Hello, darkness…

2 06 2020

Hemos vivido parcialmente entre los pliegues de muchas películas, de numerosos libros y de interminables canciones. Nos hemos acomodado en ámbitos secretos, hechos de frases subrayadas y un asterisco en la esquina superior de la página, como miga de pan, para no perder nunca más el camino de regreso. Hemos saboreado un breve instante de la realidad que evoca por mágica sinapsis la línea de una canción, y la luminosidad del momento en que ambos lados quedan ya en conexión permanente, igual que si hubiéramos encontrado la puerta invisible en una pared. Y al otro lado, eso que de forma común llamamos la vida paralela, que no es culpable de otra cosa sino de la reivindicación de un universo personal…

Ya he contado alguna vez que tardé años en ver El Graduado. Y que después nunca he podido salir del todo de ella. A veces no somos nosotros los que ingresamos en esas creaciones diversas a las que me refiero, para incorporarlas como sustancia de vida. A veces, algunas gloriosas veces, son ellas las que nos toman al asalto. Apelan a tantas emociones que reconocemos como propias que hasta nos empujan a formular en voz baja esa cursilada que todos hemos sentido alguna vez: “Es como si alguien la hubiera escrito pensando en mí”. Es el caso. Y no por la trama epidérmica, no por la huida final, no por la señora Robinson, ni siquiera por la incomparable sonrisa de Katharine Ross, lugar en el que uno podría quedarse a vivir, como Ben. Hay algo más profundo, por momentos mucho más letal, en el fondo de esta película. Un conmovedor milagro de composición e interpretaciones con el que Mike Nichols consigue que los personajes nos muestren, por debajo de todo lo aparente de su acción, la trama universal de la más íntimas confusiones.

Desde ese punto de vista, siempre me pregunto cómo es posible que algunas escenas de El graduado se aproximen de forma tan escrupulosa a lo que parece una efusión de mi inconsciente. Las imágenes de Ben en la piscina, los resplandores del sol en el agua, el querido aislamiento del fondo, las voces allá afuera, en el borde de la pileta, en la superficie de los días… Y los últimos cinco minutos, que están entre lo más extraordinario que uno haya visto nunca. En todos los sentidos. Cada plano, cruzado con la música, el ritmo decadente del riff de guitarra, la energía desesperada de Ben (Dustin Hoffman) en su carrera por el borde polvoriento de la calzada, hasta la iglesia; el subrayado de los guitarrazos, contra un marco de silencio ambiente. La soledad, tal vez el sinsentido, expresa en el cambio en los puntos de vista. El gesto de trance con el que Elaine camina desde el altar hacia su destino, o lo que en ese momento enajenado interpreta como su destino… Aún no es tarde para mí. ¿Hasta cuándo no es tarde?. Los insultos, los rostros crispados en primer plano, el forcejeo. Y una cruz dorada que mantiene a raya a los invitados, la espada de la fe individual, elevada en la violación de un sacramento.

Siempre juntos. Contra todo. Y contra todos.

Un autobús que pasa. Cosas que pasan. Las cosas que ocurren, como si surgieran de un sueño, para variar todo lo que sabíamos, todo lo que esperábamos. El grito de liberada felicidad. El juego hermoso y terrible de las sonrisas y las miradas…

Nichols podría haber acabado ahí su película, con un final feliz al que no cabría hacerle ninguna pregunta. Pero decide prolongar el momento y convocar a la realidad del tiempo. Resulta portentoso observar de qué manera tan nítida logra contar todo lo que no vemos, el futuro de Elaine y Ben, de todos, en apenas unos segundos y sólo a través de los gestos. Toda la intrincada complejidad a la que nos enfrentamos está ahí. Y en la primera línea de The Sound of Silence: “Hello darkness, my old friend…”. Elaine va a buscar los ojos de Ben porque advierte que la oscuridad está ya ahí delante. Pero Ben ha dejado la mirada perdida en un lugar indefinido al que ambos se dirigen. Forzar la sonrisa, que el instante perdure (que nunca nada se pierda, que siempre seamos lo que somos ahora). Y mirar adelante sin mirar a ningún sitio. O a ese punto inconcreto en el que las cosas no tienen remedio y son. Para bien o para mal. Son. O tal vez no. “Porque una visión, suavemente se deslizó en mi sueño para plantar una semilla. Y esa visión permanece en mi cerebro. Y todavía lo hace. En el sonido del silencio”.

El veneno de los días. La progresiva invasión de las palabras que no se dicen. El creciente diálogo interior. El aislamiento en las piscinas metafóricas. Y la extrañeza de las voces en la superficie de la existencia. Todas las inseguridades. El momento decisivo en que entendemos que todo aquello que comienza está siempre más próximo a terminarse. Que cada culminación inaugura su propia corrupción. Que la belleza, el amor y la felicidad… tal vez sólo pueden funcionar como aspiración. Que vamos en un autobús, con el que nos cruzamos por casualidad, y nos pareció que nos podría llevar a algún sitio. No sabíamos a cuál. Y si lo supiéramos, tal vez querríamos que su destino siempre fuera otro.

Esta noche ponen ‘El graduado’.





Abstracción lírica

30 05 2020

Ocurrió mientras me encontraba sentado en el ángulo de una amplia sala. La escena tenía el habitual aspecto mínimo: una silla plegable, la mía, frente a una mesita baja; y en el lado opuesto otra silla, ahora vacía. Antes de nada, el ámbito cedió a una penumbra sólo matizada por la luz que asoma por los ventanales rectangulares, entonces un brillo apagado de tarde que está próxima a consumir la noche. Por algún motivo prevalece la impresión de que esos vanos quedaban por debajo del embaldosado de la calle. Que mirábamos desde un subsuelo. Por eso vi o creí ver a algunas personas caminar allá afuera, pero lo único que de ellas podía apreciar era la forma de sus pasos, el ángulo de las piernas en un compás en movimiento. No puedo estar seguro: de aquellos segundos guardo una sensación difusa, la materia suave de la que se impregnó la memoria -esta indecisa memoria mía-, justo en el instante del tránsito, los segundos antes de cerrar los ojos.

Luego hubo nada más que una voz, que yo oía al principio con toda claridad, pero que más tarde fue esponjándose hacia el susurro; lejana pero nunca distante, parecía que se hubiera impuesto entre nosotros, la voz y yo, un muro almohadillado que mitigara el roce de lo exterior. Por momentos llegaría a ser casi inaudible, adelgazada como un hilo de seda al que yo pudiera sujetarme con la yema de los dedos; y me hablaba como con palabras entremezcladas cuya forma reconocible yo trataba de rescatar. Aunque no entendiera del todo, de algún modo siempre supe lo que me decía, o así lo interpreté. Puede que no fuera tan importante lo que decía como ese tono de sugerencias, que iban activando resortes cuando yo las recogía, intactas o modificadas, y las llevaba a que me recorrieran primero, y a que me impulsaran después.

Todo lo que sucedió a partir de ese momento ha adquirido, mirado desde este presente, el aspecto inconfundible de un recuerdo. Pero no se trata de un recuerdo atado a una realidad, sino a una experiencia inferida. Esto es, no vivida.

