Música para una cuarentena

21 03 2020

Esta canción, Strange, comenzó a sonar justo mientras me ponía unos guantes para recolectar en el supermercado. Como todo lo demás, la tienda estaba casi vacía, y los pocos que recorríamos a esa hora los pasillos nos evitábamos sin disimulo, cambiando de dirección en cuanto advertíamos a alguien que venía de frente. Aunque apenas éramos tres o cuatro, el establecimiento es pequeño, así que llegó un momento en que los frenazos y giros, las revueltas para escapar del otro, se hicieron cómicos y patéticos, todo a la vez. Parecíamos los fantasmitas azules de un comecocos humano.

Por fin el papel había regresado a los estantes. La última vez que fui a comprar pañuelos, una mañana cualquiera antes de que el mundo se terminara, lo aplacé por un pudor que ahora me parece muy irónico: iba para allí pero advertí que a la puerta de la tienda había una persona ofreciendo paquetitos de pañuelos de papel para ganarse unas monedas. Sentí que no podía entrar y salir delante de sus narices con un pack de doce. Sentí que tampoco comprarle uno a él, como hago otras veces, resolvía mi necesidad. Era pronto y ya tenía prisa, como suele ocurrir, así que postpuse para otro momento la resolución del dilema moral -y la compra del producto- y me volví para casa. Cuando regresé, no sé si esa tarde u otra, la paranoia de la celulosa ya había estallado. Los estantes quedaron vacíos de papel; y el mundo, de lógica.

Esta vez había de todo, en abundancia, y pude comprar lo que necesitaba. Al hacerlo sentí un estúpido orgullo y pensé en el hombre primitivo que abandona la seguridad de la cueva para salir de caza por montañas y bosques amenazadores; y que al fin regresa con una pieza con la que alimentará los próximos días a su familia. Ese pensamiento era una burla contra mí mismo, consciente, pero la realidad es que cuando uno sale de casa estos días no sabe bien a qué se enfrenta. Estos son días extraños, no hace falta decirlo. Vivimos una distopía en directo. Y, como ocurre en sus formas narrativas literarias o cinematográficas, resulta al mismo tiempo fascinante y aterradora. Sonó Strange en el supermercado, y la voz de Dean Wareham me hizo sentir parte de una realidad asfixiante en la que se hace complicado reconocerse. En la que uno se aviene a participar… pero contra la que cada tanto no puede evitar rebelarse.

Galaxie 500 (el nombre del grupo es el de un modelo de coche de la marca Ford que tenía un amigo de sus tres componentes) fueron una banda fugaz, que duraron cuatro años y tres elepés. Entre 1987 y 1991 dejaron un puñado de canciones que suenan a baja fidelidad y alto extrañamiento. A menudo suenan desoladoras y, quizás por eso, en cierto modo luminosas. En Strange, la voz de Wareham me parece tomar esa cualidad angustiada de algunas pinturas de vanguardia. El grito más o menos ahogado de un hombre que se agita despacio en el vacío de una existencia de la que no hay gran cosa que esperar. Salvo la asquerosa repetición de los días, apenas desordenados, que se encarna en una estrofa y un estribillo repetidos en un bucle que dura unos minutos pero podría prolongarse varias horas.

Cuando acabó, volví a ponerla. Y lo hice otra vez y otra y otra. Guardé una breve fila, con la distancia adecuada. Y salí a la calle con la misma canción otra vez repetida. Y así caminé despacio de vuelta a casa, escuchando la voz del joven desubicado que fluctúa entre la impresión de no pertenencia (¿Por qué todo el mundo es tan extraño y qué me importa a mí todo esto?) y la inevitable conformación del grupo, estabulado en rutinas y convenciones: ir, volver, hacer fila, esperar… Y mañana lo mismo. Y después, igual. Strange. Estos días.

¿Por qué se comporta todo el mundo de forma tan rara?
¿Por qué todo el mundo parece tan raro?
¿Por qué todo el mundo tiene un aspecto tan desagradable?
¿Qué me importa a mí todo esto?
Me bajé solo a la farmacia.
Regresé a casa y me tomé una cocacola.
Me puse en fila y me comé mis Twinkies.
Me puse en fila… y tuve que esperar.
[Strange, de Galaxie 500].




