La vida sin Dan Carter

3 10 2011

Nueva Zelanda ha ingresado en la pesadilla nacional: antes de enfrentar a Canadá, en el último Captain’s Run (el entrenamiento que dirige el capitán del equipo antes de cada partido), Dan Carter se desgarró un aductor y ha quedado fuera de la Copa del Mundo. La noticia provocó una crisis de ansiedad de proporciones monumentales entre los seguidores de los All Blacks, que son un país entero, y una desoladora sensación de orfandad que su relevo, Colin Slade, va a tener difícil enjugar. El miedo a una lesión de Carter lleva tiempo instaurado en el cerebro colectivo neozelandés. Y la desconfianza en la posibilidad de sustituirlo ha llegado a apoderarse de su entrenador, Graham Henry, quien en más de una ocasión últimamente ha usado a Piri Weepu, un medio melé de velocidad recortada, aunque mucho oficio, como medio de apertura de urgencia. Slade ya jugó con Canadá, tuvo un comienzo prometedor y una tarde opinable con el pie. La presión se va a amontonar a su alrededor. Y muchos analistas creen que la lesión de Carter (el inventor, el creador, el inspirador de casi todo el juego de ataque All Black, además de un pateador fantástico) pone en cuarentena cualquier pronóstico acerca de las candidaturas al título. Y en cierto modo, es verdad.

Dan Carter cae fulminado en el entrenamiento del capitán McCaw: una rotura en las aductores lo ha dejado fuera del Mundial, provocando la histeria nacional en NZ, donde ya se temen que el título se les escape otra vez sin la magia, el control y la eficiencia de Carter en su medio campo. Foto: Phil Walter / Getty Images

Para compensar, siempre nos quedará la historia. En la primera RWC, la de 1987, los All Blacks sufrieron la lesión —también en un entrenamiento— de su talonador y capitán, Andy Dalton, uno de los motores emocionales y deportivos de aquel equipo. Sin Dalton, pero con Fitzpatrick como número 2 en su relevo, aquel equipo levantaría finalmente el trofeo contra la Francia del recordado Sèrge Blanco: honor que le correspondió a un sensacional David Kirk, su medio de melé. Un doctor en medicina que protagonizó el plante a una gira de los Cavaliers por Sudáfrica en 1986, apelando a su objeción de conciencia contra el régimen del apartheid. Después, Fitzpatrick acabaría siendo también una leyenda All Black, capitán en 1992 hasta su retirada en 1997, y uno de los jugadores más reconocibles de la última era. Así que la lesión de Carter cierra una puerta pero abre otra. El equipo (sin Carter y sin McCaw, Nonu o Mealamu, actores principales, pero con Muliaina reinstaurado de zaguero) no albergó dudas contra los canadienses, a los que se sacó de encima 79-15. Para la memoria quedará, sin embargo, este dato: Nueva Zelanda fue por detrás en el marcador por primera vez en todo el torneo, después del 0-3 inicial. Era el único equipo que mantenía en pie ese orgullo de haber sido siempre quien iba ganando. El honor de poner momentáneamente bajo su bota a los Blacks le correspondió a Ander Monro, que pasó entre los palos un golpe ganado después de que Colin Slade viera bloqueada su primera patada a seguir. Al final, NZ metió doce ensayos (Zac Guildford, elegido esta vez para el ala, firmó cuatro) y Slade se retiró cojeando en la segunda mitad. Entró Weepu para jugar de apertura, otra vez, anotó con el pie y pareció recordarle a su entrenador y a todo el mundo que hay alternativas. Opinables, pero alternativas. ¿Es posible vivir sin Dan Carter? Por ahora, todos los signos son demasiado contradictorios como para impedir el nerviosismo nacional. Aguarda Argentina, ese equipo que tiene la forma de una trampa…

