A mí no me gusta el fútbol

20 02 2012

Después de algún tiempo de zozobra (porque el caso encierra consecuencias de orden metafísico-práctico que no puedo eludir) he alcanzado la liberadora conclusión de que a mí no me gusta el fútbol. Si digo liberadora diré liberadora en un sentido espiritual, porque uno solía preguntarse si no habría falta de profesionalidad en ese aburrimiento que lo acechaba al enfrentarse a toda clase de partidos, con toda clase de rivales, en la incapacidad para conocer a un enorme tanto por ciento de futbolistas a los que debería distinguir, en la creciente desmemoria que me provocan los partidos vistos, los autores de los goles, las jugadas… en la negativa a priorizar una tarde de fútbol por delante de cualquier otra actividad o en el cansancio de los encuentros del siglo. Yo me preguntaba contra quién habíamos jugado el domingo anterior, o quién marcó hace dos semanas, y con cierto horror al vacío me daba cuenta de que me costaba bastante recordarlo. Nunca he ejercitado el memorialismo. Recuerdo momentos, pasajes, impresiones, personas y palabras, pero no datos. Olvido de forma muy selectiva e implacable. Cuando olvido, es que no me interesa. Así que, en un caso como el mío, los síntomas no eran fáciles de interpretar: la obligación de pensar y mirar y reflexionar y escribir sobre el fútbol son susceptibles de provocar un horrible agotamiento, porque en el fútbol hay poco que pensar, mirar, reflexionar y no digamos escribir. Así que creo que ha llegado la hora de admitir lo que sospecho hace tiempo.

Sé que habrá un empeño por razonar una afirmación así de tajante. Un decir: sí que te gusta, lo que pasa es que… ha cambiado mucho el fútbol, te haces mayor, el desencanto que procura y transmite el Zaragoza, la sobreexposición, demasiados partidos, demasiada información. Ninguna de esas cosas es incierta, pero las he pasado por el tamiz de un riguroso análisis íntimo y resultan filfa comparada con el motivo real. Después de tanto tiempo, preguntarte si algo te gusta de verdad ya supone un primer salto, una asunción. La sospecha anticipa una respuesta. Lo único que se me ocurre para saber si algo me gusta de verdad, pero de verdad en serio, es compararlo con otras cosas que también son susceptibles de gustarme de verdad y en serio. En mi caso, por ejemplo, la música y el rugby. Todo el tiempo oyendo música, desde que me levanto a veces hasta que, literalmente, me duermo. Por la música y el rugby yo hago cosas, tal y como me han dicho ya alguna vez, que jamás he hecho por el fútbol. Dicen que si uno aparece en un país desconocido, prende el televisor y ve un encuentro de fútbol entre dos equipos de los cuales no sabe ni el nombre, inconscientemente toma partido inmediato por uno de los dos. A mí no me da tiempo, cambio antes de canal. Ahora, si hay rugby me quedo enganchado. Este sábado me tragué alegremente el Bath-Gloucester, un Saracens-Leicester y un Stade Français-Toulon, y me pareció todo extraordinario. Para rato vería yo al Sochaux contra el Olympique de Lyon. Ya ni miro un Liverpool-Manchester United, con lo que yo he sido. Eso sí son síntomas. El otro día en una tertulia de la radio alguien que me conoce de lejos me dijo: “Tú siempre has sido un gran especialista en fútbol inglés”.Y yo pensé: eso era en la época de John Barnes. Está hablando de otro hombre. También me dijo que me había querido fichar para su club cuando yo jugaba, lo que me sonó como la edad de piedra. Afirmó que había rechazado la oferta. Qué forma de olvidar la mía, pero tiene sentido. Creo que jugué al fútbol de manera organizada unos cinco años. En el rugby llevo veinte. Algo querrá decir eso. Veinte contra cinco. Alguno más contando los días en que le daba al fútbol sala, una aburrida perversión del juego que nunca he comprendido bien. De entre las cosas que más extrañeza me producen está la gente que mira partidos de fútbol sala por televisión y los que descubren en 2012 que una película muda puede ser maravillosa. A mí las dos cosas, los partidos de fútbol sala y las películas mudas de 2012, me parecen una vaciedad absoluta. El futbito (que es como se llama ese juego, en realidad) sólo está bien para jugarlo… y hasta cierta edad. Y los filmes mudos, para los años 20, oiga usted. Agrego aquí que empiezo a pensar que el cine tampoco me gusta de verdad, pero eso lo tengo todavía en razonamiento y no voy a precipitarme en hacer semejante anuncio. ¿Escribir? Uf, no me pregunten. También asoman dudas, como demuestra Somniloquios, pero si lo afirmo tajantemente me asomo a un vacío del que tal vez no haya regreso.

El fútbol y la vida, de acuerdo a Forges, ese hombre que -como el mismo fútbol- antes me hacía mucha gracia y ahora me produce un terrible agotamiento.