Canción de amor en una habitación llena

14 03 2020

Yo la tengo llevan tantísimo tiempo entre nosotros que han hecho de su propia vigencia una certeza enmascarada. Son una de esas formas de belleza que se nos vuelve transparente en la falsa apariencia menor de lo cotidiano. En realidad, sus canciones aguardan siempre medio escondidas, como el muchacho taimado que trata de pasar desapercibido en una habitación llena de gente. Buscan nuestros ojos y cuando perciben que se nos va a desbordar el mar en las pupilas, conforman una media sonrisa torpe que nos intenta consolar. Una adorable escena lastimosa, como la que describe la propia Autumn Sweater, intepretada sin querer por personajes que querrían estar siempre en otro lado. Reconocibles en su pura sencillez, pero con un trazo nítido, de impresión permanente. Autumn Sweater nos suena así. Es una prenda de abrigo en medio de la insensatez de los días. Un (in)cierto refugio. Y cada tanto, cada poco, la buscamos para que nos haga de escudo emocional. Y vemos llover afuera -incluso aunque afuera reine un sol implacable-, arropados en su feliz combinación de tiempos y contratiempos; el diálogo permanente y el cuidadoso subrayado de las percusiones; y, sobre todo, la voz de Ira Kaplan, que desgrana frases morosas de inseguridad, a punto de quebrarse, como una disculpa: “Lo intentaré, siempre lo intentaré… pero es una pérdida de tiempo”.

Desde sus mismos nombres, desde su propio aspecto, su actitud y la música, Yo la tengo recuerdan a los personajes de una película independiente que subrayara el contraste realista entre la estilizada Nueva York y una modesta Nueva Jersey. Tal vez porque son en realidad eso, salvo por la ficción y las cámaras. Georgia Hubley e Ira Kaplan se conocieron y empezaron a salir juntos en un concierto de música de un grupo local en Nueva Jersey. Él era crítico y vivía en un suburbio al norte de NY. Georgia estudiaba en la Escuela de Arte, inclinación que sin duda debería mucho a sus padres: John Hubley y Faith Elliott fueron animadores cinematográficos. John trabajó con Disney en los años 30 y participó en sus grandes clásicos, antes de fichar por United Productions of America (UPA) y acabar en las listas negras por no acusar a compañeros ante el Comité de Actividades Antiamericanas. Ira y Georgia formaron Yo la tengo en 1984 y algún tiempo después incorporaron a James McNew, que había sido DJ en la Universidad de Virginia. Se suele decir que fue esa adición la que conformó y cerró el trío en toda la gran dimensión que podría ofrecer su música. Desde ese momento, salieron de la sombra de la Velvet Underground sin abandonarla, y desde ese lugar llamado Hoboken -de fonética tan extrañamente evocadora- comenzaron a hilar música distintiva y a licuarla en trabajos a los que uno, la verdad, les encuentra poquísimas grietas. No hace mucho hice el ejercicio de escuchar la discografía de Yo la tengo completa, disco a disco desde Fakebook (profético título). Son casi una veintena, aún no he terminado, pero aproximadamente hacia la mitad ya me di cuenta de que no había un solo álbum ni siquiera remotamente menor; vista con la perspectiva de la evolución y el tiempo, su trayectoria revela hasta qué punto la heterogeneidad de los sonidos es un perfecto antónimo para la homogénea solvencia de todas y cada una de las propuestas. Si alguien me pidiera nombrar una canción, una sola, sólo una, que me molestara al escucharla, o que considerase mala, menor, impropia… no sería capaz. Hasta Nuclear War, tan juguetona con sus coros reiterativos y su equívoca ‘naivety’, lejos de incomodarme me lleva subido en la desnudez de la percusión y la salmodia de voces en esos casi ocho minutos de ‘spoken word’ obsesivo, con un punto de humor inequívoco: “It’s a motherfucker / don’t you know / if they push that button / your ass got to go – They gonna blast you high / up in the sky / you can kiss your ass”.. / Goodbye ass”. Aún tengo que encontrarles una canción que no me guste. Y esto, ojo, no lo puedo decir ni siquiera de mis grupos más queridos.