Mientras, Escocia volvió a casa, cumpliendo el pronóstico que —a pesar de nuestro cariño por el equipo del Cardo— le habíamos diseñado antes del torneo: irse pronto dejando un aroma agradable. Inglaterra la derrotó en el encuentro decisivo con esa forma que tiene Inglaterra de ganar, consistente en no dejar contento ni a los suyos ni a los ajenos. Escocia hizo todo lo que sabe hacer y aplicó con rigor el plan de juego: fue agresivo delante, saltó a los placajes con fiereza sin permitir pensar a los ingleses, discutió las touches, estuvo dura en los contactos y complicó los breakdowns a los ingleses, que durante todo el primer tiempo estuvieron fuera de sitio y al cuarto de hora llevaban ocho golpes cometidos. El equipo de Andy Robinson mostró una buena cantidad de movimientos preconcebidos y bien ejecutados, como esa rueda de pick and go de los delanteros en la 22 rival, que concluyó con el esperado pasecito a Parks, que aguardaba subido en su baldosa para anotar el drop. Sumados todos esos valores, Escocia capitalizó su esfuerzo con el pie gracias a Patterson primero y a su medio de apertura después. Se había lesionado el titular, Ruaridh Jackson, y nos pareció que su ausencia dificultaba el juego abierto que quería Escocia. Parks, sin embargo, movió bien al equipo con el pie y llegó a estar 12-3 (necesitaba ocho puntos de distancia para clasificarse) a la hora de juego.

Ruaridh Jackson se retira, lesionado, y deja el puesto a Dan Parks en el partido contra Inglaterra: el emocionado abrazo explica la decepción del joven apertura, que más tarde se extendería a todo el equipo escocés tras una durísima derrota que los envía a casa. Foto: Sandra Mu / Getty Images

Pero Inglaterra regresó del descanso algo más compuesta y erosionó las ventajas escocesas gracias a Wilkinson, quien en el peor de los casos (y el primer periodo fue uno de esos casos) siempre vuelve a tiempo. Afinó las miras y se arregló para poner el partido hasta 12-9 con su insondable pie izquierdo, templando con los minutos su cada vez más irregular patada. A Escocia empezaron a faltarle todas las cosas necesaria: puntos, tiempo, energía y, sobre todo, claridad en el juego. Insistieron en romper casi siempre por dentro, con el tercera Richie Vernon y Sean Lamont cargando la mayor parte de las veces por el eje de los ataques. Hubieran necesitado más variedad, ir por afuera alguna vez… pero al equipo de Robinson le falta lo decisivo: jugadores capaces de ganar la línea de ventaja con la pelota, de quebrar la defensa con pasos a los lados o abriendo ángulos en las carreras. Inglaterra, tan decepcionante como es su juego colectivo, los tiene. Delon Armitage estuvo a punto de ensayar en una esquina, primero. Y luego, cuando se retiró Wilko con un hombro dañado, apareció Toby Flood para ser el número 10. Escocia no tiene a alguien como Flood, siquiera: alguien capaz de dar ese pase que dio Flood para que Chris Ashton, velocista incontenible, posara ya en los minutos finales el ensayo que le dio a Inglaterra una victoria tan inmerecida como frente a Argentina, o tan inmerecida como la de Argentina contra Escocia… La diferencia está en el talento. Escocia llegó donde podía llegar, nada más. Y, una vez más, vuelve a casa a pensárselo todo de nuevo.

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Grupo B: Juremos con gloria morir

9 09 2011

Argentina, Escocia, Inglaterra, Georgia y Rumanía.

Richie Gray, el muchacho del pelo de paja, es uno de los posibles salvoconductos de Escocia hacia las alturas. Literalmente, su 2.08 dirige las operaciones aéreas del equipo del cardo, pero el ratio de trabajo y aportaciones de Gray va más allá de las excelencias de su físico para el salto.

Para el test match preparatorio en Murrayfield contra Irlanda, la Scottish Union decidió variar su habitual política y poner localidades a la venta en el día del partido. El resultado fue inesperado: hubo que retrasar el inicio del choque porque las filas de entrada al estadio eran demasiado largas como para filtrar a todos los aficionados a tiempo hasta las gradas. Además, una vez dentro hay que visitar el ambigú y llenar una de esas bandejas con ocho huequitos para pintas, que dan al menos para ver la primera media hora de partido. La imagen tal vez sirva para explicar el estado de expectación que rodea a la Escocia de Andy Robinson, una corriente de optimismo notable para una afición a la que le cuesta llenar el estadio, salvo que lo visite Inglatera, y que lleva años anclada en la sensación de haberse quedado atrás con respecto a las otras home nations. Robinson ha ido girando trabajosamente esa etiqueta, como una pesada rueda de molino, convirtiendo al mismo tiempo el fatigoso juego tradicional de Escocia en una variación más alegre, en la que la pelota ha ganado ligereza entre las manos de los jugadores, con asociaciones veloces, contraataque, ejercicio del dominio a través de la posesión… Hay hombres básicos en la aplicación de ese concepto: el segunda Richie Gray, un 2.08 con destreza en las manos, juventud en el pecho, un altísimo ritmo de labor en los lados más sombríos del juego y capaz de llevar la pelota adelante contra los muros ajenos. La primera y la segunda escocesa tal vez estén entre lo más notable del torneo: Jacobsen, Cross y Ford (más el agregado del montañoso Moray Low) conformen un paquete robusto y nada perezoso. En los terceras hay muchas combinaciones: tal vez ningún jugador que resuelva partidos por sí solo, pero sí la aspiración combinatoria, de equilibrios en perfiles y aportaciones, que preside la construcción de las delanteras hoy día. Detrás, algunos clásicos (Blair, Parks, Patterson, los Lamont, los Evans…) y apariciones más o menos recientes que habrá que atender y que pueden definir la estatura del equipo del cardo: Ansbro, un segundo centro rocoso, veloz y hábil para rechazar placajes y descargar la pelota. Y el apertura Ruaridh Jackson,  alumno aventajado de Dan Parks en el Glasgow Warriors. Pronóstico: mejor impresión que resultados. Les cuesta ganar partidos, aun cuando los dominen territorial y dinámicamente. Hasta cuartos los veo, nada más. Se jugarán sus opciones contra Argentina y me partirán el corazón, lo sé…

