Donald sofoca la revolución francesa

24 10 2011

Richie McCaw, con la copa Webb Ellis en sus manos, saluda al estadio de cuatro millones que ha sido Nueva Zelanda y que ayer, una vez más, encarnó Eden Park, la casa de los títulos para los All Blacks.

Un cuarto de siglo más tarde, el balón oval ha completado una trayectoria elíptica y las profecías confluyen en el mismo lugar, con los mismos actores: Auckland, el escenario que llaman Eden Park, Nueva Zelanda campeona, Francia perdedora. Como en 1987, sí, pero de otro modo. Aquello fue un 29-9 . En aquel equipo de Francia jugaban Berbizier, Camberabero, Ondarts, Lagisquette, Sella, Mesnel, Blanco… Bastan esos nombres para definir su estatura. Uno no está seguro de que muchos de los jugadores del equipo subcampeón de ayer puedan aguantar un tète-a-tète con el recuerdo que provocan aquéllos. Y sin embargo, fue un 8-7, el resultado más bajo y más ajustado de una final. La impresionante resolución del último partido demuestra que, por más que los All Blacks sean el equipo número 1 del mundo, ni son infalibles ni pueden exhibir una superioridad irrefutable sobre el resto. Y menos que nadie, sobre Francia, que los ha echado de dos mundiales y les ha ganado hasta dos veces en su territorio. Si no lo hizo una tercera fue por poco. Por el margen de un solo punto, que en el rugby es nada, apenas nada. Pero, al mismo tiempo y en el contexto de una final, lo es todo. Los All Blacks son campeones del mundo, otra vez. Ha sido merecido, considerado globalmente. No tanto por lo que se refiere a la final. Pero no ha resultado sencillo. Ni por el camino ni por el tipo de resistencia que le presentó Francia en el choque definitivo. A los All Blacks les han hecho falta 24 años, otra final, varios episodios de realismo brutal a manos de diferentes equipos franceses, seis semanas de competición y cuatro medios de apertura… Y en este último detalle reside la historia alternativa -que suele resultar la más interesante y reveladora- de este título.

La historia de los aperturas, esa maldición persistente del número 10 de los All Blacks, sirve para explicar no sólo las circunstancias, sino ante todo el nervio esencial que los kiwis han necesitado para sobreponerse a la asfixiante presión que los ha sitiado en las últimas semanas (tanto como decir en los últimos años). Esa fuerza interior les permitió sostener el título en sus manos aun cuando por juego estuvieran muy, pero muy cerca de perderlo. Francia hizo todo lo necesario para ganarles, excepto los puntos. Conviene no perder de vista esa precisión. Los partidos, y más un partido superlativo como éste, siempre pueden mirarse desde variados puntos de vista. Ninguno es falso. Si aludimos al juego, Francia supo hacer lo correcto y animar una revolución que los All Blacks apenas acertaron a sofocar. El partido trataba del ritmo, del ritmo de Nueva Zelanda, de su capacidad para exigirle al rival una respuesta física colosal, martillando con su acostumbrada constancia de balones jugados en campo abierto, percusión, fiereza en los reagrupamientos y persecución de patadas que buscan más una invasión activa del territorio que la simple geoestrategia. No lograron imponerlo. A los All Blacks no les gusta jugar patadas largas a la touch para ganar metros. En su aproximación al juego, ese es un concepto antiguo, superado. Prefieren patadas altas y poco profundas en las que puedan luchar por la recuperación, golpear al contrario y comprometer su resistencia. Les va la carga. Contra eso, Francia tenía la capacidad de jugar estratégicamente con el pie. Construir posiciones en el campo con varias fases de delantera (y qué delantera, y qué tercera…) y después dejarles a Yachvili y Parra la decisión de dirigir a su equipo a zonas interesantes. Así que, cuando a los apenas diez minutos de partido los kiwis empezaron a no ver claras las puertas hacia el ataque y Piri Weepu resolvió largar un balonazo raso a la espalda de la defensa buscando la esquina de la touch, uno supo que los All Blacks lo iban a pasar mal. Y así fue.

Rougerie lidera una carga francesa, apenas contenida por el placaje de Tony Woodcock, en uno de los movimientos ofensivos de Francia que culminarían en el ensayo de Dusautoir: los franceses sacaron orgullo y rugby, su gran partido de cada torneo fue el de la final.

Al menos, consiguieron que Francia no hiciese valer de manera definitiva sus muchas virtudes. Puede que nos dejemos llevar por la lastimosa impresión de Francia a lo largo del torneo para defender que les basta una derrota tan honrosa como ésta frente a Nueva Zelanda. Es una equivocación, no es así. Francia quiere y puede ser campeona del mundo de rugby. No hablamos de ningún underdog que juegue con hándicaps de compensación: es una de las naciones más grandes de este deporte y un vector fundamental en la historia y el desarrollo del juego. Frente a la muralla gala, los All Blacks ensayaron con un peel-off, jugada de libro de cualquier catón en los saques de touch: balón al segundo saltador, muy alejado hacia la línea de 15 metros; hueco abierto en el medio del alineamiento por el desplazamiento de la defensa y palmeo del saltador para un pilar (en este caso Tony Woodcock) que rompe por el medio de ese butrón. Naturalmente esa es la teoría. En la práctica, la defensa se recoloca en la fila y cierra el agujero. Pero Francia, sorprendentemente, no lo hizo. Y Woodcock entró en el ensayo como un duque poco probable, abriendo el marcador con cinco puntos que aliviaban tensiones. Pocas, porque enseguida quedó claro que Piri Weepu, el influyente medio de melé de los kiwis, había caído presa de su exceso de motivación, perceptible en su dirección de la haka y en la contumacia de las equivocaciones en sus tiros a palos. Para el descanso, Weepu pedía a gritos la sustitución. Henry aguantó, sabiendo que tal vez Ellis no era la respuesta. Porque no lo era. Pero cuando Weepu largó fuera del campo un reinicio de bote pronto, no hubo más remedio que sacarlo del terreno de juego. A esas horas ya había cometido un error incomprensible al jugar con el pie, fuera de toda ortodoxia, un balón rebotado en un ruck. Balón que quedó suelto a la espalda de los delanteros negros, que persiguieron los franceses con ánimo insaciable, que les permitió generar un contraataque frenado con aprensión creciente por Nueva Zelanda. Y que, unas pocas fases después, culminaría una jugada muy bien hilada con la escapada de Thierry Dusautoir, su ingreso en la zona de marca y el ensayo.

A esas horas, el sudor de Nueva Zelanda entera era helado. Habían ocurrido tantas cosas y tan importantes que contarlas necesitaría de varios tomos. Morgan Parra tuvo que dejar el campo después de pasar la primera parte recibiendo golpetazos en la cara, como si los All Blacks le hubieran puesto precio a su cabeza. Un rodillazo a la vuelta de un ruck dejó sonado al apertura francés. Un rato más tarde, mientras su condición se agravaba con nuevas contusiones, hubo de entrar Trihn-Duc, el indeseado (por Liévremont). Parra salió entre lágrimas y severamente magullado, como si viniera de librar un combate contra George Foreman en una habitación cerrada. Enfrente, Cruden se había cascado la rodilla en un apoyo infortunado. Entró Donald: su misión, acompasar el juego y abrir caminos. No los había. Por afuera, ni Cory Jane ni Kahui entraban en juego con espacio. Nonu percutía con su decisión de bisonte, pero sin obtener ventajas significativas ni lograr que su equipo jugara continuidades a la espalda de la defensa gala. Israel Dagg, al fondo, tampo veía campo abierto… Francia había logrado detener casi desde el inicio la marea negra y la conversión de Yachvili del ensayo de Titi Dusautoir dejaba más de media hora por jugar con un margen delgadísimo de un punto. Weepu había errado varios golpes concedidos por el árbitro Craig Joubert por hudimientos franceses, algunos opinables. En los rucks nada era verdad ni mentira: los hombres entraban por tantas puertas como fuera posible -aunque sólo una, la de atrás, sea la legal-, los tacos buscaban la carne de los caídos, unos empujaban en diagonal, otros hacia arriba… McCaw elevaba al delirio su naturaleza de hombre mutante en la vida subterránea, Harinodorquy extendía su leyenda con una combatividad a prueba de batallas y Dusautoir, en fin, dejaba su impronta de gran hombre para los partidos más grandes, con una sesión de placaje, inteligencia, estrategia y finura digna de toda memoria. Era un partido para verlo a cámara lenta, con toda su crudeza, toda la tensión y toda la brutalidad dignas de la ocasión. Pero no había tiempo. Todo ocurría con fascinante velocidad, de manera salvajemente irrefrenable.

Stephen Donald, felicitado por sus compañeros en el podio de los vencedores. El cuarto medio de apertura en la línea de sucesión de los All Blacks fue el improbable héroe de la final, con un golpe anotado que marcaría, al final, la diferencia entre el triunfo y la derrota.

