Diario no diario (XII)

5 04 2021

Sábado

“He understands why people want to move on, but not when they don’t seem to see beyond their own situations. “When I hear people say they can’t wait for lockdown to end, I think, where’s the bit that says, ‘I can’t wait for people to stop dying”.

“[Él] Entiende que la gente quiera dejar esto atrás, pero no cuando se comportan como si no fueran capaces de ver más allá de sus propias circunstancias. “Cuando oigo a la gente decir que no ven la hora de que se termine el confinamiento, me pregunto… ¿dónde ha quedado esa parte que dice: ‘No veo la hora de que dejen de morir personas?”.

Leído en The Guardian

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Grieving in a hidden limbo.

Morir solo, llorar solo.

Y el duelo en un limbo oculto.

Deliberadamente oculto.

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Es importante partir de lo siguiente: ¿queremos ser serios y autocríticos? Porque hay periodistas que han reivindicado que lo sensato era quedarse en su casa durante la pandemia, lo que me parece increíble en una sociedad democrática: si hay una guerra, un maremoto o un huracán, se cubre desde el lugar de los hechos, no desde el sofá de casa; no puedes dedicarte a reportear llamando por teléfono, y luego, pasarte la tarde buscando el adjetivo más bonito para la crónica. Los periodistas tenían que salir a la calle; evidentemente, de manera ordenada, con medidas de seguridad y protección. Pero no puedo entender que algunos reporteros hayan escrito desde sus casas”.

Gervasio Sánchez en El Plural

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Martes

Hace ya más de un año que escribí la primera entrada de este diario. Aún no era siquiera un diario, no al menos bajo el orden de los números y los días que le sirven ahora de epígrafe. Eso aún tardó algún tiempo, pero retrospectivamente me he dado cuenta de que el diario arrancó en un 21 de marzo en que salí al supermercado, protegido con guantes de silicona en las manos; no recuerdo si todavía con mascarilla, pero siempre con la profilaxis d ela música en los oídos: Strange, de Galaxie 500, que me sonaba muy ajustada a la novedosa extrañeza del escenario en aquellos días. Fue la primera vez que escribí sobre el fondo de “la fatalidad, del escándalo ahogado de la muerte invisible”. Sigo haciéndolo en mañanas silenciosas como esta, que siguen a las noches de ruidosas pesadillas.

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Domingo

De frente venía J. L., caminando muy erguido sobre sus zapatos castellanos. El sol de principios de marzo inundaba la calle con generosidad y acentuaba el extravagante aspecto que le conferían la mascarilla y unos guantes blancos. No puedo negar que al verlo sentí una punzada de ironía frente al escrúpulo exagerado. No quedaban muchos días para constatar que J. L. venía del futuro, un futuro al que los demás íbamos a llegar muy poquito más tarde.

Su altivez involuntaria, cuya finura no me atreví a quebrar con un saludo, fue la primera imagen cierta que tuve de la pandemia.

“No es necesario que la población use mascarillas (…). No tiene ningún sentido que la población ahora mismo esté preocupada por si tiene o no mascarillas en casa”.

Aquellos felices días de negacionismo de la OMS y sus altavoces, los expertos científicos, la comunidad internacional y el doctor Simón. Aquellos días en que había que lavar la fruta con lejía, dejar los zapatos en la entrada de casa, desinfectar la ropa y lavarla después de cada salida.

No cumplo ningún perfil conspiranoico pero de algún modo intuí que de aquellas palabras habría que creerse lo justo. O aún menos. Ya no escuché más y no he vuelto a hacerlo en todo este tiempo. Uno no tenía ninguna evidencia científica. Sólo la precaución de no confiar en quien de ningún modo suena confiable. Enseguida busqué y compré mascarillas FFP2 en China, para mí y para los próximos, y guantes de silicona en un proveedor médico. Pagué un precio desproporcionado, pero valía la pena. No tardaron en llegar. Lo hicieron mucho antes, muchísimo antes de que quienes nos dirigen, quienes gestionan (aún hoy, de manera fascinante) nos obligaran a ponernos las mascarillas. Mucho antes de que nos empujaran al futuro del que yo había visto llegar, como un pliegue anticipado del tiempo, a mi amigo el escrupuloso J. L.

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Jueves

Calendario.

Me deshago de sueños en abril. Olvido de dolor en mayo. En junio siento que aún puedo renacer. Julio me conocerá de nuevo invencible. Lamentaré los finales en agosto y el llanto me tienta a desistir en septiembre. Octubre anuncia la extensa oscuridad. En noviembre buscaré palabras que me salven. Cuando llegue diciembre habrá que ignorar el tiempo y atravesaremos enero convertidos en sombra. No, no existe febrero. Y en marzo miraremos atrás, mientras escapamos corriendo hacia la promesa de los días soleados, primavera adelante.

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Sábado

La primera víctima siempre es la verdad.

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Lunes

Anoche, de madrugada, descendí por fin de la montaña de mil páginas.

Un lugar inscrito en un tiempo invisible en los relojes.

En la llanura me aguarda siempre cierta la batalla.

[…]





Diario no diario (XI)

21 03 2021

Viernes

“He (Tom Petty) was a young master of the confiding moment. That’s the moment in a song when the words disappear, and the song becomes a conversation, a confession of truth spoken between friends”.

“(Tom Petty) Fue un joven maestro del momento confesional. Ese momento en el que la letra desaparece y la canción se convierte en un diálogo, la confesión expresa de la verdad entre dos amigos”.

Notas en el recopilatorio The best of everything (1976-2016)

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Sábado

En casa de mamá, refugiado en esta tarde de viento helado. De espaldas a todo.

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Recorro los estantes con los libros que aún estoy por llevarme de este piso. Varias colecciones. Leo los títulos, ordenados en vertical, y me detengo en El oficio de vivir, de Cesare Pavese. Mi predilección por los diarios.

Anoto el deseo de leerlo y saco otro de la fila.

Tiempo de silencio.

Hojeo las páginas iniciales del libro de Martín Santos y recuerdo la primera vez que leí la palabra cobaya, cuando esta novela formaba parte de las lecturas obligadas creo que de séptimo curso, pero no puedo estar seguro.

Nunca leí La Celestina, ni El libro de Buen Amor, ni el Cantar de Mío Cid, pero recuerdo la lectura de pasajes de todas esas obras en clase y me sigue pareciendo absurdo. Como aquella traducción de La conjura de Catilina del latín.

Siempre me he acordado de que, de muy chicos, leímos Piotr, un libro del que no recuerdo nada más allá del nombre Para saber de qué iba, ahora tengo que mirarlo: “Piotr, un chico de catorce años, vive en una pequeña granja al sur de Moscú, con su padre Sergei Andreievich. La vida en la Rusia de los zares no es nada fácil para los pequeños agricultores, y tienen que trabajar duro para lograr algo que comer. A pesar de eso, Piotr y su padre viven felices hasta que un día… Sergei es deportado a Siberia, y Piotr emprende un largo y duro viaje a través de Rusia y Siberia para reunirse con su padre“.

