Grupo D: Campo de minas

10 09 2011

Sudáfrica, País de Gales, Fiji, Samoa y Namibia

John Smit levanta el trofeo Webb Ellis, ganado en el Mundial de 2007, cuando Sudáfrica dominaba el mundo oval. La séptima Copa del Mundo encuentra a una brillantísima generación de Springboks de vuelta de sus mejores días.

Pocos se atreverían a colgarle de la espalda un monigote de papel a, digamos, Victor Matfield. Pero Sudáfrica aparece en este Mundial con una diana subida en los omóplatos, ahí justo donde exhiben los Springboks esos números tan chiquitos, que se pierden en las llanuras de la camiseta. El campeón siempre tiene una diana cuando arranque el siguiente Mundial. En el caso de Sudáfrica, además, no falta quien le ha olisqueado debilidades y piensa que el gigantón del hemisferio sur está listo para ser derribado. ¿Lo está? Uhmmm, veremos… La cuestión no trata de nivel de los jugadores, cosa que no hace falta aclarar, sino de estado de forma. Particularmente, en mi opinión, de tres o cuatro hombre sque definieron el dominio implacable de los Springboks en el periodo que les condujo a levantar en 2007 su última Copa del Mundo: hablamos de Morne Steyn (zaguero o medio de apertura, el pie clínico que ha acostumbrado a poner a Sudáfrica un paso más allá que sus rivales, y al que vimos en un perfil bajo en el Tri Nations), del incomensurable segunda Victor Matfield, la velocidad incontestable de Habana por el ala y la dirección y Fourie du Preez, el que fue considerado en el ciclo inter-mundiales el mejor medio de melé del mundo, pero al que en la última serie del Tri Nations me pareció ver por debajo de aquella versión superlativa, algo recortado ese filo que le hacía mover a todos y ganar la línea de ventaja con constancia. En realidad, los tres estaban entre los 21 jugadores que el técnico Bok, Peter de Villiers, decidió no llevar a la gira por Australia y Nueva Zelanda que abrió el torneo del hemisferio sur. En esa lista de ausentes (reservados por lesión o por encontrarse, se adujo, en periodos de rehabilitación) había tantos pesos pesados del equipo que Sudáfrica fue acusada de adulterar la competición y se investigó si todas las dolencias aducidas verdaderas. Y De Villiers hubo de responder por un supuesto campus secreto de entrenamiento. El resultado fue mucha tinta y palabra gastada, por un lado, y un equipo disminuido, probando jugadores para el Mundial, por el otro. A la vuelta a Sudáfrica, jugaron todos los buenos, aunque gente como Matfield, Bakkies Botha o Bryan Habana aún estaban oxidados: rusty, que se dice en inglés. Ganaron a Nueva Zelanda. Perdieron con Australia. Y quedó poco claro hasta qué punto en Nueva Zelanda podrá más la edad o la sabiduría: ese rugby sobrio, rocoso, defensivo, simplificado y demoledor del que han hecho tradición y escuela. Como Sudáfrica nunca negocia sus principios (tampoco De Villiers, por más ladrillos que le caigan), habrá que esperar para ver al joven Lamby, prometedor pero aún tierno para ser el 15, y suspirar por Bismarck du Plessis en el puesto de talonador: ahí permanece, por ahora, el capitán John Smit, cuya leyenda está bajo bombardeo por el empeño de su técnico en alargarle la vigencia. Propongo un ojo siempre en Heinrich Brüsow, ariete de la tercera que más me gusta en todo el torneo, junto al sanguinario Burger y a Pierre Spies. Otro en Jacques Fourie y el tercero en la bota de Steyn, que en el mejor de los casos dicta el camino, la táctica, el tiempo y los resultados. Pronóstico: si los mencionados se aproximan a sus versiones más reconocibles, Sudáfrica será muy difícil de bajar del torneo. Si no lo hacen, igualmente será complicado sacarlos. Dominarán el grupo, pero sin exhibirse. Los veo en semifinales, donde si todo es normal se cruzarían a muerte con los All Blacks. Y ahí… cualquiera sabe.