El giro copernicano que convierte toda esta narración en la posibilidad de una leyenda, y el mínimo detalle que resolvió este apasionante thriller, resultó espectacular, visto con la debida perspectiva. Arranca del verano boreal de 2010, cuando Nueva Zelanda y Australia se jugaron la Bledisloe Cup en un partido llevado a Hong Kong, en medio de la política de expansión del rugby en Asia que tiene de fondo la candidatura de Japón a la organización de una Copa del Mundo. Aquel encuentro, ganado por los wallabies, se cobró una víctima: el medio de apertura elegido por Graham Henry para relevar a Dan Carter. Su nombre, Stephen Donald. Un golpe de castigo errado y una gravísima equivocación, al no patear a touch una patada a seguir de los australianos y propiciar el definitivo ensayo aussie, resultaron en la derrota de los kiwis. Otra vez se habló de los fantasmas que visten de azul: de la semifinal del 99, de los cuartos de final en Cardiff hace cuatro años. Siempre de Francia. Ayer de respetuoso blanco. Y siempre la sospecha de incapacidad de los All Blacks para jugar otros partidos que no sean su partido preferido. Al regreso de Hong Kong, los cuchillos brillaron en la prensa y la mayoría llevaban un nombre escrito en el filo: Stephen Donald. “Me duele volver a decirlo, pero Stephen Donald no tiene el nivel suficiente para ser un All Black”, escribió el ex Richard Loe en su columna del NZ Herald on Sunday. Sean Fitzpatrick, otro pope de la generación del 87 y posteriores, remachó al apertura a martillazos.

Cuando durante el cruce de cuartos se produjo la lesión de Colin Slade que puso en primera línea a Aaron Cruden, Graham Henry resolvió tirar de nuevo del apestado Stephen Donald para completar su banquillo. Pero Donald estaba de vacaciones. Pescando. Mirando los partidos por televisión, si acaso. Sonó su teléfono y, en varias ocasiones, no lo atendió. Tuvo que ser su compañero en los Chiefs, Mils Muliaina, el que a través de un mensaje de texto le pidiese que respondiera el móvil. Se incorporó al campamento y, dos semanas después, la lesión de Cruden lo puso en el campo en la final: era su debut en una Copa del Mundo. Como mirarse en la pantalla del televisor y descubrir de repente que estás dentro de ella. En el minuto 46, Donald tuvo que disparar a palos un golpe de castigo que, a la postre, sería el que decidió la final. “Hacía un mes que no pateaba una pelota a palos… No sabía ni si era capaz de hacerlo”, diría luego Stephen Donald. Lo hizo. Y la pelota tomó un vuelo dubitativo, que primero se abrió hacia la izquierda de los palos para luego cerrarse hacia dentro. Pasó pegada al palo izquierdo, pero pasó. Y esos tres puntos, defendidos con más cuerpo que rugby después, hicieron campeona a Nueva Zelanda.

No cupo un guión más enrevesado. El Mundial dejó un último gran partido, con un marcador bajo, mínimo, pero que vino a encarnar una feroz competencia por el trofeo que levantaría Richie McCaw. Más allá de lo obvio, la culminación de lo que sin duda puede considerarse una redención colectiva de proporciones incalculables: la de Donald, para empezar. La del equipo de Francia, por fin digno de su incomensurable calidad, de su tradición: si no por el estilo, sí al menos por la entereza y el arrojo. Desde luego y por fin, la de los All Blacks, campeones tras un drama de intensidad apenas soportable, que duró 80 larguísimos minutos. Apenas hora y media que, en realidad, era un cuarto de siglo.

Nueva Zelanda, 8
Ensayo: Tony Woodcock
Golpe de castigo: Stephen Donald

Francia, 7
Ensayo: Thierry Dusautoir
Transformación: Dimitri Yachvili

Vídeo-resumen de la final





O’Connor invita a otra ronda

9 10 2011

Si uno fuera talonador y tuviera que jugarse la vida en un lanzamiento de touch, sin duda de entre todos los especialistas del mundo elegiría que el saltador fuera el sudafricano Victor Matfield, gobernador de los pasillos durante el último quinquenio. Qué tremenda paradoja que los Springboks, que habían dominado esa suerte del juego -entre otras muchas- durante su partido con Australia, acabaran derrotados por un grave error de Rossouw en un lineout de los Wallabies. Radike Samo, el ocho amarillo, saltó por delante de Matfield, que apenas pudo apoyarse en sus hombros por detrás. Rossouw fue mucho más lejos: agarró la pierna del saltador australiano cuando estaba en lo alto y tiró de él hacia abajo. Un golpe de castigo de libro que, sin embargo, no vio el árbitro. Pero sí el juez de línea, que lo denunció: golpe para O’Connor. Y con el marcador en 8-9 para los Boks, el chico maravilla de Australia sacó a su equipo del precipicio con una patada segura (lo que no ha dejado de ser noticia, aquí y allá, en toda la Copa del Mundo) y resolvió la derrota de Sudáfrica a siete minutos del final.

Morne Steyn y Gianni du Plessis observan la patada decisiva del 'Golden Boy' James O'Connor, en el golpe de castigo que ganó el partido y la semifinal para Australia.

El partido fue tan industrioso, tan pródigo en errores y giros irrazonables de la suerte que cuesta relatarlo. El marcador contribuyó a la extrañeza que resulta cada vez más propia del rugby, que va convirtiéndose en un juego mucho más imprevisible de lo que nunca fue, con resultados que no siempre dicen la verdad acerca del juego, más allá de la incontestable afirmación que son las cifras. Y por las cifras hay que hablar únicamente de las que hacen el marcador, porque el resto de estadísticas cuentan sólo verdades parciales: por ejemplo, que Sudáfrica llegó a tener nada menos que un 80% de dominio territorial durante el partido. Para un equipo cuya preferencia suele ser esperar, un escenario como ese subraya la línea tan sinuosa que siguieron los hechos hasta el marcador final. Que jugó un partido extraordinario en las fases estáticas, y en particular en la touche: no sólo ganó las suyas, sino que robó unas cuantas del rival. Y, sin embargo, fue una equivocación en ese apartado la que sacó del Mundial al equipo de Peter de Villiers. El final del reinado de los Springboks, la despedida de Peter de Villiers, su entrenador, que admitió después que su ciclo había terminado.

Sobre el campo hubo mucha cacharrería, interrupciones, descomunal fiereza en los rucks y carne cruda como ropa tendida, en un montaje que rehuyó cualquier atisbo de esteticismo. Uno de esos partidos en los que uno sólo se puede reír al final, si es que ha ganado, porque el camino no deja un solo instante de diversión. Y en el que la vida (los Wallabies pueden jurarlo) depende de placajes sobre el borde del acantilado, infracciones inadvertidas para el árbitro (como esa mano australiana que retabilló en el suelo un balón ilegal, negando la continuidad del avance lanzado por el ayer insaciable Schalk Burger) o capitalizaciones de los errores ajenos. Los Boks cometieron uno en el minuto 10 en un lugar de alto riesgo, su propia zona de 22, y lo pagaron encajando un ensayo de otro de los pocos destacados de la batalla, el segunda australiano Horwill. Fue, para completar la teoría de que los héroes también se disparan en el pie, una pérdida de Burger en el contacto, balón que quedó suelto y levantó McCabe para Horwill, al que le bastó la ranura abierta por la desordenada defensa verde para bajar el cuerpo, cargar a dos metros de la línea de ensayo y posar el 0-5. O’Connor erró la conversión, pero desharía el nudo seis minutos después, al pasar entre los palos un golpe de castigo.

A esas alturas, el resultado de 0-8 ya no tenía nada que ver con la dinámica del juego. Casi todo estaba claro: los dos medios de Australia, Genia y Quade Cooper, andaban perdidos. Jamás encontraron la dirección para ellos ni, desde luego, para el resto de sus compañeros. Dicho de manera directa: jugaron un partido lastimoso. Los australianos ganaban a partir de la defensa y con el acierto mínimo en las concesiones del rival. Ahora, su ratio de trabajo fue monumental… y eso también merece consideración. El aguante se lo hicieron Horwill con el ensayo y su oscuro trabajo en los agrupamientos y placajes y, sobre todo, David Pocock, el tercera wallaby, absolutamente fantástico desde su puesto de flanker: su ejercicio de placaje fue de impresión, recuperó balones en los breakdowns y cargó por el medio cuando la situación lo requería. Aquí sí que los números revelan la corriente subterránea del partido: Pocock hizo 26 placajes; Horwill y Rocky Elsom agregaron 22 por cabeza.

Get off my land!!!! O'Connor y Rocky Elsom sacan del campo por las bravas al 8 de Sudáfrica, Pierre Spies, en una de las muchas cargas de los Boks detenida con lucha y valentía por los Wallabies.

