El Largo adiós

30 06 2011

El Lobo Diarte, parado en el medio de La Romareda, inmune al tiempo con su vestimenta del Real Zaragoza. Descanse en paz, ídolo y legendario.

Si no escribí ayer de la muerte del Lobo fue porque andaba apurando los agotadores ensayos de mi primera actuación en público a la batería, y me bullían en la cabeza corcheas de manos cruzadas con negras de pies. Un puré que a duras penas logré ordenar a la hora de subir al escenario. Parafraseando aquel chiste de Eugenio sobre el juego del poker: me encanta tocar mal la batería. ¿Y tocarla bien? Bueno, tocarla bien debe de ser la hostia… Así que andaba emulando con torpeza a Doug Cosmo Clifford, el baterista de Creedence Clearwater Revival, y peleándome con ocho compases del Time Is Running Out de Muse, cuando el Pele me dio noticia del fallecimiento de Diarte. Durante estos últimos días me han impresionado algunos episodios diversos. A saber… el violento descenso de River Plate, que me hizo acordarme de una fría tarde en el Monumental de Núñez en que los Borrachos del Tablón (la barra brava de River ahora acusada de amenazar de muerte al árbitro de su último encuentro), le cantaban a Nueva Chicago, que iba camino de bajar, este tema: “De la mano de Giunta / se van a la B / De la mano de Giunta / se van a la B  / Para nunca… para nunca más volveeeeer…”. Giunta, entonces técnico de Chicago, era el objeto de su chanza por su pasado en Boca. Hoy River está en la B, nada menos que con Passarella de presidente. En un orden muy distinto (o no), quedé asombrado por el discurso tabernario y pendenciero de Belloch a la hora de valorar la elección de San Sebastián como Capital Europea de la Cultura 2016. Su pestilente razonamiento de perdedor etílico y tramposo en una taberna del oeste, cuando a la vista de su derrota voltea la mesa y saca los revólveres acusándo de trilero al de enfrente, me dio ganas de gritarle aquélla de Amanece que no es poco: “¡Viva el Munícipe por antonomasiaaaa!”. Como el personaje de Cuerda que hacía Rafael Alonso, por lo visto en Zaragoza todos somos contingentes, pero Belloch es necesario. O al menos eso han pensado los muchachotes enrocados en el ménage-à-trois consistorial para mantenerlo de aquello para lo que la ciudad ya lo había rechazado: de alcalde. Hablando de hombres desastrados, se murió Peter Colombo Falk… y nos quedan Los Misterios de Laura y Chávez resistiéndose al cáncer bolivariano de la mano de Fidel. Confirmación doble de mi teoría de la involución. Pero es la muerte del Lobo Diarte la que me cruzó el ánimo de forma más rotunda. Carlos Diarte, el paraguayo al que la memoria siempre ha identificado como el primer ídolo que tuve en el fútbol zaragocista. Creo haber dicho ya que apenas recuerdo a Arrúa, proclamado seguramente el mejor futbolista del club en todos los tiempos. Guardo imágenes desleídas del Nino, más tocadas de leyenda que de recuerdos. Con el Lobo me ocurre lo contrario: después de tantos años aún perdura en mí su corte alargado de una pieza, consistente, imborrable. El tranco de caballo al galope con el que entraba en el área, esa forma de correr en la que cada zancada parecía el paso de una valla. Con el tiempo he pensado que en aquellos días yo sólo veía a Diarte, que me tapaba a todos los demás incluido al soberano Arrúa. A tal punto que su marcha me dolió de una forma rabiosa, y me enfermaba verlo vestido con la camiseta del Valencia y también con la del Betis. Esa historia de los 60 millones de pesetas que pagaron por el “formidable delantero centro paraguayo” está entre otras muchas en la semblanza que hoy le dedicó Pedro Luis Ferrer en el AS al Lobo Diarte. Un largo adiós para el Largo, como lo apodaban en su casa. Un perfil recortado contra el tiempo, sólo al alcance del periodista que podría pasar el resto de sus días relatando de un tirón -con caracterización precisa, anecdótica, fáctica y legendaria- la historia del Real Zaragoza y sus personajes. Así…

El cáncer se lleva al Lobo Diarte con 57 años

 El zaragocismo llora la muerte del formidable delantero centro paraguayo

 Carlos ‘Lobo’ Diarte falleció ayer, a los 57 años, en Valencia víctima de un cáncer que le venía devorando desde hace once meses. Se marcha probablemente el delantero centro más completo de la historia del Zaragoza, un ‘9’ que marcó una época enLa Romaredajunto a Nino Arrúa.

