Sonidos de Primavera (y 3)

7 06 2010

Diez sonidos para despedir la primavera que fue. Una semana ha durado este florecimiento de nombres que en su mayoría nos eran desconocidos o sólo una referencia sin contexto. Algo más que escuchar, otras voces, otros ámbitos. Ninguno de estos grupos serán ya el grupo de nuestra vida, pero eso no es importante. Cada uno tiene los suyos. Aquí no buscamos respuestas, sino propuestas. Y ensanchar los límites hasta donde dé la tela.


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Esfinges en El Cairo

5 06 2010

The Charlatans, siempre iluminados por su música prístina, lúcida, de sonido y aroma fragante como agua de colonia.

Sin haber ido jamás a Egipto, uno pasó noches inolvidables en El Cairo. Las mil y una noches, tal vez. Sometidos al poderoso influjo de la luna, escuchábamos el canto de juglares que desenredaban relatos con los que sentirnos inmortales y escapar de la mañana, cuando la luz nos decapitaría. El Cairo tenía, como las pirámides, una antesala oscura de doble puerta, pero adentro guardaba un secreto confesable de música y luz, el tesoro de Manchester: en la cámara principal pinchaba The Crayola Kid (aka Juan Carlos) la mejor música de aquella ciudad, que era la mejor de ésta y todas. E íbamos a abandonarnos en el ritmo trascendental de los Stone Roses, en la poesía declarada juerga (diría Tony Wilson) de los Happy Mondays, en la clase juvenil de hermoso desenfado de los Charlatans. Había muchos otros, claro, pero esos tres resumen el sonido de aquellas noches. Las noches de El Cairo, tantas noches y los días angostos que las enmarcaban. Las pinturas egipcias de las columnas, los perfiles bifrontales, el laberinto rubio de Marina,  las esfinges agitadas al ritmo de la luz, el sudor en vaso de cristal y el alcohol tranquilo licuado en la sangre para alimento de las pasiones. Nada de esto pude dejar de recordarlo mientras veía a los Charlatans en el Primavera Sound. Ese era el sonido, así se movían, a eso olían las esfinges de El Cairo.

No fui consciente de la dimensión emocional que iba a tener el concierto de los Charlatans hasta que empezó la música. Sabía que interpretarían Some Friendly completo, su primer disco, que cumple 20 años. Enseguida me di cuenta de algo: no se puede sonar tan bien como sonaron los Charlatans sin ser responsable de alguna culpa mayor. Tal vez si las tienen las hayan purgado ya a lo largo de una trayectoria de vigencia incontestable, en la que siguen ocupando el lugar secundario que siempre pareció corresponderles en la escena mancuniana. Quizás ese haya sido el secreto de la longevidad, de la eterna juventud que transmiten Tim Burgess y los demás. Hubo en su actuación una clase hors categorie, que dirían en el Tour. Recuerdo haber visto a pocos grupos con un sonido tan prístino, limpio, hecho de fundamental nitidez, cálido, sinceramente hermoso. Y no hablo de virtudes técnicas, que también, sino de una esencia interna que va más allá de todo eso. Los Charlatans siempre sonaron limpios y frescos como un suave perfume juvenil. Como agua de colonia. Inmaculados.

Yo tenía pensado acabar el Primavera cruzando la madrugada de la mano de los Pet Shop Boys hasta subirme en los haces de luz de Orbital y desde allí contemplar el último amanecer del Mediterráneo. Y sé que me perdí una portentosa actuación de los primeros, exhibicionistas brillantes de graciosas obsesiones. Pero ya había decidido que la regresión propuesta por los Charlatans me era suficiente. Y tan difícil regresar de ella… Y que nada podía sonar mejor ni acabar mejor que como lo hicieron, con una portentosa exhibición de su baterista, que consiguió hacerme acordar de aquella burda frase dicha por una fan incondicional (en el más amplio sentido de la palabra) acerca del rapero gangsta llamado Ice-T: “I’m totally and completely ON-HIS-DICK!”.

Así que reuní en una bolsa lo que quedaba de mi cuerpo y salí despacio. Y así acabó el Primavera. Y aquí termina su recreación.





