con varios saltimbanquis del equipo contrario colgados del cuello. Segundo, y sobre todo, porque si se rompía alguna articulación y quedaba inservible, nadie estaba seguro de dónde había instalado el Ayuntamiento el Punto Limpio más próximo. Ni cómo trasladarlo hasta allí.

A lo que iba: el hombre y la máquina… El caso es que, después de una buena serie colisiones contra el animal de hierro y espuma, me sentí preparado para acometer la media hora precisa de juego. Sintiéndome cálido y maleable, me dije: es hora de estirar para que esos músculos cuyos nombres ignoramos se presenten bien lozanos en la pasarela del campo. Hay un prestigio que defender.  Y, sentado sobre mis talones, en actitud de meditación trascendental, tensé los muslos y otras zonas blandas para retirarles varios años de encima. Cuando ya empezaba a sentirme joven, capaz de mezclarme entre los adolescentes que anticipan el relevo generacional, listo para enfrentar la caza del veterano que cualquier equipo desea practicar cuando tiene muy visto a un tipo concreto del rival, justo en ese momento en el que verdaderamente quería parecerme que nada había cambiado, que yo seguía siendo el mismo de las últimas dos décadas, que jamás estuve mejor, ni más en forma, y que en verdad soy un-talonador-de-mediana-edad-en-el-mejor-momento-de-su-vida, un Peter Pan del oval, un Connor McCleod del rugby… justo entonces pasó a mi lado un chavalín, me miró y, sin detenerse un momento, me preguntó: “Oiga, ¿usted no juega?”. Y mientras yo caía muerto sobre el césped, él se fue caminando hacia el otro lado del campo.