Pedro Luis Ferrer

El cáncer que lo consumía desde hace once meses se llevó ayer a Carlos Diarte, gloria del Real Zaragoza y figura estelar, junto al excepcional Nino Arrúa, del mítico equipo de los Zaraguayos. El Lobo tenía sólo 57 años y luchaba a brazo partido contra la muerte en el hospital Doctor Peset de Valencia: “Soy un guerrero guaraní. El Lobo nunca se rinde”, no se cansaba de repetir en los últimos días. Al final la enfermedad pudo con él, pero el fútbol lo hará eterno. Diarte, el Lobo Diarte, fue un delantero centro completísimo: valiente, veloz y goleador, con una zancada larga y sostenida, dotado de una buena técnica y con un portentoso golpeo de balón con las dos piernas. En el Zaragoza cantó 39 goles en  87 partidos oficiales, logró un subcampeonato de Liga (1974-75) y otro de Copa (1976), y fue un gran ídolo.

Carlos Diarte Martínez nació en Asunción (Paraguay) el 26 de enero de 1954. Fue el último de ocho hermanos de un matrimonio que se divorció cuando el Largo o el Lobo —apelativo que le puso su compañero en el Olimpia Mario Rivarola— tenía sólo dos años de edad. Con 16 debutaría con el Olimpia de Asunción en la primera división paraguaya. Un año después, en 1971, lo haría con la selección absoluta de Paraguay en Maracaná y frente al Brasil de Pelé, Rivelinho, Jairzinho y Tostao. Diarte fue internacional con la albirroja en 18 partidos, además de otros 27 como juvenil.

Su fichaje por el Real Zaragoza se empezó a gestar en julio de 1973 cuando el gran Avelino Chaves acudió a Asunción para cerrar la contratación de Saturnino Arrúa. Éste lo recomendó insistentemente y el secretario técnico del Zaragoza, tras verlo jugar en un partido con su selección, lo dejó atado con una opción de compra válida para tres meses. Todo quedó a expensas de que el Lobo consiguiese la documentación de oriundo, ya que el Zaragoza tenía cubiertas las dos plazas de extranjero con el propio Arrúa y el uruguayo Cacho Blanco. Cinco meses después y ante el declinar de Felipe Ocampos en el eje de la delantera, Chaves regresó el 12 de diciembre de1973 aParaguay para concretarla Operación Diarte, pese a que la opción ya había caducado. Diarte firmó por tres años y medio y el Zaragoza abonó al Olimpia 5.796.000 pesetas (unos 35.000 euros), a la espera, eso sí, de quela Federación Españolavalidara su condición de oriundo, circunstancia que se consiguió en un mes, después de que en Asunción se le falsificara su partida de nacimiento. Aquí llegó como Carlos Martínez Diarte y como hijo de un emigrante bilbaíno en Paraguay.

A Zaragoza llegó el 9 de enero de 1974, todavía con 19 años, para completar el célebre equipo de los Zaraguayos, junto a grandes compañeros como Violeta, González, Blanco, Planas, García Castany, Ocampos, Arrúa… Su llegada a la ciudad fue todo un acontecimiento. Se presentó con su larga cabellera negra, un traje color mostaza, camisa negra y zapatos rojizos. “Lo que más me gusta es entrar en el área con el balón controlado y definir contra el portero. Pese a mi altura, no hago muchos goles de cabeza”, anunció en sus primeras declaraciones.

Carriega lo hizo debutar el 17 de febrero de 1974 en Castalia (Castellón-Zaragoza, 2-1). Diarte estuvo bullidor y valiente, pero le faltó acierto en sus tres remates. El grifo de sus goles en el Zaragoza lo abrió una semana después frente al Granada, con una jugada de bandera que todavía recuerdan los aficionados veteranos deLa Romareday que condensó toda su categoría. A los 18 minutos, recibió un pase en profundidad de Arrúa y, tras una portentosa cabalgada desde el centro del campo y un regate en seco a su compatriota Fernández, que venía empujándole, batió a Izcoa de un formidable zurdazo sin ángulo en la portería del gol de Jerusalén.

