Sospechosos habituales

21 07 2011

Le sacan las tripas a la ciudad para secarlas al sol minucioso del verano.  Después van a suturar las avenidas con una cremallera tranviaria. Hay por ahora un caos visceral como de órganos removidos en la mesa de operaciones. Luego quedará todo nuevecito, con una cicatriz pespunteada de césped artificial y los urbos cayendo avenidas abajo en sostenida pendiente hacia el río y más allá, camino al norte, donde aguardan los vecindarios la llegada de este nuevo caballo de hierro, allá en las vaguadas en que la ciudad rinde su disparidad a la monotonía del inminente desierto y la soldadesca mata la mosca negra a cañonazos. El objetivo consiste en ser moderno, ser europeo, ser  sostenible, ser humano, si alguien sabe en qué consiste todo eso… El ofuscado munícipe -que siempre aparece ante las cámaras desarreglado, con un cierto alboroto en los cabellos y en la voz, como si acabara de dejar un trenecito con sus concejales en el baile de alguna boda desenfrenada-, ha conquistado la permanencia y se dirige ahora hacia la posteridad decimonónica del tramway. La escena compone un fresco atolondrado de personajes. El pueblo comparte sudores en los autobuses ecológicos con alegría comunal. La bicicleta ya es la única posibilidad, apenas. Fuera de eso sólo queda una laminación colectiva de grupos municipales y sus votantes, un escuadrón suicida de indignados con el mundo o bien simular un accidente de circulación en el salón de plenos, al estilo de Toma el Dinero y Corre, cuando Virgil intenta atropellar a su víctima con un Mini-Cooper por los pasillos de su casa. Pero ojo porque ahora el fiscal de la cosa del auto va a declarar homicidio involuntario el atropello, el salto de línea continua y la conducción apresurada. En Zaragoza, si la Local toma ejemplo y el cochero de Drácula impone el estado de orden maximalista que acostumbra, pueden mandarte unas semanas a Sing Sing por pisar un paso de cebra o no poner neumáticos blandos en los días de canícula que declare Lolumo. El próximo verano en Zaragoza se ha de llevar el moreno a rayas paralelas y las canciones de los Nikis en El Guay, otra vez.

Micah, en el centro, sobre la ausente señora Hinson y, en las esquinas del cuadrilátero, los cuatro púgiles de Tachenko. Un retrato carcelario de esta feliz pandilla de bienhechores.

Frente a un escenario tan opresivo, buscamos escapatorias urbanas y nos entregamos al último regreso a la ciudad de Micah P. Hinson, al que cualquier día habrá que entregarle ya las llaves de la Inmortal por haber hecho amigos tan diligentes en los muchachos de Tachenko. Sospechosos habituales todos ellos. Anoche corrían apuestas en la elegante Sala López sobre el contenido del tetra-brik con el que se avitualla entre canciones el hombre llegado de Abilene, Texas: ¿Será una spremuta d’arancia, un vodka con naranja, caipirinha, gazpacho casero licuado a través del alambique de un viejo embudo…? En este último retorno, Micah lució unas wayfarer de montura blanca y un sombrerito oscuro de ala corta. No fumó. A los pocos minutos de arrancar, se deshizo del tocado, aquilató su opinable mata de pelo en un perfil satisfactorio para su juicio y procedió a sacarse el chaleco encurtido que le acotaba la previsible camisa de cuadros. La sala estaba repleta. Micah y sus Pioneros del Sabotaje (díganles Tachenko) iban a interpretar nada menos que Trompe Le Monde, el último disco que jamás grabaron los Pixies. O lo que para entonces quedara de ellos.

Trompe Le Monde no es un disco fácil, le explicaría a la salida del concierto un joven a su chica, mientras la apretaba bajo la axila para cruzar el Puente de Piedra, que de camino a la medianoche era apenas una muralla azotada de viento otoñal. No lo es. Hacen falta cojones para venir a esta hora a tocarlo. Lo dijo el propio Micah en su exordio de presentación: “Este disco cambió mi vida”. Lo dijo sin énfasis, aunque la frase lo tenga, inevitable. ¿Hacia dónde cambió la vida del señor P. Hinson este álbum? Si uno repasa su biografía, las posibilidades se multiplican. En cierto modo, ensoñaciones espaciales aparte, a uno Trompe Le Monde siempre le pareció un trabajo valioso por lo que hay en él de desarraigo cronológico: parece más un elepé de presentación, de nosotros hacemos esto y nos importa un rábano lo que os parezca, que el retruécano último de un grupo consagrado. Considerado en perspectiva, uno lo cree también un disco autista, ajeno a cualquier entorno y representativo del archipiélago de individualidades distanciadas que a esas horas eran los Pixies. No falta quien lo considera, con algo de razón, el primer disco en solitario de Black Francis. La ausencia de la voz de Kim Deal, la otra cara de la luna de la banda, subrayaría tal impresión.

