Regreso a la Antártida

16 10 2019

Hace pocos días le dediqué a Pab un ejemplar de Siempre nos quedará la AntártidaPara eso, me vi obligado a rastrear el almacén digital de las librerías de la ciudad, porque todos los ejemplares de cortesía los perdí ya, en obsequios sucesivos o como intercambios de gratitud. Más aún: hace ya tiempo que desplumé también a mi madre y a mi hermana, a quienes les arrebaté los suyos -que yo mismo les había regalado en su momento, claro-, para dárselos a otras personas con las que sentía que tenía el compromiso, o deseaba tenerlo, de evitarles la búsqueda del libro. Ambas accedieron sin protestar gran cosa, confiadas en que pronto les repondría el expolio. Pero ya nunca ha ocurrido, así que voy pagando las deudas en libros con otras deudas en libros. Un negocio redondo.

Ante esta nueva emergencia, que se repite cada tanto, consideré por un momento la posibilidad de quitarle el suyo a mi hermano, pero enseguida la deseché. Nunca fue fácil arrebatarle a mi hermano un libro: si retiras un título de su biblioteca, es probable que se accione un mecanismo por el cual siete dagas mortíferas surgen de agujeros ocultos en las paredes y te dejan como un colador antes de que des el primer paso hacia la puerta. Me costó un rato interrogar las tiendas online de las librerías de la ciudad, pero finalmente encontré un ejemplar disponible en stock. Lo que me hace sospechar si en todo este tiempo, desde que se publicó “la novela”, como lo llama mi madre, no habré sido yo mismo el que haya adquirido todos los ejemplares de la Antártida; como cuando Brian Epstein, el avispado manager de los Beatles, compró 10.000 copias de su primer single, Love me do, para ponerlo bien arriba en las listas de ventas.

El ejercicio de ir a comprar tu propia obra a una librería puede a simple vista juzgarse onanismo; pero en lo único que se parecen ambas actividades es en la condición furtiva de su ejercicio, que trata de evitar miradas ajenas. Y tal vez también en una cierta desesperación o urgencia. “Mire… yo esto lo hago por necesidad, no por vicio”. Por lo demás una vez en la tienda, a la hora de preguntar si todavía les queda algún ejemplar, uno intenta no darse a entender o que no se le note demasiado el patético bucle del autor que se compra a sí mismo. O que no ocurra que la persona a cargo del establecimiento cometa la imprudencia de examinar la solapa en la que te fotografió el lúcido Marcos Cebrián. Esa escena de película en la que el huido de la justicia aparece en una gasolinera en la que el mozo está leyendo un diario con su cara en la portada y un aviso de la policía. Claro, toda esta escena la hace posible el hecho indiscutible de que no nos conoce ni Cristo. Porque si fuéramos Pérez Reverte pues, hombre, entraríamos en las librerías con mucha más determinación, como si alguna vez hubiésemos estado en una guerra o en la Real Academia Española… Pero no a comprar nuestro propio libro.

El caso es que necesitaba la Antártida para regalo… y de paso me convenía otra para mí. Más que nada porque esta semana arrancamos una minigira de tres fechas por localidades de Zaragoza, invitados a participar en el ciclo de animación a la lectura que auspicia la generosa Diputación Provincial. Este viernes en Mallén; el martes 26 de octubre en Villanueva de Gállego; y el 1 de noviembre en Los Fayos. De modo que yo necesitaba releerme a mí mismo un buen rato (de nuevo el bucle) para acordarme mejor de qué cosas escribí y, sobre todo, por ver si se me ocurría alguna respuesta plausible para esa pregunta que siempre me hacen: “Pero, ¿de qué va tu libro?”. Y yo me pongo a pensar y no doy con una mínima definición que me deje satisfecho. Y acabo por componer una cara de sapo que, sinceramente, desanima de manera comprensible a cualquier potencial lector.

Confieso que he llegado a pedirles a lectores amigos que me ayuden a buscar respuestas. Encargarle a otro que te expliqué de qué va tu libro es aún peor que entrar en las librerías a comprarlo. Pero bueno… más feo está robar.

