La Década de un Infame en Canciones (y 5)

2 02 2010

Los diez mejores, en este orden ascendente: 10- The Gospel of Progress, de Micah P. Hinson; 9- Neon Bible, de Arcade Fire; 8- I Am a Bird Now, de Antony and The Johnsons; 7- Grinderman, de Grinderman; 6- Elephant, de White Stripes; 5- A Ghost is Born, de Wilco. 4- Funeral, de Arcade Fire; 3- The Man Comes Around, de Johnny Cash; 2-  In Rainbows, de Radiohead; 1- Yankee Hotel Foxtrot, de Wilco. Los diez discos que no salen de mi iPod ni aunque caiga una bomba atómica. Una década más, una década menos.


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Yankee Hotel Foxtrot – Wilco (2002)
En mis días por Chicago pasé el tiempo mirando y fotografiando las dos torres de Marina City, objeto de la portada de Yankee Hotel Foxtrot. Una imagen pálida, en violento contrapicado, de lo que  parece una colmena de cemento y es, en realidad, un complejo residencial de arquitectura singular en la desembocadura del río Chicago. El título del disco es aún más críptico: Yankee Hotel Foxtrot son tres palabras usadas en el alfabeto fonético de las emisoras numéricas de onda corta. Cada palabra representa su letra inicial. Un juego de acrónimos que tendría que ver con mensajes cifrados para espías, enviados hasta su destinatario a través de frecuencias ocultas en el dial. Nadie confirmó jamás esa teoría y el enigma permanece vivo. En el disco de Wilco, hacia el final de la sombría Poor Places, una voz infantil recita las tres palabras con tono hipnótico. Hay algo definitivamente misterioso en este disco. La gestación de Yankee Hotel Foxtrot parece una leyenda concebida por algún publicista post-moderno. La narra con pulso muy firme Sam Jones en el documental I Am Trying To Break Your Heart. La atrevida factura del disco le costó a Wilco la ruptura con su discográfica, que le pedía a Tweedy y sus chicos un trabajo mucho más accesible para las masas. Tweedy no aceptó. Expulsó a su antagonista Jay Bennett del grupo, consumió las migrañas en vómitos entre grabaciones, hizo malabares para no derrumbar su vida de pareja y convenció a los demás de pagar 50.000 dólares y quedarse con los derechos de publicación del álbum futuro. Con las manos en un bolsillo y una colección de tortuosas canciones en la otra, Wilco salieron a la vía pública con el disco bajo el brazo, y con él se lanzaron a la autopista virtual: descargable en internet, Yankee Hotel Foxtrot recabó adeptos con la velocidad de un trueno. Las discográficas volaron a por él y le dieron cuerpo. Es un disco en verdad extraordinario, que avanza la personalidad posterior de un grupo que ya había publicado el seminal A. M., un doloroso (a veces brillante) Being There, y el promisorio Summerteeth. De modo impensable, Yankee Hotel Foxtrot -disco nada complaciente, cruzado de norte a sur por la poética del quebranto que tan bien maneja Tweedy en sus letras, hecho de potentes diálogos sonoros, de soliloquios miserables y epílogos estridentes- catapultó a Wilco hacia el culto masivo. Y elevó al infinito su consideración como creadores de un sonido distintivo, deudor de viejas tradiciones rebasadas por una sabia experimentación e interpretadas con una finura prodigiosa.       

       

In Rainbows - Radiohead (2008)
Tal vez Noel Gallagher tuviera razón en aquella macarrónica apreciación que hizo acerca de la música de Radiohead: “Thom Yorke se sienta al piano y durante media hora canta lo mismo: ‘Se va todo a tomar por el culo, estamos condenados, se va a tomar por el culo…’. Ya… sólo hace falta ver las noticias, tío. Pero al final, su público siempre acabará pidiéndoles que toquen ‘Creep’. Que se hagan a la idea”. Así es Radiohead, un grupo que siempre ha tratado de ir mucho más lejos cuando todos pensábamos que ya habían llegado hacía rato. En este In Rainbows, puesto a disposición del público primero en internet y más tarde en los formatos normales, Radiohead supera (por fin) la abstracción sonora de los discos precedentes y entra de lleno en ese tipo de vigoroso rock electrónico que tan bien dominan (15 Step, Bodysnatchers), y en las esquizofrénicas falsas baladas en las que la angustia de Thom Yorke se apodera progresivamente de todo (All I Need). El resultado es un disco que, a mí, me saca la cabeza de su sitio. Una colección de canciones que he escuchado incansablemente durante los últimos años, y aún lo hago. De entre todos los méritos que le atribuyo, éste no es el menor: haberme devuelto a uno de mis grupos preferidos de todos los tiempos. Si no lo considero el mejor disco de los últimos diez años no es tanto por una cuestión musical (durante mucho tiempo pensé que lo era) sino porque al reescuchar Yankee Hotel Foxtrot me di cuenta de hasta qué punto Wilco han cambiado mi percepción de la música y de todas las demás cosas.

Neon Bible - Arcade Fire (2007)
Eso que llaman art-rock es una mezcla de lo más resbaladiza. Sólo con la denominación uno corre el peligro serio de ponerse interesante y de que el fundamentalismo guitarrero arremeta contra esas tricotas instrumentales en las que lo mismo suena un oboe que el percusionista aporrea alternativamente un timbal y una pandereta. Arcade Fire gestionan todos esos peligros con ligereza de actitud, conciencia rock, un cuidadoso sentido lírico a la hora de escribir las canciones y su modo torrencial de interpretarlas. El virtuosismo está muy bien resumido en su revisión de Neon Bible en el interior de un ascensor, con percusión rítmica en el cajón del elevador y las hojas rasgadas de una revista como divertido instrumento alternativo. Funeral parecía ocuparse de los pensamientos íntimos ocultos en un velatorio; Neon Bible nació concebido y destinado a la grandilocuencia. Su distancia es la que hay entre una iglesia románica y una catedral gótica. Sin embargo, en ambos casos el funcionamiento resulta inapelable. Neon Bible tiene un deliberado sonido trascendente, tentativa que siempre estará condenada a provocar adeptos y enemigos. Hay en él una indudable vanidad instrumental, pero Arcade Fire puede sostener la apuesta sin ponerse churriguerescos, porque sus edificios sonoros están construidos con materiales sólidos y arquitectura lógica. Su capacidad de sugerencia permanece intacta. El disco tiene menos unidad que Funeral, pero uno no acierta a entender por qué esa irregularidad ha de jugar en contra de la consideración de las canciones. Yo, de verdad, agradezco los cambios de rasante.    

     

The Man Comes Around (American Recordings IV) – Johnny Cash (2002)
En la primera canción de este álbum, Johnny Cash pinta el Apocalipsis con la misma ferocidad religiosa y poética con que lo hubiera hecho Miguel Ángel si llega a nacer en el siglo XX en lugar del Renacimiento. Sinceramente, uno querría ver un espectáculo de esa clase, sobre todo con la banda sonora de Cash al fondo. Cuando el Hombre se haga carne entre nosotros, sonarán trompetas celestiales, se abrirán las montañas, vaciarán las cuencas de los ríos y cabalgarán flamígeros ángeles sobre un fondo de enloquecida púrpura. Puede que todo eso sea verdad o puede que no, pero Johnny Cash lo cuenta de un modo indudable. Ésta es la música del Juicio Final, el último disco de la serie American Recordings, en la que Cash le refrescó al mundo entero la memoria de su grandeza. Reinventado mucho más allá del country, pero con los pies sobre la tierra musical que lo vio nacer, Johnny Cash recupera una de las figuras más clásicamente americanas: la del intérprete descomunal, capaz de hacer suyo cualquier ritmo, cualquier canción, no importa el estilo, y transformarla, redefinirla, ampliarla y otorgarle nuevos significados. Lo hace con Personal Jesus, el tema de Depeche Mode, al que le rebaja la ligereza tecno para darle una profundidad insondable. Con In My Life, de los Beatles, reinterpreta el bellísimo lamento nostálgico de Lennon y McCartney hasta hacerlo despiadada tristeza de adiós. Su versión de Hurt es la cumbre de ese juego prodigioso. El vídeo es una última confesión antes de la muerte. Una canción reinventada como epitafio. Y luego está el Cash de Give My Love to Rose, el cantante de modélicas melodías acerca de los perdedores (I Hung My Head) y de los amantes, y de los amantes perdedores. Con este álbum, Johnny Cash alcanzó un estadio aún superior a la inmortalidad que ya lo asistía. Y a continuación, como para dejar constancia de que nada dura demasiado, el tipo se murió.
     

Elephant – White Stripes (2003)
Si con una sola canción hubiera de representar la década completa, tal vez elegiría Seven Nation Army, con su batería machacona y el riff de guitarra (que suena a falso bajo) más famoso del milenio. Al punto que los italianos lo  representaron en una suerte de onomatopeya infantil (po popopo popo pooooo) y con ella construyeron un cántico célebre para su victoria en el Mundial de fútbol de 2006. Esta canción posee el poder hipnótico del icono, defendido en la complejidad de su aparente sencillez. Este disco, Elephant, presenta una colección de temas implacables en los que los (presuntos) hermanos White -se hacen llamar Jack y Meg White y existen multitud de teorías al respecto de la naturaleza verdadera de su relación, pero se sabe que no gastan los mismos apellidos en sus documentos- energetizan el ambiente trayendo a su terreno el garaje, el rock, un tanto de blues y otro de psicodelia, estribillos que rinden la conciencia colectiva sin empalagarla, una guitarra de afilada expresividad y todo con la dosis precisa de mugre para que suene agreste y como a los años setenta en algunos dichosos casos. Los White Stripes tienen humorística audacia, sonido, potencia, energía y actitud. Cuando aciertan, le pegan en la diana a todos nuestros gustos. Por eso Elephant nos parece un disco estupendo, que uno tiene ganas de oír muy a menudo, para sentirse campeón. 
   

I Am a Bird Now – Antony and The Johnsons (2005)
En la voz de Antony Hegarty están contenidas todas las formas de la hermosura. El cautivador arrebato que provoca tiene que ver con lo desconocido, lo inasible o lo mágico: a pesar de su cadencia de lírico lamento, parece concebida para hacer del mundo un lugar más acogedor. Contra la impresión de martirio interior, de desnudo intimista, en su modo de interpretar, de relacionarse con las canciones y de apelar al público, Antony Hegarty convoca un afecto inevitable, pura dicha, la suavidad del encuentro deseado. Hay voces de terciopelo, hay voces torrenciales, hay voces portentosas, hay voces cristalinas, hay voces que ascienden escalas altísimas y otras capaces de arrastrar su milagro por las notas más bajas. La de Antony posee una musculosa delicadeza que no pretende la vanidad ni la exhibición. I Am a Bird Now está repleto de todas las sugerencias posibles, episódicas rendiciones a la belleza enigmática de las canciones. Nada se puede calificar en él, en sus autores, en la andrógina figura central de Antony ni en los Johnsons, el cuarteto de músicos de cámara que enmarcan con exactitud el extraordinario juego vocal y sonoro de este grupo.

Grinderman – Grinderman (2007)
Para mi próxima reencarnación yo elijo ser baterista de Grinderman. La década ha tratado de alimentar mi lado más sucio y canalla con gente como los Queens of The Stone Age o el reciente Them Crooked Vultures, pero a mí me conquistó hace rato la brutalidad de Nick Cave y los barbudos Bad Seeds reconvertidos en este tercer acto, llamado Grinderman: suena tan sabiamente descarnado como si el hombre hubiera retrocedido un par o tres de escalones en su evolución, hasta convertirse en el inquietante chimpancé radiactivo de la cubierta. Enfrentado entonces a los instrumentos, dotado del aprendizaje evolutivo de los milenios y de la musculosa vitalidad de las bestias, habría grabado un disco como éste. Poderoso en la mayor amplitud del término, vocalmente agresivo, líricamente animal, primario y sin embargo armónico, hasta en los desbarres  instrumentales que permiten las canciones. De qué otro modo se podrían escribir líneas como éstas: “Estamos hartos de sus lamentos ventajistas / Todo lo que queríamos era un poco de violación consensuada por la mañana / y si acaso algo más por la noche / Somos científicos, nos dedicamos a la genética / La religión se la dejamos a los psicópatas y los fanáticos / Pero estamos cansados, perdidos y sin nada en lo que creer… / Así que, diles a las chicas que nos largamos”. Soberbio.