El ejercicio de revisión le salió mucho más que convincente al combinado Micah/Tachenko. Estos chicos ya dejaron sentado en su última aparición conjunta en Oasis que se han cargado las leyes de la probabilidad prejuiciosa y vienen discutiendo algunas de las muchas posibilidades de la combinatoria. Nunca hubiéramos imaginado simbiosis tan feliz. Tachenko ha dejado hace rato de actuar de comparsa o marco generoso para el genio desbocado de Micah P. Hinson, si es que alguna vez alguien pensó que ese pudiera ser su cometido o su papel en esta representación. El americano aparece reconfortado y multiplicado de registros y posibilidades cuando se apoya sobre el fondo de almohadones  sonoros que le propicia el cuarteto zaragozano.  Y Tachenko va ensanchando sus límites. Esos chicos tocan muy bien. La combinación funciona. La recreación les quedó poderosa, con el rango preciso de vibración emocional y rítmica; y Micah encontró con su voz la voz de Black Francis, la aspereza desgarrada de algunos pasajes y la enérgica distracción de las letras. Trompe Le Monde tiene más de loud que de quiet, dialéctica que solía estructurar los temas de los Pixies. En su último disco hay más intensidad que contemplación, más rasca que melodía. Y es un disco con tanta afección por el distanciamiento que aproximarlo a la audiencia en tercera persona suponía una tarea exigente. Rebasada con entusiasmo y destreza, en todos los órdenes y pese a algunas indecisiones en el comienzo. Si he de elevar una objeción, lo haré con modestia: yo hubiera preferido invertir el orden del recital. Primero la parte de Micah en solitario obsesivo y los apuntes de algunos de sus temas más conocidos con el apoyo de Tachenko, luego una pausa para desengrasar y, por fin, la hora de tralla del Trompe Le Monde. Tal y como lo hicieron, la media hora de añadido a la interpretación del disco pareció un apéndice destinado a completar la noche con una decorosa duración.

No era necesario. Trompe Le Monde no es un disco fácil, cariño… Ven y apriétate que no quiero que cojas frío. Y al levantar la vista al ventanal del consistorio apreciaron allí, recortados en sombra, dos perfiles que admiraban la majestuosidad nocturna de la urbe sin embotellamientos de autobuses articulados. Ora glosaban con su mirada las riberas, ora el anillo verde, los serpenteantes carriles bici… Ora el ensanche hacia el sur, las fincas recalificadas que le ganamos a la huerta, ora las avenidas enrejadas y el bailarín embaldosado peatonal. Y entre esas dos siluetas una voz  decía untuoso al contraluz amado: “Míralo bien porque algún día, Mari Cruz, algún día todo esto será tuyo…”.

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Micah según Micah

17 12 2010

Micah Paul Hinson, un tío con clase, de acuerdo a su idea del concepto.

Primero las palabras:

“Me llamo Micah P. Hinson… A pesar de lo que todo el mundo cree, no es Michael, sino Micah. No tiene nada que ver. En Wikipedia se empeñaron en poner Michael, pero ¿a quién cojones le importa lo que dice Wikipedia? Son unos imbéciles que se pasan el tiempo delante del puto ordenador y los video-juegos. Que les den por el culo, soplapollas…”.

“Estoy aprovechando para fumar dentro del teatro, ya que por lo visto el gobierno va a prohibir hacerlo en poco tiempo. Hijos de puta… ¿Desde cuándo los gobiernos deciden qué podemos y qué no podemos hacer con nuestras vidas? Ya no se puede beber, ya no se puede fumar en ningún lado. Los mamones han creado una sociedad jodidamente vulgar. Ya no hay clase”.

“A toda esa gente que cuchichea durante las canciones… La verdad, no sé para qué pagáis una entrada si luego os dedicáis a pasar el tiempo hablando con vuestros amigos. No sé cuál es el precio de la entrada, pero yo no tengo ningún amigo que valga lo suficiente como para tirar el dinero que he pagado hablando con él. Puede que no os guste lo que estoy tocando, pero me importa una mierda… Por mí podéis seguir hablando todo lo que queráis. En realidad lo digo por toda esa gente que haya venido a ver el concierto y quiera escuchar las canciones, si es que saben lo que estoy tocando: por favor, hacedlo por respeto. ¿Qué dicen esos tipos de ahí? En fin, no sé, no entiendo lo que dicen, no me importa”.