George North, asesino con cara de niño, anotador ala: el chico del que todo el mundo habla en Gales y, si las previsiones se cumplen, del que todo el mundo hablará de esta Copa del Mundo en adelante. Cuando Warren Gatland lo llamó, era un desconocido: ahora la expectación lo rodea.

Gales ha acometido una reforma integral, pero sin ir al Ikea. No le ha impresionado lo más mínimo enfrentar a sus jóvenes talentos con la cita máxima. Su partido contra los sudafricanos, que abre la participación de ambos, supone una batalla de las edades en toda regla: la media de edad de los dragones no pasa de 26 años, su capitán Warburton tiene 22, y la escuadra suma algo más de 400 internacionalidades entre los 30 miembros del equipo. Los Springboks doblan esa cifra. John Smit cumplirá 34 en abril. Así que será un choque de opuestos en toda regla, porque Gales, su entrenador Warren Gatland y el mundo entero saben que unos llevarán el partido al enfrentamiento de los delanteros y el dominio posicional del territorio; mientras los otros querrán que la pelota fluya, los hombres vuelen y la juventud baile. Sobre todo la de su medio de apertura, Priestland, en quien Gatland tiene puestas enormes esperanzas. Elegido tras la lesión de Stephen Jones, habrá que ver cómo mezcla con el medio de melé, Mike Philips, quien sí maneja una delantera con conocimiento y causa: ha vuelto el oso Adam Jones, siempre tan necesario, pero echaremos de menos a Gethin Jenkins, lesionado, uno de los primeras líneas que mejor placa abajo, incluso en carrera. Y a Ryan Jones en la tercera: tiene para dos semanas y su participación en el torneo está en el aire. Resisten clásicos como el segunda Alun Wynn-Jones, Lydiate, la reserva del efervescente (no siempre para bien) Andy Powell, Charteris… y aparece con un peinado afro-setentero Toby Faletau, flanker tongano, hijo de un veterano mundialista de 1999 y recién promovido a la

Alesana Tuilagi, con la camiseta del Leicester: el rostro más reconocible de una selección de Samoa que promete más de un disgusto siempre que aparece en un torneo mayor.

primera selección galesa por Gatland en el mes de junio. Entre los tres cuartos, varios clásicos de ayer, hoy y siempre (Jonathan Davies,  Jamie Roberts, James Hook, desde luego Shane Williams…) y un muy serio proyecto de estrella en el ala: George North. Pronóstico: el único norteño en el grupo, afronta un choque monumental contra los sudafricanos y encuentros muy duros con equipos que lo han golpeado en el pasado, Samoa y Fiji. El resultado es incierto, pero anuncian diversión por el modo de jugar de sus estrellas.

