Señoras y señores, estamos flotando…

7 06 2012

Ha hecho fortuna la célebre frase acerca del periodismo musical atribuida a Frank Zappa: “Escribir sobre música es como bailar arquitectura”. Uno de mis ejercicios preferidos consiste en leerme las críticas de discos del Guardian inglés, porque no entiendo nada de lo que dicen. No es que no entienda el idioma, es que el intrincado lenguaje con que dan estatura a su juicio, la sofisticada etiquetación de los estilos musicales, la perifrástica distinción con la que se expresan, me seducen profundamente. Describir sonidos, por supuesto, no es tarea sencilla. Menos aún comunicar sensaciones provocadas por la música… Es un callejón sin salida hacia la resbaladiza metáfora, género tan traicionero. La otra noche, en uno de los muchos tránsitos entre escenarios que hice en la última tarde del Primavera Sound, consultaba referencias de unos cuantos grupos que no conocía. La última noche me dediqué al turisteo, como contaré en otra ocasión si bien me viene. Fue en uno de esos agradables paseos sin prisa, husmeando músicas bien diferentes, cuando en la base de datos reparé en aquella palabra que, desde ese mismo instante, me dejó y aún me tiene dando vueltas: cierto grupo en tal escenario practicaba lo que se llama “en los círculos especializados” POP HIPNAGÓGICO.

Naturalmente, yo no podía pasar por alto un descubrimiento semejante, que deja sentado que yo -caso de serlo- soy un melómano del tres al cuarto. Ahí mismo me senté en la gradería del escenario ATP mientras abajo los muchachos de Demdike Stare generaban con gran empeño una de sus sesiones de terror y ruidismo industrial. No son como para ponerse al sing-along, así que me dediqué a investigar. El pop hipnagógico hace referencia a esa música brumosa, como de etéreas ensoñaciones, melodías inaprensibles, intenciones oníricas, trascendental refinamiento, que practican gente como Oneothrix Point Never, Ariel Pink, Geneva Jacuzzi, Washed Out o Neon Indian, por citar sólo algunos de los nombres que pude reunir aquí y allá. Algunos de ellos estaban en el PS de este año. Lo de pop hipnagógico lo inventó un periodista musical de la revista Wire, David Keenan, quien asoció el sonido al estado de relativa consciencia en que se halla el cerebro en el paso del sueño a la vigilia. De acuerdo a la elaborada teoría asociativa de Keenan, los muchachos hipnagógicos estarían volcando en sus producciones musicales el insconsciente recuerdo de las melodías, sonidos, arquetipos visuales y calidades musicales de los que se empaparon durante su infancia, en los años ochenta. Es decir, un procedimiento de creación musical a partir de materiales del subconsciente. Lo que han dado de sí los años ochenta nos sigue sorprendiendo a los que en los años ochenta andábamos de despertares, y bastante ocupados con agotar la fecundidad beatle. Pero volvamos al hipnagogismo: el movimiento se asocia también a la corriente llamada lo-fi, la grabación y registro de sus trabajos en aparatos de baja fidelidad, que aseguran un sonido trasnochado, como de obsolescencia buscada a propósito: uno lo escucha y, si no está informado (cual es mi caso) no está seguro si la canción es de ahora o de hace treinta años…

Una vez desentrañado el enigma, me alejé de Demdike Stare con más inquietud que si le hubiera sostenido una mirada larga a Marilyn Manson. Y me dirigí al escenario Mini, donde por lo visto iban a levantar una casa en la playa. En esa misma dirección acudía ya una masa completa, que arrastraba los pies enmarcado en una ligeran nube de polvo, como un pueblo israelí en éxodo; convencidos todos sus integrantes de que allá al fondo, un poco antes del Mediterráneo, en un descampado algo inhóspito que mira a un skyline deprimente de promociones inmobiliarias congeladas por la crisis, allá, decíamos, el dúo de chico y chica que responden por Beach House aseguraban una experiencia trascendental de la cual todos debíamos ser partícipes. Todos menos, tal vez yo. Yo soy la encarnación de esa vocecita que se alza tímida en los blogs musicales de moda y, en medio de las innumerables apreciaciones generosas de la música de Beach House, apunta con un dedito cauteloso en alto: “Oiganme… ¿soy yo el único al que le aburren Beach House?”. Alguien me había pedido una crónica detallada del concierto de la Casa de la Playa. Yo tengo por ahí un par de discos de Beach House (Devotion y Teen Dream, anoto), y la verdad no diría que no me gusten, particularmente el segundo. Pero si acudí al concierto fue con aprensión, pensando si tal vez en directo descubriría una filiación algo más robusta que la que me habían dejado sus sonidos en casa; o bien trataba de convencerme de que la corriente general era la acertada, como acostumbro a sospechar con esa levedad de juicio que me caracteriza. No, Beach House no hacen hypnagogic pop. Pero deben militar en una liga paralela en el campeonato de las etiquetas: la del dream pop. Es decir, otra vez la levedad onírica, las ensoñaciones, el vaporoso ejercicio de la delicadeza. Me situé a un lado del escenario. Comenzó el recital:

