Servicios informativos

29 01 2011

”]“Ander Herrera ya es jugador del Athletic. El centrocampista se incorporará a la disciplina rojiblanca a partir del 30 de junio y el Athletic abonará al Zaragoza 7,5 millones de euros en dos plazos, según ha podido saber EL CORREO. El primero, de cuatro millones, se efectuará de inmediato y el segundo se completará al final de la presente temporada. El acuerdo alcanzado ayer entre ambas entidades cierra un proceso negociador que amenazaba con convertirse en un culebrón y que, tras un par de años de tira y afloja, de ofertas y contraofertas, acaba de cristalizar en el traspaso del medio al club que siempre quiso tenerle en sus filas”.

[La noticia, íntegra, adelantada por ‘El Correo’, aquí.  Sinceramente, yo estaba convencido de que jugaría en el Villarreal… Por lo visto falta todavía un acuerdo total con el futbolista y ni el Zaragoza ni su entorno han confirmado la noticia. Tampoco el Athletic. En cualquier caso, parece evidente que acabará ocurriendo más pronto que tarde. El interés del Athletic, cuando Ander todavía  jugaba en Real Zaragoza B, provocó su acceso al primer equipo. Si esto llega a hacerse oficial, no faltará quien celebre su salida: todas las opiniones son respetables, el fútbol es una cuestión de gustos, visceralidad y pasiones. Yo no estaré entre ellos, desde luego, y no discutiré esa preferencia como no rebato, aquí, la postura contraria. En lo personal, a lo que uno ha tenido un relativo acceso, Ander ha demostrado ser un muchacho con una extraordinaria educación y madurez de sobra para acometer y rebasar la incómoda posición en la que siempre se ha movido. Si la operación se cierra, el Zaragoza ingresará 7,5 millones por un chico de 21 años que aún está en desarrollo como deportista y jugador de fútbol].

Anuncios




El año que escribí por televisión

18 05 2010

Ahora que se ha acabado el fútbol (aunque yo sé mejor que nadie que el fútbol no se termina jamás), habré de confesar que nunca el fútbol me interesó tan poco como este año. La otra tarde le confesé a Nayim: “Sé que no debería decirte esto, pero lo haré: no he ido ni una sola vez a La Romareda este año”. Para calmar mi aprensión al pecado, el generoso Gigi me respondió: “Eso es porque eres muy zaragocista”. Todas las crónicas que he escrito esta temporada -creo que suman 18 en total- las he hecho por la televisión, con los comentarios en silencio para no intoxicarme ni de los lugares comunes ni de las opiniones de los demás. Mientras mis compañeros se iban al estadio yo apuraba un café, compraba el partido, subía las piernas sobre la mesa como Aznar y Bush y me comía la morralla de cada tarde de domingo. Como siempre, sin tomar un solo apunte. Mirando el partido para ver a través de él, su fondo, su historia. Mi ausencia del estadio (donde siempre me ha gustado mirar los partidos desde las gradas bajas, lejos de la tribuna de prensa, en un asiento cualquiera) la explicó al principio la urgencia del cierre: a menudo he de escribir, por cuestiones de hora, mientras se juega el partido. Después lo convertí en costumbre. Por fin, devino en una actitud moral. Me negaba a someterme en directo al espanto dominical…

En algún momento de mi paso por Heraldo, ese lugar donde los siglos no transcurren, Antón Castro me hizo esta anotación cierta tarde en uno de los añejos pasillos embaldosados que circunvalaban la redacción. “Escribes como si ya el fútbol te diera lo mismo, como si estuvieras por encima de él, como si te pareciera una tontería innecesaria…”. En aquel momento me sorprendió, porque ninguna de las impresiones que me atribuía el querido AC me eran conscientes. Como siempre le aprecié las opiniones, dejé el pensamiento botando en mi memoria todos estos años: ahora, mucho después, reconozco que escribo de fútbol precisamente como él anticipó. No con desprecio vanidoso, sino con un creciente desapego emocional. Este año ha supuesto la culminación de tal declive. Y sin embargo, yo juzgo mejores las crónicas escritas desde esa postura que no diría aséptica, porque mi implicación sentimental resulta inevitable, pero sí algo distante. En la final de Montjuïc aprendí que la tristeza que me consumía por dentro iba a equilibrar la desaforada emoción de la victoria, conspirando a favor de la que considero mi mejor crónica de un partido de tan alto contenido victorioso. Sin embargo, aborrezco la rabiosa crítica que perpetré el día del descenso en Villarreal, en mayo de 2002. La euforia y la frustración explotan en obsesiones, diatribas, ditirambos e hipérboles a la hora de componer un relato, y ese contagio anímico provoca que el texto reviente de exageraciones y pase a ser no una narración, sino una feria de atracciones léxicas y sintácticas. Están la noria, la cueva del terror, la parada de los monstruos, la casa magnética, la montaña rusa y el túnel del amor. Si uno interroga el resultado unos cuantos meses después, el edificio se ha venido abajo. No queda ni una línea que salvar. Todo lo escrito debería aspirar a la intemporalidad, en mi opinión. Trampa mortal para un oficio que vive de los instantes.

