Placebo (Honduras y superficialidades)

22 06 2010

Asociemos ideas. El 2-o a Honduras estuvo repleto de superficialidades. Momentos brillantes de medio campo hacia arriba y unos cuantos avisos de desorden posicional, más dificultades para la interrupción en el medio, en los que la cabeza me insiste pesada mientras los chiquitos hacen bolillos arriba. Será porque vi antes a Chile, un equipo coriáceo atrás y veloz arriba, con dificultades para el gol (mediocre Suazo) pero una amenaza bien cierta: Bielsa ha debido ver más partidos de España que José Ángel de la Casa… Y sí, yo también tengo un cierto repelús. Pero el cortito 2-0 a los centroamericanos va a actuar de placebo hasta el viernes.

Placebo (Brian Molko, Stefan Olsdam, Steve Forrest) esta noche en el Sant Jordi Club de Barcelona. Ahí vamos. Dejo una emotiva versión del Where Is My Mind? de los Pixies, a medias entre Molko y Frank Black, el Hombre…

Anuncios




Se casó Danielito…

21 06 2010

Los italianos le empataron a Nueva Zelanda (1-1) con uno de aquellos goles discutibles de los que han hecho tradición, y el empate supone otro capítulo en lo que el Doctor llama la road movie italiana. Es decir, el estilo agónico de las primeras fases, punteado con la desconfianza general por el juego y los resultados, la distante tranquilidad de Lippi, el entrenador, y la aparición repentina de actores secundarios con un historial que los convierte en personajes protagonistas: véase el caso de Federico Marchetti, el portero que ha relevado a Buffon tras la lesión del meta de la Juventus.

Federico Marchetti, el portero del Cagliari que le jugó una partida de ajedrez a la Muerte y ganó.

 

Ya era llamativo que Lippi armase una citación con el portero del Cagliari en ella, pero ese tipo de actuaciones contienen en el caso de Italia, casi siempre, una prefiguración dramática. De niño, Marchetti jugaba de delantero grandote, como tantos otros. Lo hicieron portero un día que llovía demasiado y el entrenador lo reclamó, a falta de alguien a quien poner en la meta. La estatura y una fisonomía que ya se anunciaba cuadrada hicieron el resto. Lo formaron en el Torino, donde uno aprende el fútbol y un cierto sentido trágico de la vida, como sabe cualquiera que haya escuchado la historia de Superga o la de Gigi La Mariposa Meroni. Jamás convenció lo suficiente para alcanzar la portería del primer equipo. Acabó en el Pro Vercelli, una escuadra que había que buscar en la tercera división italiana. 

Cierto día, a la vuelta de un entrenamiento hace cinco años, un camión se cruzó en la trayectoria de su vehículo. El volantazo estrelló a Federico Marchetti y sus dos acompañanantes contra el metal rígido de los guarda-raíles. La macchina prendió en llamas y los tres escaparon de la tragedia por una luna del automóvil. Conmocionado –“todo cambia cuando te encuentras a la muerte de frente”, – el portero se tatuó la imagen de una madonna sobre el pecho. Puede que en el fútbol la suerte no le hubiera sido propicia -en 2006 pasó al Albinoleffe, de la Serie B, después de dar tumbos por varios clubes menores-, pero un ángel lo había zafado de la pálida. Y en algún lado debía de andar. Apareció en la forma del Cagliari. A partir de ahí, lo demás se torna relativamente convencional: las paradas, el modesto éxito, la llamada de Lippi, la lesión del portero titular en el primer partido en Sudáfrica: “Quiero llegar a la final para que la juegue Buffon”, ha dicho Marchetti, con enorme sentido actoral. 

