Sangre, lluvia, viento, dolor: la guerra

25 09 2011

Marcelo Bosch, el segundo centro argentino, se encuentra en medio del campo de batalla con su homólogo escocés, Graeme Morrison: uno de los muchos impactos de un encuentro jugador a puro huevo, sin concesiones, en un campo arrasado de lluvia y viento que hizo aún más racial el juego. Foto: PETER PARKS/AFP/Getty Images)

No hay casi nada hermoso en la guerra, como observó Ernest Hemingway. Y este partido fue la guerra. Ni siquiera es bonito el resultado, que resuena opaco, como venido de otro tiempo: Argentina le ganó 13-12 a Escocia. Se jugaban, salvo sorpresa en el último día de los azules contra Inglaterra, la segunda plaza del grupo B. Fue una guerra y decirlo no constituye hipérbole ninguna, ni un modo de ensalzar un partido bronco, jugado con dolor (lesiones de Fernández Lobbe y Roncero en Argentina, un tobillo seriamente lastimado en el caso de Leguizamón), resistencia y poco más por parte de los Pumas, iniciativa y poco más por el lado escocés. En verdad, fue increíble que ganara Argentina, que debió pisar no más de dos o tres veces la 22 rival. Pero en medio del ronco sonido de un partido industrioso, jugado con sangre, sobre un campo batido de lluvia y viento (terreno mojado, pelota difícil), repleto de errores en la decisión y de ejecuciones complicadas por los elementos, en medio de la constante cacería que constituyó cada pesado movimiento de la pelota, en medio de la juerga de los delanteros, las cargas, los placajes, los rucks insondables… en medio de toda esa chatarra desordenada, como un cementerio de vehículos pesados, como un escenario postnuclear de Mad Max, ahí apareció ligero y natural, excelso y decisorio, el suplente Lucas González Amorosino. Él ganó el partido con su ensayo. Él puso la única brizna de hermosura en un partido de tensión sublime, vacío de concesiones a la galería. Él salvó a los Pumas. Y él dijo: “Dejamos el corazón”. Pero debió agregar: “Y se lo arrancamos a los escoceses”.

González Amorosino es el jugador más creativo de Argentina del que se haya tenido noticia en este Mundial. Zaguero o ala del Leicester Tigers inglés, desde aquí subrayamos su nombre en el episodio llamado La caza del hombre. Y, sin embargo, el técnico Santiago Phelan optó por Rodríguez Gurruchaga como 15, tal vez anticipando (o propiciando) lo que sucedió: un encuentro nítidamente bilardista de los argentinos, y disculpen la intrusión futbolística. Pero ayuda a matizar la estrategia  de pertinaz defensa de los Pumas, frente a una Escocia que quiere jugar un rugby ligero, de combinaciones por fuera, para el que sin embargo no le alcanza el talento individual. Frente a una muralla inquebrantable como la argentina, apenas Evans en la primera parte, las raciales cargas de Barclay desde la tercera y algún intento demasiado alejado de Lamont… Esos fueron los argumentos ofensivos de los escoceses, que dominaron el territorio pero indultaron en varias ocasiones a los argentinos. Sigue siendo un equipo al que le cuesta ganar las líneas contrarias y finalizar jugadas. Sólo puntuó con golpes de castigos y drops, repartidos entre Ruaridh Jackson, Patterson y Parks, que perdió el que hubiera sido decisivo en la penúltima ofensiva escocesa contra los palos argentinos.

Dan Parks, en el centro de la imagen, intenta asimilar la proporción de la derrota que acaba de sufrir su equipo en Wellington, frente a los Pumas. En primer plano, el tercera argentino, Galarza, se acerca a consolar a los desconsolados rivales. Foto: Stu Forster/Getty Images.

