Peter Fonda (1940-2019)

20 08 2019

Waitress: You’re stoned out of your mind, aren’t you? Oh man…. What’s the matter with you guys, isn’t the real world good enough for you, love freak?

[Este verano he visto por primera vez Easy Rider, justo a tiempo porque hace unos días se acaba de morir Peter Fonda, uno de sus dos protagonistas. El otro era, claro, Dennis Hopper; y el triángulo lo completaba Jack Nicholson, el abogado contracultural que pasa más tiempo en el calabozo que sus propios clientes y que acaba por subirse a la moto de Hopper para enfilar camino a New Orleans y el Mardi Grass, que es el destino final -en el más amplio sentido del término- de los tres motoristas hippies: Wyatt, Billy y George Hanson. Este último, el personaje de Nicholson, no llegará lejos, pero antes protagoniza el monólogo más célebre de la película, una brillante digresión sobre la libertad individual y sus disfraces; y, de forma implícita, sobre la intolerancia que procede del miedo.

“No te tienen miedo a ti… tienen miedo de lo que representas para ellos”, le dice Hanson a Billy cuando éste se queja de que no pueden siquiera permanecer en un motel, porque los habitantes del pueblo los han amenazado con echarles a palos y han acabado durmiendo en el bosque, alrededor de una hoguera, fumando hierba (que por otro lado es lo que hacen toda la película). La postrera lucidez del borrachín Hanson ilumina la noche y, desde luego, la película, como si estuviera ahí para que todo lo que ocurre durante el filme, que no es mucho pero sí altamente expresivo, adquiera su pleno significado. “Lo único que representamos para ellos es a alguien que necesita un corte de pelo”, trata de razonar el personaje de Hopper, un tipo suspicaz, que habla todo el tiempo con frases que parecen quedar a medias, licuadas por la marihuana o a punto de una ingenua incoherencia. Le replica Hanson: “No, no… lo que representas para ellos es la libertad. Y una cosa es hablar de la libertad y otra muy distinta ser libre. Quiero decir, es muy complicado ser libre cuando no eres más que una mercancía que se compra y se vende en el mercado. Pero no les digas a esos tipos -remata Nicholson- que ellos no son libres. Porque son capaces de matar y mutilar para demostrarte que lo son. Es así: se pasan el tiempo hablando y hablando y hablando de la libertad. Pero cuando ven a alguien de verdad libre… entonces se asustan”.

Estos días los periódicos han hablado mucho de Peter Fonda y de Easy Rider. Por supuesto, también de The Wild Angels (aquí traducida como Los Ángeles del Infierno), otra de las actuaciones capitales de Fonda (hijo de Henry, hermano de Jane y padre de Bridget). Es en el tramo final de The Wild Angels donde Fonda protagoniza otro de los hitos discursivos de la contracultura en el cine de los años 60, durante el funeral de un ‘ángel caído’ ante cuyo ataúd, envuelto en una bandera con la esvástica, debate con el predicador sobre la noción de Dios y la noción de la libertad. Antes de anunciar que lo que quieren es ser libres para hacer lo que les dé la gana, para montar sus motos sin que nadie los moleste, ponerse hasta las cejas (aullidos aprobatorios) y pasarlo bien. “Y eso es lo que vamos a hacer. Montar una fiesta”. Angelitos.

Para los melómanos alternativos, el discurso de Peter Fonda remite de manera inevitable al disco Screamadelica, de Primal Scream, y el hipnótico sampleado que montaron en su tema Loaded. Más curioso es que también hicieron lo mismo Mudhoney, una de las bandas que iniciaron en Seattle el movimiento grunge, tendencia que tanto me dio de lado en aquellos días. Contra el hedonismo ácido que propugnaban Primal Scream, la lectura de Mudhoney en In and Out of Grace exhibe mucha más crudeza, lo que seguramente encaja mejor en la línea del tipo de fiesta que se acaban corriendo Heavenly Blues (el sobrenombre del personaje de Peter Fonda), su novia Mike Monkey (Nancy Sinatra) y Gaysh, interpretada por Diane Ladd, la esposa entonces de Bruce Dern (Joe ‘loser’ Kearns, que es el difunto de la esvástica). Todos actores capitales en ese cine contracultura del que Peter Fonda fue campeón, de la mano de, entre otros, el ‘rey de las películas de serie B’ Roger Corman.

