Ochenta minuti in NZ son molto longos

13 09 2011

”]Getty ImagesPor más que el Madrid se piense tan planetario, parece improbable que Fumiaki Tanaka, el resbaladizo medio de melé de Japón, o el rotundo Soane Tonga’uiha (pilar de 193 centímetros y 130 kilos de Tonga) hayan oído hablar jamás del madridista Juanito. Ignoran, sin embargo, que tienen algunas cosas en común: los tres le han pisado la cabeza a un rival en el campo de juego -del madridista lo sabemos seguro y a los otros se les supone, como el valor al soldado-, y todos suscriben aquella célebre advertencia de Juanito, anunciándole al Inter una de aquellas remontadas: “Noventa minuti in Bernabéu son molto longos”. También en el Mundial de Nueva Zelanda (aka RWC de ahora en adelante, para abreviar…) 80 minutos se pueden llegar a hacer muy largos. Lo sabe Martin Johnson, que hizo esta honesta revelación después de que su Inglaterra salvara una victoria sudada con sangre frente a Argentina: “Este partido me ha hecho envejecer diez años”. Lo que se dice un nail biting: el clásico partido no apto para cardíacos. También le dará la razón al finado Juanito el equipo de los banzais de Japón, que llegó a tener a Francia a cuatro puntos (25-21), con veinte minutos por jugar. Y hasta Tonga, que no olisqueó la victoria pero sí aprovechó el despreocupado rugby de los All Blacks en el partido inaugural para meterles un ensayo por delantera: logro que viene a ser como levantarte una noche a la mujer de Brad Pitt. Y desde luego firmará al pie el equipo de Rumanía, que con un rugby armado de rigor, sencillez y ortodoxia retrató a una Escocia que se había quedado hecha piedra frente a la muralla articulada de los rumanos, que los fueron sacando del partido hasta adelantarse 21-24 a 15 minutos de que sonara la sirena del final. Todos ellos perdieron: Japón, Tonga y Rumanía. Inglaterra ganó, después de que Argentina exprimiera su incomensurable honor y su escaso rugby. Los grandes apretaron los dientes y se quitaron el susto (porque fue susto y fue grande) con un arreón definitivo. A esa hora, sin embargo, había quedado claro que en este Mundial nadie se hace el gracioso. Por el camino, los que miramos habíamos visto estupendos partidos, jugados en contraposición de estilos y fenomenalmente competidos. No es que los buenos se relajaran o se dejasen llevar: es que verdaderamente sus contrarios les apretaron las tuercas.

“Sabíamos que eran rápidos… pero no TAN rápidos”, reconoció el seleccionador francés, Marc Lievremont, después de espantar el canguelo que le había dejado el choque con Japón. Los underdogsde la RWC ya no juegan sólo con entusiasmo: tienen un plan, se aferran a sus valores, los explotan, han mejorado defensivamente lo suficiente como para exprimir a rivales mucho mayores y exhiben una riqueza táctica que obsequia al espectador con partidos en los que nadie sale barrido… O al menos, no hasta el tramo final. Los 80 largos minutos… El plan de desarrollo de la competitividad en el rugby entre selecciones empieza a dar frutos materiales. Basta un ejemplo: Rumanía, que juega el 6 Naciones B (una especie de copa de Europa para los países del segundo rango continental), también se cruzó en la RWC 2007 con Escocia en el grupo. Entonces ganaron los británicos por 42-0; el sábado, el partido acabó 32-24 para Escocia. Y hablamos de una Escocia que anuncia lo mejor de su rugby en años, aunque esa impresión ha de corroborarla el torneo. Otro dato, éste sacado a pedal mediante consulta, suma, resta y división de todos los resultados de las primeras fases del torneo en las RWC de 2003 y 2007. En el Mundial de Australia 2003 la media de diferencia de puntos en los 40 partidos de la fase de grupos fue de 34’4; cuatro años más tarde, en Francia 2007, había bajado a 29,6. En los ocho encuentros que se han jugado durante este fin de semana en Nueva Zelanda, la distancia se ha reducido prácticamente a la mitad: 16,7 puntos entre el ganador y el perdedor. Es pronto para hacer afirmaciones categóricas (siempre es pronto para eso), pero los datos parecen corroborar la impresión que a uno, personalmente, le había crecido viendo los encuentros jugados hasta ahora: el rugby se va igualando; y éste es, por ahora, quizá el Mundial más entretenido (en la fase previa, claro) que uno ha visto. Para los suspicaces: los hemos visto todos.

