La valiente Escocia

26 11 2009

Frente a la congoja existencial, basta el rugby. Si Albert Camus hubiera probado en Francia el balón oval… Pero se hizo portero de fútbol. Por fortuna, en la condena le vino incluida la invención de El Extranjero, para redimirnos a los demás. Ha sido un fin de semana en Edimburgo, bajo sus cielos empedrados, por las calles como nubes de agua, camino de Murrayfield y la noche azuloscurocasinegro.

Puede que la vida no haya sido tan poco generosa como creíamos. Nos dio el rugby, y el rugby siempre devuelve algo. Al sur, a pocas decenas de kilómetros, los Borders inundados de agua. Al norte, en la capital, el silencioso volcán apagado y el castillo de faldón negro, las calles pintadas con escuadra y cartabón, el ensanche hacia el puerto de Leith y el sombrío mar escocés. Y el arroyo de aficionados hacia Murrayfield, su laderita esmeralda, los bigotes australianos adheridos a la campaña Movember contra el cáncer, y las bandas de gaiteros iluminadas por el único foco de un estadio en penumbra, las bandejas con cuatro pintas por barba, los kilts, las medias blancas de punto, los wallabies hinchables silbados por la multitud al entrar en los pubs de Haymarket, la marea detenida con la barbilla en alto, mirando a los All Blacks batir a Inglaterra. Las celebraciones contra el Auld Enemy.

En los pubs de Edimburgo, el silencioso Clark’s en Dundas Street, el medieval Jeckyll and Hyde, el Ensign Ewart y el Deacon Brodie de la Royal Mile. Hay que explicarles cómo elaborar un gin-tonic a la española, mucho hielo, doble o triple medida de gin, vaso grande… pero son buena gente. Preguntan por ese idioma de timbres bárbaros, elevados, que atrona en el pub, acorralando el silencio. Si invitas a una pinta, te invitan a un vasito de scotch. Por qué no. Por esos milagros telúricos que no se pueden explicar, el whisky sabe a gloria en Edimburgo, como la Guinness en Oughterard, al norte de Galway, en Irlanda.

En la valiente Escocia dirimen su lucha la montaña y el llano, como hacen el viento y la lluvia, el pasado y la modernidad. El pequeño callejoncito en el que Boswell conoció al doctor Johnson (donde siempre he de pararme unos minutos, como si me faltara el resuello, pero es la inexplicable emoción de la Literatura) y el sueño polinésico de Stevenson y la aguja del monumento a Walter Scott y el año dedicado a Robert Burns, el poeta nacional escocés. Pintada la cara de azul y blanco, un falso Mel Gibson tira del hilo de Braveheart y tensa la cuerda que dirige las ciudades hacia su nueva condición de parque temático. Edimburgo sostiene su deliberada hospitalidad en el tamaño manejable de las calles, abiertas de tripas para que pase el tranvía, siempre ahora los tranvías allá donde uno vaya. Todas las ciudades son ya la misma ciudad, o casi. Pero en ésta aguarda Murrayfield, distintivo.

Escocia le iba a ganar a Australia, victoria histórica (hacía 27 años que los Scots no festejaban un triunfo contra el rival oceánico) que no debe explicarse sólo por el error final de Matt Giteau en la transformación que le hubiera dado el triunfo a los wallabies. Hubo mucho más y algunas notas esperanzadoras para quienes profesamos la mayor simpatía por el equipo del Cardo. Durante el primer periodo, cruzado de lluvia épica, Escocia levantó una fortaleza en su zona de 22 y estableció un tratado de resistencia que al principio juzgamos perecedero, condenado al cansancio y la quiebra en la segunda mitad, pero que poco a poco se reveló interminablemente heróico. Australia, asomada varias veces por sus centros, por el ariete de Rocky Elsom y Palu, por el peligro en jugadas abiertas de su talonador Stephen Moore, pasó media tarde asomada a la zona de marca como al balcón de una calle prohibida. Sólo pudo anotar con un golpe de castigo que pasó Giteau, anticipo inverso de la errática tarde del pateador australiano. Igualó Phil Godman y cada melé se convirtió en una trampa de la guerrilla escocesa capitaneada por Moray Low, un tres digno de la causa; hubo mil golpes francos por melés perras, envenenadas por esa ponzoña que gastan los pilares; y Nathan Hines (aussie de nacimiento, por cierto) dominó uno de los grandes valores locales en la nueva etapa de Andy Robinson, la touche, apoyado por la brava tercera de Beattie, Strokosch y Barkley. Valores que ya le habíamos observado contra la inferioridad de Fiji una semana antes y que deberá confirmar frente a Argentina este sábado. Rigor en las fases estáticas y arrojo para contener las dinámicas. La capacidad de definir un ritmo de partido conveniente. Muchísimo placaje en el centro y atrás, con un Rory Lamont amurallado, con un Sean Lamont sólido como pedernal por afuera. Con esas armas, sin apenas salir al ataque o llegar al otro campo, Escocia terminó por agotar la ofensiva australiana como hizo Mohamed Ali frente a Foreman en el Zaire.