Luego vendrían 38 dianas más, algunas tan famosos como el gol 1.000 del Real Zaragoza en Primera División, el 20 de abril de 1975, frente al Elche enLa Romareda(3-3). A los veinte segundos de la segunda parte, Rubial avanzó por la banda izquierda, pasó a Arrúa, quien, ya dentro del área, envió de cuchara a Diarte, que avanzó unos pasos con el balón y de remate raso lo introdujo en las mallas.

Pero sus mejores goles y su mejor partido se condensaron el 4 de enero de 1976 frente al Barcelona, en un espectacular 4-4 que dio la vuelta al mundo. Diarte, con tres goles, le trató aquella tarde de tú al mismísimo Cruyff. Fue la mayor exhibición del Lobo, que se despediría del Zaragoza seis meses después en la fatídica final de Copa frente al Atlético de Madrid, la del robo de Segrelles. El 27 de junio de 1976 se hacía oficial su traspaso al Valencia por 60 millones de pesetas (360.000 euros), una cifra récord entre clubes españoles.

Sólo muere quien cae en el olvido. Y los que vieron jugar a Diarte no lo olvidarán nunca. Descanse en paz el Lobo, probablemente el mejor delantero centro de la historia del Real Zaragoza.

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Infames En Una Década de Canciones (3)

13 01 2010

Los infames convocados de aquí hacia abajo componen un retablo de malditos, autores de culto, angustiados vitales y visionarios doloridos. Es decir, favoritos de este lugar de tristezas insomnes. Un decálogo de exhibicionismos sentimentales de todo pelaje, algunos más enfáticos que otros, otros menos sombríos que algunos. Para compensar este nubarrón, Wilco pone un rayito de luz, Lori Meyers aporta canciones brillantes, salimos en busca del horizonte de la mano de The War on Drugs, unos americanos muy poco narcóticos, y atendemos a Andrés Calamaro en su constante empeño de cantar la banda sonora de nuestras vidas. Y conseguirlo, que es peor.

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Black Market Music (2000) – Placebo
Si algo me ha enseñado la música es a revisar mi propia identidad. Uno nunca puede estar seguro de quién es, ni tampoco de cuáles son las condiciones que determinan que nunca termine de conectar con Black Sabbath, aunque lo intente, pero sí sea capaz de desarrollar un aprecio creciente por un grupo de glam reciclado como Placebo. El etiquetado constituye una trampa a revisar: no creo en los géneros, creo en las músicas. Brian Molko, el inconfundible líder y cantante de Placebo, tampoco cree en los géneros o eso afirma su deliberada androginia. Placebo maneja de forma estupenda los asuntos que tienen que ver con la imagen, y la imagen que define el negocio. Es una banda de tres, que perdió a su baterista original y ha fichado para su último disco a un trasunto histriónico de Truman Capote, dotado de una energía telúrica brutal para darle tralla a las cajas. El resultado ha sido Battle For the Sun, un disco para aficionados a Placebo. Este Black Market Music, sin embargo, es mucho más convincente. Junto a Sleeping With Ghosts, seguramente, su cumbre. Special K está entre mis canciones favoritas de la década. También Meds, del disco homónimo. Y su versión de Where is my mind?, de los Pixies… Como yo tampoco sé ya quién soy ni dónde tengo la cabeza, la estridente angustia vital de Placebo ha constituido una de mis aficiones principales de la década.

Caught in the Trees – Damien Jurado (2008)
Alguien escribió, muy bien por cierto: “Damien Jurado escribía como si fuera Raymond Carver; después pasó a convertirse en un personaje de Raymond Carver”. La comparación (la identificación, habría que decir) supone una constante a la hora de definir a Damien Jurado: para hablar de él se nombra a Carver, se nombra a Nick Drake, se nombra a Johnny Cash, se nombra a Elliott Smith… Uno sospecha que algo hay, porque los tres -más Damien Jurado- conforman un grupo de habituales en mis oídos. Caught in the Trees es un álbum que sale del cuerpo de Damien Jurado como un cuchillo que se arrancara. Te permite mirarlo, pero no te va a invitar a que lo claves en el tuyo. No hablamos de música sombría. Si acaso, tensa, como queda expuesto en Caskets. Pero Gillian Was a Horse, por ejemplo, es uno de esos temas que siempre produce alegría escuchar. La pose de Damien Jurado no es nada fatalista: lo comprobé cara a cara, en La Lata de Bombillas. En su puesta en escena no hay exhicionismo ni énfasis lastimeros. Es más, bromea sobre sí mismo con frecuencia. Tal actitud revela que, si hubiera algo, es la conciencia de la vulnerabilidad. Y nadie debe ser llevado a juicio por defender tal postura.

