El ejército de papá

7 10 2011

Ya se ha dicho que la derrota de Australia frente a Irlanda en su grupo varió todas las previsiones en los cruces. Tuvo otro efecto. O, en realidad, el mismo efecto sólo que con una lectura diferente: dividir el Mundial por la línea del Ecuador, de forma que los equipos del Hemisferio Norte se eliminan entre sí, mientras por el otro lado del cuadro los del Hemisferio Sur hacen lo propio. Así que la habitual dialéctica mundial entre las dos mitades del planeta habrá de resolverse en la final. El resultado es, para la jornada del domingo, estos cuartos de final que inauguran de facto lo que será a partir del próximo verano el torneo de las Cuatro Naciones (las del Tri Nations, más la incorporada Argentina), sólo que en el escenario superior de una Copa del Mundo. Australia frente a Sudáfrica; Nueva Zelanda contra Argentina.

El síndrome del dinosaurio. Cuando Australia se enfrentó con Inglaterra como anfitrión en la final de la RWC 2003, los medios aussies hicieron longanizas con la edad del equipo que entonces capitaneaba Martin Johnson, para lo que usaron la referencia de una vieja y divertidísima serie de la televisión británica, Dad’s Army: en ella se retrataba con enorme humor los días de la Home Guard en la II Guerra Mundial; voluntarios que ya no eran elegibles para servir en el frente, sobre todo por razón de edad, y que se encargaron de la retaguardia. Aquel equipo inglés tenía ente como Jason Leonard, 35, Neil Back, 34, o Johnson, 33… Pero su media de edad quedaba establecida en 28 años y 288 días. En 2007 llegaron a la final (perdida contra Sudáfrica) con una media de 31 años. Y en 1991 también sucumbieron en el partido por el título, contra Australia, con un equipo por encima de la treintena…  A tal punto que el Sydney Morning Herald, una vez derrotados los australianos en la final de 2003, tuvo que disculparse: “Hemos de admitir lo siguiente: No estábais tan viejos (aunque esperábamos que lo estuviéseis cuando el partido se fue a la prórroga). No érais tan lentos. Metísteis tantos ensayos como nosotros”. El asunto de la edad es muy común cuando se habla de Sudáfrica y sus delanteros, sobre todo. Pero vuelve a ser engañoso, pese a las edades de John Smit (33), Matfield (34), Rossouw (33) o Botha (32). Lo que sí impresiona es la continuidad de los seleccionados: hasta 18 de los 30 jugaron, y ganaron, el último Mundial. Ahora 16, porque el segunda Bakkies Botha y el zaguero Frans Steyn se han tenido que volver a Sudáfrica lesionados. He ahí uno de los puntos calientes de este partido. Rossouw es un relevo natural y experimentado en la segunda. Lambie está a punto de cumplir 21. Australia es lo contrario, un equipo joven, enérgico y de rugby expansivo. La derrota con Irlanda y una interminable serie de lesiones recortaron su vuelo en la primera fase. Ahora ha recuperado a la mayoría a tiempo y falta saber qué queda de su exuberancia en el Tri Nations de hace dos meses, donde presentaron su muy seria candidatura a arrancarles a los All Blacks su número 1 en el ránking global y, de paso, gobernar el mundo con la Copa Webb Ellis en sus manos. Aquí ya ha quedado advertido que los wallabies se enfrentan al síndrome Monterroso, que se formularía así: “Cuando despertaron, el dinosaurio seguía allí”. Hay que añadir: el bicho tenía la cara de Victor Matfield… Con casco y todo. Puntos de encuentro:

  • El señor Johh Smit: el talonador springbok representa la escasa regeneración del equipo de Peter de Villiers. Buena parte de la afición, y la crítica, sudafricana pedía la titularidad para Bismarck du Plessis, pero Smit no ha soltado el puesto. Cumplirá su 17º partido en una Copa del Mundo y dirigirá a un pelotón de desarrapados en el que Victor Matfield ya no tiene la preeminencia de hace cuatro años en la segunda línea, donde faltará su inseparable Bakkies Botha y en la que el otrora sanguinario Burger se mezcla en la tercera con un formidable Brossouw, uno de los argumentos principales de la delantera verde, y el siempre atendible Spies.

    Genia, en un 'plongeon' durante la preparación de lo wallabies: su estado de forma afecta enormemente el juego de ataque de los australianos. Foto: Cameron Spencer / Getty Images.