Sonidos de Primavera (2)

3 06 2010

Es sabido que una minoría selecta a menudo la conforman una mayoría de imbéciles. Verbigracia: en alguna ocasión el periodismo debió tomarse en serio la posibilidad de constituirse en aristocracia intelectual, pero o bien lo ha olvidado o no encuentra ya materia prima. Por el Primavera Sound pasaron reporteros de edición digital a los que les parecía mal la (llamada) invasión publicitaria (!). Se ve que están por la nacionalización de los festivales musicales y, desde luego, que no aflojaron los 180 euros del abono ni los cuatro por ticket de cerveza… Les parecen mal hasta las azafatas del jagga que pasean la marca del brebaje alemán por la explanada en un carricoche la mar de saleroso. Si un hombre se aburre de ver a las chicas de las marcas es que (como diría el doctor Johnson) se ha aburrido de vivir. Ocurre también que un día alguien descubre que el reporterito de asuntos variados oculta bajo su apariencia menor a un diletante de la música; y decide entregarle un blog para que hable de ello, si puede ser. Pero a menudo no puede ser y el espacio ideado para la música (o tal vez no) deviene en provocación falsaria, torpe chanza de los gustos ajenos, invectiva permanente de prosa escolar. Es irreverente, y eso gusta. Dicen. Olvidando que la irreverencia huele a nada sin ironía, sin gusto, sin sintaxis. Sin, precisamente, música… Me lo dijo R. A., un Chandler argentino, de mi querido Bioy: “No sé, no le agarré nunca su música…”. Y sí, hay que leer con el oído porque escribir consiste en hacer música con las palabras. Lo demás es ruido. Frente al eructo sordo de los desagües verbales, escuchemos la música de la primavera.


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Cocaína para las contracturas

31 05 2010

Jeff Tweedy, flanqueado por Wilco y con Alfredito, el camello, al fondo.

Parece ser que el camello vestido de fiesta que preside la portada de Wilco (The Album) se llama Alfred. Allí estaba el viernes, sobre el escenario, una pequeña réplica de Alfred a los pies del teclado de Mikael Jorgensen, cuando Wilco atacaron el que ya ha quedado como su band-theme, Wilco (The Song), para echar a rodar la tercera de sus apariciones en el Primavera Sound y el cuarto recital que yo les veo desde la epifánica explosión que viví, creo que en 2005, en la sala Oasis. Todos me han parecido memorables de un modo u otro, como ya he dicho alguna vez. Vistos en perspectiva, éste me ha dejado un impacto comparable al de aquella primera experiencia. Lo voy a decir de manera que no quede duda al respecto: los vi rotundamente perfectos. Desbordantes de energía y hasta de rabia, sonaron tan bien como siempre y elevaron el diapasón de la intensidad a cotas espectaculares. El baterista Glenn Kotche (uno de los ocultos fenómenos de esta banda) volvió a dar un recital y acabó, bañado en sudor, subido en lo alto de su taburete sobre la batería. Y todo hecho con la precisa suavidad instrumental con las que Wilco hacen todo. El cronista de El País escribió: “Es oficial. No se puede sonar mejor que Wilco”. Siempre me pareció la característica que mejor describe a este grupo, al margen de estilos, referentes, escritura o lírica de las canciones. Y mucho más allá del inexplicable proceso de identificación que se produce entre alguien que hace música y quienes la escuchan. Los gustos tal vez no sean objetivables; la armonización de una banda en directo, la ejecución técnica, la sonoridad, el manejo de los registros, aun el virtuosismo sí lo son. O deberían. Wilco suena como muy poca gente puede hacerlo. 

El delicadísimo principio del concierto del año pasado en el Auditori no cabía aquí, porque esta vez habían de tomar una profunda explanada rampante. El asalto precisaba carros de combate, una división acorazada de temas, y desde luego la guitarra de Nels Cline, arma de potencia abrasiva. Pero la guitarra de Nels Cline no atendió la orden de fuego y durante las dos primeras canciones asistimos a la tensión desatada del músico que, desesperado por las dificultades para hacerla sonar, levantaba el instrumento por encima de la cabeza y parecía a punto de estrellarlo contra el suelo hasta que apenas quedaran astillas. Jeff Tweedy dirigió a la infantería en I Am Trying To Break Your Heart, y mantuvo la calma mientras aguardaba refuerzos. En la intro del tercer tema (nada menos que el muy emotivo Jesus, etc.) anunció: “I think we’re back”. Y Nels Cline pasó a convertirse en la trituradora habitual, con toda la banda a su alrededor, a su espalda, delante y en marcha. En la presentación de Wilco (The Album) el año último lo habíamos visto contenido, en un papel menos arrollador, en consonancia con el delicado repertorio ideado para una gira en salas de teatro. Este viernes, sin embargo, el escenario lo reclamaba. El desgraciado episodio inicial conspiró a favor de su virtuosa brutalidad: nunca vi de cerca un éxtasis tan sostenido. 