Muchos de ellos fueron contra De Villiers, Fourie y Burger, colosal sobre todo a partir de la desafortunada lesión de una de las columnas de base de la delantera verde, Danny Brüssow. Morne Steyn les dio a los suyos algo de lo que agarrarse antes del descanso, al convertir un golpe de castigo. Una estadística refleja lo que había costado esa mínima gloria: habían pasado 39 minutos, y jamás en la historia de la Copa del Mundo le había costado tanto a los sudafricanos subir sus primeros puntos al marcador. En el intermedio, el diagnóstico de ambos equipos era severo: los australianos no habían podido empezar a jugar, ni sabrían cómo hacerlo; Sudáfrica ponía todo excepto algo de fantasía, una mínima dosis de creatividad para batir al contrario. Para hacer tres puntos se había dado una paliza terrible… era como extraer carbón de la mina con cuchara y tenedor. Son tentativas más bien desesperadas de explicar un encuentro muy retorcido, con más hematomas en los cuerpos que puntos en el marcador.

Lo demás (un larguísimo segundo tiempo, bien para comerse las uñas o para volverse a la cama si uno no es un iniciado en el juego) se explica sólo por las mínimas anotaciones en la ficha del encuentro: Steyn recortó a 6-8 con otro golpe de castigo en el minuto 55. Los Springboks estaban llamando a las puertas del castillo. Cinco más tarde, el propio Steyn, con ese pie incorrupto suyo, agregó otros tres tantos en un drop: 9-8, un resultado de otro siglo, y todavía más en un partido entre rivales del Hemisferio Sur, donde a veces los marcadores se mueven con velocidad de partido de baloncesto. Lambie, el jovencísimo zaguero de los Boks, vio desautorizado un ensayo por un pase adelantado previo, bien visto por el árbitro. Y así, los últimos 20 minutos constituyeron una agonía interminable para los dos lados. Entró el añorado Bismarck du Plessis, que dejó algunas exhibiciones de su desaforada potencia y forzó todavía más a la herida primera línea australiana. También ingresó Hougaard para quebrar la amalgama defensiva de los Wallabies. Se fue del campo Bryan Habana. O ese jugador que se parecía al antes irrefrenable Habana. Y el partido inevitablemente se abrió porque ninguno de los dos podía sujetarse de esa mínima diferencia, fuera por arriba o por abajo.

En la consiguiente desesperación, extraviadas ya todas las precauciones para casos así, Rossouw cometió el exceso contado arriba y James O’Connor puso los tres puntos que decidieron su pase a la semifinal. El muchacho que empezó la Copa del Mundo apestado y en el banquillo, por bajarse unas cuantas pintas de más una noche y no acudir a una presentación del equipo con sus patrocinadores a la mañana siguiente, formidable jugador con un futuro incalculable por delante, ese chico agarró el balón del que tanto se ha hablado, los balones desinflados, ligeros, de vuelo errático que tanto han molestado a Jonny Wilkinson… le metió todo el pie y el oval cruzó el aire en diagonal, con una trayectoria perfecta de misil militar o de control remoto, y cruzó los palos por el centro de la H, como una centella. Así que a la siguiente ronda de Foster’s o Victoria Bitter invita O’Connor: Booze’s on me t’nite, fellas!!!! Y a las semifinales de este Mundial. La cuarta victoria consecutiva de los australianos en sus tests contra Sudáfrica. Fin del gobierno de los Springboks. Y la nítida sensación de que el rugby está cambiando: empieza a ser un deporte de comportamientos tan imprevisibles como la pelota con la que se juega. ¿Eso nos gusta? A estas horas todavía no sabemos que pensar… Después de tantos años sujetos al dictado de la lógica, esta ilógica un poco futbolística nos hace suspicaces.

Sudáfrica, 9
Golpes de castigo: Morne Steyn (2)
Drops: Morne Steyn

Australia, 11
Ensayos: James Horwill
Golpes de castigo: James O’Connor (2)

Vídeo-resumen del partido





C’est la France…

8 10 2011

Cualquiera de los que pensamos cinco minutos acerca del partido entre Inglaterra y Francia, antes de que se jugara, consideramos los antecedentes de los dos equipos, su camino hasta los cuartos de final y la multitud de señales emitidas en estas últimas semanas. Anticipar un pronóstico significaba tirar un disparo al aire: todos los signos eran contradictorios. Inglaterra había ganado sin ningún elemento de convicción en su rugby, salvo las apariciones individuales de Cueto, Ashton, Tuilagi o Wilkinson. Y Francia… bueno, Francia lleva tiempo negando un día sí y otro también cualquier conciliación entre la evidente calidad de sus jugadores, su inmenso potencial como equipo y la acumulación de tensiones alrededor del entrenador Lievremont y su plantilla. A veces los grandes equipos pueden sobreponerse a todos esos rigores íntimos, pero es que además Francia no había podido: durante la primera fase ganó con palidez dos de sus partidos, no presentó ninguna batalla real a los All Blacks y, para finalizar, despidió el grupo con una deshonrosa silbatina de su gente tras perder con Tonga. Ahora es sencillo decir que Inglaterra también había avisado del vuelo cortísimo que le aguardaba en el Mundial. Hay un razonamiento para eso: escapó vivo contra Argentina y Escocia, partidos que seguramente nunca debió ganar. Pero Francia tiene más pólvora que los Pumas y los escoceses. Tiene jugadores que pueden golpear, que hacen daño en carrera, que ganan líneas, que rompen defensas y acaban. Sí, todo eso es verdad. Pero ninguno de los comentaristas que consulté en los prolegómenos del encuentro (gente como Dallaglio, Frans Pienaar o Sean Fitzpatrick en la televisión inglesa, o el recordado Diego Domínguez en la italiana…) ninguno manifestó ninguna confianza en que Francia fuera a convertir todos esos problemas que la venían acosando en munición para el choque con Inglaterra. Yo mismo fui consultado levemente desde el otro lado del planeta por un amigo y, a pesar de la aprensión que me daba arriesgarme, también insistí: “Inglaterra tiene finalizadores y puntos con el pie: con eso le debería valer. Salvo que los franceses descorchen el champagne de forma inopinada… pero creo que esta vez se lo han dejado en casa”.

Yachvili ondea la bandera de Francia, victoriosa contra el viejo enemigo inglés: los galos no le dieron opción al equipo de Martin Johnson y se fabricaron una victoria con la forma de la redención.

Y bien… Todos equivocados, porque Francia lo hizo de nuevo. Siempre puede ocurrir. De hecho, ocurre con una frecuencia en cierto modo molesta, porque la repetición de un tópico siempre resulta algo fastidioso. Francia descorchó la botella, espumeó su rugby durante un buen rato y, sin alardes excesivos, pero con ese relativo flair que todavía la puede adornar, sacó del partido y del Mundial a Inglaterra en media hora: en ese tiempo, Yachvili anotó dos golpes de castigo (la vieja historia de siempre con Inglaterra, su cacareada indisciplina en los agrupamientos), antes de que Vincent Clercq y Maxime Medard, dos de los genios dormidos del equipo francés, posaran dos ensayos que dejaron al equipo de Martin Johnson mirando a Londres (0-16). Si los agentes de su Majestad no habían hecho las compras familiares, les tocará hacerlas en el aeropuerto de vuelta a casa. Por más que intentaron un largo regreso durante la segunda mitad (ensayo de Ben Foden, en una de sus escasísimas apariciones ofensivas en este Mundial, y otro de Cueto cuando ya no había tiempo para nada), Francia no tuvo gran problema en sujetar la victoria. Tiene oficio y jugadores para hacerlo. Lo expresó el narrador de ITV con una de esas frases que describió el control del tiempo y del partido que, en la fase definitiva del choque, estaban ejerciendo los azules: “Los jugadores de Francia se están comportando ya como el personal de un restaurante de París: no se dan ninguna prisa en venir a tu mesa”. Ahora, cuando van merece la pena. El postre lo sirvió Trihn-Duc, recuperado durante la segunda mitad en el puesto de un Yachvili fallón con el pie. El medio apertura represaliado por Lievremont después del primer encuentro de la Copa del Mundo cruzó entre los palos un drop que pasó los postes con el sonido sordo de un clavo que cierra el cajón del muerto. Una vez establecida su ventaja de la primera parte, Francia ya no había enseñado gran cosa, pero sí la suficiente compostura para contener el confuso ataque inglés. La melé se le oscureció también a los chicos de Martin Johnson y tanto Dan Cole como Stephen Thompson pasaron una mala tarde en brazos de ese cinco implacable que pueden llegar a conformar Servat, Poux, Mas, Pape y Nallet.

What time is it in London? Martin Johnson consulta su reloj durante el partido contra Francia, para descubrir que es la hora de volver a casa. Una escasa Inglaterra en la fase de grupos se quedó definitivamente seca y eliminada contra Francia.