Digby Ioane, el destructor australiano que parte desde el ala, en pleno despegue hacia la línea de marca italiana. Se ha lesionado y a Australia le costará encontrar un recambio con su impacto.

Dicho lo cual, es verdad que, contra los japs, Francia se aburrió de sí misma y nosotros de ella; que Jonny Wilkinson falló hasta cuatro tiros a palos, lo cual viene a ser como la alineación de los nueve planetas; o que Nueva Zelanda no tuvo ni brío ni autoridad frente a Tonga, por más que insista el marcador. Pero eso no quita un ápice de verdad a lo dicho. En el caso de Nueva Zelanda, por ejemplo, el partido resultó decepcionante en casi todos los aspectos para los All Blacks, salvo por la confirmación de que, si él quiere, Sonny Bill Williams puede hacer cierta diferencia en el medio campo. Dio lo mejor en el primer tiempo, como todo el equipo negro. Jugó con seriedad, arrojo para romper por el eje y habilidad para descargar pases que liberasen a sus compañeros más allá de la línea de ventaja. Por lo demás, NZ me impresionó poco. Si acaso las finalizaciones de Israel Dagg desde el fondo, aunque creo que Muliaina aún no tiene rival. Me gustaron Kahui y Toeava como primeras opciones para las alas, pero sin entusiasmos. Tengo dudas entre Conrad Smith y Sonny Bill a la hora de elegir el centro (asumido que Nonu va a seguir ahí). Decepcionante Jimmy Cowan en el medio de melé: Piri Weepu despertó al equipo. Y poco decisivo el trabajo de la tercera. ¿Puede ser Victor Vito, hoy por hoy, el octavo de los All Blacks? Sigue faltando dinamismo. Y si Nueva Zelanda ensayó tanto en ese partido fue porque el rigor táctico de los tonganos a la hora de defender las jugadas abiertas fue más bien lastimoso. Una invitación a perforar intervalos.

.”]Getty ImagesEn el aire neozelandés debe de haber remolinos o un cruce ininterpretable de corrientes y vientos. De otro modo no se explica la insistencia de Jonny Wilkinson en errar penales: dos de seis hizo el Caballero del Imperio, un tipo capaz desde siempre de meter el oval entre los palos aunque se los pongan en el Cabo de Hornos. Eso o Wilco es un caballero: los argentinos perdieron el encuentro con el pie. A él le pareció mal ganarlo. Una vez fallaron el placaje los Pumas y fue el ensayo que resolvió un partido con resultado de otro tiempo (13-12 para Inglaterra). Ni Felipe Contepomi ni Martín Rodríguez encontraron el toque preciso para capitalizar el excelente trabajo del 15 de Phelan en el medio campo y las fases estáticas. Ni Ashton ni Foden pudieron contraatacar. Wigglesworth, el nueve inglés, estuvo desastroso; de hecho fue Ben Youngs, su relevo, quien dinamizó al equipo el tanto por ciento mínimo para comprometer la fatigada defensa argentina. Johnson insiste con Tindall. Inglaterra no enseñó nada. Ni la patita de Wilco bajo la puerta. Pero a los Pumas los atrapó en forma de lesiones el exceso de dramatismo (necesario, claro) que le pusieron al partido. Y tal vez el cansancio psicológico de caminar contra el viento: perdieron sucesivamente por lesión a Felipe Contepomi, con una contusión seria en esa zona blanda que es el costillar; perdieron definitivamente al zaguero Tiesi (que ya ha vuelto para casa) y al talonador Ledesma, percance menor que no frenará a semejante bestia parda. Argentina murió en la orilla: la tópica figura vale para resumir el partido y las prestaciones de su rugby. Jugó muy bien, sobreponiéndose a sus limitaciones y sacando de cacho a Inglaterra. Pero ni pudo convertir en ensayos sus avances hasta los alrededores de la zona de marca (le falta pegada, entonces) ni tiene puntos en los pies para compensarlo. Así, le espera un camino difícil…

