Australia cae en un agujero negro

26 08 2012

Los All Blacks celebran la demolición de Australia, que les permitió retener la Bledisloe Cup, el trofeo que desde principios de los años 30 se disputan las dos naciones: Australia no lo tiene en su poder desde 2002.

En Australia, la caza del entrenador Robbie Deans ha tomado velocidad en sólo dos jornadas del Rugby Championship. La afrenta de la primera semana -la notoria debilidad física, el creciente estado de confusión, la ausencia de un plan y la suficiencia de unos All Blacks que ni siquiera vieron necesario convertir su victoria en un marcador enfático- creció como una tormenta tropical en el viaje de este sábado a través del Mar de Tasmania: lo que en Sydney había parecido un aleteo de suficiencia de los All Blacks, se transformó en el Eden Park en un huracán, una de esas derrotas que remueven el suelo bajo los pies de los entrenadores. De todo un equipo. Australia se perdió en un agujero negro de profundidad incalculable. NZ ganó 22-0 y retuvo la Bledisloe Cup. Hacía 60 años que los Wallabies no se quedaban sin anotar en el territorio de su mayor antagonista.

En su análisis para Sky Sports, Michael Lynagh (ex capitán y campeón del mundo con los Wallabies) lo expresó de manera flemática, la que usan las voces autorizadas cuando se trata de señalar culpables: “Un entrenador es tan bueno como lo sean sus resultados. Es normal cuestionar a Robbie Deans”. Aunque los Wallabies sostuvieron 25 minutos sin anotar a los All Blacks, endurecieron su perfil en las melés abiertas y hasta en ese pasaje llegaron a dominar la posesión, los All Blacks respondieron con característica fiereza al paso adelante del rival. El ruido de cacharrería que la delantera aussie provocó en el arranque del choque (fuertes el segunda Timani y Stephen Moore, arrojado Hooper en su papel de relevo del loosie David Pocock, intimidatorio Higginbotham, dispuesto a descabellar rivales si hacían alguna tontería en las montoneras), fue quedando poco a poco en un silbido apenas molesto conforme los All Blacks pusieron en marcha el molinillo de hacer café en los agrupamientos. A los All Blacks todo les funciona. Todo: la defensa, el ataque, la estrategia, la creatividad, el juego posicional, la velocidad, las fases estáticas, la delantera… Steve Hansen, su nuevo entrenador, no sólo ha conservado la inercia mental del triunfo en la Copa del Mundo (trabajaba ya en el equipo de su predecesor en el cargo, Graham Henry), sino que parece haber afinado de forma minuciosa al grupo en defensa, actividad colectiva y aprovechamiento de jugadas de pizarra a la salida de fases estáticas. El resultado son estos All Blacks dominadores.

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El último vals

13 11 2011

Cuando me sonó el teléfono estaba en la Fnac y me disponía a llenarme la bolsa de cedés. Al otro lado, al descolgar, la voz de aquel amigo que, jugando de talonador y con los brazos cruzados a la espalda de los dos pilares, era capaz de pegarle un puñetazo en la melé al número 3 contrario. No pregunten cómo: en la melé se dan prodigios anatómicos difíciles de razonar. Hubo un tiempo en que la melé del Semi era una reunión de caza-recompensas sedientos de carne. Aquellos tipos a cuyos pechos nos criamos unos cuantos delanteros de la generación límite no sólo empujaban y pisaban; también, como norma de comportamiento rutinario, golpeaban. La voz era conocida y empezó a decir cosas conocidas: que si hay que pasarles por encima, que si la melé es lo de siempre, que si te placan tiene que ser cobrando, que un codo en la boca del defensa, que si te acuerdas aquel día que le bailé un zapateado en la espalda a no sé quien, que no nos pueden empujar, que hay que hundirlos… Ese tipo de cosas: cháchara rutinaria entre viejos primeras líneas. La juventud es tierna; la juventud no está comprometida; la juventud es, en términos generales, miedosa, cobarde, desinteresada o blanda; la juventud no es lo que era. La conclusión resultaba inevitable. Me la vi venir y además sabía mi respuesta, después de ponerme la sangre a hervir durante tres cuartos de hora de conversación: bueno, el sábado qué….yo voy a jugar, ¿y tú, qué? Por un momento me quedé pensando en Robert de Niro.

