Viaje a Pepperland

10 03 2016

Los últimos días escuchaba yo retazos desordenados del George Fest, aquel concierto heterogéneo en el que un buen número de amigos y admiradores del buen George Harrison habían reelaborado la música del guitarrista de los Beatles.  A la cabeza del homenaje su hijo Dhani, asomado al juguetón falsete de Savoy Truffle. De cuando en cuando redescubro aquellos sonidos, interpretados desde otro punto de vista. Y me pregunto cuánto pueden llegar a gustarme, otra vez, I, me, mineOld Brown Shoe, Let it Down Beware of Darkness. Porque las oigo y es como si todo volviera a empezar. Valdrían éstas y mil más, de uno y otro. Así llevamos años. Instalados en ese sortilegio circular hecho de canciones en bucle y días recuperados de las fauces de la nada. Un conveniente simulacro de eternidad. Pero de pronto, un día cualquiera en la vida, se muere un Beatle. Y recordamos que nos estamos yendo.

Geprge Martin, el quinto Beatle.

George Martin, el quinto Beatle.

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I look at you all…

28 11 2011

No sé si hará falta que diga algo. No sabría decir gran cosa, salvo que no se pueden haber escrito muchas canciones más hermosas que ésta; y que no sé si George Harrison alcanzaría una interpretación tan excelente como la que él y sus secuaces (Ringo Starr a la batería incluido) hicieron en el celebérrimo Concierto por Bangladesh. Hay otra versión magnífica (las de los Beatles están fuera de categoría, por razones obvias) dirigida por Eric Clapton a la guitarra y la voz, Paul McCartney en el piano, el propio Ringo a la batería y Dhani, el hijo de Harrison, con una guitarra acústica: la del llamado Concierto por George. Podría buscar este tema en sus mil diferentes revisitaciones e ir poniéndolas todas, día a día, hasta que aquí nos quedásemos cuatro (o cuatro mil) locos insaciables. De todas las posibilidades siempre voy a preferir la voz de Harrison, compuesta de una textura de la que no puedo hacer juicios críticos, pero sí sentimentales: siempre me ha provocado una temblorosa emoción, ignoro el por qué. El riff del comienzo y el solo de guitarra que la culminan son preciosos y aquí, en esta interpretación con un sonido tan de los setenta, se afilan magistralmente.

¿Qué decir de noviembre, un mes que se lleva todo por delante? Noviembre ha sido casi siempre negro. No tan cruel como abril, creyó el poeta, pero insondablemente oscuro, desesperanzador, el punto más lejano y solitario del año. Uno, que tiene todas las resistencias erosionadas hace ya días, lo va pasando de medio lado, envuelto en una extrañeza creciente, un distanciamiento sin regresos inmediatos. Tratando de no calcular cuánto queda hasta que vuelva la luz, por ejemplo la luz a la que cantó George Harrison en Here Comes The Sun. ¿Qué decir de George Harrison, fallecido mañana hará diez años? Lo mismo que de cualquiera de los otros tres: eran y son una cumbre insuperada. Grupal y personalmente. La culminación anticipatoria de todo lo que después hemos celebrado.





Rapid Eye Movement

20 01 2011

Imagínate a ti mismo en una barca en el río / con árboles de mandarina / y cielos de mermelada...

He vuelto a hablar en sueños… Otra vez ocurre con frecuencia: frases sin significado, pero muy vehementes, como si establecieran una verdad incontrovertible. Escribo poco, pero soy más que nunca el hombre somniloquio, que perora en la altura de las madrugadas, cuando la grisalla matinal acosa ya las ventanas. Tengo sueños. A veces los recuerdo, como cualquiera. A veces los olvido. Otras, atraviesan la cortina de la vigilia, se cuelan en la lucidez falsa de los días y no me los puedo sacar hasta que me meto bajo la ducha, frotando duro con la esponja. Leyendo acerca de los sueños acabé en una discusión foral acerca de los efectos del hachís y la marihuana en la inhibición de los sueños. Mi información establecía que tales sustancias impiden el acceso a la fase de Movimiento Rápido del Ojo (RapidEyeMovement, REM) en la que se concentra la mayor parte de los sueños más vívidos. O sea, que los fumetas no sueñan… Pero no hay acuerdo en la ciencia ocupada del particular (la ciencia se ocupa de todo, coño) y tampoco en las experiencias compartidas de los ávidos fumadores de sustancias. Los hay que han llegado a experimentar, incluso, sueños lúcidos: aquéllos en los que el protagonista sueña con plena conciencia de que lo está haciendo. El ácido lisérgico, Lucy in the Sky with Diamonds, garantiza sueños lúcidos. Quizás mi mente incorpore el ácido de serie, porque yo practico el lucid dreaming con frecuencia. Creo haberlo contado ya aquí…

McCartney dice haber soñado la melodía de Yesterday. Yo soñé un relato entero que luego transcribí línea por línea sobre el blanco eléctrico del ordenador y que nunca será publicado. De hecho, la sombra de la piqueta, el delete, acosa ya a aquel engendro nacido en días oscuros. Al contrario de Paul McCartney, que soñó una canción imperecedera, yo apenas ideé un relato onírico de baja estatura cuyo argumento resultaba previsible; y su ejecución, molesta y modesta. Éste es el orden interno del universo: McCartney creó los Beatles y yo escribo en un periódico de deportes. AC me interrogó hace algún tiempo, en un casual encuentro nocturno, acerca de mis (presuntos) papeles ocultos. Diríamos… lo que habría de ser mi inédita producción literaria: le confesé que no existe tal cosa. Apenas algunas ideas esbozadas que no merecen, ni han tenido, mayor atención. Como dijo aquel vanidoso: “¿Publicar una novela? Pero de qué obscenidad me habla usted… ¡yo soy escritor!”. Y un cretino.

Escribir un libro de sueños siempre me llamó la atención. La literatura onírica, sin embargo, no es fácil. Los bueños sueñan mejor. No. Los buenos lo cuentan mejor. De entre mis últimos sueños me divirtió uno en el que recreaba la novedad del viaje turístico en catapulta. La necesaria supresión de los aviones, el azaroso intermedio de los aeropuertos, los cacheos ventajosos de seguridad a cargo de fornidas teutonas y la bolsita transparente para los líquidos. Aquí el proceso era bien sencillo: te subías en el cucharón de la catapulta con tu equipaje de mano, a la manera de RyanAir, y un propio te disparaba al lugar del mundo que hubieras elegido. Después de atravesar el cielo como una centella desaforada, caías en el lugar exacto que habías elegido como destino. Lo que se dice una lanzadera, pero en la versión literal del término. Yo desconfié: “¿Y si caigo en el agua, en medio del océano?”. “No ocurre. El cálculo del disparo incorpora las últimas tecnologías aeroespaciales en cuestión de puntería. Es como disparar un misil: fijo que acierta en la diana”, me razonó la señorita. “Pero esto es una catapulta…”, protesté débilmente. Menos fiable que un carro de combate, que mata al bulto. En ese momento, en la pantalla agregada que incorporan todos los sueños, vi en escenas paralelas o superpuestas el lanzamiento de varios viajantes, que alegremente ascendían al rudo habitáculo del artilugio para dejarse disparar a la esquina opuesta del continente. Una cayó en la Capadocia, otro aterrizó en las mismísimas tapias del Kremlin, donde aguardaba Brezhnev para hacerle los honores. Yo quería ir a África, a ver la migración de los herbívoros en el Serengeti y el tumultuoso cruce del río Mara. No sé si al final hice el viaje y lo he olvidado. No sé si tuve miedo de caer en la selva y que me mordiera un serpentín.