Si salió de las cuerdas fue para ser clínico con el pie y vencer. Godman pasó otro golpe de castigo, mientras Australia perdía a Palu que se fue en una camilla con los pies por delante (antes se había marchado el escocés Cussiter con la cabeza girándole como a la niña del Exorcista) y poco a poco caía el ritmo del magnífico Will Genya en la creación desde el número 9 aussie. Entró Burguess para dinamizar el asunto, si es que eso era ya posible. Y Peku como talonador, un cambio que juzgamos equivocado porque sólo Moore había comprometido con sus cargas en las fases abiertas. Pero Giteau empezó a poner pataditas a seguir cuando llegaba a territorio comanche, en lugar de buscar sus célebres combinaciones cruzadas con los centros, y ahí advertimos la fatiga del largo intento australiano. Murrayfield hizo florecer su cántico preferido a la flor de Escocia y supo que el milagro era posible. Pedimos una bandeja más de pintas. Entonces apareció Chris Patterson. Nos las bebimos a su salud. Cuando más crecía el desconcierto australiano, Patterson capitalizó un avance local para poner un drop que era casi ganador, el del 9-3. Con dos minutos por delante, Australia se lanzó a tumba abierta por el desfiladero de los suicidas e hizo el ensayo de Ryan Cross. Sin tiempo para nada más, Giteau se sacó el casco para patear la transformación definitiva. Si la metía, Australia salvaba el resultado, aunque hacía rato que había perdido la consideración del continente entero que los mira. La carga defensiva de los escoceses contra la pelota parada encarnó el deseo escocés de triunfo: hasta seis jugadores se arrojaron desesperados a intentar contener el pelotazo de Giteau. De igual manera se hubieran cruzado frente a una bola de cañón, dispuestos a perder las piernas si eso aseguraba el triunfo. La pelota se abrió en un vuelo descompensado, lastimoso, y cayó lejos de su objetivo con el mismo desánimo con el que Giteau compuso el gesto de la decepción. La hazaña escocesa levantó, ya para siempre, el recuerdo de un partido con mayores méritos emocionales que deportivos. Pero al rugby se juega con corazón y pelota. Es un juego decididamente visceral pero de inesperada y a menudo rotunda lógica. Esta vez floreció una ocasión inolvidable. Y allí estábamos. Subidos en una noche memorable para constatar que en Escocia (y en nosotros) el rugby va a estar siempre vivo.





Canción de amor sin despedida

18 11 2009

Para siempre y siempre nos quedaremos juntos, sí / Para siempre, para siempre, permaneceremos unidos, sí / Tú y yo nos esforzaremos por estar juntos, sí / Para siempre, eternamente, seguiremos juntos, sí / Por favor, no llores… estamos hechos para morir / No niegues nuestra naturaleza / Eternamente y para siempre nos quedaremos juntos, sí / Para siempre jamás / Para siempre…. / Un día desapareceremos juntos en un sueño / sin que importe lo cortas o largas que sean nuestras vidas / Yo viviré en ti, y tú lo harás en mí / Hasta que, juntos, nos desvanezcamos en un sueño / Por favor, no llores… nos hicieron para morir / No puedes oponerte siquiera a la marea más grácil / Para siempre y siempre estaremos juntos / Siempre, eternamente/ Por siempre jamás / Lo intentaremos. / Por favor, no llores / Este mundo de palabras y significados te hace sentir ajeno / Algo que ya percibes y que, muy dentro de ti, / Ya has negado / Adelante… deja que brote tu llanto / Siempre permaneceremos juntos / Eternamente / Tú y yo seguiremos juntos / Tú y yo trataremos de hacerlo mejor.

[On and On and On, de Wilco]

Para Pilar, que va a seguir asomándose a esta ventana, en silencio humilde como ella siempre prefirió, esta canción que Jeff Tweedy escribió a la memoria de su padre.





El otoño en Edimburgo

18 11 2009

Hay un placer delicadamente pornográfico en la observación de esos placajes con los que Jonny Wilkinson derriba a los terceras contrarios. Primero los detiene en seco, sin acusar el mínimo retroceso de su posición; luego los levanta; por fin, los arrastra de vuelta por el camino por el que habían venido. Se trata de una inversión completa de la realidad, como ahora veremos. Para empezar, porque Wilkinson no se mueve de su sitio y los otros parecen haber chocado con una pared. Pero después, el muro se mueve, inicia el avance y deriva en aplanadora. Wilko no los levanta por el aire ni los voltea. Simplemente los detiene y los tumba, a medias entre el esfuerzo y el asombro. No incurre en ilegalidades de exhibicionista pendenciero como voltearlos en el aire o ponerlos cabeza abajo, aunque al estirado francés Emile N’Tamack lo dejara patas arriba en cierta ocasión muy célebre. Hablamos de alas (como la caza de Justin Bishop, un irlandés al que el suelo le cayó sobre la cabeza de manera repentina, al final de un triángulo escaleno de derribos de Wilko). Si lo permitiera la normativa, es probable que a ese tipo de jugadores de tamaño medio Wilkinson se los metiera en el bolsillo del pantalón. Pero lo bueno viene cuando baja a un tercera, notablemente a uno de esos terceras que cubre la touche en un golpe de castigo o una patada defensiva contraria; que recoge la pelota corta y que sale a la carga campo arriba, convertido en un batallón de radical soledad física. Bajo la epidermis de esta jugada de Wilkinson late una venganza global: los terceras a menudo pasan los partidos a la caza del apertura contrario. El 10 es la pieza más codiciada, en parte por hacer que perdure la estrategia del terror, de la que los terceras son jinetes, y también por interrumpir la conexión vital del equipo contrario. Wilkinson (que es tan fuerte como ellos, tan duro como ellos y técnicamente mucho mejor que la mayoría de ellos) se da el gusto de ejercer la poética de la revancha. Rara vez se deja cazar. Y a menudo los embosca. A la manera habitual, un tal Chesney lo descubrió por sí mismo, sin que nadie tuviera que contárselo.