Doug Howlett, el velocista neozelandés, en plena carga de la brigada ligera del Munster.

En todo el año sólo fui a ver al Real Zaragoza -o lo que quedaba de él- al Santiago Bernabéu, más por amistad que por interés. Pasé tanto frío que hasta se me rajaron los pantalones vaqueros cuando salté de un taxi en los alrededores del Congreso de los Diputados, mascullando el 6-0 que un rato antes habían desatado Narciso Ronaldo y sus amigotes. Debo de haber visto más rugby que fútbol a lo largo de este año. En directo, seguro… Basta contraponer la noche del Bernabéu frente a las dos visitas a Murrayfield, Edimburgo, para ver jugar a Escocia frente a Australia y Francia; y la semifinal de la Heineken Cup en San Sebastián, Biarritz frente a Munster. Sin contar aquella mañana de lluvia tan escocesa en el campo del Heriot’s Rugby Club y los partidos en directo del Semi, que los miro y los juego. El viaje a Anoeta tenía por objetivo rendir pleitesía a Doug Howlett, nuestro admirado Howlett, y a lo que va quedando de ese equipo dominador e impiadoso que ha sido Munster durante los últimos años. Con sus nombres resonantes: O’Gara, Stringer, O’Leary, O’Callaghan, Howlett, De Villiers… y esa primera línea que uno no piensa extraviar jamás en la memoria: Horan, Flannery, Hayes, el hombre montaña, un pilar de 1,90 muy largo que podría hacer el papel de La Cosa en Los Cuatro Fantásticos sin demasiado maquillaje. Y sí, en cierto modo pensamos que, tal y como se está poniendo todo, y como dijo alguien más abajo, siempre nos quedará Howlett. Entonces se cruzó la realidad: para nuestro escarnio anímico, Howlett se lesionó tres días antes del partido y Munster tropezó con la decadencia de sus fases estáticas, la indisciplina, la implacable cacería defensiva de Biarritz y el pie incorrupto de Dmitri Yachvili, que hizo todos los puntos hasta la cómoda victoria francesa.

Y ahora vuelvo al fútbol. Pensé en regresar a La Romareda con la aparición de Nayim, pero ni por esas conseguí sacudirme la desgana. Menos mal que somos amigos y me ha perdonado. Y así se fue muriendo la Liga mientras yo sobrevivía con raciones desiguales de interés, harto del duelo entre el Barcelona y el Madrid, mientras el Zaragoza se debatía en una agonía amorfa de fútbol, en la que cada partido jugaba a perfeccionar la cabalgante mediocridad de toda la temporada. El año que escribí por televisión dejó al menos la relativa gloria íntima de haber contado el que seguramente es el mejor partido de un futbolista que va a traspasar los tiempos, el barcelonista Leo Messi: su noche de violenta explosión de habilidad loca en La Romareda, en un 2-4 frente a un Zaragoza orgulloso. Un epílogo memorable para la historia aquélla del flemón que no iba a permitirle jugar. Más que nada me queda la alegría, ahora que he releído aquella pieza, de haber firmado algo que no le daría al fuego…





Hablemos del Zaragoza, pero poco…

11 11 2009

 