Y además, siempre he adorado la historia del nombre de la banda y su referencia a un divertido episodio de los New York Mets, el equipo de béisbol de la ciudad. En la temporada del 62, los Mets contaban en sus filas con un venezolano llamado Elio Chacón, que sólo hablaba español. Su compañero Richie Ashburn siempre le avisaba cuando iba a por una pelota en campo abierto, con un grito lógico: “I got it, I got!” (“¡la tengo!”). Pero como Chacón no le entendía, acababan chocando con frecuencia al ir a capturar ambos la misma pelota. Así que Ashburn aprendió a lanzar la señal de aviso en español y pasó a gritar “¡Yo la tengo!”. Avisado, Chacón ya no acudió y el problema pareció resuelto. Pero por desgracia, otro compañero angloparlante, Frank Thomas, se había perdido la reunión en la que acordaron la frase de advertencia. Así que esta vez fue Thomas el que chocó con Ashburn. Al incorporarse, le preguntó: “¿Pero qué narices es un Yellow Tango?”. Y así fue como Ira y Georgia decidieron llamar a su grupo Yo la tengo. Y el motivo por el cual, si algún día fundo una banda, la llamaré Yellow Tango (así suena la frase en inglés), que me parece un nombre fantástico y sólo comparable al que tendría mi otro gran proyecto musical: Hoboken.

Yo la tengo dieron hace algunos meses en Zaragoza un formidable concierto en el que mezclaron, en dos partes bien diferenciadas, sus sonidos más contenidos e intimistas (gloriosamente intimistas), y ese otro tipo de temas ruidosos, que parecen girar en gozosos círculos concéntricos, preñados de una energía que invita al extravío. En muchos momentos de ese recital cerré los ojos para envolverme en la maraña sónica y que me llevara con dulzura. Lejos, muy lejos. En algún lado leí que las canciones de Yo la tengo resultan raramente acogedoras, a pesar de la ocasional aspereza de sus sonidos y sus letras. La definición me parece tan acertada que, sin querer, la había formulado hacía tiempo, de otra manera: hay canciones que son lugares; hay otras que son momentos; hay muchas que son personas; y, casi todas, versiones superpuestas de nosotros mismos, en ese espacio inasible en el que somos todos los tiempos al tiempo.

Hay canciones de esta banda en las que uno se quedaría a vivir; o en las que, en realidad, llevamos muchos días viviendo. Porque son todas esas cosas a la vez. Un mundo perfecto.

Entre todas, ninguna más confortable que esta Autumn Sweater, arrebatadora para los sentidos y en todos los sentidos. Una tarde se me reveló en un paseo arbolado y desde entonces me he construido con ella una habitación a la que me escabullo a menudo. Cierro la puerta y, cuando se apaga el incesante ruido de afuera y ya sólo escucho mi propia voz, murmuro: “Me with nothing to say / and you in your autumn sweater”. Y estoy en Hoboken.

Cuando oí llamar a la puerta / me faltaba la respiración
¿Es ya tarde para suspender esto?
Podríamos escabullirnos… ¿acaso no sería mejor?
Yo, sin nada que decir… y tú con tu jersey de otoño
Intenté esconderme lo mejor que pude
En una habitación repleta, es casi posible
Y esperarte a ti, ay, con toda mi paciencia
Podríamos escabullirnos… ¿acaso no sería mejor?
Yo, sin nada que decir… y tú con tu jersey de otoño
Así que busqué tus ojos
Y parecía que las olas estaban a punto de derramarse de ellos
Lo intentaré con todas mis fuerzas, siempre lo intentaré
Pero es una pérdida de tiempo…
Es una perdida de tiempo, porque no me sale sonreír
como lo hacía al principio
Al principio
Podríamos escabullirnos… ¿acaso no sería mejor?
Yo, sin nada que decir… y tú con tu jersey de otoño

Tú, con tu jersey de otoño

Tú, con tu jersey de otoño
Tú, con tu jersey de otoño

[Autumn Sweater, de Yo la tengo]





Tiempo, más tiempo…

10 02 2020

“Lo que pido es tiempo para acompañarle al menos un trecho largo de su camino vital, como espectador y como cómplice. Porque, de todas las sensaciones nuevas que me ha inoculado Luca, la peor es la hipocondria. Por primera vez en mi vida, temo morir. Me siento obligado a permanecer aquí al menos 25 años más, los que él pueda necesitarme, y en eso no quiero fallarle. Mi hijo no ha de ser lo que yo fui: un adolescente enfadado con el mundo porque se le murió el padre demasiado pronto. Voy a dejar de fumar”.

