Infames canciones para una década (2)

7 01 2010

 El segundo capítulo huye de los centros de poder y viene con tonos revolucionarios. Algo del (malogrado) pop español que resiste a la idiocia creciente del sistema; un par de nórdicos calidos como una estufa y señores/as que en la tercera edad se comportan con la juvenil ambición de cambiar el planeta Tierra y, si fuera posible, a sus habitantes. Y luego está Dylan, al que se podría aplicar cualquier etiqueta o ninguna. El inasible hombre de Minnesotta es el moderno más recalcitrante que uno se pueda cruzar. Para él, ningún disco en los últimos 20 años ha sonado bien, le leí en cierta ocasión. Sospecho que jamás leerá esta recopilación. Allá él…


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Llamadas Perdidas – La Costa Brava (2004)
La Costa Brava y yo nos desencontramos todo el tiempo que nos fue posible, hasta que no nos fue posible desencontrarnos más. Yo, que tuve y tengo amigos comunes con Sergio Algora aunque jamás nos conociéramos o dirigiésemos la palabra, yo que compartí el fondo de la barra del Malevaje, por clientes habituales y afectos al cuarteto de dueños, con él y su chica de entonces; yo que apenas pisé El Fantasma de los Ojos Azules y que le tengo al Bacharach un afecto de entresemana muy poco atendido; yo que no los oí mientras ellos cantaban; yo… que llevo media vida pasando una fracción cada vez mayor de mis veranos en la Costa Brava. La Costa Brava y yo nos desencontramos durante mucho más tiempo de lo que dura un verano, pero cierta noche de junio nos reunimos en la plaza rosada de este Llamadas Perdidas, y desde entonces el verano no termina, y lo pasamos observándonos retrospectivamente con arrobo indisimulado de amor estival, acunados en el olvido del largo invierno. Hacen falta discos así (hacen falta bandas así), con todas sus debilidades expuestas junto a sus glorias, a la vista de todos, como en una carnicería; hacen falta llamadas perdidas para atravesar una década de lado a lado y no partirle el corazón.

Costa Azul – Sidonie (2007)
Imagino que a Sidonie les costará discernir qué funcionó tan bien en Costa Azul que no han podido reproducir (o mejorar) en El Incendio, su último elepé. O tal vez ellos lo logren porque para eso son músicos. Ojalá: yo me declaro incapaz de saber por qué Costa Azul me gusta tanto y en El Incendio me molesta la ingenuidad de las historias de amor o el tono próximo de las canciones o no sé qué de las letras. Sidonie escribieron y cantaron en inglés hasta mediados de esta década, y se me hacían perfectamente prescindibles aunque les profesaba cierta atención. Cuando se decidieron a expresarse en español resultó que sus letras bordeaban una poética nada artificiosa que punteaba magníficas melodías. En el cambio se hicieron un grupo imprescindible. En Costa Azul perfeccionaron el modelo sobre la base inspiradora, cuentan ellos, de la Literatura de Scott Fitzgerald: de ahí el dandismo, el hartazgo de las fiestas, la soledad esencial del amor, la belleza crepuscular de los sentimientos. Y les quedó un disco embriagador, de músicas preciosas y un ritmo pegadizo que tenía la consistencia de la buena pasta: crujiente, se pegaba a los azulejos, pero sin empalagar. Melodías al dente. Fuego lento, no incendios.