Sin embargo, esa diferencia no se revela en absoluto decisiva. Como con cualquier otro recuerdo, soy capaz de reproducir con indudable nitidez cada uno de los instantes que lo conforman, con todos sus matices. Veo el momento en que me incorporé despacio de la silla, consciente de la corporeidad de mis gestos tanto como de una certeza que los negaba: en ningún momento me moví de la silla. Me veo atravesar el estrecho recibidor hasta la puerta para salir al zaguán en sombra, hermoso; y después, la determinación con la que abrí el portón de madera para ingresar en la tarde, que había mirado desde dentro, y a la que ahora me incorporaba.

En varios momentos me observé desde arriba, el punto de vista cenital de una conciencia alternativa que me observara desde una posición de superioridad. Tal vez para juzgarme. O tal vez sólo quisiera respetar la distancia debida, no interferir. Luego vino el largo paseo junto a la avenida de agua, el fragor primaveral de las veredas y los repentinos cambios en el fondo del escenario: parecía que alguien activara la tramoya de un teatro para variar de inmediato el decorado, para que de un espacio pasáramos a otro distinto, al momento, sin transiciones. Así, enseguida había desaparecido el paisaje de la ciudad y yo caminaba recortado contra un fondo de campos y huerta, siempre el agua a mi izquierda.

Vi a varias personas que tal vez quisieron hablarme, rostros a los que traté de dar forma conocida, con indecisión, y a los que al fin no les cedí la palabra. Debería haberlos hecho, al menos en parte, responsables de mi estado. De esta huida adelante a un lugar seguro. Pero no fui capaz de decidirme por ninguno de ellos ni de elevar acusación alguna. Sí que en un momento, cuando ya los dejaba atrás, pregunté: “¿Qué queréis de mí? ¿Qué puedo hacer?”. Pero no esperaba ninguna respuesta ni se la dirigí en realidad a ninguno de ellos. Tanto habría dado. Quedaron a mi espalda y seguí caminando, con exigencias o culpas que se abrazaban de mi cuello como adláteres de una molesta pesadilla. Los arrastré un trecho del camino. Eran la mochila de mi conciencia. Hasta alcanzar el borde de la leve inclinación verdosa que ya conocía, y que había elegido como destino.

Por un leve talud verde, descendí hasta la misma orilla en curva de la corriente. Mi misión, inspirada por la voz, había consistido en encontrar un espacio de tranquilidad, un refugio. Si llegué a ese lugar concreto -aunque lo hiciera desechando algunas vacilaciones- fue porque mucho tiempo antes había pasado una tarde en él, acostado sobre el jardín natural que mira al agua, y me agradó la idea de volver allá.

De este modo, aquel primer recuerdo le daba forma a este segundo recuerdo que ahora evoco. No lo sustituía, sino que lo repetía como una proyección en mi cabeza.

Con un mismo lugar y un único momento, había dibujado dos círculos concéntricos, un planeta preñado de otro, la muñeca rusa que contiene en su interior a otra idéntica, y ésta después a otra, y la otra a una cuarta. Circunferencias repetidas de colores. El primero correspondía a la reconstrucción de un momento real; mientras que el segundo era una efusión, una recreación del momento vivido, activada por un hilo de seda que había abierto la puerta a esta percepción.

Ahora agrego al conjunto un tercer recuerdo, al que doy forma en estas líneas. Este recuerdo acoge a los otros dos. Si los tres integraran una matrioshka, la más chiquita -la única real- sería la tarde original al borde del agua, oculta en el corazón del artilugio. Por encima la cubriría después la recreación del paseo en el que, inspirado por la voz, acabé por regresar a aquel lugar calmado al borde del agua. En realidad, esa segunda muñeca estaría conformada no sólo por el lugar concreto, sino por el tránsito entero, desde que me incorporé de la silla, en la sala en penumbra, y caminé primero por las riberas de la ciudad, y luego las dejé atrás, y más tarde llegué a aquella luminosa tarde. El mismo río. Otro tiempo. La última muñeca, el último círculo, serían estas líneas que invocan aquellos dos momentos.

Si esos dos instantes son memoria -y lo son porque puedo igualmente evocarlos-, pero sólo uno de ellos existió, ¿qué es entonces un recuerdo? ¿Exige un recuerdo la verdad, la realidad, los hechos? Y si no es así, ¿qué existe y qué no existe? ¿Qué es realmente existir? ¿Somos algo, no sé qué, que mira hacia fuera a través de una carcasa y construya una realidad subjetiva?

Yo he estado dos veces al borde del agua, en ese mismo espacio. ¿Cuanto de lo vivido es recuerdo? ¿Cuánto de lo sentido es real? ¿Cuánto de lo real es imaginado, inducido por una voz o por cualquier otra fuerza de tracción? ¿Un anhelo, una pérdida, un deseo, una emoción?

¿Cómo es que podemos construir recuerdos de experiencias no vividas, de momentos imaginados, de escenas que no son sino un teatro de la conciencia, un guion artificial, guiado por una voz, de construcción libre?

¿Hasta qué punto podemos construir vidas paralelas observadas en plano cenital, con el punto de vista de otra conciencia que es la nuestra, pero no lo es? Que somos nosotros sin serlo del todo. O esa parte de nosotros que no alcanzamos a sospechar. Y si en esas vidas paralelas edificamos recuerdos, sensaciones, palabras, personas, sentimientos, lugares, días y noches… ¿por qué no podemos inducir la felicidad, la percepción dichosa de los momentos, la satisfacción de los anhelos? ¿Por qué no alcanzamos a construir recuerdos de todas las vidas que no tuvimos, que no somos, con toda su minuciosa escenografía? ¿O es sólo que no lo hacemos?

Todas estas preguntas, absurdas tal vez, o ya resueltas por hombres de inteligencia más elevada.

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Al abrir los ojos, había regresado a la sala y la voz me invitó a inundar de colores el papel que había extendido sobre una mesa alargada. Fue una deliberada incitación a las abstracciones. Nada debía ser figurativo, aunque pudiera aspirar a ello, así que derramé los colores, uno tras otro, sin la esperanza de que cumplieran ningún patrón. El naranja en una curva descendente que luego estrié con la yema de los dedos, para sentir la suave energía voluptuosa de la pintura, como la curva praxiteliana de un cuerpo cuyo costado acaricias. Después, un espeso coágulo amarillo en el interior del círculo del que partía esa forma misteriosa que pretendió el naranja. Luego una línea verde que cruzó la curva, como una quiebra, con la forma y la textura de una flecha de mercurio.

Al principio, todo lo hice con cuidado. Después, sin explicármelo, me atrapó una sorda rabia que no comprendí. Quizás no rabia. Pero sí un impulso de vehemencia, la necesidad de apretar los frascos, de asfixiar los colores y vaciarlos de manera torrencial sobre el papel. Por eso el rojo brotó a borbotones en el plano superior y conformó un espacio encarnado, que nada más verlo me perturbó.

Lo miré como una obra enferma, no querida. De inmediato lo supe hostil, lo único ajeno al resto del conjunto; una mancha amenazante -la mancha humana- que se hubiera precipitado sobre mi inconsciente búsqueda de armonía. Quise destruirla. Quise apartarla. Quise consumirla a manotazos. La extendí con determinación, defendiéndome con las dos manos al tiempo, para arrebatarle la forma. Cuando acabé, volví las palmas de mis manos y las vi con estupor. Estaban manchadas de sangre y me señalaban: culpable. El llanto ascendió súbito por el pecho, con la forma de un émbolo invertido, yme ahogó la respiración. No supe por qué.