Ha sido un verano muy de cine en casa en sesiones nocturnas, porque ya se sabe que uno elige destinos vacacionales de sol y playa pero, sobre todo, nos vamos de vacaciones a las películas y los libros. Así, el visionado de Easy Rider provocó un efecto dominó que me llevó a buscar otras películas ‘generacionales’: cambiando las ‘chopper ‘ por las Lambrettas en Quadrophenia y después por los interminables automóviles americanos en American Graffiti. La muerte de Peter Fonda -y un poco también el estreno de Érase una vez en Hollywood, la última de Tarantino-, me ha devuelto en estos últimos días a la contracultura y los sesenta, y a Roger Corman y algunas de sus películas: La pequeña tienda de los horrores, La matanza del día de San Valentín (que entronca, claro, con la serie documental de Ken Burns sobre la ley seca, titulada Prohibition, que también me entretiene estos días); y esa otra perla cultivada alrededor de Peter Fonda, Bruce Dern y Dennis Hopper, titulada The Trip (El viaje): en ella, Fonda protagoniza un iniciático recorrido alucinatorio por las autopistas ácidas de su cerebro, y la película consiste en un 90% en la arriesgada representación visual del ‘viaje’ de LSD que hizo Roger Corman antes de rodarla: colores y formas kaleidoscópicos, ensoñaciones flasheadas, voluptuosidad psicodélica, música sexual, laberintos oníricos de los que el personaje quiere escapar, obsesivas figuras amenazantes. Y, de nuevo, Bruce Dern como ‘guía espiritual’ (y eso que el actor confesó que nunca había tomado ácido y tuvo que pedir referencias para incorporar a su papel); y, de nuevo, un Dennis Hopper que parece medio lerdo. ¿Y quién escribió la película mano a mano con Corman? Pues Jack Nicholson, claro… Otra de las ‘musas’ del director. Por momentos, The Trip parece tender a la caricatura: la escena de la lavandería o el monólogo imposiblemente shakesperiano con la naranja no pueden sino ser una broma autoconsciente que acaba siendo divertida. Pero esa sensación de ingenuas trascendencias e imposturas vacuas también son los años 60, cuyos excesos formales han envejecido regular y enmascaran la tremenda y perdurable (r)evolución social y cultural que supusieron. Peter Fonda, entre otros, le puso su cara, inexpresiva en muchas ocasiones detrás de esos anteojos tan kitsch con los que se solía vestir (y que uno quiere envidiar, a menudo). Y dando vida con sus sutiles interpretaciones a personajes que, por lo general, hablaban poco… pero decían mucho].

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Magnificent desolation

9 08 2019

“Me acordé de que Chesterton decía que había una cosa que daba esplendor a cuanto existía, y era la ilusión de encontrar algo a la vuelta de la esquina. Tal vez era ese deseo de que hubiera algo más lo que nos llevaba a buscar lo nuevo, a creer que existía algo que pudiera todavía ser distinto, no visto, especial, algo diferente a la vuelta de la esquina más inesperada; por eso, algunos nos habíamos pasado toda la vida queriendo ser vanguardistas, pues era nuestra forma de creer que en el mundo, o tal vez más allá de él, más allá del pobre mundo, podía haber algo nunca visto”.


Kassel no invita a la lógica, de Enrique Vila-Matas.

Esta noche me han despertado otra vez los perros. Han regresado, con su conversación atemorizada, a quebrar la noche y de nuevo me han obligado a pensar en que debería escribir aquella historia que una vez imaginé con torpeza, un cuento temeroso en el que los perros me acechaban en las largas madrugadas solitarias. Yo había permanecido aquí, apartado en este silencio de frutales y sombras libidinosas, de risas lejanas que se irían apagando, después de que todos se marcharan de vuelta a la vida. Y cuando digo “de vuelta a la vida” quiero decir exactamente eso: se iban de vuelta a la vida, mientras yo me encerraba en esta casa y deambulaba por los salones ensombrecidos y las habitaciones vacías, pensando en que ese abandono me ayudaría a escribir quién sabe qué, si nunca escribí realmente nada. La verdad es que yo me quedaba atrás, solo, acechado por los perros, para vivir o pensar que vivía esa parte de la existencia que habría de ser, en mi estúpido ideal, la verdadera existencia. También sabía que el pretexto de permanecer, de entregar las llaves del coche para que los demás regresaran -“aquí no me hará falta, puedo ir caminando a todos los lados y si algo me va a sobrar es tiempo”-, no engañaba a nadie. Pero que me admitían la deserción, tal vez debiera decir la huida, por puro desinterés o, peor aún, por lástima. Yo aseguraba en mi pensamiento que emergería luminoso de los próximos meses, pero en el fondo sospechaba que aquella prolongación imposible del tiempo detenido que siempre ansío apenas ocultaba otra cosa que la decadencia, sin otro final posible que el único final posible: el “tenebroso sendero” que aguarda a los vivos más allá de todas las maravillas de la vida, de todo lo nuevo, los amables colores y “el invencible verano”.