A Ghost Is Born – Wilco (2004)
Si no hubiera existido Yankee Hotel Foxtrot, este disco hubiera constituido la obra cumbre de Wilco y tal vez de la década. Sin perjuicio de ninguno de los otros, es mi álbum favorito de Wilco, porque apareció en un tiempo muy preciso y me provocó sensaciones inigualadas en las que pude zambullirme en su primer directo en la sala Oasis, donde literalmente su nítido salvajismo se me llevó por delante. A Ghost Is Born contiene un descomunal cacharrazo de energía, una explosión controlada, y viene a ser el big bang que conformó la banda que es Wilco tal y como hoy la conocemos: con la fiereza guitarrera de Nels Cline, desatado en este disco, y el poderoso lecho rítmico que le otorga a toda la banda su baterista, Glenn Kotche. En A Ghost Is Born los temas se mueven en un medio tiempo denso de sonoridad, concepto y letra, como en Hell Is Chrome; o bien progresan hacia deflagraciones del tipo Spiders (Kidsmoke);  o arrancan suaves e introspectivas para más adelante reventar en ordenada confusión instrumental. Ahora que admiramos tanto el diálogo de guitarras de Impossible Germany, merece la pena escuchar At Least That’s What You Said, una pieza arrebatadora que abre este álbum y marca el camino. Bajo la cobertura delicada de los inicios surge un cataclismo repleto de matices. Con letras menos abstractas que en YHF, pero con el poder de sugerencia y comunicación intacto, Wilco construyeron un disco lleno de riesgos que incurre en algunas irregularidades. Toda esta palabrería se resume así: es una puta maravilla.

   
Funeral – Arcade Fire (2004)
Hay algo diferencial en las canciones de esta agrupación de músicos diversos, que van mucho más allá del adorable conjunto guitarras, bajo, percusión. Algo muy personal, que no trataré de imponer como una experiencia obligatoria ni como demostración de superioridad alguna, sino como una impresión propia y no demasiado lógica: a mí, los temas de Arcade Fire -en este Funeral- me quedan dentro como experiencias vividas y vívidas, algo que no me ocurre con todo el mundo. Algo de lo que me di cuenta por primera vez con los Beatles, cuando escuchaba Mr. Kyte y conocía con todo detalle el circo que contaba Lennon; o desde luego en la muy visual Lucy In The Sky With Diamonds, repleta de imágenes tan bien definidas que actúan a modo de relato. Es decir: cuando escucho Neighboorhood #1 (Tunnels) realmente veo como en una película interior a esos amantes que se encuentran en túneles que comunican sus dormitorios; y siento la indefinida nostalgia de los suyos, en ese más allá subterráneo en el que consuman la pasión. Algo parecido ocurre con las soledades de Neighborhood #2 (Laika) y con otras tantas canciones de este Funeral apasionado, en cierto modo dichoso como los wake de los irlandeses, que primero entierran a sus muertos y luego se van a recordarlos bebiendo pintas de Guinness. Mientras escribían este disco, Arcade Fire vivieron el fallecimiento de miembros cercanos a su familia. Y todas las impresiones y pensamientos y hervores íntimos de esa experiencia quedaron impregnados en las canciones. La verdad… lo mejor que se puede decir de Funeral, el demoledor estreno de los canadienses, es que todo en él resulta memorable. Algo muy fácil de decir; bastante más complicado de lograr.    

     

M. P. Hinson and The Gospel of Progress – Micah P. Hinson (2004)
He aquí uno de nuestros arquetipos favoritos: un canalla con profundidad de campo en la mirada, armado de lamentos y con una guitarra entre las manos. A lo largo del tiempo uno va descubriendo músicos y canciones como descubre personas y días. Unos permanecen, otros pasan, con mayor o menor peaje por el medio. Al final, como supo Machado, todo queda, nada se va del todo. Micah P. Hinson ha sido, cronológicamente, el último descubrimiento de mi década, pero tiene un lugar fijo. Podría no hacer ningún disco más, perderse en alguna planicie árida de Texas, regresar a su natal Memphis para admirar el progreso de Marc Gasol o algo peor, pero su trilogía de álbumes hasta la fecha no necesitaría más añadidos: Micah P. Hinson and The Gospel of Progress, Micah P. Hinson and The Opera Circuit y Micah P. Hinson and The Red Empire Orchestra. Más el EP The Baby and The Satellite. Títulos juguetones e ininterpretables, con portadas blancas y negras de voluntaria insinuación (un omoplato en corsé, unas pantorrillas arqueadas con remate en tacón, un torso con forro negro de noche…) para un muchacho con una voz profunda y negra como una caverna. En The Gospel of Progress Micah bordea con sus letras y la interpretación abismos en los que nunca se deja caer del todo; canta a veces con dulzura de madurez desengañada y otras veces con desgarro adolescente, y en esa dualidad (más su pérfido trabajo a la guitarra) reside el indescifrable atractivo de su puesta en escena. El día en que uno tiene ganas de demoler hoteles (como diría Charly García), merece la pena canalizar esa energía escuchando algunos temas de Micah P. Hinson: encontrará que hay muchas formas de conjurar la hirviente locura íntima. Y que ésta, de verdad, resulta magnífica.





Década infame para las canciones (4)

19 01 2010

La angustia del milenio viene a buscarnos en formas diversas. Del exterminador de Primal Scream al Niño A de Radiohead, el humor inteligente de Sufjan Stevens -uno de esos compositores norteamericanos que ven la realidad magnificada y la cuentan-, un Morrissey que regresa con crisantemos en la voz y la vuelta de Tim Booth y James a nuestros corazones. Por cada vuelta hay una despedida, como la de The Killers, grupo que pudimos amar para siempre y lo dejamos en un rato. Y algunas pequeñas locuras ambulantes de Calamaro o Bunbury, dos de nuestros personajes favoritos por razones bien distintas. Aquí hay de todo y todo bueno. Por supuesto, Wilco, que ya no nos va a dejar… Todos estos muchachos son subcampeones de mi década. Los diez ganadores, en la última y definitiva entrega de esta (tan innecesaria) serie.


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XTRMNTR – Primal Scream (2002)
Primal Scream lo han probado casi todo, con diversa fortuna. Pocos tipos en la música del cambio de siglo han provocado adhesiones tan innegociables y una fobia intensa como Bobby Gillespie, el líder de la banda escocesa, baterista también de un grupo de cultos oscuros como The Jesus and Mary Chain. En este disco de post moderno acrónimo consonante, Primal Scream construyeron una enérgica trinchera desde la que librar la guerra del cambio de siglo. La música explota con rabiosa agonía electrónica, pero la actitud es la de las batallas más antiguas: bayoneta calada y cuerpo a cuerpo frente al constante enemigo. Swastiska Eyes, Kill All Hippies, Accelerator… Áridas exposiciones de protesta ruidosa, sampleada, pregrabada, mezclada sobre un fondo de rock vitamínico. Un álbum catártico para las tardes en las que uno necesita olvidar por las malas o negociar los más bajos instintos con la propia conciencia. 

 

Kid A – Radiohead (2000)
El año 2000 conoció la refundación sonora de Radiohead, una de tantas, el instante fundacional del siglo en el que la banda de Thom Yorke rindió su esperanza sónica y entró en algo que podríamos llamar, o no, puro nihilismo musical. Parecía que quisieran vaciar de materialidad su sonido, para entregarlo al creciente vacío. OK Computer había constituido una cumbre difícil de rebasar; ahí la denuncia estaba viva, aunque iba ganando el silencio del que sabe que le aguarda una derrota implacable. Kid A es la crónica sonora de esa derrota, un valiente extravío que, por supuesto, provoca rechazo o adoración. Hay quien ve en él una petulancia innecesaria, hay quien extraña los días de guitarra y rock grueso atravesado de fino pop de Pablo Honey; hay quien llega a pensarlos innecesarios a partir de Kid A. Yo estuve un poco con todos ellos, pero también mucho con Radiohead. En Kid A habían bordeado la fina línea entre el visionario genial y la locura transitoria. Esa línea la atravesarían, en mi opinión, en Amnesiac y Hail To The Thief, discos en los que no pude soportar la deconstrucción sonora de Radiohead. Kid A, sin embargo, conserva la mágica potencia de un apocalipsis. Es extrañamente hermoso.

 

 Hellville Deluxe – Bunbury (2008)
Enrique Bunbury es un personaje excesivo al que a menudo le salen canciones excesivas. Pero si el ruido del plagio no hubiera tapado los trallazos de este disco, todos hubiéramos ganado mucho. Dice Bunbury que tenía ganas de subirse al escenario y por eso facturó un álbum con predominio de un rock protéico, con un cierto desgarro de estrella venida al cemento, por fin, y un sonido más pegado a las guitarras que al cabaret. El Hombre Delgado Que No Flaqueará Jamás o Bujías Para el Dolor resumen el sonido de este Hellville Deluxe en el que Bunbury hubo de explicar demasiadas cosas que no tenía ganas de explicar, en lugar de hablar de su libro como hubiera reclamado Umbral. Después de muchos años sin encontrarle la gracia al engolamiento vocal de Bunbury, ni a la opacidad progresiva de Héroes del Silencio, la carrera en solitario del artista zaragozano me ha gustado cada vez más. Me interesa menos su lado circense (que defiende sin embargo con teatral acierto en directo) que su lado rockero. Y Hellville Deluxe, sin perjuicio de magníficos momentos en discos anteriores, me parece el mejor disco de su carrera en solitario. Y, de paso, un disco con una pegada que muy poca gente puede reunir en este país de amaias de Van Gogh

 

Hot Fuss – The Killers (2004)
The Killers no me gustaron un poco, me gustaron muchísimo. Hot Fuss, su debut, pero también Sam’s Town, el segundo de 2006. Quiero decir que durante mucho tiempo los convertí en una referencia que pasó por encima de toda la producción británica y que me pareció duradera. Tenían todo: eran americanos de Las Vegas, su rock podía ser despiadado o melódico, tenían esa rítmica poderosa, de púgil golpeador, traída del post-punk… Territorios que me gustan como una natilla con galleta. Por desgracia, Sawdust me recuperó del delirio; y en el último, Day and Age, saqué los pañuelos para despedirlos, mientras ellos alegremente lanzaban serpentinas desde la elevada cubierta de su transatlántico de éxito mainstream interplanetario. No se trata de que el mainstream no pueda rozarnos; aquí no somos clasistas. Es una cuestión de que la conexión se partió por el lado más fuerte, la música, que es en realidad el más débil. Así que regresamos constantemente a este Hot Fuss para oír de nuevo a los Killers que nos gustan. No un poco; mucho.

  

Hey Ma! – James (2008)
En 2001, los muchachos de James resolvieron separarse después de tocar fondo en el inicio de su tercera década juntos. Tim Booth, el inspirador líder vocal de James, quería iniciar una carrera en solitario. La historia es tan conocida, y comprensible, que no hace falta contarla. Hicieron una gira de despedida y su concierto final en Manchester completó un álbum y un dvd llamados Getting Away (With It All Messed Up), que estaría en los primeros puestos de esta reunión si no fuera por su condición recopilatoria, nada menos que de toda una carrera. Después de un hiato de siete años, de un flojísimo disco en solitario  (Bone) y de una sesión de jam de la que surgieron nuevas canciones, Tim Booth reinició el grupo. Convocaron a la misma formación de los días de Laid, probablemente su mejor álbum, y escribieron Hey Ma!, un disco tan de James que no hace falta ni describirlo. Su mayor logro tal vez sea la frescura del sonido, como si no llevaran veintitantos años mirándose las caras. Tiene lo que cualquier gran disco de James: letras intencionadas, un compromiso ideológico que recorre la epidermis del disco y de su canción Hey Ma! (himno sobre o contra la sociedad generada tras la caída de las Torres Gemelas del World Trade Center en NY). Tiene celebraciones de su modo desenfadado de entender la música y las cuestiones importantes (White Boy), o melancólicas disquisiciones acerca de la soledad pasajera del músico. En algún momento pensé si no me gustaba más, incluso, que Laid o Wiplash. Esa legítima duda entusiasta explica la estatura que este regreso de James ha alcanzado en mi década. 