Si hablo de placajes es porque hablo de Wilkinson, quien desde hace años (desde el mismo instante en que alcanzó la cúspide) entra y sale de acuerdo a una rutina de gloria y dolor, de triunfo y lesiones. Si hablo de Wilkinson es porque ha vuelto a Inglaterra después de 18 meses ausente (y antes al rugby en el Toulon francés), y porque lo ha hecho de una sola pieza, de pedernal, claro. Y si hablo de placajes es porque estos días voy mirando los tests de noviembre, con los tres grandes del Hemisferio Sur (Australia, Nueva Zelanda y Suráfrica, aunque también la cuarta que es Argentina) de vuelta por la Galia y la Bretaña, retando naciones enteras como quien se arriesga a un pulso mano a mano. Noviembre -un mes que clausura la luz y derriba las últimas esperanzas de cualquier hombre sensible- tiene a menudo un único sentido: los partidos internacionales de rugby de otoño. Vi a Gales y Nueva Zelanda, a Irlanda con Australia, a Australia con Inglaterra y a Francia contra Suráfrica… Vengo fijándome en los notables placadores de diversas escuelas. Me fascinaron las coberturas de Gethin Jenkins, el pilar galés, que alcanza las esquinas del campo con derribos que firmaría un tres cuartos centro. Me hizo acordarme de aquel día en el que, jugando en el campo de La Almunia, salió la pelota sobre el Perdigón (el liviano ala contrario, amigo con el que yo mismo había jugado hombro con hombro años antes en Ingenieros), y contra todo pronóstico al muchacho le sobrevino un lapsus inexpresable que lo llevó a quedarse parado sobre la línea, tal vez mientras decidía hacia dónde salir o bien sujeto por un ramalazo del subconsciente, que le recordaba en el peor momento del día que se había dejado abierto el grifo de casa. Esos segundos se dilataron lo suficiente para darme tiempo a llegar a mí, subido en el efecto bola de cañón del centenar de kilos y ávido de completar una jugada que recordaría siempre (como demuestran estas líneas). Sin que aún sepamos cómo ni por qué ninguno de los dos -y tratamos en vano de analizarlo durante el tercer tiempo- lo planché en seco contra la touche. Con el consiguiente júbilo de mis correligionarios y un atisbo de depresión en el gesto del Perdigón durante el resto del partido. Lo había cazado un pilar que venía de frente. Esas cosas no pasan.

Rocky Elsom, clásico tercera australiano en el que uno puede confiar para las tardes de lluvia y las noches de tormenta.

Hablaba de Gethin Jenkins, entonces. Pero también de Rocky Elsom o de Richie McCaw, dos flankers con el punto de salvaje inconsciencia y rigor táctico-defensivo que tanto me gusta. Ahora que el australiano Phil Waugh se ha dejado vencer por la edad (aunque no del todo, sostiene él) y que los Wallabies celebran la irrupción de Pocock en la tercera australiana, uno reza para ver el sábado en Murrayfield (a donde vamos a peregrinar por fin, después de tantos años de desearlo) a George Smith y Rocky Elsom sobre el campo. También a Matt Giteau, cómo no, el apertura al que tanto le cuesta pasarla, otro alienado del subconsciente, al que el cuerpo le reclama la guerra de los centros.

Medidos frente a Escocia (mi equipo, siempre mi equipo) los australianos siempre van a salir ganando. Hace 27 años que Escocia no vence a los aussies y nada hace sospechar que puedan lograrlo el sábado. Éstos no están siendo días de un gran rugby, siempre en términos proporcionales al extraordinario nivel del que hablamos. Pero sí repletos de detalles. Suráfrica ha bajado el pistón después de un bienio portentoso, inabordable (lleva tres tests perdidos de manera consecutiva) y Francia le ganó con talento nuevo; Australia tiene bajas principales (qué decir de Stirling Mortlock, hombre de piedra) y Robbie Deans maneja un equipo en transición, con muchachos dotados de la imperfecta electricidad de la juventud en la tres cuartos y un medio de melé (Genya) que por fin parece digno de calzarse los zapatos del inolvidable Gregan.Hace dos semanas, en Twickenham, Genya fue el artífice del cambio de ritmo que le permitió a Australia dejar a su espalda a la basta Inglaterra de Martin Johnson, un equipo que aún comienza y acaba en Jonny Wilkinson, incapaz de regenerar por sí solo el equipo campeón del Mundo en 2oo3, pero sí de ganar partidos y aceitar con un masaje de pies y otro de placajes las aristas de cualquier encuentro comprometido. Irlanda le empató sobre la hora a Australia en un partido bastante entretenido, resuelto por un error defensivo final que capitalizó el insaciable O’Driscoll. También me gustó el Gales-Nueva Zelanda (añoranza de Ali Williams y Chris Jack en la segunda), con los Blacks estrenando alas (ni Sivivatu ni Rockocoko). 

