Margaret Thatcher, estrella del rock

15 04 2013

Insistiremos en el obituario, un género siempre bien querido del periodismo. Este fin de semana la BBC se vio en la indeseada tesitura de tener que emitir en su Radio 1 la canción Ding Dong The Wicked Witch is Dead! (La Bruja Mala Ha Muerto), clásico infantil interpretado por Judy Garland y su coro de adláteres en la película El Mago de Oz. Por el título de este somniloquio ustedes deducirán que tan inocua posibilidad (qué tendría de malo programar una cancioncita infantil cuando el mundo vive entregado a memeces como el Gangnam Style o eso del Harlem Shake) viene envenenada por la muerte de Margaret Thatcher y la asociación del verdoso personaje de la película a la que fuera ex primera ministra, hoy cadáver camino de un funeral de estado. El proceso fue el típico en estos casos: muere Thatcher, alguien se acuerda de la cancioncita, lo pone en la red social de turno, proclama que hay que elevar The Wicked Witch is Dead a la lista de lo más vendido esa semana, se dispara el proceso viral en manos de otros entusiasmados y el tema alcanza el número 3 de las listas, de acuerdo a The Official Charts, organismo encargado de controlar las ventas de música en el Reino Unido. No es la primera vez ni será la última: el mismo fenómeno se vivió durante el jubileo de la Reina, cuando el (en su día) ácrata (y hoy) apenas descarado God Save the Queen de los Sex Pistols siguió el mismo camino en las listas.

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La entrada a los primeros puestos garantizaba a los promotores de la operación que la canción habría de ser emitida este pasado domingo en el programa de BBC Radio 1 que repasa semanalmente los temas más exitosos en el panorama británico. Naturalmente, el ala tory de la red social reaccionó con prontitud y largó por la misma vía del pío pío digital su propia campaña de agit-prop: para conseguir que se respetase el nombre de la que fuera primera ministra; y evitar que la BBC, medio público donde los haya, participase en la montaraz fiestecita de celebración por la muerte de la bruja, aka Margaret Thatcher. A partir de ahí, y como no podía ser de otro modo, se sucedieron los posicionamientos políticos, las declaraciones, los minutos en informativos, el debate social y la polémica periodística. Finalmente, la BBC resolvió que la canción sonara, porque suenan todas las canciones más vendidas, pero sólo unos segundos. A modo informativo, dijeron… El sintagma resulta muy tierno.

Verdaderamente, hay que concluir que el mundo viene habitado por un número importante de cachondos desocupados. Como yo soy uno de ellos, y a mucha honra, tengo este blog y he dedicado algunos días a recopilar un buen número de canciones que tuvieran a Maggie Thatcher como argumento o contexto principal. Porque si algo consiguió Thatcher de forma radicalmente indirecta, aparte de las cosas que cualquiera sabemos (o no), fue convertirse en una agitadora cultural de primer orden. No creo que haya habido un político capaz de provocar semejante efusión de creatividad iracunda. A ella le debemos un buen número de películas de Ken Loach, las mejores desde luego (Riff Raff, Lloviendo Piedras, Ladybird Ladybird…), por ejemplo. Ian McEwan recordaba estos días en El País a la generación de escritores británicos cuyas novelas prosperaron en el ácido desencanto provocado por los sucesivos gobiernos thatcheristas en los años 80. A tal punto vivían con fervor su militancia que llevaban el debate político a los congresos de escritores, lo que acababa por desesperar, por ejemplo, a sus colegas italianos, que con ese relativismo latino tan comodón acababan a los gritos recordándoles el objeto de la reunión: “¡¡¡A la literatura, fratelli, a la literatura!!!!”. Con lo que aprecia un británico una buena discusión…

Ahora, si una disciplina creativa floreció bajo la hégira privatizadora de Thatcher fue la musical. Desde luego también es la que más nos interesa en esta ventanilla. Aparecida en el vasto espacio que abrió a su paso el veloz auge y caída del movimiento punk, a finales de los setenta, Maggie inspiró todo tipo de manifestaciones. Ella, precisamente ella, redentora acerada del derechismo albión, acabó convertida en musa de la izquierda cancionera: recreada de todas las formas posibles, en todos los tonos, géneros y combinaciones. Esta reunión de 22 temas que propone Somniloquios parte desde luego de la mencionada Ding Dong The Wicked Witch is Dead, para detenerse en el sardonismo tongue in cheek de More Tea, Margaret?, con Robb Johnson tomándose una tacita junto a la malvada, para escuchar sus historias de célebre estadista: “¿Nos contarás otra vez / la historia de tus días en el número 10 / tú junto a todos esos hombres famosos…?”. Y nombra a coetáneos como Ronnie Reagan, Augusto Pinochet, Botha o… ejem, Saddam. En la misma veta singer-songwriter, Deborah Holland subraya aquellas alegres cuchipandas con su sedosa Pinochet and Margaret Thatcher: “Pinochet y Margaret Thatcher comen bizcochitos / Margaret dice: ‘Contigo nunca me siento sola” / Pinochet contesta: ‘Margaret, eres un ángel… más del doble de lo que pudiera serlo la princesa Diana”. Las alusiones a las peligrosas amistades políticas de Thatcher traen enseguida a la memoria las fantásticas parodias de los Spitting Image: cuando Maggie aleccionaba intelectual y físicamente a sus ministros, cual headmaster victoriano, en las reuniones del gabinete; o aquellas ocasiones felices en que el muñeco de la primera ministra y el del presidente de EEUU se besaban apasionadamente tras los telones de las grandes cumbres internacionales. Cuando la posteridad le pidió explicacines, la propia Maggie acabó por interpretar el clásico My Way, con impostada grandiosidad.

Ronnie & Maggs, de NOFX, eleva el ritmo y la crudeza, una constante en muchos de los grupos que se ocuparon de ajustarle las cuentas a guitarrazos a la premier británica. Naturalmente, el punk estuvo en el frente de esa guerrilla callejera: Let’s Start a War – Said Maggie One Day, cantaban Exploited con el estilo descarnado y machacón del género, para denunciar la afición de el eje británico-americano por las guerras de ultramar. En ese mismo tenor, si vale el término, Terry Edwards and The Scapegoat proclamaban que el perdón (inmediato o retrospectivo) no entraba en los planes de batalla: Margaret Thatcher, We Still Hate You. The Not Sensibles se desquitaron con la muy sexpistoliana I’m in Love with Margaret Thatcher. Muchas otras bandas aportaron rabiosos vómitos semejantes, pero las manifestaciones más perdurables (por calidad y profundidad) no tardaron en hacerse presentes. The Blues Band produjo una sensacional versión del clásico Maggie’s Farm, con vigorosa ironía. Pink Floyd no abandonó su natural grandilocuencia para proclamar a Thatcher moradora merecida de lo que Roger Waters y sus compinches titularon The Fletcher Memorial Home, un geriátrico en el que los tiranos de la historia pasarían las tardes al sol recordando sus respectivas carreras (armamentísticas): “Construyámosles un hogar / un lugar recogido para ellos solos / El Fletcher Memorial… la casa de los tiranos incurables / y de los reyes”. Get Your Filthy Hands off My Desert, también de Waters, incorpora una apocalíptica melodía acerca de la guerra de Malvinas.