Cualquier equipo de Samoa y de Fiji se han hecho difíciles de batir. Gales lo aprendió a base de resbalar en esa misma baldosa en dos mundiales distintos. Los samoanos llegan al Mundial con el viente de cola de una prestigiosísima victoria sobre Australia en julio, una carta de presentación temible para un grupo bastante duro, en el que la segunda plaza está muy en el aire. Eso, si los polinesios no dan su perfil más frívolo en defensa (como enseñó Tonga en el partido con los All Blacks). Samoa tiene poderío, jugadores atléticos, durísimos en el contacto y veloces en campo abierto. Fiji todavía afila más ese perfil: su arquetipo de rugby es el del siete, espacios, contacto y pase, ángulos salvajes de carrera, revoloteos y cambios de dirección. Si uno los deja sueltos, es como perseguir gallinas en un campo de fútbol. En Samoa aparece, reconocible por encima de cualquiera de sus compañeros, Alesana Tuilagi, hermano de Manu (el centro de Inglaterra) y familiar presencia en la Premiership. Es la saga de los Tuilagi, interminable: además de Alesana y Manu, Henry Tuilagi juega en el USAP Perpignan. Luego vienen Fereti ‘Freddie’ Tuilagi, y Anatelia ‘Andy’ Tuilagi. Y, por fin, Sanele Vavae Tuilagi, que milita ahor en el Coventry. Además de Alesana, en Samoa merece la pena atender al veloz David Lemi y al centro Mapusua. En Fiji (que ya dio cuenta en la madrugada del sábado de la bizcochona Namibia), el capitán Deacon Manu y el flanker Akapusi Qera le dan ritmo a la delantera. Los de atrás lo tienen todos. Su choque con Samoa será una exhibición de vuelo sin motor. Pronóstico: Samoa está en condiciones de sacar a Gales del torneo a la primera de cambio; habrá que ver con Fiji, con un juego más singular, menos dispuesto a diferentes tipos de partido. Los dos son una amenaza para cualquiera. El grupo es un campo de minas. Namibia, por fin, está destinada a correr mucho y ganar poco.
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Grupo B: Juremos con gloria morir

9 09 2011

Argentina, Escocia, Inglaterra, Georgia y Rumanía.

Richie Gray, el muchacho del pelo de paja, es uno de los posibles salvoconductos de Escocia hacia las alturas. Literalmente, su 2.08 dirige las operaciones aéreas del equipo del cardo, pero el ratio de trabajo y aportaciones de Gray va más allá de las excelencias de su físico para el salto.

Para el test match preparatorio en Murrayfield contra Irlanda, la Scottish Union decidió variar su habitual política y poner localidades a la venta en el día del partido. El resultado fue inesperado: hubo que retrasar el inicio del choque porque las filas de entrada al estadio eran demasiado largas como para filtrar a todos los aficionados a tiempo hasta las gradas. Además, una vez dentro hay que visitar el ambigú y llenar una de esas bandejas con ocho huequitos para pintas, que dan al menos para ver la primera media hora de partido. La imagen tal vez sirva para explicar el estado de expectación que rodea a la Escocia de Andy Robinson, una corriente de optimismo notable para una afición a la que le cuesta llenar el estadio, salvo que lo visite Inglatera, y que lleva años anclada en la sensación de haberse quedado atrás con respecto a las otras home nations. Robinson ha ido girando trabajosamente esa etiqueta, como una pesada rueda de molino, convirtiendo al mismo tiempo el fatigoso juego tradicional de Escocia en una variación más alegre, en la que la pelota ha ganado ligereza entre las manos de los jugadores, con asociaciones veloces, contraataque, ejercicio del dominio a través de la posesión… Hay hombres básicos en la aplicación de ese concepto: el segunda Richie Gray, un 2.08 con destreza en las manos, juventud en el pecho, un altísimo ritmo de labor en los lados más sombríos del juego y capaz de llevar la pelota adelante contra los muros ajenos. La primera y la segunda escocesa tal vez estén entre lo más notable del torneo: Jacobsen, Cross y Ford (más el agregado del montañoso Moray Low) conformen un paquete robusto y nada perezoso. En los terceras hay muchas combinaciones: tal vez ningún jugador que resuelva partidos por sí solo, pero sí la aspiración combinatoria, de equilibrios en perfiles y aportaciones, que preside la construcción de las delanteras hoy día. Detrás, algunos clásicos (Blair, Parks, Patterson, los Lamont, los Evans…) y apariciones más o menos recientes que habrá que atender y que pueden definir la estatura del equipo del cardo: Ansbro, un segundo centro rocoso, veloz y hábil para rechazar placajes y descargar la pelota. Y el apertura Ruaridh Jackson,  alumno aventajado de Dan Parks en el Glasgow Warriors. Pronóstico: mejor impresión que resultados. Les cuesta ganar partidos, aun cuando los dominen territorial y dinámicamente. Hasta cuartos los veo, nada más. Se jugarán sus opciones contra Argentina y me partirán el corazón, lo sé…

Felipe Contepomi, uno de los varios eslabones en la cadena de transmisión de los Pumas. La emocional, la que tiene que ver con la experiencia y, también, la del juego: en ausencia del mago Juan Martín Hernández, en las manos y los pies de Felipe va a residir el gatillo de juego de los Pumas.