“Esta señorita que está sentada en los teclados es mi esposa, Ashley Bryn Gregory. Hay dos tipos de personas… en realidad hay dos tipos de relaciones de pareja. Una es la habitual, esa en la que una de las dos partes de la pareja se pasa el tiempo tratando de cambiar los hábitos del otro: te dice lo que tienes que hacer, lo que le gusta a ella, se pasa el tiempo pendiente de si bajas o no la tapa del retrete… Y luego están esas otras personas que te quieren exactamente como eres, que no tratan de esconder todos tus putos defectos ni de convertirte en lo que a ellas les gustaría que fueras. Ella pertenece al segundo tipo, desde luego. Ha sido un ángel para mí y seguramente sin ella a su lado yo estaría ahora mismo mucho más cerca de la muerte de lo que estoy”.

[Micah P. Hinson detesta a Barack Obama. Está en contra de la reforma de la sanidad estadounidense y considera que el presidente es sólo “una celebridad, un famoso” que ha ocupado la Casa Blanca. Prefería a Bush Jr., aunque sin excesos: “Con él -ha dicho- sabíamos qué tipo de locuras nos aguardaban. Con Obama no tenemos ni idea. No creo que posea el criterio necesario para ser presidente. Ya sé que le legaron un bocadillo de mierda, pero también a Bush y a Clinton y a Reagan y a Lincoln y al puto George Washington. Ya sé que, seguramente, vamos de mal en peor desde Clinton, los Bush y demás, pero lo que hace Obama es convertir Estados Unidos en un país socialista: si por ahí hay países que quieren ser socialistas, adelante, que lo sean… pero América no es eso”. Estas declaraciones, hechas a una revista londinense, provocaron que se le considerara republicano. Una posibilidad abyecta que Micah refutó en su estilo: “No soy un puto demócrata ni soy un sucio republicano. Defiendo los derechos de la gente, pero ni soy socialista ni comunista. Soy un firme defensor del Sueño Americano, del Alma Humana: y estoy radicalmente en contra de la tolerancia. ¿Si se trata de que Obama es negro? No, no se trata de eso. Puede ser negro, puede ser de color púrpura… Me da igual si es verde y tiene nueve ojos y tres ombligos. Me importa una mierda si dispara fuego con la polla: aunque, la verdad, eso sería impresionante. No me importa: se trata de que es una extraña celebridad y no me interesa alguien así, con su mujer todos los días en la revista Vogue, dirigiendo el país”].

Luego, las canciones:

“Se dice que nadie te hallará / bajo las piedras o un esqueleto hecho pedazos / Yo declaro que me hallarán bajo una rosa… / solo”.

“¿Qué ves cuando duermes,  / Un millón de estrellas a las que pedir deseos / o sólo a mí? / Y ella, oh, me habló con tanta suavidad / mientras nos perdíamos hacia el sueño”.

“Amor /, puedes venir a mi casa / contra toda esperanza y sentido de la decencia, / Cariño, quítate ese vestido para mí / contra toda esperanza y sentido de la dignidad. / Cariño, puedes enamorarte de mí / puedes venir a mi lado / contra toda la esperanza y el orgullo de la humanidad… / Y el mundo sigue girando, gira y gira / pero a mí ya no me importa”.

“Se me está acabando la paciencia / para andar jodiendo con esto ahora / Será mejor que me creas cuando digo esto. / Se me acaba la paciencia / de andar jodiendo contigo / Mejor que te lo creas ahora que lo digo. / Voy a hacer mi bolsa / Y me largo. / Mejor me buscas cuando tengas algo más que decir”.

“Cuando nos abrazábamos / no podíamos ver el futuro que se balanceaba frente a nosotros / Ahora es pasado, tan lejano que ni alcanzamos a verlo / Entonces quedaba algo entre nosotros / Supongo que ya no existe…”