notsensiblesEl pop aterciopelado de Matt Johnson, el líder de The The, arroja su palada con gusto venenoso en Heartland: “Éste es el país en el que nada cambia / La tierra de los autobuses rojos / y los bebés de sangre azul / El lugar en el que se viola a los pensionistas / y en el que los corazones / son arrojados fuera del estado del bienestar. / Que los pobres beban leche / y los ricos se coman la miel / Que los vagos se regocijen en sus bendiciones / mientras cuentan el dinero”.  Suena todo tan molestamente familiar… El epílogo no deja lugar a la metáfora: “Éste es el estado número 51 / de los Estados Unidos “. Ese tipo de referencia oblicua aparece también en la hipnótica Ghost Town de The Specials: en ningún lugar de la canción (que reproduce el puente geográfico-musical entre el reggae caribeño y el ska) se nombra de forma específica a Thatcher, pero el espíritu errante de su obra política queda implícito en el inquietante paseo de los seis specials a través de un Londres opresivo por ausente. Algo similar hacen The Beat en el sabrosón dub que llamaron Stand Down Margaret. La afilada frivolidad de Morrissey le llevó a escribir Margaret on the Guillotine para el primero, y mejor disco, de su carrera en solitario, Viva Hate!. En ella caracteriza a  los opositores a Thatcher bajo el amable genérico “the kind people”: “La gente de bien / tiene un sueño maravilloso: / ver a Margaret en la guillotina”. Y hablando de inventos franceses, hemos incluido una chanson de Renaud llamada Miss Maggie, que contiene toda la etérea perversión de la tradición gala en estos asuntos: palabras bien gruesas dichas con una ligereza adorable.

Ahora, si el izquierdismo podía adquirir una forma musical armónica, ahí estaba Billy Bragg, héroe socialista de descriptivo anti-folk, para hacerles una semblanza emponzoñada a los partidarios de Maggie en Thatcherites  un tema encendido de pasión obrera. Kitchens of Distinction (Cocinas Distinguidas, tal vez uno de los mejores nombres de banda musical que uno haya encontrado) propusieron Margaret’s Injection con mucha elegancia formal, lo que siempre se agradece en el caso de este tipo de eutanasia inducida. MC Frontalot inventaron el baile Margaret Thatcher en su Wallflowers, y recomendaban practicarlo a ritmo de rap. Hasta los intensos Mogwai se ocuparon de ella en su último disco, en el que cantan (cosa rara) George Square Thatcher Death Party, con alegría anticipatoria. El mismo regocijo contagioso que apreciamos en la fantástica The Day That Thatcher Dies, de Hefner, que con vocación de himno celebratorio viene a cerrar nuestro recorrido… y el círculo iniciado con Judy Garland. Hefner canta en su coda final: “El día que muera Thatcher nos reiremos / aunque sepamos que no está bien hacerlo / Cantaremos y bailaremos la noche entera: / Ding Dong, la bruja ha muerto /¿Qué vieja bruja? / La bruja mala / La bruja mala ha muerto”.





Roger Ebert, crítico de cine

5 04 2013

Ya habrán oído ustedes que en pocos días se han muerto Bigas Luna, Sara Montiel, Margareth Thatcher y José Luis Sampedro. Entre otros. Un director de cine, una actriz y cantante considerada diva, una ex primera ministra del Reino Unido y un humanista… La secuencia, tan bizarra, no arroja ninguna conclusión salvo ésta: la vida no atiende a nada. Pero eso ya lo sabíamos. A mí me ha dejado mucho más abandonado la muerte de Roger Ebert, el crítico de cine del Chicago Sun-Times. Tal vez a ustedes la noticia no les diga gran cosa; yo no se lo voy a reprochar, algo así resultaría presuntuoso. Cada uno elige a sus referentes. O se  los encuentra sin querer. Yo solía entrar en IMDB a leer críticas de cine de aquí y de allá. De periódicos, de revistas, de páginas webs… Ahí empecé a leer a Ebert, enlazando sus críticas del Sun-Times. Y volví, porque me gustaba. Se trataba de una elección simple. Además, a Ebert lo leían millones de personas, literalmente, sus críticas y sus libros, así que somos apenas un número en el océano de seguidores que tenía. No somos ninguna élite. Me limitaré a recordar que yo he hablado antes de él aquí, al menos una vez. Tal vez otras de las que ya he perdido memoria. “Uno de mis críticos, quizás mi único, crítico de cabecera”, dije sobre Ebert en una de mis últimas efusiones acerca del cine en Somniloquios. Una de mis últimas efusiones en Somniloquios sobre cualquier tema, debería decir. Aquélla en la que abominaba de la lastimosa edición de los Oscars dominados por la (entonces célebre) película muda.

A Roger Ebert le gustó ‘The Artist’. A mí no. A Roger Ebert, por hablar de algo más próximo, le pareció notable ‘Django Desencadenado’. A mí me dio la impresión, aparte del indiscutible divertimento, de que la película se acababa varias veces y que Tarantino no se daba cuenta. Decidió terminarla cuando él (encarnado en cada uno de la serie de sus sucesivos y excesivos personajes) hubiera dicho la última palabra. No sé ya quién pensó, y expresó, aquello de que lo más difícil de escribir un cuento es darse cuenta de cuándo se termina la historia; y que, generalmente, suele ocurrir antes de que se percate el autor, que insiste en continuarla después de que todo, los personajes, la trama, las escenas y el fondo musical, hayan mutado en cartón piedra. Naturaleza muerta. A partir de esa frontera tan delgada, tan engañosa y transparente, la realidad que había levantado el relato se convierte en un trabajoso artificio al que le vemos toda la tramoya. La cosa ya no funciona. A lo que lleva esta digresión es a que el desacuerdo (o su revés más traicionero, el acuerdo) no tenía nada que ver con mi admiración por Roger Ebert: si interrogaba sus textos era porque me parecía que estaban llenos de lucidez, de profundidad del juicio, de rigurosa argumentación y, desde luego, de fácil entretenimiento. Un detalle capital. Casi todo me aburre ya profundamente. Casi todo. El intelectualismo más que nada: por eso temo aburrir cuando escribo…

Roger Ebert, en los días en que se convirtió en crítico del Chicago Sun-Times, con 24 años.

Roger Ebert amaba las películas… exceptuando todas aquéllas que odiaba. Eso decía él mismo en la cabecera de su página. Uno abraza aseveración tan sincera con toda facilidad. “Ninguna buena película es lo suficientemente larga; ninguna mala película es tan corta como debería”, conjeturó. No era un escritor sentencioso, tentación muy común, sino más bien discursivo: pero discursivo a la manera concreta, exacta, de quien sabe lo que piensa y piensa lo que sabe. Desde Chicago, una ciudad contradictoria que levanta estatuas en Wacker Drive, sobre la margen del río que da nombre al lugar, a algunos periodistas célebres de la historia de la ciudad, Roger Ebert alimentaba de cine a Estados Unidos. Cuando el Chicago Sun-Times lo convirtió en su crítico en abril de 1967, Ebert representaba un arquetipo de apariencia engolada, algo juan manuel pradesco con sus anteojos prominentes y una figura oronda, que parecía un trasunto premonitorio del Jonah Hill de Moneyball. El conjunto anticipaba la posibilidad de la sabiduría. Sin embargo, Ebert nunca fue un intelectualista de la crítica. O sí lo fue, pero de una manera que uno encontraba distinta a los ensayos ampulosos en que suelen incurrir los especialistas del arte: la erudición de Ebert estaba en el fondo de la mirada, no en el modo de licuarla en el lenguaje; no en la constante referencia a otras películas con afán culteranista. Flotaba en la tranquila hondura reflexiva con la que recubría sus recensiones. Dicho de una manera vulgar: si uno leía a Ebert, se enteraba de qué iba la película. Algo tan básico. Luego también se enteraba del resto de las cosas. Y de otras que no sospechaba.