El sábado veré a Escocia, en directo, por fin en Murrayfield. A los pies de la hermosa ciudad vieja de Edimburgo, el castillo de Holyrood, el Museo de los Escritores, los callejones empedrados de Boswell, del doctor Johnson, de Stevenson, la columna de Walter Scott, el pub del Diácono Brodie, la Royal Mile infestada de cerveza en camisetas de rugby. La camiseta azul -viejísima, viejísima pero siempre necesaria- y el recuerdo de esta interpretación del Flor de Escocia en ese mismo escenario, en el Mundial de 1991, cuando Escocia jugó y perdió la semifinal contra el viejo rival inglés… Los tiempos de David Sole y Turnbull, de Finlay Calder, de John Jeffrey, de los lampiños Craig Chalmers y Stanger, del sabio Tukalo, el sobrio Scott Hastings, el totémico Gavin HastingsEste partido, grabado en VHS del viejo ScreenSports, lo vi cien veces al final de noches de cerveza y whisky, mientras miraba “roaches climb the wall”. Al final de las noches siempre está el desencanto (Onetti). Flor de Escocia, ¿cuándo veremos otra vez tu belleza?…





Hablemos del Zaragoza, pero poco…

11 11 2009

 

Al Zaragoza lo eliminó el último de la Liga, un Málaga pésimo. Lo demás es literatura. En la trayectoria actual, el desenlace de esta eliminatoria tiene absoluta coherencia. Ahora no podemos hacernos los histéricos ni apelar a los títulos de Copa o a aquel presuntuoso argumento del gusto genético por el fútbol. Uno teme pensar que este equipo (este club, vale decir en realidad) anda inmerso en los últimos años en una transformación de su naturaleza, en creciente deriva hacia una mediocridad en  la que nunca nos vamos a sentir representados. Ojalá todo esto no pase de exageración pesimista, pero tal vez este Zaragoza menor (que encarna la grisalla del día a día, el empobrecimiento de los modelos, la distancia institucional y  la nula asunción de valores que fueron su cultura) sea el Zaragoza al que debemos acostumbrarnos de ahora en adelante.   Carrizo, a los pies de Forestieri en el partido del martes. (Foto: Paco Rodríguez para AS)

Sea como sea, sigue siendo nuestro. Ahí radica el problema: en la imposibilidad de abandonarlo o de deshacernos emocionalmente de él. Y hay otro síntoma terrible, molesto para cualquier zaragocista: el desinterés ocasional al que nos empuja este proceso genera un hondo complejo de culpa. A lo largo de los años, en mil titulares dijimos que el Zaragoza siempre vuelve, convicción impuesta por la grandeza ocasional, que construye la grandeza permanente. Ahora ya no queda ánimo para sostener ese lema. El Zaragoza de los últimos años incurre en frecuentes negaciones de un orgullo que edificó con otros materiales; se refugia en glorias medianas y va abandonando la costumbre de una excelencia (o su aspiración) que nadie nos puede contar, porque nosotros la vimos. A Marcelino, mientras tanto, ayer le gustó el Zaragoza.

Diario AS, 11 de noviembre de 2009





Días de entreguerras

8 11 2009

Cuando volvía de la guerra, Gervasio Sánchez tomaba asiento a mi espalda en la redacción de Heraldo de Aragón. De los tres años fugaces que pasé en esas salas (tres años es muy poco tiempo en la trayectoria de un periodista, pero un periodo más que suficiente para alguien como yo en un lugar como ese), mis desordenadas conversaciones de entreguerras con Gervasio deben ser uno de los pocos recuerdos a los que he autorizado a permanecer en pie. Puede que hablásemos de algún asunto serio, pero debió ser siempre sin énfasis, así como fotografía Gervasio los dramas, o tal vez con un énfasis inverso, que diría Bioy Casares, ajeno a los artificios, a la impostura artística y hasta a la lección moral. Como cuando un día cualquiera en que yo debía sentirme herido (tal vez de manera definitiva) por la profesión, me volví hacia Gervasio, que tecleaba en la mesita de circunstancias que compartía en horas diversas con Alfonso Zapater, y le dije: “Gervasio, el periodismo está muerto…”. Él, sin dejar de golpear con rítmica desigual el teclado, comentó con su deje cordobés: “Hace tiempo, macho”. El modo en que lo dijo desactivó de inmediato la pretendida trascendencia de mi declaración. No hubo más palabras.

Gervasio Sánchez.

Gervasio Sánchez posa junto a su fotografía 'Sofía y Alia', por la que fue premiado con el Premio Ortega y Gasset de Fotografía.

No sé por qué recuerdo a Gervasio hablarme de Mystic River, la película de Clint Eastwood, con un entusiasmo contenido. Y lo veo recomendar unas vacaciones en Túnez, país del que resumía hermosuras en muy pocas frases, con ese conocimiento geográfico y etnológico que me hacía recordar a Ryszard Kapuscynski. Así de simples eran los diálogos, que trataban de eso o de fútbol, del Córdoba, del Zaragoza, de aquella Segunda División que recorrimos de norte a sur, derecha e izquierda. El Pele trataba de violentarlo afectuosamente con declaraciones absolutas a favor de unos o de otros, y Gervasio le razonaba con energía conceptual, pero con gracia, sin ponerse interesante, y siempre de un modo ajeno a la militancia, que suele ejercer de hermana bastarda de la mayoría de los profesionales del compromiso. De Gervasio y Kapuscynski, amigos personales hasta la muerte del cronista polaco, he envidiado la valentía para conocer lugares y personas, para adentrarse en la tiniebla de los conflictos bélicos y alcanzar al ser humano en el terror y la gloria de todas sus variadas dimensiones. No se trata de un celo profesional, es puramente personal, íntimo. A Gervasio lo he conocido personalmente y en tal casualidad (una mesa a la espalda de la mía) apoyo mi afección por él, nada más que en eso; a Kapuscynski lo he leído con el deleite con el que leo a los que me parecen más grandes. A ambos, en cualquier caso, los envidio como al Stevenson de los Mares del Sur, como al Conrad marinero (si lo fuera). Por ese impulso salvaje que los mueve y a mí, pusilánime, me conmueve. Ya he declarado alguna vez: soy un aventurero mental, repleto de cobarde inmovilidad.