  

Come On Feel The Illinoise – Sufjan Stevens (2005)
Come On Feel The Illinoise es lo que en el argot se llama un disco de concepto. La importancia que eso pueda tener no se duda en el caso del autor, que es quien se lo inventó y le dio forma, pero parece opinable desde la perspectiva de quien lo escucha. ¿Qué diferencia existe entre una canción de concepto y otra sin concepto? llinoise, eso sí, es tan amplio como lo pueden ser 22 canciones de títulos larguísimos, sardónicos o provocativos. Como por ejemplo: Let’s Hear That String Part Again, Because I Don’t Think They Heard It All the Way Out in Bushnell (que sería Escuchemos Otra Vez la Parte de las Cuerdas, Porque Me Parece Que Allá en Bushnell No Se Han Enterado). Así que conviene no afrontar éste como cualquier otro disco. Exige una cierta actitud de escucha y algo de paciencia. Cuando te quieres dar cuenta, te está agujereando el cerebro. Uno recomendaría tomarlo como uno de esos libros escritos al modo de dietarios, memorias parciales, absueltas de cualquier engarce temporal, que vienen muy bien para tenerlos en la mesilla porque permiten una lectura arbitraria. Uno abre cualquier página y empieza por ahí, sin que importe su localización en la geografía del volumen. Con Illinoise ocurre algo parecido: se puede agarrar por delante o por detrás. Precisamente de geografía (política, también humana, sobre todo cultural) habla Sufjan Stevens en este álbum. Su cacareada tentativa de componer un disco por cada uno de los 50 estados americanos tiene mucho de broma homérica, claro, pero hay al menos dos hasta ahora. Éste es el mejor que yo haya oído, porque no he oído el otro. Una reunión multitudinaria de sonidos tan distintos, irreverentes, cambiantes y originales que amenazan con convertir el disco en un clásico perdurable y a Sufjan Stevens en un prodigio de su tiempo; uno de esos muchachos de aspecto inocente que mira a la realidad a través de un vaso de cristal y que, de la obvia distorsión de la imagen, deduce una descripción hiperrealista llena de verdad. Además, una portada con Superman, Al Capone y la Torre Shears de fondo, un tema dedicado al asesino serial John Wayne Gacy Jr., más una canción (adorable) titulada Chicago… todo eso por fuerza había de gustarme.

 
Sound of Silver – LCD Soundsystem (2007)
La electrónica se hace entre dos o eso parece porque abundan las parejas creativas. Y por eso LCD Soundsystem es otra agrupación de dos hombres (los neoyorquinos llamados James Murphy y Tim Goldsworthy) dispuestos a hacer de la electrónica una rama accesoria de la filosofía post-milenio. ¿Hay mensaje? Podría ser, pero mejor no preguntar o uno se encuentra con explicaciones como ésta: “Quería que el disco sonara a plateado”, dijo James Murphy, el (co)autor. “¿Qué es el sonido plateado?”, le inquirieron, sagaces, los periodistas. “Bowie es plateado”. Y, al leerlo, a mí me vino a la cabeza el Bowie de Blue Jean, claro, pero no sé si Murphy se refería a eso. Yo de electrónica entiendo entre nada y casi nada (de música, entre poco y nada, conviene advertirlo), así que no me aventuro a describir a qué suena Sound of Silver o LCD Soundsystem en sí mismos. Lo que puedo decir es que su sonido posee un vigoroso dinamismo robótico, repleto de sugerencias incluso para alguien tan decididamente carnal como yo. Me gusta y me llena de energía igual que las imágenes hipnóticas de 2001: Una Odisea del Espacio, pero ignoro cómo y por qué efectúa mi cerebro esa asociación. He oído por ahí que los LCD Soundsystem, más cercanos al rock que al solfeo metálico de los ordenadores, explotan como una bomba de tiempo en sus conciertos en directo. Y, la verdad, no me sorprende.

 You Are The Quarry – Morrissey (2004)
Recuperemos los cánones de nuestras propias vidas: Morrissey, agarrado grácilmente a la réplica de una ametralladora Thompson, sobre el fondo de un telón fucsia. Eso es You Are The Quarry, el mejor disco del que fuera líder de The Smiths desde Viva Hate! Eso es mucho decir, primero porque Viva Hate! constituye una maravilla intemporal capaz de sostener en pie el mito de Morrissey por sí mismo; segundo, porque entre aquél -su primer disco después de los Smiths- y éste You Are The Quarry pasaron nada menos que 16 años y cinco discos. Todos frustrantes (al menos para mí) en mayor o menor medida, algunos más recomendables que otros (hablo de Vauxhall and I), siempre con algún tema de brillo imperecedero pero sin la regularidad o la solidez precisas para rescatarnos de la nostalgia. You Are the Quarry significa pues, como cualquier reaparición de un personaje tan importante en nuestras vidas, una celebración en toda regla. Con un discurso entusiasta, con las letras hiladas de palabras que nadie más usaría en una canción, como siempre hizo, con cargas de profundidad socio-políticas del tono de America Is Not the World  o Irish Blood, English Heart; imaginarios cilicios sentimentales, tan conseguidos siempre, como I Have Forgiven Jesus, I’m Not Sorry o The World is Full of Crashing Bores… Y un tema para el panteón familiar, First Of The Gang To Die. El regreso de Morrissey. Con todo lo que eso significa. 

  

El Salmón – Andrés Calamaro (2000)
Parece que vino de algún otro siglo, pero no, cayó sobre nuestras cabezas en el arranque de éste. El Salmón es del año 2000, pero está tan metido entre nosotros que lo llevamos incorporado como si hubiera nacido 50 años antes. Además, este álbum contracorriente seguirá sonando igual de vigente (también igual de loco, de excesivo, de desesperado, de glorioso) en el año 3000 y en el 4500, al que esperamos no llegar. Eso sí, el que lo haga podrá decir que lo escuchó antes que nadie. Éste no es un disco de concepto; éstos son cinco discos sin otra idea que sacarse de dentro todas las balas, sin anestesia, y grabar lo que salga. El resultado es un Calamaro en trance sincopado de genialidad, locura, escarnio del espejo, memoria lacerante o ávida desesperanza. El resultado es una obra tan larga que nunca termina de ser escuchada, ni conocida, ni disfrutada, ni tal vez apreciada o juzgada en su medida exacta. Yo quiero El Salmón porque tiene la verdad en positivo y en negativo, porque es tan irregular, imperfecto y cierto como cualquier repaso de nuestras existencias. Porque en él Calamaro no dice ni una sola mentira, pero cuenta a su manera todas y cada una de sus verdades. Porque me recuerda demasiado a la intención del Doble Blanco de los Beatles. Y porque después de la maestría incontestable de Honestidad Brutal, Calamaro sólo podía hacer lo que hizo, tal vez: ser más honesto y más brutal que nunca. Soltarlo todo, arrojarse al abismo, subvertir el orden, darse vuelta como un calcetín y crucificarse frente a la audiencia. Lo raro fue que lo viese tan claro. Lo increíble es que lo  hiciera tan bien. 

 

Sky Blue Sky – Wilco (2007)
Wilco tuvieron una briosa infancia llamada Uncle Tupello, una sombría prepubertad resumida en Summerteeth, la petulante y brillante adolescencia de Yankee Hotel Foxtrot, la rabiosa confusión juvenil de A Ghost is Born y una madurez que se llama Sky Blue Sky. A los demás nos podrá parecer lo que queramos, pero en este disco Wilco alcanzó su cumbre expresiva íntima: habían encontrado su sonido, la unidad, la voz y el modo. Lo hicieron en tres pasos previos: primero, la expulsión de Jay Bennett, el antagonista creativo de Jeff Tweedy hasta Yankee Hotel Foxtrot; después, con el fichaje del guitarrista Nels Cline, que le dio a A Ghost is Born la árida textura bestial de su forma de interpretar el instrumento; el tercero tiene que ver con la pacificación personal de Tweedy, visible a través de la literatura intimista de Sky Blue Sky. Me atrevo a afirmar que, desde el punto de vista de Wilco, y desde el punto de vista de un apasionado de Wilco, Sky Blue Sky es un disco perfecto, en el que no sobra ni falta nada, en el que cada canción tiene la medida precisa, la palabra perfecta, la musicalidad exacta. Es lo que Wilco han querido ser, tan lejos pero tan cerca de su obra precedente. Naturalmente Impossible Germany es quizá la nota más alta de todo el álbum, pero yo he terminado por adorar todas y cada una de las doce canciones, por razones distintas, por necesidades diversas, por amores de improbable reconciliación. De la primera a la última, todas convocan mi fascinación. Sky Blue Sky me parece tan hermosamente perfecto, que no es el disco que más me gusta de Wilco.





Infames En Una Década de Canciones (3)

13 01 2010

Los infames convocados de aquí hacia abajo componen un retablo de malditos, autores de culto, angustiados vitales y visionarios doloridos. Es decir, favoritos de este lugar de tristezas insomnes. Un decálogo de exhibicionismos sentimentales de todo pelaje, algunos más enfáticos que otros, otros menos sombríos que algunos. Para compensar este nubarrón, Wilco pone un rayito de luz, Lori Meyers aporta canciones brillantes, salimos en busca del horizonte de la mano de The War on Drugs, unos americanos muy poco narcóticos, y atendemos a Andrés Calamaro en su constante empeño de cantar la banda sonora de nuestras vidas. Y conseguirlo, que es peor.

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Black Market Music (2000) – Placebo
Si algo me ha enseñado la música es a revisar mi propia identidad. Uno nunca puede estar seguro de quién es, ni tampoco de cuáles son las condiciones que determinan que nunca termine de conectar con Black Sabbath, aunque lo intente, pero sí sea capaz de desarrollar un aprecio creciente por un grupo de glam reciclado como Placebo. El etiquetado constituye una trampa a revisar: no creo en los géneros, creo en las músicas. Brian Molko, el inconfundible líder y cantante de Placebo, tampoco cree en los géneros o eso afirma su deliberada androginia. Placebo maneja de forma estupenda los asuntos que tienen que ver con la imagen, y la imagen que define el negocio. Es una banda de tres, que perdió a su baterista original y ha fichado para su último disco a un trasunto histriónico de Truman Capote, dotado de una energía telúrica brutal para darle tralla a las cajas. El resultado ha sido Battle For the Sun, un disco para aficionados a Placebo. Este Black Market Music, sin embargo, es mucho más convincente. Junto a Sleeping With Ghosts, seguramente, su cumbre. Special K está entre mis canciones favoritas de la década. También Meds, del disco homónimo. Y su versión de Where is my mind?, de los Pixies… Como yo tampoco sé ya quién soy ni dónde tengo la cabeza, la estridente angustia vital de Placebo ha constituido una de mis aficiones principales de la década.

Caught in the Trees – Damien Jurado (2008)
Alguien escribió, muy bien por cierto: “Damien Jurado escribía como si fuera Raymond Carver; después pasó a convertirse en un personaje de Raymond Carver”. La comparación (la identificación, habría que decir) supone una constante a la hora de definir a Damien Jurado: para hablar de él se nombra a Carver, se nombra a Nick Drake, se nombra a Johnny Cash, se nombra a Elliott Smith… Uno sospecha que algo hay, porque los tres -más Damien Jurado- conforman un grupo de habituales en mis oídos. Caught in the Trees es un álbum que sale del cuerpo de Damien Jurado como un cuchillo que se arrancara. Te permite mirarlo, pero no te va a invitar a que lo claves en el tuyo. No hablamos de música sombría. Si acaso, tensa, como queda expuesto en Caskets. Pero Gillian Was a Horse, por ejemplo, es uno de esos temas que siempre produce alegría escuchar. La pose de Damien Jurado no es nada fatalista: lo comprobé cara a cara, en La Lata de Bombillas. En su puesta en escena no hay exhicionismo ni énfasis lastimeros. Es más, bromea sobre sí mismo con frecuencia. Tal actitud revela que, si hubiera algo, es la conciencia de la vulnerabilidad. Y nadie debe ser llevado a juicio por defender tal postura.

Wilco (The Album) – Wilco
En mi opinión, Wilco son la banda de la década. Por producción y por calidad. Arriesgo el juicio académico y también el personal, mucho más simple: desde luego, son el grupo de mi década. A tal punto que ya no estoy seguro de que Wilco me resulten objetivables. Cuando la duda me corroe, pongo sus primeros discos y me reconcilio con el sentido crítico. Entonces resuelvo: su evolución ha sido tan extraordinaria que ha mantenido en crecimiento mi interés. Incluido Wilco (The Album) que, evidentemente, es menor a los tres anteriores, pero no precisamente menor en comparación con muchos otros discos muy aclamados esta década. Wilco (The Album) viene a ser una autoafirmación de cómo el grupo ha reinventado su música, formación y conciencia grupal en sus dos últimos trabajos, hasta definir un sonido que está más allá o más aquí de las etiquetas con las que crecieron. Qué otra cosa puede significar el título homónimo al nombre del grupo, en un séptimo trabajo. Éste es un disco de fantásticas canciones muy vitales, que celebran la reconciliación con el otro y consigo mismo, una indisimulada confianza, un modo (aparentemente) sencillo de decir las cosas, sin estridencias, con sentimiento, sin palabrería, con concisión hermosa. Pero siempre con los arreglos instrumentales que distinguen a Wilco de la media y convierten sus canciones en un poliedro de armonías. Uno escucha sin esfuerzo la expresividad de todos y cada uno de los instrumentos. Hay pocos letristas como Jeff Tweedy; y no muchos músicos tan convicentemente reunidos en torno a una idea como los de Wilco. Bull Black Nova demuestra lo que su trayectoria ha definido: que pueden lanzar todas las convenciones por los aires en una canción para, en la siguiente, modelarlas en formas gentiles.