A mí lo que me gusta es ver películas de John Ford, particularmente Centauros del desierto; y que gane el Zaragoza, eso sí. Con Centauros siempre termino llorando y los goles del Zaragoza aún los grito sin pensar. No sé si le oí a alguien esto pero yo desde luego lo veo así: el fútbol no me gusta, a mí lo que me gusta es el Zaragoza. El Zaragoza es una cosa y el fútbol es otra, debe de ser eso. Como Ford con respecto a las películas, en general. Si acaso debo confesar que me gusta ver ganar a España, pero sólo europeos y copas del mundo. Si pierde no acaba de importarme mucho. En ese aspecto me he vuelto muy práctico, utilitarista o interesado. No me avergüenza reconocerlo. Pero estas excepciones no son lo mismo: con ellas rige el mismo razonamiento por el que celebramos las victorias de los nuestros en el tiro al plato de los Juegos Olímpicos. Efluvios sentimentales, con atavismos de pertenencia. Tanto así que detesto los partidos de las fases clasificatorias y no digamos los amistosos. Ganar un Mundial y gritarlo en la terraza de casa y luego en las calles es una de esas cosas que todo hombre debería reclamar como derecho inalienable. Una vez en la vida. Eso y levantarse un mujerón de los que los demás envidian sin disimulo. Poder decir como los anglosajones: “I DID!”. Eso lo he hecho; yo he estado allí. Una vez, al menos: experiencias que den sentido a la existencia. Luego ya te puedes tirar a vivir el resto del tiempo. Lo que nos lleva a Cela, quien escribió de forma célebre en un diario que un hombre es libre cuando descubre que ya no ansía el cuerpo de la mujer. De ninguna mujer. A él le pasó: se despertó una mañana y vio que, uno, su cuerpo ya no se levantaba con él; y dos, que no le importaba lo más mínimo porque su cerebro ya no abrigaba apetencias carnales, ni las más mínimas. Ni sublimes ni infectas. Sosegado el impulso sexual, uno es libre.

Yo encuentro cierta tranquilidad correlativa en la liberación del fútbol: no pagar paquetes televisivos para tener toda la Liga y toda la Champions en casa, no ir nunca al bar a demorar durante hora y media una cocacola, con receso mingitorio en el intermedio del match, perderme con deleite los clásicos, no escuchar salvo en ocasiones muy concretas la radiofonía nocturna, no haber visto jamás Aída ni el Punto Pelota ni la gala de los Goya. Esas cosas. Naturalmente, todavía miro algún partido de fútbol, más de un partido; aún puedo mantener una conversación acerca del particular (y hasta hablar en tertulias de la radio sobre el particular, aunque me apetecería hablar sobre cualquier otra cosa), y desde luego no paro de escribir de fútbol por la cuenta que me trae. Pero sí, el fútbol no me gusta. O quizás digamos que (ya) no me gusta, si alguna vez lo hizo. Como actor (unos años dándole) nunca me convenció y lo dejé pronto. Como espectador, oiga… yo ya he visto demasiado. O para mí ha sido demasiado. Me estoy viniendo viejo, que diría Calamaro. Todo esto no sólo no se debía a que yo fuera un mal profesional, sino que he sido y soy un gran profesional, que dedica la mayor parte del tiempo a ocuparse de algo que no le gusta. Un gran profesional, como la Reina. Qué tranquilidad de espíritu me procura esta certeza.

Ya he comprendido aquello que me decía a veces mi abuelo cuando hace muchos años yo le preguntaba si había visto el partido de la noche anterior: “Estoy cansado del fútbol”. Qué ardua ha de ser la existencia, pensaba yo con desordenada profundidad, para que a un hombre lo acabe por hartar el fútbol. El cansancio existencial del balón. Qué cosa.

Anuncios




Adiós, muchachos

16 03 2011

No se es matador de toros sin una cornada. A las seis y media de la tarde del sábado salí del campo en parihuelas, con un pie colgando, sujeto por dos compañeros y por el aplauso que se dedica en el rugby al herido de guerra. Qué lastimoso honor. O tal vez no: una vez más, como tantas otras, como hicieron y harán muchos otros, le había entregado mi cuerpo al club. Una premonición, o el gusto de las viejas costumbres, me decidió a la charla previa, en el círculo hirviente que se forma justo antes de jugar. El amor a la camiseta, el orgullo de tenerla puesta en territorio rival, adelante y siempre adelante, hasta la sangre si fuera necesario. Yo no tenía previsto estar esa tarde, a esa hora, en ese lugar, diciendo esas cosas. Pero había hecho ya mío el partido, saltándome (cuántas veces más) la lógica de un tobillo apenas recuperado. Los peligros de ir a ver un partido, como escribí otra vez. El engaño de sentirme otra vez vivo. La memoria indiferente del cuerpo, que entra en el hábito de los golpes de inmediato, con el mismo gusto con el que ingresa en una piscina de verano al sol. Otra vez el deseo inconsciente. Al campo de rugby hay que salir muerto, o no se sale. Otra vez la familiaridad de estar donde uno quiere… Otra vez inmortal. O ya no.

A las siete y media de la mañana del domingo, tirado en la cama, escuchaba a Otis Redding cantarme (Sitting on) The Dock of the Bay, sin poder dormir ya, fracturado el peroné, varado en la perdición de este final que ya no creo poder evitar. Para asumir que podría haber sido mi último partido, recordé el primero, tan lejano y confuso, aquel miedo inicial, aquel rugido interior en los choques de las primeras, la pelea por no hundir la melé, por no ser yo quien cayese. Y ahora me veía, tanto después, mucho después, sentado en el muelle de la bahía, mirando la marea que sube y baja, los barcos que entran y salen de puerto, lejano, ajeno, triste, solitario y final en la intimidad de un llanto muy lento y silencioso. Wasting my time… Y sin poder silbar la melodía, como Otis. La debilidad produce monstruos como éstos. También la noche, cuando los significados se desdoblan, todo parece posible o imposible, magnificado de un modo extraño. Entonces ocurrió como una epifanía melodramática. Ahora la escena me resulta improcedente, exagerada. Si la cuento puede ser que quiera conjurarla, exponerla a la necesidad de su anulación.