Argentina ya demostró frente a Inglaterra que su capacidad para el sufrimiento, para sobreponerse a sus limitaciones, no conoce fronteras psicológicas ni físicas. Esa tal vez constituya su más evidente virtud. Es capaz de cerrar un partido en la batalla que más le interesa; son los argentinos quienes eligen las armas del duelo: siempre a cuchillo, nunca a pistola. Lo más cerca posible y a batirse en cada metro del campo… Escocia jugó más, puso más, mandó más, pero no encontró el modo de imponer su estilo. Se quedó corto para hacerlo. Argentina, por detrás 6-3 y 9-6 con apenas diez minutos por jugar, abocó el choque a un disparo al aire. Cuando González Amorosino apareció en el campo, con él vino la advertencia de que ahí, en su juego, estaba lo que era diferente y lo que podía ser diferencial. En medio de la tierra quemada que habían dejado 70 minutos de atrincheramiento, el zaguero Puma surgió con su camiseta inmaculada, como un signo de inocencia, y se convirtió en la niña del abrigo rojo que atraviesa el gueto arrasado en La Lista de Schindler. Grácil, hermosa en medio de la destrucción, intocable entre la barbarie. Pegado al costado recibió ese balón Lucas González Amorosino, en el minuto 74. Venía de izquierda a derecha la bocha, después de varias fases de desorden y trabajosa búsqueda de la continuidad por parte de los Pumas; abrió Vergallo, alargó Contepomi para Bosch y éste se la dio a González Amorosino, incorporado por afuera desde el fondo. El puma la agarró en equilibrio sobre el costado y, desde ahí, cimbreando las caderas para esquivar el desesperado placaje de Patterson, fue enganchando hacia dentro, rechazando tackles como si le dispararan flechas, corriendo sobre la punta de los pies, igual que si atravesara un piso de brasas o una cuerda floja sobre un abismo. Pasó a Dan Parks, voló impotente contra él Kelly Brown y, maradoneando con el bebé en los brazos contra el tiroteo, pasó González Amorosino por delante de Evans, y hasta el fondo perseguido ya de forma inútil por Graeme Morrison y John Barclay. Un flechazo de belleza que transformó Contepomi. Veneno mortal para Escocia.

El aleccionador resumen del encuentro lo hizo el narrador de la ESPN argentina. Sobre el pitido final, tras una emotiva victoria del equipo de su país que prácticamente le asegura la continuidad en la Copa del Mundo, elegante, conocedor y con el espíritu del rugby por bandera, Alejandro Coccia le hizo un canto a este deporte al decir: “¡Cómo me alegro de la victoria por este equipo de los Pumas… y cómo lo siento por Escocia, que mereció ganar!”. Eso, exactamente eso, es el rugby.

La jornada
Irlanda, 62-Rusia, 12
Fiji, 7-Samoa 27

Clasificaciones

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Grupo B: Juremos con gloria morir

9 09 2011

Argentina, Escocia, Inglaterra, Georgia y Rumanía.

Richie Gray, el muchacho del pelo de paja, es uno de los posibles salvoconductos de Escocia hacia las alturas. Literalmente, su 2.08 dirige las operaciones aéreas del equipo del cardo, pero el ratio de trabajo y aportaciones de Gray va más allá de las excelencias de su físico para el salto.

Para el test match preparatorio en Murrayfield contra Irlanda, la Scottish Union decidió variar su habitual política y poner localidades a la venta en el día del partido. El resultado fue inesperado: hubo que retrasar el inicio del choque porque las filas de entrada al estadio eran demasiado largas como para filtrar a todos los aficionados a tiempo hasta las gradas. Además, una vez dentro hay que visitar el ambigú y llenar una de esas bandejas con ocho huequitos para pintas, que dan al menos para ver la primera media hora de partido. La imagen tal vez sirva para explicar el estado de expectación que rodea a la Escocia de Andy Robinson, una corriente de optimismo notable para una afición a la que le cuesta llenar el estadio, salvo que lo visite Inglatera, y que lleva años anclada en la sensación de haberse quedado atrás con respecto a las otras home nations. Robinson ha ido girando trabajosamente esa etiqueta, como una pesada rueda de molino, convirtiendo al mismo tiempo el fatigoso juego tradicional de Escocia en una variación más alegre, en la que la pelota ha ganado ligereza entre las manos de los jugadores, con asociaciones veloces, contraataque, ejercicio del dominio a través de la posesión… Hay hombres básicos en la aplicación de ese concepto: el segunda Richie Gray, un 2.08 con destreza en las manos, juventud en el pecho, un altísimo ritmo de labor en los lados más sombríos del juego y capaz de llevar la pelota adelante contra los muros ajenos. La primera y la segunda escocesa tal vez estén entre lo más notable del torneo: Jacobsen, Cross y Ford (más el agregado del montañoso Moray Low) conformen un paquete robusto y nada perezoso. En los terceras hay muchas combinaciones: tal vez ningún jugador que resuelva partidos por sí solo, pero sí la aspiración combinatoria, de equilibrios en perfiles y aportaciones, que preside la construcción de las delanteras hoy día. Detrás, algunos clásicos (Blair, Parks, Patterson, los Lamont, los Evans…) y apariciones más o menos recientes que habrá que atender y que pueden definir la estatura del equipo del cardo: Ansbro, un segundo centro rocoso, veloz y hábil para rechazar placajes y descargar la pelota. Y el apertura Ruaridh Jackson,  alumno aventajado de Dan Parks en el Glasgow Warriors. Pronóstico: mejor impresión que resultados. Les cuesta ganar partidos, aun cuando los dominen territorial y dinámicamente. Hasta cuartos los veo, nada más. Se jugarán sus opciones contra Argentina y me partirán el corazón, lo sé…