Antes de cuatro canciones, resolví que yo no vivía en esa onda, de modo que debía emprender el camino de regreso antes de incurrir en una depresión por tensión baja. Ya perdonará quien solicitó la crónica. Las últimas noches de estos festivales precisan algo de ruido, o uno queda atrapado en el síndrome del fin del verano, después de tres jornadas de ver atardecer, anochecer y amanecer, consecutivamente, siempre empapado de las más variadas músicas. Precisaba más energía -Real Estate, unos muchachotes americanos de música simpática- y menos seducción. Algo de lisergia me había procurado ya con Sleepy Sun, otra banda a la que le tenía muchas ganas: vienen de San Francisco y bordean la psicodelia, territorio en el que acostumbro a sentirme seguro. La renuncia a Beach House reiteraba la que dos noches, antes, en ese mismo escenario, tuve para The XX. ¿Tienen algo que ver? Difícilmente. La inducción a la hipnosis por la melodía minimalista, tal vez. Sí, yo mismo estoy hablando como uno de esos críticos del Guardian, y además sin saber nada. La cuestión fue que The XX -de los que también tengo su único elepé y lo escucho con gusto en instantes muy determinados de quietud íntima y espacial- se presentaron, como escribió con mucho tino un cronista, “con la misma ropa de la última vez”. Envueltos en su sombría bruma de magnéticos sonsonetes. De vuelta fue J el que puso voz a la pregunta: “¿Será ésta una de las bandas más sobrevaloradas de la historia?”. ¿Es que están tan valorados?, respondí yo con extrañeza.

Aún regresaríamos una vez más -o lo hice en solitario- aquella noche al mismo escenario. Fue para ver a una de las bandas que más me apetecían de este año: Spiritualized. Veteranos de la ensoñación, en esta ocasión bajo el epígrafe de space rock. Todo un estilo definido por esa maravillosa canción -y un disco monumental, para mi gusto- que es Ladies and Gentlemen We Are Floating in Space… Ese trabajo, de 1997, define la carrera de Jason Pierce, el atribulado hombre que fue de Spaceman 3 en su día y ahora el cuerpo y la mente de una banda cuyo desbordante lirismo viene impreso en construcciones eléctricas, a veces de inspiraciones gospel, otras próximas al blues, en este último Sweet Heart, Sweet Light más próximas a un rock, si se quiere, convencional. Cuando atravesé el descampado, Pierce había subido en la brisa generosa próxima al mar su Hey Jane!, el primer single del último elepé, que contiene el amargo vitalismo de un muchacho cuyo amor, hace años, se llevó por delante otro elemento de mirada lánguida (el Richard Ashcroft de The Verve), al que más tarde golpeó una neumonía que casi lo pone de verdad en el espacio y que ha sustituido últimamente la lisergia química por farmacopea más o menos psicotrópica, y sesiones de quimioterapia, para vencer una dolencia degenerativa en el hígado. Y ahí me dejé llevar, en la potencia sugestiva de esa música, arqueando la ceja comprensivo cuando Pierce se dejaba ir en uno de sus ejercicios onanistas de viento, cuerda y voces; para celebrar los regresos al planeta Tierra. Particularmente cuando la voz en off, desde luego, anunció a la concurrencia: “Señoras y señores… estamos flotando en el espacio”. Y murmuramos en acompañamiento la estrofa: “Todo lo que le pedimos a la vida / es un poquito de amor / para que nos libre del dolor… / Hacernos más fuertes hoy / Un paso gigante cada día…”. Spiritualized es un grupo para dormir al raso bien acunado, mirando a las estrellas, y descifrar constelaciones conocidas e ignoradas. En muchas ocasiones la voz de J Spaceman ha sido mi nana, sobre todo en veladas de verano, en la terraza, auscultando la trémula iluminación grisácea de los noctámbulos. Así se nos fue la noche con ellos otra vez, al final recostado en el cemento, pero elevados en polvo cósmico musical en una madrugada de buscada hermosura: inseguros, eso sí, de si no habríamos estado bailando arquitectura.

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Música subtitulada

28 05 2010

Mark E. Smith, líder único (e irrepetible) de The Fall: el post-punk británico pervive en el gastado aspecto de este músico provocador e ingobernable.

En el Parc del Fòrum quedaron expuestas las Edades del Hombre: de Mark E. Smith (frontman de The Fall, working-class hero del post-punk, género de voces mascullantes que uno sólo puede imaginar británico, rezumante en lugares como Salford) a Stephen Malkmus (alumno de la Universidad de California Los Angeles, que tiene en el acento y en su porte un corte UCLA que empapa a su grupo de siempre, Pavement). Y, aún más abajo en la escala temporal, casi en las fronteras con la adolescencia, los muchachos virtuosos del oscuro que son The XX, esos chicos del coro sombrío que mezclan la languidez y el terciopelo azul marino, los recovecos de una música que subyuga o no importa, según lo que uno sea capaz de envolverse en el manto de la propuesta.