Para resumir su estilo basta decir que en su famosísimo programa de televisión junto al crítico del Chicago Tribune, Gene Siskel, Ebert popularizó un gesto de lo más común, vulgar, para resumir su juicio sobre cada película. Las que le gustaban más tenían two thumbs up. Es decir: dos pulgares arriba. Esa señal, esencialmente simple, quedó como marca de la casa. Siempre que aparecía ante los fotógrafos en algún acto público, le hacían la misma solicitud a la hora de tomar la imagen: que posara con los dos pulgares arriba. Y Ebert lo hacía. En este vídeo de su viejo programa, Siskel critica El Silencio de los Corderos, que le parece efectista, poco real y artificiosa en el uso de la música, entre otras consideraciones: “No he aprendido nada viéndola acerca de los asesinos en serie… aunque salgan dos”, decía. Y la comparaba con Henry, retrato de un asesino. Ebert mantenía una posición contraria. De la inteligente esgrima argumental surgía un programa entretenido. Eso, que tanto se olvida hoy día: sobre todo se trata de no aburrir. Para no aburrir no hace falta gritar. Ni tratar al espectador como si fuera un imbécil babeante. Últimamente miramos mucho, con cierto asombro, el programa llamado Il Cinematografo, en la RAI: el asombro viene por el formato, un espacio largo en el que críticos, actores, público y directores dialogan de igual a igual, y con mucho ritmo, sobre los estrenos de cada semana. Todo bajo la batuta enérgica y la melena espumosa de director de orquesta de Gigi Marzullo. Siskel y Ebert lo hacían ellos dos solos, mano a mano. En el fondo, eran dos tipos hablando de una película que habían visto. ¿Qué sencillo, no? Véanlos:

Uno ha querido ser muchas cosas que nunca fue y hace mucho tiempo que ya no desea ser lo que es. Le damos vueltas a las posibilidades y siempre terminamos en la misma posición de inicio: la inmovilidad. No es que no sepamos “perseguir nuestros sueños”, como le gusta decir a la gente. Yo cuando la gente me viene con esas frases tipo Paulo Coelho, como de manual de autoayuda post moderno, me espanto un poquito. Pero no lo digo. Ah, lo sueños, los sueños… esas hermosas volutas de humo juvenil. No, ya nos hemos ido haciendo grandes y puede que decididamente cínicos. Si no cambiamos no es porque no sepamos echar una buena carrerita detrás de los sueños, sino porque hay anhelos verdaderamente tramposos. O bien la trampa somos nosotros mismos: para qué querer ser algo que no somos, si perfectamente sabemos (esto es una percepción individual) que cuando lo alcancemos querremos ser otra cosa. Los deseos nos duran más bien poco. El de ser críticos de cine nos duró menos que poco, apenas unos meses. Nos compramos un carro de libros antológicos, de reflexiones estudiadas, de biografías procedentes, de teorías clásicas, y nos fuimos al cine a contar lo que nos parecían las creaciones de otros. Había un diario que tenía el cuajo de publicarlo. Eso duró hasta que nos cruzamos una tarde con Berlanga y nos preguntó: “Ah, ¿entonces eres uno de esos críticos de cine?”. Y negamos tres veces, como en la Biblia. Y no escribimos más. Naturamente, éramos unos farsantes. A día de hoy, como también he repetido en numerosas ocasiones, la impresión más frecuente es la de que, sí, soy un impostor.

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La revista ‘Esquire’ le dedicó una portada, con un retrato limpio, al estilo de la publicación, que revelaba las consecuencias de la enfermedad.

Ebert me lo recordaba. En todos los sentidos. Desde 2002, Roger Ebert vivió aquejado por un cáncer de tiroides que se extendió a las glándulas salivales y la mandíbula. Perdió la capacidad del habla y el perfil de la quijada, erosionado por las sucesivas extirpaciones quirúrgicas. Acabó siendo alimentado por un tubo. En los últimos meses sufrió una rotura de cadera que pronto los médicos atribuyeron también al cáncer. Hace pocos días, a la vuelta de una pesada convalencia en un hospital, dejaba en su blog un texto postrero que titulaba así: Leave of Presence. Jugando con el término inglés para las excedencias laborales, convertía su paso a un lado en una expresencia, en lugar de excedencia: es decir, que seguiría escribiendo, pero obligado a rebajar y seleccionar al máximo el número de películas que escogía para criticar. Pura incapacidad motriz. Sus colaboradores, a los que alababa con elegancia, llevarían el peso de un trabajo cuyas ramificaciones alcanzaban mucho más allá de sus posibilidades. Y eso, admitía, que los estudios y distribuidoras le hacían el favor de enviarle copias de los estrenos para su consideración. Pero no iba a abandonar. De hecho, había anunciado una expansión aún mayor de su productiva industria de palabras, el rediseño y ampliación de su monumental www.rogerebert.com: un trabajo en formatos digitales de peso enciclopédico, referencial, donde caben las películas de hoy y las de siempre. Un espacio ajeno a la levedad fugaz comúnmente asociada al espacio cibernético. Un lugar en el mundo en el que la palabra todavía estaba jerarquizada de acuerdo a su valor tradicional. No este abaratamiento estúpido de las frases en el que vamos incurriendo conforme nos aproximamos a esa mierda de conveniencias empresariales, más que periodísticas, que los caraduras de siempre han dado en llamar digital first, para que un nombre cool les sirva como coartada.

Apenas unos días después de anunciar que escribiría menos, Roger Ebert falleció.





El silencio

17 12 2012

Bien, no nos pongamos sentimentales, si es que alguien tuvo la tentación de hacerlo. Yo, el primero: tiendo a la estilización de la realidad y a la magnificación de las sensaciones. Pero aclaremos algo o dejémoslo sentado ahora: todos sabíamos que el silencio (siempre) fue una de las posibilidades. Que la decisión de embarcarse en esta obra sincopada, en este diario no diario, incluía de la misma manera la posibilidad de abandonarlo, igual que uno puede elegir (y lo hace) responder una llamada telefónica  o abrir una carta que nos tiene por destinatarios. En mi descargo, también en el suyo, diremos que jamás lo abandonamos, no de un modo oficial: igual que las bandas de música o los matrimonios que sólo se separan, el regreso siempre permaneció en nosotros como posibilidad. Somniloquios sólo fue una tonta rebelión interior, como alguna vez creo haber explicado aquí ya, contra las obligaciones: en concreto, a favor del anhelo ingobernado de escribir sobre lo que nos diera la gana, como nos diera la gana, cuanto nos diera la gana… Para alguien que publica en medios escritos, sujeto a encargos, a espacios, a tensiones comerciales y a la ineludible presión de hacer un periódico cada día, una tontería como ésta ayuda a jugar a las revoluciones íntimas. Naturalmente, esa laxitud disciplinaria (escribir como y cuanto queramos) también contenía otra cláusula: la negación de la propia autoridad. Es decir, no escribir en absoluto. No atender siquiera la obligación (moral, afectiva, de orden psicológico o necesidad vital) contraída con uno mismo y con Somniloquios. Esto es, con quien lee. De todos modos, hoy por hoy internet parece un cementerio de blogs, porque crece el número de los que están muertos o se arrastran o han sido fagocitados por los medios de comunicación al uso. Yo mismo quedé abducido y ahora también publico en el digital, por el mismo precio, y hablando siempre de lo mismo: de rugby. Así que la rebelión sólo es posible en un tanto por ciento controlado. En general, los blogs parecen haber sido sometidos por la ola del microblogging, al que quien más quien menos se apunta. Aquí nos sigue gustando el gran formato. Sobre todo para el silencio, que ha de ser siempre bien profundo.