Novela realista.

Aún siento cuánto me gustó entonces leer a Delibes. El camino. Una tristeza nostálgica que aún me alcanza. Las ratas. La aprensión en las descripciones.

Cuando conocí y entrevisté en Sevilla a Miguel Delibes hijo, tuve el ensueño de dialogar con Miguel Delibes padre. Tanto se parecían.

Nunca pude pasar de las dos o tres primeras hojas de Tiempo de silencio. De las primeras frases, cortas y cortadas a cuchillo. Esa escena en la que suena el teléfono y alguien reclama a Amador. Algo sobre las mitocondrias en un microscopio. Las cobayas. Un ratón blanco en la cubierta. Y para siempre me quedó la curiosidad de regresar a esta obra con ojos adultos, a ver si encontraba perdido entre sus líneas al muchacho que no entendió una palabra de nada.

Una tarde nos llevaron a la biblioteca del colegio, para animar nuestro gusto por la lectura. La mayoría elegimos libritos de Asterix, o tebeos de Ibáñez. Puede que alguno de Los Cinco o Los tres investigadores. El profesor se indignó mucho por nuestro criterio y puso en el cielo un grito que sonó bastante ridículo.

Pienso en las consideraciones de Mikkita Brokman en su ensayo Contra la lectura, cuando ataca los programas escolares, sostenidos en todos los países sobre obras canónicas de difícil comprensión e imposible atractivo para jóvenes escolares.

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Tantos libros aguardan que los lleve conmigo, como libros aguardo yo a que me lleven con ellos.

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Un día ya no habrá donde refugiarse en las tardes de viento.

Cuando hace frío y te pones de espaldas a todo.

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Jueves

El Pato se quedó con una pelota de fútbol que me había regalado mi padre. Una pelota de fútbol siempre fue mi anhelo infatigable, así que cada una de las que tuve fue como un mundo entero, o una edad. Algunas se murieron viejas y gastadas. Otras se las llevó el río, se perdieron de mi vista más allá de los puentes, después de perseguirlas, de acompañarlas desde la orilla, de verlas marcharse río abajo, subidas en la corriente, esperando que algún piragüista las recuperase en su travesía. Cuando me dicen que el río nunca tuvo demasiada agua en verano pienso en la cantidad de balones que perdí.

En el colegio viejo quedaban atrapadas en el tejadillo lateral del patio, que cubría la zona de baños. Cada tanto un hermano salía por el balcón frontal del edificio y alcanzaba esa zona medio inaccesible mientras nosotros, abajo, nos alineábamos impacientes, a la espera de la lluvia de balones rescatados. Cuando nos trasladamos al nuevo centro en las afueras, había que tener cuidado de no colgarlos de los balcones deshabitados del edificio que miraba sobre el colegio.

El día que aquel individuo me requisó la pelota de fútbol, lo hizo como si supiera que con eso me quitaba todo. Dijo que como castigo por haberla botado a la hora de montar las filas de reingreso a clase después del recreo. Yo sabía que no la había botado, pero dio igual. Teníamos diez años. Dijo que me la devolvería cuando hubiese cumplido el castigo, pero el castigo mismo consistía en el secuestro de la pelota. Así que sólo podía esperar.

Otro día me puso de pie a su lado en la pizarra, junto a la mesa desde la que daba clase. Creo que de Física, no lo recuerdo bien. Sí me acuerdo que lo miraba de reojo con temor. Cada vez que giraba un poco la cabeza, él me golpeaba en el cogote. Estuvimos así toda la hora.

Nunca volví a ver mi pelota.

Fue casi el único pasaje de animadversión, desde luego el único agresivo, que viví nunca en el colegio.

La única lección que aprendí fue a no soportar la injusticia deliberada y el exceso autoritario.

Resultó, como suele ocurrir, un aprendizaje inútil.

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Domingo

Las palabras aspiran a darle forma al futuro.

Pero serán los hechos los que lo definan.

Y todo lo que ya ocurrió volverá a suceder.

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Hay pocos lugares tan acogedores como la voz de Tom Petty, un domingo por la tarde.

[…]





Las niñas, la madre

8 03 2021

A primera hora de la tarde del domingo veo Las niñas, la premiada película de Pilar Palomero. Historia de atmósfera delicada, envuelta en una hermosa metáfora visual acerca del hallazgo de la voz propia en el paso de la niñez a la adolescencia. La primera parte de la narración me resulta algo lineal: una exposición de paradas muy reconocibles en el viaje del crecimiento. Pero esa probable incomodidad de lo ya visto tantas veces queda redimida por algunos valores notables: la sutil ambientación, la familiaridad de las referencias y la ternura agridulce con que Palomero revisa ese tipo de cuentas pendientes que todos tenemos con nuestra memoria. Por encima de todo, a Las niñas la elevan precisamente sus niñas: el encantador trabajo de las jovencísimas actrices, animadas a un eficaz ejercicio de espontaneidad que subraya el mérito de la directora y su equipo. Las niñas están deliciosas, de la primera a la última, aunque el guion nos las muestre como un coro; aunque las líneas de fuga de su individualidad o de las relaciones entre ellas apenas se apunten o queden deshilachadas por el camino. Por encima y por debajo del desigual trazo narrativo prevalece un sutil halo de incertidumbre, muy reconocible, encarnado en la naturalidad realista de las escenas y en la honda extrañeza de la mirada de la niña protagonista, Andrea Fandos.

Es en la segunda mitad del filme, cuando crece la perplejidad de su conflicto íntimo, cuando me parece que el guion (tenue como la luz de los interiores) equivoca el foco. La historia quiere contar la incoherencia entre la España moderna de esos primeros 90 y los corsés sociales que permanecían latentes. En este caso, en torno a las madres solas. Creo que la eficacia de la narración se resiente porque la película necesitaba subrayar, mostrar el punto de vista de la madre. Al menos, haberlo emparejado, complementado o contrapuesto al de su hija, para que recorrieran juntas su camino de aprendizaje y resistencia común. Se ha insistido mucho en el relato de las inquietudes del tránsito a la edad adulta. Pero hay en la vida un paso mucho más complejo, que aquí siento que debió completar el cuadro: el de la maternidad/paternidad, inmensidad emocional a la que uno se ve abocado sin coordenadas seguras; un territorio en el que confluyen el mayor grado de responsabilidad, las más sombrías inseguridades y los temores más siniestros a los que una persona se enfrenta a lo largo de su existencia. Pese a encarnar el centro de esa tensión, la madre de Las niñas se muestra apenas como un frontón receptor de los temores post infantiles. Pero nada sabemos de cómo los gestiona, ni de sus propios miedos, de sus anhelos, de su conciencia, de su múltiple batalla interior contra el rechazo, el abandono, la frustración y la soledad. Nada sabemos del material oscuro del que proceden las contestaciones de rompeolas con las que se defiende del creciente extravío de su hija.