Al Zaragoza lo eliminó el último de la Liga, un Málaga pésimo. Lo demás es literatura. En la trayectoria actual, el desenlace de esta eliminatoria tiene absoluta coherencia. Ahora no podemos hacernos los histéricos ni apelar a los títulos de Copa o a aquel presuntuoso argumento del gusto genético por el fútbol. Uno teme pensar que este equipo (este club, vale decir en realidad) anda inmerso en los últimos años en una transformación de su naturaleza, en creciente deriva hacia una mediocridad en  la que nunca nos vamos a sentir representados. Ojalá todo esto no pase de exageración pesimista, pero tal vez este Zaragoza menor (que encarna la grisalla del día a día, el empobrecimiento de los modelos, la distancia institucional y  la nula asunción de valores que fueron su cultura) sea el Zaragoza al que debemos acostumbrarnos de ahora en adelante.   Carrizo, a los pies de Forestieri en el partido del martes. (Foto: Paco Rodríguez para AS)

Sea como sea, sigue siendo nuestro. Ahí radica el problema: en la imposibilidad de abandonarlo o de deshacernos emocionalmente de él. Y hay otro síntoma terrible, molesto para cualquier zaragocista: el desinterés ocasional al que nos empuja este proceso genera un hondo complejo de culpa. A lo largo de los años, en mil titulares dijimos que el Zaragoza siempre vuelve, convicción impuesta por la grandeza ocasional, que construye la grandeza permanente. Ahora ya no queda ánimo para sostener ese lema. El Zaragoza de los últimos años incurre en frecuentes negaciones de un orgullo que edificó con otros materiales; se refugia en glorias medianas y va abandonando la costumbre de una excelencia (o su aspiración) que nadie nos puede contar, porque nosotros la vimos. A Marcelino, mientras tanto, ayer le gustó el Zaragoza.

Diario AS, 11 de noviembre de 2009





Morir subido al larguero

2 11 2009

El Negro Fernando Gabriel Cáceres.
El Negro siempre tuvo el ojo izquierdo inyectado de sangre. El balazo que lo quiso matar le entró por el derecho, negando ese anticipo de lágrima que parecía apoderarse del blanco de su conjuntiva y que yo advertí la primera vez que me puse frente a él, admirativo de su adusto visaje de talla india. Fernando Gabriel Cáceres nació para el fútbol adornado por la agresiva prestancia que siempre distinguió a los caudillos del área. Tenía una mirada imperativa y el gesto curtido en el mismo lenguaje. En público lo distinguía la modestia de un perfil bajo que manejaba con naturalidad. Nadie supo que dejaba el Zaragoza (demasiado pronto, por cierto) hasta que Andoni Cedrún lo levantó en sus hombros al final del que iba a ser su último partido en La Romareda. Se marchó a Boca, regresaría al Valencia y recapituló su estancia española con un paso memorable por el Celta. Allí lo reencontré, años después, unos días antes de la final de la Copa en Sevilla. Aún con la misma nube de sangre en el ojo.

Fue baleado anteanoche en Ciudadela, en el conurbano de Buenos Aires, por un grupo de al menos cuatro delincuentes, entre ellos dos de 15 y 16 años que al parecer ya le deben a la Justicia alguna muerte anterior: la de un empleado de banca tiroteado en el mismo área hace poco más de una semana. A las pocas horas del ataque a Cáceres, la autoridad identificó a varios de ellos en la villa Carlos Gardel, un lugar de lírica brutal. Hace años, la policía le puso a esa zona al oeste de la capital federal un sobrenombre estremecedor: el Triángulo de las Bermudas. El vértice superior se situaba en otra cocina del infierno llamada Fuerte Apache; como la famosa comisaría de la policía de Nueva York a la entrada del Bronx. En ese tejido de poblaciones que rodean Buenos Aires se entrevera un argentino trabajador, otro apegado a sus orígenes como Cáceres, y un lumpen creciente de muchachos armados de desesperanza y plomo pesado, que le han reducido el precio a la vida hasta dejarla en una baratija de la que están resueltos a disponer sin segundos pensamientos. En ese entramado suburbial que rodea a la metrópolis, si uno se equivoca de cuadra puede entrar en una villa y no salir vivo. La suciedad política y la decadencia social van por desgracia pudriendo a la sabia Argentina.