Felipe Contepomi, uno de los varios eslabones en la cadena de transmisión de los Pumas. La emocional, la que tiene que ver con la experiencia y, también, la del juego: en ausencia del mago Juan Martín Hernández, en las manos y los pies de Felipe va a residir el gatillo de juego de los Pumas.

De esta Argentina se destila una certeza inevitable: no es el equipo de hace cuatro años. Ahora… ¿qué significa eso? Antes de empezar el Mundial, de estos Pumas ignoramos muchos cosas y sabemos algunas ya conocidas: la capacidad, oficio, fiereza y condición compacta de su paquete (Ledesma, Roncero, Figallo, Scelzo…), al que muchos le miran con suspicacia el carnet de identidad; la presencia de algunos de los tótem del último e inolvidable Mundial: el Pato Albacete, soberbio segunda; la tercera con Fernández Lobbe o Leguizamon; la dirección de Felipe Contepomi o la esperanza de un ala como Horacito Agulla, en cuya aparición creímos entrever a un ala de primera línea mundial, a un corredor decisorio. Lo demás son huecos muy grandes que llenar, el tradicional argumento de su falta de partidos internacionales como selección en periodo de entreguerras, la espera de su entrada el año próximo en el Cuatro Naciones con los gigantes del Hemisferio Sur y la reconstrucción del orgullo, el prestigio y el rugby de hace cuatro años. Ya no está quien parecía inspirar desde dentro todo aquello: Pichot, claro. Ahora a los delanteros los pastorea Nico Vergallo, que llegó al Stade Toulosain para ser el relevo futuro de Byron Kelleher y acabó disputándole los minutos al ex All Black. El año lo culmina habiéndole ganado la nueve de los Pumas a Lalanne, la otra opción del seleccionador Santiago Phelan. Los Pumas fueron, seguramente, el equipo más memorable del Mundial de hace cuatro años, si exceptuamos el bienio de incontestable dominio que coronaron en ese periodo los Springboks. Ahora han renovado el plantel y la ausencia por lesión de Juan Martín Hernández, el jugador que eleva su perfil desde el medio de apertura, supone la aparición en ese puesto de Contepomi y el interrogante de hasta dónde podrán rebasar los Pumas las limitaciones que se les suponen. Hay que pensar que el avance del Mundial los mejorará, pero el tiempo no sobra en este torneo: debutan contra Inglaterra y tienen que disputarle la segunda plaza, seguramente, a Escocia. No falta quien habla de un pasaje transitorio y en Nueva Zelanda nadie apuesta por que vayan más allá del primer cruce. Hace cuatro años, sin embargo, nadie hubiera dicho que acabarían siendo terceros. Yo creo que los Pumas siempre tienen más de lo que a todos nos parece. Veremos quién acierta… Pronóstico: yo creo en los Pumas. Los veo incluso por delante de Escocia y avanzando hasta cuartos.

Lawes, dos metros de segunda línea con una estructura de jugador versátil, moderno, capaz de intercambiar la segunda y la tercera líneas: en cierto modo, el anhelo de cualquier entrenador. Dominador en la touche, rotundo llevando la pelota. Como dijo Trecet en el partido de baloncesto de España contra Gran Bretaña, "a partir de 1.95 los jóvenes ingleses eligen el rugby".