Ignoro si las niñas de doce años de los primeros noventa escuchaban a Héroes del Silencio, Más Birras o Los Niños del Brasil. O si lo hacía Pilar Palomero. Entiendo que hay ahí una licencia, un guiño generacional que no puede molestarme. Me gusta, por supuesto, el subrayado de la música como contrapunto aperturista (incluso con el cierre de El aborto de la gallina, de Manolo Kabezabolo). Con esos y otros materiales, por fortuna, generamos un mundo propio, aislado de la miseria o la grandeza incomprensible del universo que nos rodea. Después se produce una quiebra cuando nos encaramos con él. Y al crecer, podemos ajustar cuentas. Y hasta ser ventajistas. En realidad, este proceso compone un ciclo que se repite en muy diferentes momentos a lo largo de los años. La esencia de las respuestas es la misma. A menudo incurrimos en una cierta injusticia que tal vez sea necesaria, pero que debemos matizar: cuando miremos atrás siempre nos veremos menos modernos, coherentes, rompedores y auténticos de lo que nos pensábamos en el momento. También cuando desde el futuro miremos a este ahora. Si en alguna ocasión tuvimos la tentación de pensarnos especiales, distintos o definitivos, el tiempo nos enseñó la verdad. Hay que estar dispuesto a aprenderla. Ninguna generación ha sido, es ni será mejor que las anteriores. Ni las precedentes mejores que las de ahora.

En una escena, las niñas de Pilar Palomero saltan en las camas elásticas del parque Pignatelli, en Zaragoza. Una reconstrucción de la memoria de la directora, quien lo frecuentaría en algún momento de su niñez en los años 80. A ese mismo rincón íbamos también nosotros, como niños, de la mano de mi abuelo, en la ciudad perdida de los 70. Y a ese lugar vamos ahora, como padres, en estos domingos pandémicos en que la primavera asoma de nuevo sus promesas. Somos la consecuencia del tiempo. Y del tiempo suspendemos lo que somos.





Diario no diario (X)

12 02 2021

Martes

A menudo hago anotaciones fugaces en este diario. Mientras trabajo, o cuando paseo. O como ahora, de visita a mamá: ella mira La última cacería, la película de Richard Brooks con Robert Taylor y Stewart Granger; yo merodeo por este precipitado sin orden de los días. Aquí desembocan los instantes que se mezclan con la voz en mi cabeza, la voz de el otro: un relator incansable que me cuenta lo que estoy viendo y pretende ufano que los días siempre contengan una tentativa de narración. Si le doy la razón, debo fiarme de la memoria -que no se desvanecerá la frase en la que le doy forma-, o venir enseguida aquí y ensayar una primera aproximación sobre la que más tarde habré de regresar. Work in progress.

Hay escritores y aspirantes a escritores que anotan sus ideas en una libretita, que jamás abandonan. Como si hubiera de cumplir un guion, un arquetipo, a lo largo de los años yo también he comprado algunas moleskines en las que de forma inútil planeé escribir ideas, breves descripciones, acaso borradores de relatos. Casi nunca anoté nada. He sido también un bartleby del cuadernito.

La otra tarde pasé por el café en el que mantuve la primera entrevista de las muchas que acabarían dando forma a Bienvenido, mister Loach. Era un domingo a mediodía y para la cita llevé una de esas libretas compradas con pretensión literaria. Una de tapas negras y hojitas color crema. Mi interlocutor, M., había estado presente en el rodaje en su condición de médico del pueblo; de su memoria tomé varios apuntes que abrieron caminos, que después se volverían avenidas y luego un mar y más tarde un inmenso océano de datos, anécdotas, recuerdos y suposiciones. En la última mudanza recuperé la libreta de su ostracismo y repasé las notas que tomé en aquel local soleado, por cuyas ventanas el invierno entraba hecho una primavera. Ya no volví a usarla más y después todas mis anotaciones para el libro se acumularon desordenadas en folios sueltos, de líneas que se cruzaban en todas las direcciones. Me recuerdo bien, rodeado de aquella inmensidad, pensando cómo iba a domesticarla en la forma de un relato estructurado. A menudo ni siquiera entendía mi propia letra. Añoro mi mejor ortografía y envidio la ajena: con los años, cada vez he escrito menos y peor. Pero lo logré, de algún modo. Y siempre celebro esa conveniente habilidad del oficio de periodista.

Por contra, estos breves apuntes digitales se parecen menos a una pretensión de obra perdurable que a los mínimos asientos numéricos de un tenedor de libros, como los del senhor Soares de Pessoa. Mi desasosiego, que no va a ningún lado, compone un recuento sin formas ni intención cierta. Escribo de frente a la vida, con las ventanas abiertas, y libero de inmediato lo que cuento en lugar de guardarlo en un cajón, un gesto que aspiraría a la inútil trascendencia. Cada pocos días, sin orden ni frecuencia, dejo que cualquiera se asome a estas minucias de mi intimidad. Mi cuenta de pérdidas y ganancias de cada día.

Mientras por afuera pasan los aviones.

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Jueves

Ya he reconstruido mi pequeño paraíso borgiano. Una librería blanca, de lado a lado de una pared de cuatro metros, del suelo al techo. A veces cumplo viejas aspiraciones como esta: disponer una enorme librería y delante de ella, un par de sillones que inviten a la lectura. Ando creando espacios en mi mente. Como si hubiera tallado un retablo monumental, a menudo me paro frente a ella y la miro. No es tanto orgullo como una preferencia estética: pocas cosas me parecen más hermosas que un muro forrado de libros, incluso este mío, que juzgo modesto para lo que yo desearía. Nada me procura la tibieza acogedora de una biblioteca. Podría quedarme a vivir en tu librería. Este es mi paisaje favorito, tal vez incluso mi lugar preferido del mundo o donde me siento más en casa. Adoro las fotos de inmensas bibliotecas y, en general, los lugares repletos de libros: esas imágenes de las estancias de los escritores, que rebosan literatura; libros que colonizan todos los espacios; libros de pie, libros acostados, libros que se inclinan y conforman torres inciertas, rascacielos de páginas, pasadizos y felices montoneras de títulos en glorioso marasmo.

La invasión salvaje de la palabra escrita.

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Viernes

Va a hacer un año ya desde que el coronavirus quebró el tiempo y armó una barricada de muerte al paso de los días. Nos dijeron que ésta era nuestra guerra. No lo creo. Siempre he pensado que nos equivocábamos al pensar que la Historia había terminado. Que un día volverán las batallas, la destrucción y la barbarie. La de verdad, no la metafórica. También sospecho que avanzamos cada vez más deprisa, y más agitados, hacia ese destino… Cuando lo digo, me recomiendan que deje de ver telediarios. Resulta irónico, porque hace años que no miro ninguno.

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Sábado

Los ataques violentos entre perros, ¿son terrorismo o casos aislados?