 Cronolanea – Lori Meyers (2009)
Lori Meyers fue el grupo que me reenganchó al producto nacional en un momento en el que yo andaba extraviado en ese campo, sin otras referencias que no fueran la larga trayectoria de Los Planetas y poco más. Entré por Viaje de Estudios, donde uno puede refrescarse las neuronas sin incurrir en gravedades existenciales y corear, llegado el caso, una frase útil para muchos momentos de la vida: “Si te vuelves a mirar / yo te partiré la cara. / Si me vuelves a encontrar / en un cruce de miradas…”. Dejé pasar (por equivocación, por olvido, por omisión, por despiste) el muy apreciable Hostal Pimodan, y cuando apareció Cronolanea pensé que era el momento de la prueba definitiva. Frente a otros muchos grupos con propuestas demasiado consabidas (no dijo malas, digo tal vez poco estimulantes para mí), Lori Meyers me dejó una impresión permanente desde los primeros acordes de Intromisión, la muy querible Luciérnagas y Mariposas, el Cúmulo de Propósitos, La Búsqueda del Rol y desde luego ese himno canalla llamado Alta Fidelidad. Las letras tienen un peso exacto, de indie bien medido; en directo, su flanco psicodélico y más guitarrero crece de manera considerable. Lo demostraron en Las Playas este verano último, cuando vadearon la distancia entre el escenario, el foso de agua y la arena con una aproximación enérgica que produjo fricción inmediata de los cuerpos. Granada vuelve a ser nuestra particular Liverpool.

Figure 8 – Elliott Smith (2000)
De entre todos los fatalismos reunidos en esta serie de la década, acaso Elliott Smith componga el más oscuro presagio. No tengo claro si lo incluyo por devoción, por homenaje, por lástima o por convicción. Lo hago, seguro, porque me emociona de un modo distintivo escuchar a Elliott Smith, cuya trayectoria constituyó la crónica episódica de una muerte anunciada. Anunciada por las canciones, pensaríamos, pero también y sobre todo por cualquiera de los muchos que pasaron a su lado antes del desenlace, que tuvo lugar una tarde como otra cualquiera, en su casa. Sólo leer su torpe biografía en cualquier site de internet me supone un extraño dolor cuando se aproxima el final: la hora en que hundió un cuchillo en su pecho tras una discusión con su novia, que se había encerrado en el baño. Son hechos asumidos por la leyenda, como la nota de disculpa que encharcó la sangrienta escena. Aun así, los investigadores no pudieron concluir legalmente que Elliott Smith se hubiera quitado la vida. En los años en los que recorrió un tortuoso camino hasta su condición de maldito de culto, dejó unos cuantos discos de desnuda hermosura. Puede que Figure 8 no sea el mejor de ellos, pero en mi necio imaginario representa la imposible tentativa de salvación que constituyeron sus últimos años, antes de la última recaída mortal. A Somniloquios le gustan las guitarras desnudas que se van ensuciando en un barro tal vez existencial. Y además, precisamente aquí no podríamos, ni en broma, olvidar a este muchacho que escribió: “I may talk in my sleep tonight / ’cause I don’t know what I am”. Por eso lo hemos invitado a la celebración. Porque en este ruedo también hablamos en sueños y nos preguntamos. A veces, incluso llegamos a respondernos.

El Manifiesto Desastre – Nacho Vegas (2008)
Nacho Vegas ha sido un favorito de Somniloquios desde que vino al mundo (Somniloquios, no Nacho Vegas). La revelación ocurrió con El Hombre que Conoció a Michi Panero, y luego todo ha sido como andar en bicicleta, una cosa muy sencilla que no se olvida. Un incierto concierto por aquellos días hizo el resto. El infortunado Vegas ha escrito algunas de las mejores canciones que se han oído en español en esta década; sus letras bordean los abismos físicos y emocionales, pero puntean sobre el precipicio con la elegancia formal que le permite su precisión para el lenguaje. Nacho Vegas sabe escribir; sabe escribir muy bien. Quizás este mejor de la década debería estar repartido en mitades exactas entre Desaparezca Aquí, su elepé de 2005, y El Manifiesto Desastre. Si vale la figura geométrica, no acierto a decidirme cuál de los dos es más redondo: puede haber un nivel más alto ocasional en Desaparezca Aquí, pero el Manifiesto dibuja en cada canción el perfil de un hombre que ha cruzado unos cuantos laberintos personales y sale al exterior en estado de (mínimo o fugaz) cuarto creciente. Si le sumamos los anteriores Cajas de Música Difíciles de Parar y Actos Inexplicables; más, después o entre medias, El Tiempo de las Cerezas junto a Bunbury y Verano Fatal  de la mano, literal, de Christina Rosenvinge, queda sentado que la década de Nacho Vegas ha sido inmejorable. Sin perjuicio de su propia opinión al respecto, claro.

Origin of Symmetry – Muse (2001)
A Muse los tuve por una versión pálida de Radiohead hasta hace relativamente poco. Aquel prejuicio nació en los días en que Thom Yorke y los suyos se levantaban de la cama y les salía The Bends, Pablo Honey, OK Computer y tal… o sea que resultaba fácil despreciar la copia cuando el original había desatado su maestría onírica y desgraciada más allá de lo concebible. Luego me he permitido echar un ojo a Muse y en algún momento de los últimos tiempos este Origin of Symmetry me plantó raíces en los oídos. Y terminó por agradarme (o debería decir más) el desaforado agonismo de los muchachos, mientras me veía obligado a hacer un intermedio con los Radiohead de Amnesiac y Hail to the Thief. Siempre los voy a tener bajo sospecha, aunque escucho con placer Black Holes and Revelations y The Resistance. Así que han conseguido traspasar la barrera de la apetencia: cuando acudo a un disco de manera frecuente, es que se ha hecho importante para mi cerebro, que lo necesita como la química redondeada de cada mañana. Ya he dicho antes que, en cuestiones de música y puede que en cosas peores, no me conozco a mí mismo. Por si acaso la debilidad pudiese derivar hacia la patología, hace poco me compré The Eraser, el disco de Thom Yorke en solitario. Y, como soy así, no sería raro que apareciera en esta selección. Como decía el otro, a mí Thom Yorke me puede.

Wagonwheel Blues – The War on Drugs (2008)
A The War on Drugs les auguro un futuro radiante (qué sintagma, señor), si no se pierden en alguna de esas carreteras polvorientas de desierto que cruzan sus canciones. La lista de Somniloquios toma aquí un papel visionario. Los americanos saben cómo escribir road-music, y The War on Drugs lo hacen muy bien, con el tanto de suavidad necesario para compensar el aspecto recio de la tradición americana. Su cantante le debe mucho a Dylan: alarga las vocales y escribe en segunda persona del singular. A estas alturas, de todos modos, quién no le debe algo a Dylan… La asociación resulta muy evidente en Arms Like Boulders, pero luego el conjunto está destilado con mucha personalidad, para respetar valores comunes sin incurrir en la imitación ni el aburrimiento del dèjá vu. Si miramos entre las telas aparece también Bruce Springsteen, un tanto así de Wilco, otro de Neil Young, y de ahí para abajo todo lo que usted quiera nombrar. En realidad, este juego de referencias me resulta muy molesto. The War on Drugs no suenan como nadie; suenan a The War on Drugs. Así como suena el embrión (tienen sólo un EP, Barrel of Batteries, más este álbum) de una banda que, si se alimenta de manera conveniente y se toma un buen vaso de leche todas las noches antes de irse a la cama, pueden hacerse hombres de mucho provecho. Y, llegado ese día, pediremos nuestro tanto por ciento.

Imperfección – Havalina (2009)
He aquí una banda española que hace música cruda, poderosa, nada complaciente. Manuel Cabezalí tiene, a la vista y que sepamos, un lado Jeckyll (su papel como guitarra en la banda habitual de la sedosa Russian Red) y este Hyde que se llama Havalina, donde la seda es alambre o, mejor, el tenso material de la cuerda de la guitarra. Porque la guitarra de Havalina es una cosa seria de verdad. Estos chicos no aparecerán en ninguna lista salvo en aquéllas arbitrarias como la que está usted leyendo. Hay dos grupos (que uno conozca, porque habrá muchos más) que no suenan en absoluto españoles: uno es Catpeople; el otro, Havalina. Imperfección tiene la forma de un potente remolino, en el que los instrumentos conspiran a zarpazos y las letras suenan a dentelladas, con urgencia ansiosa, con tensión violenta:  “Quiero desnudarte y devorarte una y otra vez. / Quiero destrozarte y hacerte daño sin querer”. En este disco, el amor está dicho de una forma tremendista; y si uno pregunta si en lugar de amor no querrán decir sexo. Si fuera así, tanto mejor. Cuando uno oye a estos tres chicos (son tres, suenan como seis) dan ganas de arrancar la ropa interior de tu rival a mordiscos.

La Lengua Popular – Andrés Calamaro (2007)
La Lengua Popular es Calamaro en estado puro; pero en la versión pura de la nitidez sensorial, armónica, musical, escritora. El Calamaro grande. Porque podríamos decir que El Salmón también es Calamaro en estado puro, pero ahí asoma el Calamaro desaforado, un Calamaro que se quiere sacar siete puñales del corazón de una sola vez, sin atender a las heridas propias ni a las ajenas. Calamaro regresó del infierno disco a disco, como si en cada uno fuera descontando uno de los pisos del averno de Dante hasta la luz definitiva: El Cantante, Tinta Roja, El Regreso, El Palacio de las Flores y, por fin, La Lengua Popular. Y ahí pudimos proclamar (gritarlo, de hecho), que Andrés había vuelto, entero y cierto, festejando la amistad en un himno ebrio de sentimiento como Los Chicos; sexy y barrigón como el rocanrol; enamorado y sensual, escribiendo con una potencia de seducción arrebatadoramente carnal: “Me gusta derramarme arriba tuyo / me gusta tanto ensuciarte / Besar tu flor inmediata / Besarte atrás y adelante”. Exquisito en Carnaval de Brasil. Soberbio en el conjunto. Lo peor de La Lengua Popular es que, como en su día Honestidad Brutal, no puedo escucharlo sin vestirme antes con armadura; porque me duele demasiado. Porque, como diría el mismo Calamaro, como dijo en su día, el mío es un corazón en carne viva. Y una conciencia negra; y una memoria blanda.





Infames canciones para una década (2)

7 01 2010

 El segundo capítulo huye de los centros de poder y viene con tonos revolucionarios. Algo del (malogrado) pop español que resiste a la idiocia creciente del sistema; un par de nórdicos calidos como una estufa y señores/as que en la tercera edad se comportan con la juvenil ambición de cambiar el planeta Tierra y, si fuera posible, a sus habitantes. Y luego está Dylan, al que se podría aplicar cualquier etiqueta o ninguna. El inasible hombre de Minnesotta es el moderno más recalcitrante que uno se pueda cruzar. Para él, ningún disco en los últimos 20 años ha sonado bien, le leí en cierta ocasión. Sospecho que jamás leerá esta recopilación. Allá él…


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Llamadas Perdidas – La Costa Brava (2004)
La Costa Brava y yo nos desencontramos todo el tiempo que nos fue posible, hasta que no nos fue posible desencontrarnos más. Yo, que tuve y tengo amigos comunes con Sergio Algora aunque jamás nos conociéramos o dirigiésemos la palabra, yo que compartí el fondo de la barra del Malevaje, por clientes habituales y afectos al cuarteto de dueños, con él y su chica de entonces; yo que apenas pisé El Fantasma de los Ojos Azules y que le tengo al Bacharach un afecto de entresemana muy poco atendido; yo que no los oí mientras ellos cantaban; yo… que llevo media vida pasando una fracción cada vez mayor de mis veranos en la Costa Brava. La Costa Brava y yo nos desencontramos durante mucho más tiempo de lo que dura un verano, pero cierta noche de junio nos reunimos en la plaza rosada de este Llamadas Perdidas, y desde entonces el verano no termina, y lo pasamos observándonos retrospectivamente con arrobo indisimulado de amor estival, acunados en el olvido del largo invierno. Hacen falta discos así (hacen falta bandas así), con todas sus debilidades expuestas junto a sus glorias, a la vista de todos, como en una carnicería; hacen falta llamadas perdidas para atravesar una década de lado a lado y no partirle el corazón.