Franz Ferdinand – Franz Ferdinand (2004)
Franz Ferdinand tiene, el grupo y éste su primer disco homónimo, lo mejor de lo que la música británica puede dar hoy por hoy, en mi opinión: el descaro, el ritmo, la agresividad, la energía, la indolencia y la juvenil vanidad de sus canciones. Ninguno seremos abducidos por nada de lo que digan, salvo por el envoltorio rítmico, por la presencia, por la la facilidad para atraparte con un himno gamberro, por su forma de decirnos cómo hay que tocar la música cuando se es joven, cómo debe sonar la música cuando se es joven, como hay que cantar cuando se es joven y cómo hay que bailar la música cuando se es joven. Es ese deliberado hedonismo (in)trascendental el que convierte a los Franz Ferdinand en un acto de rebeldía contra el aburrimiento o su amenaza. Lo único que puedo decir de su primer disco es que me sigue gustando como el primer día, me divierte igual, me obliga a moverme igual. Las últimas veces que creo haberlo oído en un bar, en el Pulp, pusieron You’re So Lucky y, bueno, pasó lo mismo de siempre. Después ha venido un creciente desinterés. No comparto el fervor por su último Tonight With FF, aunque ese detalle me parece lo de menos. También el pinchazo de memoria que me recuerda que todos estos grupos del nuevo post-punk no pueden descalzar a The Fall, a los Clash, a Television. Y que donde esté Marquee Moon, igual tengo que derribar una década entera. Pero algo así sería excesivo.  Sentí no poder ver el paso de Franz Ferdinand por la ciudad, pero mientras pude ir a verlo no lo consideré una gran ocasión. Eso es para otros grupos; que puede que me diviertan menos, pero me emocionan más. En el fondo, Franz Ferdinand describe emociones empaquetadas que yo ya no compro. Aunque a ratos me apetezcan…

Heaven, Earth and Beyond – Lisa Ekdahl (2002)
Oí por primera vez a Lisa Ekdahl una tarde de verano, en una terraza en sombra cerca del puerto de Mahón. No sabía nada de ella. Aún hoy sigo sin saberlo. Lo que he averiguado, eso sí, es hasta qué punto una voz afectada de angelical delgadez puede absorbar el espacio y tomarlo al asalto como una valquiria. En el susurro de aquel atardecer, mientras zarpaba de la dársena un monumental rascacielos transatlántico, me fui abandonando en la música de este disco que no conocía, hasta que pregunté su nombre. Luego lo busqué. Lo compré. Y ocupó tantas horas que él solo se presentó ante mí hace pocos días, cuando comencé a imaginar el recuento de los álbumes que han compuesto el puzzle sonoro de estos años. Poco puedo contar. A Lisa Ekdahl hay que oírla. Es sueca, es rubia, es tan fina que parece a punto de quebrarse como un cristal si uno la mira demasiado. También al cantar. En su idioma ha cantado y canta pop muy sedoso, con un deje que nos hace pensar, seguro, en Russian Red. Frecuenta el jazz de caricia repetida, el silabeo gracioso, la etérea complicidad de voz y melodía. En Heaven, Earth and Beyond (dirección a la que te lleva el disco a poco que te abandones) Ekdahl desgrana canciones clásicas, versiones de otros, temas que uno juraría haber conocido o conocer. Los trae todos a su terreno y los rinde. Yo saqué la bandera blanca y entregué las armas, allí mismo en el puerto de Mahón. Sin condiciones. Y desde entonces siempre que veo un transatlántico pienso en Lisa Ekdahl.

Hurricane Bar – Mando Diao (2005)
Entiendo que dos suecos consecutivos significan una arriesgada redundancia, pero mejor juntarlos que jugar a la diseminación artificial y hacernos los despistados. Además, nadie diría que Mando Diao son suecos. Ni por el nombre ni por el acento. Ni el fonético ni el musical.  Ni por la forma ni por el fondo. Mando Diao son tipos de música directa, lo que en las tiendas de etiquetas dirían garaje-pop, que yo nunca he sabido muy bien cómo tomarme porque hay tantos sonidos reconocibles en su música que no caben en una plaza de garaje. Un día alguien sopló el enigmático nombre a mi oído: “Mando Diao…, escúchalos”. Y como era un periodo de indefinición, uno de esos pasajes en los que me tiro hacia los setenta en busca de impresiones perdidas, los escuché. Sin saber bien a qué me enfrentaba, temiendo a una banda de tribalistas. El nombre lo inventó uno de sus miembros en un sueño (tópica explicación de estrella del rock). Suena a cualquier cosa. Detrás, encontré este disco que empieza con Cut The Rope, un rasguño de inspiración Clash, y que luego usa perspectivas muy diversas para darle forma a una misma visión de la guitarra como instrumento de seducción.