Kim Deal, al frente, Joey Santiago, Frank Black y el baterista David Lovering... Los Pixies, cada uno mirando a un lado como si no se conocieran de nada. La película 'QuietLoudQuiet' insiste en esa idea.

 Y así se rindió la colina de la hamburguesa, la misma que un rato más tarde conquistarían a tierra quemada los Pixies para convertirse, creo, en la banda con la actuación más multitudinaria de todo el fin de semana. El poderoso influjo de los Pixies se mantiene inalterable, a pesar de que continúan instalados en la cómoda revisitación de su viejo catálogo. Sus conciertos son conciertos de grandes éxitos, a la manera de los Rolling pero en el universo alternativo y con una puesta en escena, claro, mucho menos apabullante. El de Wilco lo vi literalmente a los pies de Nels Cline; para el de los Pixies me subí al fondo de la explanada y escuché temas memorables como los escucho en sus discos. Con la misma relajada distancia. Son los Pixies. Y sus canciones… Si usted tiene curiosidad por saber qué interpretaron, digamos que interpretaron todo lo que uno espera. ¿Monkey Gone to Heaven? La tocaron. Caribou… la tocaron y cantó Kim Deal. ¿Velouria? Desde luego, cómo no. ¿Cecilia Ann? Abrió la noche. Gouge Away, Bone Machine, Gigantic, Where Is My Mind. Todas, faltaba más. ¿Debaser? Sería como preguntar si los Stones tocaron Satisfaction… Hasta la bailoteamos. Hay que insistir en la idea: son los Pixies. Tres calvos y una madre disfuncional de película indie americana, sí, pero los Pixies. Si uno jamás los ha visto antes en directo, la experiencia incorpora el agregado de ocasión para el recuerdo, porque hablamos de una de las bandas más poderosas e influyentes de los últimos veinte años. Frank Black sonó agresivo y no hubo complacencia dentro de los límites establecidos. Muchos festival-goers y algunos cronistas incurren en el (comprensible) juicio de orden moral:  vivir aún de las mismas canciones, yendo de festival en festival, se parece  bastante a una escenificación avanzada de toma el dinero y corre. Por lo demás, el concierto no se juzga. Todo en él es previsible (o casi), pero son los Pixies. O casi. 

De vuelta de su concierto, alguien me tomó por Alfred, el camello de Wilco. Fue un muchacho que me interpeló con una frase de intención tranquilizadora: “No te emociones, no te conozco”, me dijo antes de rodearme el hombro con un brazo para decirme: “Tío, no tendrás algo de farlopa para pasarme…”. Le dije: “Chico, tienes una vista de lince: lo más lisérgico que me he metido yo en mi vida ha sido un vasito de bourbon para acompañar la cerveza”. Venían de Valencia. Su explicación me enterneció: “He traído a unos amigos al Primavera y los tengo a los pobres que hay que levantarlos como sea… Yo no hubiera venido, tengo una contractura horrible en la espalda, así que unos tiritos me vendrían de coña”. Y después de hacerle una gestión que no viene al caso y que, por supuesto, no salió adelante, me largué pensando en que sí, joder, claro que sí: para las contracturas en la espalda no debe haber mejor remedio que la cocaína. No sé si decírselo a mi pobre madre, mira… 

[Nota: Éste fue el set-list de Wilco: 1 Wilco (The Song), 2 I Am Trying To Break Your Heart, 3 Jesus, etc. 4 Bull Black Nova, 5 You Are My Face, 6 One Wing, 7 Shot In The Arm, 8 Country Disappeared*, 9 Handshake Drugs, 10 Impossible Germany, 10 Via Chicago, 11 I’ll Fight, 12 Misunderstood, 13 Hate It Here, 14 Heavy Metal Drummer, 15 The Late Greats, 16 I’m The Man Who Loves You, 17 Kickin’ Television]. 

