El Mundo en sus manos…

12 07 2010

El Mundo, resumido en una hermosa Copa de macizo dorado. La imagen que siempre quisimos ver y que nunca vamos a olvidar.

Fue un grito largo, un grito torrencial, un grito de bestia liberada, de estómago partido por la mitad, un grito de 90 años capaz de hacer arena la garganta, el grito elaborado durante un mes o a lo largo de mil partidos o de un millón. Todos los partidos de fútbol que vimos confluían en éste; y desde este mismo instante todos los que veamos habrán nacido en la noche del 11 de julio y aspirarán a su imposible repetición. Las decenas de miles de goles que miramos o nos fue otorgado soñar (yo soñé anteanoche uno de Cesc que negaría Sketelenburg), los que imaginamos o recordamos desde el momento inicial en el que vimos que el juego del fútbol tenía algo para nosotros, aunque tan chiquitos -y ahora tan grandes- sigamos sin saber bien qué o para qué es. Los goles que no vimos porque estábamos en algún lado, haciendo algo por lo demás inconveniente, tal vez los que metimos en la infancia en la que todos queremos ser lo que ellos fueron anoche, lo que nunca dejarán de ser. Había que pegar ese grito y cruzarlo contra la tremenda lluvia desatada de la noche, ahogarnos en la tormenta y chapotear por una terraza inundada, tratando de comprender por qué sólo alcanzábamos a gritar. Gritar que somos campeones del Mundo. Siempre me pregunté cómo sonaría, qué forma había de tener el júbilo más grande de todos los imaginados. Ahora he creído saber que tiene la forma de un grito y su eco interminable.

No sé si queda algo que decir. El partido no parece necesario contarlo. Fue la victoria de la Bella contra la Bestia. Lo evidente tiene una forma que no hace falta ya interrogar, por sabida, por conocida, por repetida: la serenidad del arranque español, el papel secundario de Holanda y su previsible conversión de equipo de fútbol en escuadra patibularia. Holanda jugó así todo el Mundial: con un ánimo competitivo inquebrantable que levantó sus mediocres niveles individuales; y con una dosis de violencia implícita en cada disputa, que elevaron a un punto cumbre en el día en que más inferiores se sintieron. El árbitro inglés permitió una final sucia, la tercera guerra bóer si queremos exagerar el tono con la unidad de lugar y protagonistas. En el fútbol, estas cosas también pasan a la historia. El fútbol, desmemoriado tal vez, jamás olvida los episodios culminantes de uno y otro signo. A la memoria de la Holanda de los setenta la acompañará siempre ya el apóstrofe de esta Holanda perversa. A la vista de la tentativa de carnicería, España se extravió en el bosque de leñadores y sólo de cuando en cuando hizo claros suficientes para establecer su superioridad. A este equipo tan soberbio lo acecha una contradicción que en el triunfo podemos pasar por alto: cada gol le cuesta demasiado. Su generosidad queda recortada en el área, pese a la diversidad de recursos. Tal falla multiplica la agonía en una noche así, definitiva. Temimos la contra cimarrona unas cuantas veces a lo largo del partido. Temimos el carácter arbitrario del fútbol y su ausencia de lógica. Al final supimos que los buenos también ganan. Iniesta, un muchacho callado, acabó por gritar el gol. Antes lo tuvieron Villa, Cesc, Sergio Ramos, el mismo Iniesta… Y desde luego Robben, que durante 20 metros (huido por el ojo de una aguja que descuidaron Puyol y Piqué) construyó en su cabeza el gol que no iba a meter, el gol que lo perseguirá de ahora en adelante, como una sombra, en cada una de sus escapadas con la pelota.