Ahora, el partido le perteneció de principio a fin al incombustible Imanol Harinordoqy. Instalado en el puesto de ocho, el Vasco ofreció una de sus ya clásicas exhibiciones de racial juego de tercera línea frente a los ingleses, el enemigo que más detesta. Lo secundaron Bonnaire, poderoso allá donde apareció, y el siempre fiable Dusatoir. Enfrente, Inglaterra opuso poco. Nick Easter había aparecido en el fondo de la delantera inglesa para ponerle experiencia y oficio a la línea, pero no hubo más remedio que echar de menos a Haskell ahí atrás. Para cuando apareció sobre el campo, a Inglaterra le quedaban pocas esperanzas. Si tuvo alguna, consistió en una elevación del ritmo de juego que no logró nunca, salvo en el ensayo de Foden. Subir el diapasón, reciclar balones veloces y mover a los franceses llevando la pelota a las esquinas, donde siempre aguardan hambrientos Ashton y Cueto. Pero justo cuando Ben Youngs advirtió esa necesidad y la puso en práctica para el primer ensayo inglés, con un cuarto de hora de vida por delante, Martin Johnson decidió relevarlo por Wigglesworth. No es que Youngs hubiera podido cambiar la suerte del choque, que estaba tácitamente resuelto desde la primera media hora, pero el cambio aportó entre poco o nada y la Rosa se fue desolando entre los viciosos dedos franceses. La victoria tiene todo el aire de las revanchas: contra el entorno, contra las críticas, una suerte de redención que lleva a Francia a semifinales, ronda de la que fue apartada en la última RWC por, precisamente, los ingleses. Ahora espera Gales, con su rugby límpido; Warren Gatland no es un entrenador que se deje llevar por falsas confianzas. Francia siempre guarda una última advertencia y una palabra final. Inglaterra deja el Mundial con pena y gloria. Y la Copa del Mundo despide a uno de los grandes protagonistas de su historia, Jonny Wilkinson, autor de episodios para la memoria antes de este agrio epílogo que el número 10 ha tenido en Nueva Zelanda. Y, con toda lógica, seguramente será también el último día de Martin Johnson: el hombre que nunca sonrió y cuyo equipo de rugby casi nunca hizo sonreír. C’est la vie… C’est la France.

Inglaterra, 12
Ensayos: Ben Foden, Mark Cueto
Conversiones: Jonny Wilkinson

Francia, 19
Ensayos: Vincent Clercq, Maxime Medard
Golpes de castigo: Dmitri Yachvili (2)
Drop: François Trihn-Duc

Vídeo-resumen del partido





Gales, rugby de alta escuela

8 10 2011

Lo que Italia o Australia no consiguieron hacer en 80 minutos (meterle un ensayo a Irlanda) lo hizo Gales en apenas dos. Posó Shane Williams en la esquina, pero en esos 120 segundos Gales expuso toda la esencia de su actual rugby: la acción se inició con una captura fantástica de Jamie Roberts, tras uno de esos pelotazos verticales al cielo que aquí conocemos como up-and-under, pero que los celtas siempre llamaron garryowen, en honor al club que lo popularizó: el Garryowen Football Club. Roberts, uno de los hombres del partido como preveíamos, lanzó la carga (lo hizo tantas y tantas veces…), y sobre esa base Gales acumuló fase tras fase con sus delanteros, aseguró la posesión en cada contacto, recicló con limpieza y a la velocidad deseada, relanzó, jugó, ganó metros con una sensación de inevitabilidad que sorprendió a los mismos irlandeses. Conquistada la 22 rival, su medio de melé, Mike Phillips, soltó a los perros: dos cargas sucesivas de Warburton y Faletau detuvieron los irlandeses a apenas un metro de su línea de marca. En la siguiente, con el incomensurable Halfpenny incorporado para la puntilla, el bailarín Shane Williams acabó ensayando junto a la bandera. El árbitro llamó al juez de televisión para preguntarle si pudo haber tocado con su pie la raya de banda o la bandera… No había caso: lo único que logró con esa consulta fue darle al TMO la generosa posibilidad de ver repetido varias veces un ensayo construido de manera maravillosa por el joven equipo galés.

Los galeses, frente al mundo: un equipo con clase, que está en semifinales y contra el que parece difícil apostar si sostiene el nivel de juego que ha construido en estas semanas y que reventó ayer.

Irlanda respondió con la determinación con la que, en la fase de grupos, había volteado el Mundial ganándole a Australia. Con la que se devoró cruda a la potentísima melé italiana. Irlanda encerró durante la primera mitad a los Dragones en los alrededores de sus palos. Irlanda empujó con todo lo que tenía. Irlanda acumuló hasta el descanso un 65% de dominio territorial y un 57% de la posesión de la pelota. Irlanda desestimó un par de golpes a palos para jugar pateando a touch y tratar de imponer después su captura arriba (intratable en esa fase del juego) y el empuje posterior. Pero no lo logró: nada menos que el mismo Shane Williams contuvo al demoledor O’Brien sobre la línea para evitar su ensayo, en una de esas jugadas. Irlanda no lo iba a lograr. Gales fue un equipo completo con todas las de la ley. En ese periodo defendió atrás con una fiereza descomunal, contuvo todas las acometidas, interrumpió el juego irlandés, recolocó su defensa de la línea veloz e inteligentemente en cada uno de los relanzamientos verdes y cerró así cualquier posibilidad de acceso. Warburton, Faletau, Lydiate, Adam Jones (qué día tan duro le dio el Oso galés al magnífico Cian Healy, su opuesto en la melé), los centros Jonathan Davis y Jamie Roberts, y al fondo Halfpenny, magnífico de zaguero, impetuoso en las salidas desde atrás, durísimo en el contacto y profundo con la pelota. Al final, O’Gara redujo el margen con un golpe de castigo frente a los palos. Y el mismo Halfpenny volvió a alargarlo antes del intermedio (10-3).

Mike Phillips se lanza a por el ensayo que tumbó definitivamente a los irlandeses, después de rajar el lado cerrado con una acción inesperada.

Gales es un equipo con clase y con un rigor táctico notable. Todo lo ejecutó bien con la mano. Cada movimiento de ataque desvelaba la insultante seguridad, la confianza de un grupo que se sabe bueno, capaz de ir hasta el último día en esta Copa del Mundo. Irlanda largó todo lo que tenía en el arranque de la segunda mitad y posó un ensayo de Keith Earls en la única desatención defensiva de los galeses. Fue un ensayo raro, porque la pelota salió desordenada en un relanzamiento del medio de melé Murray. Botó a la espalda del esperado receptor y se quedó sin dueño en la 22 de Gales. La recuperó el ala Tommy Bowe, continuó para Keith Earls y, frente al desesperado último placaje de Phillips, Earls se deslizo sobre la hierba para dejar la marca en la esquina. O’Gara transformó y el partido se igualó (10-10). Por poco tiempo. Los equipos superiores hacen con relativa naturalidad lo que los inferiores se ganan a base de esfuerzo, sudor y sangre. A Irlanda le había costado 50 minutos traspasar la línea de marca galesa. A Gales le tomó sólo cinco más contestar: en una jugada de medio de melé clásico, el muy poco clásico Phillips levantó un balón de los pies de un ruck, sobre el flanco izquierdo de la 22 irlandesa, y se coló por el lado cerrado frente a la estupefacción general. Para asegurar su ensayo contra el placaje y su previsible toque sobre la línea o la bandera de la esquina, Phillips se lanzó para posar en una hermosísima plancha, y entró al ingoal limpiamente, como entran en el agua los saltadores de trampolín perfectos cuando largan un picado de esos que levantan los dieces en el cartelón de los jueces.

Sin perder ya jamás el control de las operaciones, obligando a Declan Kidney a probar toda la combinatoria que le permite su plantilla (Sexton enseguida por O’Gara, que ahora echaba de menos esos dos o tres golpes que no quiso tirar a palos en la primera mitad), Gales aumentó su ventaja con otro ensayo de Jamie Roberts (22-10 en el minuto 64′) y aún pudo elevar la renta si Priestland (en otro partidazo, auténtico director de la joven orquesta galesa) no hubiera pegado dos veces a los postes en dos tentativas a palos. Poco importaban, como supo Irlanda, los detalles estadísticos. Aún con poco balón, aún con el partido equilibrado, Gales siempre repartió una nítida sensación de superioridad. Con ella se va a las semifinales, en este territorio neozelandés que puede considerar proclive: también en el Mundial de 1987 llegó a esa altura. Irlanda despidió con sabor amargo a un equipo memorable, una generación para la historia, que no pudo completar el iluminado camino que se abrió ante ellos después de ganar su grupo en la primera fase. Para los números, O’Gara dejó su golpe de castigo número 200 en el día de la despedida. Para el adiós, el capitán Brian O’Driscoll cedió un momento de sincero reconocimiento para el equipo que llega: “Fueron mejores, ganaron y se merecen estar en semifinales. Les deseo buena suerte”. La prolífica escuela galesa saluda a sus últimas maravillas…

Gales, 22
Ensayos: Shane Williams, Mike Phillips, Jamie Roberts
Conversiones: Jason Priestland (2)
Golpes de castigo: Leigh Halfpenny

Irlanda, 10
Ensayos: Keith Earls
Cons: Ronan O’Gara
Golpes: Ronan O’Gara

Vídeo resumen del partido





¡Soy un Puma, soy un Puma, soy un Puma!