Aguardo para esta tarde el cuchillo que volverá a poner todo en su sitio. Un mínimo reajuste, puede ser. Pero, en el fondo, un bisturí que raja el tiempo y lo pone del otro lado. La hoja que habrá de llevarse por delante la pérfida y falsa inmortalidad de quien ya no pasa por joven. No aplaudan, no hay por qué. No fuimos nada. Sólo chicos que eligieron un deporte sin saber bien qué había al otro lado. Mirando a Pascal Ondarts, a Fitzpatrick, a los Hastings, a Brian Moore, a David Sole, creímos que podríamos aproximarnos a aquello, entender algo. Lo hicimos, de alguna forma tan modesta que parece inadecuado otorgarle importancia. Y sin embargo, nos dio tantísimo… No me hagan caso: aplaudan a ese uno que se va en los brazos de dos compañeros, aplaudan a todos los chicos que jugaron con nobleza. Pero respeten que ese uno agradecido quiera al mismo tiempo negar el aplauso, no escucharlo, aborrecer la cortesía acostumbrada de este juego. Es su rabia impotente y algo patética la que lo rechaza. Él no quiso jamás acabar así, aunque debía de ser el único modo. Él quiso seguir siempre en el campo. Adelante, adelante… Hasta la sangre si hiciera falta.





El país llamado rugby

6 03 2011

El rugby es un país, una nación inconsciente. De Tarazona a Christchurch, de las campas inglesas a la Tierra de Fuego,

Una imagen de la UE Santboiana en su campo del Baldiri Aleu frente al Gernika, en partido de esta temporada. Foto: Jordi Elias

de Cape Town a Fadura, del Parque de los Príncipes al viejo estadio de Colombes, de Arms Park al Pepe Rojo, al Velódromo de Zaragoza, a la Albericia, al Baldiri Aleu. Todos los lugares, el mismo lugar. Los otros días vi de nuevo Salvar Al Soldado Ryan y ese plano en que el hombre agotado recoge en un tarrito la arena normanda al final del sangriento desembarco en Omaha Beach me hizo acordar del rugby. El rugby es el territorio mítico, la nación común e indistinta de todos los que alguna vez pisamos el pasto desigual de los campos y escuchamos desde dentro el crujido sordo de los cuerpos. Compramos camisetas de equipos pero igual podríamos guardar un pedazo del piso maltrecho que asesinamos en la pelea del partido, y ponerlo en un frasco de cristal rotulado con identificación geográfica, para que quienes miran los anaqueles seapan que allá y allá y también allá estuvimos luchando. En lugar de guardar la tierra, compramos camisetas y tenemos camisetas y cambiamos camisetas y hasta robamos camisetas, de todos los lados, de cualquier lugar, también del nuestro, de los equipos viejos, de todos. Y las metemos a un cajón y ese cajón es nuestro patio de banderas.

Qué hermoso haber pasado este domingo por Sant Boi, ahora que se cumplen cien años de rugby en España, y ver a la Unió Esportiva Santboiana, el primer club de la historia de este deporte en España (1921), derramar rugby y vida por la permanencia en la División de Honor. Partido de tremenda emotividad contra el Ciencias de Sevilla, jugado con el peso de la amenaza en una mañana gloriosa de sol y de grada rebosante, entusiasmada, de la que formamos parte. Qué hermoso haber pisado al final la tierra magullada del Baldiri Aleu, el campo bautizado en memoria del hombre, hijo de Sant Boi, que partió a Toulouse a estudiar Veterinaria y regresó, de forma literal, con un balón ovalado bajo el brazo. Así entró el rugby en este cachito del mundo, y por extensión en nosotros; un hito festejado de manera permanente por la plaza con la escultura de un enorme balón que preside la entrada a la localidad, bajo esta orgullosa leyenda: Sant Boi, bressol del rugby. La cuna del rugby.

El hombre Somniloquio, a la sombra del tótem: gigante contra cabezudo.

Viendo a la Santboiana con el Ciencias constaté la única pertenencia inequívoca: la del oval. Si lo entendió todo bien, nadie es jamás de un solo equipo de rugby, sino de todos al mismo tiempo. Por eso lo mismo aplaudimos con aparente incoherencia los rutilantes ensayos locales que la carga de infantería que los andaluces armaron en la segunda parte, cuando su delantera apabulló en las fases estáticas (hasta forzar un ensayo de castigo en una melé a cinco) y creció en las dinámicas (creo recordar al menos dos marcas por obra y gracia de los gordos). El partido acabó 35-29 del lado de los catalanes, que seguirán en División de Honor, pero antes proporcionó para su final una escena culminante: un scrum de la UES a las puertas de su propia zona de marca, después de que el Ciencias extraviase en un balón caído el ensayo ganador. Lo había trabajado delante con el destructivo mimo con el que los gordos hacen estas cosas; lo tuvo hecho y lo perdió en el pase resolutorio, al final de la línea. Ese leve error permitió a la UES aguantar la posesión en la interminable melé, último episodio de resistencia, que clausuró el partido. En esos minutos uno quiso estar allá dentro, mezclado en la primera línea, en cualquiera de los dos lados o tal vez en los dos, absorber el empuje, tensar el abdomen, agotar las dorsales, luchar con una sola mano por no ir abajo y por no ir atrás. Saborear otra vez más la colosal gloria, irrenunciable, de estar en el único lugar al que uno en verdad pertenece. Y luego ir al pasillo, aunque sea vestido de espectador, y decirles a los muchachos uno a uno: oigan, yo voy con ustedes, yo soy de los suyos, yo también juego al rugby. Todos los que estuvimos ahí sabemos que no representamos sólo una camiseta, a un equipo, un club o una ciudad. El rugby es el país sin colores.

Y sí: después compramos una camiseta y nos hicimos unas fotos bajo palos con el gigante de la Santboiana. Ver rugby es como ir de turismo a un universo paralelo. Nadie está solo en esta galaxia. ¿Ciudadanos del mundo? No. Somos turistas de la vaselina en las orejas.  Habitantes de la melé. Entusiasmados patriotas del planeta oval.





