Gistau

21 12 2019

“Desconfío de quienes disfrutan escribiendo. Eso es que todavía no han hecho un descubrimiento pavoroso: que no se trata de escribir, sino de escribir bien. La vanidad se la concede como premio quien cree haber alcanzado su mejor yo posible. No estoy en edad de ponerme vanidoso”.

(David Gistau, en una columna en 2005)

[Foto: hoy.es].

Esta mañana, durante el paseo diario, he leído un artículo sobre David Gistau, alarmante por el tono de esperanzada elegía, que orbitaba en elipsis alrededor del planeta más oscuro; y pronto he sabido sobre el accidente cerebral que lo mantiene inconsciente desde finales de noviembre. En la capa más antigua del disco duro guardo anotaciones diversas que son mi desornada ‘moleskine’. Porque, aunque yo también he comprado a lo largo de los años cuadernos y libretas donde anotar pensamientos propios y ajenos, como para cumplir el patrón literario de hombre que licua el mundo en palabras fugaces, la verdad es que jamás escribí en ellas más allá de dos o tres frases. Y además, a duras penas entiendo mi propia ortografía, que con el tiempo se me ha hecho un garabato de bicho con ínfulas estéticas. Por eso, si quiero apuntar algo y conservarlo, lo hago en el ordenador. Y ahí, a ese espacio que me procura sobresaltos temporales si lo indago, he ido a buscar este párrafo que le leí hace años a Gistau, cuando él aún era un periodista medio desconocido al que resultaba sencillo adivinarle un destino mucho más notorio en la profesión. Todo lo que pensé de esas líneas y de su autor entonces lo han corroborado las muchas que le he leído después. Gistau siempre ha sido mi preferido de entre todos los sospechosos habituales del columnismo de hoy, poblado de cipotudos’ que sinceramente me aburren con su pose de personajes, su forzada retórica y lo que me parece un vacío analítico que gira ensimismado en las aspiraciones umbralescas. A Gistau sólo me han unido sus palabras en los diarios; y la impresión nítida de que me sentaría con gusto a charlar con él, porque lo veo afectado por el descreimiento de quien defiende la libertad individual contra el dogmatismo; a charlar y recorrer territorios que por lo que le leo, nos deben de ser comunes (el blanco y negro, cierto periodismo y paisanaje norteamericanos, algunas músicas). Sería el mismo placer con el que siempre me senté a leerlo, mucho más allá de los acuerdos. No tanto como un admirador, que no; mucho más como un lector que encuentra palabras atendibles. A Gistau ni siquiera he querido robarle frases, como me ha pasado con otros muchos autores. Pero sí me ha encantado leérselas a él. Anotarlas. Y recordarlas. También las he citado, en ocasiones, y recomendado en muchas otras. Supongo que esta tristeza en la que me he quedado atrapado después de saber lo ocurrido tiene que ver con el indudable deseo de que esos chicos suyos que, como él contaba, se le cuelan hace años en las columnas, puedan seguir conversando con su padre. Y nosotros, aún leerle. Y tomar alguna nota que traspase el tiempo.





Siempre los días

8 12 2019

Cuando me he asomado, el día no era siquiera un atisbo de luz. Ese duermevela ambarino de las lámparas, y los fantasmas de abrigo que cruzan las calles sin mirar, como si a esa hora poco les importara nacer o morir, estar vivos o llegar al trabajo. Los árboles agitados al otro lado del cristal advertían de que también hoy el viento gobernará las calles.

Un rato antes me ha despertado el zumbido agotador de una cisterna que cada tanto, con regularidad de cronograma, colma los depósitos invisibles bajo el asfalto. Ahí donde sucede oculta la tramoya bárbara de las existencias. He imaginado que ese combustible que libera el camión ha de ser el que sostenga en marcha el mecanismo incesante de los días. Acaso el giro mismo de los planetas. La vida parece una ventana que mira a la fugacidad. El balcón sobre un abismo, pintado de trampantojos para eludir el vértigo: personas que pasan, sentimientos que nos inflaman, el ruido de la música, arquitecturas transparentes. No entornes los ojos. O verás.