Recuerdo a Gabi Milito contarme que su padre Jorge jamás se detiene en un semáforo, porque sabe que en tal gesto inerme de rutina puede entrometerse el lado más violento de la existencia. Unos guardaespaldas escoltan a cualquier hora la llegada de cada miembro de la familia a la casa de Bernal Oeste. Cáceres se dirigía a un encuentro con amigos cuando le cruzaron en la calzada el vehículo robado a un remisero, el chófer de uno de esos coches de alquiler que valen como taxis oficiosos en la ciudad. El hombre viajaba apresado como rehén en el asiento trasero de su propio auto. Junto a la mujer que acompañaba a Cáceres y que era su pareja desde hacía unos pocos meses, fueron los testigos presenciales del incidente. Frente al chico que lo encañonó desde afuera, el Negro trató de escapar marcha atrás. Él pisó el acelerador y el asesino apretó el gatillo. Querían su BMW pero, cuando vieron que la jerarquía de las armas no derribaba la entereza del Negro, resolvieron imponerla con fuego. Dos disparos cruzaron el parabrisas como si fuera de arena. Uno de ellos entró por el ojo derecho del Negro y sólo se detuvo al tropezar con su cráneo. Perdido el control, el BMW se estrelló a un lado de la vía. Ahora ese proyectil hace de interruptor definitivo para una vida: los médicos intervinieron ya dos veces al Negro, y después de la segunda declararon la terrible verdad. “Lo hemos dejado en manos de Dios”. No pueden sacarle la bala. Si lo hacen, Fernando Cáceres se muere. Si no lo hacen, Fernando Cáceres se muere también.

Entonces y ahora lo veo, con absoluta claridad, salir con la pelota desde el fondo y atravesar La Romareda de lado a lado para rematar el primer gol del 6-3 al Barcelona, una jugada repleta de la determinación que lo ha definido. Siempre lo habremos de recordar en una fotografía publicada en el número de aquella semana de mayon de 1995 por France Football, que he guardado durante todos estos años, apilada junto a decenas de revistas Onze Mondial y de los gloriosos dominicales de L’Equipe. Cáceres subido a horcajadas en el larguero de la portería del Parque de los Príncipes, con la Recopa en lo alto de un brazo como una espada. El Negro, subido al larguero sobre un abismo definitivo, pienso ahora. Y en francés, un titular que siempre me encantó: “Morir de placer”.





El Día Mundial del Zaragocismo

14 06 2009
  
Copyright: Alfonso Reyes Luna

Copyright: Alfonso Reyes Luna

El prodigio inexplicable de la fotografía tiene que ver no sólo con la fijación de un instante, sino con la captura de la esencia última de ese momento. En el fondo, fotografiar (cualquier cosa, en general) siempre es fotografiar hadas: la aspiración de materializar algo etéreo. Por eso me fascina, me parece. Con Alfonso Reyes (fotógrafo de AS y de sí mismo, sobre todo) nos pasamos el tiempo y las distancias recorriendo el mundo en busca de la esencia del fútbol, proyecto de naturaleza interminable que nosotros vamos alargando con una u otra excusa: algún día será un libro, y será un libro hermoso, pero no sé si tanto como el viaje…

 Todas esas inquietudes quedan reflejadas en esta foto de Leo Ponzio, que para mí resume, explica, cuenta, sintetiza y relata el partido del sábado y, en realidad, un año entero. Por la escena y por su protagonista, jugador fun-da-men-tal en la transformación que ha conducido al Zaragoza de vuelta a Primera. Modestamente, opinaré que la imagen es exacta por ejecución y por su inagotable poder evocador: Ponzio viene gritando su gol, el segundo del Real Zaragoza al Córdoba, los brazos extendidos y las manos abiertas, como gritan los argentinos siempre sus pasiones futboleras; las manos abiertas para entregarse y recibir a la gente que está en las tribunas gritando ese mismo gol, haciéndolo suyo para siempre. Esa fusión que tan bien y de modo tan perdurable representó otro argentino, Juan Esnáider, con su gesto tras el gol en la final de la Recopa: el abrazo con la gente. El íntimo abrazo imposible con el fervor de los que están afuera. Los brazos de Ponzio están justamente levantados y componen una simetría casi perfecta que Reyes debió rastrear, entiendo, al revisar la secuencia, la ráfaga de imágenes que dispararía con la precisa inconsciencia de los fotógrafos. La sonrisa abierta, el vuelo hermoso de la camiseta y el cabello, y el fondo moteado de blanco del zaragocismo que está triunfando. Sobre todos los demás elementos destaca la leyenda de la camiseta: “¡Gracias!”. El homenaje agradecido del equipo a su hinchada.

