Sospechosos habituales

21 07 2011

Le sacan las tripas a la ciudad para secarlas al sol minucioso del verano.  Después van a suturar las avenidas con una cremallera tranviaria. Hay por ahora un caos visceral como de órganos removidos en la mesa de operaciones. Luego quedará todo nuevecito, con una cicatriz pespunteada de césped artificial y los urbos cayendo avenidas abajo en sostenida pendiente hacia el río y más allá, camino al norte, donde aguardan los vecindarios la llegada de este nuevo caballo de hierro, allá en las vaguadas en que la ciudad rinde su disparidad a la monotonía del inminente desierto y la soldadesca mata la mosca negra a cañonazos. El objetivo consiste en ser moderno, ser europeo, ser  sostenible, ser humano, si alguien sabe en qué consiste todo eso… El ofuscado munícipe -que siempre aparece ante las cámaras desarreglado, con un cierto alboroto en los cabellos y en la voz, como si acabara de dejar un trenecito con sus concejales en el baile de alguna boda desenfrenada-, ha conquistado la permanencia y se dirige ahora hacia la posteridad decimonónica del tramway. La escena compone un fresco atolondrado de personajes. El pueblo comparte sudores en los autobuses ecológicos con alegría comunal. La bicicleta ya es la única posibilidad, apenas. Fuera de eso sólo queda una laminación colectiva de grupos municipales y sus votantes, un escuadrón suicida de indignados con el mundo o bien simular un accidente de circulación en el salón de plenos, al estilo de Toma el Dinero y Corre, cuando Virgil intenta atropellar a su víctima con un Mini-Cooper por los pasillos de su casa. Pero ojo porque ahora el fiscal de la cosa del auto va a declarar homicidio involuntario el atropello, el salto de línea continua y la conducción apresurada. En Zaragoza, si la Local toma ejemplo y el cochero de Drácula impone el estado de orden maximalista que acostumbra, pueden mandarte unas semanas a Sing Sing por pisar un paso de cebra o no poner neumáticos blandos en los días de canícula que declare Lolumo. El próximo verano en Zaragoza se ha de llevar el moreno a rayas paralelas y las canciones de los Nikis en El Guay, otra vez.

Micah, en el centro, sobre la ausente señora Hinson y, en las esquinas del cuadrilátero, los cuatro púgiles de Tachenko. Un retrato carcelario de esta feliz pandilla de bienhechores.

Frente a un escenario tan opresivo, buscamos escapatorias urbanas y nos entregamos al último regreso a la ciudad de Micah P. Hinson, al que cualquier día habrá que entregarle ya las llaves de la Inmortal por haber hecho amigos tan diligentes en los muchachos de Tachenko. Sospechosos habituales todos ellos. Anoche corrían apuestas en la elegante Sala López sobre el contenido del tetra-brik con el que se avitualla entre canciones el hombre llegado de Abilene, Texas: ¿Será una spremuta d’arancia, un vodka con naranja, caipirinha, gazpacho casero licuado a través del alambique de un viejo embudo…? En este último retorno, Micah lució unas wayfarer de montura blanca y un sombrerito oscuro de ala corta. No fumó. A los pocos minutos de arrancar, se deshizo del tocado, aquilató su opinable mata de pelo en un perfil satisfactorio para su juicio y procedió a sacarse el chaleco encurtido que le acotaba la previsible camisa de cuadros. La sala estaba repleta. Micah y sus Pioneros del Sabotaje (díganles Tachenko) iban a interpretar nada menos que Trompe Le Monde, el último disco que jamás grabaron los Pixies. O lo que para entonces quedara de ellos.