El partido con Nueva Zelanda fue aburrido en términos coloquiales, y clásico si lo miramos desde el punto de vista italiano. Inflamado por el tono desesperado que había tomado el guión, al término del choque el Doctor me hizo una oferta que no puedo rechazar: “El jueves a las 4 quedamos para ver a Italia. Puede llegar a clasificarse por sorteo, alimentando su leyenda: apunta a segunda de grupo y asoman Holanda y Brasil hasta semifinales. Me falta un gen italiano para acabar de creerme semejante heroicidad”. Por suerte, yo agarré el partido por Torneos y Competencias, la cadena argentina. Abundando en la conjetura del anterior somniloquio, el relator y los comentaristas argentinos juzgaron a Nueva Zelanda con interés entomológico, asombrados de sus primitivos comportamientos con la pelota y con una indisimulada simpatía de fondo. Pasado el rato, cuando ya los ganaba el aburrimiento, derivaron hacia un modo de contar clásicamente criollo. Transcribo a continuación algunos pasajes de su relato, que me convirtieron el arduo espectáculo en una diversión sin límites.  

*Escena 1: Los neozelandeses mueven el balón en tres cuartos de la cancha, para enfriar la ocasional presión italiana. En un momento, de forma inopinada, van retrasando con pases hacia atrás, sin mayor necesidad, hasta dársela a Paxton, su portero, que larga un pelotazo a cualquier lado. 

Relator: La estaban cuidando… y, de repente, se la dan al arquero para que la revolee. ¡No entiendo!
Comentarista 1: Increíble. 

*Escena 2: Tiene la pelota Bertos, lateral derecho de Nueva Zelanda. Un momento antes, Di Natale ha rematado de media vuelta contra el portero oceánico. 

Relator: Aparece en escena Bertos… Ya la tiró largaaaaa…. ¡para el hombre invisible!
Comentarista 2:
¿Cuánto hace que no veo esa serie?
Comentarista 1: ¿El Hombre Invisible? Ah, no estaba mal aquélla…
Comentarista 2: De bien chiquito la veía.
Comentarista 1: Es que el hombre invisible se perdió y ya no lo encontraron más. Por eso es el hombre invisible… 

(Tenso silencio de los otros. Ponen la repetición del remate de Di Natale) 

Relator: ¡Mirá la que intentó Di Natale!
Comentarista 2: (Con tono recompuesto, solemne) La media vuelta y el remate de derecha que tapó Paxton. 

 *Escena 3: Ataca sin mucha convicción Italia, que va a sacar un córner. 

Relator: Tiro de esquina para Italia.
Comentarista 1: Dispone de un nuevo tiro de esquina Italia, que tuvo varios en el primer tiempo. No ganó de arriba pero generó situaciones de riesgo.
Relator: ¿Ha bajado la temperatura, no?
Comentarista 1: Sí, bastante… Inclusive en este estudio.
Relator: Se me enfriaron las manitos.
Comentarista 1: Ah, mire usted… 

Lochead, a la derecha, y Russ Tamblyn, que hacía el personaje de Riff -líder de los Jets- en el musical 'West Side Story'.

*Escena 4: El lateral Lochead arrolla a un italiano sobre el lateral del campo. 

Relator: Lochead… ¡hay empujón de Lochead! Claro.
Comentarista 1: Sí.
(Enfocan a Lochead, que protesta al árbitro).
Relator: (Como si le hablara al jugador de Nueva Zelanda) Sí, sí… fue empujón. (Pausa) ¿Se parece a Russ Tamblyn éste, no?
Comentarista 1: ¿A quién?
Relator: A Russ Tamblyn, el actor aquél de Amor sin Barreras.
(Nota: ‘Amor Sin Barreras’ fue el título argentino de ‘West Side Story’)
Comentarista 1: Ah, no sé, no la vi. ¿De qué año era esa película?
Relator: (Con tono de estar diciendo una obviedad). Década del 60.
Comentarista 1: Ah, noooo… yo era chico.
Relator: ¿Pero cómo no la vio, che? Amor Sin Barreras
Comentarista 1: Nunca la escuché en mi vida.
Relator: ¿Cómo no? ¿Qué está diciendo? Averigüe, maestro…

 

 (Una pausa en silencio, los futbolistas quietos a la espera de un balón parado).  