7 10 2011

En Argentina siempre hubo grandes jugadores de rugby (Hugo Porta fue, acaso, el más excelso de todos). Aún los hay. Y hasta hace bien poco un medio de melé, Agustín Pichot, que le agregó a su estupenda carrera el corolario de aquel tercer puesto en el último Mundial. Esa inolvidable hazaña arrancó con un triunfo sobre Francia en la fase de grupos, el ensayo de Corleto y la arenga de Pichot al final del encuentro, en el medio del eufórico círculo de los Pumas: “Eh, eh… -les gritó autoritario el capitán-. Recién empieza. No quiero ver a nadie saltar. Esto es una Copa del Mundo y vamos hasta el final”. El documental, hermosísimo, titulado Pumas de Bronce, Corazón de Oro, rememora el trayecto de los Pumas desde la preparación hasta el cierre por el tercer puesto contra Francia, en la Copa del Mundo que iba a cambiar para siempre el rugby argentino y, de manera previsible, el juego en el inaccesible Hemisferio Sur. La inspiradora ascendencia del capitán Pichot se advierte de manera emocionante en los últimos minutos de este vídeo de highlights del estreno puma en la RWC 2007. Y, por supuesto, en esta racial charla de Pichot en el vestuario antes del último encuentro.

La capacidad de inspiración de los Pumas en esas semanas de competición provocó y ha mantenido, desde entonces, una amplísima producción publicitaria a su alrededor, que extiende la idea de valor irreductible del equipo argentino. Anuncios como el célebre “Soy un puma” para Adidas; o los de la firma Medicus de este año, insisten en la capacidad inspiradora del modelo que representa el equipo de rugby; y, por supuesto, aquel emotivo “No hay razón para jugar al rugby”, de Quilmes, que expresa de forma exacta la bendita locura que significa abrazar este juego hasta sus últimas consecuencias. Amor propio, esa es la marca registrada de los Pumas, que se enfrentan este domingo al mayor obstáculo que cabe imaginar: los All Blacks. Esos tipos de negro. Esos 15 hombres sin piedad. Y en su campo, en Eden Park, ante su gente, resueltos como siempre, altivos y retadores, sostenidos por el apoyo innegociado de un país. ¿Un desafío excesivo incluso para los indómitos argentinos? Probablemente. Pero, como recuerda otro anuncio de estos días, a otros equipos los motivan poniéndoles vídeos de gladiadores; a los Pumas los motivan con vídeos de los Pumas…

Nueva Zelanda fue, por números, el incontestable mejor equipo de la primera fase (aunque no el que más nos gustó): ganó todos los partidos y todos con el punto bonus (más de cuatro anotaciones), posó 36 ensayos en total y anotó 270 puntos. Sólo fue por detrás en el marcador apenas unos minutos, como ya contamos, cuando Canadá se puso 3-0. Todos los peros que queramos ponerle al equipo de Graham Henry vienen con una advertencia previa: hablamos de los All Blacks. Es decir… que aun sin alcanzar su mejor versión, están en un nivel de excelencia inabordable para la mayoría de los equipos del mundo. Ahora, pueden perder. Y las copas del Mundo lo demostraron. Sabemos que Argentina puede competir con cualquiera, defender a cualquiera, ganarle las fases estáticas a cualquiera, competir convirtiendo el partido en una batalla de deseos. Sí. Pero la pregunta es: ¿Pueden los All Blacks perder contra Argentina? O sea, ¿puede la argentina de Santiago Phelan comprometer, interrumpir, quebrar, obturar el torrencial juego de Nueva Zelanda, la prodigalidad de sus carreras de ruptura, ese modo inigualable de meterse contra la defensa rival y soltar una descarga del balón para el apoyo, y otra y otra, hasta pasar a a la espalda y reventar todos los espacios? ¿Puede Argentina ser táctica hasta la locura, como lo fue Francia hace cuatro años, cuando mandó a los All Blacks a jugar al ping-pong con la pelota, sin permitirles un solo hueco por el que penetrar? ¿Puede cortarle la corriente de juego durante 80 minutos a un equipo que hace un rugby de ataque con la participación de los quince que están en el campo? Y, después, claro: ¿Puede golpearle, hacerle ensayos, provocarle carreras defensivas en sus zonas descuidadas, preocuparlos con la pelota, comprometer la a veces insuficiente defensa negra, ganarle líneas de ventaja con frecuencia, amenazarla al contraataque, obligarla a cometer errores, castigarlos con el pie? Es verdad que al rugby se juega con el corazón. Pero no conviene confundir un eslogan publicitario con la realidad en el campo de juego: el corazón es básico. Pero lo demás es inteligencia, físico, táctica, ejecución, habilidad y competición. Los Pumas no hicieron lo que hicieron hace cuatro años sólo con el corazón. Pusieron rugby, mucho juego, mucha calidad, muchísimo conocimiento, una vastísima experiencia y un deseo incomensurable. A Hugo Porta le hicieron esas mismas preguntas, de uno u otro modo, en memoria del Pumas-All Blacks de 1985, aquel 21-21 en la cancha de Ferrocarril Oeste, donde Porta anotó todos los puntos argentinos. Su respuesta: “Y bueno… todos los partidos hay que jugarlos”. Para qué responder si el mismo Huguito no lo hizo. Jueguen, entonces…

    • Slade, el 10: Henry deshojó a favor de Corin Slade la margarita del relevo de Dan Carter en la posición de medio de apertura. Cruden queda fuera (fue el último en llegar y era impensable que lo hiciera titular, saltándose su propia jerarquía a la hora de hacer la lista de los 30 que llevó a la RWC), y Piri Weepu comienza como medio de melé. Una elección interesante porque Weepu tiene puntos en el pie por si a Slade le da el baile de San Vito y, sobre todo, carácter y oficio suficientes para un partido que se anticipa muy perro ahí delante, con la gente como Roncero, Ledesma, el Pato Albacete o Leguizamón (añoranza de Fernández-Lobbe), enfrentados a perros de presa como Franks, Woodcock, Mealamu, Brad Thorn, Kieran Read y, last but not least, el señor Richie McCaw.

      Colin Slade, a la izquierda, e Israel Dagg hacen el berraco durante un entrenamiento de los All Blacks: el número 10 jugará hoy, otra vez y el resto del torneo, bajo la oscura y alargada sombra del ausente Dan Carter. Foto: AAP / Patrick Hamilton.

    • González Amorosino no, Muliaina sí: Phelan se decidió por Martín Rodríguez Gurruchaga como zaguero, dejando otra vez fuera al héroe de la victoria contra Escocia: Lucas González Amorosino. Este último tiene más amenaza en ataque con la pelota en la mano, pero por algún motivo Phelan prefiere al zaguero del Stade Français, cuyas dificultades para precisar patadas a palos durante el Mundial le ha ganado muchos recelos en Argentina. Uno no los vio lo suficiente a los dos como para inclinarse con argumentos, pero en estas semanas le llamó mucho más la atención González Amorosino: si alguien tiene un juicio más ajustado, bienvenido sea. La continuidad de Mils Muliaina en el puesto de 15 puede deberse a la baja de Israel Dagg, que no está siquiera en el banquillo. Un jugador con muchos adeptos, magnífico en su mejor versión al contraataque, seguro en el fondo. A mí, sinceramente, Dagg me había impresionado.
    • Sonny Bill Williams: a pesar de los cuatro ensayos de Zac Guildford frente a Canadá, Henry mete más madera a la locomotora negra con la aparición de Sonny Bill Williams en el ala izquierda. La adición del púgil y rugbier compone una línea demoledora, capaz de un rugby de gran potencia física y lleno, también, de sutilezas: en línea a partir de Colin Slade estarán Ma’a Nonu, Conrad Smith y Sonny Bill Williams. Al otro lado, Cory Jane, que también ha desplazado al muy potente Richard Kahui. Veremos como funciona Sonny Bill por afuera (no desconoce el puesto, ni mucho menos): suena a amenaza adicional para los Pumas. Y si se cruza para jugar por dentro, un tercer centro oculto. Por ahí tiene sentido el regreso de Felipe Contepomi al puesto de primer centro, porque en ese medio campo van a hacer falta hombres que no le tengan miedo a nada.
    • Woodcock / Figallo: en la excelente primera línea argentina entró, con perfil bajo dada la personalidad y trayectoria de Roncero y Ledesma, un número 3 de libro: 1,87 y 115 kilogramos. Hasta ahora hizo un torneo excelente. Un joven de 23 años al que este domingo le toca medirse cara a cara con el fiero Tony Woodcock (30). La próxima evolución del rugby televisado deberían ser cámaras personalizadas en la melé, que nos permitieran seguir en detalle la historia subterránea de encuentros como éste. Puede que convenga que no sea así, para tranquilidad general de la población y por el buen nombre del rugby… Pero algunos tendremos un ojo puesto ahí, en el punto exacto del morrillo en el que Juan Figallo impacte en cada scrum con Tony Woodcock.