A este lado de la realidad, cuando miro a la mañana apenas inaugurada, siento que cualquier día nos vamos a detener, exhaustos. Después recuerdo la imagen de los trenes en la estación: cuando el mío parece moverse desde el vagón en que observo el contiguo, aun estando detenido. Y de esa misma forma no sé si se mueve la escena al otro lado de la ventana, para convocar el inagotable engaño de hacernos creer que vamos a algún lado, mientras la vida en esta habitación continúa inalterada.

Frente a mí corre la cinta del tiempo y el mundo en tránsito, líneas discontinuas de una oscura carretera.

Y aquí adentro, los días. Siempre los días.





Regreso a la Antártida

16 10 2019

Hace pocos días le dediqué a Pab un ejemplar de Siempre nos quedará la AntártidaPara eso, me vi obligado a rastrear el almacén digital de las librerías de la ciudad, porque todos los ejemplares de cortesía los perdí ya, en obsequios sucesivos o como intercambios de gratitud. Más aún: hace ya tiempo que desplumé también a mi madre y a mi hermana, a quienes les arrebaté los suyos -que yo mismo les había regalado en su momento, claro-, para dárselos a otras personas con las que sentía que tenía el compromiso, o deseaba tenerlo, de evitarles la búsqueda del libro. Ambas accedieron sin protestar gran cosa, confiadas en que pronto les repondría el expolio. Pero ya nunca ha ocurrido, así que voy pagando las deudas en libros con otras deudas en libros. Un negocio redondo.

Ante esta nueva emergencia, que se repite cada tanto, consideré por un momento la posibilidad de quitarle el suyo a mi hermano, pero enseguida la deseché. Nunca fue fácil arrebatarle a mi hermano un libro: si retiras un título de su biblioteca, es probable que se accione un mecanismo por el cual siete dagas mortíferas surgen de agujeros ocultos en las paredes y te dejan como un colador antes de que des el primer paso hacia la puerta. Me costó un rato interrogar las tiendas online de las librerías de la ciudad, pero finalmente encontré un ejemplar disponible en stock. Lo que me hace sospechar si en todo este tiempo, desde que se publicó “la novela”, como lo llama mi madre, no habré sido yo mismo el que haya adquirido todos los ejemplares de la Antártida; como cuando Brian Epstein, el avispado manager de los Beatles, compró 10.000 copias de su primer single, Love me do, para ponerlo bien arriba en las listas de ventas.

El ejercicio de ir a comprar tu propia obra a una librería puede a simple vista juzgarse onanismo; pero en lo único que se parecen ambas actividades es en la condición furtiva de su ejercicio, que trata de evitar miradas ajenas. Y tal vez también en una cierta desesperación o urgencia. “Mire… yo esto lo hago por necesidad, no por vicio”. Por lo demás una vez en la tienda, a la hora de preguntar si todavía les queda algún ejemplar, uno intenta no darse a entender o que no se le note demasiado el patético bucle del autor que se compra a sí mismo. O que no ocurra que la persona a cargo del establecimiento cometa la imprudencia de examinar la solapa en la que te fotografió el lúcido Marcos Cebrián. Esa escena de película en la que el huido de la justicia aparece en una gasolinera en la que el mozo está leyendo un diario con su cara en la portada y un aviso de la policía. Claro, toda esta escena la hace posible el hecho indiscutible de que no nos conoce ni Cristo. Porque si fuéramos Pérez Reverte pues, hombre, entraríamos en las librerías con mucha más determinación, como si alguna vez hubiésemos estado en una guerra o en la Real Academia Española… Pero no a comprar nuestro propio libro.

El caso es que necesitaba la Antártida para regalo… y de paso me convenía otra para mí. Más que nada porque esta semana arrancamos una minigira de tres fechas por localidades de Zaragoza, invitados a participar en el ciclo de animación a la lectura que auspicia la generosa Diputación Provincial. Este viernes en Mallén; el martes 26 de octubre en Villanueva de Gállego; y el 1 de noviembre en Los Fayos. De modo que yo necesitaba releerme a mí mismo un buen rato (de nuevo el bucle) para acordarme mejor de qué cosas escribí y, sobre todo, por ver si se me ocurría alguna respuesta plausible para esa pregunta que siempre me hacen: “Pero, ¿de qué va tu libro?”. Y yo me pongo a pensar y no doy con una mínima definición que me deje satisfecho. Y acabo por componer una cara de sapo que, sinceramente, desanima de manera comprensible a cualquier potencial lector.