Después, busqué la calma. Otra vez. Desconsideré los grises, los ocres, desde luego el negro. Una larga emulsión de verde delineó el borde inferior del naranja. Con cuidado recorrí sus ondulaciones, con el mismo fervor con el que habría dibujado líneas sinuosas en un vientre deseado. Luego rellené todos los huecos, lo extendí por debajo de la frontera anaranjada del horizonte, y regresé para completar una gruesa capa que soportaba todo el conjunto. Como la quilla de una nave sustenta la cubierta y la arboladura de un barco.

Lo miré desde arriba, otra vez.

La curva naranja me recordó por un momento a una persona acostada. Pero después esa forma se desvaneció: seguí ahí, pero ya era otra cosa. Nada definible.

El amarillo fue entonces primero un sol, y después la luz interior de una conciencia. Más tarde, un refugio impenetrable.

Ahí seguía la quiebra verde, con su forma apuntada de cuchillo que rasga el telón de la escena.

Y la informe mancha roja, segura en la composición de una advertencia.

Que no era posible interpretar.

Tal vez ahí hubiera un relato, una narrativa que pudiéramos trenzar en un hilo. La armonía o la calma como aspiraciones traicionadas. La fútil defensa del castillo íntimo. Quizás una figura acostada sobre un lecho verde, al borde del río. Y la sangre metafórica derramada arriba, deforme, borrosa, tenaz. Imposible de descifrar. Fácil de temer.

[ Me dije que había doblado una esquina. Al otro lado me aguardaba esta canción, como tantas otras. Siempre hay canciones que vienen a buscarme. Y yo, cada vez, salgo a su encuentro.

In my own sick way, I’ve always been true to you ].





The new normalidad

24 05 2020

La primera vez que oí lo de la nueva normalidad fue cuando el Primavera Sound usó la frase como eslogan de su edición de 2019, en inglés: The new normal. Confieso que, una vez aprendido a qué se refería, me sentí fuera del concepto. Pero no hay drama en ello: parece obvio aceptar que no todos los conceptos ni las interpretaciones de la realidad nos incluyen en su seno. Que las cosas se terminan o adquieren otra forma; y que lo próximo siempre parece mejor que lo anterior. Acepté que tal vez el festival había entrevisto una decadencia que exigía la reinvención y que su nuevo público debía ser otro, definido así: femenino, urbano pero no gentrificado; si acaso, suburbial; por supuesto, digital; desde luego, imprevisible. Ante todo, mucho más free. Sin dogmas, sin complejos, sin estilos, sin manías… y sin ídolos. O casi.

La formulación del nuevo tiempo ocurrió en un vídeo con letanías que en forma retrospectiva venían a festejar el advenimiento: “Por fin había caído la dictadura del buen gusto. Un emoji dijo más que mil palabras; y un meme dijo más que mil emojis. Desafiamos a vuestros algorritmos (sic) y dejamos de endulzar la realidad”, afirmaba la voz.

Sobre el hecho de que apareciera Messi cortándose el pelo en medio del vídeo, no supe qué pensar. Qué más da. Estaba el plano, de alguna forma habría que meterlo.

Parecía claro que la segunda persona del plural éramos nosotros (los del concierto aquel de Pulp, por ejemplo…). Sí, en cierto modo nos dimos por aludidos pero… bah, a partir de determinada edad uno asume por inercia la culpa de todos los delitos colectivos. Es un asunto generacional. Nuestros algoritmos. Qué cosa. Y además… ¿no sonaban maravillosamente prometedoras todas esas frases sobre memes y emojis? ¿No auguraban un futuro decididamente mejor? Daban ganas de montar con ellas el programa de un partido político. O las tablas de la ley de una secta. O aún mejor, un canal de televisión. Sigan nombrando sinónimos…

Me pregunté si en el fondo lo que me estaban diciendo era que, por oposición y como espectador de unas cuantas ediciones anteriores, había participado en una ceremonia alineada con el machismo; si había actuado como un pueblerino que proyectaba complejos en la actitud despreocupada de tres días de música; por supuesto, estaba desactualizado; desde luego, me comportaba de forma previsible; sin duda, con un indisimulado dogmatismo prejuicioso. Un idólatra ofuscado que acudía a ver a Grinderman, The Jesus and Mary Chain, The Charlatans, Spiritualized, The Fall, Wilco, The Swans y, desde luego, a Nick Cave. Y decenas más.

Creíamos haber ido a escuchar música, pero en realidad incurríamos en todas las formas de la abyección ahora derogadas por la new normalidad. De hecho, hasta mezclábamos el Jaggermeister con cerveza. Putos degenerados.

En el fondo, y hablando en serio (?), entendía que había que buscar un nuevo público. O más público. Reposicionarse. Pivotar. Atacar otro segmento. Elaborar el relato para un nuevo target. Ese tipo de justificaciones listadas con bullet points en un ppt, en reuniones en las que bulle el palabro imperante: estrategia.

Llevado por la trascendencia que rezumaba la nueva propuesta, me imaginé burlonamente que ese largo fin de semana en el Forum iba a acoger hechos decisivos para el avance de nuestra maltrecha sociedad. Que la era iba por fin a parir un corazón, como anticipó Amancio (Prada, no Ortega). Que los presentes asistirían a la transfiguración de Rosalía en ascensión a los cielos en chándal ombliguero y sneakers de plataforma. Tra tra. O que allá al fondo, sobre el horizonte de los gloriosos atardeceres que se derraman en el Mediterráneo, a la espalda de los escenarios, un innombrable ser de luz alumbraría la noche con el nacimiento de un super-ente.

Super-ente rima con relente. Porque al borde del mar hace fresquito.

En fin, que a lo largo de esos tres días y noches, el carnaval iba a alcanzar su primera y misteriosa culminación (párafrasis de Bioy). Las críticas musicales tendrían que dejarse de consideraciones estéticas (dictadores del buen gusto… be damned!) y para definir aquello en términos adecuados no habría otro remedio que parafrasear a Pam/Shelley Duvall en Annie Hall: “The only word for this is transplendent… it’s transplendent!”.

Transplendental.

No sé qué resultado (económico, claro) daría aquella tentativa de redefinición que, insisto, considero absolutamente legítima. Y que ni siquiera cuestiono como equivocada. Yo al Primavera Sound le debo las horas y días más divertidos (¿se puede decir felices?) de cada año… en un tramo de la vida en que las diversiones de ese tamaño y duración escasean o directamente no existen. Eso marca mucho.

Al final, todo se resumía en lo que me dijo un compadre de largas caminatas entre escenarios: “El Primavera ya no es para nosotros”. Y bueno… Casi nada es ya para nosotros.

Me viene a la cabeza aquello de Pessoa: “El otoño que ahora tengo es el otoño que perdí”.

Un año más tarde, sin embargo, el diagnóstico podría ser otro, a la vista del tono del vídeo y la alineación convocada al fiestón de 2020, al que pensábamos concurrir. Iggy Pop, Yo La Tengo, The Strokes, Massive Attack, The National, Pavement, Beck, DJ Shadow, Bauhaus, The Jesus and Mary Chain, Dinosaur Jr., Fontaines DC, Mavis Staples, Einstürzende Neubaten… ¿Buen gusto? No. Dic-ta-du-ra.

Pero entonces (y hablando de autocracias distópicas) llegó a nuestras vidas el coronavirus. Mientras el nuevo fantasma recorría Europa, el PS2020 y nuestros planes de regreso volaron al país de las incertidumbres. Allá aguardan en suspenso, aplazadas hasta nueva orden, todas esas cosas que antes llamábamos vida. Y ahora, miles de muertos más tarde, ha regresado the new normal, traducido a un español que respeta esa blandura tranquilizadora con la que se comportan las enes cuando las pronuncias: la nueva normalidad. Un simpático animalito orwelliano al que acariciarle el lomo entre lavado de manos y ajuste de mascarilla.