*Gracias y saludos a los chicos, la futura mamá y el bebé ‘Wilco’ en gestación junto a los que vimos el concierto. Finalizada la actuación uno de ellos fue capaz de recordar el título de ‘Country Disappeared’, que yo no lograba traer a la memoria, con apenas dos pistas: que era del último disco y que había sonado entre ‘Shot In The Arm’ y ‘Handshake Drugs’.





Sonidos de primavera (1)

30 05 2010

Cosas que sonaron, que vi o a las que no pude atender, que gané o bien me perdí. En el fórum universal de las guitarras y las voces, la primavera reventó en mil significaciones distintas, que iremos extrayendo de la memoria en puro desorden crono-ilógico. Lo conocido, lo verdadero, lo falso, lo ignorado, las imposturas, la revelación. Los ruidos florecientes de la primavera.


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Miradas ácidas: Elvis vs. Holly Golightly

30 05 2010

Holly Golightly y su mentiroso rodete, vestida de rutilante melancolía con sus Ray Ban Wayfarer en 'Desayuno con diamantes'.

 En las madrugadas estroboscópicas del Primavera Sound el pueblo viste moonglasses, anteojos lunares que operan como cortina de seguridad contra la deliberada acidez de las miradas. No es extraño a partir de las tres de la mañana caer atravesado por el relámpago de una retina lisérgica en cualquiera de los escenarios, así que la mayoría toma medidas profilácticas. En uno de esos afilados instantes en que los cuerpos gravitan alrededor del ritmo de un combinado de deejays, constaté que la invasión de las Ray Ban Wayfarer ha tomado dimensiones cósmicas. La crítica proclama estos días en su revisiones del festival el filo noventacentista del Primavera Sound, pero si hay un triunfo definitivo pertenece al viejo modelo sesentón de lupa de pasta negra, la que vestía Holly Golightly en sus embriagados desayunos contra las lunas de Tiffany’s; las del Risky Business del joven Tom Cruise; tal vez las del niño camp con voz de macho, Rick Astley, variedad que por cierto uno puede atisbar con enorme frecuencia entre los asistentes a la explanada post-nuclear del Parc del Fòrum. 

Observo que las Ray-Ban Wayfarer, por lo que parece, son relanzadas por la marca en una secuencia que se renueva más o menos cada treinta años: su victoria original tuvo lugar en los 50/60; algunos las conocimos en los 80; vuela 2010 y ahí vuelven, en un brote repetido en mil colores, listas para provocar en tropel la obligatoria abdicación de las Ray Ban de pera, que habían dominado los últimos años. La naturaleza estratégica de estas restauraciones obliga a cuestionar la naturaleza individual de los gustos y las modas; y ayuda a entender el derribo punk que vivieron los setenta. En cierto momento uno quiso en verdad cerrarse un candado alrededor del cuello y tachonar alguna chupa de cuero o ponerse las camisetas más desastradas que imaginemos. El cantante de Trigger, dueño de una voz en forma de hermosa bóveda de piedra se tomaba en algunos momentos del micrófono con los pies alejados hacia atrás y el torso inclinado adelante, muy a la manera de Johnny Rotten. Su perspectiva del rock me pareció agradable. Después

The Slits, con su formación actual: Audrey Hepburn tendría un difícil encaje en este grupo.

de verlos tocar mirando al mar de fondo, apostamos por el excesivo girl-powre de las  Slits, otra de las banderas que el viejo no future ha plantado en el porvenir, que aún encarnan Ari Up (con sus rastas tan largas que puede revolearlas sobre su cabeza como un cow-boy a punto de tirar el lazo a una vaca), y Tessa Pollit, más una nueva formación que viene o no al caso, según gustos. The Slits -literal y explícitamente, Las Rajitas- practican ahora el bombazo nihilista multicolor, tan adorable, y algunas inmersiones en ritmos jamaicanos que explican la camisetita y los shorts con los colores del país caribeño que viste (apenas) su líder. Vistas en conjunto, no cabe duda de que los creadores de Little Britain tomaron prestados de sus componentes algunos excesos indumentarios, para retratar a los caracteres más disfuncionales de la serie.

Elvis y su mirada de bala plateada.