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Domingo

Quienes sobrevivan contarán cómo fue este tiempo tan absurdo, tan inexplicable. Y al tiempo, tan despiadadamente natural. B. ha reabierto su bar tras varios meses de incierta recuperación. F. y su familia llevan más de 15 días encerrados en su casa, doblados por el contagio, con síntomas más molestos que graves. Dolor, cansancio y, aún más, el miedo a que empeore todo. Pasan consulta por teléfono: una mera descripción de las afecciones diarias, algún fármaco cotidiano y un poco tranquilizador bueno, que siga así todo y hablamos en otros cuatro o cinco días. Cumplidos los días de aislamiento y mitigados los síntomas, uno esperaría la confirmación de que el virus ha sido vencido. Pero lo único que obtienes es una suposición: si remitieron los síntomas, puede que se haya pasado. El protocolo no incluye una prueba adicional que ratifique si ya pasó o no pasó.

¿Y cómo puedo saber si estos 10 días de aislamiento han sido suficientes y estoy limpio para regresar a la actividad habitual o al contacto con otras personas?

Bueno, es lo que dice el protocolo.

Y si quiere, usted puede salir a la calle, subido en el pedestal del protocolo, que viene a ser como la capa de Superman.

Cada vez nos entran más pacientes de treintaipocos en la UCI, me cuenta M.

No más de dos o tres casos en España, aventuró Simón. Hace ya casi un año.

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Lunes

Creo que estoy en la tercera ola anual de melancolía.

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Miércoles

A sidekick le duele estos días la pierna. Se queja mientras caminamos de vuelta a casa, porque según él vamos demasiado deprisa. Y a él le duele la pierna. Le pregunto si durante las dos horas en que ha estado corriendo y jugando en el llamado multideporte no le ha dolido. Me mira con suficiencia y me explica:

Claro que no porque, cuando corres, al dolor no le da tiempo a alcanzarte.

Me quedo pensando.

Si camino deprisa por la vida, tal vez al dolor no le dé tiempo a alcanzarme.

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Viernes

Pregunto en la librería por Nomadland, aquí titulado País nómada, pero aún no ha llegado. Leí hace semanas esta entrevista a su autora, Jessica Bruder, pero parece que la fecha de publicación se ha retrasado. Mientras, vi la película basada en el libro, con la extraordinaria Frances McDormand en el papel protagonista. La historia está sostenida sobre el fantástico sustrato de un fenómeno muy americano, un amargo reverso del tiempo globalizado: gente, sobre todo gente mayor, sin trabajo fijo ni hogar, que vaga de ciudad en ciudad y de estado en estado encadenando trabajos precarios y temporales, con una camioneta o su caravana por vivienda. Hay una línea de diálogo formidable, cuando el personaje principal matiza sobre el hecho de su estilo de vida:

I am not homeless… I am houseless.

No tener una casa, tener un hogar.

Unos días más tarde, para establecer un paralelismo deliberado, vi Sorry we missed you, la última de Ken Loach.

El mejor Loach en muchos, muchos años.

Es decir, en consecuencia, una formidable película.

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Miércoles

Salir de casa una mañana de lluvia, regresar transpirado por las prisas, temer el resbalón en el adoquinado traicionero de las veredas… Formas cotidianas del infierno.

La perspectiva varía radicalmente cuando vuelves. A través del ventanal sigue lloviendo, pero pones Nocturama, de Nick Cave, y suena He wants you.

Entonces ya eres otro. El día es otro.

Sólo las palabras. Y la música. La belleza de las formas.

Sólo esas cosas nos van a salvar.

[…]





Diario no diario (IX)

30 01 2021

Sábado

“This can’t last. This misery can’t last… I must remember that, I must control myself. Nothing lasts, really. Not the happiness, not dispair… Not even life lasts very long. There’ll come a time in the future when I shan’t mind about this anymore: I’ll look back and say, quite peacefully and cheerfully, how silly I was.

Now… I don’t want that time to come ever.

I want to remember every minute. Always, always… to the end of my days”.

Oído en Breve Encuentro, de David Lean.

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Martes

Y aun siendo un sueño, me hace feliz sólo imaginarlo…

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Miércoles

Una mañana sabes
que has vencido al dolor,
que la embustera nostalgia quedó atrás.
A salvo de las pesadillas.
Huérfano de sueños.
No queda nada por delante, cierto,
salvo mirar a entonces
y celebrar en silencio
la triste victoria del olvido.

***

Jueves

Algunas mañanas peleamos con sidekick. O, mejor, sidekick desea pelear conmigo. Su forma de insurrección consiste en subvertir de forma mínima el orden abigarrado de los días: “No quiero ir al colegio”, dice. Sabe que a su apuesta sólo le aguarda un desenlace: ir al colegio. Pero basta esta mínima grieta para hacer descarrilar entero el ferrocarril de la mañana. Y tensa la cuerda hasta el borde de los precipicios. Actúo con energía, pero enseguida me veo como en tercera persona, protagonista de un guiñol absurdo.

¿Cómo no apreciar la legitimidad de su rebelión contra estos días repetidos, frente a la vida demediada, los caminos que ya nos sabemos? Saber lo que hay que hacer. Hacerlo con responsabilidad. No saber por qué. En el fondo, nunca saber por qué.

Caminamos la calle de la mano, escena de una tregua no exenta de reproches.

“Te gusta castigarme”.

“No, me entristece”.

“Sí, te gusta”.

“Hay que portarse bien”.

“Me has llamado tonto”.

“No querer ir al colegio es de niño tonto”.

“Soy tu ‘sidekick’, no puedes llamarme tonto”.

Nos despedimos, como cada mañana, a la puerta del colegio. Yo de cuclillas, para abrazarnos:

“Te quiero mucho, mi vida”.

“Y yo también a ti”.

***

¿Hay que matar siempre al padre?

***

Sábado

La vida es una expedición al horizonte. Caminamos por los días convencidos de que hay algún sitio al que llegar. Pero no, no lo hay. Esa línea que creemos ver, allá delante a lo lejos, es apenas una ilusión que construimos para tener un motivo por el que seguir andando.

Precario y fluctuante, el horizonte parece siempre un lugar hermoso.

[…]





Diario no diario (VIII)

8 01 2021

Jueves

Fuegos de artificio subrayan de explosiones la noche de fin de año. Me parece adecuado: no hay mayor artificio que eso que llamamos fin de año. Nada empieza ni termina en el tiempo: lo sabemos, pero preferimos ignorarlo, dibujar fronteras donde no hay otra cosa sino inaprensible continuidad. Es nuestra excusa, nuestro modo de mover las manos y hablar mucho para desviar la atención y defendernos de acusaciones para las que no tenemos respuesta: que nunca entendimos nada, que nunca lo haremos.

***

Viernes

Próximos ciclos privados.

  • Wong Kar-Wai: In the mood for love, Las cenizas del tiempo, Chungking Express, Días salvajes, 2046.
  • David Lean: Breve encuentro, Doctor Zhivago, El déspota, Lawrence de arabia, Pasaje a la India, El puente sobre el río Kwai.
  • Sigourney Weaver: Las estafadoras, La tormenta de hielo, Los cazafantasmas, El año que vivimos peligrosamente, Alien, La muerte y la doncella.