Haga lo que haga, el rugby de Inglaterra siempre parece no ser suficiente para interesarnos. Hablamos del periodo de gestión de Martin Johnson. Ésta es una apreciación muy subjetiva que no es preciso compartir. Razonarla parece obligado. Creímos haber apreciado un cambio en el juego inglés, inspirado por Toby Flood, en el arranque del último Seis Naciones, contra País de Gales. Pero la imagen que quedó fue la progresiva caída del apertura, las dudas aquí y allá y aquel último partido en territorio irlandés en el que la pasión verde se desbordó mientras a los ingleses se les quedaba cara de fracaso sin el Grand Slam. En Inglaterra la mayoría de nombres suenan a dèjá vu: los gordos Thompson, Mears y Sheridan; Cueto en el ala (lesionado para el primer partido, lo que hace sitio para Delon Armitage en esa posición), los Moody, Croft, Deacon, Easter, Shaw… todos treintañeros. Y desde luego el par de incombustibles del medio campo: Tindall y el noble Jonny Wilkinson. No usaremos aquí la edad como argumento, no señor. Porque si bien ninguno de estos elementos nos ha fascinado nunca (a excepción de los placajes de Wilkinson y esa ricura de pies que tiene), resulta imposible negar su naturaleza de asombrosos competidores. El último Mundial fue la demostración máxima. Ahora, en Inglaterra también hay un grupito de jugadores a los que hace falta vigilar. Me interesa mucho en la delantera el rendimiento de Corbisiero (pilar italo-americano), Dan Cole (estupendo en el Seis Naciones) y Dylan Hartley. Desde luego James Haskell, seguramente su mejor tercera, tan tribunero como Ashton. Y también el estado del interminable segunda Courtney Lawes, al que le he visto partidos asombrosos con Northampton, pero que arrastra restos de una lesión. Inglaterra tiene que resolver la duda shakesperiana entre Flood y Wilko, aunque diría que está resuelta a favor de Wilko. Y santigüarse en el medio de melé, en ausencia de Danny Care. Por ahora, Wigglesworth por delante de Ben Youngs o el más bisoño Simmons. Otro punto decisivo en la construcción del juego será la resolución de los centros: ahí están, además de Tindall, que ya debería tener un papel secundario de veterano que Johnson se va a resistir a darle, algunos pájaros hechos para la demolición como flutey, el excitante veinteañero Manu Tuilagi y Banahan, al que llaman el Lomu inglés (obviando la evidencia de que a Lomu jamás lo hubieran llamado el Banahan neozelandés)  y que siempre me pareció demasiado robótico para el ala. Quiero verlo en el callejón de los psicópatas que es el primer centro, si eso llega a ocurrir. Y luego, atrás del todo, dos jugadores magníficos, capaces de elevar el listón inglés corriendo el campo con la pelota: el finalizador Ashton, que se da mucho autobombo, pero con motivos; y Ben Foden, que por lo que le he visto me parece uno de los zagueros más interesantes del momento. Pronóstico: primeros de grupo, porque el orgullo inglés no es un lugar común, sino una realidad, también a la hora de jugar al rugby. Y en el cruce (seguramente con Francia) uno de esos partidos imposibles de predecir. Pero lo mejor (o lo poco que a mí me gusta) de lo que Martín Johnson le da a esta Inglaterra es lo que lo hizo a él una leyenda en su país: el liderazgo y su capacidad para competir.

Rumanía y Georgia completan esta zona en la que habrá que jurar morir con gloria, como promete el himno argentino. Es, tal vez y a priori, el grupo más duro, más áspero de todos. Porque los secundarios son equipos que obligan a cualquiera a picar piedra. Fuera del Seis Naciones, los Lelos están reconocidos como el mejor equipo del continente europeo, el decimosexto del mundo. Tiene un buen número de jugadores en Francia, entre ellos su mejor activo, el segunda/tercera Gorgodze, también conocido entre los amigos de la hipérbole como Gorgodzilla. Rumanía exhibe hasta nueve hombres radicados en equipos del Top 14 y la misma actitud rocosa de los equipos del este. Son equipos construidos con jugadores reconocibles, sospechosos habituales. Rumanía ha sufrido demasiadas lesiones en su preparación y aún tiene muchos puestos que decidir. Pronóstico: los Lelos, cuartos, los rumanos quintos. Y honrosas derrotas, cobrándose algún cadáver intermedio si fuera posible, en los partidos contra los principales del grupo.