Twelve – Patti Smith (2007)
Pocas cosas tan innecesarias como los discos de versiones. Pocos discos de versiones tan necesarios como este Twelve de Patti Smith, una sexagenaria a la que vimos en la Expo empeñada todavía en cambiar el mundo, tantos años después, tantos mundos más tarde. Patti Smith siempre ejerció el poder de la palabra entreverada con el gesto. Este álbum la ve en un potente recitado de temas clásicos que van de Jimmi Hendrix a Neil Young, Rolling Stones, Bob Dylan, Jefferson Airplane, Nirvana, The Doors, Paul Simon o Tears for Fears. Dicho así, suena de lo menos estimulante, esa es la verdad. Basta escuchar la relectura de morosa profundidad de Smells Like Teen Spirit, el hipnótico tema de Nirvana, para aceptar que la versión es un género que muy pocos deberían acometer. Patti, of course, estaría entre ellos.

Wonderland – The Charlatans (2001)
Manchester nunca fue wonderland para los charlatanes. Ellos estaban allí, pero tal vez un poco más tarde de lo que debieron, o un poco antes de lo que les tocaba. Aparecieron al mismo tiempo que los Stone Roses ascendían a la cima del mundo y en la habitación no cabían todos. Se estaban amontonando las generaciones de genios. Así que The Charlatans iniciaron un largo rodeo hasta el reconocimiento, trasiego nada dichoso que incluyó el encarcelamiento de uno de sus miembros y la muerte en un accidente de automóvil de otro. Tal insistencia en el infortunio hubiera desanimado a cualquiera, pero no a estos muchachos que en 2001, con Wonderland, confirmaron que la singularidad de su sonido, con raíz en una ciudad de hilo musical de oro y una evolución hacia la pista de baile y la contenida electrónica, tenía un espacio asignado de antemano. Cuando se acabó el baggy, ya no molaba la new wave, se desvanecieron en su gloria los Stone Roses y engordó de ego adicto Shaun Ryder, Manchester se despertó de su sueño. The Charlatans, como el dinosaurio de Monterroso, aún seguían ahí. Estos chicos no se extinguirían ni con una glaciación jurásica.

The Revolution Starts Now – Steve Earle (2oo4)
El señor Steve Earle ha visto cosas que vosotros no creeríais. Por eso le crece la barba de manera desaforada mientras el cogote queda a la intemperie. Steve Earle es eso que se dice la América silenciosa, que por otro lado jamás se calla. La América que cree en la revolución desde dentro, en el día a día. Steve Earle lleva desde los 16 años aferrado a una guitarra, cuando salió de su casa para no volver; entonces cantaba contra la guerra de Vietnam por pequeños bares en los que hacía gracia su sombría propuesta. Muchos años, un paso por la cárcel, cinco esposas y unas cuantas adicciones después, en este disco el autor del extraordinario El Corazón había alcanzado la calidad oracular de una conciencia colectiva. Observó que venían elecciones y proclamó el principio inaplazable de la Revolución, aquí y ahora. A continuación agarró a su mujer Alison Moorer por la cintura y a la guitarra por el mástil, empezó a disparar al aire y le salió un disco deliciosamente áspero.

Modern Times – Bob Dylan (2006)
La modernidad es un concepto muy poco dylaniano. De hecho, el concepto Dylan es un concepto radicalmente opuesto al concepto tiempo; los dos, por otro lado, son igual de subversivos, irrazonables y enigmáticos. Dylan ha fundido el tiempo y lo transporta en su mano como el mago que pasease una llama irrefutable en la yema de los dedos. Cualquiera sostendremos que su mejor producción corresponde a décadas tan lejanas que casi no queda nadie de entonces en pie, salvo él: El Hombre Dueño de los 60, como se auto definió en una entrevista en la revista Rolling Stone. “Te los regalo”, le dijo enseguida al periodista. Modern Times concluye una trilogía portentosa de Dylan en los años 2000: Love And Theft y Time Out of Mind eran los precedentes. Otra vez el tiempo; o el no tiempo. Dylan y no Dylan. Más allá del tiempo (éste o cualquiera), la maestría del maestro permanece intacta como las profundas arrugas de su cara.