***

Sábado

“Si vas a perder algo, la mejor forma de conservarlo es guardarlo en la memoria”.

Las cenizas del tiempo, de Wong Kar-Wai.

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Domingo

Visito la casa vacía que pronto llenaré, para llevar allí algunas de mis cosas. Pequeña avanzadilla de un traslado masivo: la vida cada vez pesa más y, llegado un momento, necesitas un camión para moverte. El piso está vacío y frío. Sólo alguna mesa que aún debe llevarse el anterior inquilino. Y en un lado del salón, un sillón orejero de piel que sí permanecerá y que actúa a modo de guía o anfitrión de esta transición. Recorro las estancias vacías bajo una nueva luz que me incomoda. Quise este lugar desde que lo vi; me pareció que reunía (algunas de) las condiciones necesarias para reproducir la sensación de plenitud de la última vivienda en la que he estado. Mientras persistía la aspiración, aún no concretada, casi todo lo que veía me parecía deseable. Hoy por primera vez el espacio aparece ante mí vacío de idealizaciones, desnudo de sinceridad. Reconozco que estoy ante el primer asomo de decadencia de lo que ya es conocido. El encanto promisorio se ha desvanecido y su sitio lo toma la honestidad imperfecta de lo verdadero. Es así el lugar, como lo veo ahora. No como lo vi cuando quería estar en él.

O tal vez no.

***

Martes

Camino entre las angostas avenidas del cementerio, a última hora de esta mañana barrida por un aliento helado. Manzanas en silencio en una ciudad de los muertos. No puedo evitar, en el breve paseo, leer conforme avanzo los innumerables nombres y apellidos que jalonan el camino; la fecha y la frase grabada en piedra que describe la forma detenida del último recuerdo a alguien que no conozco. Un conmovedor retablo de ausencias. Hay una paz indecible aquí, como de resignación pacífica de la vida. Al tiempo, en cada paso crece dentro de mí el rumor conocido, mientras por afuera pasan los aviones. Cuando alcanzo la fuente que siempre usamos como referencia, sobre la esquina del lado izquierdo, giro a la derecha en el lado opuesto. Entro en una bocacalle pero sé de inmediato que no es ésta. En mi memoria, la nuestra conforma un cul de sac que siempre me resulta extrañamente acogedor. Aunque haya tenido que pedir las indicaciones para llegar, conservo intacta la sensación precisa de cada ocasión en la que he estado aquí. Entro en la siguiente bocacalle y recuerdo las palabras de mi madre la primera vez que vine con ella: “Y aquí se quedó mi vida”.

Uno escribe epitafios para sí mismo en las horas de la desesperación.

Pronto encuentro la losa blanca de mármol, con un ángel que se eleva en relieve; el nombre y los apellidos, que son los míos casi al completo, en letras muy grandes. Y la descripción del hecho, la más perdurable tragedia, en una frase: “El niño subió al cielo”, en tal día de tal año. Mi madre perdió a su primer hijo cuando tenía sólo cuatro años, y de eso hace ya más de medio siglo.

Me quedaré allí apenas unos minutos, hablándole no al pequeño -como durante meses hizo ella, en este mismo lugar-, sino a quien fue su padre. Y el mío. Un hombre subió al cielo. Un niño quedó en tierra.

***

Miércoles

“Él recuerda esa época pasada. Como si mirase a través de un cristal cubierto de polvo, el pasado es algo que puede ver, pero no puede tocar. Y todo cuanto ve está borroso y confuso”.

Leído en In the mood for love, de Wong Kar-Wai.

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Jueves

Every decent society depends for its survival on its ability to be shocked — and stay shocked — by genuinely shocking behavior”.

Cualquier sociedad decente depende, para sobrevivir, de su capacidad de escandalizarse -y mantenerse escandalizada- frente a comportamientos que sean genuinamente escandalosos”.

Bret Stephens, en The New York Times

[…]





Tiempo recuperado

31 12 2020

A primera hora de la mañana, P. me envía el tema de Brandon Marsalis para Mo’ better blues, la película de Spike Lee sobre un atormentado trompetista de jazz. La escucho y me parece una estremecedora delicia, una trampa para elefantes. ¿Cuánto hacía que no escuchaba esa melodía? Creí haberla olvidado y, sin embargo, ahora comprendo hasta qué punto aguardaba en mi inconsciente todos estos años, como una espoleta dormida. Me dejo arrastrar por la suave corriente de las notas, hacia lugares que una vez fueron un universo en la palma de mi mano y que, ahora, componen el inmenso páramo del tiempo perdido. La música como evocación de episodios personales. Una (parte de la) vida que se aleja y se hace cada vez más pequeña. Un lejano punto de luz. El día acaba apenas de empezar y ya lo miro subido al tobogán en espiral de la nostalgia.

Vimos por primera vez Mo’ better blues en la Filmoteca, en algún momento de principios de los años 90, cuando tenía su sede en el cine Elíseos. Después, algunas veces más en esos pisos desastrados en los que uno se acomoda en los días primeros de la independencia, donde acumulábamos decenas de cintas de vídeo VHS que aún llenan armarios enteros en la casa familiar. Lo más probable es que nunca volvamos a meter ninguna de esas en un reproductor, pero siempre fantaseamos con hacerlo y por eso siguen ahí, ocultas, latentes frente a la tentación de considerarlas un desecho del tiempo.

En ocasiones hemos hablado de esto con la misma actitud resignada con la que hablaríamos acerca de un sueño imposible: lo extraordinario que sería armarnos otra vez una larga sesión de películas, sin ninguna otra obligación que nos aguarde. Empezar por la mañana, a la vuelta de una larga noche en la que P. decide no regresar a su casa y quedarse en la mía. Comer cualquier cosa después de las dos primeras, y que la tarde pase apenas como un leve murmullo de reflejos decadentes en la ventana, resbalando hacia la noche y luego la madrugada. Tal vez dormir un rato en medio de alguna de ellas y, sin que importe mucho, rebobinar y volver a empezar, acordando más o menos dónde nos habíamos quedado. Así hasta que por las cortinas asome la vieja claridad del día y rindamos el fuerte. Me voy a la piltra. Pero sólo para recuperar fuerzas antes de volver a empezar. Como las partidas interminables de póker. Como las noches inaugurales de los amantes.

Aunque en aquellos días viéramos decenas de ellas, por algún motivo incierto hay dos películas que quedaron en la memoria como símbolos de ese tiempo. La de Spike Lee, ya está dicho, era una. La otra se titula Huida a medianoche, una extraordinaria comedia, imposible thriller y buddie-road movie, de la que no mucha gente se acuerda… pese a que bordea la maestría con la naturalidad de las películas cuya pretensión parece superficial y, sin embargo, alcanzan las cosas esenciales. En ellas el mero entretenimiento se transforma, para convertir la narración en una aventura perdurable. Vista hoy, funciona con la misma sencillez de siempre, sin que los años hayan generado nada más que la singularidad de ver que todos los personajes fuman en cualquier lado; y que, para hablar por teléfono desde la calle, en aquellos tiempos había que buscar una cabina telefónica, meter monedas y discar un número.