Wilco (The Album) – Wilco
En mi opinión, Wilco son la banda de la década. Por producción y por calidad. Arriesgo el juicio académico y también el personal, mucho más simple: desde luego, son el grupo de mi década. A tal punto que ya no estoy seguro de que Wilco me resulten objetivables. Cuando la duda me corroe, pongo sus primeros discos y me reconcilio con el sentido crítico. Entonces resuelvo: su evolución ha sido tan extraordinaria que ha mantenido en crecimiento mi interés. Incluido Wilco (The Album) que, evidentemente, es menor a los tres anteriores, pero no precisamente menor en comparación con muchos otros discos muy aclamados esta década. Wilco (The Album) viene a ser una autoafirmación de cómo el grupo ha reinventado su música, formación y conciencia grupal en sus dos últimos trabajos, hasta definir un sonido que está más allá o más aquí de las etiquetas con las que crecieron. Qué otra cosa puede significar el título homónimo al nombre del grupo, en un séptimo trabajo. Éste es un disco de fantásticas canciones muy vitales, que celebran la reconciliación con el otro y consigo mismo, una indisimulada confianza, un modo (aparentemente) sencillo de decir las cosas, sin estridencias, con sentimiento, sin palabrería, con concisión hermosa. Pero siempre con los arreglos instrumentales que distinguen a Wilco de la media y convierten sus canciones en un poliedro de armonías. Uno escucha sin esfuerzo la expresividad de todos y cada uno de los instrumentos. Hay pocos letristas como Jeff Tweedy; y no muchos músicos tan convicentemente reunidos en torno a una idea como los de Wilco. Bull Black Nova demuestra lo que su trayectoria ha definido: que pueden lanzar todas las convenciones por los aires en una canción para, en la siguiente, modelarlas en formas gentiles.

 Cronolanea – Lori Meyers (2009)
Lori Meyers fue el grupo que me reenganchó al producto nacional en un momento en el que yo andaba extraviado en ese campo, sin otras referencias que no fueran la larga trayectoria de Los Planetas y poco más. Entré por Viaje de Estudios, donde uno puede refrescarse las neuronas sin incurrir en gravedades existenciales y corear, llegado el caso, una frase útil para muchos momentos de la vida: “Si te vuelves a mirar / yo te partiré la cara. / Si me vuelves a encontrar / en un cruce de miradas…”. Dejé pasar (por equivocación, por olvido, por omisión, por despiste) el muy apreciable Hostal Pimodan, y cuando apareció Cronolanea pensé que era el momento de la prueba definitiva. Frente a otros muchos grupos con propuestas demasiado consabidas (no dijo malas, digo tal vez poco estimulantes para mí), Lori Meyers me dejó una impresión permanente desde los primeros acordes de Intromisión, la muy querible Luciérnagas y Mariposas, el Cúmulo de Propósitos, La Búsqueda del Rol y desde luego ese himno canalla llamado Alta Fidelidad. Las letras tienen un peso exacto, de indie bien medido; en directo, su flanco psicodélico y más guitarrero crece de manera considerable. Lo demostraron en Las Playas este verano último, cuando vadearon la distancia entre el escenario, el foso de agua y la arena con una aproximación enérgica que produjo fricción inmediata de los cuerpos. Granada vuelve a ser nuestra particular Liverpool.