El trabajo de Gervasio va reuniendo premios. El último, grande, el Premio Nacional de Fotografía, que le concedieron esta semana. Yo no voy a juzgar el trabajo de Gervasio Sánchez, ni siquiera para el elogio, que me importa poco. Puedo decir que me gustan sus fotografías y me pregunto qué hay en esa mirada para disparar con la equidistancia formal con la que lo hace, con un aparente desapasionamiento, y sin embargo dejar un mensaje tan bien precisado, tan inequívoco, tan humildemente potente. Tan humano, pero humano que participa de la culpabilidad general y por eso no la amplifica con artificios. Éstas son sensaciones desordenadas, sin pretensión académica. No quiero decir más ni menos. Sólo esto: que me alegré enormemente del premio por Gervasio, el hombre, el tipo que se sentaba en una mesa a la espalda de la mía cuando volvía de una guerra, durante tres años, y con el que hablaba de cualquier cosa, a veces. No sé si Gervasio es un excelente fotógrafo o un magnífico periodista. Ambas cosas se me hacen secundarias. A mí lo que me alegra es que le hayan dado el premio a quien siempre me pareció un hombre bien entero. Un gran tipo.





José Luis López Vázquez (1922-2009)

3 11 2009

Galindo: Fernando Galindo… un admirador, un amigo, un esclavo, ¡un siervo!

(El rijoso cajero de un banco rinde tributo a la inalcanzable voluptuosidad de una cliente en Atraco a las 3. José Luis López Vázquez, tragicómico por carácter y por registro, versión española casi exacta de un imposible híbrido entre Jack Lemmon y Peter Sellers, tímido genio de procaz gestualidad, de hondura insospechada. Actor monumental).





Morir subido al larguero

2 11 2009

El Negro Fernando Gabriel Cáceres.
El Negro siempre tuvo el ojo izquierdo inyectado de sangre. El balazo que lo quiso matar le entró por el derecho, negando ese anticipo de lágrima que parecía apoderarse del blanco de su conjuntiva y que yo advertí la primera vez que me puse frente a él, admirativo de su adusto visaje de talla india. Fernando Gabriel Cáceres nació para el fútbol adornado por la agresiva prestancia que siempre distinguió a los caudillos del área. Tenía una mirada imperativa y el gesto curtido en el mismo lenguaje. En público lo distinguía la modestia de un perfil bajo que manejaba con naturalidad. Nadie supo que dejaba el Zaragoza (demasiado pronto, por cierto) hasta que Andoni Cedrún lo levantó en sus hombros al final del que iba a ser su último partido en La Romareda. Se marchó a Boca, regresaría al Valencia y recapituló su estancia española con un paso memorable por el Celta. Allí lo reencontré, años después, unos días antes de la final de la Copa en Sevilla. Aún con la misma nube de sangre en el ojo.

Fue baleado anteanoche en Ciudadela, en el conurbano de Buenos Aires, por un grupo de al menos cuatro delincuentes, entre ellos dos de 15 y 16 años que al parecer ya le deben a la Justicia alguna muerte anterior: la de un empleado de banca tiroteado en el mismo área hace poco más de una semana. A las pocas horas del ataque a Cáceres, la autoridad identificó a varios de ellos en la villa Carlos Gardel, un lugar de lírica brutal. Hace años, la policía le puso a esa zona al oeste de la capital federal un sobrenombre estremecedor: el Triángulo de las Bermudas. El vértice superior se situaba en otra cocina del infierno llamada Fuerte Apache; como la famosa comisaría de la policía de Nueva York a la entrada del Bronx. En ese tejido de poblaciones que rodean Buenos Aires se entrevera un argentino trabajador, otro apegado a sus orígenes como Cáceres, y un lumpen creciente de muchachos armados de desesperanza y plomo pesado, que le han reducido el precio a la vida hasta dejarla en una baratija de la que están resueltos a disponer sin segundos pensamientos. En ese entramado suburbial que rodea a la metrópolis, si uno se equivoca de cuadra puede entrar en una villa y no salir vivo. La suciedad política y la decadencia social van por desgracia pudriendo a la sabia Argentina.