[A los 20 años, Micah P. Hinson, descendiente de los indios Chickasaw, residente en Abilene, Texas, se enamoró de una modelo cuyo marido acababa de morir de una sobredosis. Juntos recorrieron todos los estadios de la adicción, incluidas la carnal, la química y la sentimental, en conveniente desorden. Hasta que un día la mujer, unos años mayor que él, lo abandonó. Por aquellos días, Hinson sirvió una pena en prisión por falsificar recetas para colocarse con pastillas, se quedó literalmente en la calle y había empeñado o vendido todo su equipo como alimento de su toxicomanía. Lo salvó el contrato de edición de su álbum ‘Micah P. Hinson and The Opera Circuit’. Algún tiempo después conoció a Ashley Bryn Gregory, terapeuta, alumna de su padre en la universidad, descendiente ella de otro pueblo indio, los Chocsaw, en una fiesta en casa del progenitor. La llevó a un festival de música en Texas, le dejó leer los borradores de lo que hoy es su libro ‘You Can Dress Me Up, But You’re Not Gonna Take Me Out’, publicado en español antes que en su idioma original, bajo el título ‘No Voy a Salir de Aquí’ (!) y  le propuso matrimonio al final de un concierto en el Union Chapel de Islington, Londres. Sacándola al escenario, recuperó un anillo del bolsillo trasero de su vaquero y se arrodilló ante ella. Ashley aceptó: “She said yes, everybody!” anunció a la audiencia Micah. Ahora le enseña a tocar los teclados: hubo un delicado momento de amor este jueves, cuando ella fue incapaz de seguir correctamente los acordes de un tema en el cambio de compás. Micah detuvo la actuación, habló con ella, le indicó varias veces cómo hacerlo. Volvieron a empezar. De nuevo le dio instrucciones: se quedó a su lado hasta que ella pudo completar su parte y, sólo después, permitió que comenzara de nuevo la canción. Merece la pena anotar que Ashley ha aprendido a leer música, pero apenas sabe tocar un instrumento; su marido, al contrario, puede interpretar varios instrumentos, pero no sabe leer música].

Por fin, la música

Micah P. Hinson regresó a Zaragoza y dio un concierto en la Oasis en tres partes: primero y al final, enmarcado de manera excelente por la música de Tachenko (“España es el único país en el que la gente viene a mis conciertos todas las noches, así que me puedo permitir una banda”). Luego con un ejercicio de desnudo virtuosismo, en el que se dedicó a caminar por la cuerda floja en un aparte acústico, con interpretaciones minimalistas de sus hermosos temas, un poco a la manera de su arriesgado disco All Dressed Up and Smelling of Strangers. Igual que en ese doble volumen, a veces un poco Dylan, un poco Denver o Guthrie o Cash, otras algo Cohen. Sin importarle la reacción de la audiencia (como refleja el discurso de arriba), se dedicó al equilibrismo de la voz y los mínimos subrayados de la guitarra, y a cantar con un cigarrillo emboquillado en la comisura de los labios, y a repartir esas diatribas suyas, pespunteadas de insultos, sarcasmos y juramentos, que componen su precaria pero vehemente filosofía vital. Verlo fue un extraño placer, como siempre. Como aquella otra vez en que vino a Las Playas, y de la que ya hablamos





La Década de un Infame en Canciones (y 5)

2 02 2010

Los diez mejores, en este orden ascendente: 10- The Gospel of Progress, de Micah P. Hinson; 9- Neon Bible, de Arcade Fire; 8- I Am a Bird Now, de Antony and The Johnsons; 7- Grinderman, de Grinderman; 6- Elephant, de White Stripes; 5- A Ghost is Born, de Wilco. 4- Funeral, de Arcade Fire; 3- The Man Comes Around, de Johnny Cash; 2-  In Rainbows, de Radiohead; 1- Yankee Hotel Foxtrot, de Wilco. Los diez discos que no salen de mi iPod ni aunque caiga una bomba atómica. Una década más, una década menos.


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Yankee Hotel Foxtrot – Wilco (2002)
En mis días por Chicago pasé el tiempo mirando y fotografiando las dos torres de Marina City, objeto de la portada de Yankee Hotel Foxtrot. Una imagen pálida, en violento contrapicado, de lo que  parece una colmena de cemento y es, en realidad, un complejo residencial de arquitectura singular en la desembocadura del río Chicago. El título del disco es aún más críptico: Yankee Hotel Foxtrot son tres palabras usadas en el alfabeto fonético de las emisoras numéricas de onda corta. Cada palabra representa su letra inicial. Un juego de acrónimos que tendría que ver con mensajes cifrados para espías, enviados hasta su destinatario a través de frecuencias ocultas en el dial. Nadie confirmó jamás esa teoría y el enigma permanece vivo. En el disco de Wilco, hacia el final de la sombría Poor Places, una voz infantil recita las tres palabras con tono hipnótico. Hay algo definitivamente misterioso en este disco. La gestación de Yankee Hotel Foxtrot parece una leyenda concebida por algún publicista post-moderno. La narra con pulso muy firme Sam Jones en el documental I Am Trying To Break Your Heart. La atrevida factura del disco le costó a Wilco la ruptura con su discográfica, que le pedía a Tweedy y sus chicos un trabajo mucho más accesible para las masas. Tweedy no aceptó. Expulsó a su antagonista Jay Bennett del grupo, consumió las migrañas en vómitos entre grabaciones, hizo malabares para no derrumbar su vida de pareja y convenció a los demás de pagar 50.000 dólares y quedarse con los derechos de publicación del álbum futuro. Con las manos en un bolsillo y una colección de tortuosas canciones en la otra, Wilco salieron a la vía pública con el disco bajo el brazo, y con él se lanzaron a la autopista virtual: descargable en internet, Yankee Hotel Foxtrot recabó adeptos con la velocidad de un trueno. Las discográficas volaron a por él y le dieron cuerpo. Es un disco en verdad extraordinario, que avanza la personalidad posterior de un grupo que ya había publicado el seminal A. M., un doloroso (a veces brillante) Being There, y el promisorio Summerteeth. De modo impensable, Yankee Hotel Foxtrot –disco nada complaciente, cruzado de norte a sur por la poética del quebranto que tan bien maneja Tweedy en sus letras, hecho de potentes diálogos sonoros, de soliloquios miserables y epílogos estridentes- catapultó a Wilco hacia el culto masivo. Y elevó al infinito su consideración como creadores de un sonido distintivo, deudor de viejas tradiciones rebasadas por una sabia experimentación e interpretadas con una finura prodigiosa.       