Confieso que he llegado a pedirles a lectores amigos que me ayuden a buscar respuestas. Encargarle a otro que te expliqué de qué va tu libro es aún peor que entrar en las librerías a comprarlo. Pero bueno… más feo está robar.

Así que encontré un único ejemplar, hallazgo que celebré con un largo suspiro. Sabiendo de sobra la respuesta, pregunté si por casualidad (casi dije caridad) no tenían otro: “No pero, si me dejas tu nombre, lo pedimos y en un par de días lo tienes aquí”. Preferí no hacerlo: “Es que dentro de dos días ya es tarde”. Eso debió sonar lacónico y profundo… pero era una simple verdad, porque no iba a tener más días ni oportunidades de hacer esa entrega dedicada. Para ganar tiempo, anuncié que me daría una vuelta para mirotear los estantes. Y ahí me crucé con el último de Richard Ford (Lamento lo ocurrido), que metí rápidamente bajo el brazo; y con una colección de artículos escritos por el argentino Pedro Mairal, del que sólo tenía la referencia, no leída, de su novela La uruguaya. Y me lo llevé también, porque al mirarle por encima el lomo y hacerle la prueba del algodón (lectura de los dos primeros párrafos) pronto supe que ahí no había encontrado solamente un libro capaz de procurarme cierta felicidad con su lectura, lo cual ya suele ser bastante. En realidad, acababa de dar con un auténtico aliado para mis amarguras. Ahora lo explico.

Lo que me atrajo hacia el libro de Mairal, para empezar, fue que esos artículos que lo componen provinieran de entradas escritas en su blog. Como mi Antártida, pensé… no sin cierta aprensión de modestia. También me interesó su título, Maniobras de evasión, que de inmediato asocié a un viejo somniloquio titulado Plan de evasión. Por ahí nos sobrevolaba a los dos la misma sombra delicada de Bioy Casares, un señor escritor. En aquel somniloquio yo ansiaba la huida final a la Antártida, entre otros destinos más o menos salvajes y literarios, para escapar de los rigores de la vida: “(…) la vida, ese juego tan raro que practican los demás”. Esta última frase se la he tomado prestada a Mairal. Ya se va viendo por qué lo sumé de inmediato a mi equipo.

Cuando leí la contratapa de su libro todavía me animé más. Hace tiempo que busco -y aquí es donde entran en foco los encuentros con los lectores a los que me dispongo a acudir- una manera satisfactoria de explicar qué cosa es la Antártida. Mi libro, no el continente helado. Esto empezó el día que un amigo, dedicado al feliz negocio de las peluquerías, me preguntó de qué iba, por si pudiera encontrarle acomodo entre las lecturas que ofrece a su clientela mientras esperan a que les saquen volumen en el cabello. Yo me imaginé la escena de esa gente leyendo mi libro bajo los secadores y se me vino una grave inseguridad. No acerté a decirle de qué iba. Y como mi amigo tiene el olfato para el negocio muy fino, pues aquella posibilidad se disolvió en el aire de la conversación y pasamos a hablar de cualquier otra cosa.

Pero a mí la pelota me quedó botando en la cabeza, como a menudo sucede, y desde entonces busco definiciones. A veces las he encontrado. Pero luego se me pierden. O dejan de tener sentido porque están usadas o porque en un momento dado les advierto una incómoda oquedad de artificio. Diario no diario. Dietario. Miscelánea de artículos. Estilizaciones de lo cotidiano. Crónicas de un día cualquiera… Cosas así. Pero en la contratapa de Mairal di con una que me gustó tanto que me la quedé: biografía involuntaria. Y sí, eso es la Antártida. Eso hacíamos, sin saberlo, mientras escribíamos. Mientras aún, a veces, nos escribimos.