Don Quijote en una Harley

16 02 2010

Me declaro confuso. Aquí las causas, reunidas en las últimas semanas:

  1. Expulsado de la selección de rugby de Gales el jugador Andy Powell, por emborracharse (y prolongar el tercer tiempo hasta las seis de la mañana siguiente, hora en que tomó un cochecito de golf y lo condujo un par de millas hasta la estación de servicio más próxima para tomar un reparador desayuno). Los directivos de federación galesa me recuerdan al inmoral capitán Renault, en Casablanca, cuando a petición de los nazis le clausura el local a Rick aduciendo: “¡Estoy escandalizado, escandalizado! He descubierto que aquí se juega…”.

    ¡Estoy escandalizado, en el rugby se bebe alcohol!

  2. Pe vuelve a ser nominada a los Oscars. Advierto ya que Somniloquios no asume, este año ni los sucesivos, el asunto de los Oscars ni su crónica…
  3. El Sherlock Holmes de Guy Ritchie reparte hostias como si fuera Lin-Chun. Si a ese pavo le encargan una versión del Quijote lo larga en Harley por La Mancha.
  4. Zetapé leyendo la Biblia en público (frente a una audiencia, no en el diario).
  5. Público (el diario, no la audiencia) tratando de convertir a Petón en un apestado incumplidor de la Ley de Memoria Histórica por cantar el Cara al Sol (las últimas estrofas vaya, y sin brazo en alto… aclara la crónica) en el homenaje-recuerdo a los caídos de la División Azul (de la que el señor padre del susodicho formó parte en aquellos días).
  6. Petón respondiendo (mal enemigo, amigos) que lo ha cantado y lo cantará porque es la canción de su padre, y que a él franquista no le dice nadie, porque en cierta ocasión tuvo que oír clausurarse pesadamente a sus espaldas los cerrojazos y portones metálicos de la Dirección General de Seguridad, en aquellos días.
  7. Silencio administrativo de Público“Mejor busquemos un manso como el cuñado aquél de Laporta”, debieron de pensar.
  8. Proposición para abolir el aireamiento por altavoz, dos veces al día, de la jaculatoria mariana: vulgo, el Bendita y Alabada, por no respetar la aconfesionalidad del Estado. Y yo que pensaba, zaragozano de mí, que lo que le hacía falta era cambiar el jai-fai del Pilar o bien los parlantes de las torres, que no se entiende ni papa de lo que cantan los Infanticos.
  9. Zetapé leyendo el Deuteronomio, que con notable anticipación decía sobre la Ley de Identidad de Género: “La mujer no se vista de hombre ni el hombre se vista de mujer, por ser abominable delante de Dios quien tal hace.” (Deuteronomio XXII, 5). [copyright Santiago González].
  10. Los sindicatos convocan movilizaciones por la propuesta de retraso en la edad de jubilación; ni se les ha ocurrido hacerlo por que hubiera más de cuatro millones de parados… El juego político sigue igual: Aragón es una Comunidad que preside hace siglos El Hombre que No Estuvo Allí (ni se le espera), al que ahora sus conmilitones le piden que vuelva a presentarse porque todos saben que su no estar allí es la clave del éxito. Mientras, quien gobierna de verdad es otro al que no lo votan ni cuatro. España, por su parte, es un país en el que el Gobierno hace de Oposición y le pide a la Oposición que se comporte como si gobernara.




La valiente Escocia

26 11 2009

Frente a la congoja existencial, basta el rugby. Si Camus hubiera probado el balón oval… Pero se hizo portero de fútbol. Por fortuna, en la condena le vino incluida la invención de El Extranjero, para redimirnos a los demás. Ha sido un fin de semana en Edimburgo, bajo sus cielos empedrados, por las calles como nubes de agua, camino de Murrayfield y la noche azuloscurocasinegro.

Puede que la vida no haya sido tan poco generosa como creíamos. Nos dio el rugby, y el rugby siempre devuelve algo. Al sur, a pocas decenas de kilómetros, en los Borders los ríos salieron de sus cauces. En la capital, la lluvia serena, el silencioso volcán apagado y el castillo de faldón negro; las calles pintadas con escuadra y cartabón, el ensanche hacia el puerto de Leith y el sombrío mar escocés. Y un arroyo de aficionados hacia Murrayfield, a su laderita esmeralda, a afeitarles a los australianos esos otoñales bigotes, adheridos a la campaña Movember contra el cáncer; gaiteros solitarios y a dúo en las esquinas; y las bandas de gaiteros marciales, iluminados por el único foco de un estadio en penumbra, en reverencial desfile. Parada prosaica de bandejas con pintas en formación de cuatro en fondo, cuatro por barba; los kilts, las medias blancas de lana, los wallabies hinchables silbados por la multitud al entrar en los pubs de Haymarket, la marea detenida con la barbilla en alto, mirando a los All Blacks batir a Inglaterra en las pantallas de primera hora de la tarde. Las celebraciones contra el Auld Enemy.

En los pubs de Edimburgo, el silencioso Clark’s en Dundas Street, el medieval Jeckyll and Hyde, el Ensign Ewart y el Deacon Brodie de la Royal Mile. La noche afuera. Luz repetida de Navidad. Hay que explicarles cómo elaborar un gin-tonic a la española, mucho hielo, doble o triple medida de gin, vaso grande… pero son buena gente, se aplican. Los parroquianos interrogan por ese idioma de timbres bárbaros, elevados, que atrona en el pub, acorralando el silencio. Aquí no eres invisible, como en Londres, donde un pingüino podría entrar, tomarse una pinta, y a nadie le extrañaría lo más mínimo. Si invitas a una pinta, te invitan a un vasito de scotch. Por qué no. Por esos milagros telúricos que no se pueden explicar, el whisky sabe a gloria en Edimburgo, como la Guinness en Oughterard, al norte de Galway, en Irlanda. Cantamos Flower of Scotland. Como siempre, olvidamos la segunda estrofa (“The hills are bare now / and Autumn leaves lie think and still…”); y murmuramos algunas líneas de la tercera. Afuera, la noche cabalga.