       

In Rainbows – Radiohead (2008)
Tal vez Noel Gallagher tuviera razón en aquella macarrónica apreciación que hizo acerca de la música de Radiohead: “Thom Yorke se sienta al piano y durante media hora canta lo mismo: ‘Se va todo a tomar por el culo, estamos condenados, se va a tomar por el culo…’. Ya… sólo hace falta ver las noticias, tío. Pero al final, su público siempre acabará pidiéndoles que toquen ‘Creep’. Que se hagan a la idea”. Así es Radiohead, un grupo que siempre ha tratado de ir mucho más lejos cuando todos pensábamos que ya habían llegado hacía rato. En este In Rainbows, puesto a disposición del público primero en internet y más tarde en los formatos normales, Radiohead supera (por fin) la abstracción sonora de los discos precedentes y entra de lleno en ese tipo de vigoroso rock electrónico que tan bien dominan (15 Step, Bodysnatchers), y en las esquizofrénicas falsas baladas en las que la angustia de Thom Yorke se apodera progresivamente de todo (All I Need). El resultado es un disco que, a mí, me saca la cabeza de su sitio. Una colección de canciones que he escuchado incansablemente durante los últimos años, y aún lo hago. De entre todos los méritos que le atribuyo, éste no es el menor: haberme devuelto a uno de mis grupos preferidos de todos los tiempos. Si no lo considero el mejor disco de los últimos diez años no es tanto por una cuestión musical (durante mucho tiempo pensé que lo era) sino porque al reescuchar Yankee Hotel Foxtrot me di cuenta de hasta qué punto Wilco han cambiado mi percepción de la música y de todas las demás cosas.

Neon Bible – Arcade Fire (2007)
Eso que llaman art-rock es una mezcla de lo más resbaladiza. Sólo con la denominación uno corre el peligro serio de ponerse interesante y de que el fundamentalismo guitarrero arremeta contra esas tricotas instrumentales en las que lo mismo suena un oboe que el percusionista aporrea alternativamente un timbal y una pandereta. Arcade Fire gestionan todos esos peligros con ligereza de actitud, conciencia rock, un cuidadoso sentido lírico a la hora de escribir las canciones y su modo torrencial de interpretarlas. El virtuosismo está muy bien resumido en su revisión de Neon Bible en el interior de un ascensor, con percusión rítmica en el cajón del elevador y las hojas rasgadas de una revista como divertido instrumento alternativo. Funeral parecía ocuparse de los pensamientos íntimos ocultos en un velatorio; Neon Bible nació concebido y destinado a la grandilocuencia. Su distancia es la que hay entre una iglesia románica y una catedral gótica. Sin embargo, en ambos casos el funcionamiento resulta inapelable. Neon Bible tiene un deliberado sonido trascendente, tentativa que siempre estará condenada a provocar adeptos y enemigos. Hay en él una indudable vanidad instrumental, pero Arcade Fire puede sostener la apuesta sin ponerse churriguerescos, porque sus edificios sonoros están construidos con materiales sólidos y arquitectura lógica. Su capacidad de sugerencia permanece intacta. El disco tiene menos unidad que Funeral, pero uno no acierta a entender por qué esa irregularidad ha de jugar en contra de la consideración de las canciones. Yo, de verdad, agradezco los cambios de rasante.    