Todo esto para decir que, a partir de ahora, creo que voy a hacer como el Jota. Es decir, darle a menudo a la máquina del shuffle y proponer sonidos que rellenen el espacio y permitan saber algo de nosotros, todavía más críptico de lo habitual, o si es que nos resta algo verdaderamente relevante que saber. Porque yo creo que ya no soy capaz de decir nada que no haya dicho ya, y empecé a sospechar que me estaba convirtiendo en un refrito de mí mismo, con lo que eso supone. No hay forma de pasar semejante bocado. Nos ocultaremos tras la música y así a lo mejor podemos funcionar con un mínimo de decencia. O de dignidad. O de respeto: eso que ya no se lleva mucho ahora. En el fondo, lo importante es emboscarse y jugar al equívoco. Les dejaré música que uno oye, ha oído o está oyendo, con el desorden que implican todos los formatos en los que nos manejamos. Los físicos, los digitales, los virtuales y los de la memoria. Del shazameo al vinilo, pasando por el spotifeo, la radio de galena, metafóricamente, el transistor de toda la vida, los canales digitales y los conciertos; lo que proponen los amigos y lo que escuchan los desconocidos. Ninguna intención estilística, formal ni divulgativa. Esto no es un regreso, aunque tenga ese formato. Esto se parece más a escribir en modo absolutamente aleatorio. Sólo es música que rellena los huecos, porque eso es lo que hacemos exactamente cada día con la música: rellenar los espacios vacíos de cada día. A Miguel le diré, respuesta debida hace mucho tiempo, que sí: que escuché a Adrian Borland y sobre todo a The Sound. Que durante un tiempo largo no escuché otra cosa: así de minuciosa fue la potencia del descubrimiento. Que me emocioné con muchas canciones, bastantes palabras y ciertas melodías. Que buceé en las historias, las leyendas y las penas. Y que desde luego lo incorporé todo en la sección héroes de nuestra vida, tan voluble. Todos aparecerán por aquí, porque todos están, a veces de forma permanente (como es el caso del que hablamos) y otras con fugacidad incontrolada. En la selección no habrá concepto ni línea de fuga. Desde luego, tampoco periodicidad ni compromiso. Ni mensaje. O, si lo hubiera, lo más probable es que lo atendamos sin rigor crítico, porque nos resulta divertido, cuadra con este momento, aquí y ahora, o nos dice una verdad que mañana por la mañana bien podríamos considerar mentira: “Todas mis mentiras son en realidad deseos / Estaría dispuesto a morir si alguien me asegurara la reencarnación”. No esperen nada que no sepan. No busquen a nadie que no existe. Somos esencialmente los mismos de la última vez, allá cuando el verano; atendemos las mismas voces o parecidas; escuchamos nuevas, desde luego, a veces también volvemos a otras antiguas para revelar mensajes que creíamos olvidados. Ya hace 25 años, por lo menos, de casi todo. Nos lo recuerdan las celebraciones, aunque las evitamos para no incurrir en consternaciones innecesarias. Nos medimos a nosotros mismos por cuartos de siglos y, como casi siempre, perdemos. Cuando escucho disparos, en mi cabeza acostumbra a sonar esta canción… lo que demuestra que (casi) todo sigue exactamente en el mismo lugar.

 





Australia cae en un agujero negro

26 08 2012

 

Los All Blacks celebran la demolición de Australia, que les permitió retener la Bledisloe Cup, el trofeo que desde principios de los años 30 se disputan las dos naciones: Australia no lo tiene en su poder desde 2002.

En Australia, la caza del entrenador Robbie Deans ha tomado velocidad en sólo dos jornadas del Rugby Championship. La afrenta de la primera semana -la notoria debilidad física, el creciente estado de confusión, la ausencia de un plan y la suficiencia de unos All Blacks que ni siquiera vieron necesario convertir su victoria en un marcador enfático- creció como una tormenta tropical en el viaje de este sábado a través del Mar de Tasmania: lo que en Sydney había parecido un aleteo de suficiencia de los All Blacks, se transformó en el Eden Park en un huracán, una de esas derrotas que remueven el suelo bajo los pies de los entrenadores. De todo un equipo. Australia se perdió en un agujero negro de profundidad incalculable. NZ ganó 22-0 y retuvo la Bledisloe Cup. Hacía 60 años que los Wallabies no se quedaban sin anotar en el territorio de su mayor antagonista.

En su análisis para Sky Sports, Michael Lynagh (ex capitán y campeón del mundo con los Wallabies) lo expresó de manera flemática, la que usan las voces autorizadas cuando se trata de señalar culpables: “Un entrenador es tan bueno como lo sean sus resultados. Es normal cuestionar a Robbie Deans”. Aunque los Wallabies sostuvieron 25 minutos sin anotar a los All Blacks, endurecieron su perfil en las melés abiertas y hasta en ese pasaje llegaron a dominar la posesión, los All Blacks respondieron con característica fiereza al paso adelante del rival. El ruido de cacharrería que la delantera aussie provocó en el arranque del choque (fuertes el segunda Timani y Stephen Moore, arrojado Hooper en su papel de relevo del loosie David Pocock, intimidatorio Higginbotham, dispuesto a descabellar rivales si hacían alguna tontería en las montoneras), fue quedando poco a poco en un silbido apenas molesto conforme los All Blacks pusieron en marcha el molinillo de hacer café en los agrupamientos. A los All Blacks todo les funciona. Todo: la defensa, el ataque, la estrategia, la creatividad, el juego posicional, la velocidad, las fases estáticas, la delantera… Steve Hansen, su nuevo entrenador, no sólo ha conservado la inercia mental del triunfo en la Copa del Mundo (trabajaba ya en el equipo de su predecesor en el cargo, Graham Henry), sino que parece haber afinado de forma minuciosa al grupo en defensa, actividad colectiva y aprovechamiento de jugadas de pizarra a la salida de fases estáticas. El resultado son estos All Blacks dominadores.

Sonny Bill Williams resiste el tackle de Beale y se dispone al offload: fue su último partido con Nueva Zelanda. El boxeador deja los All Blacks para jugar en Japón, primero, y después en la Rugby League australiana.

En este partido, las jugadas marcadas fluyeron hacia Sonny Bill Williams en su último día como All Black. Una semana antes, Williams y Nonu hicieron una labor fantasma, de corredores falsos para que la pelota llegara antes a los extremos, donde el incontenible Israel Dagg llega como una centella desde el fondo para marcar las diferencias… y los ensayos. Esta vez, Sonny Bill, el boxeador de los pesados, fue receptor sistemático de la pelota en el medio campo. Y jugó con finura, transformando su preeminencia física para liberar compañeros. Sus pases en descarga después de los contactos, cuidando la continuidad de la jugada y mimando la pelota como a un bebé arropado, le dieron a Nueva Zelanda la base de ataque precisa. Lo demás fue una tercera sensacional: Read (tackle para salvar sobre la línea la única posibilidad de ensayo australiana, por medio de Berrick Barnes), Messam y Richie McCaw conforman una tercera línea trituradora… Igual sacan la basura que escarban bajo tierra en los breakdowns, que ganan la ventaja o, sobre todo, interrumpen las aventuras ofensivas rivales. Esos tres componen una fuerza de élite en toda regla.