En la valiente Escocia dirimen su lucha la montaña y el llano, como en Edimburgo hacen el viento y la lluvia, el pasado y la modernidad. El pequeño callejoncito en el que Boswell conoció al doctor Johnson (donde siempre he de pararme unos minutos, como si me faltara el resuello, pero es la inexplicable emoción de la Literatura) y el sueño polinésico de Stevenson y la aguja del monumento a Walter Scott y el año dedicado a Robert Burns, el poeta nacional escocés. Pintada la cara de azul y blanco, un falso Mel Gibson tira del hilo de Braveheart y tensa la cuerda que dirige las ciudades hacia su nueva condición de parque temático. Edimburgo sostiene su deliberada hospitalidad en el tamaño manejable de las calles, abiertas de tripas ahora para que pase el tranvía, siempre ahora los tranvías allá donde uno vaya. Todas las ciudades son ya la misma ciudad, o casi. Pero en ésta aguarda Murrayfield, distintivo.

Escocia le iba a ganar a Australia, victoria histórica (hacía 27 años que los Scots no festejaban un triunfo contra el rival oceánico) que no debe explicarse sólo por el error final de Matt Giteau en la transformación que le hubiera dado el triunfo a los wallabies. Hubo mucho más y algunas notas esperanzadoras para quienes profesamos la mayor simpatía por el equipo del Cardo. Durante el primer periodo, cruzado de lluvia épica, Escocia levantó una fortaleza en su zona de 22 y estableció un tratado de resistencia que al principio juzgamos perecedero, condenado al cansancio y la quiebra en la segunda mitad, pero que poco a poco se reveló interminablemente heróico. Australia, asomada varias veces por sus centros, por el ariete de Rocky Elsom y Palu, por el peligro en jugadas abiertas de su talonador Stephen Moore, pasó media tarde asomada a la zona de marca como al balcón de una calle prohibida. Sólo pudo anotar con un golpe de castigo que pasó Giteau, anticipo inverso de la errática tarde del pateador australiano. Igualó Phil Godman y cada melé se convirtió en una trampa de la guerrilla escocesa capitaneada por Moray Low, un tres digno de la causa; hubo mil golpes francos por melés perras, envenenadas por esa ponzoña que gastan los pilares; y Nathan Hines (aussie de nacimiento, por cierto) dominó uno de los grandes valores locales en la nueva etapa de Andy Robinson, la touche, apoyado por la brava tercera de Beattie, Strokosch y Barkley. Valores que ya le habíamos observado contra la inferioridad de Fiji una semana antes y que deberá confirmar frente a Argentina este sábado. Rigor en las fases estáticas y arrojo para contener las dinámicas. La capacidad de definir un ritmo de partido conveniente. Muchísimo placaje en el centro y atrás, con un Rory Lamont amurallado, con un Sean Lamont sólido como pedernal por afuera. Con esas armas, sin apenas salir al ataque o llegar al otro campo, Escocia terminó por agotar la ofensiva australiana como hizo Mohamed Ali frente a Foreman en el Zaire.

Si salió de las cuerdas fue para ser clínico con el pie y vencer. Godman pasó otro golpe de castigo, mientras Australia perdía a Palu que se fue en una camilla con los pies por delante (antes se había marchado el escocés Cussiter con la cabeza girándole como a la niña del Exorcista) y poco a poco caía el ritmo del magnífico Will Genya en la creación desde el número 9 aussie. Entró Burguess para dinamizar el asunto, si es que eso era ya posible. Y Peku como talonador, un cambio que juzgamos equivocado porque sólo Moore había comprometido con sus cargas en las fases abiertas. Pero Giteau empezó a poner pataditas a seguir cuando llegaba a territorio comanche, en lugar de buscar sus célebres combinaciones cruzadas con los centros, y ahí advertimos la fatiga del largo intento australiano. Murrayfield hizo florecer su cántico preferido a la flor de Escocia y supo que el milagro era posible. Pedimos una bandeja más de pintas. Entonces apareció Chris Patterson. Nos las bebimos a su salud. Cuando más crecía el desconcierto australiano, Patterson capitalizó un avance local para poner un drop que era casi ganador, el del 9-3. Con dos minutos por delante, Australia se lanzó a tumba abierta por el desfiladero de los suicidas e hizo el ensayo de Ryan Cross. Sin tiempo para nada más, Giteau se sacó el casco para patear la transformación definitiva. Si la metía, Australia salvaba el resultado, aunque hacía rato que había perdido la consideración del continente entero que los mira. La carga defensiva de los escoceses contra la pelota parada encarnó el deseo escocés de triunfo: hasta seis jugadores se arrojaron desesperados a intentar contener el pelotazo de Giteau. De igual manera se hubieran cruzado frente a una bola de cañón, dispuestos a perder las piernas si eso aseguraba el triunfo. La pelota se abrió en un vuelo descompensado, lastimoso, y cayó lejos de su objetivo con el mismo desánimo con el que Giteau compuso el gesto de la decepción. La hazaña escocesa levantó, ya para siempre, el recuerdo de un partido con mayores méritos emocionales que deportivos. Pero al rugby se juega con corazón y pelota. Es un juego decididamente visceral pero de inesperada y a menudo rotunda lógica. Esta vez floreció una ocasión inolvidable. Y allí estuvimos.