[Ser padre consiste en vivir acojonado por la posibilidad de la pérdida… y en esa confusión encontrar el equilibrio necesario para no convertir a tu hijo en un estúpido. Y también, para no volverte loco tú mismo en la obsesiva carnicería mental que te procura el miedo. Miedo a que no esté. Miedo a no estar tú. Gistau hablaba de todo eso. Dejó escrito lo que todos acabamos temiendo: que no quede demasiado tiempo. Que nunca será suficiente. DEP].





Fake politics

3 02 2020

La serie documental ‘La guerra de Vietnam’, dirigida por Ken Burns, constituye un relato pormenorizado, vibrante y didáctico de las múltiples capas que se superponen en el que probablemente sea el conflicto bélico más cinematográfico de la historia. Alejado de los tópicos y riguroso frente a la creciente tendencia a la polarización de cualquier revisión histórica, Burns mezcla diferentes planos narrativos, hasta conseguir un cuadro formidable que viaja al sustrato histórico del enfrentamiento, recorre la evolución del papel militar de los Estados Unidos en la zona, examina la evolución de la extenuante campaña militar, se detiene en las atrocidades cometidas por ambos bandos, registra el enfrentamiento civil y el crecimiento de la conciencia antimilitarista en Estados Unidos, ausculta las dramáticas vivencias de soldados y familias; y, cómo no, desentierra, expone y analiza el modo en que los poderes políticos y militares, con los presidentes norteamericanos al frente, usaron la comunicación para defender sus intereses a lo largo de toda la guerra.

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Gistau

21 12 2019

“Desconfío de quienes disfrutan escribiendo. Eso es que todavía no han hecho un descubrimiento pavoroso: que no se trata de escribir, sino de escribir bien. La vanidad se la concede como premio quien cree haber alcanzado su mejor yo posible. No estoy en edad de ponerme vanidoso”.

(David Gistau, en una columna en 2005)

[Foto: hoy.es].

Esta mañana, durante el paseo diario, he leído un artículo sobre David Gistau, alarmante por el tono de esperanzada elegía, que orbitaba en elipsis alrededor del planeta más oscuro; y pronto he sabido sobre el accidente cerebral que lo mantiene inconsciente desde finales de noviembre. En la capa más antigua del disco duro guardo anotaciones diversas que son mi desornada ‘moleskine’. Porque, aunque yo también he comprado a lo largo de los años cuadernos y libretas donde anotar pensamientos propios y ajenos, como para cumplir el patrón literario de hombre que licua el mundo en palabras fugaces, la verdad es que jamás escribí en ellas más allá de dos o tres frases. Y además, a duras penas entiendo mi propia ortografía, que con el tiempo se me ha hecho un garabato de bicho con ínfulas estéticas. Por eso, si quiero apuntar algo y conservarlo, lo hago en el ordenador. Y ahí, a ese espacio que me procura sobresaltos temporales si lo indago, he ido a buscar este párrafo que le leí hace años a Gistau, cuando él aún era un periodista medio desconocido al que resultaba sencillo adivinarle un destino mucho más notorio en la profesión. Todo lo que pensé de esas líneas y de su autor entonces lo han corroborado las muchas que le he leído después. Gistau siempre ha sido mi preferido de entre todos los sospechosos habituales del columnismo de hoy, poblado de cipotudos’ que sinceramente me aburren con su pose de personajes, su forzada retórica y lo que me parece un vacío analítico que gira ensimismado en las aspiraciones umbralescas. A Gistau sólo me han unido sus palabras en los diarios; y la impresión nítida de que me sentaría con gusto a charlar con él, porque lo veo afectado por el descreimiento de quien defiende la libertad individual contra el dogmatismo; a charlar y recorrer territorios que por lo que le leo, nos deben de ser comunes (el blanco y negro, cierto periodismo y paisanaje norteamericanos, algunas músicas). Sería el mismo placer con el que siempre me senté a leerlo, mucho más allá de los acuerdos. No tanto como un admirador, que no; mucho más como un lector que encuentra palabras atendibles. A Gistau ni siquiera he querido robarle frases, como me ha pasado con otros muchos autores. Pero sí me ha encantado leérselas a él. Anotarlas. Y recordarlas. También las he citado, en ocasiones, y recomendado en muchas otras. Supongo que esta tristeza en la que me he quedado atrapado después de saber lo ocurrido tiene que ver con el indudable deseo de que esos chicos suyos que, como él contaba, se le cuelan hace años en las columnas, puedan seguir conversando con su padre. Y nosotros, aún leerle. Y tomar alguna nota que traspase el tiempo.