De esta Argentina se destila una certeza inevitable: no es el equipo de hace cuatro años. Ahora… ¿qué significa eso? Antes de empezar el Mundial, de estos Pumas ignoramos muchos cosas y sabemos algunas ya conocidas: la capacidad, oficio, fiereza y condición compacta de su paquete (Ledesma, Roncero, Figallo, Scelzo…), al que muchos le miran con suspicacia el carnet de identidad; la presencia de algunos de los tótem del último e inolvidable Mundial: el Pato Albacete, soberbio segunda; la tercera con Fernández Lobbe o Leguizamon; la dirección de Felipe Contepomi o la esperanza de un ala como Horacito Agulla, en cuya aparición creímos entrever a un ala de primera línea mundial, a un corredor decisorio. Lo demás son huecos muy grandes que llenar, el tradicional argumento de su falta de partidos internacionales como selección en periodo de entreguerras, la espera de su entrada el año próximo en el Cuatro Naciones con los gigantes del Hemisferio Sur y la reconstrucción del orgullo, el prestigio y el rugby de hace cuatro años. Ya no está quien parecía inspirar desde dentro todo aquello: Pichot, claro. Ahora a los delanteros los pastorea Nico Vergallo, que llegó al Stade Toulosain para ser el relevo futuro de Byron Kelleher y acabó disputándole los minutos al ex All Black. El año lo culmina habiéndole ganado la nueve de los Pumas a Lalanne, la otra opción del seleccionador Santiago Phelan. Los Pumas fueron, seguramente, el equipo más memorable del Mundial de hace cuatro años, si exceptuamos el bienio de incontestable dominio que coronaron en ese periodo los Springboks. Ahora han renovado el plantel y la ausencia por lesión de Juan Martín Hernández, el jugador que eleva su perfil desde el medio de apertura, supone la aparición en ese puesto de Contepomi y el interrogante de hasta dónde podrán rebasar los Pumas las limitaciones que se les suponen. Hay que pensar que el avance del Mundial los mejorará, pero el tiempo no sobra en este torneo: debutan contra Inglaterra y tienen que disputarle la segunda plaza, seguramente, a Escocia. No falta quien habla de un pasaje transitorio y en Nueva Zelanda nadie apuesta por que vayan más allá del primer cruce. Hace cuatro años, sin embargo, nadie hubiera dicho que acabarían siendo terceros. Yo creo que los Pumas siempre tienen más de lo que a todos nos parece. Veremos quién acierta… Pronóstico: yo creo en los Pumas. Los veo incluso por delante de Escocia y avanzando hasta cuartos.

Lawes, dos metros de segunda línea con una estructura de jugador versátil, moderno, capaz de intercambiar la segunda y la tercera líneas: en cierto modo, el anhelo de cualquier entrenador. Dominador en la touche, rotundo llevando la pelota. Como dijo Trecet en el partido de baloncesto de España contra Gran Bretaña, "a partir de 1.95 los jóvenes ingleses eligen el rugby".