Durante el concierto de The XX una llovizna morosa procuró al juego de texturas lumínicas del joven grupo británico una escenografía muy adecuada, como de bosque neblinoso en el intercambio de voces de sus dos vocalistas, femenino y masculino: Romy Madley Croft y Oliver Sim. Los dos parecen salidos de una película indie americana, de jóvenes desinteresados por otra cosa que no sean las posibilidades poéticas de la no existencia. Sin embargo, parecen tranquilos y conformes, aunque deliberadamente ausentes. A mí me dejaron algo indiferente, pero tal vez fuera porque yo estoy en un instante de música muy orgánica, en la que prefiero la bestial versificación rítmica del salvaje baterista de The Fall a la seda cimbreante de un sintetizador. No sé si este prejuicio tiene demasiado sentido, pero ocurre así. Cualquier día lo reviso. Pero sólo en la intro de The Fall, con ese hombre aporreando los tambores mientras aparecen el resto de miembros de la actual formación de la banda, con el bombo en rabiosa huida adelante, como un latido brutal que se te mete dentro, sólo esos breves minutos me ponen mucho más en mi sitio. Y luego, claro, está Mark E. Smith. ¿Pueden Oliver y Romy significar lo mismo que Malkmus y Mark E. Smith? Pueden… tal vez en nuestra proxima vida.

The XX son los chicos del coro gótico-electrónico que empaparon el Primavera Sound de su lánguida lluvia oscura.

Por lo demás, evitaré las consideraciones musicales más allá de lo descriptivo o lo meramente personal. Para eso ya están los sabios de la cosa. Prometo que me levantaron el ánimo Superchunk (sólo con ese nombre…) y que, si no fuera porque se venían Pavement y la Gran Bretaña entera a la una de la mañana y hubo que correr para arrodillarse como en La Meca, me hubiera quedado entreverado en las alucinaciones sónicas de Big Pink y a estas horas seguiría subido en algún andamio y habrían de venir a bajarme los bomberos como a los gatos de los árboles. Lo mismo con Delorean, cuando la hora ya frisaba los límites de la mañana. Uno considera madrugada hasta las cuatro. A partir de ahí ya clarea y cantan los pajaritos. Delorean derramaron luz y color para iluminar la noche de gafas de sol contra los excesos de la luna y estimulantes químicos que siempre me hacen pensar en Hunter S. Thompson, su sombrero Panamá y las gafas grandotas en Las Vegas.

No alcancé a ver a The Wave Pictures o a Broken Social Scene, entre otros intereses, pero aquí al menos uno necesita ser uno y trino para atender a todo. La disociación auditiva, la telematía y el transporte de la materia aún son cuentas pendientes de los festivales como el Primavera Sound. Para empezar pegamos la oreja a The Fall, que es como calentar corriendo los cien metros lisos. Es decir, que te lo juegas todo porque más fuerte no se puede empezar. Para no decepcionar a nadie (si es que eso les importase, que no), The Fall hicieron lo de siempre con la misma gracia torcida de siempre. Salió Mr. Smith con los pómulos descolgados y su rostro asimétrico que parece zozobrar o inclinarse a los lados, una levita de cuero y su mujercita dando gritos con mucho compás en los teclados. Uno diría que Smith llegaba de jugar la partida con dos o tres anises y ganas de tocarle el culo a las camareras. Pero la música es asunto serio y de apariencias confusas. Mordiendo las letras, The Fall arrancó con Your Future, Our Clutter, tema que da nombre a su último elepé, y de ahí en adelante todo fue metálico, pesado, industrioso y electrónicamente metalúrgico, como un terminator hecho ópera.

Ficha policial de los chicos de Pavement, sospechosos de alimentar la idolatría con temas 'himnóticos' y un regreso saludado por el clamor pegajoso de sus incondicionales.

Pavement jugaban en casa porque la idolatría los rodea. En medio de la proclamación de uno de sus himnos, un muchacho a mi lado gritó: “¡¡¡Que la subtitulen!!!”. Como queriendo decir: nadie puede extraviar ni un solo gramo del significado y la esencia últimas de esta canción. Me pareció muy buena idea: música subtitulada. Y no hablamos de poner las letras en un printer impresionadas en la pantalla, para que la gente pueda saber lo que dice el cantante. No, eso son los karaokes… Hablamos de subtitular la música. De traducir en palabras el vuelo invisible de las melodías, los ritmos, el tiempo de los compases, el enredo de notas y guitarras, lo que quiso expresar al fondo del tema su compositor, lo que comunica, lo que no dice, lo que está suspendido, lo que no se podrá aprehender jamás y sin embargo cualquiera entiende. De explicar por qué la música y cómo la música. Qué hace. Cómo lo hace. Por qué estamos aquí, para qué, dónde y hasta dónde. Que subtitulen la música, si alguien puede. Mientras esperamos, volveremos de nuevo esta noche al laberinto del minotauro, esta casa de Asterión que es el Primavera, donde las preguntas vuelven sobre sus respuestas. Donde exponen a hombres sin tiempo (Jeff Tweedy, Marc Almond, Black Francis) para contemplación y maravilla de las masas. Donde nada es tan serio como tal vez parezca por estas líneas…