Figure 8 – Elliott Smith (2000)
De entre todos los fatalismos reunidos en esta serie de la década, acaso Elliott Smith componga el más oscuro presagio. No tengo claro si lo incluyo por devoción, por homenaje, por lástima o por convicción. Lo hago, seguro, porque me emociona de un modo distintivo escuchar a Elliott Smith, cuya trayectoria constituyó la crónica episódica de una muerte anunciada. Anunciada por las canciones, pensaríamos, pero también y sobre todo por cualquiera de los muchos que pasaron a su lado antes del desenlace, que tuvo lugar una tarde como otra cualquiera, en su casa. Sólo leer su torpe biografía en cualquier site de internet me supone un extraño dolor cuando se aproxima el final: la hora en que hundió un cuchillo en su pecho tras una discusión con su novia, que se había encerrado en el baño. Son hechos asumidos por la leyenda, como la nota de disculpa que encharcó la sangrienta escena. Aun así, los investigadores no pudieron concluir legalmente que Elliott Smith se hubiera quitado la vida. En los años en los que recorrió un tortuoso camino hasta su condición de maldito de culto, dejó unos cuantos discos de desnuda hermosura. Puede que Figure 8 no sea el mejor de ellos, pero en mi necio imaginario representa la imposible tentativa de salvación que constituyeron sus últimos años, antes de la última recaída mortal. A Somniloquios le gustan las guitarras desnudas que se van ensuciando en un barro tal vez existencial. Y además, precisamente aquí no podríamos, ni en broma, olvidar a este muchacho que escribió: “I may talk in my sleep tonight / ‘cause I don’t know what I am”. Por eso lo hemos invitado a la celebración. Porque en este ruedo también hablamos en sueños y nos preguntamos. A veces, incluso llegamos a respondernos.

El Manifiesto Desastre – Nacho Vegas (2008)
Nacho Vegas ha sido un favorito de Somniloquios desde que vino al mundo (Somniloquios, no Nacho Vegas). La revelación ocurrió con El Hombre que Conoció a Michi Panero, y luego todo ha sido como andar en bicicleta, una cosa muy sencilla que no se olvida. Un incierto concierto por aquellos días hizo el resto. El infortunado Vegas ha escrito algunas de las mejores canciones que se han oído en español en esta década; sus letras bordean los abismos físicos y emocionales, pero puntean sobre el precipicio con la elegancia formal que le permite su precisión para el lenguaje. Nacho Vegas sabe escribir; sabe escribir muy bien. Quizás este mejor de la década debería estar repartido en mitades exactas entre Desaparezca Aquí, su elepé de 2005, y El Manifiesto Desastre. Si vale la figura geométrica, no acierto a decidirme cuál de los dos es más redondo: puede haber un nivel más alto ocasional en Desaparezca Aquí, pero el Manifiesto dibuja en cada canción el perfil de un hombre que ha cruzado unos cuantos laberintos personales y sale al exterior en estado de (mínimo o fugaz) cuarto creciente. Si le sumamos los anteriores Cajas de Música Difíciles de Parar y Actos Inexplicables; más, después o entre medias, El Tiempo de las Cerezas junto a Bunbury y Verano Fatal  de la mano, literal, de Christina Rosenvinge, queda sentado que la década de Nacho Vegas ha sido inmejorable. Sin perjuicio de su propia opinión al respecto, claro.

Origin of Symmetry – Muse (2001)
A Muse los tuve por una versión pálida de Radiohead hasta hace relativamente poco. Aquel prejuicio nació en los días en que Thom Yorke y los suyos se levantaban de la cama y les salía The Bends, Pablo Honey, OK Computer y tal… o sea que resultaba fácil despreciar la copia cuando el original había desatado su maestría onírica y desgraciada más allá de lo concebible. Luego me he permitido echar un ojo a Muse y en algún momento de los últimos tiempos este Origin of Symmetry me plantó raíces en los oídos. Y terminó por agradarme (o debería decir más) el desaforado agonismo de los muchachos, mientras me veía obligado a hacer un intermedio con los Radiohead de Amnesiac y Hail to the Thief. Siempre los voy a tener bajo sospecha, aunque escucho con placer Black Holes and Revelations y The Resistance. Así que han conseguido traspasar la barrera de la apetencia: cuando acudo a un disco de manera frecuente, es que se ha hecho importante para mi cerebro, que lo necesita como la química redondeada de cada mañana. Ya he dicho antes que, en cuestiones de música y puede que en cosas peores, no me conozco a mí mismo. Por si acaso la debilidad pudiese derivar hacia la patología, hace poco me compré The Eraser, el disco de Thom Yorke en solitario. Y, como soy así, no sería raro que apareciera en esta selección. Como decía el otro, a mí Thom Yorke me puede.