Midnight run, su título original, marcó la cúspide de un director de terrible irregularidad como Martin Brest, autor de aquella ¿Conoces a Joe Black?, que me llevó a hacer algo rarísimo: irme del cine a mitad de la proyección, saltando por cierto casi de manera literal por encima de una fila completa en la sala abarrotada. Sin embargo, Huida a medianoche la clavó, de principio a fin, en todos y cada uno de los personajes, los diálogos y las escenas. Por no hablar de la música, una maravilla de matices cambiantes, evocadora de los distintos tonos que mezcla la narración y compuesta por Danny Elfman.

Durante años, y aún hoy, nos reíamos a mandíbula batiente con las frases y las situaciones de Huida a medianoche. Y la citábamos sin descanso. En respuesta a la música de Marsalis para Mo’ Better Blues, durante los días siguientes revisaré y enviaré por el mismo canal un buen número de ellas. Aquel recurrente “¡Cuidado, Marvin!”, frase de advertencia que se repite en varias ocasiones desternillantes, y que entre nosotros quedó como grito común ante situaciones diversas. El movimiento 2 y la configuración del tornasol, un momento cumbre entre los muchos y sensacionales toques de comedia del filme. “¿Eres el imbécil número 1? Que se ponga el imbécil número 2”. Y así con varias más.

La he vuelto a ver estos días y aún se me mezcla la risa incontenible y una emoción extraña. Confirmo de qué modo todos los personajes contribuyen a un catálogo de interacciones paródicas que no se detiene nunca: Jack Walsh, el cazarrecompensas interpretado con adusto humor por Robert de Niro; su némesis y burdo ganavidas, Marvin Dofler, defendido por el actor John Ashton; Charles Grodin como el contable Jonathan Mardukas, un somarda inefable cuyo nombre me viene a la cabeza siempre que pienso o alguien nombra a un contable; Mardukas había estafado a Jimmy Serrano, el villano incorporado por Dennis Farina. Los dos asistentes del mafioso son como una pareja de circo: Augusto y el clown de carablanca, en versión wise guys de Las Vegas. Al otro lado, Yaphett Koto contribuye al retablo de absurdos como el agente del FBI Alonzo Moseley, secundado por una ineficiente corte de federales.

En la película, todos tienen como objetivo cazar a otro o cazar la pasta. O ambas cosas, si es posible. Son caricaturas, pero dibujadas con mucho cuidado. De un modo distinto, Billy Wilder ya probó a cruzar a la mafia en una comedia cuando hizo Con faldas y a lo loco. Scorsese es mucho más violento, pero en sus chicos también hay algo de negro humor autoconsciente. Brest hace algo similar: la tensión siempre permanece en el fondo, entre risotadas. Y el reparto coral muestra las diversas formas en las que un hombre puede ser un perdedor con encanto. En el ojo del huracán está Mardukas, que se deja arrastrar de un lado a otro de Estados Unidos como un peso muerto, demorando de todas las formas posibles la misión de Jack Walsh. En esa larga huida a medianoche, llena de quiebros, la trama construye el improbable encuentro entre ambos personajes: el cazador y la presa. De Niro venía entonces de hacer en poco tiempo de Al Capone en Los Intocables de Elliott Ness y del demonio en El Corazón del Ángel (con Lisa Bonet, ay, Lisa Bonet). Huida a Medianoche fue su primer papel de comedia, género que ha prodigado mucho en la parte última de su carrera, aunque a menudo con la misma mueca todo el tiempo. En esta película, hecha de guion y personajes soberbios, su vis cómica aún resulta bien convincente. Una diversión que aún hoy funciona como lo hacen las grandes comedias: con la precisión de un reloj suizo.

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Lo de Mo’ Better Blues era algo bien distinto. Nunca la proclamaría como una gran película, pero nuestra relación con ella es puramente íntima, imposible de intercambiar: nos prendamos, de manera platónica y paralela, del personaje de Clarke, una de las dos chicas entre las que se debate -y a las que explota emocionalmente- el inestable Bleek Gilliam, talentoso intérprete de jazz al que daba vida Denzel Washington.

Clarke era Cynda Williams, joven cantante en un restaurante de NY que interpretó su primer y gran papel. Su recuerdo de la película es mucho menos edificante que el nuestro. Entonces tenía apenas 22 o 23 años. En sus fotos de hoy muestra la evolución delicada desde el atractivo juvenil a la serena belleza de una larga madurez. En su personaje de Clarke Betancourt convivían un encanto voluptuoso y a la vez tierno, expreso en la secuencia en la que fundamentamos nuestro crush por esta película.

Se trata de una escena en los primeros minutos del filme. Ella llama de madrugada al vídeo portero automático de Bleek, que practica con el instrumento en su apartamento. Denzel Washington aparece terriblemente cool en manos de Spike Lee. También el loft en el que vive, un espacio diáfano con la cubierta de A love supreme, el álbum del pianista John Coltrane, entre la decoración de las paredes; y un envidiable marcador antiguo de un partido de béisbol entre Brooklyn y los Yanks. La interrupción de la práctica del trompetista desemboca en un seductor diálogo a través de la pantalla, en el que Clarke no puede aparecer más sugerente. Este intercambio lo repetíamos una y otra vez en el VHS. Busco la escena, la grabo en el vídeo del móvil y se la remito a P. Cambiamos nostálgicas consideraciones y admirativos comentarios.

Después reparo en que también nos enamoramos a medias de Rosario Dawson como Naturelle en The 25th Hour, otra película de Spike Lee. ¿Conocerá el neoyorquino nuestros gustos? No encuentro sin embargo la actuación de Butterbean, un comediante que aparece de manera fugaz en el club musical en el que se desarrolla Mo’ Better Blues, haciendo lo que ahora todos llamamos monólogo y entonces era stand-up comedy. Butterbean supone un fugaz contrapunto de humor gamberro en un filme muy de los ochenta de Spike Lee, donde lo negro domina el escenario hasta bordear la parodia: Denzel Washington, el propio Spike Lee, Wesley Snipes y Samuel L. Jackson eran los actores.

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Siempre que me detengo en los recuerdos, como en estos días y estas líneas, pienso en la frase de aquel personaje de Magnolia: “Puede que tú hayas terminado con el pasado, pero el pasado no ha terminado contigo”. Si me fuera dada la gracia de recobrar un tiempo, un pasaje concreto de mi vida, creo que abarcaría de forma aproximada los años que van de 1990 a 1994. No fueron ni mucho menos perfectos, eso lo sé de sobra; ni siquiera podría defender que fueran mejores que otros muchos momentos de mi vida, o que los actuales. Pero son los que evoco de manera inconsciente.