Trompe Le Monde no es un disco fácil, le explicaría a la salida del concierto un joven a su chica, mientras la apretaba bajo la axila para cruzar el Puente de Piedra, que de camino a la medianoche era apenas una muralla azotada de viento otoñal. No lo es. Hacen falta cojones para venir a esta hora a tocarlo. Lo dijo el propio Micah en su exordio de presentación: “Este disco cambió mi vida”. Lo dijo sin énfasis, aunque la frase lo tenga, inevitable. ¿Hacia dónde cambió la vida del señor P. Hinson este álbum? Si uno repasa su biografía, las posibilidades se multiplican. En cierto modo, ensoñaciones espaciales aparte, a uno Trompe Le Monde siempre le pareció un trabajo valioso por lo que hay en él de desarraigo cronológico: parece más un elepé de presentación, de nosotros hacemos esto y nos importa un rábano lo que os parezca, que el retruécano último de un grupo consagrado. Considerado en perspectiva, uno lo cree también un disco autista, ajeno a cualquier entorno y representativo del archipiélago de individualidades distanciadas que a esas horas eran los Pixies. No falta quien lo considera, con algo de razón, el primer disco en solitario de Black Francis. La ausencia de la voz de Kim Deal, la otra cara de la luna de la banda, subrayaría tal impresión.

El ejercicio de revisión le salió mucho más que convincente al combinado Micah/Tachenko. Estos chicos ya dejaron sentado en su última aparición conjunta en Oasis que se han cargado las leyes de la probabilidad prejuiciosa y vienen discutiendo algunas de las muchas posibilidades de la combinatoria. Nunca hubiéramos imaginado simbiosis tan feliz. Tachenko ha dejado hace rato de actuar de comparsa o marco generoso para el genio desbocado de Micah P. Hinson, si es que alguna vez alguien pensó que ese pudiera ser su cometido o su papel en esta representación. El americano aparece reconfortado y multiplicado de registros y posibilidades cuando se apoya sobre el fondo de almohadones  sonoros que le propicia el cuarteto zaragozano.  Y Tachenko va ensanchando sus límites. Esos chicos tocan muy bien. La combinación funciona. La recreación les quedó poderosa, con el rango preciso de vibración emocional y rítmica; y Micah encontró con su voz la voz de Black Francis, la aspereza desgarrada de algunos pasajes y la enérgica distracción de las letras. Trompe Le Monde tiene más de loud que de quiet, dialéctica que solía estructurar los temas de los Pixies. En su último disco hay más intensidad que contemplación, más rasca que melodía. Y es un disco con tanta afección por el distanciamiento que aproximarlo a la audiencia en tercera persona suponía una tarea exigente. Rebasada con entusiasmo y destreza, en todos los órdenes y pese a algunas indecisiones en el comienzo. Si he de elevar una objeción, lo haré con modestia: yo hubiera preferido invertir el orden del recital. Primero la parte de Micah en solitario obsesivo y los apuntes de algunos de sus temas más conocidos con el apoyo de Tachenko, luego una pausa para desengrasar y, por fin, la hora de tralla del Trompe Le Monde. Tal y como lo hicieron, la media hora de añadido a la interpretación del disco pareció un apéndice destinado a completar la noche con una decorosa duración.

No era necesario. Trompe Le Monde no es un disco fácil, cariño… Ven y apriétate que no quiero que cojas frío. Y al levantar la vista al ventanal del consistorio apreciaron allí, recortados en sombra, dos perfiles que admiraban la majestuosidad nocturna de la urbe sin embotellamientos de autobuses articulados. Ora glosaban con su mirada las riberas, ora el anillo verde, los serpenteantes carriles bici… Ora el ensanche hacia el sur, las fincas recalificadas que le ganamos a la huerta, ora las avenidas enrejadas y el bailarín embaldosado peatonal. Y entre esas dos siluetas una voz  decía untuoso al contraluz amado: “Míralo bien porque algún día, Mari Cruz, algún día todo esto será tuyo…”.

Anuncios




Cocaína para las contracturas

31 05 2010

Jeff Tweedy, flanqueado por Wilco y con Alfredito, el camello, al fondo.