     

The Man Comes Around (American Recordings IV) – Johnny Cash (2002)
En la primera canción de este álbum, Johnny Cash pinta el Apocalipsis con la misma ferocidad religiosa y poética con que lo hubiera hecho Miguel Ángel si llega a nacer en el siglo XX en lugar del Renacimiento. Sinceramente, uno querría ver un espectáculo de esa clase, sobre todo con la banda sonora de Cash al fondo. Cuando el Hombre se haga carne entre nosotros, sonarán trompetas celestiales, se abrirán las montañas, vaciarán las cuencas de los ríos y cabalgarán flamígeros ángeles sobre un fondo de enloquecida púrpura. Puede que todo eso sea verdad o puede que no, pero Johnny Cash lo cuenta de un modo indudable. Ésta es la música del Juicio Final, el último disco de la serie American Recordings, en la que Cash le refrescó al mundo entero la memoria de su grandeza. Reinventado mucho más allá del country, pero con los pies sobre la tierra musical que lo vio nacer, Johnny Cash recupera una de las figuras más clásicamente americanas: la del intérprete descomunal, capaz de hacer suyo cualquier ritmo, cualquier canción, no importa el estilo, y transformarla, redefinirla, ampliarla y otorgarle nuevos significados. Lo hace con Personal Jesus, el tema de Depeche Mode, al que le rebaja la ligereza tecno para darle una profundidad insondable. Con In My Life, de los Beatles, reinterpreta el bellísimo lamento nostálgico de Lennon y McCartney hasta hacerlo despiadada tristeza de adiós. Su versión de Hurt es la cumbre de ese juego prodigioso. El vídeo es una última confesión antes de la muerte. Una canción reinventada como epitafio. Y luego está el Cash de Give My Love to Rose, el cantante de modélicas melodías acerca de los perdedores (I Hung My Head) y de los amantes, y de los amantes perdedores. Con este álbum, Johnny Cash alcanzó un estadio aún superior a la inmortalidad que ya lo asistía. Y a continuación, como para dejar constancia de que nada dura demasiado, el tipo se murió.
     

Elephant – White Stripes (2003)
Si con una sola canción hubiera de representar la década completa, tal vez elegiría Seven Nation Army, con su batería machacona y el riff de guitarra (que suena a falso bajo) más famoso del milenio. Al punto que los italianos lo  representaron en una suerte de onomatopeya infantil (po popopo popo pooooo) y con ella construyeron un cántico célebre para su victoria en el Mundial de fútbol de 2006. Esta canción posee el poder hipnótico del icono, defendido en la complejidad de su aparente sencillez. Este disco, Elephant, presenta una colección de temas implacables en los que los (presuntos) hermanos White -se hacen llamar Jack y Meg White y existen multitud de teorías al respecto de la naturaleza verdadera de su relación, pero se sabe que no gastan los mismos apellidos en sus documentos- energetizan el ambiente trayendo a su terreno el garaje, el rock, un tanto de blues y otro de psicodelia, estribillos que rinden la conciencia colectiva sin empalagarla, una guitarra de afilada expresividad y todo con la dosis precisa de mugre para que suene agreste y como a los años setenta en algunos dichosos casos. Los White Stripes tienen humorística audacia, sonido, potencia, energía y actitud. Cuando aciertan, le pegan en la diana a todos nuestros gustos. Por eso Elephant nos parece un disco estupendo, que uno tiene ganas de oír muy a menudo, para sentirse campeón. 
   

I Am a Bird Now – Antony and The Johnsons (2005)
En la voz de Antony Hegarty están contenidas todas las formas de la hermosura. El cautivador arrebato que provoca tiene que ver con lo desconocido, lo inasible o lo mágico: a pesar de su cadencia de lírico lamento, parece concebida para hacer del mundo un lugar más acogedor. Contra la impresión de martirio interior, de desnudo intimista, en su modo de interpretar, de relacionarse con las canciones y de apelar al público, Antony Hegarty convoca un afecto inevitable, pura dicha, la suavidad del encuentro deseado. Hay voces de terciopelo, hay voces torrenciales, hay voces portentosas, hay voces cristalinas, hay voces que ascienden escalas altísimas y otras capaces de arrastrar su milagro por las notas más bajas. La de Antony posee una musculosa delicadeza que no pretende la vanidad ni la exhibición. I Am a Bird Now está repleto de todas las sugerencias posibles, episódicas rendiciones a la belleza enigmática de las canciones. Nada se puede calificar en él, en sus autores, en la andrógina figura central de Antony ni en los Johnsons, el cuarteto de músicos de cámara que enmarcan con exactitud el extraordinario juego vocal y sonoro de este grupo.