 Pero hasta el derribo de una tendencia deriva en tendencia. Ahora las más cool de entre la inmarchitable gama de colores de las Wayfarer son las de carey, advierten los avanzados de la cosa. Añadiremos en esta nota costumbrista que en el universo alternativo pega ya muy fuerte la Ray Ban Wayfarer con cristal graduado. Si me descuido tendré que sacar de algún cajón ignorado las redonditas tipo Lennon con las que yo entré, dioptría y media por delante, en los noventa londinenses. Pero contra las Wayfarer, uno venía preparado. No con la lupa Lennon, no. Porque cualquier gadget no combate la delicadeza de Holly Golightly… Así que me vi obligado a tomar medidas extremas. Me inspiré en un muchacho que, en sus días de universidad, tenía colgados de una escarpia en el salón unos vaqueros en avanzado estado de descomposición textil. Llegado el viernes por la noche, arriaba los jeans en un ritual que sus compañeros de piso observaban con creciente placer. Eran los vaqueros de salir, con todo lo que eso significa. Un símbolo referencial en el muro estucado. Se los ponía, disfrutando las promesas que convocaban el simple hecho de embutirse en ellos, y atacaba la noche a bayoneta calada. Pasado el domingo por la tarde, cuando ya no quedaba ningún ejército interior por rendir, los izaba de nuevo a la escarpia por la trabilla, y allí quedaban, blandamente vacíos, hasta el fin de semana siguiente. En cierto modo yo hago algo parecido. Un estante principal de casa lo preside el modelo plateado de gafa Elvis. Consciente del peso de los detalles en un caso como éste, para venir a Barcelona las retiré con cuidado, enfundadas en terciopelo y con cierre seguro, y las metí en la bolsa. Porque siempre me parecieron imbatibles, constituyen el signo de mi invincibilidad. Y así ocurrió… A la hora en que florecieron los occuli in vitro y las miradas cítricas, busqué a ciegas en el hatillo, abrillanté un momento los cristales y me encajé la máscara de ámbar y plata que el Rey hizo célebre en sus incomensurables días in Vegas. 

Así me enfrenté a la rebelión gafapasta y la consumí, con un trayazo metálico y estridente. Cuando me las puse veíamos a la banda llamada Mujeres que, como no podía ser de otro modo, está conformada sólo por hombres. Cuatro gamberros que pisan todos los territorios del rock’n’roll americano de siempre, ahora y después, con gracia, salero y energía eléctrica, subidos en unas guitarras voladoras como escobas de bruja, con las que barren el hastío o el sueño. Montados en sus mástiles, cruzaron la noche de lado a lado sin detenerse en ningún semáforo. A esa hora, los hubiéramos seguido a donde nos llevaran…





Música subtitulada

28 05 2010

Mark E. Smith, líder único (e irrepetible) de The Fall: el post-punk británico pervive en el gastado aspecto de este músico provocador e ingobernable.

En el Parc del Fòrum quedaron expuestas las Edades del Hombre: de Mark E. Smith (frontman de The Fall, working-class hero del post-punk, género de voces mascullantes que uno sólo puede imaginar británico, rezumante en lugares como Salford) a Stephen Malkmus (alumno de la Universidad de California Los Angeles, que tiene en el acento y en su porte un corte UCLA que empapa a su grupo de siempre, Pavement). Y, aún más abajo en la escala temporal, casi en las fronteras con la adolescencia, los muchachos virtuosos del oscuro que son The XX, esos chicos del coro sombrío que mezclan la languidez y el terciopelo azul marino, los recovecos de una música que subyuga o no importa, según lo que uno sea capaz de envolverse en el manto de la propuesta.

Durante el concierto de The XX una llovizna morosa procuró al juego de texturas lumínicas del joven grupo británico una escenografía muy adecuada, como de bosque neblinoso en el intercambio de voces de sus dos vocalistas, femenino y masculino: Romy Madley Croft y Oliver Sim. Los dos parecen salidos de una película indie americana, de jóvenes desinteresados por otra cosa que no sean las posibilidades poéticas de la no existencia. Sin embargo, parecen tranquilos y conformes, aunque deliberadamente ausentes. A mí me dejaron algo indiferente, pero tal vez fuera porque yo estoy en un instante de música muy orgánica, en la que prefiero la bestial versificación rítmica del salvaje baterista de The Fall a la seda cimbreante de un sintetizador. No sé si este prejuicio tiene demasiado sentido, pero ocurre así. Cualquier día lo reviso. Pero sólo en la intro de The Fall, con ese hombre aporreando los tambores mientras aparecen el resto de miembros de la actual formación de la banda, con el bombo en rabiosa huida adelante, como un latido brutal que se te mete dentro, sólo esos breves minutos me ponen mucho más en mi sitio. Y luego, claro, está Mark E. Smith. ¿Pueden Oliver y Romy significar lo mismo que Malkmus y Mark E. Smith? Pueden… tal vez en nuestra proxima vida.