La victoria final resume algo que siempre procuro recordar. El fútbol, como la vida, está hecho de instantes. De ese pie de Casillas frente a Robben, de la horrible salida de Claudio Bravo, el portero de Chile, que le permitió a Villa imaginarse un tanto lejano y abrió un camino hacia la final que España recorrió con creciente convicción. Evitado el cruce con Brasil, España afiló el colmillo para imponerse a los sucesivos ejercicios de contención de selecciones que la obligaron a trabajar y a no desfallecer en sus ideas ni en la ejecución. No se me quita de la cabeza, no se me ha quitado en todo el campeonato, el balón que le rebotó a Puyol en la rodilla frente a Portugal y que salió al ladito del palo de Casillas. Pudo ser gol en propia meta. Yo lo esperaba, anticipé el pedacito de infortunio que subraya cada fracaso o cada decepción. Pero salió el balón a un lado y tuve un pensamiento nítido: estas cosas hacen los triunfos porque impiden las derrotas. Lo que se llama el cachito de suerte que uno siempre necesita. Como los 22 centímetros del presunto fuera de juego de Villa en el tanto que resolvió aquel mismo partido. Y cada una de las escasas posibilidades que los rivales han tenido de meter un gol, sin que lo lograran. A partir de ahí, el equipo del gran fútbol ganó desde octavos por 1-0, todos los días. Se ve que el 1-0 no es propiedad de Italia; que el 1-0 también puede ocultar la propuesta grande de un fútbol como el de España. Este juego tiene demasiadas líneas de fuga, como para contenerlo entre el paréntesis de los lugares comunes.

La victoria ha tenido un componente de momentos puntuales resueltos a favor del equipo nacional y desde luego el impulso de seis, siete, ocho jugadores irrepetibles. En todos los años que llevo viendo fútbol crucé la mirada en jugadores maravillosos, extraordinarios, elegantes, eficaces, jugadores que lograban lo imposible, futbolistas a los que nadie podía parar por potencia, por velocidad, por habilidad, por una combinación de todas. Ahora diré algo: jamás vi a nadie que jugara tan esencialmente bien al fútbol como Xavi. A nadie. A nadie capaz de simplificar el juego hasta sus mismas esencias, de interpretarlo en la pura sencillez del acto rutinario de tomar una pelota, impedirle al rival su conquista, guardarla y jugarla. Siempre bien, siempre en tiempo, siempre del modo. Hacer cada vez lo correcto. En el fútbol, como en la Literatura, existen grandes fabuladores capaces de armar una historia repleta de maravillas. Otros nacieron con la música de las palabras en los dedos, una música sencilla que provoca esta sensación: la de que una frase jamás pudo ser mejor escrita. Eso hace Xavi: jugar el balón de la mejor manera posible. No con el movimiento del hombre hacia adelante, sino con el movimiento de la pelota imaginado por el hombre.

Empezando por Xavi, estamos no sólo ante la mejor Selección de la historia de España, sino ante un grupo que va a quedar en la memoria del fútbol mundial como uno de los grandes equipos de la historia de este juego. Como ocurrió en la Eurocopa, cada rival ha quedado pequeño, cada uno se ha sabido inferior, aunque todos elevaron hasta donde pudieron su nivel de competitividad para dificultarle su anunciada victoria. España ha sido tan grande que ha logrado sobrevivir a todas las exageraciones, algunas patéticas, que la han rodeado. Ha sabido levantarse por encima incluso del desacierto de los juicios: no hablo de los ataques, que a esos es fácil resistir, sino a la ausencia de criterio para juzgar con sentido común a este equipo. Aunque sólo sea por costumbre, es mucho más sencillo sobrevivir a los dardos envenenados que al jabón en la espalda. España lo ha logrado. Ha sido capaz de ponerse a la estatura de todas las exigencias. Porque parecía que ser campeones del Mundo consistía en viajar a Sudáfrica y ponerse a jugar. No. La gloria cuesta mucho. Muchísimo. La gran obra de este equipo, para siempre ya, será la semifinal contra Alemania, el mejor partido que le vi jamás a un equipo de España. Por significación y por forma. Por la grandeza convocada en el momento. Por la respuesta, la resolución, la seguridad, la estatura de la puesta en escena. España ha construido un arquetipo de juego y lo ha cubierto con el oro de la victoria: Eurocopa y Copa del Mundo, la combinación de los grandes, el tejido de un ciclo que corrobora la radical eficacia de la propuesta. Ha sabido mantenerlo en la transición entre dos entrenadores y agregando futbolistas de un torneo a otro. Y con tal vigencia coronada en Sudáfrica, reclama ya su puesto junto a los grandes equipos que tuvo este deporte. Esta España campeona del Mundo no se detiene en la construcción de una Leyenda, porque en las leyendas interviene la pasión de quien observa, la nuestra, la de aquéllos que consideramos nuestra la victoria porque forma ya parte de nuestras vidas. Una Leyenda es subjetiva. Estos chicos han hecho algo más perdurable, más consistente. Su irrevocable grandeza consiste en haber añadido un capítulo a la Historia Universal del fútbol.