Desde ese día, Mairal me ha ido dejando en el camino frases como ésta, migas de pan que me indican un camino seguro hasta los lectores: “Para eso escribo, supongo, porque me gusta recrear la experiencia sensible a través del lenguaje”. Algo así quería decir yo, creo. Pero no me salía tan bien. Escribir para ensanchar los días, para magnificar lo vivido (la recreación de la experiencia sensible) y no dejar que se escape en volutas de tiempo, como humo ingrávido de la memoria.

Escribe también Pedro Mairal (escribe tan bien Pedro Mairal), ya en las primeras páginas, como si quisiera ser amable para aplacar mi urgencia: “Los blogs me sirvieron para ocultarme, atomizarme en seudónimos, escribir como gente que no soy yo, como personas que llevo dentro, voces o quizá fuerzas verbales. Disfruté mucho de eso, de la libertad de zafar de mí mismo”. Escapar de mí mismo; dejar que escriba ese que soy yo pero que al mismo tiempo no soy yo, es un personaje que se me parece mucho o al que yo imito. El que me habita y escribe. El que me dicta estas líneas y tantas otras. Escribirse a uno mismo pero a través de los libros, las músicas, las personas, los momentos. Los días. Algunas noches.

Y por encima de todo eso, como si conscientemente hubiera decidido caerme bien, Mairal cuenta que, ya mayor, se puso a aprender a tocar la batería. Y también, que de chico jugó al rugby. O bien, como dice él: “Todos jugaban al rugby, pero yo en cambio actuaba que jugaba”. Un jugador de rugby temeroso es un personaje en sí mismo. Como un torero que huye de las astas.

Un blog. La batería. El rugby. Las evasiones. Demasiadas casualidades como para desatenderlas. Ahora que acabé la distopía orwelliana, a Mallén y a los otros lugares me llevaré a Mairal, como aliado y consejero. De escudo y lanza. Al menos por ahora. Más adelante puede que derribe esa seguridad, su biografía involuntaria ya no me sirva y necesite repetir todo el ciclo: incluido el requisado a mi familia -si aprendo a rodar como Indiana Jones antes de que me alcancen los puñales fraternos- y la visita a una librería a la que no haya llegado el inevitable deshielo de mi Antártida, que va desapareciendo consumida en el tiempo. Si hace falta entraré al atardecer, favorecido por las sombras, embozado y con sombrero como un capitán Alatriste. O igual me disfrazo de pingüino.





Peter Fonda (1940-2019)

20 08 2019

Waitress: You’re stoned out of your mind, aren’t you? Oh man…. What’s the matter with you guys, isn’t the real world good enough for you, love freak?

[Este verano he visto por primera vez Easy Rider, justo a tiempo porque hace unos días se acaba de morir Peter Fonda, uno de sus dos protagonistas. El otro era, claro, Dennis Hopper; y el triángulo lo completaba Jack Nicholson, el abogado contracultural que pasa más tiempo en el calabozo que sus propios clientes y que acaba por subirse a la moto de Hopper para enfilar camino a New Orleans y el Mardi Grass, que es el destino final -en el más amplio sentido del término- de los tres motoristas hippies: Wyatt, Billy y George Hanson. Este último, el personaje de Nicholson, no llegará lejos, pero antes protagoniza el monólogo más célebre de la película, una brillante digresión sobre la libertad individual y sus disfraces; y, de forma implícita, sobre la intolerancia que procede del miedo.

“No te tienen miedo a ti… tienen miedo de lo que representas para ellos”, le dice Hanson a Billy cuando éste se queja de que no pueden siquiera permanecer en un motel, porque los habitantes del pueblo los han amenazado con echarles a palos y han acabado durmiendo en el bosque, alrededor de una hoguera, fumando hierba (que por otro lado es lo que hacen toda la película). La postrera lucidez del borrachín Hanson ilumina la noche y, desde luego, la película, como si estuviera ahí para que todo lo que ocurre durante el filme, que no es mucho pero sí altamente expresivo, adquiera su pleno significado. “Lo único que representamos para ellos es a alguien que necesita un corte de pelo”, trata de razonar el personaje de Hopper, un tipo suspicaz, que habla todo el tiempo con frases que parecen quedar a medias, licuadas por la marihuana o a punto de una ingenua incoherencia. Le replica Hanson: “No, no… lo que representas para ellos es la libertad. Y una cosa es hablar de la libertad y otra muy distinta ser libre. Quiero decir, es muy complicado ser libre cuando no eres más que una mercancía que se compra y se vende en el mercado. Pero no les digas a esos tipos -remata Nicholson- que ellos no son libres. Porque son capaces de matar y mutilar para demostrarte que lo son. Es así: se pasan el tiempo hablando y hablando y hablando de la libertad. Pero cuando ven a alguien de verdad libre… entonces se asustan”.