Danzamos toda la vida sobre una incierta red de instantes, en expresión que leí a Cuartango. La inmediata caducidad de cada momento conforma, con el paso del tiempo, una malla informe de memoria y recuerdos, un conjunto en el que se confunden la verdad de lo que fue y nuestra recreación, todas las modificaciones, la idealización, los sesgos, las inconcreciones y el olvido de aquellos detalles que nuestro cerebro considera superfluos para su relato. Somos autores e intérpretes de una historia que protagonizamos a ciegas, y de la que extraemos una narración que nos contamos en la intimidad creciente de los años. Escribimos, así, por el mismo motivo por el que recordamos: para salvar los días de su condición fugaz. Para que el tiempo adquiera, como anotó Mann, un peso y una profundidad que lo hagan algo más que eso que precisamente es: sólo tiempo.

Seguimos sin poder celebrar nuestra anhelada sesión de días y noches, pero ahora hemos trazado un plan de huida ocasional. Al menos un plan. En el fondo, yo sigo pensando en Zihuatanejo. El mar, una playa, una vida sencilla. Get busy living or get busy dying. I hope I can make it across the border; I hope to see my friend and shake his hand; I hope the Pacific is as beautiful as it has been in my dreams. I hope…

Aún hoy, cuando hablamos lo hacemos muchas veces sólo de películas. Otros se pondrían al día sobre todas las cosas cotidianas que componen el extenso vacío de la ausencia. Bueno, a veces también ocurre. Pero, en general, solemos hablar de películas. Igual que siempre. Es nuestro modo de combatir al tiempo.





Diario no diario (VII)

20 11 2020

Sábado

Hablo con B. en la entrada de su bar. He pasado apenas un momento para saludarlo y me marcharé enseguida. Solo unos minutos para ver cómo sigue todo en este tobogán hacia la ruina. Han desaparecido las mañanas o tardes aquellas, cada uno a un lado de la barra. Y el par de mesas escasas a modo de terraza que le permite la acera están siempre repletas. Por lo general, de las mismas personas a las mismas horas. Me dice:

“Esta noche cierro. Estoy hasta los cojones de la gente, nadie hace caso de nada: se me juntan más de seis en las mesas, les dices que se pongan la mascarilla y no hacen ni caso. No puedo estar aquí de policía”.

Es la segunda vez en pocos meses que tienen que cerrar su negocio. Además, me comenta, P. está enfermo desde hace unos días. Es su hermano, con el que gestiona el establecimiento. En ese momento no pienso en nada más que en lo práctico: para estar así, mejor no estar. La sostenibilidad de cualquier negocio resulta medianamente imposible en tales circunstancias. Le doy la razón y me despido enseguida, deseando que esto no dure demasiado. O que ellos duren lo suficiente.

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Domingo

Mientras paseo al bicho, una muchacha se acerca y me pregunta por la calle (sic) Constitución. Estamos en la plaza Paraíso, justo al lado, así que le indico:

– “El Paseo de la Constitución empieza ahí mismo, en ese semáforo, y va hacia abajo. Justo ahí…” – le señalo.

Ella mira en la dirección que le he indicado y asiente. Me da las gracias y se aproxima a su compañero, que aguarda unos metros más allá con el móvil (y el Maps, supongo), en la mano. Veo que hablan y él señala en dirección contraria a la que yo le he sugerido. Paso a su lado y les insisto:

– “Hacedme caso, es por ahí. En esa otra dirección os vais al Paseo Sagasta”.

Hablan entre ellos, como si no me hubieran escuchado. La chica parece querer convencerlo, aunque tal vez no. Unos segundos después, se marchan hacia donde él señalaba.

Creer antes a Google que al de enfrente.

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Es muy frecuente que alguien se acerque a preguntarme. Esto me ocurre a menudo en mi ciudad, claro, pero también en la mayoría de las demás en las que he estado. Tanto así que, si viajo a algún lugar, y paso unos días allá, me extraña marcharme sin que nadie me haya interrogado por la calle sobre cómo llegar a algún punto que, claro, por lo general ignoro.

Debo de tener esa cara confiable de hombre que conoce los lugares.

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Jueves

Paso a la charcutería a recoger mi pedido semanal. Me dicen un poco sotto voce que B. está hospitalizado, después de contagiarse con el virus. Y que P., su hermano, ya lleva varios días igual y su estado es bastante más preocupante. Se han infectado la misma semana que cerraban su bar: el virus también práctica una puta ironía negra.

Llamo a B., por si no fuera verdad. No me contesta, así que imagino que lo que me han contado es verdad. Me peleo con una incredulidad que de inmediato advierto absurda. La realidad es esto. Al rato me llega un mensaje:

Estoy con oxígeno, no puedo hablar. Llevamos varios días los dos ingresados con neumonía. A P. le están poniendo plasma… Si no mejora en uno o dos días, le tocará UCI. Yo llevo muy mal día: mucho dolor de cabeza y fiebre. Me cuesta respirar.

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Me cuesta respirar…

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Miércoles

Mi padre se me aparece en sueños, observa y me hace preguntas. Muchas preguntas. Me pregunta por las personas, por sus nombres, pide explicaciones o un contexto, no lo sé bien. Por cada respuesta que le doy, él replica enseguida con otra pregunta que la pone en duda. Por lo visto, en el reparto de papeles de mi teatro onírico le he pedido que interprete a mi conciencia. Lo ha hecho de manera tan convincente que he tenido que despertarme.

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Por la mañana, mientras pelaba la naranja del desayuno, he recordado la destreza con que lo hacía mi abuela Leonor. Un corte delicado del cuchillo, justo en el ras interno de la piel, que hilaba una perfecta espiral de monda de una sola pieza. Siempre he aspirado a pelar así de bien la fruta, como ella.

A mi otra abuela, Pilar, le gustaba ablandar las naranjas hasta poder beberse todo el zumo sin exprimirlas. Durante varios minutos las hacía rodar adelante y atrás, en el suelo, amasándolas bajo el pie hasta dejarlas como un guiñapo. Entonces recortaba un círculo en la corona para tener acceso y por ese agujero, estrujando la fruta, se bebía el caldo. A veces, tomaba una cucharada de azúcar y la introducía por la abertura. Después se comía entera la naranja, transformada en una bola rezumante de sabor. Nunca he vuelto a comerme una naranja así, sin que ella le diera forma bajo su pie, pero al escribirlo aún tengo en la boca el milagroso sabor, dulzón y ácido, del azúcar mezclado con el zumo. Y el tacto pegajoso en las manos, el contorno de los labios y la barbilla.

Estas formas tan singulares de comportarse definían, mejor que cualquier descripción, a dos personas bien distintas.

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Viernes

Hasta los 18 años viví siempre en el mismo lugar: el piso de mis padres en el centro de la ciudad. En un tercio de ese tiempo, el heredero se dispone a conocer el que será su tercer hogar. ¿Qué recordará de cada uno de estos lugares en los que han transcurrido los primeros años de su vida? ¿Qué le recordaré yo cuando le cuente lo que hicimos aquí y allá?