The XX son los chicos del coro gótico-electrónico que empaparon el Primavera Sound de su lánguida lluvia oscura.

Por lo demás, evitaré las consideraciones musicales más allá de lo descriptivo o lo meramente personal. Para eso ya están los sabios de la cosa. Prometo que me levantaron el ánimo Superchunk (sólo con ese nombre…) y que, si no fuera porque se venían Pavement y la Gran Bretaña entera a la una de la mañana y hubo que correr para arrodillarse como en La Meca, me hubiera quedado entreverado en las alucinaciones sónicas de Big Pink y a estas horas seguiría subido en algún andamio y habrían de venir a bajarme los bomberos como a los gatos de los árboles. Lo mismo con Delorean, cuando la hora ya frisaba los límites de la mañana. Uno considera madrugada hasta las cuatro. A partir de ahí ya clarea y cantan los pajaritos. Delorean derramaron luz y color para iluminar la noche de gafas de sol contra los excesos de la luna y estimulantes químicos que siempre me hacen pensar en Hunter S. Thompson, su sombrero Panamá y las gafas grandotas en Las Vegas.

No alcancé a ver a The Wave Pictures o a Broken Social Scene, entre otros intereses, pero aquí al menos uno necesita ser uno y trino para atender a todo. La disociación auditiva, la telematía y el transporte de la materia aún son cuentas pendientes de los festivales como el Primavera Sound. Para empezar pegamos la oreja a The Fall, que es como calentar corriendo los cien metros lisos. Es decir, que te lo juegas todo porque más fuerte no se puede empezar. Para no decepcionar a nadie (si es que eso les importase, que no), The Fall hicieron lo de siempre con la misma gracia torcida de siempre. Salió Mr. Smith con los pómulos descolgados y su rostro asimétrico que parece zozobrar o inclinarse a los lados, una levita de cuero y su mujercita dando gritos con mucho compás en los teclados. Uno diría que Smith llegaba de jugar la partida con dos o tres anises y ganas de tocarle el culo a las camareras. Pero la música es asunto serio y de apariencias confusas. Mordiendo las letras, The Fall arrancó con Your Future, Our Clutter, tema que da nombre a su último elepé, y de ahí en adelante todo fue metálico, pesado, industrioso y electrónicamente metalúrgico, como un terminator hecho ópera.

Ficha policial de los chicos de Pavement, sospechosos de alimentar la idolatría con temas 'himnóticos' y un regreso saludado por el clamor pegajoso de sus incondicionales.

Pavement jugaban en casa porque la idolatría los rodea. En medio de la proclamación de uno de sus himnos, un muchacho a mi lado gritó: “¡¡¡Que la subtitulen!!!”. Como queriendo decir: nadie puede extraviar ni un solo gramo del significado y la esencia últimas de esta canción. Me pareció muy buena idea: música subtitulada. Y no hablamos de poner las letras en un printer impresionadas en la pantalla, para que la gente pueda saber lo que dice el cantante. No, eso son los karaokes… Hablamos de subtitular la música. De traducir en palabras el vuelo invisible de las melodías, los ritmos, el tiempo de los compases, el enredo de notas y guitarras, lo que quiso expresar al fondo del tema su compositor, lo que comunica, lo que no dice, lo que está suspendido, lo que no se podrá aprehender jamás y sin embargo cualquiera entiende. De explicar por qué la música y cómo la música. Qué hace. Cómo lo hace. Por qué estamos aquí, para qué, dónde y hasta dónde. Que subtitulen la música, si alguien puede. Mientras esperamos, volveremos de nuevo esta noche al laberinto del minotauro, esta casa de Asterión que es el Primavera, donde las preguntas vuelven sobre sus respuestas. Donde exponen a hombres sin tiempo (Jeff Tweedy, Marc Almond, Black Francis) para contemplación y maravilla de las masas. Donde nada es tan serio como tal vez parezca por estas líneas…