Robert de Niro, como Neil McCauley en Heat: un tipo convincente...

Hay una escena en Heat, la vibrante película de Michael Mann, en la que De Niro propone a un ex convicto al que se encuentra friendo hamburguesas en un restaurante que conduzca su coche en el atraco multimillonario que va a hacer a un banco. Acaba de quedarse sin conductor para la huida (la policía le pisa los talones a Trejo) y al chico de la plancha lo conoce de sus días a la sombra. Basta tentarlo. Se ve que la reinserción es un asunto algo más complicado de lo que suponen los programas condescendientes. El tiempo se echa encima, el chico duda algunos segundos: debe de estar pensando en alguien, seguramente una mujer que le guardó la ausencia mientras él cumplía condena; alguien que saborea en ese mismo momento la esperanza de una nueva vida. McCauley lo aprieta: una respuesta, ahora, sí o no… Atrapado en la rutinaria y abusiva seguridad de una condicional entre bollos de pan y salchichas, el tipo decide de inmediato entregarse a un último baile al volante de esa banda de atracadores tan cool que capitanea De Niro. Es lo único que sabe hacer. O tal vez lo único que puede hacer.

Entre ese tipo al que proponen echar a perder de nuevo su vida y alguien a quien lo invitan a un último vals en el campo de rugby existen algunas malvadas similitudes: hay un veneno, hay un torvo sentido de pertenencia, hay una incomprensión de inadaptado, hay una vulgar sinrazón y una extrañeza de los lugares, las personas, el olor de las cosas, las sensaciones. La insoportable levedad de estar fuera, de ya no ser y, aún peor, la rara culpabilidad de haber abandonado a los amigos en el frente… Naturalmente, todo esto es estúpido: basta usar la razón, apenas. El carnet de identidad. Los horarios de salida al patio con otros matones. Los partes de dos meses y medio de baja. La mujer que te espera para recuperar la vida que partió por la mitad aquel error, y su condena. El recuerdo de las horas de inmovilidad. Los barrotes. El quirófano. Bastaría cualquiera de esas cosas, debidamente ordenadas, para apelar a la razón. La razón tiene razón.  Sí, uno sabe que hay otra vida fuera del campo de rugby, pero no alcanza a darle forma o lo gana la impresión de que hay algo incompleto, como una nota disonante, una frase que no concuerda, algo fuera de su sitio. Debe de haber un modo de reconocer lo inevitable y, sin embargo, no lo encontramos. Traté de conjurar todas estas locuras comprándome una pelota a la que abrazarme en casa. Prometí que sólo entrenaría para sentirme en forma, ver a la gente, reconocer otra vez algunas sensaciones. Me llamó Robert de Niro y me dijo: “Una respuesta, ahora”. Y tres segundos después estaba a punto de tirarme de cabeza contra el estante de las películas.

Un par de escenas más tarde, una mujer ve el retrato del muchacho que freía hamburguesas en las noticias de las seis, y observamos en sus ojos un callado desmoronamiento interior. Ahora ella sabe que, en el tiroteo que sigue al atraco, el conductor ha sido de los primeros en morir baleado. Ha vuelto a hacerlo. Ay, las madres huérfanas, las novias que impedían a sus chicos ir al rugby, los muchachos que mentían en casa para poder jugar. Venían a entrenar envueltos en mentiras, como apestados en las catacumbas… Pero uno no piensa estas cosas. Es el último baile del guerrero, que cantó Kortatu. Bailad, malditos. Mi patético canto de cisne. El vals de The Band. El final de la escapada. The end, my friend. Va, la última y nos vamos a dormir. Este año lo dejo. Los últimos gustos, con los últimos sustos.