Relator: Hay tiro libreeee… ¡Amor Sin Barreras es una película muy conocida! Natalie Wood, George Chakyris…
Comentarista 1: (Lo interrumpe con tono de fastidio) En la barrera hay dos.
Relator: ¡El centro de Camoranesi, va Di Nataleeeeee…! ¡Sacó Smith! 

 Escena 5: No precisa introducción. 

Comentarista 1: ¿Sabés quién nos está viendo?
Relator: (Con entusiasmo) ¡¿Quién?!
Comentarista 1: Dani Vega, en Buenos Aires… que se casó ayer.
Relator: ¡¿Danielito Vega?! ¿El Contador?
Comentarista 1: Claro.
Relator: ¿El jugador de San Martín de Tucumán y de Platense…?
Comentarista 1: Claro…
Relator: …entre otros.
Comentarista 1: Y ahora de Godoy Cruz…
Relator: De Godoy Cruz, claro.
Comentarista 1: Un gran abrazo para Danielito y su mujer.
Relator: ¡Montolivooo… Montolivoooo y Criscitoooooo, se viene el centroooooooooo…! (Pausa). Que la pasen bien.





No le disparen al pianista… aún

17 06 2010

El fútbol es un asunto muy viejo, de modo que la mayoría de la gente ha tenido tiempo de aprender bastante acerca de cómo opera este juego. Qué cosas sí y qué cosas no. En España, país contumaz donde los haya, la miopía raya lo patológico. El asunto del Mundial expone hasta qué punto no aprendimos casi nada de lo necesario para jugarlos. De acuerdo que la experiencia de un ganador no la tenemos, pero sí la del fracaso, que enseña tanto o más; y otra cosa: basta mirar alrededor. Todos vimos del orden de cuatro o cinco mundiales. Algunos contamos ya hasta una decena o más… Entonces, ¿cómo es que aún no entendimos en qué consiste la primera fase de una Copa del Mundo? ¿A qué viene eso de andar calculando los cruces de octavos y cuartos antes del primer partido? ¿Nadie se dio cuenta todavía que la primera fase no es el arranque de la Liga, no son tres partiditos para ir estirando las piernas, no es un calentamiento para las grandes ocasiones, no es una cuchipanda de trompeteros a los que golear? La primera fase es la madriguera de los supervivientes, es el torneo de los pobres, es el camino de los salteadores. La primera fase es EL MUNDIAL, amigos… El Mundial. Es decir, que si no pasas, se terminó. Que en la primera fase lo que hay que hacer, o sea, es sobre todo no perder. No perder. Simple. No perder contra Suiza, por ejemplo.

Andrés Iniesta, que venía rodeado por las dudas, fue con Xabi Alonso el mejor del equipo hasta que agotó el físico. Extrañó más ayuda de Silva por el otro lado, para equilibrar la amenaza, y de un tímido Capdevila por el suyo para generar espacios en la asociación.

A alguien le oí ayer subrayar algo que no me he molestado en comprobar: jamás un campeón del mundo perdió el primer partido. Si fuera cierto, el adagio convocaría un tanto de razón y otro de casualidad. Pero merece la pena atenderlo. Tanto denostar a los italianos cuando son los italianos quienes más enseñan acerca de los mecanismos que intervienen en asuntos como el que nos ocupa. Porque los italianos, grandes armadores de lo ficticio, se comportan en ocasiones así sin asomo de impostura. Salen y no pierden. De acuerdo, tampoco ganan, tal vez eso lo dejan para el último día o para alguno de los días, a menudo los importantes, pero sobre todo no pierden. Si los agarran en un despiste (léase Paraguay) empatan por lo civil o lo criminal. Y mientras los españoles nos ponemos huecos al mirarlos hacer esas cosas tan italianas (hasta criticamos a Argentina por vencer sólo por 1-0 a Nigeria), los azules recogen su punto y se van a cebarlo cinco o seis días hasta el segundo partido. Y así sucesivamente. El argentino Marlo, un amigo, vio no menos de diez mundiales. El argentino Marlo aprendió que las rachas triunfales de entreguerras -eliminatorias y cositas así- anticipan un equivocado triunfalismo. El argentino recuerda el equipazo de 1994 y su fracaso a manos del dopaje de Maradona y del pie incorrupto de Hagi con Rumanía; recuerda el paso marcial de la albiceleste dirigida por Marcelo Bielsa durante los años anteriores a Corea y Japón… y el regreso en la primera fase del Mundial de 2002. Aquí no aprendimos nada, aunque tuvimos mil ocasiones. Los análisis vuelven a incurrir en la vanidad y obvian lo más obvio. Es habitual: la última oportunidad que tuvimos de aprender algo fue la derrota con Estados Unidos en la Copa Confederaciones. Nadie tomó en serio aquello. Y sin embargo, aquel partido prefiguraba éste…