Recuerdo a Gabi Milito contarme que su padre Jorge jamás se detiene en un semáforo, porque sabe que en tal gesto inerme de rutina puede entrometerse el lado más violento de la existencia. Unos guardaespaldas escoltan a cualquier hora la llegada de cada miembro de la familia a la casa de Bernal Oeste. Cáceres se dirigía a un encuentro con amigos cuando le cruzaron en la calzada el vehículo robado a un remisero, el chófer de uno de esos coches de alquiler que valen como taxis oficiosos en la ciudad. El hombre viajaba apresado como rehén en el asiento trasero de su propio auto. Junto a la mujer que acompañaba a Cáceres y que era su pareja desde hacía unos pocos meses, fueron los testigos presenciales del incidente. Frente al chico que lo encañonó desde afuera, el Negro trató de escapar marcha atrás. Él pisó el acelerador y el asesino apretó el gatillo. Querían su BMW pero, cuando vieron que la jerarquía de las armas no derribaba la entereza del Negro, resolvieron imponerla con fuego. Dos disparos cruzaron el parabrisas como si fuera de arena. Uno de ellos entró por el ojo derecho del Negro y sólo se detuvo al tropezar con su cráneo. Perdido el control, el BMW se estrelló a un lado de la vía. Ahora ese proyectil hace de interruptor definitivo para una vida: los médicos intervinieron ya dos veces al Negro, y después de la segunda declararon la terrible verdad. “Lo hemos dejado en manos de Dios”. No pueden sacarle la bala. Si lo hacen, Fernando Cáceres se muere. Si no lo hacen, Fernando Cáceres se muere también.

Entonces y ahora lo veo, con absoluta claridad, salir con la pelota desde el fondo y atravesar La Romareda de lado a lado para rematar el primer gol del 6-3 al Barcelona, una jugada repleta de la determinación que lo ha definido. Siempre lo habremos de recordar en una fotografía publicada en el número de aquella semana de mayon de 1995 por France Football, que he guardado durante todos estos años, apilada junto a decenas de revistas Onze Mondial y de los gloriosos dominicales de L’Equipe. Cáceres subido a horcajadas en el larguero de la portería del Parque de los Príncipes, con la Recopa en lo alto de un brazo como una espada. El Negro, subido al larguero sobre un abismo definitivo, pienso ahora. Y en francés, un titular que siempre me encantó: “Morir de placer”.





Huidas

29 10 2009

Huir adelante, dicen. Huir hacia delante. Como si uno pudiera huir hacia atrás… Si uno huye hacia atrás, pienso, escapará hacia aquello que sea que lo persigue o cree que lo persigue. Huir en todas las direcciones, me apuntan. Ojalá eso fuera posible. Todas las direcciones de manera simultánea. Todas las posibilidades ordenadas en paralelo.

Nayim, en su mayor gloria, visto por Oliver Duch.

El fotógrafo Oliver Duch capturó para Heraldo de Aragón el gesto triunfal de Nayim, que buscaba en las gradas al que fuera su entrenador en el Tottenham, Terry Venables, para dedicarle su inolvidable maravilla.

En estos tiempos de incertidumbre zaragocista, me pregunto: ¿Llegó el Arsenal a sacar de centro después después del gol de Nayim?
 
Y esa duda cada vez me inquieta más…





¿Usted no juega?

26 10 2009

El día que cumplí 40 años me cuidé mucho de celebrarlo. Para evitar cualquier tentación me largué a Londres, donde consideré que estaría a salvo porque esa es una ciudad en la que nadie conoce a nadie. Yo la crisis de los 40 la pasé a los 35, o un poco antes, no me acuerdo, y parece que aún me dura. Siempre fui algo precoz, igual que el pirata somalí. En general los síntomas coinciden, aunque con variaciones: en lugar de una moto de gran cilindrada o un deportivo descapotable, como suelen hacer los aficionados al Seagrams con Tónica Schwepps, yo me compré una bicicleta, una batería electrónica y una armónica con la que distraer las tardes. Por lo demás, el cuadro habitual. Empezaron a disgustarme los pelos de la espalda, consideré la posibilidad de atajar la infección seborréica del cutis con un tratamiento facial y me hice corredor aficionado de larga distancia, pensando en medios maratones y aun en maratones que reivindicaran mi condición de hombre-de-mediana-edad-en-el-mejor-momento-de-su-vida. Es decir, todo una conveniente ficción que enmascarase la realidad: el extravío, el desconcierto, el cansancio, la desesperanza, el hastío y la inminencia de la definitiva derrota.

En el mientras tanto, seguí jugando al rugby, confiado en que me mantendría ágil y despierto, inaccesible a la edad, inmortal, como me dijo un compañero el otro día. He pasado la barrera de los 40 en el campo. Pensaba que me sentiría orgulloso, pero ahora estoy confundido: me parece que he perdido el juicio y que me estoy equivocando de lugar. Como soy el opuesto de Shanti Andia, un hombre de inacción, he resuelto dejar pasar el tiempo sin tomar una decisión. En realidad, yo sigo a la espera de que el rugby me retire de un mal golpe, como viene anunciándome mi madre desde hace más de una década, o me envíe una señal definitiva, evidente, irrefutable, de que mi hora ha llegado. Mientras tanto, sustrayendo cada día mayor terreno a la realidad en favor de las utopías, sigo entrenando y jugando. Cada verano pienso que lo voy a dejar y luego viene septiembre y vuelvo al barrigazo. A ratos me pongo melancólico y mentalmente anoto lo que sería el arranque de una autobiografía apócrifa sobre mis días en el rugby. Diría así:

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el talonador Aureliano Ornat había de recordar el día en que Angelito el Carnicero jugó de pilar izquierdo a su lado, con 45 años, después de proclamar frente al espejo y en referencia a su imponente torso desnudo: ‘¡Menos mal que esta mañana me he puesto los músculos!”.