Uno de sus oponentes, Escocia, también repartió dudas, interrumpidos su nivel y su idea de juego por la buena defensa rumana. Los rumanos supieron a qué jugar: rugby casi de fundamentos, cositas sencillas, casi todas ahí delante, pero muy bien hechas. Nada de exponerse. Son como la comida casera: fiable, exacta en su simplicidad, sin florituras, adornos ni cocina química. Defensa, severidad máxima en el juego de delantera (cómo ruckea y cómo entra en la melé esa gente… son compactos como un camión) y atrevimiento a la hora de resolver delante. Escocia, por contra, se desconoció a sí misma. Fue sólo la Escocia que quiere Andy Robinson en la carga final, cuando liberaron la esencia del juego a la mano, de apoyo y descarga, que vienen persiguiendo. Danielli posó los ensayos que decidieron.

”]Stu Foster - Getty ImagesDel resto merece la pena destacar que Australia fue el equipo que más se pareció a sí mismo, sofocando una imposible amenaza italiana antes incluso de que Parisse, Masi o el clínico Semenzano (las patadas a la caja del medio de melé azzurroson de libro) tuvieran la posibilidad de idearla. Italia salvó el primer tiempo, pero no generó amenazas que inquietasen a Australia. Los wallabies no entraron en pánico ante la igualdad al descanso y resolvieron en el segundo, cuando al equipo de Mallet se le acabaron las respuestas: habrá que esperar a Italia en cruces menos exigentes, a ver qué nivel da. Estuvo bien su medio melé, la delantera y Masi, que carga desde el fondo con aspiración rocosa. Pero le falta rugby en el apertura y, en consecuencia, en el resto de la línea. Australia no reservó jugadores ni se hizo el despistado, por si acaso. Liberó las esencias de su juego de combinación imprevisible en el medio campo, ángulos de carrera acusadísimos, apoyo permanente, descargas en el contacto, continuidad… Faltó en el equipo inicial James O’Connor, castigado por su indisciplina, pero ya no volverá a ocurrir. O’Connor es imprescindible: corre, defiende, hace de ariete cuando se cruza de lado y carga recto, y además tiene puntos en el pie. De paso, libera a Ashley-Cooper al puesto de centro, donde por cierto Anthony Fainga’a desentonó con el ritmo alegre, la precisión en el movimiento de la pelota de los wallabies. Ahora, los chicos de oro afrontan un problema serio: Digby Ioane, su potentísimo ala izquierdo, se rompió el dedo pulgar, pasará por el quirófano y se va a perder la mayor parte del torneo. Es una baja muy, muy sensible porque no resulta fácil, ni siquiera en un equipo del tamaño de Australia, encontrar alguien con el impacto de Ioane en el juego de ataque.