No levantaremos aquí ninguna bandera. La nueva normalidad de hoy la miramos con la misma distancia con la que tratamos hace un año a aquel new normal: es un concepto que no nos incluye y en el que no nos reconocemos. “El mundo ya no es para nosotros”. Bueno, construyamos otro, entonces. Uno propio, ojo. Paralelo y simultáneo. El ensanchamiento de la realidad precisa ahora mismo de un empeño más tenaz que nunca, porque los indios vienen por todos los lados. Hasta atacan en sueños. A veces, ni siquiera te dejan dormir.

Como alternativa para definir este caos de incógnitas en el que habitamos, a lo de la nueva normalidad hay que reconocerle un encomiable efecto relajante. Tan poderoso que dan ganas de irte a dormir con ella entre los brazos, como si fuera una bolsa de agua caliente para el dolor de vientre.

Algunas mañanas no nos encontramos. Otras tardes nos encontramos tan bien que hasta nos ponemos nostálgicos. ¿Qué vida llevará Greta? Ah, qué tiempos aquellos en que sólo teníamos que salvar el planeta… Ahora también hay que salvar a la humanidad. Es lo mismo, subrayan algunos. Y sí. “Sin planeta no habrá empleo”, leí en un cartelón. A la luz de lo que hemos vivido, todo suena estúpido. Bueno, a mí aquello también me sonaba estúpido antes.

Hemos de admitir que algunas tardenoches hemos querido destruir hoteles enteros, como las estrellas del rock: porque sabemos que no hay supervivencia que se pueda organizar alrededor de una canción del Dúo Dinámico, por más que se empeñen. Esto lo tuvimos claro desde los días en que el abuelo los insultaba cada vez que aparecían en el televisor, al otro lado de la mesa camilla y el brasero.

Participamos en ovaciones. Después sentimos, aun sin creer, que nos faltaban oraciones. Y sí, reclamamos nuestro derecho a desconectar. Y a volver a conectar. Porque, sinceramente, todo el mundo se puso algo pesado. O muy pesado. La gente, alguna gente, empezó a invocar ese otro mantra tan común en situaciones diversas: “Se viene un cambio de paradigma”. Después de esto, anunciaron en conferencia telemática, todo será distinto. El mundo será otro. Nosotros no nos reconoceremos. De hecho, ni la madre que nos parió nos va a conocer: nada extraño, dado que no tiene smartphone y llevamos no sé cuántas semanas sin verla.

Houellebecq, sin embargo, acudió a nuestro rescate y dijo que él no se creía nada. “No despertaremos, después del confinamiento, en un mundo nuevo; será lo mismo, sólo que un poco peor”. Ya sabemos que el escritor francés no puede ocultar su sociopatía, pero en medio de tan lúcida amargura soltó otra frase envidiable, por terrorífica: “La muerte nunca ha sido tan discreta como en estas semanas”. Lo de insultar al virus llamándolo “banal” nos pareció una extravagante genialidad: ni siquiera se transmite sexualmente. De pronto, nos había hecho reír. Adoro cuando nos reímos.

Lo peor de todo es que nadie sabe situar aún en qué punto de la flexible cronología en que vivimos hoy se encuentra exactamente eso que llamamos después. Creo que, para doblegar el tamaño de la incógnita, al final hemos resuelto trocear el después en fases manejables, que quepan en un catálogo de medidas, indicaciones y prohibiciones. Así podemos diferir el después al mismo lugar donde andan todas las cosas aplazadas. Todo eso, claro, que llamábamos vida. Y discutir sobre las fases y su geografía variable. Las incoherencias. Los aciertos. Los tecnicismos. Los expertos. La irresponsabilidad. El criterio. Esos bichos tan escurridizos.

Y así hasta el fin del mundo. Porque el juicio final nos pillará en una terraza.

Orwell conjeturó que lo que él llamaba nuevalengua acabaría desplazando a la viejalengua (es decir, el idioma tal y como lo hemos conocido) alrededor del año 2050. Ya sabemos que la pandemia está acelerando todos los procesos, así que los vaticinios de su portentosa 1984 podrían quedar demasiado largos. Como leí por ahí: hoy en día, cada vez que a un político se le ocurre un plan, lo primero que hace (y a veces lo único) es ponerle un nombre. Un nombre incontestable, tipo new normal. Luego se hincha el globo… y a volar.

Puede que al final no pase nada. Que el anuncio del cambio sea como los dos vídeos del Primavera Sound: un círculo concéntrico. O que regresemos más o menos al mismo punto del que partimos, ese señalado con su vena provocativa por Houellebecq: “Será lo mismo, sólo que un poco peor”. Un poco es un sintagma tan inconcreto como el después. Pero es lo que tenemos: nada. Todo esto es normal. Y nuevo. Y lo nuevo siempre es mejor. Eso lo sabe cualquiera.

Otra cosa es que, por el fragor de inmensa catarata que se adivina ahí adelante, tengamos la impresión de que vamos directos al desagüe colosal de la Garganta del Diablo.

Ajústense las mascarillas.

Ya nada será igual.

Pero todo será lo mismo.

Un meme dirá más que mil emojis.

It’s gonna be transplendent!





Rugby maketh the man

11 05 2020

La primera frase de la entrevista que le hicimos a Michael Robinson para el número 2 de H no tenía nada que ver con el rugby. Empezaba así:

-Sostiene Michael Robinson: «El periodismo español son cientos de tíos contándote quién ganó ayer y quién perdió ayer».
Pausa dramática (…).
«Qué cosa tan absurda, ¿no?».

Lo más probable es que la afirmación apareciese en la charla cuando aún nos estábamos presentando -esa tensión reverencial de nuestro lado, que tardaría poco en aplacarse- y Robinson ponderaba el esfuerzo romántico que le parecía eso de hacer una revista de rugby en España. Tratamos de rebajar el mérito aclarándole que tampoco nos estábamos jugando la vida. Si acaso el tiempo. Pero… ¿qué es el tiempo cuando haces algo que te gusta?

Aun así, insistió él.

Después te das cuenta: te lo está diciendo alguien que encarna un canon del periodismo deportivo en España en los últimos 25 años.

Michael Robinson, en la sesión con el fotógrafo Gabriel Pecot para el número 2 de H.

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Radio Valbaara

28 04 2020

El domingo uno debería haber estado viendo a Nick Cave en Barcelona. Y después en mayo, o tal vez en junio, pensábamos en Iggy Pop. Y John Fogerty. Es verdad que ya apenas hacíamos planes. Ni siquiera por el conocido gusto de, al final, incumplirlos. Ahora ni siquiera aspiramos a la evasión. En otros días solíamos excavar túneles en la tierra porosa de las madrugadas, pero eso ya quedó atrás como casi todo lo demás. Han volado las coordenadas y el horizonte ha tomado el aspecto de una habitación oscura que no podemos cartografiar. La peste nos ha arrastrado a estos días de análoga indiferencia. Han desaparecido de nuestros ojos los lugares y todos los tiempos son ninguno.

Todo esto también pasará.

Pero mientras…

Every day is like Sunday… Every day is silent and grey.