Donald sofoca la revolución francesa

24 10 2011

Richie McCaw, con la copa Webb Ellis en sus manos, saluda al estadio de cuatro millones que ha sido Nueva Zelanda y que ayer, una vez más, encarnó Eden Park, la casa de los títulos para los All Blacks.

Un cuarto de siglo más tarde, el balón oval ha completado una trayectoria elíptica y las profecías confluyen en el mismo lugar, con los mismos actores: Auckland, el escenario que llaman Eden Park, Nueva Zelanda campeona, Francia perdedora. Como en 1987, sí, pero de otro modo. Aquello fue un 29-9 . En aquel equipo de Francia jugaban Berbizier, Camberabero, Ondarts, Lagisquette, Sella, Mesnel, Blanco… Bastan esos nombres para definir su estatura. Uno no está seguro de que muchos de los jugadores del equipo subcampeón de ayer puedan aguantar un tète-a-tète con el recuerdo que provocan aquéllos. Y sin embargo, fue un 8-7, el resultado más bajo y más ajustado de una final. La impresionante resolución del último partido demuestra que, por más que los All Blacks sean el equipo número 1 del mundo, ni son infalibles ni pueden exhibir una superioridad irrefutable sobre el resto. Y menos que nadie, sobre Francia, que los ha echado de dos mundiales y les ha ganado hasta dos veces en su territorio. Si no lo hizo una tercera fue por poco. Por el margen de un solo punto, que en el rugby es nada, apenas nada. Pero, al mismo tiempo y en el contexto de una final, lo es todo. Los All Blacks son campeones del mundo, otra vez. Ha sido merecido, considerado globalmente. No tanto por lo que se refiere a la final. Pero no ha resultado sencillo. Ni por el camino ni por el tipo de resistencia que le presentó Francia en el choque definitivo. A los All Blacks les han hecho falta 24 años, otra final, varios episodios de realismo brutal a manos de diferentes equipos franceses, seis semanas de competición y cuatro medios de apertura… Y en este último detalle reside la historia alternativa -que suele resultar la más interesante y reveladora- de este título.

La historia de los aperturas, esa maldición persistente del número 10 de los All Blacks, sirve para explicar no sólo las circunstancias, sino ante todo el nervio esencial que los kiwis han necesitado para sobreponerse a la asfixiante presión que los ha sitiado en las últimas semanas (tanto como decir en los últimos años). Esa fuerza interior les permitió sostener el título en sus manos aun cuando por juego estuvieran muy, pero muy cerca de perderlo. Francia hizo todo lo necesario para ganarles, excepto los puntos. Conviene no perder de vista esa precisión. Los partidos, y más un partido superlativo como éste, siempre pueden mirarse desde variados puntos de vista. Ninguno es falso. Si aludimos al juego, Francia supo hacer lo correcto y animar una revolución que los All Blacks apenas acertaron a sofocar. El partido trataba del ritmo, del ritmo de Nueva Zelanda, de su capacidad para exigirle al rival una respuesta física colosal, martillando con su acostumbrada constancia de balones jugados en campo abierto, percusión, fiereza en los reagrupamientos y persecución de patadas que buscan más una invasión activa del territorio que la simple geoestrategia. No lograron imponerlo. A los All Blacks no les gusta jugar patadas largas a la touch para ganar metros. En su aproximación al juego, ese es un concepto antiguo, superado. Prefieren patadas altas y poco profundas en las que puedan luchar por la recuperación, golpear al contrario y comprometer su resistencia. Les va la carga. Contra eso, Francia tenía la capacidad de jugar estratégicamente con el pie. Construir posiciones en el campo con varias fases de delantera (y qué delantera, y qué tercera…) y después dejarles a Yachvili y Parra la decisión de dirigir a su equipo a zonas interesantes. Así que, cuando a los apenas diez minutos de partido los kiwis empezaron a no ver claras las puertas hacia el ataque y Piri Weepu resolvió largar un balonazo raso a la espalda de la defensa buscando la esquina de la touch, uno supo que los All Blacks lo iban a pasar mal. Y así fue.