El marcador del descanso (9-0) volvía a inducir conclusiones equivocadas. Australia no había amenazado ni siquiera cuando más amenazante quiso ser. Hace un año este equipo maravilló en el mismo torneo con sus protéicas exhibiciones de velocidad, a cargo de Genya, Cooper, James O’Connor, Beale y Ioane. Excepto el último, todos los demás parecen jugadores distintos, ausentes, confundidos o ahítos de energía. Ya la Copa del Mundo (aquella inesperada derrota en el grupo contra Irlanda) puso un nubarrón sobre el equipo; y el equipo parece haberlo somatizado y ser incapaz de salir del laberinto emocional, el paredón de agrias críticas y la inseguridad que dejó aquel episodio. Puede que en la primera parte de ayer el marcador sostuviera a los australianos a una distancia recuperable de los All Blacks; la realidad tácita de la acción indicaba que el trayecto era sideral. Los Wallabies siempre anduvieron más cerca de la frustración, y el derrumbe, que de un hipotético renacimiento. Su colapso vino con un golpe y tarjeta amarilla concedido por su medio de medio de melé y capitán, Will Genya, que permitió a Carter abrir brecha. El arreón del inicio del segundo tiempo -otro golpe a cargo del 10 y un ensayo de Israel Dagg, el proyectil inteligente, al final de otro movimiento preconcebido de los negros- dejó a Australia boca arriba. El Sydney Morning Herald coronaba su crónica del partido con un friso comparativo del récord de Robbie Deans al frente de Australia (tres victorias, catorce derrotas ya con los All Blacks), con respecto al de sus predecesores desde mediados de los ochenta. Una forma como otra cualquiera que tienen los periódicos de escribir sus epitafios; o sus condenas.

Nueva Zelanda, 22
Ensayo: Israel Dagg
Conversiones: Carter (1)
Golpes: Carter (5)

Nueva Zelanda: 15 Israel Dagg, 14 Cory Jane, 13 Ma’a Nonu, 12 Sonny Bill Williams, 11 Hosea Gear, 10 Dan Carter, 9 Aaron Smith, 8 Kieran Read, 7 Richie McCaw, 6 Liam Messam, 5 Sam Whitelock, 4 Luke Romano, 3 Owen Franks, 2 Keven Mealamu, 1 Wyatt Crockett.

Australia, 0

Australia: 15 Adam Ashley Cooper, 14 Drew Mitchell, 13 Rob Horne, 12 Berrick Barnes, 11 Digby Ioane, 10 Quade Cooper, 9 Will Genya, 8 Scott Higginbotham, 7 Michael Hooper, 6 Dave Dennis, 5 Nathan Sharpe, 4 Sitaleki Timani, 3 Ben Alexander, 2 Stephen Moore, 1 Benn Robinson

 





La vida en Marte

16 08 2012

Yo solía pasar los veranos en el fondo de una piscina, por envidia del personaje de Dustin Hoffman en El Graduado: cómo no ansiar su autoimpuesta molicie veraniega, el desinterés por el futuro, solventado el inevitable presente, la ligereza de la rebelión del joven que va a ingresar a la incertidumbre adulta. A ratos hacer el muerto sobre la delgada superficie del agua, con el talón de un pie cruzado sobre el empeine del otro, ahora que no se pueden meter colchones en las piscinas modernas. Azul arriba, azul abajo. Pero sobre todo, sobre todo, el exilio interior: dejarse caer al agua, irse al fondo y mirar desde abajo, sin oír nada, anulados los ruidos, las palabras; convertidas las personas, las propias y las ajenas, en perfiles inestables de pupila inundada; y así, observar a través del cortinaje, integrado en el silencio y la distancia, sin implicación emocional ni física. Un lugar al que no lleguen los recibos del banco, ni siquiera los de la banca online; ni los periódicos de papel, ni los tópicos de moda. Era un plan de evasión sencillo pero efectivo; incompleto, sí, condenado a la fugacidad, a la derrota, pero merecía la pena arriesgarse a cambio de esa ensoñación, entre suaves azules e irisaciones solares de lo más sugestivas. Una piscina al sol en la que pasa la vida: un sueño cualquiera, el sueño de cualquiera, cualquier sueño. Para emularlo bastaba una pequeña piscina como ésta, de apenas dos escalones y cuatro metros, a la vuelta del muro un campo de frutales, algunas salamandras detenidas en la pared de cuando en cuando, una gata maulladora que patrulla el lugar sin imponer otra ley que la de su propio e interminable reposo. Y de fondo, en mi cabeza, Simon y Garfunkel, el muslo satinado de la señora Robinson, las puertas entornadas para oír la propia soledad, algunos malentendidos, todas las renuncias, una novia a la carrera que nos recordaba vagamente a Katharine Ross, las brasas de agosto, el avance insidioso del cinismo, los vanos enamoramientos, el vasto desinterés. Todo eso ahí abajo, en el fondo, donde el silencio suena tan melódico.

Tanta hermosura soleada, en contraposición con el sombrío exterior, impone la necesidad del exilio bajo el agua. Vaciados los pulmones y rehecho el imprescindible silencio, la huida quedaba asegurada; también el aislamiento. Desde abajo uno observa cómo, allá fuera, la gente camina por los bordes, interrogando la escena con su mirada como quien auscultase un precipicio. El dedo impertinente de los niños: allá abajo, en el agua, hay un hombre mamá. Y sabe cómo permanecer sobre un costado, agregaría yo mentalmente, en mi inmóvil orgullo anfibio. Los muertos y la madera flotan. Los ausentes tenemos autorizado este mágico equilibrio, esta espantosa lucidez. Expulsar el aire, como si sobrara, en bailarinas burbujas como setas traslúcidas, y al fondo a plomo, en peso muerto. La envidia infantil, ah… ¿Qué más podría pedirle uno al verano? Últimamente, sin embargo, la piscina se me venía quedando pequeña. La potencia de concreción de la realidad se ha vuelto insoportable y uno necesita algo más que aguas someras para hacer la rebelión estival, tal regeneración de los sentidos y los tiempos, la escapada definitiva. Uno ya no sabe hacia dónde huir. Sólo que quiere huir. Precisaría otros mundos o varias vidas. El mundo exterior, siempre atento a las confabulaciones, propone estos días imágenes algo torpes de Marte, horizontes imprecisos en linealidad blanca y negra, pedregosas llanuras en color, movedizas, como a punto de arder si alguien lanza una colilla desde el Curiosity. Tristemente, algunos pirómanos de la ficción se han apresurado a hacernos notar que el paisaje, cinco millones de kilómetros más allá, no difiere gran cosa del inmediato: “Marte se parece al desierto del Mojave”, aventuraron los diarios, comparando instantáneas. Es lo que tiene la velocidad de la información: ese cotejo se le pudo ocurrir a cualquier imbécil, pero al momento se convierte en argumento informativo en medio mundo. Lo cual, en cierto modo, resulta tranquilizador, porque uno puede ir al Mojave, si encuentra para qué, y no ha de molestarse en la evidente pérdida de tiempo que implica un viaje tan largo a Marte. De todos modos y, por favor, no se lo digan al Curiosity, por si en su enlatado interior gozase de un atisbo de prometeica conciencia. Se iba a disgustar…