Al caer el sol todo cambiaba. La mínima playa de guijarros a la que daba el porche trasero, y en la que yo gastaba las tardes leyendo y pensando lo que escribiría, de pronto esa playa se tornaba ominosa. Y el rumor insistente de las olas formaba parte de una conspiración para hacer que me durmiera -dormir sería tanto como entregarme-, mientras veía criaturas sin forma arrastrarse desde el agua, y su avance alargaba sobre el piso una sombra húmeda como un paño de sangre, hasta el pie de las escaleras que daban acceso a la casa. He escuchado de nuevo esta noche a los perros y su atroz aullido que me sabotea el descanso, y he regresado sin querer a aquellas vigilias terroríficas, el sonido de los pasos arrastrados que, en medio del silencio, percibía con toda claridad desde mi cama. Convencido de que sonaban afuera, alguna vez me atreví a gatear hasta la ventana para mirar, apartadas apenas las cortinas para no ser visto… pero era yo el que no veía nada. Ni siquiera una intuición de la forma y el movimiento de ese alguien, o ese algo, que oía deambular, invisible a mis ojos. Otras veces, muchas veces en realidad, habría jurado que sus pies se arrastraban ya en el interior de la casa, por el enorme salón envejecido, o en las baldosas que daban acceso a mi propia habitación. Todas esas noches he pugnado para no dormir y que así no me devorase el mar ni la marabunta de hormigas.

Esta noche, mientras los perros enredaban sus ladridos en la oscuridad de los campos, he vuelto a imaginar el sonido de su trote ávido en el camino que da acceso a la finca. Y luego, el tintineo de las atroces pezuñas afiladas sobre los azulejos, un repiqueteo al otro lado de la puerta y la exhalación de sus hocicos en el hueco de abajo. Pugnan por entrar o por advertirme que entrarán. Cada noche, su visita insomne aproximaría la escena al final: el momento en que aprendieran, porque aprenderían, un camino al interior de la casa, y el recorrido hasta alcanzarme, que harían despacio y saboreando la victoria con fauces babeantes, porque yo no podría escapar. “Aquí no me hará falta, puedo ir caminando a todos los lados y si algo no me va a faltar es tiempo”, murmuraría yo entonces, buscando en aquella última conversación un pliegue que me diese alguna esperanza -la esperanza de que nada de todo esto era verdad-. Pero lo era. Y entonces, con ellos ya a la puerta, me decía que correr, cualquiera lo sabría si hubiera resuelto quedarse en esa casa, correr resultaría inútil. Tan inútil como haber tratado de huir, quedándome cuando todos se fueron.

Por la mañana, al despertar, he vuelto a pensar en los perros y he visto a un Perro Fantasma. Y me he convencido de nuevo, vitalista, de que a veces ocurren milagros repentinos. De pronto se abre en la realidad absurda una puerta luminosa, reveladora, a través de la cual yo veo todo claro, nítido y hermoso. Si me asomo, incluso me veo a mí mismo, desde fuera, e inexplicablemente me gusta lo que veo. Me gusta el descubrimiento de lo nuevo, que en realidad no es nuevo pero está ahí, a la vuelta de cualquier esquina, aguardando el instante de su revelación. Es un momento y es fugaz. Ocurre en una línea inesperada de un libro; tal vez en la imagen de dos personas ancianas que cruzan ante mí de la mano, envueltas en un amor indecible y desesperado; y entonces esa visión se ensambla con la canción que está sonando, como en las historias en las que alguien, de pronto, completa la última incógnita de un enigma, y se abre la puerta de la salvación o de los tesoros. Tanto da. En ese instante en el que la canción se vuelve distinta, el momento en el que comprendes todo, incluso los idiomas desconocidos, todas las respuestas a las preguntas que jamás hice. “Puede que nunca sea / todas las cosas que quise ser / Pero ya no es el momento de lamentarse / es la hora de preguntarse por qué”. Y todo cambia de significado. O lo adquiere de manera imprevista.

Algo nuevo y quieres vivir para siempre. En esta casa en la que la vida queda suspendida, inerte y feliz. Y por las tardes penetrarte. Y por las noches, hacerlo otra vez. Atrapar todo eso y dejarlo colgado en el aire, clavado en la pared del tiempo con una aguja. Perseguir la vida y aferrarme a ella con toda la fuerza, para que no se me escape, para poder volver siempre a ese lugar, a todos los momentos que he sido. Tratar de encontrar mi hogar “en algún punto del desplazamiento mismo”.

El lugar en el que me dejarás, cualquiera de estas tardes, cuando decida quedarme solo en esta magnífica desolación, en las llanuras de la luna. A merced de los perros, las habitaciones heladas y los cajones sin ropa.