  • Du Preez / Genya: Fouriez du Preez era uno de los motores de explosión que disparaba al equipo campeón de hace cuatro años. Ha perdido gran parte de aquel impulso mortal que tenía para escaparse por el lado débil de los breakdowns, entre los grandotes rivales que guardaban los lados del agrupamiento, y poner a su equipo a jugar por detrás de la defensa contraria, ahí donde se crean los huecos, las superioridades y, como consecuencia, los ensayos. En ese punto que Du Preez exhibió en el pasado Mundial es en el que encontramos hoy a Genya, fundamento básico en el juego ofensivo de Australia. Su capacidad para reciclar balones rápidos o dispararse hacia delante para ganar la línea de ventaja, e incluso ensayar si se da el caso, constituyen activos básicos en la ofensiva wallabie. Va a necesitar, eso sí, que sus delanteros ganen a los sudafricanos en el contacto o bien sean hábiles como lo fue Gales para no exponer la pelota y liberar con velocidad.
  • Fourie / Ashley-Cooper. Duelo monumental en el puesto de los números 13, los segundos centros, donde el ruido de cacharrería se anuncia ensordecedor. Dos topadoras frente a frente, capaces de fracturar defensas por impacto, de esos psicópatas para los que chocar es la primera y fundamental posibilidad del juego del rugby. Más en serio: dos elementos capaces de colarse por los intervalos defensivos como misiles incendiarios. Grandísimos jugadores -por fin Ashley-Cooper de centro en los partidos decisivos, dándonos la razón tal vez-; grandísimo enfrentamiento.
  • Habana / Ioane: El jugador de mayor impacto en el último Mundial (más de 70 internacionalidades a sus 28 años) y el más excitante del último curso. Habana no atraviesa un momento fino (ha posado dos ensayos en la primera fase) pero su capacidad ofensiva es demasiado conocida como para precisar adjetivos. Ioane vuelve de la fractura del dedo que cercenó su primera fase. Es de esperar que su brutal aceleración no se haya visto afectada, aunque tal vez sí el ritmo de partidos. Explosivo por naturaleza, es un finalizador de primera magnitud. El gran James O’Connor estará al otro lado. Pietersen por Sudáfrica. Por afuera, siendo un magnífico duelo, los wallabies son hoy por hoy superiores.

    Morne Steyn, uno de los mejores pateadores a palos del mundo, y quizás el más fiable en este Mundial neozelandés: su acierto define gran parte de las posibilidades de avanzar de un equipo Springbok que ha mejorado con las semanas de juego. Stu Forster / Getty Images.

  • Morney Steyn / Quade Cooper: Una contraposición espectacular de estilos. El juego flemático, de patada milimétrica de Steyn, contra la habilidad natural y las conductas de riesgo de Cooper en el campo. Sudáfrica tiene en su número 10, como cualquier equipo de juego sobrio, un granero de puntos siempre a mano. No le han afectado ni los balones, ni el viento, ni la lluvia: Steyn se mantiene por encima del 60% en golpes a palos y por encima del 93% en conversiones. Y acredita una media de ocho placajes. Cooper, como siempre, constituye una bonita incógnita. Es un genio y un villano. Los cruces determinarán cuál de esas dos consideraciones prevalece.

Sudáfrica: 1 Steenkamp, 2 John Smit, 3 J. du Plessis; 4 Roussouw, 5 Matfield; 6 Brüsow, 7 Burger, 8 Spies; 9 Du Preez, 10 M. Steyn, 11 Habana, 12 De Villiers, 13 J. Fouriee, 14 Pietersen, 15 Lambie. Subs: 16 B. du Plessis, 17 Van der Linde, 18 Alberts, 19 Louw, 20 Hougaard, 21 Butch James, 22 Aplon.

Australia: 1 Kepu, 2 S. Moore, 3 Ben Alexander; 4 Vickerman, 5 Horwill; 6 Elsom, 7 Pocock, 8 Samo; 9 Genia, 10 Q. Cooper, 11 Ioane, 12 McCabe, 13 Ashley-Cooper, 14 James O’Connor, 15 Beale. Subs: 16 Polota-Nau, 17 Slipper, 18 N. Sharpe, 19 McCalman, 20 Burgess, 21 Berrick Barnes, 22 Anthony Faingaa.

Hora: Domingo, 9 de octubre. 7:00 horas (Canal+ Deportes).