Dicho lo cual, todo esto tiene poco que ver con la Selección en sí. Tampoco aprendimos que no se le dispara al pianista mientras interpreta una de sus piezas, porque no hace ni un rato que al pianista lo estábamos revoleando en el aire después de cada tema que nos regalaba, vitoreándole la fragilidad de los dedos, la alegría ligera del tiempo, la belleza esencial de la armonía, las improvisaciones caballerosas, el puntillismo virtuosista. Bajemos la metáfora. España jugó como siempre, y basta. No le busquen pelos a la calavera. Tampoco aprendimos algo básico ya no sobre el Mundial, sino apenas sobre el fútbol: no todo ha de tener explicación. Es decir, la tiene pero no por razonamiento dominó. España jugó como siempre y lo que le faltó fue lo que le puede faltar a cualquiera en cualquier partido cualquier tarde. En mi opinión: espacios a la espalda de una defensa algo más que meritoria, velocidad en los últimos metros para remover a un equipo al que ni siquiera el tiempo descompuso y que se apelmazó todavía más alrededor de la ventaja, laterales con más precisión en las llegadas, y algunos ajustes a la hora de mezclar pase y remate. Sobre todo le faltó atención atrás en el gol de Suiza. Un equipo que quiere ganar ha de ser sobre todo un equipo difícil de vencer. España cayó abatida por dos contras que agarraron a Puyol fuera de sitio o presto a un error de cálculo. Ahora, hasta eso puede suceder. De hecho sucede. Como sucede que los suizos se lleven los tres rebotes de la jugada y Piqué, una patada en la cabeza.

Xavi, la pieza maestra que hace rular todo el fútbol a las velocidades y con la precisión adecuada: sin esa aceleración, España amansa su juego en una más previsible horizontalidad. No se trata de un problema de estilo, sino de ejecución. Cualquier rival sabe que Xavi es el hombre; Hitzfeld, desde luego, lo sabía.

No se trata de si jugó con dos medios (Xabi Alonso es mucho más que un medio defensivo, además de que con Iniesta estuvo en el mejor nivel de todo el equipo), no se trata de que se extraviase en la retórica, ni de que tenga que jugar con uno o dos puntas, ni de que la chica de Casillas esté detrás de la portería con un micrófono. Se trata de que faltó más de Silva, mucho más de Villa, bastante de los laterales, los dos centrales y el portero, retratados en la jugada del gol y la del poste. Y Xavi, por encima de todo: el secreto al aire de todo el entramado, se quiera o no.Y que Ottmar Hitzfeld, el preparador de los suizos, es un señor que ganó dos copas de Europa con dos equipos diferentes. Es decir, que no se levantó de la cama ayer por la mañana para dirigir a un equipo de fútbol. Como no lo había hecho, hace un año, el seleccionador americano. Como no lo ha hecho, desde luego, Marcelo Bielsa, el DT de Chile. Su biografía se tituló así: “Lo suficientemente loco”. Si tienen cerca a algún aficionado conspicuo del Espanyol o a algún argentino, pregúntenle por Bielsa y a lo mejor entendemos a qué nos enfrentamos ahora…

Conclusión: con Suiza no se pierde. Así no más.