Costa Azul – Sidonie (2007)
Imagino que a Sidonie les costará discernir qué funcionó tan bien en Costa Azul que no han podido reproducir (o mejorar) en El Incendio, su último elepé. O tal vez ellos lo logren porque para eso son músicos. Ojalá: yo me declaro incapaz de saber por qué Costa Azul me gusta tanto y en El Incendio me molesta la ingenuidad de las historias de amor o el tono próximo de las canciones o no sé qué de las letras. Sidonie escribieron y cantaron en inglés hasta mediados de esta década, y se me hacían perfectamente prescindibles aunque les profesaba cierta atención. Cuando se decidieron a expresarse en español resultó que sus letras bordeaban una poética nada artificiosa que punteaba magníficas melodías. En el cambio se hicieron un grupo imprescindible. En Costa Azul perfeccionaron el modelo sobre la base inspiradora, cuentan ellos, de la Literatura de Scott Fitzgerald: de ahí el dandismo, el hartazgo de las fiestas, la soledad esencial del amor, la belleza crepuscular de los sentimientos. Y les quedó un disco embriagador, de músicas preciosas y un ritmo pegadizo que tenía la consistencia de la buena pasta: crujiente, se pegaba a los azulejos, pero sin empalagar. Melodías al dente. Fuego lento, no incendios.

Franz Ferdinand – Franz Ferdinand (2004)
Franz Ferdinand tiene, el grupo y éste su primer disco homónimo, lo mejor de lo que la música británica puede dar hoy por hoy, en mi opinión: el descaro, el ritmo, la agresividad, la energía, la indolencia y la juvenil vanidad de sus canciones. Ninguno seremos abducidos por nada de lo que digan, salvo por el envoltorio rítmico, por la presencia, por la la facilidad para atraparte con un himno gamberro, por su forma de decirnos cómo hay que tocar la música cuando se es joven, cómo debe sonar la música cuando se es joven, como hay que cantar cuando se es joven y cómo hay que bailar la música cuando se es joven. Es ese deliberado hedonismo (in)trascendental el que convierte a los Franz Ferdinand en un acto de rebeldía contra el aburrimiento o su amenaza. Lo único que puedo decir de su primer disco es que me sigue gustando como el primer día, me divierte igual, me obliga a moverme igual. Las últimas veces que creo haberlo oído en un bar, en el Pulp, pusieron You’re So Lucky y, bueno, pasó lo mismo de siempre. Después ha venido un creciente desinterés. No comparto el fervor por su último Tonight With FF, aunque ese detalle me parece lo de menos. También el pinchazo de memoria que me recuerda que todos estos grupos del nuevo post-punk no pueden descalzar a The Fall, a los Clash, a Television. Y que donde esté Marquee Moon, igual tengo que derribar una década entera. Pero algo así sería excesivo.  Sentí no poder ver el paso de Franz Ferdinand por la ciudad, pero mientras pude ir a verlo no lo consideré una gran ocasión. Eso es para otros grupos; que puede que me diviertan menos, pero me emocionan más. En el fondo, Franz Ferdinand describe emociones empaquetadas que yo ya no compro. Aunque a ratos me apetezcan…

Heaven, Earth and Beyond – Lisa Ekdahl (2002)
Oí por primera vez a Lisa Ekdahl una tarde de verano, en una terraza en sombra cerca del puerto de Mahón. No sabía nada de ella. Aún hoy sigo sin saberlo. Lo que he averiguado, eso sí, es hasta qué punto una voz afectada de angelical delgadez puede absorbar el espacio y tomarlo al asalto como una valquiria. En el susurro de aquel atardecer, mientras zarpaba de la dársena un monumental rascacielos transatlántico, me fui abandonando en la música de este disco que no conocía, hasta que pregunté su nombre. Luego lo busqué. Lo compré. Y ocupó tantas horas que él solo se presentó ante mí hace pocos días, cuando comencé a imaginar el recuento de los álbumes que han compuesto el puzzle sonoro de estos años. Poco puedo contar. A Lisa Ekdahl hay que oírla. Es sueca, es rubia, es tan fina que parece a punto de quebrarse como un cristal si uno la mira demasiado. También al cantar. En su idioma ha cantado y canta pop muy sedoso, con un deje que nos hace pensar, seguro, en Russian Red. Frecuenta el jazz de caricia repetida, el silabeo gracioso, la etérea complicidad de voz y melodía. En Heaven, Earth and Beyond (dirección a la que te lleva el disco a poco que te abandones) Ekdahl desgrana canciones clásicas, versiones de otros, temas que uno juraría haber conocido o conocer. Los trae todos a su terreno y los rinde. Yo saqué la bandera blanca y entregué las armas, allí mismo en el puerto de Mahón. Sin condiciones. Y desde entonces siempre que veo un transatlántico pienso en Lisa Ekdahl.

Hurricane Bar - Mando Diao (2005)
Entiendo que dos suecos consecutivos significan una arriesgada redundancia, pero mejor juntarlos que jugar a la diseminación artificial y hacernos los despistados. Además, nadie diría que Mando Diao son suecos. Ni por el nombre ni por el acento. Ni el fonético ni el musical.  Ni por la forma ni por el fondo. Mando Diao son tipos de música directa, lo que en las tiendas de etiquetas dirían garaje-pop, que yo nunca he sabido muy bien cómo tomarme porque hay tantos sonidos reconocibles en su música que no caben en una plaza de garaje. Un día alguien sopló el enigmático nombre a mi oído: “Mando Diao…, escúchalos”. Y como era un periodo de indefinición, uno de esos pasajes en los que me tiro hacia los setenta en busca de impresiones perdidas, los escuché. Sin saber bien a qué me enfrentaba, temiendo a una banda de tribalistas. El nombre lo inventó uno de sus miembros en un sueño (tópica explicación de estrella del rock). Suena a cualquier cosa. Detrás, encontré este disco que empieza con Cut The Rope, un rasguño de inspiración Clash, y que luego usa perspectivas muy diversas para darle forma a una misma visión de la guitarra como instrumento de seducción.

Twelve – Patti Smith (2007)
Pocas cosas tan innecesarias como los discos de versiones. Pocos discos de versiones tan necesarios como este Twelve de Patti Smith, una sexagenaria a la que vimos en la Expo empeñada todavía en cambiar el mundo, tantos años después, tantos mundos más tarde. Patti Smith siempre ejerció el poder de la palabra entreverada con el gesto. Este álbum la ve en un potente recitado de temas clásicos que van de Jimmi Hendrix a Neil Young, Rolling Stones, Bob Dylan, Jefferson Airplane, Nirvana, The Doors, Paul Simon o Tears for Fears. Dicho así, suena de lo menos estimulante, esa es la verdad. Basta escuchar la relectura de morosa profundidad de Smells Like Teen Spirit, el hipnótico tema de Nirvana, para aceptar que la versión es un género que muy pocos deberían acometer. Patti, of course, estaría entre ellos.

Wonderland – The Charlatans (2001)
Manchester nunca fue wonderland para los charlatanes. Ellos estaban allí, pero tal vez un poco más tarde de lo que debieron, o un poco antes de lo que les tocaba. Aparecieron al mismo tiempo que los Stone Roses ascendían a la cima del mundo y en la habitación no cabían todos. Se estaban amontonando las generaciones de genios. Así que The Charlatans iniciaron un largo rodeo hasta el reconocimiento, trasiego nada dichoso que incluyó el encarcelamiento de uno de sus miembros y la muerte en un accidente de automóvil de otro. Tal insistencia en el infortunio hubiera desanimado a cualquiera, pero no a estos muchachos que en 2001, con Wonderland, confirmaron que la singularidad de su sonido, con raíz en una ciudad de hilo musical de oro y una evolución hacia la pista de baile y la contenida electrónica, tenía un espacio asignado de antemano. Cuando se acabó el baggy, ya no molaba la new wave, se desvanecieron en su gloria los Stone Roses y engordó de ego adicto Shaun Ryder, Manchester se despertó de su sueño. The Charlatans, como el dinosaurio de Monterroso, aún seguían ahí. Estos chicos no se extinguirían ni con una glaciación jurásica.

The Revolution Starts Now – Steve Earle (2oo4)
El señor Steve Earle ha visto cosas que vosotros no creeríais. Por eso le crece la barba de manera desaforada mientras el cogote queda a la intemperie. Steve Earle es eso que se dice la América silenciosa, que por otro lado jamás se calla. La América que cree en la revolución desde dentro, en el día a día. Steve Earle lleva desde los 16 años aferrado a una guitarra, cuando salió de su casa para no volver; entonces cantaba contra la guerra de Vietnam por pequeños bares en los que hacía gracia su sombría propuesta. Muchos años, un paso por la cárcel, cinco esposas y unas cuantas adicciones después, en este disco el autor del extraordinario El Corazón había alcanzado la calidad oracular de una conciencia colectiva. Observó que venían elecciones y proclamó el principio inaplazable de la Revolución, aquí y ahora. A continuación agarró a su mujer Alison Moorer por la cintura y a la guitarra por el mástil, empezó a disparar al aire y le salió un disco deliciosamente áspero.

Modern Times – Bob Dylan (2006)
La modernidad es un concepto muy poco dylaniano. De hecho, el concepto Dylan es un concepto radicalmente opuesto al concepto tiempo; los dos, por otro lado, son igual de subversivos, irrazonables y enigmáticos. Dylan ha fundido el tiempo y lo transporta en su mano como el mago que pasease una llama irrefutable en la yema de los dedos. Cualquiera sostendremos que su mejor producción corresponde a décadas tan lejanas que casi no queda nadie de entonces en pie, salvo él: El Hombre Dueño de los 60, como se auto definió en una entrevista en la revista Rolling Stone. “Te los regalo”, le dijo enseguida al periodista. Modern Times concluye una trilogía portentosa de Dylan en los años 2000: Love And Theft y Time Out of Mind eran los precedentes. Otra vez el tiempo; o el no tiempo. Dylan y no Dylan. Más allá del tiempo (éste o cualquiera), la maestría del maestro permanece intacta como las profundas arrugas de su cara.

Living With War – Neil Young (2006)
El último mohicano disparó aquí todas las balas que le quedaban en el cargador contra Doble Uve Bush. Un disco como éste es una manera mejor que cualquier otra de justificar la presidencia de Doble Uve o de lamentar que Obama no vaya a excitar la vena salvaje de los revolucionarios. La ventaja con los rockeros americanos (incluso los canadienses) es que son capaces de escribir un panfleto político sin una sola doblez, ni un disimulo, ni un atisbo de ahorro maniqueísta y, sin embargo, convertirlo en un álbum de música arrolladora. Neil Young en una de sus (muchas) mejores versiones. A la guerra hay que llevarse a Neil Young, porque es un tirador de élite: rara vez en 30 discos ha fallado el disparo. En éste, el 29º, hizo diana en el orto de Bush.





Canciones para una década infame (1)

4 01 2010

Canciones para una década reúne los 50 discos que más le han gustado al personal de Somniloquios, que soy yo y mis múltiples circunstancias. No pretende ser una clasificación académica, huye necesaria y modestamente de cualquier tentativa canónica y es ajena a otra vanidad que no sea el gusto personal y los placeres que tales o cuales discos hayan proporcionado en uno o muchos momentos a lo largo de estos años, que diremos infames para que nadie se confíe. De ese modo, se hace difícil establecer una clasificación al uso, porque a partir de los digamos quince primeros las preferencias se hacen borrosas. Innecesario. Sí están claros los que ocuparán los primeros puestos, y ahí habrá una jerarquización de atrás adelante. Lo haremos de diez en diez. Si no les satisface la nómina de artistas y trabajos, no se preocupen, los que vienen serán mejores, e incluso puede que sean peores. En todo caso, empezamos por desgranar este racimo, de Editors a Son Volt, algunos poetas urbanos y otros salvajes, guitarras enérgicas, canciones suaves para las horas pesarosas y lúcidos enloquecidos.


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The Back Room – Editors (2006)
Cualquier razonamiento que quiera imponer para explicar mi moderada devoción por Editors está condenado al fracaso. Cuando los conocí me parecieron engolados y algo vanidosos en las formas; más tarde, mi subconsciente trabajó a su favor.  Debe de ser la asociación, algo exagerada creo yo, con Joy Division o Echo and The Bunnymen. ¿No había mucho en los 80 de todo eso que podríamos afearles a Editors, en tantas músicas que estuvieron entre mis preferidas? A ratos Editors me suenan demodés, pero resulta fácil perdonarles que suenen a un tiempo ya pasado.