Siempre los días

8 12 2019

Cuando me he asomado, el día no era siquiera un atisbo de luz. Ese duermevela ambarino de las lámparas, y los fantasmas de abrigo que cruzan las calles sin mirar, como si a esa hora poco les importara nacer o morir, estar vivos o llegar al trabajo. Los árboles agitados al otro lado del cristal advertían de que también hoy el viento gobernará las calles.

Un rato antes me ha despertado el zumbido agotador de una cisterna que cada tanto, con regularidad de cronograma, colma los depósitos invisibles bajo el asfalto. Ahí donde sucede oculta la tramoya bárbara de las existencias. He imaginado que ese combustible que libera el camión ha de ser el que sostenga en marcha el mecanismo incesante de los días. Acaso el giro mismo de los planetas. La vida parece una ventana que mira a la fugacidad. El balcón sobre un abismo, pintado de trampantojos para eludir el vértigo: personas que pasan, sentimientos que nos inflaman, el ruido de la música, arquitecturas transparentes. No entornes los ojos. O verás.

A este lado de la realidad, cuando miro a la mañana apenas inaugurada, siento que cualquier día nos vamos a detener, exhaustos. Después recuerdo la imagen de los trenes en la estación: cuando el mío parece moverse desde el vagón en que observo el contiguo, aun estando detenido. Y de esa misma forma no sé si se mueve la escena al otro lado de la ventana, para convocar el inagotable engaño de hacernos creer que vamos a algún lado, mientras la vida en esta habitación continúa inalterada.

Frente a mí corre la cinta del tiempo y el mundo en tránsito, líneas discontinuas de una oscura carretera.

Y aquí adentro, los días. Siempre los días.





Regreso a la Antártida

16 10 2019

Hace pocos días le dediqué a Pab un ejemplar de Siempre nos quedará la AntártidaPara eso, me vi obligado a rastrear el almacén digital de las librerías de la ciudad, porque todos los ejemplares de cortesía los perdí ya, en obsequios sucesivos o como intercambios de gratitud. Más aún: hace ya tiempo que desplumé también a mi madre y a mi hermana, a quienes les arrebaté los suyos -que yo mismo les había regalado en su momento, claro-, para dárselos a otras personas con las que sentía que tenía el compromiso, o deseaba tenerlo, de evitarles la búsqueda del libro. Ambas accedieron sin protestar gran cosa, confiadas en que pronto les repondría el expolio. Pero ya nunca ha ocurrido, así que voy pagando las deudas en libros con otras deudas en libros. Un negocio redondo.

Ante esta nueva emergencia, que se repite cada tanto, consideré por un momento la posibilidad de quitarle el suyo a mi hermano, pero enseguida la deseché. Nunca fue fácil arrebatarle a mi hermano un libro: si retiras un título de su biblioteca, es probable que se accione un mecanismo por el cual siete dagas mortíferas surgen de agujeros ocultos en las paredes y te dejan como un colador antes de que des el primer paso hacia la puerta. Me costó un rato interrogar las tiendas online de las librerías de la ciudad, pero finalmente encontré un ejemplar disponible en stock. Lo que me hace sospechar si en todo este tiempo, desde que se publicó “la novela”, como lo llama mi madre, no habré sido yo mismo el que haya adquirido todos los ejemplares de la Antártida; como cuando Brian Epstein, el avispado manager de los Beatles, compró 10.000 copias de su primer single, Love me do, para ponerlo bien arriba en las listas de ventas.