Notoriamente insatisfecho con la oferta extraterreste, he resuelto volver al fondo del mar, que viene a ser un espacio exterior al que se le ha dado vuelta; y por lo tanto más interior y accesible. Como observamos en el olímpico Londres, todos podemos ser héroes por un día, aunque algunos más que otros. Sí, éstos parecen tiempos propicios para las odiseas de Bowie. Pero, a pesar de que el espacio favorece la añoranza de Ziggy Stardust y sus Arañas de Marte, una vez en el fondo yo he preferido tararear a los Beatles y sus jardines del pulpo: ahí abajo estaremos calentitos y no han de alcanzarnos las tormentas, avisaba Ringo; tampoco las financieras, ni las de opinión, que van multiplicando trincheras y llegan a todos los rincones. En este acuático exilio uno puede llegar a añorar las tardes en la playa, la exposición adolescente, los moños altos, los pendientes de perlas, algunos encuentros de voley, la tersura o el músculo derramados por los arenales. Uno puede, fácilmente, imaginarse tomando un yogur, cada mañana, apoyado en el quicio de la puerta de una casa frente al mar; desechar el salitre corrosivo del agua, también el de la memoria, los grifos pedregosos, el mosquito tigre. Un pantalón corto y los pies descalzos. Así cada mañana. Pero seamos serios: algo así no constituye un plan realista. Lean a Shriver acerca de los sueños irrealizados y la otra vida. El océano formula promesas inciertas y la suya deviene a menudo una trágica hermosura. Hay que saberlo para aceptar su exilio, la íntima e incomparable soledad que nos procura… Salir en una lancha al centro del mar y pensar, en el momento de voltear el cuerpo de espaldas contra el agua como hicieron siempre los hombres rana: afuera se ha construido un ambiente irrespirable que deja en broma pasajera la demanda de oxígeno, la mar rizada que te pasa por arriba y las 20 atmósferas de presión que han de caer sobre tu espalda con todo el peso de la ley. Por fortuna, basta hundirse cinco metros para quedar dulcemente suspendido del cabo del ancla en medio de ninguna parte, un lugar conveniente; y ahí bailar mecido por el agua, rodeado de extrañezas y odiseas, mirando abajo sin alcanzar a ver principio ni final a esa inmensidad. Y las estrellas tienen hoy un aspecto tan distinto… Es el momento: pínzate la nariz, suelta aire y todo volverá a su lugar. Todo ese ruido, toda aquella pena, el dolor maleable que son tus tímpanos, lo que quisiste o no dijiste, todo lo que pudiste elegir, lo que nunca has escogido, todas las preguntas, mágicamente todas las respuestas, el pastel de trufa que tu abuela ponía en la mesa sólo para ti, las mañanas de todo el mundo, si no han de volver. Esa benéfica corriente de aire que rebota hacia dentro y quiere escapar por los oídos, como un mínimo huracán liberador, define la frontera, te lleva más allá, al punto en el que el medio ajeno te convierte en todo lo que pudiste ser y niega aquello que siempre sospechaste: que el mundo ya nunca será nuestro. Si lo sabes, si ya no te importa, es el momento de seguir bajando, tararear en la mente la música que prefieras: Ringo, Ziggy, un día como éste, de Elbow… Bajas y no hay fondo, ni puntos cardinales, apenas ya un sol hermoso en refracción que se va retirando, arriba. El extravío de los colores, un fundido a ocre, la danza amenazadora de las medusas. Una suspensión alucinante de partículas y tu propia ingravidez. Como mirar hacia el planeta Tierra desde la tangente del horizonte, colgado del cable sin ancla de un transbordador espacial. Mirar atrás, arriba o enfrente y decir: no importa, todo eso no importa y por eso me suelto. Me suelto y voy. Y abajo, cuando el fango arenoso y las rocas asoman por entre esa nube invertida sobre la que te vas acostando, se dibuja el perfil descuadernado de un barquito con el que jugar. We will sing and dance around / because we know we can’t be found…





Camaleones y dinosaurios

13 06 2012

El futurismo ha muerto. Lo hizo antes incluso que el mismo Ray Bradbury. Los grandes motores comerciales de nuestro tiempo son el sexo, que no (des)fallece, y la nostalgia. A veces, incluso van juntos: entonces se llama vintage y cursa con mucho pelo. Aunque los hipsters han convertido al hombre barbado y con camisa de cuadros en un arquetipo moderno, la tersura desnuda de la piel aún manda. Por el lado musical, la nostalgia no admite parangón como negocio. Veamos… Mr. T me habla de Retromania, un interesante libro de Simon Reynolds cuyo subtítulo aclara las líneas de razonamiento del volumen: La adicción de la cultura pop por su propio pasado. Me cuenta que las casas de discos manejan tres categorías de productos: 1) Los nuevos lanzamientos, discos recién salidos al mercado; 2) Los productos de los tres últimos años (creo que ese era el tramo temporal); y 3) lo que se llama back catalogue, o catálogo de fondo. O sea, discos de cualquier momento y época, reeditados, remasterizados, reinventados, a los que se agregan nuevas canciones inéditas o versiones alternativas. Por no hablar, desde luego, de los carísimos relanzamientos de los vinilos, que ya son caros hasta de segunda mano. Así que la mayor parte de lo que se edita es catálogo, viejas revisiones, melancolía musical e identificaciones generacionales, del tipo que sean. No he leído el libro pero pienso hacerlo, sobre todo ahora que mi ya crónico aburrimiento vital me ha llevado a abandonar de forma consecutiva una de las obras mayores de Vargas Llosa y lo último y más celebrado de Houellebecq… Para abrazar después con gran gusto Kitchen Confidential, las memorias canallas del televisivo cocinero americano Tony Bourdain, aquí tituladas Confesiones de un chef; y, desde luego, el arrebatador Retratos y Encuentros del periodista Gay Talese, una maravilla que contiene el considerado mejor reportaje jamás publicado en la revista Esquire: Frank Sinatra está resfriado. Estos últimos episodios lectores me autorizan a sospechar que tal vez ando cansado de la ficción. Teniendo en cuenta que también me siento terriblemente agotado de la realidad, empiezo a sentir la falta de oxígeno existencial por ausencia de alternativas.

La conversación acerca de Retromania tenía pleno sentido en medio de la modesta escena personal en la que se desarrollaba: dos cuarentones en un automóvil, escuchando música compilada del Manchester de los ochenta, de camino al concierto en Barcelona de los Stone Roses. Sí, hablando de conciertos legendarios… también hemos estado en ese. Uno quiso alistarse en alguno de los tres recitales que los Roses ofrecerán a finales de este mes en el Heaton Park de Manchester, pero el sistema online de compra de entradas se colapsó de forma violenta en cuanto el encargado dio el pistoletazo de salida. De hecho, los Stone Roses -cuyo deseo siempre fue conquistar el mundo por las buenas o, sobre todo, por las malas- batieron el récord mundial histórico de velocidad: en 14 minutos agotaron los 150.000 billetes disponibles para su reaparición. Y de inmediato anunciaron una tercera fecha en Heaton Park… que de la misma forma fue volatilizada en un lapso proporcional del tiempo. El acceso a las entradas de las dos actuaciones en Barcelona resultó algo menos exigente: pero había que estar ahí, con los dedos aceitados para hacer contacto en cuanto abrieran la puerta virtual de acceso al sistema de compra. Y Somniloquios estuvo ahí. Y el sábado pasado, en la borboteante sala Razzmatazz, que los simios mancunianos volaron por los aires con su mesiánico directo, en correspondencia con aquellas memorables y, esta vez sí, legendarias apariciones en Blackpool y Spike Island en 1989 y 1990. Los días en que liberaron Manchester, como vino a expresar Noel Gallagher, de los estudiantes entristecidos que leían libros de Oscar Wilde y adoraban la poética derrotada de los Smiths. Los Stone Roses querían toda la adoración para ellos. ¿Y por qué? Porque ellos no necesitaban vender su alma al diablo para brillar en la noche; así lo escribieron en I Wanna Be Adored: la genialidad, la lucidez, la trascendencia de los elegidos ya habitaba dentro de ellos, aguardando a que el mundo pudiera disfrutarlo. Y para explicarlo partieron de un single sobre una chica, Sally Cinnammon, y después se pusieron a construir esas canciones de intensidades que suben y bajan, y que cuando parece que están a punto de terminarse recomienzan y ponen a todo el mundo a bailar alrededor de las guitarras, dirigidas por la insistencia de un bajo formidable y una batería excepcional: “Éramos los blancos más negros de la ciudad de Manchester”, suele resumir Mani Mountfield.