Soy el continuador de una saga de irredentos, por lo que parece. Pero tal vez la señal que temía llegó este sábado. Ahora juego las medias horas finales de los partidos, un periodo indeciso en el que puede estar todo hecho o todo por hacer. Durante los 50 minutos anteriores aguardo en la banda, armado hasta los dientes, con las medias a la rodilla, el protector en la boca y la chichonera calzada en la cabeza. Después, a la hora de salir, me quito la chichonera porque me parece que hay algo pusilánime, impropio, en protegerme la cabeza después de tantos años jugando a cerebro descubierto. Cuando se aproxima el descanso me marcho a corretear por el fondo del campo y empiezo a prepararme para lo que venga. Ahora que anda por ahí la máquina de entrenar melés he encontrado una notable diversión arrojándome cabeza abajo contra sus felices almohadillas. Lo hice el sábado, a modo de calentamiento individual, y fue un reencuentro emotivo, porque uno ha pasado atardeceres muy hermosos retozando con esa máquina por las praderas del Seminario, llevándola de acá para allá, de lado a lado del campo, entre bufidos, pedorretas, expectoraciones, gruñidos y gargajos, todo manifestaciones de un mutuo amor entre el hombre y la bestia. Moverla jaleado por los compañeros es como sacar en procesión a un Cristo del que se es devoto: una experiencia religiosa. Puro erotismo trascendental. Sexo deportivo. Si un jugador de rugby se hace alguna vez director de cine porno (lo cual no está lejos de ocurrir) la escena en la que un ejercito de doncellas atenienses son violentadas por 300 espartanos sobre una máquina de entrenar melés pasará a ser un clásico del género.

La máquina de entrenar melés es el mejor amigo de un primera línea, si exceptuamos a otro primera línea. Los dos (las máquinas y los primeras líneas) presentan muchas similitudes: ambos son artilugios primarios, de robusta sencillez y muy concreta fiabilidad. Sirven para lo que sirven y eso lo hacen bien, con simplificado orgullo. No le puedes pedir a un primera línea que dirija a un equipo ni a una máquina de entrenar melés que te lleve a Barcelona. Tan parecidos son que, en ciertas ocasiones, uno puede confundirlos: a un primera línea le pones un impermeable rojo y es igualito a una máquina tapada con la lona para que no se oxide. No estoy exagerando. De hecho, hay primeras líneas con menos sentido común que una  máquina de entrenar melés; no es extraño verles abrazados a ella, hablándole a las espumas recubiertas de lona contra las que se enfrentan. Uno puede confiar en una máquina de entrenar melés: sabe guardar los secretos, aguanta los empujones, permite que le babees las aristas y tiene más o menos la misma agilidad que nosotros. Para un primera línea, el entrenamiento con su máquina es suficiente: empentar, empentar, empentar, hacer papilla los hombros, agacharse un poco más, siempre un poco más, contracturar todo los músculos del cuello y sus inserciones, y si acaso de cuando en cuando completar una serie de flexiones y otra de abominables, con el fin de relajar o hacerles compañía a los muchachos de la línea. Correr no es importante. La resistencia se gana empujando, eso lo sabe cualquier hombre a partir de la pubertad. De la velocidad ni hablamos: no conviene echar una carrera hasta la línea de 22 contra la máquina de entrenar melés, porque podría ganarnos. A los primeros líneas nos incomoda el exhibicionismo atlético. Y las máquinas de entrenar melés se quedan frías si las embiste alguien de menos de cien kilos.

Con nosotros a su lado, las máquinas de entrenar melés se sienten queridas y apreciadas en su justa medida. Nos saben iguales a ellas: un capricho de la ingeniería. De hecho, en las primeras líneas se han observado homínidos que asombrarían a la Ciencia y se pueden considerar auténticas maravillas de la evolución. Durante algún tiempo tuvimos en nuestro equipo a un primera línea rumano de al menos 160 kilos, de los que no menos de 35 serían cabeza. Hasta que no aprendió sus primeras palabras en español algunos no tuvimos claro que no estuviéramos alineando a un buey. Cuando le preguntábamos, nuestro astuto presidente se encogía de hombros y por toda explicación agitaba el documento con el transfer internacional. El tipo podía ser un rumiante, venía a decirnos, pero no un indocumentado. Por suerte, en la plantilla tenemos varios estudiantes de Veterinaria y les bastó observar (muy de reojo y con sumo cuidado) los órganos reproductores del especimen para concluir que al menos un Hereford no era. Momento en que el entrenador maldijo su escasa fortuna, porque ya se frotaba las manos pensando en explotarlo como semental en su granja. No falta quien sostiene que lo intentó, de todos modos. Observado de cerca, el muchacho tenía un corazón muy humano, formación en Teología, una amante enamorada que le guardaba la ausencia y la dignidad intacta en la distancia del exilio. Aun así, temíamos seriamente que se nos lesionara de gravedad. Primero porque en los partidos uno podía entregarle la pelota sabiendo que avanzaría docena y media de metros con varios saltimbanquis del equipo contrario colgados del cuello. Segundo, y sobre todo, porque si se rompía alguna articulación y quedaba inservible, nadie estaba seguro de dónde había instalado el Ayuntamiento el Punto Limpio más próximo. Ni cómo trasladarlo hasta allí.