Estos días los periódicos han hablado mucho de Peter Fonda y de Easy Rider. Por supuesto, también de The Wild Angels (aquí traducida como Los Ángeles del Infierno), otra de las actuaciones capitales de Fonda (hijo de Henry, hermano de Jane y padre de Bridget). Es en el tramo final de The Wild Angels donde Fonda protagoniza otro de los hitos discursivos de la contracultura en el cine de los años 60, durante el funeral de un ‘ángel caído’ ante cuyo ataúd, envuelto en una bandera con la esvástica, debate con el predicador sobre la noción de Dios y la noción de la libertad. Antes de anunciar que lo que quieren es ser libres para hacer lo que les dé la gana, para montar sus motos sin que nadie los moleste, ponerse hasta las cejas (aullidos aprobatorios) y pasarlo bien. “Y eso es lo que vamos a hacer. Montar una fiesta”. Angelitos.

Para los melómanos alternativos, el discurso de Peter Fonda remite de manera inevitable al disco Screamadelica, de Primal Scream, y el hipnótico sampleado que montaron en su tema Loaded. Más curioso es que también hicieron lo mismo Mudhoney, una de las bandas que iniciaron en Seattle el movimiento grunge, tendencia que tanto me dio de lado en aquellos días. Contra el hedonismo ácido que propugnaban Primal Scream, la lectura de Mudhoney en In and Out of Grace exhibe mucha más crudeza, lo que seguramente encaja mejor en la línea del tipo de fiesta que se acaban corriendo Heavenly Blues (el sobrenombre del personaje de Peter Fonda), su novia Mike Monkey (Nancy Sinatra) y Gaysh, interpretada por Diane Ladd, la esposa entonces de Bruce Dern (Joe ‘loser’ Kearns, que es el difunto de la esvástica). Todos actores capitales en ese cine contracultura del que Peter Fonda fue campeón, de la mano de, entre otros, el ‘rey de las películas de serie B’ Roger Corman.

Ha sido un verano muy de cine en casa en sesiones nocturnas, porque ya se sabe que uno elige destinos vacacionales de sol y playa pero, sobre todo, nos vamos de vacaciones a las películas y los libros. Así, el visionado de Easy Rider provocó un efecto dominó que me llevó a buscar otras películas ‘generacionales’: cambiando las ‘chopper ‘ por las Lambrettas en Quadrophenia y después por los interminables automóviles americanos en American Graffiti. La muerte de Peter Fonda -y un poco también el estreno de Érase una vez en Hollywood, la última de Tarantino-, me ha devuelto en estos últimos días a la contracultura y los sesenta, y a Roger Corman y algunas de sus películas: La pequeña tienda de los horrores, La matanza del día de San Valentín (que entronca, claro, con la serie documental de Ken Burns sobre la ley seca, titulada Prohibition, que también me entretiene estos días); y esa otra perla cultivada alrededor de Peter Fonda, Bruce Dern y Dennis Hopper, titulada The Trip (El viaje): en ella, Fonda protagoniza un iniciático recorrido alucinatorio por las autopistas ácidas de su cerebro, y la película consiste en un 90% en la arriesgada representación visual del ‘viaje’ de LSD que hizo Roger Corman antes de rodarla: colores y formas kaleidoscópicos, ensoñaciones flasheadas, voluptuosidad psicodélica, música sexual, laberintos oníricos de los que el personaje quiere escapar, obsesivas figuras amenazantes. Y, de nuevo, Bruce Dern como ‘guía espiritual’ (y eso que el actor confesó que nunca había tomado ácido y tuvo que pedir referencias para incorporar a su papel); y, de nuevo, un Dennis Hopper que parece medio lerdo. ¿Y quién escribió la película mano a mano con Corman? Pues Jack Nicholson, claro… Otra de las ‘musas’ del director. Por momentos, The Trip parece tender a la caricatura: la escena de la lavandería o el monólogo imposiblemente shakesperiano con la naranja no pueden sino ser una broma autoconsciente que acaba siendo divertida. Pero esa sensación de ingenuas trascendencias e imposturas vacuas también son los años 60, cuyos excesos formales han envejecido regular y enmascaran la tremenda y perdurable (r)evolución social y cultural que supusieron. Peter Fonda, entre otros, le puso su cara, inexpresiva en muchas ocasiones detrás de esos anteojos tan kitsch con los que se solía vestir (y que uno quiere envidiar, a menudo). Y dando vida con sus sutiles interpretaciones a personajes que, por lo general, hablaban poco… pero decían mucho].