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¿Holanda? Dejen de joder…

7 07 2010

Los alemanes le preguntaron al pulpo y el pulpo dijo que ganaba España. Los españoles, mientras, le preguntamos a la Reina y la Reina, recién llegada a Sudáfrica, también ha dicho que gana seguro España. Se ve que a estos dos les pones unos mejillones y te anuncian el triunfo español a carrillo lleno. ¿Se imaginan a la Reina previendo una victoria alemana? ¿Qué hacemos entonces, nos la comemos a feira con pimentón? Y Schweinsteiger, ¿qué dice de todo esto?

En fin, para qué negarlo: resulta inevitable sentir que sólo un cefalópodo ha podido disfrutar este Mundial. Y que la clasificación de Holanda para la final de la Copa del Mundo resume el mediocre nivel de la mayoría de los equipos y la cantidad de matices que se les puede oponer a los que presuntamente han sido los mejores. Si resolvieron la victoria sobre Uruguay fue por recursos, que no por fútbol. Voy a considerar el tastarro de Gio a la escuadra una de esas cosas inverosímiles en las que el fútbol resulta tan pródigo. Nada reclama mi atención en Holanda, ni el funcionamiento colectivo ni el desempeño individual de sus futbolistas más elevados: cierto que Sneijder y Robben llevan un año enorme y ejercen un impacto decisivo en muchos partidos, pero son jugadores a los que me basta con ver en un compacto rapidito del choque, un resumen de tres minutos. De verdad, los goles y listo. Van Persie no ha mostrado nada para la memoria, aunque lo tengo por un estupendo delantero (mucho mejor que Huntelaar, si algún madridista está mirando). Kuyt no me dice gran cosa, ni en Holanda ni en el Liverpool; Heytinga me resulta mediocre; y Van Bommel, rendidor incombustible, se ha valido de la permisividad arbitral, o de su destreza para la violencia sorda, para hacer un muy buen torneo. En realidad, ese chico debería haber visto no menos de diez tarjetas amarillas y alguna roja entreverada: no he conocido, salvo por Albelda, un futbolista que pegue tanto con tan escaso castigo.

Uruguay hizo mucho más de lo que le correspondía. Su último gol, el de Maximiliano Pereyra, compuso la afirmación postrera de un carácter inquebrantable. Sin el listo Luis Suárez a su lado, en algún momento pareció que Forlán peleaba contra el mundo entero. Cierto que Galvani completó un partido de singular esfuerzo, incansable allá arriba, pero nunca fue tan hábil como laborioso, y pareció lejos de de amenazar otra cosa que la paciencia del vulgar Heitinga y el olvidable Mathijsen.  Tabárez ha gestionado un sueño con la entereza anímica de los supervivientes y la realidad del Mundial le ha concedido generosos virajes en momentos muy concretos. Uno se alegra de que haya sido así, pero si Uruguay llega a entrar en la final de este Mundial, me hubiera preguntado muchas cosas. Sólo unas pocas más, para qué mentir, de las que me pregunto mirando a Holanda esperar ya la tercera final de su historia. Tal y como va todo, llevo varias noches con sudores fríos y en pesadillas veo aVan Bronkchorst levantar la Copa…