Habíamos hecho esos planes, de la forma inconclusa que tan bien se nos da. Improvisando sobre el borde exterior de los tiempos, conscientes de que todo se hace fugaz. Y que a menudo uno no alcanza lo que busca, cuando sabe lo que busca. Ahora todo cuesta más. Hacerlo, desde luego. Pensarlo incluso. Ya no reconocemos el mundo que con tanta suficiencia creímos gobernar. Y no sabemos lo que quedará de él, o en qué medida nos admitirá, una vez que levantemos el veto de este silencio en las calles, y de nuevo la algarabía social y el griterío absurdo y el ruido de los incendios fatuos hagan que, como siempre, no escuchemos nada ni a nadie: sólo el ruido de nuestras cabezas, que tan majestuoso juzgamos, y el rebote metálico de las ideas podridas en la puta concavidad del yo. Entonces podrá de nuevo la muerte aproximarse a gritos, con el estruendo multiplicado de una lejana tormenta, levantarse sobre el horizonte y abrir las fauces ávidas para devorarnos. No la oiremos. O preferiremos no escucharla. O confundiremos la curva atroz de sus colmillos ensangrentados con un hermoso crepúsculo encarnado, que preferiremos fotografiar, con nosotros delante por supuesto, para prenderlo en nuestros perfiles y atribuirnos algún peregrino mérito de su belleza.

El recital de Nick Cave se ha aplazado al mismo día del año próximo, o a un día parecido… poco importa la fecha en esta inconcreción de ahora. Eso creo. Lo importante ya no está en lo que no hicimos sino en lo que todavía podemos hacer. En la expedición al horizonte que no vemos. Por eso, para aplacar la lástima por las músicas perdidas, pero sobre todo para sostener un inevitable vitalismo desesperado, inicié una reunión de canciones. Esta no es una actividad extraña. De hecho, puede estar entre las más cotidianas porque si a alguna actividad le dedicamos de forma habitual la consciencia y la inconsciencia es a la interminable tarea de domesticar el tiempo en palabras y en canciones. Las palabras quieren refutarlo todo, el reloj, el calendario y sus cronologías diversas. Las canciones, mientras, construyen apenas una hipótesis torpe acerca de la forma de ese tiempo, de todos los tiempos, su oculta intención y la forma en que nos lleva y nos modela. Es más un esfuerzo de imposible recreación que otra cosa. Como imaginar que una vez el mar remoto cubrió estas montañas. O como evocar todo aquello que la erosión se llevó de las piedras, y que ya no vemos.

Siempre busco canciones. Siempre hay canciones que me encuentran. En esa estación intermedia aguardo cada día, para ver adónde me llevan. Ahora que estamos parados, busco canciones no figurativas, si es que decirlo así tiene sentido. Para entendernos, composiciones electrónicas, que tienen más que ver con la impresión de sensaciones que con una intención narrativa. Si acaso, un relato sensorial. Experiencias indecibles, una poética de abstracciones sónicas. En general, las llamaremos electrónica, como les decimos quienes desconocemos sus códigos. Músicas avanzadas, apuntan otros; por momentos experimentales. Aunque, me pregunto, qué otra cosa es la música, cualquier música, sino una experimentación, una alquimia, el anhelo de una fórmula desconocida de la armonía y la belleza.

Busco, decía, músicas sin referencia. No conozco artistas, no retengo nombres, desconozco estilos, líneas, vanguardias o colectivos. No aspiro a hacerlo, aunque algún nombre siempre se eleva por encima de los demás. Puedo subrayar, si los consulto en este mismo momento mientras la interminable cola de reproducción va desgranando sonidos, a John Tejada, a Isolée, Autechre o Andy Stott… Pero son nombres aleatorios y hay muchos otros. En realidad, todo es aleatorio, modo shuffle. Dejar que fluyan y, entrevista la hermosura, retener, guardar y ordenar aquellas a las que les entregaríamos unos minutos de nuestra salvación. En verdad lo que me atrae es el ambiente, el magma tibio en el que me mecen esas músicas. La cambiante sonoridad rítmica, que me hace sentir bien, que me despierta el ánimo y, sobre todo, que me transporta. O me traslada. O me sitúa más allá o tal vez más aquí de la realidad. No sé donde es ni qué nombre tiene. Se parece a un tren que me lleva y no sé adónde. Sólo quiero ese viaje a ninguna parte. Ahora que no podemos salir. La soledad del viaje. Un lugar que no es ningún lugar, sino el mismo viaje. El viaje es el destino que no precisa destino.

Da igual adónde llegues. No importan los lugares ni sus nombres. En realidad, no importan los nombres ni de los lugares ni de las cosas, ni de los sentimientos ni de aquellas ideas que encarnan personas. No importan más allá de su aceptada convención: me parecen todos incompletos frente a la inabarcable complejidad. No importa siquiera esta digresión, porque la digresión supone un cierto automatismo del pensamiento, una fluidez sonora, que encaja bien con el ejercicio de vaivén que pretendo describir en estos párrafos. Necesito algunos automatismos que me dirijan y me lleven. Hay tantas preguntas que no alcanzan las respuestas y tantas variaciones de lo aparente que pretender designarlas todas parece un empeño ridículo. Por eso las respuestas las fabricamos o lo hacen por nosotros, antes incluso de escuchar las preguntas. Por eso hay tantos sentimientos inclasificables… Y por eso los empaquetamos, para poder señalarnos los unos a los otros, llevarlos en una bolsa como una sonda por la que evacuar los complejos. Frente a la extraordinaria diversidad, los nombres representan apenas fútiles tentativas de apresar en una definición posibilidades que en realidad sabemos ajenas a cualquier medida. Todo lo que se nombra responde apenas a un consenso, necesario pero no imprescindible; un meeting point al que puedes regresar si quieres, si lo necesitas, si lo consideras preciso… porque te reafirma o porque crees en ello o porque coincides con los demás o porque tu impulso natural consiste en acordar. Tan legítimo como el derecho a la disidencia.

¿Quién sabe lo que significa en realidad te quiero? ¿Quién?

Qué importa entonces si a estos sonidos inorgánicos que ando reuniendo los llamamos canciones, temas, tracks o cualquier otra cosa. Son ordenamientos de sonidos, o son versificaciones electrónicas, o son derivas que riman con la lógica juguetona de una secuencia de ordenador. Son repeticiones ondulantes, suaves líneas melódicas que serpentean en torno a un ritmo o lo definen. Probablemente no sean ninguna de estas cosas. Abstracciones sensoriales que no relatan ni afirman, que no predican ni definen, ahora que todo el mundo quiere contarte, y cantarte, su verdad. Son música, una poética inasible. La voz acariciadora de las máquinas, con su monstruoso punto de advertencia: “Thank you for an enjoyable game”.

Es este tipo de sonido en mi cerebro lo que necesito cuando aspiro, como ahora, a trasponer los espacios y los tiempos; a reposar en un plácido limbo armónico, como una habitación impermeable al ruido de los días. A su insaciable tramoya. Un medio para flotar en los espacios, no apoyar demasiado en la realidad, pisar sin huellas y ondularme sobre la superficie afilada de los días, para ser el contorsionista que atraviesa indemne un espacio mortal, modulando con su cuerpo una ligera danza salvadora, de movimientos precisos. Quiero la ingravidez exacta que impedirá que me arrastre el viento; quiero la trémula fisonomía de un holograma, para que no me hieran las armas, para ser líquido cambiante que adopta la forma de los recipientes. Uno de esos magos animales de la mímesis. Quiero apoyarme en la pared y no ser visto. Irisarme de transparencias. Hacerme invisible al dolor. Y moverme ligero en los días y las tardes, liberado del peso de una letra y su música.