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Grupo D: Campo de minas

10 09 2011

Sudáfrica, País de Gales, Fiji, Samoa y Namibia

John Smit levanta el trofeo Webb Ellis, ganado en el Mundial de 2007, cuando Sudáfrica dominaba el mundo oval. La séptima Copa del Mundo encuentra a una brillantísima generación de Springboks de vuelta de sus mejores días.

Pocos se atreverían a colgarle de la espalda un monigote de papel a, digamos, Victor Matfield. Pero Sudáfrica aparece en este Mundial con una diana subida en los omóplatos, ahí justo donde exhiben los Springboks esos números tan chiquitos, que se pierden en las llanuras de la camiseta. El campeón siempre tiene una diana cuando arranque el siguiente Mundial. En el caso de Sudáfrica, además, no falta quien le ha olisqueado debilidades y piensa que el gigantón del hemisferio sur está listo para ser derribado. ¿Lo está? Uhmmm, veremos… La cuestión no trata de nivel de los jugadores, cosa que no hace falta aclarar, sino de estado de forma. Particularmente, en mi opinión, de tres o cuatro hombre sque definieron el dominio implacable de los Springboks en el periodo que les condujo a levantar en 2007 su última Copa del Mundo: hablamos de Morne Steyn (zaguero o medio de apertura, el pie clínico que ha acostumbrado a poner a Sudáfrica un paso más allá que sus rivales, y al que vimos en un perfil bajo en el Tri Nations), del incomensurable segunda Victor Matfield, la velocidad incontestable de Habana por el ala y la dirección y Fourie du Preez, el que fue considerado en el ciclo inter-mundiales el mejor medio de melé del mundo, pero al que en la última serie del Tri Nations me pareció ver por debajo de aquella versión superlativa, algo recortado ese filo que le hacía mover a todos y ganar la línea de ventaja con constancia. En realidad, los tres estaban entre los 21 jugadores que el técnico Bok, Peter de Villiers, decidió no llevar a la gira por Australia y Nueva Zelanda que abrió el torneo del hemisferio sur. En esa lista de ausentes (reservados por lesión o por encontrarse, se adujo, en periodos de rehabilitación) había tantos pesos pesados del equipo que Sudáfrica fue acusada de adulterar la competición y se investigó si todas las dolencias aducidas verdaderas. Y De Villiers hubo de responder por un supuesto campus secreto de entrenamiento. El resultado fue mucha tinta y palabra gastada, por un lado, y un equipo disminuido, probando jugadores para el Mundial, por el otro. A la vuelta a Sudáfrica, jugaron todos los buenos, aunque gente como Matfield, Bakkies Botha o Bryan Habana aún estaban oxidados: rusty, que se dice en inglés. Ganaron a Nueva Zelanda. Perdieron con Australia. Y quedó poco claro hasta qué punto en Nueva Zelanda podrá más la edad o la sabiduría: ese rugby sobrio, rocoso, defensivo, simplificado y demoledor del que han hecho tradición y escuela. Como Sudáfrica nunca negocia sus principios (tampoco De Villiers, por más ladrillos que le caigan), habrá que esperar para ver al joven Lamby, prometedor pero aún tierno para ser el 15, y suspirar por Bismarck du Plessis en el puesto de talonador: ahí permanece, por ahora, el capitán John Smit, cuya leyenda está bajo bombardeo por el empeño de su técnico en alargarle la vigencia. Propongo un ojo siempre en Heinrich Brüsow, ariete de la tercera que más me gusta en todo el torneo, junto al sanguinario Burger y a Pierre Spies. Otro en Jacques Fourie y el tercero en la bota de Steyn, que en el mejor de los casos dicta el camino, la táctica, el tiempo y los resultados. Pronóstico: si los mencionados se aproximan a sus versiones más reconocibles, Sudáfrica será muy difícil de bajar del torneo. Si no lo hacen, igualmente será complicado sacarlos. Dominarán el grupo, pero sin exhibirse. Los veo en semifinales, donde si todo es normal se cruzarían a muerte con los All Blacks. Y ahí… cualquiera sabe.

George North, asesino con cara de niño, anotador ala: el chico del que todo el mundo habla en Gales y, si las previsiones se cumplen, del que todo el mundo hablará de esta Copa del Mundo en adelante. Cuando Warren Gatland lo llamó, era un desconocido: ahora la expectación lo rodea.