Así que encontré un único ejemplar, hallazgo que celebré con un largo suspiro. Sabiendo de sobra la respuesta, pregunté si por casualidad (casi dije caridad) no tenían otro: “No pero, si me dejas tu nombre, lo pedimos y en un par de días lo tienes aquí”. Preferí no hacerlo: “Es que dentro de dos días ya es tarde”. Eso debió sonar lacónico y profundo… pero era una simple verdad, porque no iba a tener más días ni oportunidades de hacer esa entrega dedicada. Para ganar tiempo, anuncié que me daría una vuelta para mirotear los estantes. Y ahí me crucé con el último de Richard Ford (Lamento lo ocurrido), que metí rápidamente bajo el brazo; y con una colección de artículos escritos por el argentino Pedro Mairal, del que sólo tenía la referencia, no leída, de su novela La uruguaya. Y me lo llevé también, porque al mirarle por encima el lomo y hacerle la prueba del algodón (lectura de los dos primeros párrafos) pronto supe que ahí no había encontrado solamente un libro capaz de procurarme cierta felicidad con su lectura, lo cual ya suele ser bastante. En realidad, acababa de dar con un auténtico aliado para mis amarguras. Ahora lo explico.

Lo que me atrajo hacia el libro de Mairal, para empezar, fue que esos artículos que lo componen provinieran de entradas escritas en su blog. Como mi Antártida, pensé… no sin cierta aprensión de modestia. También me interesó su título, Maniobras de evasión, que de inmediato asocié a un viejo somniloquio titulado Plan de evasión. Por ahí nos sobrevolaba a los dos la misma sombra delicada de Bioy Casares, un señor escritor. En aquel somniloquio yo ansiaba la huida final a la Antártida, entre otros destinos más o menos salvajes y literarios, para escapar de los rigores de la vida: “(…) la vida, ese juego tan raro que practican los demás”. Esta última frase se la he tomado prestada a Mairal. Ya se va viendo por qué lo sumé de inmediato a mi equipo.

Cuando leí la contratapa de su libro todavía me animé más. Hace tiempo que busco -y aquí es donde entran en foco los encuentros con los lectores a los que me dispongo a acudir- una manera satisfactoria de explicar qué cosa es la Antártida. Mi libro, no el continente helado. Esto empezó el día que un amigo, dedicado al feliz negocio de las peluquerías, me preguntó de qué iba, por si pudiera encontrarle acomodo entre las lecturas que ofrece a su clientela mientras esperan a que les saquen volumen en el cabello. Yo me imaginé la escena de esa gente leyendo mi libro bajo los secadores y se me vino una grave inseguridad. No acerté a decirle de qué iba. Y como mi amigo tiene el olfato para el negocio muy fino, pues aquella posibilidad se disolvió en el aire de la conversación y pasamos a hablar de cualquier otra cosa.

Pero a mí la pelota me quedó botando en la cabeza, como a menudo sucede, y desde entonces busco definiciones. A veces las he encontrado. Pero luego se me pierden. O dejan de tener sentido porque están usadas o porque en un momento dado les advierto una incómoda oquedad de artificio. Diario no diario. Dietario. Miscelánea de artículos. Estilizaciones de lo cotidiano. Crónicas de un día cualquiera… Cosas así. Pero en la contratapa de Mairal di con una que me gustó tanto que me la quedé: biografía involuntaria. Y sí, eso es la Antártida. Eso hacíamos, sin saberlo, mientras escribíamos. Mientras aún, a veces, nos escribimos.

Desde ese día, Mairal me ha ido dejando en el camino frases como ésta, migas de pan que me indican un camino seguro hasta los lectores: “Para eso escribo, supongo, porque me gusta recrear la experiencia sensible a través del lenguaje”. Algo así quería decir yo, creo. Pero no me salía tan bien. Escribir para ensanchar los días, para magnificar lo vivido (la recreación de la experiencia sensible) y no dejar que se escape en volutas de tiempo, como humo ingrávido de la memoria.

Escribe también Pedro Mairal (escribe tan bien Pedro Mairal), ya en las primeras páginas, como si quisiera ser amable para aplacar mi urgencia: “Los blogs me sirvieron para ocultarme, atomizarme en seudónimos, escribir como gente que no soy yo, como personas que llevo dentro, voces o quizá fuerzas verbales. Disfruté mucho de eso, de la libertad de zafar de mí mismo”. Escapar de mí mismo; dejar que escriba ese que soy yo pero que al mismo tiempo no soy yo, es un personaje que se me parece mucho o al que yo imito. El que me habita y escribe. El que me dicta estas líneas y tantas otras. Escribirse a uno mismo pero a través de los libros, las músicas, las personas, los momentos. Los días. Algunas noches.

Y por encima de todo eso, como si conscientemente hubiera decidido caerme bien, Mairal cuenta que, ya mayor, se puso a aprender a tocar la batería. Y también, que de chico jugó al rugby. O bien, como dice él: “Todos jugaban al rugby, pero yo en cambio actuaba que jugaba”. Un jugador de rugby temeroso es un personaje en sí mismo. Como un torero que huye de las astas.