Sólo vibración sonora. Sólo emoción estética. Nada más que impulsos electrónicos que colonizan el cerebro y lo inmunizan contra la realidad. Colores. Sonidos. Ambientes. Ensoñación. Pensamientos envolventes como lámparas de lava. Noches que vuelan hacia los días. Espirales astronómicas. Tránsitos de luz. Círculos de tiempo.

Lapsos.

An accidental or temporary decline or deviation from an expected or accepted condition or state. Un declive o desviación, temporal o accidental, de un estado o una condición esperados o aceptados.

Construir pieza a pieza un universo paralelo e ir subiendo los escalones que miren a su horizonte. Lo llamaremos, por ejemplo, Radio Valbaara. Pero en realidad no importará nada cómo se llame. Sólo importará lo que es.





Una línea de Pessoa

13 04 2020

“Todos los atajos de mi sueño dan a claros de angustia”.

Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa.

La otra noche volví a soñar demasiado. Con demasiada intensidad. Con demasiada franqueza. Soñé demasiado, o supe que había soñado demasiado, por el nítido desasosiego con el que entré al día. Sobre todo, lo que soñé lo soñé demasiado cerca del instante decisivo de la vigilia: por eso al despertar recordaba con una claridad cruel la escenografía toda del sueño. No medió esta vez ese tramo incierto de descanso que me repara los desperfectos del subconsciente, que me pone a salvo de mí mismo; de ese lado ingobernable que habita en todos, agazapado en la entretela de realidades o de lo que creemos las realidades. El espectro que conforma nuestro yo más seguro. Un otro aterrador al que no podemos engañar con máscaras. Yo suelo escapar, olvido casi siempre todo lo que sueño. Pero esta vez no lo logré.

No podemos saber cuánto tiempo transcurre, si alguno, entre el fin del sueño y la conciencia. Pero yo salí de ese teatro monstruoso, la otra mañana, con todas las imágenes aún impresas en la retina; un relieve minucioso de cada detalle, del papel que yo jugaba, de la forma de mis actos y los movimientos que los habían determinado. Y, por encima de todo, de lo que me hicieron sentir. Es sobre todo esa parte, la parte última de las emociones que el sueño transfiere a la vigilia, lo que hiere los cuerpos. No los hechos, que pueden quedar en una representación informe, sin verdadero significado. No las personas, que en los sueños a menudo aparecen sin rostro o con rasgos irreconocibles, aun cuando tengan un nombre cierto. La incoherencia de los matices ayuda a olvidar. De los hechos uno puede desprenderse una vez despierto. Cruzas la penumbra decadente del dormitorio, hacia el pasillo por el que se ingresa en el desconcierto de la claridad, y quedan los hechos del sueño a tu espalda, como la noche ya derrotada, abandonados entre las sábanas con un desfallecimiento como de marioneta sin hilos. Vuelves la mirada y no. Nadie te persigue. La persona sin nombre no está. Puedes correr si quieres hacerlo. Gritar si lo necesitas. Y la hoja del cuchillo, aquel beso, la voz que ya no oyes, no están ahí. No existen. Eran un juego macabro de tu imaginación. El mismo juego.

Con las emociones no ocurre así. Las emociones te las traes de ese otro lado. Las emociones se filtran por las paredes y pasan de una dimensión a otra, para contagiar en el día el virus del desasosiego. Las emociones se incorporan del lecho y se mueven contigo. Dentro de ti. Alojadas en tu vientre como un vástago maldito. Desearías que fueran otra cosa, más ligera, menos perdurable. Que apenas danzasen un instante a tu alrededor, como ingrávidas centellas, en esos primeros minutos confusos, y después se fundieran con la luz de la mañana y desapareciesen de tu vista. Que las envolviese un aire limpio de fortaleza de espíritu al abrir las ventanas. Que fueran sólo un recuerdo desechable. Menos que eso: la memoria lejana de una sensación. Como las imágenes de otros tiempos que puedes convocar sin miedo, porque la distancia de los años ha desactivado su carga de nostalgia, la munición preferida del pasado. Pero las emociones adoptan formas cambiantes para seguir ahí. Coaguladas en la luz, se afilan y rasgan la cortina del día. Después se clavan en ti, parásito infame. Si advierten que intentas una conjura, que pretendes empujarlas al desagüe de la mañana, se espesan para envolver el estómago como una película viscosa, una bolsa siseante que bascula con cada movimiento.

Después, el día es un claro de angustia. Una línea repetida de Pessoa. Y hay que interrogar los libros y la música, construir mundos apartados en los que refugiarte. Al menos hasta alcanzar la noche, siempre liberadora y amenazante. Te pensabas a salvo de los sueños. Te sentiste inmune a los días insidiosos. Lejos del borde de aquellos abismos a los que hoy vuelves a asomarte. Al hacerlo, aún advertirás en su fondo la leve claridad monstruosa que tan bien conoces. Un minucioso catálogo de carcasas vacías de ti mismo. La piel mudada de los aprendizajes. Cuerpos pasados. Desfallecidos como una marioneta sin hilos cuyo rostro, a pesar del tiempo, aún se te parece demasiado.





Aquí estamos…

1 04 2020

Ahora creemos haber entendido que la felicidad era aquello. Los días. Cualquier día. La naturalidad de las cosas que ocurren por sí mismas, cuando nadie las mira. Cuando nadie nos mira. Nos ahoga ahora el espanto repentino de esta verdad: basta ensayar un mínimo desajuste en la maquinaria, variar el orden de los diálogos en la escena, adelantar una hora el reloj o mover un personaje de sitio, para que la secuencia nos arrebate toda la seguridad que pensábamos ganada. Para que todo adquiera otro significado y quedemos inermes frente al silencio, tantas veces anhelado, que ahora rebela con toda crudeza su consabida naturaleza opresiva. Es el ruido, como la furia y la sangre, lo que nos define. Es la repetición de las calles, y nuestros pasos por ellas, lo que nos protege. Sin la dosis adecuada de rutina -de la que siempre prometemos escapar- perdemos enseguida el equilibrio. Dejamos de poder dormir. Se altera la forma de las horas y las paredes angostan el espacio.

Sí. Miramos atrás y queremos convencernos de que aquello era felicidad sin anticipar que, un día, esto de ahora también lo será. Y ambas cosas pasarán por verdaderas como podrían resultar falsas. Donde hoy gobierna la atrocidad, quedarán las huellas de quien sobreviva, intactas bajo el profundo aguijón de dolor, de incomprensión, de dignidad asaltada que no se apacigua. Por encima de la fatalidad, del escándalo ahogado de la muerte invisible, prevalecerá lo que cada día hicimos para salvarnos: los juegos, los abrazos, las generosas falsedades sobre las que sostuvimos la vida, el teatro en los espejos, las fiestas con amigos invisibles, los globos que hinchamos para que jugaras, los partidos que dividen los días y las habitaciones conquistadas por el ruido, donde antes, cada mañana, nos envolvíamos en silencio. Hasta las noches más ominosas las llenaremos de luz, porque nos diremos que peleamos. Y hasta los abandonos y lás pérdidas y lo irreparable, todo, lo habremos conquistado para nuestra causa.