Magnificent desolation

9 08 2019

“Me acordé de que Chesterton decía que había una cosa que daba esplendor a cuanto existía, y era la ilusión de encontrar algo a la vuelta de la esquina. Tal vez era ese deseo de que hubiera algo más lo que nos llevaba a buscar lo nuevo, a creer que existía algo que pudiera todavía ser distinto, no visto, especial, algo diferente a la vuelta de la esquina más inesperada; por eso, algunos nos habíamos pasado toda la vida queriendo ser vanguardistas, pues era nuestra forma de creer que en el mundo, o tal vez más allá de él, más allá del pobre mundo, podía haber algo nunca visto”.


Kassel no invita a la lógica, de Enrique Vila-Matas.

Esta noche me han despertado otra vez los perros. Han regresado, con su conversación atemorizada, a quebrar la noche y de nuevo me han obligado a pensar en que debería escribir aquella historia que una vez imaginé con torpeza, un cuento temeroso en el que los perros me acechaban en las largas madrugadas solitarias. Yo había permanecido aquí, apartado en este silencio de frutales y sombras libidinosas, de risas lejanas que se irían apagando, después de que todos se marcharan de vuelta a la vida. Y cuando digo “de vuelta a la vida” quiero decir exactamente eso: se iban de vuelta a la vida, mientras yo me encerraba en esta casa y deambulaba por los salones ensombrecidos y las habitaciones vacías, pensando en que ese abandono me ayudaría a escribir quién sabe qué, si nunca escribí realmente nada. La verdad es que yo me quedaba atrás, solo, acechado por los perros, para vivir o pensar que vivía esa parte de la existencia que habría de ser, en mi estúpido ideal, la verdadera existencia. También sabía que el pretexto de permanecer, de entregar las llaves del coche para que los demás regresaran -“aquí no me hará falta, puedo ir caminando a todos los lados y si algo me va a sobrar es tiempo”-, no engañaba a nadie. Pero que me admitían la deserción, tal vez debiera decir la huida, por puro desinterés o, peor aún, por lástima. Yo aseguraba en mi pensamiento que emergería luminoso de los próximos meses, pero en el fondo sospechaba que aquella prolongación imposible del tiempo detenido que siempre ansío apenas ocultaba otra cosa que la decadencia, sin otro final posible que el único final posible: el “tenebroso sendero” que aguarda a los vivos más allá de todas las maravillas de la vida, de todo lo nuevo, los amables colores y “el invencible verano”.

Al caer el sol todo cambiaba. La mínima playa de guijarros a la que daba el porche trasero, y en la que yo gastaba las tardes leyendo y pensando lo que escribiría, de pronto esa playa se tornaba ominosa. Y el rumor insistente de las olas formaba parte de una conspiración para hacer que me durmiera -dormir sería tanto como entregarme-, mientras veía criaturas sin forma arrastrarse desde el agua, y su avance alargaba sobre el piso una sombra húmeda como un paño de sangre, hasta el pie de las escaleras que daban acceso a la casa. He escuchado de nuevo esta noche a los perros y su atroz aullido que me sabotea el descanso, y he regresado sin querer a aquellas vigilias terroríficas, el sonido de los pasos arrastrados que, en medio del silencio, percibía con toda claridad desde mi cama. Convencido de que sonaban afuera, alguna vez me atreví a gatear hasta la ventana para mirar, apartadas apenas las cortinas para no ser visto… pero era yo el que no veía nada. Ni siquiera una intuición de la forma y el movimiento de ese alguien, o ese algo, que oía deambular, invisible a mis ojos. Otras veces, muchas veces en realidad, habría jurado que sus pies se arrastraban ya en el interior de la casa, por el enorme salón envejecido, o en las baldosas que daban acceso a mi propia habitación. Todas esas noches he pugnado para no dormir y que así no me devorase el mar ni la marabunta de hormigas.