Un blog. La batería. El rugby. Las evasiones. Demasiadas casualidades como para desatenderlas. Ahora que acabé la distopía orwelliana, a Mallén y a los otros lugares me llevaré a Mairal, como aliado y consejero. De escudo y lanza. Al menos por ahora. Más adelante puede que derribe esa seguridad, su biografía involuntaria ya no me sirva y necesite repetir todo el ciclo: incluido el requisado a mi familia -si aprendo a rodar como Indiana Jones antes de que me alcancen los puñales fraternos- y la visita a una librería a la que no haya llegado el inevitable deshielo de mi Antártida, que va desapareciendo consumida en el tiempo. Si hace falta entraré al atardecer, favorecido por las sombras, embozado y con sombrero como un capitán Alatriste. O igual me disfrazo de pingüino.





Buscando a Beula

16 06 2016

Estos días he vuelto a buscar a Beula, con avidez, entre las páginas. Es un ejercicio extraño. Tal vez por eso sea también, y sobre todo, excitante. Porque detrás de la búsqueda, claro, aguarda la posibilidad de encontrar a Beula. La busco entre las páginas con urgente desorden, igual que la buscaría en un guardarropa si supiera que ella se oculta ahí, desnuda o casi desnuda, jugueteando a cubrirse falsamente con los abrigos de otros. Fatal entre las sombras. Aparto los párrafos como si fueran bufandas y cuellos de armiño, gabanes ocres y trincheras mojadas. Y casi me parece que la alcanzo con la yema de los dedos. Busco con los ojos cruzando las letras en diagonal. Y así trato de dar con alguna de esas frases que convirtieron a Beula, en mi cabeza, en una inagotable locura de verano que no podía dejar de buscar. Y se me escapan. Y crece mi ansiedad, mi ansiedad por Beula, un apuro francamente sexual que nunca se ha retirado del todo, desde que la conocí.

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Lo intentamos… todos lo intentamos

1 11 2013

“Mi madre me dijo que habría miles de mañanas en las que me despertaría pensando en todas estas cosas, y en las que nadie me diría cómo debo sentirme. Ha habido muchos miles. Todo lo que sé es que tienes más posibilidades en la vida (de sobrevivir a ella) si te adaptas bien a la pérdida; si te las arreglas para no afrontarla con cinismo; si relativizas, como proponía Ruskin, si mantienes las proporciones, si relacionas las cosas desiguales con un todo que preserve lo bueno, aun admitiendo que lo bueno no es, a menudo, fácil de encontrar. Lo intentamos, como dijo mi hermana. Lo intentamos. Todos. Lo intentamos”.

Try

Canadá, de Richard Ford.





El periodismo canalla

11 05 2010

'El Periodista Deportivo', la fenomenal novela de Richard Ford que tiene poco o nada que ver con el periodismo deportivo, y mucho más con la deliberada ambigüedad de la cubierta de esta edición original, que me encanta.

John Carlin publicó la otra mañana en El País un artículo titulado La Insoportable Indignidad de Ser Periodista, sardónica protesta frente a algunas de las incomodidades del oficio que nos ocupa. Es aquella célebre frase: “No le digas a mi madre que soy periodista; ella piensa que toco el piano en un burdel”. Ante la diatriba de Carlin, uno sólo puede firmar a pie de texto con gráfica desesperanza, pero como sujeto activo definido en la semblanza, he de decir que me siento reflejado sólo de modo muy parcial. Yo también deseo retrospectivamente que mi padre me hubiera dado un buen tortazo el día que anuncié mi intención de estudiar esta carrera; yo también detesto la inanidad de las entrevistas y la superior estulticia de muchos de los personajes (no sólo los futbolistas, si es por eso). Aun admitiendo tales aciertos, observo que Carlin se queda corto o quiere referirse sólo a algunas de las iniquidades más epidérmicas de este juego, efectivamente indigno. Yo añadiría muchas otras, que tal vez el fantástico profesional que es John Carlin no haya sufrido o en las que no haya reparado. Cosas mucho peores que tener que esperar a un entrevistado, lo que deviene nada más que en un mero problema de orden práctico. También en el desprecio al que se refiere Carlin, y con el que no cabe ni impostura de mártir ni desde luego sorpresa: si uno es periodista deportivo ha de estar acostumbrado a que, en general, desprecien su trabajo los futbolistas, los clubes, muchísimos aficionados y, por supuesto, casi todos los colegas de profesión. Y los que no lo hagan será por amistad tanto o más que por verdadero respeto corporativo. JC, en el fondo, considera que detrás de todos los pringosos telones de la rutina brillan detalles, instantes y personajes que redimen el oficio. Yo, la verdad, no los encuentro por ningún lado. Y advierto de que la escapatoria que propone el autor del artículo no resulta tan sencilla como elegir tomarla o no tomarla. No culparé a Carlin, al que admiro. Soy yo, que he perdido de manera definitiva la esperanza que anima la ironía de este artículo. Si yo tuviera que escribir algo así, sería bastante más amargo.