Figallo, segundo por la derecha, en un momento relajado de entrenamiento de la melé junto a Creevy, Scelzo y Maxi Bustos. La fuerza argentina está delante: hasta tres primeras líneas hay entre los suplentes. Foto: AP Photo / Natacha Pisarenko

Nueva Zelanda: 1 Woodcock, 2 Mealamu, 3 Owen Franks; 4 Brad Thorn, 5 Whitelock; 6 Kaino, 7 McCaw, 8 Read; 9 Weepu, 10 Slade, 11 Sonny Bill Williams, 12 Nonu, 13 Conrad Smith, 14 Cory Jane, 15 Muliaina. Subs: 16 Hore, 17 Ben Franks, 18 Ali Williams, 19 Victor Vito, 20 Jimmy Cowan, 21 Cruden, 22 Toeava.

Argentina: 1 Roncero, 2 Ledesma, 3 Figallo; 4 Carizza, 5 Albacete, 6 Farías Cabello, 7 Leguizamón, 8 Senatore; 9 Vergallo, 10 Santiago Fernández, 11 Agulla, 12 Contepomi, 13 Bosch, 14 Camacho, 15 Rodríguez Gurruchaga. Subs: 16 Creevy, 17 Scelzo, 18 Ayerza, 19 Campos, 20 Lalanne, 21 González Amorosino, 22 Imhoff.

Hora: Domingo, 9 de octubre, 9:30 horas (Canal+ Deportes).





El ejército de papá

7 10 2011

Ya se ha dicho que la derrota de Australia frente a Irlanda en su grupo varió todas las previsiones en los cruces. Tuvo otro efecto. O, en realidad, el mismo efecto sólo que con una lectura diferente: dividir el Mundial por la línea del Ecuador, de forma que los equipos del Hemisferio Norte se eliminan entre sí, mientras por el otro lado del cuadro los del Hemisferio Sur hacen lo propio. Así que la habitual dialéctica mundial entre las dos mitades del planeta habrá de resolverse en la final. El resultado es, para la jornada del domingo, estos cuartos de final que inauguran de facto lo que será a partir del próximo verano el torneo de las Cuatro Naciones (las del Tri Nations, más la incorporada Argentina), sólo que en el escenario superior de una Copa del Mundo. Australia frente a Sudáfrica; Nueva Zelanda contra Argentina.

El síndrome del dinosaurio. Cuando Australia se enfrentó con Inglaterra como anfitrión en la final de la RWC 2003, los medios aussies hicieron longanizas con la edad del equipo que entonces capitaneaba Martin Johnson, para lo que usaron la referencia de una vieja y divertidísima serie de la televisión británica, Dad’s Army: en ella se retrataba con enorme humor los días de la Home Guard en la II Guerra Mundial; voluntarios que ya no eran elegibles para servir en el frente, sobre todo por razón de edad, y que se encargaron de la retaguardia. Aquel equipo inglés tenía ente como Jason Leonard, 35, Neil Back, 34, o Johnson, 33… Pero su media de edad quedaba establecida en 28 años y 288 días. En 2007 llegaron a la final (perdida contra Sudáfrica) con una media de 31 años. Y en 1991 también sucumbieron en el partido por el título, contra Australia, con un equipo por encima de la treintena…  A tal punto que el Sydney Morning Herald, una vez derrotados los australianos en la final de 2003, tuvo que disculparse: “Hemos de admitir lo siguiente: No estábais tan viejos (aunque esperábamos que lo estuviéseis cuando el partido se fue a la prórroga). No érais tan lentos. Metísteis tantos ensayos como nosotros”. El asunto de la edad es muy común cuando se habla de Sudáfrica y sus delanteros, sobre todo. Pero vuelve a ser engañoso, pese a las edades de John Smit (33), Matfield (34), Rossouw (33) o Botha (32). Lo que sí impresiona es la continuidad de los seleccionados: hasta 18 de los 30 jugaron, y ganaron, el último Mundial. Ahora 16, porque el segunda Bakkies Botha y el zaguero Frans Steyn se han tenido que volver a Sudáfrica lesionados. He ahí uno de los puntos calientes de este partido. Rossouw es un relevo natural y experimentado en la segunda. Lambie está a punto de cumplir 21. Australia es lo contrario, un equipo joven, enérgico y de rugby expansivo. La derrota con Irlanda y una interminable serie de lesiones recortaron su vuelo en la primera fase. Ahora ha recuperado a la mayoría a tiempo y falta saber qué queda de su exuberancia en el Tri Nations de hace dos meses, donde presentaron su muy seria candidatura a arrancarles a los All Blacks su número 1 en el ránking global y, de paso, gobernar el mundo con la Copa Webb Ellis en sus manos. Aquí ya ha quedado advertido que los wallabies se enfrentan al síndrome Monterroso, que se formularía así: “Cuando despertaron, el dinosaurio seguía allí”. Hay que añadir: el bicho tenía la cara de Victor Matfield… Con casco y todo. Puntos de encuentro:

  • El señor Johh Smit: el talonador springbok representa la escasa regeneración del equipo de Peter de Villiers. Buena parte de la afición, y la crítica, sudafricana pedía la titularidad para Bismarck du Plessis, pero Smit no ha soltado el puesto. Cumplirá su 17º partido en una Copa del Mundo y dirigirá a un pelotón de desarrapados en el que Victor Matfield ya no tiene la preeminencia de hace cuatro años en la segunda línea, donde faltará su inseparable Bakkies Botha y en la que el otrora sanguinario Burger se mezcla en la tercera con un formidable Brossouw, uno de los argumentos principales de la delantera verde, y el siempre atendible Spies.

    Genia, en un 'plongeon' durante la preparación de lo wallabies: su estado de forma afecta enormemente el juego de ataque de los australianos. Foto: Cameron Spencer / Getty Images.

  • Du Preez / Genya: Fouriez du Preez era uno de los motores de explosión que disparaba al equipo campeón de hace cuatro años. Ha perdido gran parte de aquel impulso mortal que tenía para escaparse por el lado débil de los breakdowns, entre los grandotes rivales que guardaban los lados del agrupamiento, y poner a su equipo a jugar por detrás de la defensa contraria, ahí donde se crean los huecos, las superioridades y, como consecuencia, los ensayos. En ese punto que Du Preez exhibió en el pasado Mundial es en el que encontramos hoy a Genya, fundamento básico en el juego ofensivo de Australia. Su capacidad para reciclar balones rápidos o dispararse hacia delante para ganar la línea de ventaja, e incluso ensayar si se da el caso, constituyen activos básicos en la ofensiva wallabie. Va a necesitar, eso sí, que sus delanteros ganen a los sudafricanos en el contacto o bien sean hábiles como lo fue Gales para no exponer la pelota y liberar con velocidad.
  • Fourie / Ashley-Cooper. Duelo monumental en el puesto de los números 13, los segundos centros, donde el ruido de cacharrería se anuncia ensordecedor. Dos topadoras frente a frente, capaces de fracturar defensas por impacto, de esos psicópatas para los que chocar es la primera y fundamental posibilidad del juego del rugby. Más en serio: dos elementos capaces de colarse por los intervalos defensivos como misiles incendiarios. Grandísimos jugadores -por fin Ashley-Cooper de centro en los partidos decisivos, dándonos la razón tal vez-; grandísimo enfrentamiento.
  • Habana / Ioane: El jugador de mayor impacto en el último Mundial (más de 70 internacionalidades a sus 28 años) y el más excitante del último curso. Habana no atraviesa un momento fino (ha posado dos ensayos en la primera fase) pero su capacidad ofensiva es demasiado conocida como para precisar adjetivos. Ioane vuelve de la fractura del dedo que cercenó su primera fase. Es de esperar que su brutal aceleración no se haya visto afectada, aunque tal vez sí el ritmo de partidos. Explosivo por naturaleza, es un finalizador de primera magnitud. El gran James O’Connor estará al otro lado. Pietersen por Sudáfrica. Por afuera, siendo un magnífico duelo, los wallabies son hoy por hoy superiores.

    Morne Steyn, uno de los mejores pateadores a palos del mundo, y quizás el más fiable en este Mundial neozelandés: su acierto define gran parte de las posibilidades de avanzar de un equipo Springbok que ha mejorado con las semanas de juego. Stu Forster / Getty Images.

  • Morney Steyn / Quade Cooper: Una contraposición espectacular de estilos. El juego flemático, de patada milimétrica de Steyn, contra la habilidad natural y las conductas de riesgo de Cooper en el campo. Sudáfrica tiene en su número 10, como cualquier equipo de juego sobrio, un granero de puntos siempre a mano. No le han afectado ni los balones, ni el viento, ni la lluvia: Steyn se mantiene por encima del 60% en golpes a palos y por encima del 93% en conversiones. Y acredita una media de ocho placajes. Cooper, como siempre, constituye una bonita incógnita. Es un genio y un villano. Los cruces determinarán cuál de esas dos consideraciones prevalece.