Grinderman – Grinderman (2007)
Para mi próxima reencarnación yo elijo ser baterista de Grinderman. La década ha tratado de alimentar mi lado más sucio y canalla con gente como los Queens of The Stone Age o el reciente Them Crooked Vultures, pero a mí me conquistó hace rato la brutalidad de Nick Cave y los barbudos Bad Seeds reconvertidos en este tercer acto, llamado Grinderman: suena tan sabiamente descarnado como si el hombre hubiera retrocedido un par o tres de escalones en su evolución, hasta convertirse en el inquietante chimpancé radiactivo de la cubierta. Enfrentado entonces a los instrumentos, dotado del aprendizaje evolutivo de los milenios y de la musculosa vitalidad de las bestias, habría grabado un disco como éste. Poderoso en la mayor amplitud del término, vocalmente agresivo, líricamente animal, primario y sin embargo armónico, hasta en los desbarres  instrumentales que permiten las canciones. De qué otro modo se podrían escribir líneas como éstas: “Estamos hartos de sus lamentos ventajistas / Todo lo que queríamos era un poco de violación consensuada por la mañana / y si acaso algo más por la noche / Somos científicos, nos dedicamos a la genética / La religión se la dejamos a los psicópatas y los fanáticos / Pero estamos cansados, perdidos y sin nada en lo que creer… / Así que, diles a las chicas que nos largamos”. Soberbio.

A Ghost Is Born – Wilco (2004)
Si no hubiera existido Yankee Hotel Foxtrot, este disco hubiera constituido la obra cumbre de Wilco y tal vez de la década. Sin perjuicio de ninguno de los otros, es mi álbum favorito de Wilco, porque apareció en un tiempo muy preciso y me provocó sensaciones inigualadas en las que pude zambullirme en su primer directo en la sala Oasis, donde literalmente su nítido salvajismo se me llevó por delante. A Ghost Is Born contiene un descomunal cacharrazo de energía, una explosión controlada, y viene a ser el big bang que conformó la banda que es Wilco tal y como hoy la conocemos: con la fiereza guitarrera de Nels Cline, desatado en este disco, y el poderoso lecho rítmico que le otorga a toda la banda su baterista, Glenn Kotche. En A Ghost Is Born los temas se mueven en un medio tiempo denso de sonoridad, concepto y letra, como en Hell Is Chrome; o bien progresan hacia deflagraciones del tipo Spiders (Kidsmoke);  o arrancan suaves e introspectivas para más adelante reventar en ordenada confusión instrumental. Ahora que admiramos tanto el diálogo de guitarras de Impossible Germany, merece la pena escuchar At Least That’s What You Said, una pieza arrebatadora que abre este álbum y marca el camino. Bajo la cobertura delicada de los inicios surge un cataclismo repleto de matices. Con letras menos abstractas que en YHF, pero con el poder de sugerencia y comunicación intacto, Wilco construyeron un disco lleno de riesgos que incurre en algunas irregularidades. Toda esta palabrería se resume así: es una puta maravilla.

   
Funeral – Arcade Fire (2004)
Hay algo diferencial en las canciones de esta agrupación de músicos diversos, que van mucho más allá del adorable conjunto guitarras, bajo, percusión. Algo muy personal, que no trataré de imponer como una experiencia obligatoria ni como demostración de superioridad alguna, sino como una impresión propia y no demasiado lógica: a mí, los temas de Arcade Fire -en este Funeral- me quedan dentro como experiencias vividas y vívidas, algo que no me ocurre con todo el mundo. Algo de lo que me di cuenta por primera vez con los Beatles, cuando escuchaba Mr. Kyte y conocía con todo detalle el circo que contaba Lennon; o desde luego en la muy visual Lucy In The Sky With Diamonds, repleta de imágenes tan bien definidas que actúan a modo de relato. Es decir: cuando escucho Neighboorhood #1 (Tunnels) realmente veo como en una película interior a esos amantes que se encuentran en túneles que comunican sus dormitorios; y siento la indefinida nostalgia de los suyos, en ese más allá subterráneo en el que consuman la pasión. Algo parecido ocurre con las soledades de Neighborhood #2 (Laika) y con otras tantas canciones de este Funeral apasionado, en cierto modo dichoso como los wake de los irlandeses, que primero entierran a sus muertos y luego se van a recordarlos bebiendo pintas de Guinness. Mientras escribían este disco, Arcade Fire vivieron el fallecimiento de miembros cercanos a su familia. Y todas las impresiones y pensamientos y hervores íntimos de esa experiencia quedaron impregnados en las canciones. La verdad… lo mejor que se puede decir de Funeral, el demoledor estreno de los canadienses, es que todo en él resulta memorable. Algo muy fácil de decir; bastante más complicado de lograr.    