The Last Holy Writer - Trembling Blue Stars (2007)
En una década hay tiempo de sobra para los días negros y las noches blancas. Trembling Blue Stars, banda londinense con muy poco trazo londinense, ocuparon muchos espacios de un periodo sombrío, en el que uno precisaba canciones que le masajearan el espíritu con mucho cuidado, sin apretar más de la cuenta. Pop melancólico, vitalista a su manera, perfecto para mirar a través del cristal de un autobús en viaje o para pegar la nariz como un niño al cristal helado de las madrugadas.

Give Up - The Postal Service (2003)
Lo primero que me gustó de The Postal Service fue el nombre de sus dos héroes: Benjamin Gibbard y Jimmy Tamborello. Tomás Fernando Flores los nombraba en su programa Siglo XXI con mucha gracia, alargando la ‘a’ de Tamborello, lo que hacía el nombre aún más eufónico. Estos dos americanos hicieron su disco a distancia, intercambiando archivos sonoros y pruebas por el servicio postal y el correo electrónico. De ahí su nombre. De ahí su álbum, una fugaz delicia de indie electrónico pensado para el consumo doméstico más que para la pista de baile. No han vuelto a publicar ningún otro, ejemplo de contención que debería cundir más de lo que lo hace. Música tecnológica con un alma indudablemente orgánica. Porque los robots no sólo sueñan con ovejas eléctricas.

Abattoir Blues / The Lyre of Orpheus – Nick Cave and The Bad Seeds (2004)
La muy ponderada revista Pitchfork situó este denso álbum en el puesto 180º de los 200 mejores discos de la década 2000… Me parece que, proporcionalmente, coincidimos. Ni que decir tiene que los muchachos de Pitchfork (incluso las muchachas) saben de música mucho más que yo. Lo que no es tan seguro es que le tengan a Nick Cave y sus amigos barbudos la fe que les profeso yo. Pocas veces la dialéctica entre la brutalidad y la poesía -tensión permanente en Cave y los Seeds- ha encontrado un punto de equilibrio tan perfecto. Un disco con el que uno puede atravesar océanos de tiempo, como el Drácula de Stoker, y presentarse en el Juicio Final seguro de que estas canciones lo rescatarán de las noches más agónicas del Infierno y de la empalagosa repetición de los días soleados en el Paraíso.

Heliocentric – Paul Weller (2000)
Todas las flores se las llevan Stanley Road y su último 22 Dreams pero, si no fuera por la cubierta, una de las menos estimulantes que uno haya visto, éste sería el mejor disco de Paul Weller. Probablemente lo sea, aunque no podemos dejar de lamentar el sabor rodstewartesco de la fotografía, que anuncia al hombre maduro al que le gustan demasiado las guitarras, la ropa que ya no le pega con la edad y las mujeres con exceso de maquillaje. Fuera de eso, Heliocentric funciona en verdad como epicentro de lo mejor que ha dado Paul Weller a lo largo de su formidable carrera al frente de The Jam, The Style Council y su propio número; uno a veces escucha al fondo a la derecha a los Beatles en algunos pasajes, a un cierto McCartney de los setenta y, sobre todas las cosas, al excelente melodista que siempre ha sido el padrino del mod.

 

Lujo Ibérico – Mala Rodríguez (2000)
¿Qué dos cosas flotan en el agua? Los barcos y la mierda… Lo canta Mala Rodríguez. El rap/hip-hop está sustentado en estos pequeños descubrimientos cotidianos, de indudable potencia metafórica. El descubrimiento que me supuso María Mala Rodríguez es de un tamaño muy superior. Flow de dicción sevillana, de alcance incalculable, rimado de un modo muy personal, con el punto intermedio de seducción y chulería disuasoria que es obligado en el género. Si alguna vez sentí la tentación de ir a ver un concierto de rap, fue por culpa de Lujo Ibérico. Me sigue gustando escucharlo. Me sigue gustando la Mala. Uno de esos riesgos que a uno no le importa (no le importaría) correr aunque fuera por una vez en la vida.

Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not – Arctic Monkeys (2006)
Como hicieron este primer disco, a Arctic Monkeys les podemos perdonar que hayan hecho los demás.  Hasta donde yo escuché (creo que el segundo, no sé si hay otros pero sospecho que sí) las canciones eran tan intercambiables que resultaba imposible distinguir dónde acababa un disco y comenzaba otro. Tal vez se trate de eso. Tal vez no. El caso es que escuchar este disco sigue siendo igual de divertido que el primer día; como volver a salir por los bares sucios de hace 20 años y tirarnos las jarras de cerveza por encima de la cabeza. Pero debe de ser que ya no tenemos edad para tanta condescendencia…

Jarvis – Jarvis Cocker (2006)
No va a faltar quien defienda que el segundo disco de Jarvis Cocker es mejor que el primero. Bien… Estamos de acuerdo. Pero a mí también me gusta mucho éste. El primer álbum de Jarvis Cocker después de convertirse en una persona de edad, enamorarse de una francesa e irse a vivir a París. Es decir, después de Pulp. Rezumante de la ironía habitual en el flaco de las gafas de pasta, Jarvis nos devolvió a un clásico en reinvención. Conviene no ponerse demasiado serio para comentarlo: Jarvis es bueno, no hay más que decir.

Is This It – The Strokes (2001)
Channel 4 consideró este álbum en el número 89 de los 100 mejores álbumes de todos los tiempos; la Rolling Stone, para no ser menos, lo nominó en el puesto 367º de los 500 mejores discos de toda la historia, supongo que sin incluir las guerras napoleónicas; The Observer lo puso en el 48º de los 50 discos que cambiaron la música… Y hasta la cubierta fue destacada como una de las mejores de nuestra vida actual y las anteriores. Naturalmente tenía que estar en la subjetiva clasificación del hombre somniloquio, cómo no. Al contrario de lo que le sucede al propio grupo -según hemos comprobado en los sucesivos discos- el tiempo mejora este trabajo.

The Search – Son Volt (2007)
Es muy probable que usted no haya oído hablar jamás de Son Volt ni de Jay Farrar. Uno tardó mucho en hacerlo. Todo empezó con Wilco y la investigación de los orígenes: empezamos por Jeff Tweedy y retrocedimos hasta Uncle Tupello, la banda embrionaria. Bien, en Uncle Tupello estaba Jay Farrar, que era la otra mitad de Tweedy. Y de ahí, otra vez hacia delante, hasta Son Volt… The Search, el título, oculta una contradicción o tal vez el júbilo oculto en un juego de palabras: es el fin de la búsqueda; es decir, el hallazgo. Un estupendo disco que uno escucha sin cansancio y que rebasa la etiqueta del country alternativo que tan ajustada le quedaba a sus trabajos anteriores. Tiene un sabor de base a praderas abiertas, armónicas en la noche de hoguera, judías cocidas en la sartén y café al fuego… pero con un sustento mucho más sabroso. La honestidad, la aridez de la frontera, la rudeza mejorada de los sonidos. Letras de innegable contrición y una contenida luminosidad.





Reflexión matinal

31 12 2009

El periodismo es admirable. O tal vez sus actores, que lo han suplantado. Esta mañana, ya ayer, no encuentro en la ciudad un solo periodista que no supiera que Eduardo Bandrés iba a dimitir. Lo razonan en privado, lo que no deja de ser un casi comprensible ritual de apareamiento, y también en el tremendo peso del papel matinal. Me asombra, entonces, la generosidad de todos ellos al evitarse la molestia de publicarlo por anticipación… esa vieja costumbre del oficio. Falacia retrospectiva, le llama a esto el buen Arcadi Espada. O el periodismo a toro pasado.

Pd.: Necesito que alguien me saque de esta profesión, pronto, o terminaré loco y enfermo a la manera de Stevenson en los Mares del Sur. Pero sin haber escrito jamás La Isla del Tesoro ni El Diablo de la Botella.





Canción de amor con miradas

29 12 2009

No dejo de pensar / en lo que me has hecho. / Levantaste una muralla de amor / y la has derribado / ante mis ojos / Y te crees que sabes de qué va todo / No paras de decirme que me equivoco / Me da igual lo que hagas / Si tonteas conmigo, te quitaré del medio. / La imagen que ves de mí no es un retrato / Demasiado real como para mostrársela a alguien a quien no conozco / Me comporto como un niño / Estoy desesperado / Tú piensas que estoy loco / pero… ¿qué quieres que le haga? / Pierdes el tiempo como gastas mi dinero / No es que sea divertido, pero es la verdad / (No malgastes mi dinero, cielo) / Ya no me puedes decir de qué va esto / Ni que yo soy débil y tú fuerte / ¿Qué te hace falta, qué es lo que te parte el corazón? / ¿Acaso lo sabes? / Porque si lo sabes, no lo parece… / La imagen que ves de mí no es un retrato / Demasiado real para mostrárselo a alguien a quien no conozco / Estoy desesperado / me comporto como un niño / Ya no me puedes decir de qué va esto / Ni que yo soy débil y tú fuerte / ¿Qué te hace falta, qué es lo que te arranca el corazón? / ¿Acaso lo sabes? / Porque si lo sabes, no lo parece… / La imagen que ves de mí no es un retrato / Demasiado real para mostrarla a alguien a quien no conozco / Estoy desesperado / Actúo como un niño… 

[Round And Round, de New Order]

Volvamos de Italia y terminemos el año con algo de música. Round And Round no es una de mis canciones favoritas de New Order, pero sí que está enmarcada en uno de mis vídeos favoritos. La colección de hermosuras y miradas en blanco negro y los fogonazos de color al ritmo del sintetizador siempre me resultaron subyugantes. La letra está afectada de una deliberada levedad, va y viene en círculos de sentimientos algo etéreos, de los que uno se puede desprender como cambia de camisa frente al espejo un sábado por la noche, antes de salir a bailar, buscando elegir la que mejor sienta para el espíritu y la ocasión. En New Order el amor es una estilización synth-pop,  pura música al ritmo de la cual te puedes mover, alguien desconocido con quien intercambiar algunas miradas en la pista, palabras no oídas del todo, un sudor sin esencia, diálogos sin peso. Sería interesante votar cuál de todas las miradas (que parecen obtenidas para un anuncio multicultural de Benetton) prefiere cada cuál… Por hablar de algo, digo.

Pd: El fin de año viene notablemente musical en Somniloquios, advertido queda. El autor (siempre atento a la importancia de las actividades vacuas) ultima una suculenta lista de los 50 y tantos mejores álbumes de MI década dosmil, resumen subjetivo y personal a más no poder, sin intención académica o canónica alguna, que desgranaremos (ignoro aún por qué orden) en el voluptuoso intercambio de año.





El frío psicológico

20 12 2009

Alessandro del Piero, celebrando un gol bajo la nieve turinesa.

Cuando después de varios años escribiendo de baloncesto en acogedores pabellones el Periódico de Aragón me convirtió en cronista de fútbol, los Reyes me pusieron un conjunto de forro polar y botas de montaña. Una demostración plena de sabiduría. Porque yo no tengo ni idea de cuál fue el primer partido de fútbol que vi en mi vida ni de cuándo pisé La Romareda por primera vez, pero sí tengo clasificados los tres o cuatro partidos en los que más frío he pasado en las tres décadas largas que llevo paseándome por los campos de España, que diría el otro. Y dos o hasta tres de esos días de pavorosas temperaturas, por cierto, se han concentrado en las últimas dos semanas, lo que me hace pensar que éste es el mes que más frío he tenido en toda mi existencia; y mira que yo he conocido los hielos del sur y cruzo los puentes del Ebro a menudo en bicicleta, con el cierzo pegando de costado. Pero eso no es nada. Nada. Aunque este somniloquio le debe su procedencia a diversas latitudes, es en realidad hijo del norte de Italia, porque en el norte de Italia fa freddo allo stadio. Pero freddo que corta la respiración, no cualquier cosa. Todos hemos visto esos partidos invernales del calcio que chelan hasta la pantalla del televisor; partidos en los que ya no se sabe dónde acaba la bengala y dónde comienza la niebla, y de qué glándula procede el vapor de locomotora que les brota a los futbolistas de todo el cuerpo; como al Sepia cuando descendió a pulso los 411 escalones del campanario de la catedral de Florencia, y al pisar el Duomo le subía de las paletillas una humareda que parecía una empanada recién salida del horno. 

No se me olvida un Zaragoza-Barcelona el día de Reyes no sé si del 85 o por ahí, del que me queda un chicharro tremendo del boquerón Esteban que vimos desde el Gol Jerusalén, las fuentes del parque cristalizadas de hielo y un buen samaritano que repartía piedad por la grada en la forma de un humeante termo de café con leche. Los catalanes y sus asociados ganaron el partido y nosotros estuvimos a punto de perder los pies. Me recuerdo bajando Fernando el Católico abrumado por el temor a que los pies se me partieran por la mitad, como si los hubiera bañado en hidrógeno. 

