Mataperros

5 11 2010

El episodio oriental de Fernando Sánchez Dragó me recuerda (no hablo de equivalencia, sino de asimilación de situaciones) a aquella ocasión en que Miguel Pardeza publicó en un diario un relatito veraniego en el que sacaba a pasear a su perrito (con nocturnidad de hora y alevosía de costumbre) y, aliviado el animal de su perentoria fisiología, aprovechaba el feroz trasunto de MP su relajo canino para estrangular al animalillo con vileza imperturbable. Algunos días más tarde, en la junta de accionistas, un necio de  intelecto le preguntaba al entonces presidente del Real Zaragoza, Alfonso Soláns, cómo podía mantener en el cargo de director deportivo a un individuo que era capaz de asfixiar a su propio perro una noche de verano cualquiera y, además, además insistía el personaje, contar su fechoría de manera pública, con escándalo social evidente, en las páginas de un periódico. En el fondo subyacía el espíritu crítico del aficionado: ¿Cómo podía, en definitiva, fichar buenos futbolistas un despiadado mataperros? Disculpen la analogía. La estupidez toma formas evidentes: ¿Cómo puede un rijoso provocador, incluso un trajinador con menores de edad si lo fuere, presentar un programa de libros en la televisión?

Ah, el asunto de FSD está repleto de pecados. El pecado, realidad tan poco generosa. No salvaremos a Sánchez Dragó del desprecio por su exceso. El físico, si lo hubiere; el intelectual, que lo ha habido. Al fondo de mi náusea por la feroz necedad campante asoma el tintineo de una privada venganza contra personaje de notoriedad tan estridente como Sánchez Dragó: “Se lo merece, por bobo libidinoso”, me dice la campanilla. Se le está bien empleado. Se lo ha buscado. Eso proclaman mis vísceras. Pero advierto que el problema no se llama FSD, este caso, estas japonesas. El problema consiste en que la rueda del infortunio necio se detuvo en él como mañana lo hará en otro, en cualquiera que no convenga. No convenga no a la fila de bienpensantes, sino a quienes manejan su pulsión correccionista con fines bastante más bastardos. El problema es que la necedad encuentra y encontrará nuevas víctimas a diario. Uno ha de tomar partido, siquiera interiormente. O capitular y desaparecer. El exilio interior ya no me basta. Cuento los días, entreveo que habré de irme de este lugar en que rige la imbecilidad desde la misma presidencia del país. Y tomo partido aunque deteste el objeto de lo que voy a defender. Que no es a una persona, allá él, sino una idea. Porque entre el bocazas lúbrico, provocador insatisfecho, fatigador de nuestras paciencias, ausente de gracia, literariamente prescindible, intelectualmente olvidable, personalmente ignorado, que es Sánchez Dragó; entre él y su afán de contar allá donde puede (el episodio de las japonesas es viejo y su recreación también, no es la primera vez que FSD lo escribe) que tal vez se trajinó (o tal vez no… y sólo se masturbó después imaginando que lo hacía) a dos chiquillas de 13 años, entre él y la turba conspiradora de linchadores morales, la conjura de imbéciles que nos atosiga con el desorden de los nombres y otras memeces, entre él y su uso espúreo de la Literatura, he de taparme la nariz con disgusto, echarme a la espalda los recelos que el personaje me ha producido durante años, desde que asistí a una delirante conferencia suya en el Teatro Gayarre de Pamplona cuando yo era universitario, me olvido de todo eso y me pongo de su lado. Si no, qué hacer… ¿Aborrecemos al Boris Vian sangriento que hace rodajas los pezones de sus victimas y se ensaña misóginamente en sus vulvas en Escupiré sobre vuestra tumba? ¿Linchamos retrospectivamente al provocador Baudelaire de Las Flores del Mal? ¿Lo sentenciamos con aquella frase: “Es un libro destinado a la seducción y la corrupción de la juventud”? ¿Guillotinamos a los descendientes de todos los monarcas que, como Felipe II hizo con Isabel de Valois, de 13 años, desposaron y probablemente violentaron —por qué no especular si va a favor de nuestro argumento, si es la base de todo este asunto— a niñas para gobernar reinos? ¿Satanizamos a Nabokov, desde luego? ¿A Kubrick por filmarlo y recrearse? ¿A Lewis Carroll por fotografiar a la niña Alicia Liddell? ¿Al mismo Marqués de Sade? ¿A Lucchino Visconti por proyectar (o no, especulemos que es gratis…) sus deseos íntimos en el Dirk Bogarde obnubilado por el efebo Tadzio en Muerte en Venecia? Basado todo en un relato de Thomas Mann, por cierto… ¿Renegamos de la cultura griega desde los días de Homero por su elogio aristocrático y moral de la pederastia?

No. Ni siquiera vale recordar, porque prevalece la moral, que 13 años es el límite legal del camazo, aquí y en Japón. Que la pedofilia se sitúa, legalmente insistimos, por debajo de ese listón. Y pasando por alto todo eso, diremos: la Literatura, aun la mala, incluso la de Sánchez Dragó, usada como burda excusa en su defensa, incluso la Literatura así, siempre, siempre y siempre por delante de quienes dan fuego a los libros. O quienes los retiran de las tiendas o solicitan su supresión de los anaqueles o linchan en los parlamentos los viejos errores de los hombres. Que es otra forma mucho menos cervantina, cobarde físicamente, abyecta en lo intelectual, de hacerlos arder sin llama.

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