Wagonwheel Blues – The War on Drugs (2008)
A The War on Drugs les auguro un futuro radiante (qué sintagma, señor), si no se pierden en alguna de esas carreteras polvorientas de desierto que cruzan sus canciones. La lista de Somniloquios toma aquí un papel visionario. Los americanos saben cómo escribir road-music, y The War on Drugs lo hacen muy bien, con el tanto de suavidad necesario para compensar el aspecto recio de la tradición americana. Su cantante le debe mucho a Dylan: alarga las vocales y escribe en segunda persona del singular. A estas alturas, de todos modos, quién no le debe algo a Dylan… La asociación resulta muy evidente en Arms Like Boulders, pero luego el conjunto está destilado con mucha personalidad, para respetar valores comunes sin incurrir en la imitación ni el aburrimiento del dèjá vu. Si miramos entre las telas aparece también Bruce Springsteen, un tanto así de Wilco, otro de Neil Young, y de ahí para abajo todo lo que usted quiera nombrar. En realidad, este juego de referencias me resulta muy molesto. The War on Drugs no suenan como nadie; suenan a The War on Drugs. Así como suena el embrión (tienen sólo un EP, Barrel of Batteries, más este álbum) de una banda que, si se alimenta de manera conveniente y se toma un buen vaso de leche todas las noches antes de irse a la cama, pueden hacerse hombres de mucho provecho. Y, llegado ese día, pediremos nuestro tanto por ciento.

Imperfección – Havalina (2009)
He aquí una banda española que hace música cruda, poderosa, nada complaciente. Manuel Cabezalí tiene, a la vista y que sepamos, un lado Jeckyll (su papel como guitarra en la banda habitual de la sedosa Russian Red) y este Hyde que se llama Havalina, donde la seda es alambre o, mejor, el tenso material de la cuerda de la guitarra. Porque la guitarra de Havalina es una cosa seria de verdad. Estos chicos no aparecerán en ninguna lista salvo en aquéllas arbitrarias como la que está usted leyendo. Hay dos grupos (que uno conozca, porque habrá muchos más) que no suenan en absoluto españoles: uno es Catpeople; el otro, Havalina. Imperfección tiene la forma de un potente remolino, en el que los instrumentos conspiran a zarpazos y las letras suenan a dentelladas, con urgencia ansiosa, con tensión violenta:  “Quiero desnudarte y devorarte una y otra vez. / Quiero destrozarte y hacerte daño sin querer”. En este disco, el amor está dicho de una forma tremendista; y si uno pregunta si en lugar de amor no querrán decir sexo. Si fuera así, tanto mejor. Cuando uno oye a estos tres chicos (son tres, suenan como seis) dan ganas de arrancar la ropa interior de tu rival a mordiscos.

La Lengua Popular – Andrés Calamaro (2007)
La Lengua Popular es Calamaro en estado puro; pero en la versión pura de la nitidez sensorial, armónica, musical, escritora. El Calamaro grande. Porque podríamos decir que El Salmón también es Calamaro en estado puro, pero ahí asoma el Calamaro desaforado, un Calamaro que se quiere sacar siete puñales del corazón de una sola vez, sin atender a las heridas propias ni a las ajenas. Calamaro regresó del infierno disco a disco, como si en cada uno fuera descontando uno de los pisos del averno de Dante hasta la luz definitiva: El Cantante, Tinta Roja, El Regreso, El Palacio de las Flores y, por fin, La Lengua Popular. Y ahí pudimos proclamar (gritarlo, de hecho), que Andrés había vuelto, entero y cierto, festejando la amistad en un himno ebrio de sentimiento como Los Chicos; sexy y barrigón como el rocanrol; enamorado y sensual, escribiendo con una potencia de seducción arrebatadoramente carnal: “Me gusta derramarme arriba tuyo / me gusta tanto ensuciarte / Besar tu flor inmediata / Besarte atrás y adelante”. Exquisito en Carnaval de Brasil. Soberbio en el conjunto. Lo peor de La Lengua Popular es que, como en su día Honestidad Brutal, no puedo escucharlo sin vestirme antes con armadura; porque me duele demasiado. Porque, como diría el mismo Calamaro, como dijo en su día, el mío es un corazón en carne viva. Y una conciencia negra; y una memoria blanda.