La insoportable indignidad de ser periodista

John Carlin
El País, 9 de Mayo de 2010

Cualquier reportero, si es honesto, lo reconoce: el periodismo es un oficio indigno. Siempre esperando, siempre suplicando. Deberían incluir en todos los cursos de periodismo unas buenas sesiones de budismo zen, para que los jóvenes incautos que piensan meterse en este negocio adquieran las dosis necesarias de paciencia, filosofía, paz espiritual.

El problema es la entrevista, materia prima tan imprescindible para el reportero como el arroz para la paella, el balón para Leo Messi, el peluquero para David Beckham. Sin acceso a la gente indicada para determinada historia, no hay historia. Lo que hay es fracaso, fracaso que pude conducir al desempleo. Por eso lo primero que se requiere para ser reportero es persistencia, admirable virtud condenada siempre a rozar la humillación. Uno llama o envía un correo electrónico solicitando hablar con alguien. Puede ser el asistente del alcalde de un pueblo de 500 personas, o el gerente de marketing de una mediana empresa de tuberías, o un ministro, o un personaje mundialmente conocido. Lo normal es que no te contesten ni a la primera, ni a la cuarta o que, peor todavía, te digan: “Mañana le decimos algo”. Llega mañana y no te han dicho nada. Al final coges el teléfono, llamas de nuevo y más de lo mismo. A veces, al final, te dicen que sí y la entrevista se hace; a veces acabas en nada.

El proceso es así. Pierdes el tiempo, te estresas, te desesperas, quieres matar a alguien, quieres matarte a ti mismo, te preguntas: “¿Por qué, por qué, por qué no le hice caso a mi mamá y me metí en un trabajo como Dios manda?”.

Ahora, lo peor, lo peor con diferencia, es ser un periodista deportivo. O, para ser más exactos, un periodista cuyo trabajo incluye la necesidad de acceder a futbolistas de Primera. Conseguir una entrevista con un jefe de gobierno o con un líder guerrillero no es fácil, pero es un juego de niños comparado con el calvario de intentar conseguirla con un chaval de 20 años que es millonario gracias a su especial habilidad para patear una pelota.

A veces ocurre que, después del denigrante proceso que acabamos de describir, te la conceden. En tal caso es perfectamente posible que llegues al lugar indicado a la hora indicada (incluso después de coger un avión) y te digan: “Perdón, el futbolista ha cambiado de opinión. La haremos otro día”. O que, como en el 90%, tengas que esperar una o dos horas más de lo previsto para tu audiencia con el pequeño rey (porque se demoró en la ducha, porque tenía que rematar el partido de PlayStation). Y entonces, al final, cuando por fin has conquistado la gloria de tenerle enfrente, con la grabadora rodando, te transmite sin ningún disimulo la sensación de que podría estar haciendo cosas mejores (otro duelo de titanes en la PlayStation, comprarse otro Ferrari, tocarse las narices en casa). Y después, después de tragarte tanta bilis, el terrible e inevitable desenlace es que no te ha dicho nada que sea remotamente noticia, que agregue una migaja a la suma del conocimiento humano. Como el caso del jugador del Barça que hace una semana nos dijo: “Necesitamos ganar los dos partidos finales para ganar la Liga”, pedazo de banalidad que dio titulares (sí, sí, a esto hemos llegado) en prácticamente todos los diarios españoles.

Hay gratas excepciones. Hay jugadores que te tratan como un ser humano. Hay incluso algunos que te dicen algo que vale la pena. Como Benoit Assou-Ekotto, francés del Tottenham, que la semana pasada le dijo a un afortunadísimo periodista inglés que su principal lealtad no era a la camiseta de su club, sino al dinero. “¿Existe un jugador en el mundo”, dijo, “que firma por un club y dice, ‘Oh, adoro tu camiseta? Su camiseta es roja: ¡Me encanta!’. ¡Qué va! Lo primero de lo que habla es dinero”.

Casos excepcionales como el de este heroico, honesto y suicida francés son los que te animan a seguir en la lucha, a mantener viva la llama de la esperanza. Pero al final muere, eso sí. Muere. Y en ese caso no le queda más remedio al reportero que huir a la relativa paz del paro, o cambiar de bando (tomarse la venganza contra la profesión de pasarse al equipo de comunicación de un club de fútbol) o, cuando el desgaste ya ha sido demasiado y la energía y la paciencia se han agotado, encontrar la salvación en la prejubilación periodística del escritor de columnas de opinión.