Seremos inefablemente mejores. Seremos otros. Porque nos pensamos impecables en la construcción de la felicidad retrospectiva, y en la certeza de un futuro dichoso. Todo en el fondo tuvo una falsa hermosura. Todo en la forma ocultaba apenas las mentiras. No temo a este aislamiento ni a los adioses. Se me dan bien las ceremonias de interior. Temo más lo que venga después. Ahora anhelo el final, pero anticipo ya las trampas que entonces me tenderá la melancolía. Y querré volver. De algún modo incomprensible, me parecerá que quiero volver. Igual que ansío regresar a los veranos. Cuando todo esto haya pasado.

Get busy living… or get busy dying.

Y mientras tanto, aquí estamos. Rodeados de arena.

Si el hombre no es una isla
Entonces yo no soy un hombre
Estoy perdido en un océano
Rodeado de arena

Mira lo que has logrado
Has ido demasiado lejos
No te lo podías imaginar
Pero aquí estamos

Aquí estamos, con nosotros mismos
Aquí estamos, con nuestros amigos
Otra vez, aquí estamos

Hay un aroma en el aire
Y ese brillo del cielo
Que susurra con dulzura
Y se abate con maldad

Hundirnos juntos
Despertarnos separados
No te lo vas a creer
Pero aquí estamos

Aquí estamos, con nosotros mismos
Aquí estamos, con nuestros amigos
Otra vez, aquí estamos

Una vez fui un vagabundo
Ahora estoy solo, sin más
Raramente sobrio, pero aun así
Seco como un hueso

¿Por qué pasaste de mí?
En mi puerta no queda sangre
Salvo la que tú dejaste
Así que aquí estamos

[Here We Are, de The Cynics].




Música para una cuarentena

21 03 2020

Esta canción, Strange, comenzó a sonar justo mientras me ponía unos guantes para recolectar en el supermercado. Como todo lo demás, la tienda estaba casi vacía, y los pocos que recorríamos a esa hora los pasillos nos evitábamos sin disimulo, cambiando de dirección en cuanto advertíamos a alguien que venía de frente. Aunque apenas éramos tres o cuatro, el establecimiento es pequeño, así que llegó un momento en que los frenazos y giros, las revueltas para escapar del otro, se hicieron cómicos y patéticos, todo a la vez. Parecíamos los fantasmitas azules de un comecocos humano.

Por fin el papel había regresado a los estantes. La última vez que fui a comprar pañuelos, una mañana cualquiera antes de que el mundo se terminara, lo aplacé por un pudor que ahora me parece muy irónico: iba para allí pero advertí que a la puerta de la tienda había una persona ofreciendo paquetitos de pañuelos de papel para ganarse unas monedas. Sentí que no podía entrar y salir delante de sus narices con un pack de doce. Sentí que tampoco comprarle uno a él, como hago otras veces, resolvía mi necesidad. Era pronto y ya tenía prisa, como suele ocurrir, así que postpuse para otro momento la resolución del dilema moral -y la compra del producto- y me volví para casa. Cuando regresé, no sé si esa tarde u otra, la paranoia de la celulosa ya había estallado. Los estantes quedaron vacíos de papel; y el mundo, de lógica.

Esta vez había de todo, en abundancia, y pude comprar lo que necesitaba. Al hacerlo sentí un estúpido orgullo y pensé en el hombre primitivo que abandona la seguridad de la cueva para salir de caza por montañas y bosques amenazadores; y que al fin regresa con una pieza con la que alimentará los próximos días a su familia. Ese pensamiento era una burla contra mí mismo, consciente, pero la realidad es que cuando uno sale de casa estos días no sabe bien a qué se enfrenta. Estos son días extraños, no hace falta decirlo. Vivimos una distopía en directo. Y, como ocurre en sus formas narrativas literarias o cinematográficas, resulta al mismo tiempo fascinante y aterradora. Sonó Strange en el supermercado, y la voz de Dean Wareham me hizo sentir parte de una realidad asfixiante en la que se hace complicado reconocerse. En la que uno se aviene a participar… pero contra la que cada tanto no puede evitar rebelarse.

Galaxie 500 (el nombre del grupo es el de un modelo de coche de la marca Ford que tenía un amigo de sus tres componentes) fueron una banda fugaz, que duraron cuatro años y tres elepés. Entre 1987 y 1991 dejaron un puñado de canciones que suenan a baja fidelidad y alto extrañamiento. A menudo suenan desoladoras y, quizás por eso, en cierto modo luminosas. En Strange, la voz de Wareham me parece tomar esa cualidad angustiada de algunas pinturas de vanguardia. El grito más o menos ahogado de un hombre que se agita despacio en el vacío de una existencia de la que no hay gran cosa que esperar. Salvo la asquerosa repetición de los días, apenas desordenados, que se encarna en una estrofa y un estribillo repetidos en un bucle que dura unos minutos pero podría prolongarse varias horas.

Cuando acabó, volví a ponerla. Y lo hice otra vez y otra y otra. Guardé una breve fila, con la distancia adecuada. Y salí a la calle con la misma canción otra vez repetida. Y así caminé despacio de vuelta a casa, escuchando la voz del joven desubicado que fluctúa entre la impresión de no pertenencia (¿Por qué todo el mundo es tan extraño y qué me importa a mí todo esto?) y la inevitable conformación del grupo, estabulado en rutinas y convenciones: ir, volver, hacer fila, esperar… Y mañana lo mismo. Y después, igual. Strange. Estos días.

¿Por qué se comporta todo el mundo de forma tan rara?
¿Por qué todo el mundo parece tan raro?
¿Por qué todo el mundo tiene un aspecto tan desagradable?
¿Qué me importa a mí todo esto?
Me bajé solo a la farmacia.
Regresé a casa y me tomé una cocacola.
Me puse en fila y me comé mis Twinkies.
Me puse en fila… y tuve que esperar.
[Strange, de Galaxie 500].




Canción de amor en una habitación llena

14 03 2020

Yo la tengo llevan tantísimo tiempo entre nosotros que han hecho de su propia vigencia una certeza enmascarada. Son una de esas formas de belleza que se nos vuelve transparente en la falsa apariencia menor de lo cotidiano. En realidad, sus canciones aguardan siempre medio escondidas, como el muchacho taimado que trata de pasar desapercibido en una habitación llena de gente. Buscan nuestros ojos y cuando perciben que se nos va a desbordar el mar en las pupilas, conforman una media sonrisa torpe que nos intenta consolar. Una adorable escena lastimosa, como la que describe la propia Autumn Sweater, intepretada sin querer por personajes que querrían estar siempre en otro lado. Reconocibles en su pura sencillez, pero con un trazo nítido, de impresión permanente. Autumn Sweater nos suena así. Es una prenda de abrigo en medio de la insensatez de los días. Un (in)cierto refugio. Y cada tanto, cada poco, la buscamos para que nos haga de escudo emocional. Y vemos llover afuera -incluso aunque afuera reine un sol implacable-, arropados en su feliz combinación de tiempos y contratiempos; el diálogo permanente y el cuidadoso subrayado de las percusiones; y, sobre todo, la voz de Ira Kaplan, que desgrana frases morosas de inseguridad, a punto de quebrarse, como una disculpa: “Lo intentaré, siempre lo intentaré… pero es una pérdida de tiempo”.