Felipe Contepomi, uno de los varios eslabones en la cadena de transmisión de los Pumas. La emocional, la que tiene que ver con la experiencia y, también, la del juego: en ausencia del mago Juan Martín Hernández, en las manos y los pies de Felipe va a residir el gatillo de juego de los Pumas.

De esta Argentina se destila una certeza inevitable: no es el equipo de hace cuatro años. Ahora… ¿qué significa eso? Antes de empezar el Mundial, de estos Pumas ignoramos muchos cosas y sabemos algunas ya conocidas: la capacidad, oficio, fiereza y condición compacta de su paquete (Ledesma, Roncero, Figallo, Scelzo…), al que muchos le miran con suspicacia el carnet de identidad; la presencia de algunos de los tótem del último e inolvidable Mundial: el Pato Albacete, soberbio segunda; la tercera con Fernández Lobbe o Leguizamon; la dirección de Felipe Contepomi o la esperanza de un ala como Horacito Agulla, en cuya aparición creímos entrever a un ala de primera línea mundial, a un corredor decisorio. Lo demás son huecos muy grandes que llenar, el tradicional argumento de su falta de partidos internacionales como selección en periodo de entreguerras, la espera de su entrada el año próximo en el Cuatro Naciones con los gigantes del Hemisferio Sur y la reconstrucción del orgullo, el prestigio y el rugby de hace cuatro años. Ya no está quien parecía inspirar desde dentro todo aquello: Pichot, claro. Ahora a los delanteros los pastorea Nico Vergallo, que llegó al Stade Toulosain para ser el relevo futuro de Byron Kelleher y acabó disputándole los minutos al ex All Black. El año lo culmina habiéndole ganado la nueve de los Pumas a Lalanne, la otra opción del seleccionador Santiago Phelan. Los Pumas fueron, seguramente, el equipo más memorable del Mundial de hace cuatro años, si exceptuamos el bienio de incontestable dominio que coronaron en ese periodo los Springboks. Ahora han renovado el plantel y la ausencia por lesión de Juan Martín Hernández, el jugador que eleva su perfil desde el medio de apertura, supone la aparición en ese puesto de Contepomi y el interrogante de hasta dónde podrán rebasar los Pumas las limitaciones que se les suponen. Hay que pensar que el avance del Mundial los mejorará, pero el tiempo no sobra en este torneo: debutan contra Inglaterra y tienen que disputarle la segunda plaza, seguramente, a Escocia. No falta quien habla de un pasaje transitorio y en Nueva Zelanda nadie apuesta por que vayan más allá del primer cruce. Hace cuatro años, sin embargo, nadie hubiera dicho que acabarían siendo terceros. Yo creo que los Pumas siempre tienen más de lo que a todos nos parece. Veremos quién acierta… Pronóstico: yo creo en los Pumas. Los veo incluso por delante de Escocia y avanzando hasta cuartos.

Lawes, dos metros de segunda línea con una estructura de jugador versátil, moderno, capaz de intercambiar la segunda y la tercera líneas: en cierto modo, el anhelo de cualquier entrenador. Dominador en la touche, rotundo llevando la pelota. Como dijo Trecet en el partido de baloncesto de España contra Gran Bretaña, "a partir de 1.95 los jóvenes ingleses eligen el rugby".