El otoño en Edimburgo

18 11 2009

Hay un placer delicadamente pornográfico en la observación de esos placajes con los que Jonny Wilkinson derriba a los terceras contrarios. Primero los detiene en seco, sin acusar el mínimo retroceso de su posición; luego los levanta; por fin, los arrastra de vuelta por el camino por el que habían venido. Se trata de una inversión completa de la realidad, como ahora veremos. Para empezar, porque Wilkinson no se mueve de su sitio y los otros parecen haber chocado con una pared. Pero después, el muro se mueve, inicia el avance y deriva en aplanadora. Wilko no los levanta por el aire ni los voltea. Simplemente los detiene y los tumba, a medias entre el esfuerzo y el asombro. No incurre en ilegalidades de exhibicionista pendenciero como voltearlos en el aire o ponerlos cabeza abajo, aunque al estirado francés Emile N’Tamack lo dejara patas arriba en cierta ocasión muy célebre. Hablamos de alas (como la caza de Justin Bishop, un irlandés al que el suelo le cayó sobre la cabeza de manera repentina, al final de un triángulo escaleno de derribos de Wilko). Si lo permitiera la normativa, es probable que a ese tipo de jugadores de tamaño medio Wilkinson se los metiera en el bolsillo del pantalón. Pero lo bueno viene cuando baja a un tercera, notablemente a uno de esos terceras que cubre la touche en un golpe de castigo o una patada defensiva contraria; que recoge la pelota corta y que sale a la carga campo arriba, convertido en un batallón de radical soledad física. Bajo la epidermis de esta jugada de Wilkinson late una venganza global: los terceras a menudo pasan los partidos a la caza del apertura contrario. El 10 es la pieza más codiciada, en parte por hacer que perdure la estrategia del terror, de la que los terceras son jinetes, y también por interrumpir la conexión vital del equipo contrario. Wilkinson (que es tan fuerte como ellos, tan duro como ellos y técnicamente mucho mejor que la mayoría de ellos) se da el gusto de ejercer la poética de la revancha. Rara vez se deja cazar. Y a menudo los embosca. A la manera habitual, un tal Chesney lo descubrió por sí mismo, sin que nadie tuviera que contárselo.

Si hablo de placajes es porque hablo de Wilkinson, quien desde hace años (desde el mismo instante en que alcanzó la cúspide) entra y sale de acuerdo a una rutina de gloria y dolor, de triunfo y lesiones. Si hablo de Wilkinson es porque ha vuelto a Inglaterra después de 18 meses ausente (y antes al rugby en el Toulon francés), y porque lo ha hecho de una sola pieza, de pedernal, claro. Y si hablo de placajes es porque estos días voy mirando los tests de noviembre, con los tres grandes del Hemisferio Sur (Australia, Nueva Zelanda y Suráfrica, aunque también la cuarta que es Argentina) de vuelta por la Galia y la Bretaña, retando naciones enteras como quien se arriesga a un pulso mano a mano. Noviembre -un mes que clausura la luz y derriba las últimas esperanzas de cualquier hombre sensible- tiene a menudo un único sentido: los partidos internacionales de rugby de otoño. Vi a Gales y Nueva Zelanda, a Irlanda con Australia, a Australia con Inglaterra y a Francia contra Suráfrica… Vengo fijándome en los notables placadores de diversas escuelas. Me fascinaron las coberturas de Gethin Jenkins, el pilar galés, que alcanza las esquinas del campo con derribos que firmaría un tres cuartos centro. Me hizo acordarme de aquel día en el que, jugando en el campo de La Almunia, salió la pelota sobre el Perdigón (el liviano ala contrario, amigo con el que yo mismo había jugado hombro con hombro años antes en Ingenieros), y contra todo pronóstico al muchacho le sobrevino un lapsus inexpresable que lo llevó a quedarse parado sobre la línea, tal vez mientras decidía hacia dónde salir o bien sujeto por un ramalazo del subconsciente, que le recordaba en el peor momento del día que se había dejado abierto el grifo de casa. Esos segundos se dilataron lo suficiente para darme tiempo a llegar a mí, subido en el efecto bola de cañón del centenar de kilos y ávido de completar una jugada que recordaría siempre (como demuestran estas líneas). Sin que aún sepamos cómo ni por qué ninguno de los dos -y tratamos en vano de analizarlo durante el tercer tiempo- lo planché en seco contra la touche. Con el consiguiente júbilo de mis correligionarios y un atisbo de depresión en el gesto del Perdigón durante el resto del partido. Lo había cazado un pilar que venía de frente. Esas cosas no pasan.

Rocky Elsom, clásico tercera australiano en el que uno puede confiar para las tardes de lluvia y las noches de tormenta.

Hablaba de Gethin Jenkins, entonces. Pero también de Rocky Elsom o de Richie McCaw, dos flankers con el punto de salvaje inconsciencia y rigor táctico-defensivo que tanto me gusta. Ahora que el australiano Phil Waugh se ha dejado vencer por la edad (aunque no del todo, sostiene él) y que los Wallabies celebran la irrupción de Pocock en la tercera australiana, uno reza para ver el sábado en Murrayfield (a donde vamos a peregrinar por fin, después de tantos años de desearlo) a George Smith y Rocky Elsom sobre el campo. También a Matt Giteau, cómo no, el apertura al que tanto le cuesta pasarla, otro alienado del subconsciente, al que el cuerpo le reclama la guerra de los centros.