Desde sus mismos nombres, desde su propio aspecto, su actitud y la música, Yo la tengo recuerdan a los personajes de una película independiente que subrayara el contraste realista entre la estilizada Nueva York y una modesta Nueva Jersey. Tal vez porque son en realidad eso, salvo por la ficción y las cámaras. Georgia Hubley e Ira Kaplan se conocieron y empezaron a salir juntos en un concierto de música de un grupo local en Nueva Jersey. Él era crítico y vivía en un suburbio al norte de NY. Georgia estudiaba en la Escuela de Arte, inclinación que sin duda debería mucho a sus padres: John Hubley y Faith Elliott fueron animadores cinematográficos. John trabajó con Disney en los años 30 y participó en sus grandes clásicos, antes de fichar por United Productions of America (UPA) y acabar en las listas negras por no acusar a compañeros ante el Comité de Actividades Antiamericanas. Ira y Georgia formaron Yo la tengo en 1984 y algún tiempo después incorporaron a James McNew, que había sido DJ en la Universidad de Virginia. Se suele decir que fue esa adición la que conformó y cerró el trío en toda la gran dimensión que podría ofrecer su música. Desde ese momento, salieron de la sombra de la Velvet Underground sin abandonarla, y desde ese lugar llamado Hoboken -de fonética tan extrañamente evocadora- comenzaron a hilar música distintiva y a licuarla en trabajos a los que uno, la verdad, les encuentra poquísimas grietas. No hace mucho hice el ejercicio de escuchar la discografía de Yo la tengo completa, disco a disco desde Fakebook (profético título). Son casi una veintena, aún no he terminado, pero aproximadamente hacia la mitad ya me di cuenta de que no había un solo álbum ni siquiera remotamente menor; vista con la perspectiva de la evolución y el tiempo, su trayectoria revela hasta qué punto la heterogeneidad de los sonidos es un perfecto antónimo para la homogénea solvencia de todas y cada una de las propuestas. Si alguien me pidiera nombrar una canción, una sola, sólo una, que me molestara al escucharla, o que considerase mala, menor, impropia… no sería capaz. Hasta Nuclear War, tan juguetona con sus coros reiterativos y su equívoca ‘naivety’, lejos de incomodarme me lleva subido en la desnudez de la percusión y la salmodia de voces en esos casi ocho minutos de ‘spoken word’ obsesivo, con un punto de humor inequívoco: “It’s a motherfucker / don’t you know / if they push that button / your ass got to go – They gonna blast you high / up in the sky / you can kiss your ass”.. / Goodbye ass”. Aún tengo que encontrarles una canción que no me guste. Y esto, ojo, no lo puedo decir ni siquiera de mis grupos más queridos.

Y además, siempre he adorado la historia del nombre de la banda y su referencia a un divertido episodio de los New York Mets, el equipo de béisbol de la ciudad. En la temporada del 62, los Mets contaban en sus filas con un venezolano llamado Elio Chacón, que sólo hablaba español. Su compañero Richie Ashburn siempre le avisaba cuando iba a por una pelota en campo abierto, con un grito lógico: “I got it, I got!” (“¡la tengo!”). Pero como Chacón no le entendía, acababan chocando con frecuencia al ir a capturar ambos la misma pelota. Así que Ashburn aprendió a lanzar la señal de aviso en español y pasó a gritar “¡Yo la tengo!”. Avisado, Chacón ya no acudió y el problema pareció resuelto. Pero por desgracia, otro compañero angloparlante, Frank Thomas, se había perdido la reunión en la que acordaron la frase de advertencia. Así que esta vez fue Thomas el que chocó con Ashburn. Al incorporarse, le preguntó: “¿Pero qué narices es un Yellow Tango?”. Y así fue como Ira y Georgia decidieron llamar a su grupo Yo la tengo. Y el motivo por el cual, si algún día fundo una banda, la llamaré Yellow Tango (así suena la frase en inglés), que me parece un nombre fantástico y sólo comparable al que tendría mi otro gran proyecto musical: Hoboken.

Yo la tengo dieron hace algunos meses en Zaragoza un formidable concierto en el que mezclaron, en dos partes bien diferenciadas, sus sonidos más contenidos e intimistas (gloriosamente intimistas), y ese otro tipo de temas ruidosos, que parecen girar en gozosos círculos concéntricos, preñados de una energía que invita al extravío. En muchos momentos de ese recital cerré los ojos para envolverme en la maraña sónica y que me llevara con dulzura. Lejos, muy lejos. En algún lado leí que las canciones de Yo la tengo resultan raramente acogedoras, a pesar de la ocasional aspereza de sus sonidos y sus letras. La definición me parece tan acertada que, sin querer, la había formulado hacía tiempo, de otra manera: hay canciones que son lugares; hay otras que son momentos; hay muchas que son personas; y, casi todas, versiones superpuestas de nosotros mismos, en ese espacio inasible en el que somos todos los tiempos al tiempo.

Hay canciones de esta banda en las que uno se quedaría a vivir; o en las que, en realidad, llevamos muchos días viviendo. Porque son todas esas cosas a la vez. Un mundo perfecto.

Entre todas, ninguna más confortable que esta Autumn Sweater, arrebatadora para los sentidos y en todos los sentidos. Una tarde se me reveló en un paseo arbolado y desde entonces me he construido con ella una habitación a la que me escabullo a menudo. Cierro la puerta y, cuando se apaga el incesante ruido de afuera y ya sólo escucho mi propia voz, murmuro: “Me with nothing to say / and you in your autumn sweater”. Y estoy en Hoboken.

Cuando oí llamar a la puerta / me faltaba la respiración
¿Es ya tarde para suspender esto?
Podríamos escabullirnos… ¿acaso no sería mejor?
Yo, sin nada que decir… y tú con tu jersey de otoño
Intenté esconderme lo mejor que pude
En una habitación repleta, es casi posible
Y esperarte a ti, ay, con toda mi paciencia
Podríamos escabullirnos… ¿acaso no sería mejor?
Yo, sin nada que decir… y tú con tu jersey de otoño
Así que busqué tus ojos
Y parecía que las olas estaban a punto de derramarse de ellos
Lo intentaré con todas mis fuerzas, siempre lo intentaré
Pero es una pérdida de tiempo…
Es una perdida de tiempo, porque no me sale sonreír
como lo hacía al principio
Al principio
Podríamos escabullirnos… ¿acaso no sería mejor?
Yo, sin nada que decir… y tú con tu jersey de otoño

Tú, con tu jersey de otoño

Tú, con tu jersey de otoño
Tú, con tu jersey de otoño

[Autumn Sweater, de Yo la tengo]





Tiempo, más tiempo…

10 02 2020

“Lo que pido es tiempo para acompañarle al menos un trecho largo de su camino vital, como espectador y como cómplice. Porque, de todas las sensaciones nuevas que me ha inoculado Luca, la peor es la hipocondria. Por primera vez en mi vida, temo morir. Me siento obligado a permanecer aquí al menos 25 años más, los que él pueda necesitarme, y en eso no quiero fallarle. Mi hijo no ha de ser lo que yo fui: un adolescente enfadado con el mundo porque se le murió el padre demasiado pronto. Voy a dejar de fumar”.

[Ser padre consiste en vivir acojonado por la posibilidad de la pérdida… y en esa confusión encontrar el equilibrio necesario para no convertir a tu hijo en un estúpido. Y también, para no volverte loco tú mismo en la obsesiva carnicería mental que te procura el miedo. Miedo a que no esté. Miedo a no estar tú. Gistau hablaba de todo eso. Dejó escrito lo que todos acabamos temiendo: que no quede demasiado tiempo. Que nunca será suficiente. DEP].