Rougerie lidera una carga francesa, apenas contenida por el placaje de Tony Woodcock, en uno de los movimientos ofensivos de Francia que culminarían en el ensayo de Dusautoir: los franceses sacaron orgullo y rugby, su gran partido de cada torneo fue el de la final.

Al menos, consiguieron que Francia no hiciese valer de manera definitiva sus muchas virtudes. Puede que nos dejemos llevar por la lastimosa impresión de Francia a lo largo del torneo para defender que les basta una derrota tan honrosa como ésta frente a Nueva Zelanda. Es una equivocación, no es así. Francia quiere y puede ser campeona del mundo de rugby. No hablamos de ningún underdog que juegue con hándicaps de compensación: es una de las naciones más grandes de este deporte y un vector fundamental en la historia y el desarrollo del juego. Frente a la muralla gala, los All Blacks ensayaron con un peel-off, jugada de libro de cualquier catón en los saques de touch: balón al segundo saltador, muy alejado hacia la línea de 15 metros; hueco abierto en el medio del alineamiento por el desplazamiento de la defensa y palmeo del saltador para un pilar (en este caso Tony Woodcock) que rompe por el medio de ese butrón. Naturalmente esa es la teoría. En la práctica, la defensa se recoloca en la fila y cierra el agujero. Pero Francia, sorprendentemente, no lo hizo. Y Woodcock entró en el ensayo como un duque poco probable, abriendo el marcador con cinco puntos que aliviaban tensiones. Pocas, porque enseguida quedó claro que Piri Weepu, el influyente medio de melé de los kiwis, había caído presa de su exceso de motivación, perceptible en su dirección de la haka y en la contumacia de las equivocaciones en sus tiros a palos. Para el descanso, Weepu pedía a gritos la sustitución. Henry aguantó, sabiendo que tal vez Ellis no era la respuesta. Porque no lo era. Pero cuando Weepu largó fuera del campo un reinicio de bote pronto, no hubo más remedio que sacarlo del terreno de juego. A esas horas ya había cometido un error incomprensible al jugar con el pie, fuera de toda ortodoxia, un balón rebotado en un ruck. Balón que quedó suelto a la espalda de los delanteros negros, que persiguieron los franceses con ánimo insaciable, que les permitió generar un contraataque frenado con aprensión creciente por Nueva Zelanda. Y que, unas pocas fases después, culminaría una jugada muy bien hilada con la escapada de Thierry Dusautoir, su ingreso en la zona de marca y el ensayo.

A esas horas, el sudor de Nueva Zelanda entera era helado. Habían ocurrido tantas cosas y tan importantes que contarlas necesitaría de varios tomos. Morgan Parra tuvo que dejar el campo después de pasar la primera parte recibiendo golpetazos en la cara, como si los All Blacks le hubieran puesto precio a su cabeza. Un rodillazo a la vuelta de un ruck dejó sonado al apertura francés. Un rato más tarde, mientras su condición se agravaba con nuevas contusiones, hubo de entrar Trihn-Duc, el indeseado (por Liévremont). Parra salió entre lágrimas y severamente magullado, como si viniera de librar un combate contra George Foreman en una habitación cerrada. Enfrente, Cruden se había cascado la rodilla en un apoyo infortunado. Entró Donald: su misión, acompasar el juego y abrir caminos. No los había. Por afuera, ni Cory Jane ni Kahui entraban en juego con espacio. Nonu percutía con su decisión de bisonte, pero sin obtener ventajas significativas ni lograr que su equipo jugara continuidades a la espalda de la defensa gala. Israel Dagg, al fondo, tampo veía campo abierto… Francia había logrado detener casi desde el inicio la marea negra y la conversión de Yachvili del ensayo de Titi Dusautoir dejaba más de media hora por jugar con un margen delgadísimo de un punto. Weepu había errado varios golpes concedidos por el árbitro Craig Joubert por hudimientos franceses, algunos opinables. En los rucks nada era verdad ni mentira: los hombres entraban por tantas puertas como fuera posible -aunque sólo una, la de atrás, sea la legal-, los tacos buscaban la carne de los caídos, unos empujaban en diagonal, otros hacia arriba… McCaw elevaba al delirio su naturaleza de hombre mutante en la vida subterránea, Harinodorquy extendía su leyenda con una combatividad a prueba de batallas y Dusautoir, en fin, dejaba su impronta de gran hombre para los partidos más grandes, con una sesión de placaje, inteligencia, estrategia y finura digna de toda memoria. Era un partido para verlo a cámara lenta, con toda su crudeza, toda la tensión y toda la brutalidad dignas de la ocasión. Pero no había tiempo. Todo ocurría con fascinante velocidad, de manera salvajemente irrefrenable.