Living With War – Neil Young (2006)
El último mohicano disparó aquí todas las balas que le quedaban en el cargador contra Doble Uve Bush. Un disco como éste es una manera mejor que cualquier otra de justificar la presidencia de Doble Uve o de lamentar que Obama no vaya a excitar la vena salvaje de los revolucionarios. La ventaja con los rockeros americanos (incluso los canadienses) es que son capaces de escribir un panfleto político sin una sola doblez, ni un disimulo, ni un atisbo de ahorro maniqueísta y, sin embargo, convertirlo en un álbum de música arrolladora. Neil Young en una de sus (muchas) mejores versiones. A la guerra hay que llevarse a Neil Young, porque es un tirador de élite: rara vez en 30 discos ha fallado el disparo. En éste, el 29º, hizo diana en el orto de Bush.





¿Por qué Chicago?

18 06 2009

“Decididamente, si hay un peor modo de ver el mundo que como escritor viajero, es como lector de las impresiones de los escritores viajeros. Advirtámoslo sinceramente en el pórtico de este libro de viajes”.
Aventuras de una peseta, de Julio Camba

Puentes de Chicago

En todos los casos, la conversación de los últimos días fue más o menos la misma.

El anuncio:
-Me voy a Chicago.

La respuesta:
-¿Y por qué a Chicago?

Yo aguardaba un comentario más clásico, tipo: “¡Qué suerte!”. Una cierta admiración cacofónica susceptible de aliteración: “Qué chulo Chicago, macho…”. Una empatía envidiosa: “Jo, ahora mismo me iba contigo”. Pero no. Nadie se iría “ahora mismo” conmigo a Chicago, por lo que he podido ver. Salvo Joan, que ha estado varias veces, me regaló algunas anotaciones valiosísimas acerca de la ciudad y la declaró “espléndida”. Le he buscado aliados y tal vez la frase más entusiasta la dijo el célebre arquitecto Frank Lloyd Wright: “Algún día, Chicago será la ciudad más hermosa que quedará en el mundo”. Y puede que ninguno vivamos para verlo…

Me sorprendió encontrarme el recelo que se opone a las presuntas rarezas. Hoy por hoy uno puede decir tranquilamente que se va de vacaciones a Yemen del Norte, o a Camboya, o a Groenlandia, o bien a Borneo o a Madagascar. Y en todos los casos sentirá que forma parte de la hermandad de la gente viajera, los que saben dónde hay que ir y cuándo, los que tienen categorizado el asunto y dividida la jerarquía de destinos hasta el último detalle: a Venecia se va en low-cost para compensar lo mal que huelen los canales, y que todo parece un decorado más falso que en Sombrero de Copa. Europa está concebida para escapaditas de fin de semana largo o vacación corta; Nueva York y Londres, para las compras navideñas; y cuando uno se casa ha de llegar a Bora-Bora porque la Polinesia francesa es imbatible y no hay otro lugar más alejado. Hawaii está fuera del tiempo. Literalmente.

-¿Y qué se hace en Chicago?
-No sé, estar.

Esa era la siguiente pregunta. Y el final del impertinente diálogo, que me dejaba a mí por un elemento arbitrario en la elección de los destinos. Entonces pidió la palabra Raúl.

-Yo tengo un compañero de laburo que todos los años va de vacaciones a Kansas City… -apuntó el argentino Raúl López, que no es el jugador de basket sino uno de los más renombrados asadores de bifes del conurbano de Buenos Aires. De visita por Madrid, donde hice escala tomando unas cervezas en el Penta, el Raúlo me tira un cable con el tema de Chicago, y lo hace con el mismo desprendimiento con el que derramó hospitalidad y vino en aquella noche célebre en Caseros 868, en el periplo Argentina 2003.

Sí, viste que los tipos ya se armaron un grupito de amigos ahí en Kansas City, así que rajan para allá todos los años y lo pasan bárbaro –agregó.

Todos los años de vacaciones a Kansas City… ahí lo tienen. Díganle a la gente viajera del momento a ver qué cara le ponen. Lo suyo es la Baja California y los viajes por Alaska y recorrer la Ruta 66 y hacer un blog para contarlo.