Por el otro lado llegan España y Alemania. Seguramente Alemania el mejor equipo del campeonato, sin hacer ninguna maravilla pese a la contundencia de sus goleadas en octavos y cuartos. España, bueno… hay que retorcer algo los argumentos para proclamarla “la que mejor ha jugado al fútbol”. Si lo ha sido, lo habrá sido ocasionalmente. Lejos del ejercicio estilístico, su Mundial posee el mérito de haber pasado rivales más empeñados en incomodarla que en vencerla. No es un triunfo menor. También ha acertado a gestionar pasajes de rabiosa ansiedad dentro y a su alrededor, y el pesadísimo cartel de favorita; y las críticas pertinentes a esa condición. Éstos tampoco constituyen valores medianos. Respecto al fútbol, individual y colectivamente ha quedado en un escalón inferior a su explosión en la Eurocopa, pero ha ido resolviendo las deficiencias con competitividad y el acierto implacable de David Villa. En general, uno tiene la impresión de que las dinámicas de Alemania y España se cruzan en algún punto medio del camino, que confluye en esta semifinal de hoy: España alcanzó su cima hace dos años y viene tal vez no en una bajada, pero sí en la administración peliaguda, pero victoriosa, de un retroceso; Alemania, por contra, está creciendo. No me parece la maquinaria invencible que parecen anunciar los análisis. Sí un buen equipo, más germano de lo que muchos quieren subrayar (no espero verlos en un ataque desaforado esta noche, sino esperando a España a la contra), y un punto por encima del resto en este torneo. Pero este torneo, hay que decirlo una vez más, ha sido lo que ha sido.





El portero que habla con sus palos

6 07 2010

Muslera detiene, el guante ya pegado al suelo, uno de los dos penales que le dieron a Uruguay el pase a las semifinales. A los 24 años, el portero del Lazio soporta con ligereza sobradora una pesada herencia de arqueros uruguayos y es responsable directo de que la Celeste juegue hoy la semifinal.

Fernando Muslera atrajo mi atención una tarde del pasado diciembre, cuando en un hotel de la ciudad de Génova miraba distraído por televisión el derbi entre Lazio y Roma. No sé qué fue, si alguna parada, una cierta preponderancia escénica del portero uruguayo en medio de un partido con ribetes de locura o sólo la eufonía de su apellido en la voz del narrador italiano. Muslera me quedó en la memoria, impreso como quedan algunas imágenes inexplicables. Más tarde completé un cuadro en el que aparecía como portero de Uruguay y como responsable de la suplencia, y la posterior salida del club, de Juan Pablo Carrizo, entonces meta del Zaragoza. Entonces… resulta que el Lazio tenía en su plantilla al portero de Uruguay y al portero de Argentina. No está mal… La de reportajes que uno podría hacer con eso. En apenas ocho meses como primer arquero de la selección de Uruguay (se hizo titular el mismo día de su debut), Muslera (24 años) ha hecho un camino portentoso que le anuncia un trayecto muy largo en la Celeste. Tiene mejor promedio de goles (le hicieron sólo dos en todo el Mundial) que los tres tótem de la portería en la historia uruguaya: Enrique Ballestero, campeón en 1930; Gastón Máspoli, el meta de la Celeste en el Maracanazo de 1950; y el inolvidable Mazurckiewicz, cuartofinalista en 1966… Por si a los números les faltara algo de alma, el Mundial de Sudáfrica ha contribuido a la leyenda colectiva y desde luego a la individual. Muslera sacó dos penaltis de la tumultuosa tanda contra Ghana en cuartos; y antes el larguero le había rechazado otro a Gyan, en el último minuto de la prórroga, desenlace que compone ya el episodio más dramático de un Mundial parco en simbolismos. Fernando Muslera le agradeció al travesaño: “Sos un grande”, le dijo. Durante los tiros desde los 12 pasos observó una liturgia de inspiración religiosa en la que le habla a los palos y al cielo, que bien podrían ser los únicos apoyos en medio de la gigantesca soledad de un portero ante un penalti. “Les pide a los palos que estén conmigo y le  rezo a una Virgen muy íntima cuyo nombre no diré. Es algo muy mío y me lo guardo”, explicó Muslera.