Medidos frente a Escocia (mi equipo, siempre mi equipo) los australianos siempre van a salir ganando. Hace 27 años que Escocia no vence a los aussies y nada hace sospechar que puedan lograrlo el sábado. Éstos no están siendo días de un gran rugby, siempre en términos proporcionales al extraordinario nivel del que hablamos. Pero sí repletos de detalles. Suráfrica ha bajado el pistón después de un bienio portentoso, inabordable (lleva tres tests perdidos de manera consecutiva) y Francia le ganó con talento nuevo; Australia tiene bajas principales (qué decir de Stirling Mortlock, hombre de piedra) y Robbie Deans maneja un equipo en transición, con muchachos dotados de la imperfecta electricidad de la juventud en la tres cuartos y un medio de melé (Genya) que por fin parece digno de calzarse los zapatos del inolvidable Gregan.Hace dos semanas, en Twickenham, Genya fue el artífice del cambio de ritmo que le permitió a Australia dejar a su espalda a la basta Inglaterra de Martin Johnson, un equipo que aún comienza y acaba en Jonny Wilkinson, incapaz de regenerar por sí solo el equipo campeón del Mundo en 2oo3, pero sí de ganar partidos y aceitar con un masaje de pies y otro de placajes las aristas de cualquier encuentro comprometido. Irlanda le empató sobre la hora a Australia en un partido bastante entretenido, resuelto por un error defensivo final que capitalizó el insaciable O’Driscoll. También me gustó el Gales-Nueva Zelanda (añoranza de Ali Williams y Chris Jack en la segunda), con los Blacks estrenando alas (ni Sivivatu ni Rockocoko). 

El sábado veré a Escocia, en directo, por fin en Murrayfield. A los pies de la hermosa ciudad vieja de Edimburgo, el castillo de Holyrood, el Museo de los Escritores, los callejones empedrados de Boswell, del doctor Johnson, de Stevenson, la columna de Walter Scott, el pub del Diácono Brodie, la Royal Mile infestada de cerveza en camisetas de rugby. La camiseta azul -viejísima, viejísima pero siempre necesaria- y el recuerdo de esta interpretación del Flor de Escocia en ese mismo escenario, en el Mundial de 1991, cuando Escocia jugó y perdió la semifinal contra el viejo rival inglés… Los tiempos de David Sole y Turnbull, de Finlay Calder, de John Jeffrey, de los lampiños Craig Chalmers y Stanger, del sabio Tukalo, el sobrio Scott Hastings, el totémico Gavin HastingsEste partido, grabado en VHS del viejo ScreenSports, lo vi cien veces al final de noches de cerveza y whisky, mientras miraba “roaches climb the wall”. Al final de las noches siempre está el desencanto (Onetti). Flor de Escocia, ¿cuándo veremos otra vez tu belleza?…





¿Usted no juega?

26 10 2009

El día que cumplí 40 años me cuidé mucho de celebrarlo. Para evitar cualquier tentación me largué a Londres, donde consideré que estaría a salvo porque esa es una ciudad en la que nadie conoce a nadie. Yo la crisis de los 40 la pasé a los 35, o un poco antes, no me acuerdo, y parece que aún me dura. Siempre fui algo precoz, igual que el pirata somalí. En general los síntomas coinciden, aunque con variaciones: en lugar de una moto de gran cilindrada o un deportivo descapotable, como suelen hacer los aficionados al Seagrams con Tónica Schwepps, yo me compré una bicicleta, una batería electrónica y una armónica con la que distraer las tardes. Por lo demás, el cuadro habitual. Empezaron a disgustarme los pelos de la espalda, consideré la posibilidad de atajar la infección seborréica del cutis con un tratamiento facial y me hice corredor aficionado de larga distancia, pensando en medios maratones y aun en maratones que reivindicaran mi condición de hombre-de-mediana-edad-en-el-mejor-momento-de-su-vida. Es decir, todo una conveniente ficción que enmascarase la realidad: el extravío, el desconcierto, el cansancio, la desesperanza, el hastío y la inminencia de la definitiva derrota.

En el mientras tanto, seguí jugando al rugby, confiado en que me mantendría ágil y despierto, inaccesible a la edad, inmortal, como me dijo un compañero el otro día. He pasado la barrera de los 40 en el campo. Pensaba que me sentiría orgulloso, pero ahora estoy confundido: me parece que he perdido el juicio y que me estoy equivocando de lugar. Como soy el opuesto de Shanti Andia, un hombre de inacción, he resuelto dejar pasar el tiempo sin tomar una decisión. En realidad, yo sigo a la espera de que el rugby me retire de un mal golpe, como viene anunciándome mi madre desde hace más de una década, o me envíe una señal definitiva, evidente, irrefutable, de que mi hora ha llegado. Mientras tanto, sustrayendo cada día mayor terreno a la realidad en favor de las utopías, sigo entrenando y jugando. Cada verano pienso que lo voy a dejar y luego viene septiembre y vuelvo al barrigazo. A ratos me pongo melancólico y mentalmente anoto lo que sería el arranque de una autobiografía apócrifa sobre mis días en el rugby. Diría así:

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el talonador Aureliano Ornat había de recordar el día en que Angelito el Carnicero jugó de pilar izquierdo a su lado, con 45 años, después de proclamar frente al espejo y en referencia a su imponente torso desnudo: ‘¡Menos mal que esta mañana me he puesto los músculos!”.

Soy el continuador de una saga de irredentos, por lo que parece. Pero tal vez la señal que temía llegó este sábado. Ahora juego las medias horas finales de los partidos, un periodo indeciso en el que puede estar todo hecho o todo por hacer. Durante los 50 minutos anteriores aguardo en la banda, armado hasta los dientes, con las medias a la rodilla, el protector en la boca y la chichonera calzada en la cabeza. Después, a la hora de salir, me quito la chichonera porque me parece que hay algo pusilánime, impropio, en protegerme la cabeza después de tantos años jugando a cerebro descubierto. Cuando se aproxima el descanso me marcho a corretear por el fondo del campo y empiezo a prepararme para lo que venga. Ahora que anda por ahí la máquina de entrenar melés he encontrado una notable diversión arrojándome cabeza abajo contra sus felices almohadillas. Lo hice el sábado, a modo de calentamiento individual, y fue un reencuentro emotivo, porque uno ha pasado atardeceres muy hermosos retozando con esa máquina por las praderas del Seminario, llevándola de acá para allá, de lado a lado del campo, entre bufidos, pedorretas, expectoraciones, gruñidos y gargajos, todo manifestaciones de un mutuo amor entre el hombre y la bestia. Moverla jaleado por los compañeros es como sacar en procesión a un Cristo del que se es devoto: una experiencia religiosa. Puro erotismo trascendental. Sexo deportivo. Si un jugador de rugby se hace alguna vez director de cine porno (lo cual no está lejos de ocurrir) la escena en la que un ejercito de doncellas atenienses son violentadas por 300 espartanos sobre una máquina de entrenar melés pasará a ser un clásico del género.