Sudáfrica: 1 Steenkamp, 2 John Smit, 3 J. du Plessis; 4 Roussouw, 5 Matfield; 6 Brüsow, 7 Burger, 8 Spies; 9 Du Preez, 10 M. Steyn, 11 Habana, 12 De Villiers, 13 J. Fouriee, 14 Pietersen, 15 Lambie. Subs: 16 B. du Plessis, 17 Van der Linde, 18 Alberts, 19 Louw, 20 Hougaard, 21 Butch James, 22 Aplon.

Australia: 1 Kepu, 2 S. Moore, 3 Ben Alexander; 4 Vickerman, 5 Horwill; 6 Elsom, 7 Pocock, 8 Samo; 9 Genia, 10 Q. Cooper, 11 Ioane, 12 McCabe, 13 Ashley-Cooper, 14 James O’Connor, 15 Beale. Subs: 16 Polota-Nau, 17 Slipper, 18 N. Sharpe, 19 McCalman, 20 Burgess, 21 Berrick Barnes, 22 Anthony Faingaa.

Hora: Domingo, 9 de octubre. 7:00 horas (Canal+ Deportes).





El combate de los jefes

7 10 2011

La primera fase de este larguísimo Mundial no ha dejado satisfecho a casi nadie: a la IRB, la fifa del rugby, la balean desde todas las posiciones. Por los balones -un clásico de cualquier Copa del Mundo, como la meteorología, los alojamientos y otros aspectos organ6izativos-, las desigualdades del calendario -los equipos pequeños jugaban, a veces, cada cuatro días; mientras los grandes, por ineludible imperativo televisivo, sólo lo hacían de fin de semana en fin de semana-, las designaciones arbitrales y los arbitrajes en sí; para culminar con la amenaza de Steve Tew, el jefe de la federación de Nueva Zelanda, quien amenazó con que los All Blacks podrían no asistir al próximo Mundial (que se celebrará en Inglaterra), si la IRB no diseña otro plan de negocio con un reparto más ventajoso de dividendos para los participantes. O sea, que al equipo comercialmente más rentable del mundo, y deportivamente más atrayente, pierde millones de euros yendo a la Copa del Mundo. La IRB se ha apresurado a argumentar contra el boicot All Black con una perogrullada de fondo escaso: “Si no va Nueva Zelanda, la Copa del Mundo se seguirá jugando igual y habrá otros 20 equipos”. Richard Kahui, ala neozelandés, replicó: “Si los mejores no están, eso no será un Mundial, será otra cosa”. La pérdida de credibilidad del torneo y de legitimidad del hipotético campeón, venía a decir Kahui en un directo de izquierda muy bien cruzado…

A pesar de tan inquietante murmullo y de que da la impresión de que la RWC 2011 comenzó “hace 37 semanas”, como decía una hastiada columnista del Guardian londinense, aquí unos cuantos seguimos dispuestos a inyectarnos en vena todos los partidos que se crucen ante nuestros ojos. Somos, como el Alex de La Naranja Mecánica, enfermos sociales; y ni siquiera la sobreexposición oval de estas cuatro últimas semanas puede corregir esta desviación tan evidente. Además, lo bueno empieza ahora: tres fines de semana en los que los grandes del Hemisferio Norte y el Hemisferio Sur van a celebrar su largo combate de jefes, una fase marcada de forma decisiva por la victoria de Irlanda sobre Australia en su grupo, resultado que varió la previsión de los cruces y dejó para los cuartos de final un cuarteto de partidos de esos que los angloparlantes llaman mouth-watering. Para que se nos caiga la baba, en fin…

La rebelión de los celtas. En un torneo en el que ningún equipo ha bailado sobre la tumba del resto, en el que la brillantez ha trabajado a tiempo parcial, en el que todos han dejado preguntas en el aire, incógnitas que se van a resolver ahora que vienen los duelos a un solo disparo, en ese panorama, decimos, tal vez País de Gales e Irlanda sean los únicos en condiciones de reclamar haber sido los mejores hasta ahora; o, por ajustar algo mejor el término, los que han elevado su rendimiento no sólo al nivel esperado sino, de hecho, notablemente más alto. Si exceptuamos la victoria de Tonga sobre Francia, los dos resultados más notables de la fase de grupos fueron la ajustadísima derrota de Gales contra los Springboks (17-16) en un partido memorable del Grupo D; y, por supuesto, la histórica victoria de la inmarchitable Irlanda contra Australia (15-6), en el Grupo C. Esos dos encuentros establecieron las bases de lo que, en retrospectiva, podemos llamar La Rebelión Celta. Ambos protagonistas se miden el sábado en un clásico del 6 Naciones que adquiere aquí la forma de un partido que marcará a una generación: ninguno de los dos rivales estuvo jamás en unas semifinales de la Copa del Mundo. Para Irlanda supondría la coronación definitiva de una hornada de jugadores que le ha dado a Irlanda algunos de los momentos más gloriosos de su extenso rugby, cuando todo el mundo pensaba que su día ya había pasado. Hay que insistir en que Irlanda mostró su lado más lastimoso en los tests preparatorios, de los cuales no ganó ninguno. Su transformación en el torneo ha sido casi faustiana, como si los O’Gara (34 años), O’Connell (a punto de los 32), Flannery (casi 33), Gordon Darcy (31), Murphy (33), O’Callaghan (32), O’Driscoll (32) o Ross (32)… hubieran vendido su alma al demonio a cambio de una última gran campaña. Para Gales, equipo preñado de joven talento, un triunfo supondría el aldabonazo que anunciaba la enésima regeneración de ese paisito de menos de 4 millones de habitantes, en el que los grandes jugadores de rugby crecen en la tierra con el mismo vigor que las sandías en Alfamén. El partido está lleno de duelos interesantísimos.

Cian Healy, el poderoso pilar irlandés, que se merendó crudos a los barbudos italianos. Foto: ©INPHO/Dan Sheridan

  • Cian Healy/Adam Jones: Healy, el número 1 irlandés, jugó un partido memorable contra Italia, dominando a rivales de la talla de los primeras italianos. “Tenemos la mejor delantera del Mundial”, habia dicho en un exceso verbal el entrenador azzurro, Mallett. A continuación, los irlandeses se comieron crudos a los fieros transalpinos en las melés. Buena culpa la tuvo Healy. Rory Best, si su hombro no se lo impide, estará a su lado talonando. Al otro lado, el Oso Jones y Gethin Jenkins, felizmente recuperado, para armar un duelo terrible de primeras líneas.
  • O’Brien / Warburton: dos jóvenes sensaciones en las terceras. O’Brien se ha convertido (bien secundado por Ferris) en uno de los valores decisivos del penetrante juego irlandés. Su impacto en todos los órdenes del juego de un flanker lo subraya en cada partido. Al otro lado, el capitán de Gales, símbolo del espíritu renovador de Warren Gatland a la hora de montar su equipo. El duelo de los flankers anuncia la belleza destructiva de las grandes batallas aéreas, en medio de un partido en el que todos van a salir con las bayonetas caladas, por si acaso.
  • O’Gara / Priestland: nadie encarna mejor el estado evolutivo de ambos equipos que sus números 10. Dos medios de apertura en lados opuestos del camino. Ronan O’Gara, el frío pateador, cerebro de juego trasladado al pie, elegido por Declan Kidney para las fases decisivas por delante sdel joven y más enérgico Jonathan Sexton. Kidney podría seguir un patrón: manejar el tiempo del partido con la sabiduría y la precisión de O’Gara, para en la fase decisiva soltar a un creador de juego más imaginativo, más dispuesto a la sorpresa, la ruptura y el ataque con el balón a la mano. Priestland afronta el primer gran test de su carrera. Ya triunfó contra los sudafricanos, una pieza mayor, pero en las fases de muerte súbita la presión se multiplica. Una de las grandes apuestas de Gatland en este Mundial. Uno de sus grandes aciertos.

    Jamie Roberts, segundo centro galés, ariete fundamental del ataque de los Dragones en el medio campo: su duelo con O'Driscoll reclama uno de los focos del partido.

  • O’Driscoll / Jamie Roberts: el irlandés Brian O’Driscoll representa el ideal de un segundo centro, por su dureza en el placaje y el contacto ofensivo, por su capacidad de finalizar jugadas en ensayo y por la lectura preclara de los movimientos de ataque. Su duelo con el poderosísimo Jamie Roberts, una fuerza de la naturaleza, una bola de cañón disparada medio campo abajo, promete estar entre lo mejor (y lo más decisivo) de este imprevisible encuentro. Roberts, siempre durísimo, ha agregado sutilezas a su rugby, lo que le va haciendo cada día mejor. No lo decimos nosotros, lo ha dicho el propio O’Driscoll, compañero suyo en los British Lions. ¿Cómo pararle? “Hay que ponerse delante de él y chocar, no hay más posibilidad…”. También lo dijo O’Driscoll. Sea, pues…

Irlanda: 1 Healy, 2 Best, 3 Ross; 4 O’Callaghan, 5 O’Connell; 6 Ferries, 7 O’Brien, 8 Heaslip; 9 Murray, 10 O’Gara, 11 Earls, 12 D’Arcy, 13 O’Driscoll, 14 Bowe, 15 Kearney. Subs: 16 Cronin, 17 Court, 18 Ryan, 19 Leamy, 20 Reddan, 21 Sexton, 22 Trimble.