Lo mismo nos pasó a nosotros el sábado. El concierto resultó memorable por cuanto -más allá de la intensidad y las calidades musicales, que las hubo pese a los peores augurios- supuso una eufórica celebración colectiva: la del retorno de unos muchachos que en el último tramo de los años ochenta vivieron un ascenso canónico a la cima. Como a los escaladores de ochomiles, al cuarteto Brown/Squire/Mani/Reni les costó mucho llegar, pero apenas tuvieron tiempo de quedarse. Es el efecto Everest, en este caso ribeteado de enfrentamientos con su propia ciudad, sometida por los tentáculos de la Factory de Tony Wilson, al punto de que en una desesperada tentativa de hacer oír su nombre sabotearon con pintadas algunos monumentos urbanos; y después, sucesivamente y siempre con decisiones muy cuestionables (como relata el magnífico documental Blood on the turntable) con sus casas de discos, el inefable mánager Gareth Evans y, por fin, entre los propios miembros de la banda. Antes y después de esa disfuncional carrera hubo un bombazo meteórico con su primer elepé y, después, la prolongada implosión, cinco años de hiato hasta el discutido (y para mí encantador) Second Coming, y la disolución de 1996. El primero en marcharse fue Reni, el batería. Un sostén rítmico fundamental: por más que el guitarrista John Squire fuera considerado el genio creativo dentro y fuera, con sus portadas pictóricas al estilo de Pollock; o que Ian Brown, que desafinaba de manera notable en los escenarios, le diera al grupo la personalidad arrolladoramente gamberra del grupo… pese a todo eso siempre pensaremos que son el bajista Mani y el hombre de los tambores los que sostienen en pie las digresiones funky que tan célebres hizo el grupo. Y así lo confirmamos el sábado, en pasajes como este siempre inmodesto I Am the Resurrection, con el que cerraron en Barcelona: “Yo soy la resurrección / Yo soy la luz…”.

Pero nuestra filiación melancólica no se detiene en el 1989 o en 1994, desde luego. Una semana y poco antes, aún en el Primavera Sound, habíamos acudido a ver a The Chameleons, actores principales del llamado post-punk en los primeros años ochenta. La ciudad era la misma, como se encargó de subrayar Mark Burguess, su frontman, al inicio de su interpretación de Singing Rule Britannia (While the Walls Close In)“This music was made in Manchester, England!”. Denominación de origen, una marca ya indeleble en la música popular moderna. Y una canción de intensidad emocional elevada por la irrupción, en la coda final, de ecos nostálgicos: líneas de White Riot, el rabioso himno de los rabiosos The Clash; y el tradicional “Dance, dance, dance to the radioooo!”, grito epiléptico del mejor Ian Curtis en los días de Joy Division, otra banda fugaz que no se termina nunca. A los Chameleons los vi en directo hace ya años, en La Casa del Loco, antes incluso de haber reparado en su música. Naturalmente, despertaron un interés inmediato. Hace dos viernes ofrecieron una actuación soberbia frente al implacable sol de las siete de la tarde. Mr. T me cuenta que Mark Burguess se dio más tarde un baño en el Mediterráneo y ponderó las virtudes de un festival organizado casi literalmente a la orilla del mar (aunque sin acceso, hay que matizar; no es música en la playa). El remojón habrá actuado, pienso, a manera de compensación por el impiadoso horario en el que los camaleones tuvieron que actuar, con Burguess vestido de negro riguroso y unas gafas oscuras que no eran pose de rock, sino una protección contra el acecho de la ceguera por deslumbramiento. La escena adquirió posibilidades irónicas cuando The Chameleons interpretaron Monkeyland, con sus escépticas reflexiones: “La vida es sólo una ilusión óptica / otra de esas ilusiones ópticas (…) / Sólo un juego de luces”, y señalaba al sol, que estaba subido ahí enfrente, abrasando el concierto, pero sin negar una sola de las sombrías tonalidades de la música y la voz grave, oscura, de Mark Burguess.

Después de todos esos hombres oscuros, The Stone Roses hicieron de los desenfadados baggy trousers a los que les cantara Madness un atavío generacional. Y le agregaron esa actitud frontal, de chuletas de Manchester a los que nada se les pondría por delante. Cuando anunciaron su regreso hace unos meses reafirmaron que su intención era volver a conquistar el mundo, idea pertinaz en su cabeza. Siempre fueron demasiado buenos, demasiado arrogantes y demasiado distintos a lo que les había precedido; pero ante todo fueron demasiado fugaces. Y esa condición pasajera, casi inasible, de su incontestable triunfo, contribuyó al mito y a la generación de una expectativa insatisfecha, encarnada en su segundo elepé y sostenida durante todos estos años, hasta la reunión que ahora vemos. Los Stone Roses son, de acuerdo a la agria crónica que publicó El País, “los dinosaurios del indie”, lo que insiste en la conjetura de la nostalgia, que nos ha llevado a hacer del jurásico un parque de atracciones. El ensayo de psicoanálisis generacional fue notable: “La de los 90 fue una generación acomplejada, que en el momento en que pudo definitivamente matar al padre, lo dejó marchar a por tabaco y volver con una reedición de Paul Simon. (…) Stone Roses, por casualidad, fueron la voz de una era y los epígonos de un movimiento, y hoy, por estas cosas que tiene la vida adulta -más traicionera y taimada que la joven-, podrían con esta gira convertirse definitivamente en esa banda que le permite a una generación poder, al fin, vivir una nostalgia propia con orgullo y sin complejos”. Y eso hicimos. Con orgullo, sin complejos y con mucho sudor, porque la Razzmatazz, con su fachada y su andamiaje industrial, se convirtió el sábado en una olla a presión de transpiraciones condensadas, en las que se sostuvieron los himnos más importantes de los Stone Roses. Yo extrañé, claro, Ten Storey Lovesong... si de extrañar se trataba todo esto. Supongo que pertenezco, si acaso, a la generación de los ochenta, pero nuestras añoranzas van mucho más allá y más aquí de una década. Tenemos nostalgia hasta del futuro.





Señoras y señores, estamos flotando…

7 06 2012

Ha hecho fortuna la célebre frase acerca del periodismo musical atribuida a Frank Zappa: “Escribir sobre música es como bailar arquitectura”. Uno de mis ejercicios preferidos consiste en leerme las críticas de discos del Guardian inglés, porque no entiendo nada de lo que dicen. No es que no entienda el idioma, es que el intrincado lenguaje con que dan estatura a su juicio, la sofisticada etiquetación de los estilos musicales, la perifrástica distinción con la que se expresan, me seducen profundamente. Describir sonidos, por supuesto, no es tarea sencilla. Menos aún comunicar sensaciones provocadas por la música… Es un callejón sin salida hacia la resbaladiza metáfora, género tan traicionero. La otra noche, en uno de los muchos tránsitos entre escenarios que hice en la última tarde del Primavera Sound, consultaba referencias de unos cuantos grupos que no conocía. La última noche me dediqué al turisteo, como contaré en otra ocasión si bien me viene. Fue en uno de esos agradables paseos sin prisa, husmeando músicas bien diferentes, cuando en la base de datos reparé en aquella palabra que, desde ese mismo instante, me dejó y aún me tiene dando vueltas: cierto grupo en tal escenario practicaba lo que se llama “en los círculos especializados” POP HIPNAGÓGICO.