¿Y Sudáfrica? La familia bien, gracias… O sea, nada que no supiéramos. Sudáfrica no es ni por asomo el equipo del último Mundial y del año siguiente. Por eso la impresión que deja su tradicional juego de contención, sobriedad y vuelo corto es aún mayor si los actores principales (Habana, Jacques Fourie, Fourie du Preez, Morne Steyn, los terceras o Victor Matfield) se encuentra en el estado de bajada o glaciación en el que los vemos ahora. Dicho lo cual, ya advertimos que ganarles cuesta muchísimo, porque saben jugar de maravilla al rugby para no perder. Gales hizo un partido memorable de todo punto, salvo por el resultado. Extraño, por verdadero, este comentario que me hizo un buen amigo galés: “Para romper la norma en el rugby, el mejor perdió”. Fue una derrota dolorosa para el equipo de Warren Gatland, que jugó con entusiasmo medido al milímetro, calidad (excelentes el apertura Priestland y el tercera Warburton, muy bien acompañado por el octavo Faletau y, cómo no, Ryan Jones), con disciplina enorme para no conceder golpes en los breakdowns que alimentasen a Morne Steyn y, sobre todo, con una inteligencia máxima en cada mínimo detalle del juego: los galeses rompían cortito, en los alrededores de cada agrupamiento, aseguraban la pelota con un buen contacto y la caída al suelo inmediata, para propiciar un ruck que garantizase continuidad en la posesión. Se guardaron la pelota con mimo. Sudáfrica debió aplicarse, contra eso, con placajes que mantuvieran en pie al portador de la pelota, para buscar la recuperación o ensuciar los moles siguientes. Lo hizo poco o nada, así que Gales mandó en la dinámica del juego, en la velocidad del partido y en el territorio. Fue un encuentro de libro, para enseñar fundamentos básicos del juego en ataque y en defensa. Si cayeron derrotados fue por errores críticos: un drop de Priestland frente a palos que se combó a un lado y el golpe de castigo errado por Stephen Hook. Más el knock-on del centro Jonathan Davies camino de la marca, después de una carga portentosa de Faletau. Fue el suplente Hougaard quien los castigó al final, cuando Gales concedió el ensayo ganador, al despistar mínimamente el rigor debido en una jugada básica en el rugby de hoy: la defensa de los costados del agrupamiento cerca de la línea de ensayo, un punto débil mínimo pero suficiente para que los Springboks vencieran 17-16 en el mejor partido hasta la fecha.
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Grupo C: Los chicos de oro

9 09 2011

Australia, Irlanda, Italia, Estados Unidos y Rusia

El insumiso James O'Connor, Cooper, Beale y Genia: cuatro de los cinco balines que Australia tiene entre sus backs, y que constituyen el argumento principal para combatir la condición de favoritos de los All Blacks.

