Santos Lugares

1 05 2011

"La vida es tan corta, y el oficio de vivir tan difícil, que cuando uno empieza a aprenderlo ya hay que morirse".

Muere Ernesto Sabato mientras yo leo, en desordenada sucesión, a Rulfo, a Vargas Llosa, febril y admirativo como siempre a Onetti, luego a Dos Passos. Muere y John Carlin iguala en una inteligente chanza a Mourinho con un personaje de Shakespeare, lo que no tiene nada que ver o sí. Son apenas coincidencias dominicales. Y releo la confesión del pintor Juan Pablo Castel que asesinó a su amada, como un Otelo, e interrogo de nuevo en El Túnel, como hice pocos meses atrás en la última relectura, los caminos ignorados que me llevaron en secreto a escribir cosas como Laura en Abril,  o El Oído de los Muertos, tentativas de relato de inconsistente construcción que llevan mucho tiempo arrumbados en alguna esquina de este o aquel cuarto. En ellos se confiesan hombres que matan por amor o desesperación, a una mujer amada o a sus mismos progenitores, y me pregunto qué libro y qué historia no fue escrita antes y no fue, además, escrita mejor. Yo pensé un hombre que se retira a la cama de por vida y jamás alcancé a escribirlo. Onetti fue ese hombre, un descubrimiento que no me abandona: la impenetrable prosa alambicada del desespero, que ahora comparo de forma por demás innecesaria con la tenebrosa claridad de Sabato.  Y leo a los críticos o hagiógrafos que alternativamente consideran su obra erosionada de credibilidad por estas décadas, y los que lo emparentan en una trinidad superior de las letras argentinas con Borges y Cortázar, que me cuesta aceptar aunque yo no alcanzo la estatura precisa para un juicio determinante acerca de esa posibilidad. Leo a quienes rememoran sus desencuentros y los encuentros con Borges, y la peripecia del Informe Sabato sobre la dictadura de Videla, la mancillación de su prefacio por el kirchnerismo, la aún próxima controversia de Vargas Llosa con los adláteres de Cristina, presidenta de la Argentina, las crueles bromas de Borges y Bioy Casares acerca de la crónica tristeza de Sabato o su obra en el monumental Borges de Bioy, y el cruce de influencias domesticado por Sabato, entre la corriente aristocrática de los autores de la revista Sur y alguien como Roberto Arlt, reportero de fútbol, cronista policiaco, luego autor existencial, “mezcla de Dostoeivski y Paul de Kock, un existencialista fuera de época”, en palabras de Sabato que recobro de un ignorado ensayista francés. Pienso en Camus hace tantos años, en The Cure (Killing an Arab: “Staring at the sea / staring at the sun / staring at myself / reflected in the eyes / of a dead man on a beach”), en Faulkner, en los aforismos de Kafka. Muere Sabato y me digo que no importa demasiado salvo a quienes lo acunaban en la ciega posteridad de la vejez, los que oyeron en estos últimos tiempos todas las palabras, dichas con la tranquilidad y la garantía de estar diciendo frases apenas póstumas, que nadie habrá de recordar. Que no importa porque en domingo nada importa del todo y hoy es domingo, un domingo. Y sobre todo porque la Literatura no es sino un tiempo sin tiempo, pienso de manera torpe. Bastan un estante, unos dedos que recuperan el antiguo volumen, una visita a la biblioteca, una descarga en pdf, una cita aquí o allá. Leo esta violenta refutación de Borges, culminada antes de la publicación de Sobre Héroes y Tumbas, que registró Bioy en su dietario, una entrada del 10 de agosto de 1956:  “Sabato también desaparecerá, sin dejar rastro, después de la muerte. Es curioso el caso de Sabato: ha escrito poco, pero ese poco es tan vulgar que nos abruma como una obra copiosa”. Y quién soy yo para refutar a Borges… O para dialogar con Sabato.

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Novocaína para el alma

14 04 2011

Esta inmovilidad. Este silencio. Este no saber qué decir… no tener qué decir. Los días que rebotan en sí mismos, que se doblan y repliegan en laberintos de horas repetidas. Montar un reloj sobre una pared: dos bracitos superpuestos, hora y minutos, puntitos en círculo. Primero las doce, las seis, las nueve, las tres. Norte, sur, oeste, este. Después diagonales opuestas: la una y las siete, las dos y las ocho, las cuatro y las diez… Y ahí, que no había nada, se dibuja la inconcebible materialidad del tiempo. De pronto un pedacito de tiempo esférico, hijo de Cortázar, un calabozo de aire para competir con el blando reloj daliniano del salón. “Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo (…). Cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes”.

Nube cuadrada de tags: Havalina desenfocados, la mirada de Cortázar, el señor E, Vargas Llosa en claroscuro.

No, no, no es el aburrimiento. No es el cansancio del arresto domiciliario. No quieran, no es eso. Es sólo el silencio, la inquebrantable quietud del silencio, la desazón de las horas extraviadas en una maraña de horas, no saber si fue ayer o hace cuatro mañanas, de pronto la extraña impresión de que falta tiempo donde sólo hay tiempo, como quien se ahoga rodeado de aire, asfixia de su propia cabeza. No necesito mucho más de lo que hay: una sucesión de minutos, páginas, músicas y pensamientos. Imágenes ocasionales. Una acumulación de  títulos: Mark Everett, Cortázar (sí, siempre), Amos Oz, Rulfo, Milan Kundera, ahora Vargas Llosa. Nombres que van haciendo montoncito en la repisa de abajo de la mesita. Estas frases de Conversación en la Catedral:

“El periodismo es la profesión peor pagada. La que da más amarguras, también”.
“Hay que ser loco para entrar a un diario si uno tiene algún cariño por la literatura, Zavalita”.
“¿Prefieres el periodismo a la literatura?”. “Prefiero el trago. El periodismo no es una vocación, sino una frustración”.

Puedo alimentarme de eso, acostumbrarme a la frugalidad o darme un banquete. Comer poco para combatir la inmovilidad. Puedo quedarme lo más tranquilo; puedo salir y no regresar. Basta un viaje por mi cabeza. Bastan unas cuantas palabras propias o ajenas. Recordar la noche que pasé en el Gran Cañón. La austera línea de habitaciones en forma de cabaña. El lodge rescatado de la familiar sordidez de un motel de carretera por el inmenso bosque de pino que lo rodeaba. Me incomoda la sucia penumbra de las coníferas, pero aquél es un lugar de hermosura desconcertante. Sonó Wilco en el aparato de televisión. Ahora resuenan Eels. Novocaína para el alma (“La vida es dura / y también yo lo soy / Mejor me dais algo / para que no me muera”). Paroxetina contra la memoria. Enoxaparina para que no se detenga la sangre. Una aguja en el vientre. Morfina que combata el olvido. Benzodiazepina contra los sueños. Havalina en inyecciones intravenosas, una jeringa afilada con la cuerda de la guitarra. El café de media tarde. Hojas secas.

No, no soy un solitario, ni lobo en la estepa, ni perseguidor de abandonos. Sólo un diletante de la clausura, un turista del silencio, un accidental anacoreta. ¿Pero dónde…? ¿En qué momento me jodí?