Stephen Donald, felicitado por sus compañeros en el podio de los vencedores. El cuarto medio de apertura en la línea de sucesión de los All Blacks fue el improbable héroe de la final, con un golpe anotado que marcaría, al final, la diferencia entre el triunfo y la derrota.

El giro copernicano que convierte toda esta narración en la posibilidad de una leyenda, y el mínimo detalle que resolvió este apasionante thriller, resultó espectacular, visto con la debida perspectiva. Arranca del verano boreal de 2010, cuando Nueva Zelanda y Australia se jugaron la Bledisloe Cup en un partido llevado a Hong Kong, en medio de la política de expansión del rugby en Asia que tiene de fondo la candidatura de Japón a la organización de una Copa del Mundo. Aquel encuentro, ganado por los wallabies, se cobró una víctima: el medio de apertura elegido por Graham Henry para relevar a Dan Carter. Su nombre, Stephen Donald. Un golpe de castigo errado y una gravísima equivocación, al no patear a touch una patada a seguir de los australianos y propiciar el definitivo ensayo aussie, resultaron en la derrota de los kiwis. Otra vez se habló de los fantasmas que visten de azul: de la semifinal del 99, de los cuartos de final en Cardiff hace cuatro años. Siempre de Francia. Ayer de respetuoso blanco. Y siempre la sospecha de incapacidad de los All Blacks para jugar otros partidos que no sean su partido preferido. Al regreso de Hong Kong, los cuchillos brillaron en la prensa y la mayoría llevaban un nombre escrito en el filo: Stephen Donald. “Me duele volver a decirlo, pero Stephen Donald no tiene el nivel suficiente para ser un All Black”, escribió el ex Richard Loe en su columna del NZ Herald on Sunday. Sean Fitzpatrick, otro pope de la generación del 87 y posteriores, remachó al apertura a martillazos.

Cuando durante el cruce de cuartos se produjo la lesión de Colin Slade que puso en primera línea a Aaron Cruden, Graham Henry resolvió tirar de nuevo del apestado Stephen Donald para completar su banquillo. Pero Donald estaba de vacaciones. Pescando. Mirando los partidos por televisión, si acaso. Sonó su teléfono y, en varias ocasiones, no lo atendió. Tuvo que ser su compañero en los Chiefs, Mils Muliaina, el que a través de un mensaje de texto le pidiese que respondiera el móvil. Se incorporó al campamento y, dos semanas después, la lesión de Cruden lo puso en el campo en la final: era su debut en una Copa del Mundo. Como mirarse en la pantalla del televisor y descubrir de repente que estás dentro de ella. En el minuto 46, Donald tuvo que disparar a palos un golpe de castigo que, a la postre, sería el que decidió la final. “Hacía un mes que no pateaba una pelota a palos… No sabía ni si era capaz de hacerlo”, diría luego Stephen Donald. Lo hizo. Y la pelota tomó un vuelo dubitativo, que primero se abrió hacia la izquierda de los palos para luego cerrarse hacia dentro. Pasó pegada al palo izquierdo, pero pasó. Y esos tres puntos, defendidos con más cuerpo que rugby después, hicieron campeona a Nueva Zelanda.