Parece ser que el camello vestido de fiesta que preside la portada de Wilco (The Album) se llama Alfred. Allí estaba el viernes, sobre el escenario, una pequeña réplica de Alfred a los pies del teclado de Mikael Jorgensen, cuando Wilco atacaron el que ya ha quedado como su band-theme, Wilco (The Song), para echar a rodar la tercera de sus apariciones en el Primavera Sound y el cuarto recital que yo les veo desde la epifánica explosión que viví, creo que en 2005, en la sala Oasis. Todos me han parecido memorables de un modo u otro, como ya he dicho alguna vez. Vistos en perspectiva, éste me ha dejado un impacto comparable al de aquella primera experiencia. Lo voy a decir de manera que no quede duda al respecto: los vi rotundamente perfectos. Desbordantes de energía y hasta de rabia, sonaron tan bien como siempre y elevaron el diapasón de la intensidad a cotas espectaculares. El baterista Glenn Kotche (uno de los ocultos fenómenos de esta banda) volvió a dar un recital y acabó, bañado en sudor, subido en lo alto de su taburete sobre la batería. Y todo hecho con la precisa suavidad instrumental con las que Wilco hacen todo. El cronista de El País escribió: “Es oficial. No se puede sonar mejor que Wilco”. Siempre me pareció la característica que mejor describe a este grupo, al margen de estilos, referentes, escritura o lírica de las canciones. Y mucho más allá del inexplicable proceso de identificación que se produce entre alguien que hace música y quienes la escuchan. Los gustos tal vez no sean objetivables; la armonización de una banda en directo, la ejecución técnica, la sonoridad, el manejo de los registros, aun el virtuosismo sí lo son. O deberían. Wilco suena como muy poca gente puede hacerlo. 

El delicadísimo principio del concierto del año pasado en el Auditori no cabía aquí, porque esta vez habían de tomar una profunda explanada rampante. El asalto precisaba carros de combate, una división acorazada de temas, y desde luego la guitarra de Nels Cline, arma de potencia abrasiva. Pero la guitarra de Nels Cline no atendió la orden de fuego y durante las dos primeras canciones asistimos a la tensión desatada del músico que, desesperado por las dificultades para hacerla sonar, levantaba el instrumento por encima de la cabeza y parecía a punto de estrellarlo contra el suelo hasta que apenas quedaran astillas. Jeff Tweedy dirigió a la infantería en I Am Trying To Break Your Heart, y mantuvo la calma mientras aguardaba refuerzos. En la intro del tercer tema (nada menos que el muy emotivo Jesus, etc.) anunció: “I think we’re back”. Y Nels Cline pasó a convertirse en la trituradora habitual, con toda la banda a su alrededor, a su espalda, delante y en marcha. En la presentación de Wilco (The Album) el año último lo habíamos visto contenido, en un papel menos arrollador, en consonancia con el delicado repertorio ideado para una gira en salas de teatro. Este viernes, sin embargo, el escenario lo reclamaba. El desgraciado episodio inicial conspiró a favor de su virtuosa brutalidad: nunca vi de cerca un éxtasis tan sostenido. 

Kim Deal, al frente, Joey Santiago, Frank Black y el baterista David Lovering... Los Pixies, cada uno mirando a un lado como si no se conocieran de nada. La película 'QuietLoudQuiet' insiste en esa idea.

 Y así se rindió la colina de la hamburguesa, la misma que un rato más tarde conquistarían a tierra quemada los Pixies para convertirse, creo, en la banda con la actuación más multitudinaria de todo el fin de semana. El poderoso influjo de los Pixies se mantiene inalterable, a pesar de que continúan instalados en la cómoda revisitación de su viejo catálogo. Sus conciertos son conciertos de grandes éxitos, a la manera de los Rolling pero en el universo alternativo y con una puesta en escena, claro, mucho menos apabullante. El de Wilco lo vi literalmente a los pies de Nels Cline; para el de los Pixies me subí al fondo de la explanada y escuché temas memorables como los escucho en sus discos. Con la misma relajada distancia. Son los Pixies. Y sus canciones… Si usted tiene curiosidad por saber qué interpretaron, digamos que interpretaron todo lo que uno espera. ¿Monkey Gone to Heaven? La tocaron. Caribou… la tocaron y cantó Kim Deal. ¿Velouria? Desde luego, cómo no. ¿Cecilia Ann? Abrió la noche. Gouge Away, Bone Machine, Gigantic, Where Is My Mind. Todas, faltaba más. ¿Debaser? Sería como preguntar si los Stones tocaron Satisfaction… Hasta la bailoteamos. Hay que insistir en la idea: son los Pixies. Tres calvos y una madre disfuncional de película indie americana, sí, pero los Pixies. Si uno jamás los ha visto antes en directo, la experiencia incorpora el agregado de ocasión para el recuerdo, porque hablamos de una de las bandas más poderosas e influyentes de los últimos veinte años. Frank Black sonó agresivo y no hubo complacencia dentro de los límites establecidos. Muchos festival-goers y algunos cronistas incurren en el (comprensible) juicio de orden moral:  vivir aún de las mismas canciones, yendo de festival en festival, se parece  bastante a una escenificación avanzada de toma el dinero y corre. Por lo demás, el concierto no se juzga. Todo en él es previsible (o casi), pero son los Pixies. O casi. 