Haga lo que haga, el rugby de Inglaterra siempre parece no ser suficiente para interesarnos. Hablamos del periodo de gestión de Martin Johnson. Ésta es una apreciación muy subjetiva que no es preciso compartir. Razonarla parece obligado. Creímos haber apreciado un cambio en el juego inglés, inspirado por Toby Flood, en el arranque del último Seis Naciones, contra País de Gales. Pero la imagen que quedó fue la progresiva caída del apertura, las dudas aquí y allá y aquel último partido en territorio irlandés en el que la pasión verde se desbordó mientras a los ingleses se les quedaba cara de fracaso sin el Grand Slam. En Inglaterra la mayoría de nombres suenan a dèjá vu: los gordos Thompson, Mears y Sheridan; Cueto en el ala (lesionado para el primer partido, lo que hace sitio para Delon Armitage en esa posición), los Moody, Croft, Deacon, Easter, Shaw… todos treintañeros. Y desde luego el par de incombustibles del medio campo: Tindall y el noble Jonny Wilkinson. No usaremos aquí la edad como argumento, no señor. Porque si bien ninguno de estos elementos nos ha fascinado nunca (a excepción de los placajes de Wilkinson y esa ricura de pies que tiene), resulta imposible negar su naturaleza de asombrosos competidores. El último Mundial fue la demostración máxima. Ahora, en Inglaterra también hay un grupito de jugadores a los que hace falta vigilar. Me interesa mucho en la delantera el rendimiento de Corbisiero (pilar italo-americano), Dan Cole (estupendo en el Seis Naciones) y Dylan Hartley. Desde luego James Haskell, seguramente su mejor tercera, tan tribunero como Ashton. Y también el estado del interminable segunda Courtney Lawes, al que le he visto partidos asombrosos con Northampton, pero que arrastra restos de una lesión. Inglaterra tiene que resolver la duda shakesperiana entre Flood y Wilko, aunque diría que está resuelta a favor de Wilko. Y santigüarse en el medio de melé, en ausencia de Danny Care. Por ahora, Wigglesworth por delante de Ben Youngs o el más bisoño Simmons. Otro punto decisivo en la construcción del juego será la resolución de los centros: ahí están, además de Tindall, que ya debería tener un papel secundario de veterano que Johnson se va a resistir a darle, algunos pájaros hechos para la demolición como flutey, el excitante veinteañero Manu Tuilagi y Banahan, al que llaman el Lomu inglés (obviando la evidencia de que a Lomu jamás lo hubieran llamado el Banahan neozelandés)  y que siempre me pareció demasiado robótico para el ala. Quiero verlo en el callejón de los psicópatas que es el primer centro, si eso llega a ocurrir. Y luego, atrás del todo, dos jugadores magníficos, capaces de elevar el listón inglés corriendo el campo con la pelota: el finalizador Ashton, que se da mucho autobombo, pero con motivos; y Ben Foden, que por lo que le he visto me parece uno de los zagueros más interesantes del momento. Pronóstico: primeros de grupo, porque el orgullo inglés no es un lugar común, sino una realidad, también a la hora de jugar al rugby. Y en el cruce (seguramente con Francia) uno de esos partidos imposibles de predecir. Pero lo mejor (o lo poco que a mí me gusta) de lo que Martín Johnson le da a esta Inglaterra es lo que lo hizo a él una leyenda en su país: el liderazgo y su capacidad para competir.

Rumanía y Georgia completan esta zona en la que habrá que jurar morir con gloria, como promete el himno argentino. Es, tal vez y a priori, el grupo más duro, más áspero de todos. Porque los secundarios son equipos que obligan a cualquiera a picar piedra. Fuera del Seis Naciones, los Lelos están reconocidos como el mejor equipo del continente europeo, el decimosexto del mundo. Tiene un buen número de jugadores en Francia, entre ellos su mejor activo, el segunda/tercera Gorgodze, también conocido entre los amigos de la hipérbole como Gorgodzilla. Rumanía exhibe hasta nueve hombres radicados en equipos del Top 14 y la misma actitud rocosa de los equipos del este. Son equipos construidos con jugadores reconocibles, sospechosos habituales. Rumanía ha sufrido demasiadas lesiones en su preparación y aún tiene muchos puestos que decidir. Pronóstico: los Lelos, cuartos, los rumanos quintos. Y honrosas derrotas, cobrándose algún cadáver intermedio si fuera posible, en los partidos contra los principales del grupo.