Gales: 1 G. Jenkins, 2 Bennett, 3 Adam Jones; 4 Charteris, 5 Alun Wynn-Jones; 6 Lydiate, 7 Warburton, 8 Faletau; M. Phillips, 10 Priestland, 11 Shane Williams, 12 Jonathan Davies, 13 J. Roberts, 14 North, 15 Halfpenny. Subs: 16 Burns, 17 Paul James, 18 Bradley Davies, 19 Ryan Jones, 20 Lloyd Williams, 21 Hook, 22 Scott Williams.

Hora: Sábado, 8 de octubre, a las 7:00 horas de España (Canal+ Deportes).

 

Le Big Crunch. A los Inglaterra-Francia siempre se les ha conocido, sobre todo desde el lado insular, como Le Crunch. Según lo definió Phil Blakeway, “el partido entre los inventores de la isla y los advenedizos del continente. Pocas naciones se han guardado un mayor recelo histórico que estas dos. Basta recordar aquel célebre titular (tal vez apócrifo, pero tan bien inventado…) en un diario inglés: “Niebla en el Canal de la Mancha: el Continente queda aislado”. O la declaración, esta sí leída por uno mismo, de un ciudadano inglés a propósito de la construcción del túnel bajo el canal: “No me parece buena idea: por ahí pueden llegar muchas enfermedades”. A lo que un francés respondió: “Yo tampoco lo hubiera hecho: no nos fiamos de los obreros ingleses”. A día de hoy, en esta RWC 2011, Inglaterra y Francia vienen unidos por las enormes suspicacias y críticas que ha despertado su juego. Son los dos equipos más atacados del Mundial. La combustión interna del equipo francés ha provocado un incendio casi diario en la concentración, con el entrenador Lievremont en permanente esgrima dialéctica con la prensa, ex internacionales que se quedaron en casa, como Chabal, criticando su forma de airear trapos sucios del vestuario; y otros como el apertura Trihn-Duc reconociendo que está desconcertado, hundido y superado por el modo en que Lievremont lo ha apartado del número 10 para dárselo a un medio de melé como Morgan Parra. Cosa que, el sábado, va a ocurrir de nuevo. En Inglaterra todo ha sido aún más público: la noche de juerga en el bar de los enanos, la rubia misteriosa que cruzó la noche colgada del cuello del capitán Tindall, la incipiente cornamenta con la que viajó a NZ su esposa Zara Phillips, a la sazón nieta de la reina; más el lío de los balones con Wilkinson de fondo y la ya clásica acusación de abusos verbales o lenguaje inapropiado de una camarera del hotel contra varios jóvenes jugadores del equipo inglés. A Martin Johnson, el entrenador, se le ha quedado ya para siempre el ceño fruncido que define su expresión más habitual. No se le recuerda una sonrisa pública. Su equipo no le ha dado motivos: en ningún partido ha estado convincente… pero los ha ganado los cuatro. Francia, por el contrario, ha perdido dos en su grupo: el segundo equipo en la historia de los Mundiales de rugby en acceder a la segunda fase con dos derrotas. Frente a Nueva Zelanda su resistencia duró apenas 10 minutos: “Gracias por la lección”, tituló con mucha mala baba L’Equipe. Frente a Tonga, la hecatombe. Y ahora, Inglaterra. Hay quien sigue apelando al carácter mercurial de los franceses, a su genio oculto para el rugby. Todo eso es cierto, pero esta vez más irreal que nunca… Inglaterra ya ganó este mismo cruce en 2007. Si vuelve a hacerlo, el denostado equipo de Martin Johnson firmará su tercera semifinal consecutiva en las RWC. Las otras fueron finales. Aquí ya advertimos de su inquebrantable capacidad para competir en los grandes escenarios. Algunos nombres:

  • Maxime Medard: el talentoso francés de las patillas setentonas pasa del ala al puesto de zaguero en relevo de Cedric Heymans. Lievremont quiere afilar su contraataque, esa capacidad de progresar por callejones estrechos que ha definido siempre a Medard. Pero el francés encarna, hasta ahora, el recortado nivel de todo su equipo. Sus estadísticas reflejan su discreto paso por el Mundial: apenas una ruptura, ningún ensayo, escasos metros… Un Medard menor. La ocasión lo llama.

    Toby Flood y Jonny Wilkinson dialogan durante un entrenamiento: ambos harán una prueba de pateo a puerta cerrada antes del choque para decidir quién será la primera opcion contra Francia. Foto: David Rogers / Getty Images

  • Jonny Wilkinson: Julian Bonnaire, el flanker galo, ha dicho: “Wilkinson sufre bajo presión: vamos a ir a por él”. Esa frase, dicha por un tercera, es una amenaza de mayor dimensión de la ya evidente. E identifica hasta qué punto Wilko aún personifica el biorritmo del equipo inglés, pese a su ya mil veces comentada ausencia de precisión con el pie en este Mundial. El 10 de Inglaterra, desde luego, no va a rehuir los contactos, aunque su juego no está tanto en la mano como en el reparto de balones con el pie por las zonas muertas del campo. Y, desde luego, su maravilloso placaje en defensa.
  • Morgan Parra: otra vez bajo el escrutinio general. Igual que Piri Weepu en Nueva Zelanda, aunque éste de forma ocasional, un medio de melé haciendo de apertura. A Lievremont le ha convencido lo suficiente para cargarse a Trihn-Duc a la primera de cambio. Parra, hasta ahora, no ha estado mejor ni peor que el resto de su equipo. Quizás haya sido de lo más defendible en medio de un desierto. Su equipo necesita mover a los ingleses y eso depende, casi siempre, del apertura. Con él más Yachvili en el campo, Francia asegura un altisimo porcentaje de acierto a palos en golpes de castigo y conversiones. En previsión de un partido de marcador bajo y apretado, supone un factor esencial.
  • Toby Flood: Martin Johnson ha resuelto la constante duda del medio de apertura juntando finalmente a los dos en el campo. Wilkinson será el 10 y Flood, el primer centro. La alternativa la posibilita la baja de Mike Tindall por lesion, pero a Martin Johnson le viene bien porque, juntando a esos dos, más el excelente Manu Tuilagi en el segundo centro, Inglaterra suma defensa con Wilko y Tuilagi, creatividad con Flood, y amenaza directa en las continuaciones con el anterior. Un medio campo al que atender. Y dos pateadores de primera línea, por si hace falta rotar…
  • Cueto / Ashton: el primero vuelve tras su ausencia contra Escocia y lo hace para afilar todavía más unas alas en las que reside el mayor peligro de ataque de los ingleses. El equipo de Martin Johnson expone poco en la fase ofensiva, pero cuando se trata de acabar las jugadas (y muy a menudo los partidos) estos dos jugadores suelen estar al final del hilo, para poner la puntilla. No tienen enemigos menores (Pallison y Clercq), pero en esta RWC el estilete de la Rosa han sido, a menudo, sus dos exteriores.

    Maxime Medard, ala y zaguero francés, con un saco de percusión. Su presencia en el fondo puede mejorar a los franceses... y a sí mismo. Foto: REUTERS/Jacky Naegelen

  • Haskell / Picamoles: dos ausencias notables en las terceras líneas de cada equipo. Ambos empezarán en el banquillo. Dado el nivel de ambas escuadras hasta ahora, al que se queda fuera se le pone cara de culpable. Perfeccionando su marcadísima tendencia de apostar por la experiencia, lo seguro y hasta lo rácano cuando se trata de jugarse los cuartos (metafórica y literalmente hablando), Martin Johnson ha llamado a filas al veterano Nick Easter para ocupar el número 8. Enfrente, como en un espejo, Lievremont ha puesto a otro ilustre, Harinordoquy. Bonnaire, Dusatoir y Lewis Moody completan el refrán: no te acuestes con niños si no quieres… En fin.

Inglaterra: 1 Stevens, 2 Thompson, 3 Cole; 4 Deacon, 5 Palmer; 6 Croft, 7 Moody, 8 Easter; 9 Youngs, 10 Wilkinson, 11 Cueto, 12 Flood, 13 Manu Tuilagi, 14 Ashton, 15 Fodden. Subs: 16 Hartley, 17 Corbisiero, 18 Lawes, 19 Shaw, 20 Haskell, 21 Wigglesworth, 22 Banahan.

Francia: 1 Poux, 2 Servat, 3 Mas; 4 Pape, 5 Nallet, 6 Dusatoir, 7 Bonnaire, 8 Harinordoquy; 9 Yachvili, 10 Parra, 11 Pallison, 12 Mermoz, 13 Rougerie, 14 Clercq, 15 Medard. Subs: 16 Szarzewski, 17 Barcella, 18 Pierre, 19 Picamoles, 20 Trihn-Duc, 21 Marty, 22 Heymans.

Hora: Sábado, 8 de octubre, a las 9:30 horas de España (Canal+ Deportes).