Naturalmente, yo no podía pasar por alto un descubrimiento semejante, que deja sentado que yo -caso de serlo- soy un melómano del tres al cuarto. Ahí mismo me senté en la gradería del escenario ATP mientras abajo los muchachos de Demdike Stare generaban con gran empeño una de sus sesiones de terror y ruidismo industrial. No son como para ponerse al sing-along, así que me dediqué a investigar. El pop hipnagógico hace referencia a esa música brumosa, como de etéreas ensoñaciones, melodías inaprensibles, intenciones oníricas, trascendental refinamiento, que practican gente como Oneothrix Point Never, Ariel Pink, Geneva Jacuzzi, Washed Out o Neon Indian, por citar sólo algunos de los nombres que pude reunir aquí y allá. Algunos de ellos estaban en el PS de este año. Lo de pop hipnagógico lo inventó un periodista musical de la revista Wire, David Keenan, quien asoció el sonido al estado de relativa consciencia en que se halla el cerebro en el paso del sueño a la vigilia. De acuerdo a la elaborada teoría asociativa de Keenan, los muchachos hipnagógicos estarían volcando en sus producciones musicales el insconsciente recuerdo de las melodías, sonidos, arquetipos visuales y calidades musicales de los que se empaparon durante su infancia, en los años ochenta. Es decir, un procedimiento de creación musical a partir de materiales del subconsciente. Lo que han dado de sí los años ochenta nos sigue sorprendiendo a los que en los años ochenta andábamos de despertares, y bastante ocupados con agotar la fecundidad beatle. Pero volvamos al hipnagogismo: el movimiento se asocia también a la corriente llamada lo-fi, la grabación y registro de sus trabajos en aparatos de baja fidelidad, que aseguran un sonido trasnochado, como de obsolescencia buscada a propósito: uno lo escucha y, si no está informado (cual es mi caso) no está seguro si la canción es de ahora o de hace treinta años…

Una vez desentrañado el enigma, me alejé de Demdike Stare con más inquietud que si le hubiera sostenido una mirada larga a Marilyn Manson. Y me dirigí al escenario Mini, donde por lo visto iban a levantar una casa en la playa. En esa misma dirección acudía ya una masa completa, que arrastraba los pies enmarcado en una ligeran nube de polvo, como un pueblo israelí en éxodo; convencidos todos sus integrantes de que allá al fondo, un poco antes del Mediterráneo, en un descampado algo inhóspito que mira a un skyline deprimente de promociones inmobiliarias congeladas por la crisis, allá, decíamos, el dúo de chico y chica que responden por Beach House aseguraban una experiencia trascendental de la cual todos debíamos ser partícipes. Todos menos, tal vez yo. Yo soy la encarnación de esa vocecita que se alza tímida en los blogs musicales de moda y, en medio de las innumerables apreciaciones generosas de la música de Beach House, apunta con un dedito cauteloso en alto: “Oiganme… ¿soy yo el único al que le aburren Beach House?”. Alguien me había pedido una crónica detallada del concierto de la Casa de la Playa. Yo tengo por ahí un par de discos de Beach House (Devotion y Teen Dream, anoto), y la verdad no diría que no me gusten, particularmente el segundo. Pero si acudí al concierto fue con aprensión, pensando si tal vez en directo descubriría una filiación algo más robusta que la que me habían dejado sus sonidos en casa; o bien trataba de convencerme de que la corriente general era la acertada, como acostumbro a sospechar con esa levedad de juicio que me caracteriza. No, Beach House no hacen hypnagogic pop. Pero deben militar en una liga paralela en el campeonato de las etiquetas: la del dream pop. Es decir, otra vez la levedad onírica, las ensoñaciones, el vaporoso ejercicio de la delicadeza. Me situé a un lado del escenario. Comenzó el recital:

Antes de cuatro canciones, resolví que yo no vivía en esa onda, de modo que debía emprender el camino de regreso antes de incurrir en una depresión por tensión baja. Ya perdonará quien solicitó la crónica. Las últimas noches de estos festivales precisan algo de ruido, o uno queda atrapado en el síndrome del fin del verano, después de tres jornadas de ver atardecer, anochecer y amanecer, consecutivamente, siempre empapado de las más variadas músicas. Precisaba más energía -Real Estate, unos muchachotes americanos de música simpática- y menos seducción. Algo de lisergia me había procurado ya con Sleepy Sun, otra banda a la que le tenía muchas ganas: vienen de San Francisco y bordean la psicodelia, territorio en el que acostumbro a sentirme seguro. La renuncia a Beach House reiteraba la que dos noches, antes, en ese mismo escenario, tuve para The XX. ¿Tienen algo que ver? Difícilmente. La inducción a la hipnosis por la melodía minimalista, tal vez. Sí, yo mismo estoy hablando como uno de esos críticos del Guardian, y además sin saber nada. La cuestión fue que The XX -de los que también tengo su único elepé y lo escucho con gusto en instantes muy determinados de quietud íntima y espacial- se presentaron, como escribió con mucho tino un cronista, “con la misma ropa de la última vez”. Envueltos en su sombría bruma de magnéticos sonsonetes. De vuelta fue J el que puso voz a la pregunta: “¿Será ésta una de las bandas más sobrevaloradas de la historia?”. ¿Es que están tan valorados?, respondí yo con extrañeza.

Aún regresaríamos una vez más -o lo hice en solitario- aquella noche al mismo escenario. Fue para ver a una de las bandas que más me apetecían de este año: Spiritualized. Veteranos de la ensoñación, en esta ocasión bajo el epígrafe de space rock. Todo un estilo definido por esa maravillosa canción -y un disco monumental, para mi gusto- que es Ladies and Gentlemen We Are Floating in Space… Ese trabajo, de 1997, define la carrera de Jason Pierce, el atribulado hombre que fue de Spaceman 3 en su día y ahora el cuerpo y la mente de una banda cuyo desbordante lirismo viene impreso en construcciones eléctricas, a veces de inspiraciones gospel, otras próximas al blues, en este último Sweet Heart, Sweet Light más próximas a un rock, si se quiere, convencional. Cuando atravesé el descampado, Pierce había subido en la brisa generosa próxima al mar su Hey Jane!, el primer single del último elepé, que contiene el amargo vitalismo de un muchacho cuyo amor, hace años, se llevó por delante otro elemento de mirada lánguida (el Richard Ashcroft de The Verve), al que más tarde golpeó una neumonía que casi lo pone de verdad en el espacio y que ha sustituido últimamente la lisergia química por farmacopea más o menos psicotrópica, y sesiones de quimioterapia, para vencer una dolencia degenerativa en el hígado. Y ahí me dejé llevar, en la potencia sugestiva de esa música, arqueando la ceja comprensivo cuando Pierce se dejaba ir en uno de sus ejercicios onanistas de viento, cuerda y voces; para celebrar los regresos al planeta Tierra. Particularmente cuando la voz en off, desde luego, anunció a la concurrencia: “Señoras y señores… estamos flotando en el espacio”. Y murmuramos en acompañamiento la estrofa: “Todo lo que le pedimos a la vida / es un poquito de amor / para que nos libre del dolor… / Hacernos más fuertes hoy / Un paso gigante cada día…”. Spiritualized es un grupo para dormir al raso bien acunado, mirando a las estrellas, y descifrar constelaciones conocidas e ignoradas. En muchas ocasiones la voz de J Spaceman ha sido mi nana, sobre todo en veladas de verano, en la terraza, auscultando la trémula iluminación grisácea de los noctámbulos. Así se nos fue la noche con ellos otra vez, al final recostado en el cemento, pero elevados en polvo cósmico musical en una madrugada de buscada hermosura: inseguros, eso sí, de si no habríamos estado bailando arquitectura.








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