     

M. P. Hinson and The Gospel of Progress – Micah P. Hinson (2004)
He aquí uno de nuestros arquetipos favoritos: un canalla con profundidad de campo en la mirada, armado de lamentos y con una guitarra entre las manos. A lo largo del tiempo uno va descubriendo músicos y canciones como descubre personas y días. Unos permanecen, otros pasan, con mayor o menor peaje por el medio. Al final, como supo Machado, todo queda, nada se va del todo. Micah P. Hinson ha sido, cronológicamente, el último descubrimiento de mi década, pero tiene un lugar fijo. Podría no hacer ningún disco más, perderse en alguna planicie árida de Texas, regresar a su natal Memphis para admirar el progreso de Marc Gasol o algo peor, pero su trilogía de álbumes hasta la fecha no necesitaría más añadidos: Micah P. Hinson and The Gospel of Progress, Micah P. Hinson and The Opera Circuit y Micah P. Hinson and The Red Empire Orchestra. Más el EP The Baby and The Satellite. Títulos juguetones e ininterpretables, con portadas blancas y negras de voluntaria insinuación (un omoplato en corsé, unas pantorrillas arqueadas con remate en tacón, un torso con forro negro de noche…) para un muchacho con una voz profunda y negra como una caverna. En The Gospel of Progress Micah bordea con sus letras y la interpretación abismos en los que nunca se deja caer del todo; canta a veces con dulzura de madurez desengañada y otras veces con desgarro adolescente, y en esa dualidad (más su pérfido trabajo a la guitarra) reside el indescifrable atractivo de su puesta en escena. El día en que uno tiene ganas de demoler hoteles (como diría Charly García), merece la pena canalizar esa energía escuchando algunos temas de Micah P. Hinson: encontrará que hay muchas formas de conjurar la hirviente locura íntima. Y que ésta, de verdad, resulta magnífica.





Canción de amor con no me olvides

24 09 2009

Bob Dylan ha escrito larguísimas canciones torrenciales que derraman los versos unos sobre otros, para componer una montaña de significados naturalistas o etéreas metáforas. Micah P. Hinson (uno de los cien mil hijos de Dylan, si consideramos a Zimmerman el demiurgo de la inabarcable canción de autor americana), practica la posibilidad opuesta. Sus canciones están hechas de insondables elipsis: bastan un par de frases para  decirlo todo y que el oyente componga la escena. El poder de evocación no reside en las letras o en lo que dicen, sino en lo que no dicen y está sobreentendido en la interpretación, en el número completo que compone este muchacho de gafas de pasta, gorra de mecánico del Medio Oeste o sombrero al estilo de Hunter S. Thompson, con cigarrillo de boquilla que enciende al rasgar los primeros acordes de la canción y arroja al suelo enseguida, casi entero, con la vibración inicial de la voz. Micah P. Hinson sujeta la guitarra como si vigilara el porche de su casa en Abilene, Texas, listo para amartillarla sobre el hombro si el horizonte revela el perfil de un desconocido a caballo. En su concierto de este verano lo vimos tocar con el espinazo doblado hasta el suelo, como si alguien le hubiera sacado la columna vertebral al limpiarlo igual que a un pescado. Se agachaba Micah en la ciénaga ruidosa de las canciones y diríamos que buscaba algo perdido en el suelo, tal vez el significado de las palabras. En realidad, estábamos viendo los residuos de una terrible lesión de espalda que estuvo a punto de retirarlo del mundo de los caminantes. Cuando Micah publicó The Gospel of Progress, su primer elepé, la prensa se lanzó en retrospectivas preguntas sobre el historial de adolescente adicción a las pastillas, el alcohol y la carne blanquecina de una viuda que lo invitó a saborear primero sus muslos y luego la ausencia. La Viuda Negra, la llama él cuando alguien le pregunta.  La prensa, una vez más, había llegado tarde. Esa extraña cara de niño pecoso y despistado (quizás de aquéllos a los que apalean en el colegio sus compañeros) oculta apenas a un tipo que sirvió condena en prisión y se declaró en bancarrota antes de los 20 años. En alguno de esos pasajes forjaría la somática gravedad de la voz, que anuncia a un peligroso y lúcido hombre oscuro, al que se le desgarra el timbre al borde de los precipicios, siempre a punto de extraviar el tono pero sin hacerlo del todo. Un tipo que sabe dónde están los límites, un weirdo cuya felicidad es un arma caliente con la forma de una guitarra, capaz de pasarse un recital cantándole a la foto de su esposa, como si no existiera la audiencia. Al salir al escenario de Las Playas, donde lo vimos asomados al abismo, inmóviles como petrificados, cuando salió Micah miró el lago que lo separaba del público y nos dijo: “You’re way too far”. Estáis demasiado lejos. Y pensamos que esa frase sí que era una elipsis…

Hay cosas que digo / que ni siquiera tienen sentido
Hay cosas que las digo / y no significan nada
Ni siquiera tienen sentido

Hay cosas que digo / que ni siquiera tienen sentido
Hay cosas que hago / y no tienen sentido
Ni siquiera tienen sentido

Y… no te olvides / no te olvides / de mí
No te olvides / no te olvides
No te olvides de mí

[Don’t you, de Micah P. Hinson]