Hacia el minuto 40 del partido, con este gol de Leo, rompí a llorar junto a mi amigo Gori Silva, con quien vi el partido en medio de la grada. Ya no pude dejar de hacerlo cada tanto hasta el final. Llevé toda la tarde, desde la Plaza San Francisco, la camiseta que Charlie Cuartero me regaló la mañana de la infausta final contra el Espanyol.  Esta crónica la escribí con esa camiseta aún puesta, literalmente. Y si a alguien le parece que un periodista no debe vestir la camiseta de un equipo, sepa esto: para mí es más importante el zaragocismo que mi profesión. Y más íntimo. Y más verdadero. Por mil páginas que yo hubiera escrito, jamás me aproximaría a lo que Reyes dice con una sola imagen. Si esta crónica reúne algún mérito será el de haber intentado aislar las incontenibles emociones de todo el día para armar un artículo coherente, libre de exageraciones pasionales, pero justo en el retrato de su significado. Lo más difícil del periodismo zaragocista es olvidarte de las lágrimas y las alegrías para escribir sereno.  Cuando por la noche llegué a casa me sentía libre, casi liviano, como si hubiera emergido de una catacumba emocional o un cirujano me hubiese retirado de la espalda el bulto de cuatrocientos kilos con el que he caminado durante los últimos doce meses: los que van del descenso en Mallorca a este Día Mundial del Zaragocismo que ayer vivimos. Sentí que me liberaba de una larga pesadilla y por eso titulé así..

Dime que sólo fue un sueño…

El Real Zaragoza se despidió con una cómoda goleada de Segunda División, de la angustia de un año entero, de todas las frustraciones intermedias, de la preocupación multiplicada en muchas tardes, de la irreparable tristeza que provoca un descenso a quien siente el equipo como algo irracionalmente propio. Un ascenso, en un club como el Zaragoza, significa una liberación, un reajuste de cuentas con la historia,  la restauración del orgullo, el respeto a las tradiciones orales, la ordenación coherente de las vidas de todos aquéllos para los que el centro de esta ciudad, y acaso el centro mismo del mundo, se encuentra en el rectángulo esmeralda de La Romareda. Un título permite la exposición rutilante del orgullo, pero jamás alcanzará el dolor íntimo de un ascenso. No se trata de que valga más o menos. No es eso. Pero un zaragocista que ve a su equipo de vuelta a Primera, como lo vieron ayer los cientos de miles que estaban allí o miraban allí, es un hombre que puede mirarse feliz al espejo, y reconocerse humano y completo en la profunda debilidad de los vencedores. Un zaragocista puede, por fin, levantarse esta mañana y pedirle a su imagen en el cristal silencioso: “Díme que sólo fue un sueño, una pesadilla, un engaño”. Y sí, ahora parece que sólo fue eso. Eso y nada más…

Ésta es la hora de gritar que el Zaragoza ha vuelto. Y de reafirmar que ninguna obligación impide la legitimidad del festejo; lo justifica el sufrimiento. Sobre todo para los jugadores, redimidos como colectivo. En el fondo, ésta ha sido una temporada redonda, pero con muchas esquinas. Hubo algo innegablemente dramático en el descenso del pasado año, hacía ayer 391 días. Algo que lo hizo diferente a descensos precedentes, a los de los años setenta o al de 2002. Pudo ser la abrupta  y muy temprana quiebra de las ilusiones que había despertado el cambio de propiedad en el club; o el pensamiento de que fichajes como los de Ayala, Aimar, D’Alessandro, Diogo, Diego Milito, Matuzalem u Oliveira le daban forma a un nuevo Zaragoza, listo para quitarse el polvo de una falsa mediocridad, para resituarse en el fútbol español. Aquello empezó con una UEFA y terminó en descenso, en poco más de un año. Y puede, desde luego, que la problemática financiera en la que el descenso sumergía a la sociedad produjese un efecto depresor incalculable. La gente del Zaragoza no pensaba sólo en la pérdida de categoría; directamente temía por la pervivencia del club.

Seguir leyendo la crónica de AS