Haga lo que haga, el rugby de Inglaterra siempre parece no ser suficiente para interesarnos. Hablamos del periodo de gestión de Martin Johnson. Ésta es una apreciación muy subjetiva que no es preciso compartir. Razonarla parece obligado. Creímos haber apreciado un cambio en el juego inglés, inspirado por Toby Flood, en el arranque del último Seis Naciones, contra País de Gales. Pero la imagen que quedó fue la progresiva caída del apertura, las dudas aquí y allá y aquel último partido en territorio irlandés en el que la pasión verde se desbordó mientras a los ingleses se les quedaba cara de fracaso sin el Grand Slam. En Inglaterra la mayoría de nombres suenan a dèjá vu: los gordos Thompson, Mears y Sheridan; Cueto en el ala (lesionado para el primer partido, lo que hace sitio para Delon Armitage en esa posición), los Moody, Croft, Deacon, Easter, Shaw… todos treintañeros. Y desde luego el par de incombustibles del medio campo: Tindall y el noble Jonny Wilkinson. No usaremos aquí la edad como argumento, no señor. Porque si bien ninguno de estos elementos nos ha fascinado nunca (a excepción de los placajes de Wilkinson y esa ricura de pies que tiene), resulta imposible negar su naturaleza de asombrosos competidores. El último Mundial fue la demostración máxima. Ahora, en Inglaterra también hay un grupito de jugadores a los que hace falta vigilar. Me interesa mucho en la delantera el rendimiento de Corbisiero (pilar italo-americano), Dan Cole (estupendo en el Seis Naciones) y Dylan Hartley. Desde luego James Haskell, seguramente su mejor tercera, tan tribunero como Ashton. Y también el estado del interminable segunda Courtney Lawes, al que le he visto partidos asombrosos con Northampton, pero que arrastra restos de una lesión. Inglaterra tiene que resolver la duda shakesperiana entre Flood y Wilko, aunque diría que está resuelta a favor de Wilko. Y santigüarse en el medio de melé, en ausencia de Danny Care. Por ahora, Wigglesworth por delante de Ben Youngs o el más bisoño Simmons. Otro punto decisivo en la construcción del juego será la resolución de los centros: ahí están, además de Tindall, que ya debería tener un papel secundario de veterano que Johnson se va a resistir a darle, algunos pájaros hechos para la demolición como flutey, el excitante veinteañero Manu Tuilagi y Banahan, al que llaman el Lomu inglés (obviando la evidencia de que a Lomu jamás lo hubieran llamado el Banahan neozelandés)  y que siempre me pareció demasiado robótico para el ala. Quiero verlo en el callejón de los psicópatas que es el primer centro, si eso llega a ocurrir. Y luego, atrás del todo, dos jugadores magníficos, capaces de elevar el listón inglés corriendo el campo con la pelota: el finalizador Ashton, que se da mucho autobombo, pero con motivos; y Ben Foden, que por lo que le he visto me parece uno de los zagueros más interesantes del momento. Pronóstico: primeros de grupo, porque el orgullo inglés no es un lugar común, sino una realidad, también a la hora de jugar al rugby. Y en el cruce (seguramente con Francia) uno de esos partidos imposibles de predecir. Pero lo mejor (o lo poco que a mí me gusta) de lo que Martín Johnson le da a esta Inglaterra es lo que lo hizo a él una leyenda en su país: el liderazgo y su capacidad para competir.

Rumanía y Georgia completan esta zona en la que habrá que jurar morir con gloria, como promete el himno argentino. Es, tal vez y a priori, el grupo más duro, más áspero de todos. Porque los secundarios son equipos que obligan a cualquiera a picar piedra. Fuera del Seis Naciones, los Lelos están reconocidos como el mejor equipo del continente europeo, el decimosexto del mundo. Tiene un buen número de jugadores en Francia, entre ellos su mejor activo, el segunda/tercera Gorgodze, también conocido entre los amigos de la hipérbole como Gorgodzilla. Rumanía exhibe hasta nueve hombres radicados en equipos del Top 14 y la misma actitud rocosa de los equipos del este. Son equipos construidos con jugadores reconocibles, sospechosos habituales. Rumanía ha sufrido demasiadas lesiones en su preparación y aún tiene muchos puestos que decidir. Pronóstico: los Lelos, cuartos, los rumanos quintos. Y honrosas derrotas, cobrándose algún cadáver intermedio si fuera posible, en los partidos contra los principales del grupo.