El ejercicio de ir a comprar tu propia obra a una librería puede a simple vista juzgarse onanismo; pero en lo único que se parecen ambas actividades es en la condición furtiva de su ejercicio, que trata de evitar miradas ajenas. Y tal vez también en una cierta desesperación o urgencia. “Mire… yo esto lo hago por necesidad, no por vicio”. Por lo demás una vez en la tienda, a la hora de preguntar si todavía les queda algún ejemplar, uno intenta no darse a entender o que no se le note demasiado el patético bucle del autor que se compra a sí mismo. O que no ocurra que la persona a cargo del establecimiento cometa la imprudencia de examinar la solapa en la que te fotografió el lúcido Marcos Cebrián. Esa escena de película en la que el huido de la justicia aparece en una gasolinera en la que el mozo está leyendo un diario con su cara en la portada y un aviso de la policía. Claro, toda esta escena la hace posible el hecho indiscutible de que no nos conoce ni Cristo. Porque si fuéramos Pérez Reverte pues, hombre, entraríamos en las librerías con mucha más determinación, como si alguna vez hubiésemos estado en una guerra o en la Real Academia Española… Pero no a comprar nuestro propio libro.

El caso es que necesitaba la Antártida para regalo… y de paso me convenía otra para mí. Más que nada porque esta semana arrancamos una minigira de tres fechas por localidades de Zaragoza, invitados a participar en el ciclo de animación a la lectura que auspicia la generosa Diputación Provincial. Este viernes en Mallén; el martes 26 de octubre en Villanueva de Gállego; y el 1 de noviembre en Los Fayos. De modo que yo necesitaba releerme a mí mismo un buen rato (de nuevo el bucle) para acordarme mejor de qué cosas escribí y, sobre todo, por ver si se me ocurría alguna respuesta plausible para esa pregunta que siempre me hacen: “Pero, ¿de qué va tu libro?”. Y yo me pongo a pensar y no doy con una mínima definición que me deje satisfecho. Y acabo por componer una cara de sapo que, sinceramente, desanima de manera comprensible a cualquier potencial lector.

Confieso que he llegado a pedirles a lectores amigos que me ayuden a buscar respuestas. Encargarle a otro que te expliqué de qué va tu libro es aún peor que entrar en las librerías a comprarlo. Pero bueno… más feo está robar.

Así que encontré un único ejemplar, hallazgo que celebré con un largo suspiro. Sabiendo de sobra la respuesta, pregunté si por casualidad (casi dije caridad) no tenían otro: “No pero, si me dejas tu nombre, lo pedimos y en un par de días lo tienes aquí”. Preferí no hacerlo: “Es que dentro de dos días ya es tarde”. Eso debió sonar lacónico y profundo… pero era una simple verdad, porque no iba a tener más días ni oportunidades de hacer esa entrega dedicada. Para ganar tiempo, anuncié que me daría una vuelta para mirotear los estantes. Y ahí me crucé con el último de Richard Ford (Lamento lo ocurrido), que metí rápidamente bajo el brazo; y con una colección de artículos escritos por el argentino Pedro Mairal, del que sólo tenía la referencia, no leída, de su novela La uruguaya. Y me lo llevé también, porque al mirarle por encima el lomo y hacerle la prueba del algodón (lectura de los dos primeros párrafos) pronto supe que ahí no había encontrado solamente un libro capaz de procurarme cierta felicidad con su lectura, lo cual ya suele ser bastante. En realidad, acababa de dar con un auténtico aliado para mis amarguras. Ahora lo explico.

Lo que me atrajo hacia el libro de Mairal, para empezar, fue que esos artículos que lo componen provinieran de entradas escritas en su blog. Como mi Antártida, pensé… no sin cierta aprensión de modestia. También me interesó su título, Maniobras de evasión, que de inmediato asocié a un viejo somniloquio titulado Plan de evasión. Por ahí nos sobrevolaba a los dos la misma sombra delicada de Bioy Casares, un señor escritor. En aquel somniloquio yo ansiaba la huida final a la Antártida, entre otros destinos más o menos salvajes y literarios, para escapar de los rigores de la vida: “(…) la vida, ese juego tan raro que practican los demás”. Esta última frase se la he tomado prestada a Mairal. Ya se va viendo por qué lo sumé de inmediato a mi equipo.