Gales ha acometido una reforma integral, pero sin ir al Ikea. No le ha impresionado lo más mínimo enfrentar a sus jóvenes talentos con la cita máxima. Su partido contra los sudafricanos, que abre la participación de ambos, supone una batalla de las edades en toda regla: la media de edad de los dragones no pasa de 26 años, su capitán Warburton tiene 22, y la escuadra suma algo más de 400 internacionalidades entre los 30 miembros del equipo. Los Springboks doblan esa cifra. John Smit cumplirá 34 en abril. Así que será un choque de opuestos en toda regla, porque Gales, su entrenador Warren Gatland y el mundo entero saben que unos llevarán el partido al enfrentamiento de los delanteros y el dominio posicional del territorio; mientras los otros querrán que la pelota fluya, los hombres vuelen y la juventud baile. Sobre todo la de su medio de apertura, Priestland, en quien Gatland tiene puestas enormes esperanzas. Elegido tras la lesión de Stephen Jones, habrá que ver cómo mezcla con el medio de melé, Mike Philips, quien sí maneja una delantera con conocimiento y causa: ha vuelto el oso Adam Jones, siempre tan necesario, pero echaremos de menos a Gethin Jenkins, lesionado, uno de los primeras líneas que mejor placa abajo, incluso en carrera. Y a Ryan Jones en la tercera: tiene para dos semanas y su participación en el torneo está en el aire. Resisten clásicos como el segunda Alun Wynn-Jones, Lydiate, la reserva del efervescente (no siempre para bien) Andy Powell, Charteris… y aparece con un peinado afro-setentero Toby Faletau, flanker tongano, hijo de un veterano mundialista de 1999 y recién promovido a la

Alesana Tuilagi, con la camiseta del Leicester: el rostro más reconocible de una selección de Samoa que promete más de un disgusto siempre que aparece en un torneo mayor.

primera selección galesa por Gatland en el mes de junio. Entre los tres cuartos, varios clásicos de ayer, hoy y siempre (Jonathan Davies,  Jamie Roberts, James Hook, desde luego Shane Williams…) y un muy serio proyecto de estrella en el ala: George North. Pronóstico: el único norteño en el grupo, afronta un choque monumental contra los sudafricanos y encuentros muy duros con equipos que lo han golpeado en el pasado, Samoa y Fiji. El resultado es incierto, pero anuncian diversión por el modo de jugar de sus estrellas.

Cualquier equipo de Samoa y de Fiji se han hecho difíciles de batir. Gales lo aprendió a base de resbalar en esa misma baldosa en dos mundiales distintos. Los samoanos llegan al Mundial con el viente de cola de una prestigiosísima victoria sobre Australia en julio, una carta de presentación temible para un grupo bastante duro, en el que la segunda plaza está muy en el aire. Eso, si los polinesios no dan su perfil más frívolo en defensa (como enseñó Tonga en el partido con los All Blacks). Samoa tiene poderío, jugadores atléticos, durísimos en el contacto y veloces en campo abierto. Fiji todavía afila más ese perfil: su arquetipo de rugby es el del siete, espacios, contacto y pase, ángulos salvajes de carrera, revoloteos y cambios de dirección. Si uno los deja sueltos, es como perseguir gallinas en un campo de fútbol. En Samoa aparece, reconocible por encima de cualquiera de sus compañeros, Alesana Tuilagi, hermano de Manu (el centro de Inglaterra) y familiar presencia en la Premiership. Es la saga de los Tuilagi, interminable: además de Alesana y Manu, Henry Tuilagi juega en el USAP Perpignan. Luego vienen Fereti ‘Freddie’ Tuilagi, y Anatelia ‘Andy’ Tuilagi. Y, por fin, Sanele Vavae Tuilagi, que milita ahor en el Coventry. Además de Alesana, en Samoa merece la pena atender al veloz David Lemi y al centro Mapusua. En Fiji (que ya dio cuenta en la madrugada del sábado de la bizcochona Namibia), el capitán Deacon Manu y el flanker Akapusi Qera le dan ritmo a la delantera. Los de atrás lo tienen todos. Su choque con Samoa será una exhibición de vuelo sin motor. Pronóstico: Samoa está en condiciones de sacar a Gales del torneo a la primera de cambio; habrá que ver con Fiji, con un juego más singular, menos dispuesto a diferentes tipos de partido. Los dos son una amenaza para cualquiera. El grupo es un campo de minas. Namibia, por fin, está destinada a correr mucho y ganar poco.