De vuelta de su concierto, alguien me tomó por Alfred, el camello de Wilco. Fue un muchacho que me interpeló con una frase de intención tranquilizadora: “No te emociones, no te conozco”, me dijo antes de rodearme el hombro con un brazo para decirme: “Tío, no tendrás algo de farlopa para pasarme…”. Le dije: “Chico, tienes una vista de lince: lo más lisérgico que me he metido yo en mi vida ha sido un vasito de bourbon para acompañar la cerveza”. Venían de Valencia. Su explicación me enterneció: “He traído a unos amigos al Primavera y los tengo a los pobres que hay que levantarlos como sea… Yo no hubiera venido, tengo una contractura horrible en la espalda, así que unos tiritos me vendrían de coña”. Y después de hacerle una gestión que no viene al caso y que, por supuesto, no salió adelante, me largué pensando en que sí, joder, claro que sí: para las contracturas en la espalda no debe haber mejor remedio que la cocaína. No sé si decírselo a mi pobre madre, mira… 

[Nota: Éste fue el set-list de Wilco: 1 Wilco (The Song), 2 I Am Trying To Break Your Heart, 3 Jesus, etc. 4 Bull Black Nova, 5 You Are My Face, 6 One Wing, 7 Shot In The Arm, 8 Country Disappeared*, 9 Handshake Drugs, 10 Impossible Germany, 10 Via Chicago, 11 I’ll Fight, 12 Misunderstood, 13 Hate It Here, 14 Heavy Metal Drummer, 15 The Late Greats, 16 I’m The Man Who Loves You, 17 Kickin’ Television]. 

*Gracias y saludos a los chicos, la futura mamá y el bebé ‘Wilco’ en gestación junto a los que vimos el concierto. Finalizada la actuación uno de ellos fue capaz de recordar el título de ‘Country Disappeared’, que yo no lograba traer a la memoria, con apenas dos pistas: que era del último disco y que había sonado entre ‘Shot In The Arm’ y ‘Handshake Drugs’.





Primavera sónica

27 05 2010

Sepa el pueblo, si le importa, que Somniloquios se va de vacaciones al Primavera Sound, un lugar donde la asamblea de majaras se ha reunido y ha decidido que mañana hará sol y buen tiempo, porque vuelven Wilco y va a ser la cuarta vez que vea a esos muchachos a los que paso el tiempo siguiéndoles la pista, para caer donde caigan ellos. En el laberinto de horarios y escenarios tengo subrayados para esta noche a gente como Broken Social Scene, Mission of Burma (más punk redivivo), Pavement, The Wave Pictures, los lampiños The XX y… THE FALL. Venga otra ración de proto-punk en vena… Y mañana, entre otras muchas cosas como decía, Wilco (ahora que hace un año de su último concierto en Barcelona, aquella delicada noche en el Auditori) y nada menos que los Pixies: otro renacimiento de dimensión legendaria: comprobaremos cuánto se estropean los cuerpos y las cabezas, y el efecto que eso tenga en la oscura rabia de la música. Aún con la película QuietLoudQuiet, que retrataba su vuelta a los escenarios, muy fresca. Y comprobaremos cómo se llevan Black Francis y Kim Deal, pareja que en los días de Doolittle y Surfer Rosa o Bossanova terminaron por hablarse más en los conciertos que en la vida real. “No es que no nos gustemos”, matiza escéptico Black Francis en un instante de la película-documental aludida. “Es que somos ese tipo de personas. Como subraya Kelly, la hermana de Kim Deal, “las cuatro personas que peor se comunican entre sí de la historia”.

Así que, primavera sónica. Epi y Blas (aquí José Luis Cabeza Mandarina y Cejakas) ya estuvieron y lo cuentan…

Y se ve que Cejakas pasó una mala noche:

Pues eso, que ya llamaré con lo que sea.