Cuando leí la contratapa de su libro todavía me animé más. Hace tiempo que busco -y aquí es donde entran en foco los encuentros con los lectores a los que me dispongo a acudir- una manera satisfactoria de explicar qué cosa es la Antártida. Mi libro, no el continente helado. Esto empezó el día que un amigo, dedicado al feliz negocio de las peluquerías, me preguntó de qué iba, por si pudiera encontrarle acomodo entre las lecturas que ofrece a su clientela mientras esperan a que les saquen volumen en el cabello. Yo me imaginé la escena de esa gente leyendo mi libro bajo los secadores y se me vino una grave inseguridad. No acerté a decirle de qué iba. Y como mi amigo tiene el olfato para el negocio muy fino, pues aquella posibilidad se disolvió en el aire de la conversación y pasamos a hablar de cualquier otra cosa.

Pero a mí la pelota me quedó botando en la cabeza, como a menudo sucede, y desde entonces busco definiciones. A veces las he encontrado. Pero luego se me pierden. O dejan de tener sentido porque están usadas o porque en un momento dado les advierto una incómoda oquedad de artificio. Diario no diario. Dietario. Miscelánea de artículos. Estilizaciones de lo cotidiano. Crónicas de un día cualquiera… Cosas así. Pero en la contratapa de Mairal di con una que me gustó tanto que me la quedé: biografía involuntaria. Y sí, eso es la Antártida. Eso hacíamos, sin saberlo, mientras escribíamos. Mientras aún, a veces, nos escribimos.

Desde ese día, Mairal me ha ido dejando en el camino frases como ésta, migas de pan que me indican un camino seguro hasta los lectores: “Para eso escribo, supongo, porque me gusta recrear la experiencia sensible a través del lenguaje”. Algo así quería decir yo, creo. Pero no me salía tan bien. Escribir para ensanchar los días, para magnificar lo vivido (la recreación de la experiencia sensible) y no dejar que se escape en volutas de tiempo, como humo ingrávido de la memoria.

Escribe también Pedro Mairal (escribe tan bien Pedro Mairal), ya en las primeras páginas, como si quisiera ser amable para aplacar mi urgencia: “Los blogs me sirvieron para ocultarme, atomizarme en seudónimos, escribir como gente que no soy yo, como personas que llevo dentro, voces o quizá fuerzas verbales. Disfruté mucho de eso, de la libertad de zafar de mí mismo”. Escapar de mí mismo; dejar que escriba ese que soy yo pero que al mismo tiempo no soy yo, es un personaje que se me parece mucho o al que yo imito. El que me habita y escribe. El que me dicta estas líneas y tantas otras. Escribirse a uno mismo pero a través de los libros, las músicas, las personas, los momentos. Los días. Algunas noches.

Y por encima de todo eso, como si conscientemente hubiera decidido caerme bien, Mairal cuenta que, ya mayor, se puso a aprender a tocar la batería. Y también, que de chico jugó al rugby. O bien, como dice él: “Todos jugaban al rugby, pero yo en cambio actuaba que jugaba”. Un jugador de rugby temeroso es un personaje en sí mismo. Como un torero que huye de las astas.

Un blog. La batería. El rugby. Las evasiones. Demasiadas casualidades como para desatenderlas. Ahora que acabé la distopía orwelliana, a Mallén y a los otros lugares me llevaré a Mairal, como aliado y consejero. De escudo y lanza. Al menos por ahora. Más adelante puede que derribe esa seguridad, su biografía involuntaria ya no me sirva y necesite repetir todo el ciclo: incluido el requisado a mi familia -si aprendo a rodar como Indiana Jones antes de que me alcancen los puñales fraternos- y la visita a una librería a la que no haya llegado el inevitable deshielo de mi Antártida, que va desapareciendo consumida en el tiempo. Si hace falta entraré al atardecer, favorecido por las sombras, embozado y con sombrero como un capitán Alatriste. O igual me disfrazo de pingüino.