Sin embargo, no pasé tanto frío aquel día como el año en Segunda División. Porque en Segunda hace más frío que en Primera, sobre todo en el Carlos Belmonte de Albacete. El Mundial 82 aportó el tópico de que el estadio más ingrato de España era el Nuevo Zorrilla de Valladolid, donde la pulmonía hacía estragos como la peste negra del siglo XIX. Algo tendrá de verdad cuando hasta la campaña de abonados del club explotó el concepto, con la ayuda de Leo Harlem, pero en Valladolid hay en la tribuna de preferencia unas estufitas colgantes que algo mitigan el drama de las noches de fútbol. También en Soria y en Vitoria y en Pamplona hace frío, claro, pero a mí no me ha tocado sufrirlo como me tocó aquella tarde en Albacete. Y en El Plantío burgalés jamás estuve. Lo que más se le acercó fue Salamanca la misma temporada, pero nos parapetamos en unas cabinas muy convenientes y salvamos el cuello de milagro. 

 

En el Belmonte, sin embargo, las condiciones invitan a la tragedia. La tribuna de prensa está subida a las últimas filas bajo el voladizo de la grada principal, más o menos como en La Romareda, pero con una diferencia vital: en nuestro estadio el encajonamiento de los pupitres sobre el ángulo superior del campo hace de protección, pero en el Belmonte el muro no se cierra por detrás del graderío. Con lo cual, estábamos sentados viendo al equipo aquél de César Ferrando contra el equipo aquél de Paco Flores y, por la trasera, ingresaba en nuestros lomos generosos un ventarrón de hielo que nos congeló la riñonera con mano de acero. Tanto frío hacía que por la nariz me corrió todo el tiempo un delgado hilo de moquita de abuelo resfriado, mientras Perera nos vacunaba. Lo peor fue que el Oso, vaya a saber por qué, de pronto empezó a sangrar por los orificios nasales como un chiquillo. Del frío debió de ser que se le reventaron los huesos propios, así que tuve que prestarle mi inmarcesible pañuelo para corregir la hemorragia y me quedé sin otra defensa contra el moquillo que la manga del tabardo. Durante años pensé que aquella terrorífica tarde en Albacete quedaría en mi memoria como el día que pasé más frío en toda mi vida, porque yo no hice la mili y entonces me ahorré las infames imaginarias en la garita de la PM, con los marianos bajo el uniforme de campaña. Albacete había sido todos estos años mi Waterloo térmico… hasta que viajé a Italia. 

Yo no puedo explicar con palabras el frío que pasé en Turín mirando a la Juventus ganarle al Inter en el viejo Comunale, ahora Stadio Olimpico. Si supiera escribir y precisar las sensaciones con las palabras… Pero el frío que llegué a tener ahí… no me alcanza con nada. Porque una cosa es tener frío, como por ejemplo este sábado último en el Bernabéu, una mala noche para ir al fútbol a ver al Zaragoza, si es que queda alguna noche decente para mirar eso que aún llamamos Zaragoza pero que ya cuesta identificarlo. Sí, ahí pasamos frío el argentino y yo; no digamos cuando empezaron a nevar goles, al minuto dos: y nos preguntamos para qué habríamos ido. Lo bien que se ve el fútbol en televisión (sin comentarios) no se puede creer. Ahora, en el Bernabéu también funcionan las estufas colgantes, y nos protegíamos cada rato en el interior para aflojar la vejiga y comentar la jugada con la guardia privada del estadio. También en la zona mixta hay plantados unos calentadores de pie de esos que parecen hongos incendiados, y que su papel hacen: había una periodista francesa, que no pesaría 40 kilos recién desayunada, que renunció a cualquier entrevista hasta la hora en que salió Benzema. El resto del tiempo se lo pasó bajó el calor amable del hogar, como un gatico adormilado en el lomo de la estufa. 

La condición distintiva del frío turinés fue que no permitía escapatoria. Ningún lugar a donde ir. La gente blanquinegra nunca llenó el estadio Delle Alpi porque su nombre les parecía demasiado ajustado a la realidad: efectivamente, aquello debía ser como ir a ver un partido de fútbol en lo alto de una cumbre alpina. Así que remozaron un poquito el modesto Comunale y lo llamaron Olimpico. Ahora está lleno (25.000 asientos, no es para tanto), pero no tiene las comodidades de los grandes estadios. “Il vecchio Comunale e una vergogna”, me decía un colega tano que tomó asiento en el pupitre inmediato al mío. Su terno era despampanante: una gorra de campo, unos pantalones de color azulón, zapatos negros de horma redondeada y un abrigo de tweed en tono salmón. A duras penas alcancé el descanso, momento en el que rajé a toda prisa hacia las tripas del campo, buscando una salita donde recomponerme el termostato. Vi una fila no demasiado numerosa de gente que accedía a un área reservada, a cubierto y con un barito. Lo que necesitaba: bien la Juve, bien… trata a la canallesca con mimo. Cuando ya tenía pie y medio en el refugio, dos tipos me pararon para relojear mi acreditación: “Reservado para Tribuna de Honor… prensa no”. Pensé: ¿Y si me echo a llorar? El único garito disponible quedaba al aire libre, fuera del campo. Apenas un contenedor reconvertido en mostrador. Guardé la fila junto a un par de aviones infernales protegidas por su atento ragazzo. Cuando llegué, dispuesto a pedir un litro de té a 200 grados, la chica me anunció: “No queda té, sólo refrescos”. La miré largamente a los ojos. Si hubiera tenido algo más de soltura en el idioma le hubiera anunciado que tenía ante ella a un hombre clínicamente muerto. De frío. Me aparté. Sólo se me ocurría ya colarme a lo banzai en el vestuario del Inter y abrazarme a Diego Milito, dar la charla con Mourinho y mandare a cagare a Ciro Ferrara de camino al campo. Lo siguiente que pensé, ya sí en serio, fue lo que distingue la ocasión turinesa del resto: estuve a punto de abandonar. De irme al hotel. Comprendí lo que debe de sentir Pauner en sus innumerables no-ascensos a los ochomiles del planeta. Ni siquiera sé vivaquear. Así que por un momento, un largo momento en que estuve parado a la entrada de la escalerita del Comunale, bordeé la renuncia. Llamar al doctor Reyes y confesarle, con un hilo de voz: “Soy débil, no puedo”. Pero como soy aragonés, salí a la intemperie y me vi la segunda parte. 

Así que uno no ha sufrido el hambre, pero sí ha conocido el frío. Uno ha pasado un frío inhumano en los estadios de fútbol, un frío de otro mundo, un frío de invierno ruso, de campaña napoleónica, ese frío demoledor, atroz heladera que toma el cuerpo en invasión desaforada y no se retira hasta unas cuantas horas después. El frío que se combate en los descansos, de manera inútil, con un caldito, un té caliente, un expresso, un carajillo, un cognac ardiente, el chocolate espeso. El frío que, cuando abandonas el estadio, serías capaz de rebanarle las bolas a un chucho por encontrar un taxi y refugiarte dentro y decirle al tachero“Óigame bien, me sube la calefacción a todo lo que dé y me lleva a cualquier lado, cuanto más lejos mejor”. A la salida del Giusseppe Meazza, por ejemplo, encontramos una modesta paradita de taxis que asaltamos como forajidos, cuando ya estábamos a punto de empezar a devorarnos los unos a los otros como los uruguayos en los Andes. Alegres del hallazgo, conforme nos acomodábamos le comenté al chófer: “¿Pero por qué hace tanto freddo?”. A lo que, como era previsible, me contestó: “¿Qué frío? Esta noche no hace frío”. Temí que a continuación propusiera la reconvención habitual de los mayores: “Buena Italia habéis conocido vosotros: antes, antes sí que hacía frío”. En cierto modo nos dijo lo mismo, pero de manera harto más despectiva. ¿De dónde vienen ustedes, muchachos, de Sudán?”. “De España”, le informé. “Bueno, casi es Africa…”, fue su comentario. Y nos miró uno a uno como diciéndonos flojos, como diciéndonos finos, estirados, friolentos… Nos llevó a una pizzería que cerraba tarde y, a la hora de cobrar, sólo le faltó decirnos: “Son doce euros, putitos”.





El atroz encanto de los malos

17 12 2009

Le conocieron en Perugia como L'Assassino y más tarde como Matrix. Marco Materazzi, el futbolista de los 25 tatuajes (récord mundial por delante de los 18 de su antagonista estético, Beckham) afirma: "Yo no soy un diablo; júzguenme como a un hombre".

Venía encapuchado en su chándal interista de cabezal blanco, grande y oscuro, siempre acunando la fiera que le duerme adentro como un volcán; venía con la mirada al frente igual que un soldado, erguido en la dignidad disuasoria de los villanos. Podría llamarse Jack Palance o Lee van Cleef. Pero en sus días de oscura gloria teatral en los campos de fútbol lo apodaron El Asesino y luego, cuando ya había traspasado las barreras para convertirse en un icono pop, pasaron a decirle Matrix por sus patadas voladoras. El tipo que quería no tanto ocultar su rostro como subrayar la distancia de su figura portentosa venía caminando por la zona mixta de San Siro y dejaba pequeños a los de alrededor. Uno de los empleados le cruzó a su zancada de tumbador un saludo de admirativa familiaridad: “Grande Marco!, ciao Marco!”. Entonces supe que era él y que se me había escapado: Marco Materazzi.

El diálogo entre Materazzi y Zidane en la final de la Copa del Mundo valdría para una película de cine negro postmoderno o para un western futbolístico, si Tarantino o Scorsese se pusieran alguna vez a ello. Ese cruce de provocación, réplica y cabezazo en el pecho posee la enferma grandeza de los silbantes guiones de los años 40. Algo de este tipo, mi diálogo favorito de El Sueño Eterno, cuando el malevaje Eddie Mars descubre al detective Marlowe en el caserón donde todo huele a podrido y desaparecen los cadáveres.

Eddie Mars: -Qué coincidencia, eh… usted no tenía una llave y la puerta estaba abierta.
Marlowe: -¿Verdad que sí? A propósito… ¿cómo es que usted sí que tenía llave?
Mars: -¿Es asunto suyo?
Marlowe: -Podría hacer que fuera asunto mio.
Mars: -Y yo podría convertir sus asuntos en asuntos míos.
Marlowe: -Oh, no lo haga… No lo pagan demasiado bien.

Todo esto a una velocidad de metrónomo enloquecido, con una frase que se encaja en la anterior con el ruido metálico de los cerrojos de una mazmorra. La de aquella noche germánica fue así. Materazzi le agarra la camiseta a Zidane. Y Zidane, con prosopopeya de barrio marsellés y fútbol de toda la vida, le invita:

-Si quieres, cuando termine el partido te la regalo.
-Prefiero a la puta de tu hermana.

O al menos eso le leyeron en los labios los intérpretes sordomudos que contrató para el caso una televisión brasileña. Chandler, o Faulkner que escribió el guión, hubieran obviado el insulto en El Sueño Eterno. Tiene un aire más de Scorsese o Tarantino, está claro. Pero posee la misma estatura dramática, ingenio y velocidad de reacción, por las dos partes. Además nos permitió -como afirma un conocido argentino- observar la mejor escena de retirada del fútbol que ha producido la historia de este juego: “Un grande no se va del campo con flores; un grande contribuye de manera dramática a que su equipo se vaya derrotado, sale expulsado por pegar un cabezazo y entra en el vestuario puteando y dándole patadas a las botellas de agua y las puertas de los retretes”. Uno sólo puede asentir. Matrix contribuyó a la gloriosa leyenda de Zidane. Aún mejor salir del campo a la marsellesa que irse de la mano de una enfermera.

Si digo que se me escapó Materazzi es porque quería fotografiarme con Materazzi. Tengo un irrefrenable lado canalla. Sentí al verlo la misma oscura atracción que me llevó a ponerme aquel día frente a Mike Tyson en Las Vegas y estrecharle la rugosa mano agresora, detenerme en la sonrisa caníbal, en sus ojos como de bestia irracional. Poco antes de que saliera Materazzi había atravesado el mismo pasillo Luiz Figo, impecable con su mandíbula cuadrada de hombre bello. En los bajos del Comunale de Turín también me crucé con Michael Laudrup, impoluto en el trato como lo fue en el campo, serenamente elegante de madurez y franqueza en las facciones. Le propuse que se viniera al Real Zaragoza. Me pareció que tal vez su prestancia nos ayudaría a salir del previsible fango. Me replicó a la broma con tanta corrección que tuve que dejarlo por perfecto: me hacía parecer un gañán y me fui a darle mordiscos a la torta de frutas con la que la Juventus agasajó a los periodistas al final del partido.