La victoria de Australia en el Tri Nations de agosto escenificó los dos perfiles de un equipo en ebullición. Por un lado, hacía tiempo que uno no veía a nadie jugar un rugby tan abierto, tan mortal a la contra, tan veloz a la mano, corriendo ángulos y explotando intervalos entre defensas como el que Australia puso en este reciente torneo. A pesar de que Nueva Zelanda arrancó las series al paso de la oca, como suele, uno tuvo la impresión de que Australia estaba llamada a lo más alto esta vez, por obra y gracia de una reunión de jugadores de los que marcan época. Son, sobre todo, cinco: el medio de melé Will Genia (en mi opinión, el mejor medio de melé del momento en el mundo… o al menos aquél cuyo juego más me gusta), el apertura Quade Cooper, los alas James O’Connor y Digby Ioane, más el zaguero Kurtley Beale. Esos cinco tipos tienen algo diferencial, cada uno a su manera. Su combinación con la pelota sobre el campo (en especial la de Cooper y Beale, que sale al contraataque como una bala de cañón), resulta en un equipo muy difícil, pero muy difícil de parar. Ioanne y O’Connor son finalizadores por afuera, rápidos y duros en la carrera y el contacto. O’Connor, además, tiene un pie privilegiado y da puntos con él. Cooper es un medio apertura heterodoxo, amigo de la frivolidad, un sátiro del pase, un funambulista de la 22, lo que a veces debe controlar (y no hace). En él bulle una creatividad que precisa embridar. Es más brillante que pensador; decide los partidos pero tal vez no siempre los maneja. Un jugador diferente, de los que oponen opiniones. Su perfil oculto (el de todo el equipo) está en la tendencia al pleito (son ya tradición las que sostiene con el All Black Richie McCall),  que parecen extenderse al resto del equipo. O’Connor también es un jovencísimo talento rebelde. Y a todo el equipo lo atrapa un hervor interno que no acaba de apagarse. La testosterona que ha llevado (reconocido estos últimos días por Fainga’a) a más de un puñetazo entre compañeros en los entrenamientos. Más tranquilo parece Will Genia, quien ha salido de la alargadísima sombra del inolvidable Gregan y se ha quedado la número 9 para mucho tiempo. Uno de esos medios de melé que rompen junto al agrupamiento con una aceleración mortal. Que interpreta de maravilla la debilidad defensiva de los hombres pesados que guardan los lados de las montoneras, un ave de rapiña del breakdown… Peligrosísimo si esa jugada se produce cerca de los palos rivales. Un medio de melé que, como Fourie du Preez hace cuatro años, lleva a su equipo adelante constantemente. Esos chicos de oro son el gran poder de Australia. No el único. Estamos ante mi primera línea preferida del torneo, y esto es un parecer muy personal. Es cierto que los australianos no tienen su fuerte en el set-piece, pero el pilar Ben Alexander y el talonador Stephen Jones son de esos pilares que llenan el ojo, dos muchachos pesados con un dinamismo envidiable, integrados en la punta de muchos avances, hábiles en el off-load, ensayadores.  Kepu es el camión que los completa. Entre los de atrás, son clásicos Adam Ashley-Cooper (que arrancará de ala por el castigo a O’Connor en el primer partido, pero al que veo de centro con Anthony Fainga’a o McCabe), clásicos como Rocky Elsom, Pocock o Samo en la tercera, y una segunda que ha de levantar su nivel (Horwill y Vickerman son los titulares) para resistir la comparación con el ya veterano Nathan Sharpe o el recuerdo de un John Eales. Pronóstico: veo a Australia campeona, si consigue mantenerse como equipo frente a la presión del torneo y la hormonal. Y si sabe responder a los periodos de juego en los que su brillantez no constituya el argumento fundamental del partido y haya que batirse en peleas cerradas, sobre todo ahí delante donde la vida no vale nada.

In BOD we trust... han repetido estos años como un mantra los aficionados irlandeses, jugando con la condición 'divina' de su número 13: en este torneo, más que nunca, el de despedida de una generación formidable, O'Driscoll dirigirá a su equipo, rodeado de incertidumbres después de una fase preparatoria de lástima.

A Irlanda la definió el mismo Ronan O’Gara, su veterano número 10, que disputará la última Copa del Mundo: “Podemos ser magníficos o dar pena”. Se trata exactamente de esa disyuntiva. De Irlanda se sabe todo: es un equipo a punto de despedir a una generación portentosa, capitaneada todavía por el centro Brian O’Driscoll, jugador que ha subrayado su presencia para dejarla unida a una época en su país y, por qué no, en el mundo entero. Tras él, los sobresalientes O’Connell y O’Callaghan en la segunda; el mismo O’Gara por detrás, ordenando con la mano y el pie (uno de esos aperturas de aspecto frágil, con toda la potencia táctica en la cabeza). Ahora le ha tomado el relevo Sexton, al que hemos visto algo detenido, quizás, en la excelente evolución que apuntaba. Desde luego aún está también el rotundo Gordon D’Arcy, el brazo derecho de O’Driscoll a la hora de esas rupturas brutales en el medio campo, provocando el efecto manada. En sus partidos de preparación, Irlanda ha dejado una impresión tan plana que uno llega a dudar de su capacidad de pasar el corte del grupo. La acecha Italia. Una primera línea correcta, pero sin alharacas (Best, Court, Healy, Ross, un Flannery que ha visto pasar su mejor día…), una tercera en la que me gusta mucho Ferrys, con Heaslip de ariete para la carga y O’Brien, por ahora, recuperándose de una lesión. Y un problema: el bajo nivel de O’Leary en la preparación lo ha dejado fuera del Mundial, con lo que Declan Kidney le ha abierto la puerta del número 9 a un joven Conor Murray. Atrás, nombres clásicos: Keith Earls y Tommy Bowe por afuera, Geordan Murphy en el fondo. En fin… que lo dijo O’Gara. Para qué decirlo nosotros. Pronóstico: pese a todo, aguardo un último rapto de orgullo verde en la despedida de algunos genios de la última década y los espero en cuartos como segundos de grupo. Y a partir de ahí, so long my friends!!!