Uruguay ha tomado la vía trascendental, la del que siente que el triunfo constituye una misión de inspiraciones que lo pasan por arriba. La tradición de un paisito de menos de cuatro millones de habitantes que produce jugadores de fútbol de una pieza, reconocibles, muy reconocibles, como otros países exportan cacao, café o esmeraldas. Cómo no querer que Uruguay le gane esta noche a los holandeses. Cómo no estar del lado de la garra charrúa, de las piernas del Uruguay, de esos morochos de hierro, de la leyenda de Obdulio Varela, Ghiggia o Schiaffino, de estos yorugas atrevidos, de fútbol macho, entero. Y de un entrenador que habla así (apenas habla, apenas acierta a hablar) después de la tremenda victoria contra los ghaneses. Óscar Washington Tabárez, el técnico de Uruguay, un tipo que lleva toda una vida en los banquillos más diversos de Sudamérica:

Nunca he podido ser de Holanda, aunque haya tantos detalles que lo hacen admirable como país futbolístico. Otro vivero chiquito de futbolistas bien grandes. Era sencillo admirar a los naranjas entre 1974 y 1976. Ya menos a las alturas de 1978, pero aún… Uno creció en el contexto de la dualidad entre el Bayern Múnich y el Ajax, y tomó nota plena del fútbol en el intermedio de las dos finales jugadas por Holanda. En el recitado monótono de nombres como Repp, Neeskens, Rensenbrick y, desde luego, Cruyff. Algo más tarde, imposible pasar por alto la singularidad de los hermanos Rene y Willy Van der Kherkof; y una década después, el impacto aún vigente de Gullit, Van Basten y Rijkaard en el Milan… A pesar de todo, mi memoria se empeña en considerar la Italia de entre 1976 y 1978 -un equipo que casi nadie recuerda- como un modelo insuperable de fútbol hermoso. No puedo apelar a ningún detalle concreto sin mirar la documentación, pero permanecen inalterables algunos nombres (Zoff, Scirea, Cabrini, Antognoni, Causio, también Rossi y desde luego mi infantilmente querido Roberto Bettega); y una conciencia plena del juego que hacían los azzurri. Era fácil admirar a Holanda, pero yo me enamoré de esa Italia.

La Holanda de hoy tiene poco que ver con todos aquellos modelos. Es un equipo que gana más de lo que juega (suma 15 partidos sin derrota y está invicto en el Mundial), lo que significa un desacuerdo casi histórico con sus principios. No lo hace por especulación, sino por imperfección. Una imperfección superada por el despliegue enorme de un jugador de gris antipatía como Van Bommel, defensores más acerados que hábiles y la imprevisibilidad que le procura su asimetría posicional: Kuyt a un lado, Robben en el vuelo cambiante y directo de una libélula, la amenaza algo extraviada de Van Persie y ese Sneijder que recorre tanto campo como sea posible y siempre con un sentido bien definido. Holanda parece no tener futbolistas específicos de nada, salvo el delantero centro, pero todos hacen algo distinto a lo casual.

Enfrente, Uruguay ha llegado a puro pulso donde está. Desde la fase de clasificación (quinta en la zona sudamericana, clasifcada en una repesca con Costa Rica) hasta el indulto que le permitió Ghana. En cualquier caso, a Uruguay le puedes ganar, pero no vas a bailarla. El oriental es “duro, resistente, noble y aguantador (…). Sólido, férreo, macizo y algo rústico, hecho para dejar a la intemperie, como un enano de jardín”. Así definió Roberto Fontanarrosa al defensa uruguayo en su volumen No Te Vayas Campeón, uno de los libros más hermosos (el mejor escrito, anticipo) que se hayan publicado sobre el fútbol. Descartado el miedo a la altura o el vértigo de la grandeza, que anula la genética de la memoria, es obvio que el gran problema de Uruguay consiste en detener el viaje diagonal de Robben, tránsito durante el cual el eléctrico delantero naranja va tensando la catapulta mientras pasa defensas con apariencia ingrávida. Y las perpendiculares de Sneijder. La improvisación de estos dos tiene poco que ver con la mecánica armada del resto.