Esta noche, mientras los perros enredaban sus ladridos en la oscuridad de los campos, he vuelto a imaginar el sonido de su trote ávido en el camino que da acceso a la finca. Y luego, el tintineo de las atroces pezuñas afiladas sobre los azulejos, un repiqueteo al otro lado de la puerta y la exhalación de sus hocicos en el hueco de abajo. Pugnan por entrar o por advertirme que entrarán. Cada noche, su visita insomne aproximaría la escena al final: el momento en que aprendieran, porque aprenderían, un camino al interior de la casa, y el recorrido hasta alcanzarme, que harían despacio y saboreando la victoria con fauces babeantes, porque yo no podría escapar. “Aquí no me hará falta, puedo ir caminando a todos los lados y si algo no me va a faltar es tiempo”, murmuraría yo entonces, buscando en aquella última conversación un pliegue que me diese alguna esperanza -la esperanza de que nada de todo esto era verdad-. Pero lo era. Y entonces, con ellos ya a la puerta, me decía que correr, cualquiera lo sabría si hubiera resuelto quedarse en esa casa, correr resultaría inútil. Tan inútil como haber tratado de huir, quedándome cuando todos se fueron.

Por la mañana, al despertar, he vuelto a pensar en los perros y he visto a un Perro Fantasma. Y me he convencido de nuevo, vitalista, de que a veces ocurren milagros repentinos. De pronto se abre en la realidad absurda una puerta luminosa, reveladora, a través de la cual yo veo todo claro, nítido y hermoso. Si me asomo, incluso me veo a mí mismo, desde fuera, e inexplicablemente me gusta lo que veo. Me gusta el descubrimiento de lo nuevo, que en realidad no es nuevo pero está ahí, a la vuelta de cualquier esquina, aguardando el instante de su revelación. Es un momento y es fugaz. Ocurre en una línea inesperada de un libro; tal vez en la imagen de dos personas ancianas que cruzan ante mí de la mano, envueltas en un amor indecible y desesperado; y entonces esa visión se ensambla con la canción que está sonando, como en las historias en las que alguien, de pronto, completa la última incógnita de un enigma, y se abre la puerta de la salvación o de los tesoros. Tanto da. En ese instante en el que la canción se vuelve distinta, el momento en el que comprendes todo, incluso los idiomas desconocidos, todas las respuestas a las preguntas que jamás hice. “Puede que nunca sea / todas las cosas que quise ser / Pero ya no es el momento de lamentarse / es la hora de preguntarse por qué”. Y todo cambia de significado. O lo adquiere de manera imprevista.

Algo nuevo y quieres vivir para siempre. En esta casa en la que la vida queda suspendida, inerte y feliz. Y por las tardes penetrarte. Y por las noches, hacerlo otra vez. Atrapar todo eso y dejarlo colgado en el aire, clavado en la pared del tiempo con una aguja. Perseguir la vida y aferrarme a ella con toda la fuerza, para que no se me escape, para poder volver siempre a ese lugar, a todos los momentos que he sido. Tratar de encontrar mi hogar “en algún punto del desplazamiento mismo”.

El lugar en el que me dejarás, cualquiera de estas tardes, cuando decida quedarme solo en esta magnífica desolación, en las llanuras de la luna. A merced de los perros, las habitaciones heladas y los cajones sin ropa.