La máquina de entrenar melés es el mejor amigo de un primera línea, si exceptuamos a otro primera línea. Los dos (las máquinas y los primeras líneas) presentan muchas similitudes: ambos son artilugios primarios, de robusta sencillez y muy concreta fiabilidad. Sirven para lo que sirven y eso lo hacen bien, con simplificado orgullo. No le puedes pedir a un primera línea que dirija a un equipo ni a una máquina de entrenar melés que te lleve a Barcelona. Tan parecidos son que, en ciertas ocasiones, uno puede confundirlos: a un primera línea le pones un impermeable rojo y es igualito a una máquina tapada con la lona para que no se oxide. No estoy exagerando. De hecho, hay primeras líneas con menos sentido común que una  máquina de entrenar melés; no es extraño verles abrazados a ella, hablándole a las espumas recubiertas de lona contra las que se enfrentan. Uno puede confiar en una máquina de entrenar melés: sabe guardar los secretos, aguanta los empujones, permite que le babees las aristas y tiene más o menos la misma agilidad que nosotros. Para un primera línea, el entrenamiento con su máquina es suficiente: empentar, empentar, empentar, hacer papilla los hombros, agacharse un poco más, siempre un poco más, contracturar todo los músculos del cuello y sus inserciones, y si acaso de cuando en cuando completar una serie de flexiones y otra de abominables, con el fin de relajar o hacerles compañía a los muchachos de la línea. Correr no es importante. La resistencia se gana empujando, eso lo sabe cualquier hombre a partir de la pubertad. De la velocidad ni hablamos: no conviene echar una carrera hasta la línea de 22 contra la máquina de entrenar melés, porque podría ganarnos. A los primeros líneas nos incomoda el exhibicionismo atlético. Y las máquinas de entrenar melés se quedan frías si las embiste alguien de menos de cien kilos.

Con nosotros a su lado, las máquinas de entrenar melés se sienten queridas y apreciadas en su justa medida. Nos saben iguales a ellas: un capricho de la ingeniería. De hecho, en las primeras líneas se han observado homínidos que asombrarían a la Ciencia y se pueden considerar auténticas maravillas de la evolución. Durante algún tiempo tuvimos en nuestro equipo a un primera línea rumano de al menos 160 kilos, de los que no menos de 35 serían cabeza. Hasta que no aprendió sus primeras palabras en español algunos no tuvimos claro que no estuviéramos alineando a un buey. Cuando le preguntábamos, nuestro astuto presidente se encogía de hombros y por toda explicación agitaba el documento con el transfer internacional. El tipo podía ser un rumiante, venía a decirnos, pero no un indocumentado. Por suerte, en la plantilla tenemos varios estudiantes de Veterinaria y les bastó observar (muy de reojo y con sumo cuidado) los órganos reproductores del especimen para concluir que al menos un Hereford no era. Momento en que el entrenador maldijo su escasa fortuna, porque ya se frotaba las manos pensando en explotarlo como semental en su granja. No falta quien sostiene que lo intentó, de todos modos. Observado de cerca, el muchacho tenía un corazón muy humano, formación en Teología, una amante enamorada que le guardaba la ausencia y la dignidad intacta en la distancia del exilio. Aun así, temíamos seriamente que se nos lesionara de gravedad. Primero porque en los partidos uno podía entregarle la pelota sabiendo que avanzaría docena y media de metros con varios saltimbanquis del equipo contrario colgados del cuello. Segundo, y sobre todo, porque si se rompía alguna articulación y quedaba inservible, nadie estaba seguro de dónde había instalado el Ayuntamiento el Punto Limpio más próximo. Ni cómo trasladarlo hasta allí.

A lo que iba: el hombre y la máquina… El caso es que, después de una buena serie colisiones contra el animal de hierro y espuma, me sentí preparado para acometer la media hora precisa de juego. Sintiéndome cálido y maleable, me dije: es hora de estirar para que esos músculos cuyos nombres ignoramos se presenten bien lozanos en la pasarela del campo. Hay un prestigio que defender.  Y, sentado sobre mis talones, en actitud de meditación trascendental, tensé los muslos y otras zonas blandas para retirarles varios años de encima. Cuando ya empezaba a sentirme joven, capaz de mezclarme entre los adolescentes que anticipan el relevo generacional, listo para enfrentar la caza del veterano que cualquier equipo desea practicar cuando tiene muy visto a un tipo concreto del rival, justo en ese momento en el que verdaderamente quería parecerme que nada había cambiado, que yo seguía siendo el mismo de las últimas dos décadas, que jamás estuve mejor, ni más en forma, y que en verdad soy un-talonador-de-mediana-edad-en-el-mejor-momento-de-su-vida, un Peter Pan del oval, un Connor McCleod del rugby… justo entonces pasó a mi lado un chavalín, me miró y, sin detenerse un momento, me preguntó: “Oiga, ¿usted no juega?”. Y mientras yo caía muerto sobre el césped, él se fue caminando hacia el otro lado del campo.