En 1987 me trasladé a estudiar a otra ciudad y, por supuesto, otra vivienda. Fue entonces cuando arrancó una serie de la que puedo enumerar los lugares en los que he vivido. Para empezar, cinco pisos junto a otros estudiantes en tres años en la universidad. En uno de ellos, mi habitación fue una cama a la espalda del sofá en un salón alargado; en otro, un colchón contra la pared de un recibidor junto a la puerta de servicio. De vuelta a casa, aún sin licenciar pero ya con empleo, me independicé en un piso plagado de enormes cucarachas; y después, en otro en el que el dueño entraba en casa sin avisar y a cuya puerta, sobre el felpudo, me dormí una mañana a la vuelta de una noche larguísima. Más tarde, pasé por cuatro lugares distintos en Londres: el primero, nada más llegar una oscura tarde de diciembre de 1994, era una vivienda vacía hueca que a mí me parecía un narcopiso, o algo así de sórdido, y en el que pasé un domingo interminable llorando de pena o de miedo, mientras al otro lado de la pared atronaba un ghetto blaster con música reggae. Esa noche escapé de allí y dormí en un colchón, en el salón de los amigos de un amigo. Y unos días después me trasladé a un edificio enorme de habitaciones para extranjeros, en el que me tocó un sombrío habitáculo de paredes encaladas en el que no cabía mucho más que una cama y las bolsas. Algunos meses más tarde, me fui con esas bolsas y un viejo televisor cuadrado hasta un piso de un dormitorio al norte de la ciudad. Era modesto pero a mí me parecía un lugar encantador y allí entreví de manera definitiva que la felicidad es un lugar dentro de cada uno. Desde el regreso a España, hace ahora más de 25 años, he vivido en uno, dos, tres, cuatro y cinco casas diferentes. Aún busco a menudo en Google Maps esa calle, y la fachada de la casa de dos plantas, para mirarla con el visor y recordarme la verdad de algunas cosas y las trampas de la mayoría.

En total, 17 lugares distintos, tres ciudades, dos países y una veintena larga de personas. Con sus correspondientes mudanzas, regresos, traslados. Vivencias, recuerdos, sucesos. En un par de meses se sumará otro.

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Miércoles

“[La música]… presta al transcurso del tiempo, midiéndolo de un modo particularmente vivo, una realidad, un sentido y un valor. La música despierta el tiempo, nos despierta al disfrute más refinado del tiempo”.

Settembrini, en La Montaña Mágica

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Martes

Vuelvo a hablar con B.por mensaje. Lo hacemos a diario. “P. está estable. El plasma le ha ido bien y le han bajado algo el oxígeno. Es la única vez que no han nombrado la UCI”.

Después, agrega: “Yo no llevo buen día. Me cuesta respirar”.

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Jueves

Cuando no estoy leyendo, en mi cabeza veo a los personajes de la novela detenidos en lo alto de la montaña, exánimes en los corredores y el comedor del sanatorio, como muñecos de un belén que aguardan a que yo los lea para cobrar vida. Ellos me esperan y yo los ansío. Nos necesitamos para estar vivos.

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Domingo

Por la mañana he duchado a mamá, que pasa unos días en casa. Al mediodía he bañado a la perra. Por la tarde, al heredero. Antes, desde luego, me había aseado yo.

Mamá me pide perdón mientras le restriego las piernas y el hueco entre las nalgas con jabón. Su pudor la hace sentirse culpable, lamenta en un murmullo lloroso, y me dan ganas de decirle que ya entendí el círculo de la vida: todo consiste en que acabes limpiándole el culo en su vejez a quien te limpió el culo en tu niñez.

O bien que termines por limpiar cuatro culos distintos en un mismo día. Incluido el propio.

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Martes

En el verano de 1850, Victor Hugo visitó a Balzac en su lecho de muerte. Cuando llegó a la sala en que un asistente lo velaba, el autor de La comedia humana yacía inconsciente, próximo al fin. Hugo observó con tranquilo espanto su cara amoratada, el cabello desordenado, el desafuero de la barba y el cuerpo inflamado de sudor. Balzac agonizaba en su palacio parisino, abandonado a la última soledad. De la habitación, describe Hugo, emanaba un hedor insoportable, que ignoraba cualquier poesía de la agonía.

Una mañana mi padre entró al baño, en la habitación del hospital, y pocos minutos después me llamó a gritos pidiendo ayuda. Enseguida supe, como Hugo, que no se alcanza la muerte sin pasar antes por la inmundicia.

[…]





Sean Connery (1930-2020)

16 11 2020

“Todos esos lugares / tuvieron sus momentos
con amantes y amigos / a los que aún recuerdo
algunos están vivos / otros ya se fueron
a lo largo de mi vida / los he amado a todos…”

In my life, de Lennon y McCartney





Nick Cave en su palacio

8 11 2020

En su antología de artículos periodísticos, titulada Elogio de la quietud, Pedro García Cuartango describe una tarde en la que marcha con prisa al encuentro de una cita, agobiado por el compromiso y el deseo de eludirla. En un momento dado resuelve interrumpir la inercia de la obligación y se sienta a mirar las hojas en la copa de los árboles, atravesadas por la luz otoñal del día que se acaba. Trascendido por la sencilla belleza de ese instante, advierte que está disfrutando de un momento único, que nadie más sino él podrá contemplar, y esa conciencia lo empuja a una plenitud que enseguida designa de forma inequívoca: de un deliberado remanso de lo cotidiano ha brotado algo excepcional, un instante de pura felicidad.

Me doy cuenta de que vivimos el momento de mayor pesadumbre que han conocido varias generaciones. Y que, aunque tratamos de sostener -a menudo de forma irresponsable y peligrosa- el ritmo natural de nuestras vidas, todo el escenario se ha venido abajo y actuamos movidos por un instinto de supervivencia que revela la fatalidad que nos acecha: como una mosca prisionera en una caja de cristal, tratamos de levantar el vuelo, incapaces de comprender o de aceptar el entorno. Y con insistencia chocamos contra las paredes transparentes que nos encierran. Es cierto que el hombre de hoy vive rodeado hace tiempo de suficientes motivos para el pesimismo, pero nunca nos habíamos visto cubiertos por una sombra tan nítida de desgracia.

Estamos cercados por la incertidumbre y la muerte. Y sin embargo, aún es posible detener la siniestra cinta de los días para encontrar la dicha. La otra noche asistimos a la proyección de Idiot Prayer, el recital solitario de Nick Cave en el Alexandra Palace de Londres. Sentado al piano en medio de un inmenso salón, enmarcado por dos cañones de una luz polvorienta que entra en diagonal por dos magníficos ventanales al fondo, envuelto después en claroscuros y juegos lumínicos que ensombrecen el espacio, pintan de sangre el aire o lo redimen de claridad, Nick Cave construye una escenografía única de paraíso íntimo; el lugar, el ambiente, la coreografía gestual de un artista de presencia monumental, la revisión desnuda al piano de canciones de toda su carrera, la composición fílmica… Todo conspira en Idiot Prayer para que la noche del jueves fuese uno de esos indescriptibles paréntesis de regocijo íntimo que nos aguarda bajo la piel despiadada de los días.

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