Las fantasías erróneas

10 07 2019

“No soy capaz de preservarme de mis recuerdos, que con tanta asiduidad y tan de improviso me subyugan, si no es escribiendo. Si permanecieran aprisionados en mi memoria, con el paso del tiempo se tornarían más y más pesados, de modo que yo acabaría por desmoronarme bajo su carga en constante aumento. Durante meses y años los recuerdos reposan adormecidos en nuestro interior y siguen proliferando en silencio hasta que son evocados por una fruslería cualquiera, y de una forma extraña nos ciegan para toda la vida. ¡Cuántas veces no habré tenido por un negocio ignominioso mis recuerdos y la trasposición del recuerdo a la escritura, en el fondo reprobable! Y, sin embargo, ¿qué sería de nosotros sin los recuerdos? No seríamos capaces de clasificar los pensamientos más sencillos, el corazón más sensible perdería la capacidad de profesar afecto por otro, nuestro ser sólo se conformaría de una sucesión infinita de momentos sin sentido, y no existiría más la huella de un pasado. ¡Qué mísera es nuestra vida! Está tan colmada de fantasías erróneas, es tan vana, que casi se reduce a la sombra de las quimeras que nuestra memoria deja en libertad.”

Los anillos de Saturno, de W. G. Sebald.

[No hace mucho atravesé una noche completa de lado a lado. Y en ese tiempo sin tiempo que es el desvelo, en el que la conciencia queda expuesta y la memoria desenfunda todas sus armas, desoí las sombras para eludir el sueño y me senté a leer en una butaca que hace tiempo instalé en la esquina del salón, bajo una luz de papel. Allí recorrí ‘Los anillos de Saturno’, la larga caminata en que Sebald navega a pie el condado de Suffolk, convocando leyendas y personajes que caminan junto a él, sujetos en un delirio de minuciosas evocaciones. De la expansión de los gusanos de seda a los amores incompletos del vizconde de Chateaubriand. De la destrucción de jardín Yuan Ming Yuan a la guerra civil irlandesa. De la odisea del cráneo de Thomas Browne y la historia natural del arenque al traumático exilio infantil que conformó al formidable Joseph Conrad. Un capítulo éste al que regresaré a menudo, lo sé. Tal vez en cuanto resuelva estas líneas. Entre las páginas del volumen de Sebald (o tal vez en la contratapa) encontré además una palabra (palimpsesto) cuya hermosura me rescató de esa angustia informe de la noche sin descanso a la que va a seguir un temprano viaje. Y recordé que, otra vez, solo las palabras vendrán a salvarnos, cuando ya todo lo demás esté perdido o sea polvo. Este simple ejercicio -el rutinario combate frente al insomnio-, algo desesperado como cualquiera puede adivinar, adquirió así de pronto el significado de lo perdido. O de lo reencontrado, mejor. El silencio. La calma. La madrugada. Y ese zumbido de la vida conformada, de la belleza sobrevenida, la armonía fugaz de los objetos en su preciso lugar, de las notas exactas en las que uno reconoce su propia memoria. Tu nombre, el perfil, la mirada, el sonido de tu voz. Todo lo que siempre dijo el espejo, en la última hora antes del sueño. Un lugar al que regresar. Un recuerdo en el que quedarse a vivir. Aquella ironía, reformulada: “Los libros van siendo el único lugar de la existencia donde todavía se puede estar tranquilo”].





Dimisiones

28 12 2017

Lo bueno de vivir con miedo es que terminas acostumbrado a la sensación de miedo, con lo cual el miedo en sí mismo desaparece porque el estado de alarma deja paso a una silenciosa asunción de normalidad. Ya no puede pasar nada más. O bien lo que ocurre ya lo has visto antes: otra solicitud de empleo para la que no eres el perfil que buscan, otro proceso de selección que ni siquiera empiezas, otra entrevista para la que ni siquiera te llaman -con el tiempo sabes que sí llamaron a gente-, otra empresa de head-hunters que siempre encuentra presas mejores, otro encargo que no te pagan y otro día 5 de mes que miras la cuenta y dices: ajá.

Y entonces pues, bueno, parece que no pasa nada porque cualquiera puede habitar un tiempo suficiente en una imprecisa anormalidad y acostumbrarse a ella. Y además, cualquier día te mueres.

Leonardo-DiCaprio-The-Aviator-OCD

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