A lo que iba: el hombre y la máquina… El caso es que, después de una buena serie colisiones contra el animal de hierro y espuma, me sentí preparado para acometer la media hora precisa de juego. Sintiéndome cálido y maleable, me dije: es hora de estirar para que esos músculos cuyos nombres ignoramos se presenten bien lozanos en la pasarela del campo. Hay un prestigio que defender.  Y, sentado sobre mis talones, en actitud de meditación trascendental, tensé los muslos y otras zonas blandas para retirarles varios años de encima. Cuando ya empezaba a sentirme joven, capaz de mezclarme entre los adolescentes que anticipan el relevo generacional, listo para enfrentar la caza del veterano que cualquier equipo desea practicar cuando tiene muy visto a un tipo concreto del rival, justo en ese momento en el que verdaderamente quería parecerme que nada había cambiado, que yo seguía siendo el mismo de las últimas dos décadas, que jamás estuve mejor, ni más en forma, y que en verdad soy un-talonador-de-mediana-edad-en-el-mejor-momento-de-su-vida, un Peter Pan del oval, un Connor McCleod del rugby… justo entonces pasó a mi lado un chavalín, me miró y, sin detenerse un momento, me preguntó: “Oiga, ¿usted no juega?”. Y mientras yo caía muerto sobre el césped, él se fue caminando hacia el otro lado del campo.





Cuando los días

22 10 2009

Descubro que, en la wikipedia, colaboradores anónimos han construido un inventario de los días, un abigarrado dietario tan preciso que aborrece cualquier matiz. Cada día es un día en la perspectiva individual de los hombres, de cada individuo. Yo podría contar mi día, inventariar la derrota en un partido jugado en inferioridad, construir otro Somniloquio y no éste. Cada cual podría hacer lo mismo. Pero cada día, como sostiene esa bitácora que observa el tiempo, cada día es apenas un día, sin más anotaciones. Sin nombres ni apellidos. A los días no les importa el cuerpo enfermo de dos hermanas, la maldición solitaria de la tercera, ni mi llanto en el paseo, ni la flauta que corta transversalmente los soportales. Las onomásticas, las noticias históricas o el santoral que decoran cada entrada de los días según la enciclopedia libre tienen, de igual forma, un peso escaso. El de las meras anécdotas.  

“El 21 de octubre es el ducentésimo nonagésimo cuarto (294º) día del año del Calendario Gregoriano y número 295 en los años bisiestos. Quedan 71 días para finalizar el año”.

“El 22 de octubre es el bicentésimo nonagésimo quinto (295º) día del año del Calendario Gregoriano y número 296 en los años bisiestos. Quedan 70 días para finalizar el año”.

“El 23 de octubre es el día 296.º (bicentésimo nonagésimo sexto) del año del calendario gregoriano y el número 297 en los años bisiestos. Quedan 69 días para finalizar el año”.

Y así sucesiva e interminablemente. Sobre el margen derecho, un cuadrito con el calendario permite elegir cualquier día de cualquier mes (de cualquier año: es decir, de ningún año); y fatigar el almanaque infinito de ésta, otras y todas las vidas, cuya sustancia diaria consistirá exactamente en lo mismo: un ordinal que revela un orden sucesorio repetido, constante, invariable; y que posibilita el único rasgo de estilo distintivo del amanuense anónimo que registró tal jornada. Ducentésimo o bicentésimo. Me gusta, mucho, la frase que concluye la anotación con una falsa cuenta atrás, destinada a recomenzar: “Quedan 71 días para finalizar el año”; “Quedan 70 días para finalizar el año”; “Quedan 69 días para finalizar el año”.

No había imaginado que una enciclopedia pudiera precisar de ese modo la sustancia etérea de los días, que aquí tratamos de vindicar con superfluas anotaciones que languidecen. No hay nada que escribir en octubre. Tal vez porque yo me desanudo de los días poco a poco, los autorizo a alejarse de mí o a mí de ellos, para que no me toquen demasiado, para que no me convoquen a reunión alguna, ni me exijan responsabilidades, ni razones ni preguntas. Ni somniloquios. Los adelgazo de un sentido o de la búsqueda o el anhelo de un sentido; los despojo de la ropa y de las tardes como otoños; camino por encima de sus aguas y me apoyo tan poco que ya ni siquiera corro el peligro de hundirme. Corto lazos, inflo las velas con música, resbalo en crepúsculos anaranjados. Como melocotones amarillos con cuchillos negros. Creo que me dispongo para cuando los días ya no importen, no sean nada, apenas el ordinal de una serie; para cuando no quede ni una sola cosa que me amarre a sus orillas, y entonces pueda prescindir de los días y tampoco a los días les importe yo, y podamos despedirnos sin una sola mirada, ni un mínimo reproche, de buena fe, desearnos lo mejor en silencio, para los días y para mí, y entregarme a la última, larga deriva de una existencia sin fronteras ni puntos cardinales. El exilio, el exilio. Sin nostalgia. Sin un recuerdo que me proclame. Ni huella que seguir. Tal vez me acompañen un perro o una sombra, pero ninguno de los dos será mío. Tal vez un libro o no. Tal vez la desapasionada lectura de los días será el frugal alimento de mi espíritu y la única poesía que recitaré, porque las demás me entristecen. Sólo irme poco a poco, como en una expedición al horizonte, como un bote que se aleja.