Canale, Castrogiovanni y Parise, tres de las columnas de un equipo italiano que se tiene fe: quiere arrancarle el corazón a Irlanda y despedir a Nick Mallet de su puesto con un avance por delantera hasta cuartos de final.

Para el asalto a la segunda plaza del grupo, Italia va a ponerse en manos de la experiencia. En el arranque contra Australia, Nick Mallet alineará el segundo equipo con más internacionalidades que jamás ha armado la azzurra: 677 caps entre los 15 iniciales. Sólo la supera (con 704) la escuadra que Mallett dispuso el día que Italia le ganó a Francia en el último Seis Naciones. Repiten 13 de aquellos 15 jugadores. La evidencia del razonamiento es absoluta: agarrémonos a lo que sabemos. Es decir, la melé (con los incomensurables Castrogiovanni y Lo Cicero en los pilares, con Ghiraldini y Ongaro de talonadores, con el totémico Sergio Parise en el octavo…). Italia tiene en el punto de mira voltear a los irlandeses, a los que pusieron contra las cuerdas no hace mucho, y rebasar la etiqueta de equipo al que cuesta tanto ganarle como a ellos les cuesta ganar. Para eso hace falta velocidad y penetración atrás, donde viven los imprescindibles Bergamasco, Masi, Gonzalo Canale… Más un pie fiable. Por más que se quiera privar el ataque, el rugby aún es manos y pies, táctica y decisión. Veremos si el punto de mira de Mirco Bergamasco ha ganado credibilidad. Pero hay muchas dudas alrededor de sus medios, por inexperiencia y por errores, en el caso de Orquera. Nick Mallet se despide como seleccionador, veremos cómo… Pronóstico: sigo viéndola tercera de grupo, haciendo partidos interesantes y apretando en todas las fases estáticas del juego al rival que se ponga por delante. Pero algún día Italia va a negar su propio arquetipo. ¿Por qué no ahora?

Estados Unidos y Rusia se jugarán su particular final a un partido, el que los enfrente. En cualquier otro deporte, en cualquier otro tiempo, sería un choque mayor; en el Mundial de rugby es una cita pintoresca que tiene algunos puntos de interés para iniciados. Los Eagles son uno de esos equipos con margen de evolución, pero lastrados por la falta de encuentros internacionales que les permitan evolucionar. Unos cuantos jugadores del Pacífico Sur militan en sus filas, su estandarte es el tercer Todd Clever y amenaza por fuera con la sideral velocidad de Ngwenya. En el ranking mundial son el equipo número 18. El 19 es, precisamente, Rusia, que cumple su primera participación en un Mundial y exhibe al jugador más veterano del torneo: Vyacheslav Vachev, de 38 años, que ostenta también el récord de ensayos anotados de un jugador ruso. El choque entre Estados Unidos y Rusia es el primero para ambos, así que los Osos tienen la notable oportunidad de ser el primer equipo debutante que gana el primer encuentro de un Mundial. Demasiado bonito para ser verdad. Pronóstico: Estados Unidos debe ganar su choque contra los rusos, ser cuarto de grupo y aprovechar el resto de partidos para animar evoluciones. El calendario (cuatro partidos en 16 días) no les va a hacer ningún favor.