Así que he pasado los últimos días revisando la fascinación que siempre he sentido por Chicago, tratando de buscarle sentido si es que lo tuviera, y he terminado preguntándome, con una cierta molestia revanchista, si es que tiene más atractivos Shanghai, pongamos por caso, o Phnom Penh, ahora que ese tipo de lugares le vienen gustando tanto al común. Veamos: en Chicago nació Raymond Chandler, un maravilloso escritor de novelas policíacas, creador del personaje de Philip Marlowe, de una novela extraordinariamente divertida, puro cine negro, como El Largo Adiós, de El Sueño Eterno, y ese tipo de cosas. Ya sé que siempre vivió en Los Ángeles, pero no puedo admitir como casual un hecho así. A Chandler lo quiero como a un amigo. También en Chicago abrió los ojos el clarinetista Benny Goodman, el rey del swing, autor de extraordinarias melodías y de un jazz que me fascinó desde que escuché la conmemoración de su clásico concierto en el Carnegie Hall, en el que hace una vivacísima versión de Rocky Raccoon, clásico alternativo del Doble Blanco de los Beatles. Por lo visto, Benny Goodman no guardaba un gran recuerdo de la ciudad, seguramente porque hablamos de un espíritu pacífico y sensible: “No siento un gran afecto por Chicago. Qué coño, una infancia en Douglas Park no tiene nada de memorable. Recuerdo las peleas callejeras y el temor que producía cruzar el puente, porque el chico irlandés del otro lado te esperaba para abrirte la cabeza. Bah, hace mucho que abandoné Chicago”.

También de Chicago es Patti Smith, esa señora mayor que se resiste a mirar las tardes haciendo punto frente a una mesa camilla y continúa todavía empeñada en cambiar el mundo, según vimos en su concierto en la Expo. En el mientras tanto se dedica a revisar el rock como cuando era sólo aquella andrógina poetisa punk que todo el mundo diría de Nueva York, cuando en realidad venía de Chicago, mientras que de Nueva York es Michael Jordan, al que todo el mundo diría de Chicago… Y Muddy Waters también es de Chicago, y otros tantos genios del blues y de la música negra que arrancó del sur en viaje diagonal para ser transformada, mejorada o completada en el norte. El infierno es una edición de bolsillo de Chicago, anotó alguien. Tal vez eso explique la dualidad de la música de Wilco, dulce y escabrosa a partes iguales, como un sabroso pastel de crema hecho con fruta podrida. Y de Chicago son Wilco, deudores de tantas tradiciones fundidas en guitarra; están esas Torres Gemelas que aparecen en la cubierta de su disco Yankee Hotel Foxtrot; y la estatua de Jordan a la entrada del United Center; y Wrigley Field, el viejo estadio de los Cubs, donde seguramente vea un derbi este fin de semana contra los White Sox, el otro equipo de béisbol de la ciudad. Y las películas de los violentos veinte, y la Ley Seca, y Capone, y John Dillinger, y Union Station con la escalinata del final de Los Intocables de Elliott Ness, y ese tipo de cosas que componen nuestro burdo imaginario, como el monólogo de Robert de Niro/Capone ante los sudorosos comensales de una cena de villanos: “Un hombre debe tener entusiasmos, entusiasmos, entusiasmos… ¿Sabéis cuál es el mío?”, les preguntaba a los fumadores de puros. Y ellos apuntaban: “Las chicas, el dinero, la buena vida…”. Pero Capone decía: “No, el béisbol”. Dicho lo cual se hacía alcanzar un bate y con él le reventaba la cabeza con minuciosos samugazos a un miembro algo díscolo o charlatán de la familia. Le pasó por no trabajar en equipo… Capone, el real, tendía a sentir que su esfuerzo no se apreciaba: “Mañana me largo a San Petersburgo, Florida, y que los rectos ciudadanos de Chicago se consigan su alcohol como puedan. Estoy harto de este trabajo –es ingrato y está lleno de amargura. Me he gastado los mejores años de mi vida haciendo de benefactor público”.

Así que la reunión de fascinaciones subjetivas deriva en que Chicago esté entre mis ciudades preferidas de Estados Unidos. A quien le parezcan superficiales o las considere insuficientes, le reto a que me las iguale para ir a Shanghai: “Chicago no es una ciudad para nenazas”, se justificó un político corrupto al que le encontraron demasiado polvo bajo la alfombra. Estáis advertidos. Además, what the hell? Mi habitación asoma sobre el mullido Grant Park y al fondo de la mirada se despliega el Lago Michigan, con su idílica muchedumbre de agua y barquitos de vela.