Frente a tanta lucidez presencial, Materazzi ejerce sobre mí un tipo de seducción mucho más perversa. Me gustan los malos, sobre todo los malos italianos, tal vez porque siempre los he considerado personajes de una película que se llama fútbol, y son precisamente los villanos los que mayor rotundidad alcanzan en la composición de sus caracteres. Para qué nos vamos a engañar: entre John Wayne y Alan Ladd nos tenemos que quedar con Wayne a la fuerza, porque el dramático hervor íntimo del hombre tiene mucho más que decirnos que la rubia transparencia del tímido Shane. Enric González, en sus fabulosas Historias del Calcio, califica a los futbolistas en dos tipos: los violentos desorganizados (ese Iniesta que de repente, en un acceso de ira, larga una patada alevosa y torpe) y los violentos organizados, que le agregan a su violencia la alevosía del pensamiento anticipado. Naturalmente, Materazzi pertenece al segundo grupo. Su personaje tiene una potencia tan enorme que roba cualquier escena. A veces es tan atroz como otras gran defensa. O lo fue. Tiene 36 años y le cuelga del tiempo una leyenda culminada en el Mundial de Alemania.

É un diavolo! Jose Mourinho, el entrenador que ha conseguido estilizar la perrería clásica del fútbol: tiene un aspecto atildado incluso con aquel abrigo de pordiosero que tanta fortuna hizo en sus días en el Chelsea.

Hay otro tipo de malo: el malo psicológico. El ideólogo, el villano racional, el estratega de la depravación, el consumado, ladino, astuto, malicioso, perspicaz, altanero, frontal, soberbio, hábil, fino y diestro hombre de la tiniebla. En el fútbol de hoy, ese tipo se llama Mourinho. Si alguien tuviera la destreza psicológica precisa para descomponer a un personaje así, habría que desgranar el modelo que ha permitido al entrenador portugués del Inter transformarse de traductor del entrañable Bobby Robson en la encarnación richeulieana que ahora representa. Si Materazzi refiere a un personaje tarantiniano (Guy Ritchie -un mediocre Tarantino a la británica- advirtió el potencial cinematográfico de otro enemigo social, Vinnie Jones, en Lock, Stock and Two Smoking Barrels), Mourinho sería el Robert Mitchum de La Noche del Cazador, con sus nudillos tatuados; o el Robert de Niro de El Cabo del Miedo cuando seduce con su pulgar a la adolescente carnosa Juliette Lewis. Un tipo cuya amenaza va más allá de lo físico para abarcar lo espiritual. Mourinho ensaya el miedo intelectual.

Cuando lo expulsaron en el duelo con la Juve en Turín, el portugués no se marchó al vestuario ni al palco del Olímpico bianconero. Al contrario, traspuso un portoncito de la gruesa cristalera que separa el campo de la grada y se quedó de pie en el centro de un cuadrado embutido frente a las tribunas. Las gradas aledañas se tornaron entonces el circo romano en pleno paroxismo: furibunda contra el tótem enemigo, la hinchada juventina cubrió de insultos y provocaciones al entrenador interista. Lo rodearon varios policías, pero Mourinho se hubiera quedado igual de tranquilo estando solo. En medio de la furia, de pie con su largo abrigo de paño marengo, hierático frente al infierno, Mourinho permaneció en su lugar sin moverse un centímetro y aguardó a que el mundo entero agotara su ira contra él. Y venció, claro. La gente se cansó de decirle de todo, agotó la rabia y se desmoronó. Mourinho seguía en pie, sin moverse. Estuvo así el resto del partido. Su equipo perdió, pero él había ganado. Porque Mourinho, en lo personal, nunca empata, y tal vez esa conciencia le haya permitido hacer dos veces consecutivas campeón al Inter, el equipo más frustrado de la historia de Italia y ahora dominador implacable. Cuando una hora después Mou atravesó la zona mixta del estadio, camino del autocar del Inter, caminaba flanqueado por tres adláteres que no le hacían tanto de protección como de marco. Él los dirigía. El plano era suyo. Traía las manos en los bolsillos del trasnochado gabán y caminó subido en su altanería barrial de compadrito. La mirada al frente, el asomo de levísima sonrisa en los labios, pisando con firmeza y con el cuerpo hamacado en una pérfida armonía. Cuando pasó, todo el mundo hizo un silencio repentino. Nadie dijo nada aunque cualquiera hubiera querido enfrentarlo. Los insultos no le rozan. Es etéreo. Tal vez ni siquiera sea real. Envuelto en ese respeto temeroso, caminó hasta perderse más allá del pórtico de hierro: hubo quien aseguró que había subido al autocar, pero juraríamos que se desvaneció en la noche. Parecía que hubiera pasado ante nosotros el demonio vestido de negro.





La ‘macchina’

10 12 2009
A pesar de sus muchas frivolidades y pasando por alto que los faltones del norte llamen despectivamente terroni a los del sur, en general los italianos no encuentran tiempo o bien no sufren crisis de identidad nacional. Lo que se ahorran en organizar referendos no vinculantes lo emplean en cuestiones de verdadero interés comunal: discutir de fútbol, hacerle reportajes a Al Bano (que anda más de moda que nunca, por lo que se ve), establecer consideraciones de seis columnas al felino apetito sexual de Tiger Woods y, sobre todo, debatir si elevan el límite de velocidad en las autopistas de 130 a 150 km/h. Como la seguridad vial es una cuestión de perspectivas, en Italia aún se pueden permitir estas cosas. Lo que yo llamo la obsesión ordenancista española –en la que parecemos felices de participar- no tiene paralelo en Italia en cuestiones de tráfico. Un límite a 150 me parece excesivo, cierto, pero al menos uno puede manejar el Fiat sin experimentar la sensación de terror moral y económico que se ha convertido en norma en nuestro país, donde a la Dirección General de Tráfico le ha crecido una mano tan larga como la de Hacienda.

La forma de conducir italiana, por lo que hemos visto estos días en el norte, está hecha de relajadas descortesías; y su distintivo carácter alcanza la más fina expresión en las ciudades, desde luego. Hay cosas que uno debe saber si quiere salir a las calles con su macchina. Por ejemplo: el semáforo intermitente en ámbar, a la vuelta de una curva y para proteger el paso de los peatones, no se contempla. Es decir, no hay ámbar intermitente. O está rojo o está verde. Ahora, si el disco permanece en rojo y no se ve un peatón próximo (esto es, delante del morro del coche), los italianos pasan sin dudar un segundo. Y sin asomo de remordimiento. En la incorporación a la avenida Unión Soviética de Turín (reino del otro gran habitante de las vías italianas… el bellochiano tranvía), consideré que debía aguardar el cambio de color de las luces, seguro de que habría algún agente de la ley presto a sancionarme si no lo hacía. Pecado de defecto español. Fui el único que respetó la señal. Enseguida los de atrás me explicaron a bocinazos que no estaban en absoluto de acuerdo con mi pacata forma de proceder. A empujones sonoros, me obligaron a tirar adelante.

Un agente de la Polizia Autostradale hace indicaciones a los vehículos en una autopista italiana: las fotos y los carteles demuestran que existen; la realidad es algo menos severa.

De la misma manera que en España conducir a 150 se considera grave delito (no por tipificación legal, puede ser, pero sí moralmente) y aquí piensan usarlo como límite, el significado de un semáforo rojo no es igual en todas partes. Son formas de vivir. En Brasil, nadie se detiene en un semáforo rojo en cuanto se pone el sol. Es una cuestión de vida o muerte, sin exageraciones. En Italia, mientras, hacen consideraciones tácitas acerca de la conveniencia de que ese semáforo deba ser respetado. Si se lo saltan es porque antes lo han razonado. Lo han razonado a su modo: si no pasa nadie, de qué sirve estar detenido… Un italiano observa que el sistema tiene imperfecciones. En eso no se diferencia del español. Lo que cambia es la respuesta. Mientras el español queda detenido por la advertencia de su conciencia educada en el ordenancismo reciente, los italianos aplican la iniciativa individual: hay que corregir el error y soy yo quien debe hacerlo. Y allá que van…

No es raro tampoco ver dos coches compartir un solo carril durante una buena decena de metros, tras incorporarse desde un tercero. La confluencia se produce de la manera más natural. Embuten medio coche en el medio carril y respetan que el otro embuta su mitad, sin aspavientos. Porque si a los italianos los hemos visto reinar metiendo el cuello en las discotecas de la costa, en su vida diaria meten el morro de los autos con la misma destreza. Dado que los unos se reconocen en los otros, la protesta subsiste solamente como última posibilidad. No molesta tanto alguien que cruce su auto en el mismo carril; lo que verdaderamente resulta insoportable es esa gente que no se maneja según el decálogo, insiste en respetar distancias, conducir con velocidad exageradamente prudente y no saltarse los semáforos. Ese desalmado se sitúa fuera de la ley consuetudinaria, que es la verdadera ley.

Para las autopistas, el italiano guarda una actitud algo más agresiva. En Italia hay buenos coches, cualquiera lo sabe, pero la población dominante parece que se aproxima más al Fiat y el Lancia de gama media. Eso sí, conducidos con la audacia de un Ferrari. Así, armados con sus Punto, sus Multipla, los Ypsilon e incluso sus Cinquecento, los italianos sotienen un límite de 130 en autopista y creo que 100 en carreteras interurbanas (lo que se dice la carretera general de toda la vida). Reducido hasta 50 km/h si hay niebla, lo que resulta muy habitual en el norte. Hay una policía de autopista, según se ve en los carteles, y frecuentes avisos de control de la velocidad; pero enseguida uno intuye que se trata sólo de carteles. Las vigilancias estrechas las reservan para el fútbol.

El carril de incorporación exige  un cierto arrojo porque es más bien cortito, y enseguida hay que salir a la pista. Un modo como otro cualquiera de educar al conductor en lo que se va a encontrar. Las señalizaciones animan aún más el caso, porque están pensadas con interesantes elipsis geográficas: casi nunca aparece en los carteles la ciudad de destino, sino muchas otras que pueden estar cerca o no. Si esto se debe a algún tipo de derivación casual de Murphy o tiene una lógica profunda, lo ignoramos. Pero está comprobado que desde Génova a Florencia hubimos de ir un buen rato calculando si nos convenía más la dirección Livorno, la dirección Alessandria, si por Ventimiglia andaríamos bien o si había que salir dirección Milán o San Remo, y luego tomar el desvío hacia la Toscana. Cuando de Milán tuvimos que tirar hacia Bérgamo, la dirección de referencia que aparecía en las calles y en las carreteras lombardas era Como, Venecia, Brescia o Turín. Bérgamo, la más próxima, no aparecía por ningún lado. Acertamos con Venecia, pero sólo conseguimos la total certeza de que no acabaríamos en Suiza cuando ya llevábamos un buen rato de travesía y, por fin, vimos Bérgamo en los carteles.

Uno de los túneles que rodean Génova y permiten practicar la conducción en laberíntica velocidad variable.

Como nosotros somos más valientes que el acero, y por naturaleza desatentos a los detalles importantes, contribuimos a la emoción diaria con un Focus sin navigatore, ni mapas de carreteras ni planos de las ciudades. Acogidos a la teoría ensayo/error y a la pregunta ciudadana de ventanilla a ventanilla, logramos llegar a todas partes sin abolladuras. De paso comprobamos que no conviene preguntarle cómo se sale hacia la autopista a una mujer italiana. Las damas no manejan ese tipo de datos que conforman la cultura general del hombre. Además, hablar de coche a coche entre desconocidos tiene muy poca clase. En Milán, cuando requerimos a una señorita para que nos hiciera el favor de bajar la ventanilla y atender, primero nos regaló una mirada bien larga a través del cristal, una mirada calculadora de intenciones, posibilidades, aspecto y auditoría de ganancias de su lado en el intercambio que se preparaba. En fin, que nos miró como diciendo (o pensando, de hecho): “¿Qué motivo habría de tener yo para bajar mi ventanilla y hablar con vosotros, muchachos?”. Cuando por fin se dignó a hacerlo, apliqué mi creciente italiano para preguntar y de inmediato supe que no había de preocuparme por comprender las indicaciones: “Come si fare per uscire verso Bergamo?”. Con desgana, ella me miró y contestó: “Non lo so”. Que en italiano milanés femenino se traduce como: “¿Y a ti qué te importa?”.