No cupo un guión más enrevesado. El Mundial dejó un último gran partido, con un marcador bajo, mínimo, pero que vino a encarnar una feroz competencia por el trofeo que levantaría Richie McCaw. Más allá de lo obvio, la culminación de lo que sin duda puede considerarse una redención colectiva de proporciones incalculables: la de Donald, para empezar. La del equipo de Francia, por fin digno de su incomensurable calidad, de su tradición: si no por el estilo, sí al menos por la entereza y el arrojo. Desde luego y por fin, la de los All Blacks, campeones tras un drama de intensidad apenas soportable, que duró 80 larguísimos minutos. Apenas hora y media que, en realidad, era un cuarto de siglo.

Nueva Zelanda, 8
Ensayo: Tony Woodcock
Golpe de castigo: Stephen Donald

Francia, 7
Ensayo: Thierry Dusautoir
Transformación: Dimitri Yachvili

Vídeo-resumen de la final





Relámpago negro

17 10 2011

En varios partidos de los All Blacks se ha visto a alguien entre el público que levantaba un cartelón: “Don’t Choke!”. Funcionaba a modo de solicitud nacional de ese estadio de cuatro millones de espectadores que ha sido Nueva Zelanda durante estas semanas; y también, desde luego, como recordatorio de fracasos repetidos en la Copa del Mundo. Ha sido una forma, por lo demás innecesaria, de refrescarle a los All Blacks la idea cortazariana de que allá al fondo siempre estuvo la muerte. La amenaza. O sea, la posibilidad de un fracaso que sumiría al país entero en una aguda depresión generacional. Pero los neozelandeses pasaron a Australia con un resultado contundente (20-6), en un partido que articuló el discurso principal del deseo, el corazón, la resolución y la importancia de las ocasiones. Los All Blacks van a jugar la final. Allá al fondo está la gloria…

El temor de los hinchas neozelandeses, expreso en la frase de la pancarta, está casi ya conjurado: los All Blacks pasaron sobre el cadáver de Australia para reclamar su lugar en la final de la Copa del Mundo, el domingo próximo frente a Francia.

Aquí hemos sido debidamente exigentes con los All Blacks a lo largo del torneo. Nunca hemos tenido bastante. Les seguimos pidiendo más que a nadie quizás porque los admiramos más que a nadie y porque inconsciente queremos de ellos lo que ningún equipo consigue: la perfección en todos los aspectos. Porque en la psique colectiva de este juego, los All Blacks representan la imagen más aproximada de lo que la mayoría querríamos que fuera el rugby: esa exuberancia, esa implacable fiereza, ese manejo tan extraordinario de los símbolos, ese uniforme negro, esa haka, esos jugadores cuyos nombres enlazan unas generaciones de genios con otras, con la misma continuidad fascinante con la que el balón se mantiene en juego. Ese país donde primero es el rugby y después el resto de la vida… Hasta cierto punto y salvo mejor opinión, resulta imposible no desear que los All Blacks ganen este título.

El contexto de exigencia, que siempre fue la idea central de este torneo, como ya contamos desde el primer día, ayuda a explicar el estado de exageración anímica sobre el que los All Blacks construyeron su victoria sobre Australia. Un torrente de motivación canalizado en todo su beneficioso potencial, negando al mismo tiempo (con convicción, con clase, con conocimiento, con estrategia y ejecución) todos y cada uno de los posibles perjuicios. Se diría que los All Blacks han asimilado las lecciones del pasado, extrayendo de ellas una lima con la que redondear las aristas de su rugby. El resultado de esa operación psico-deportiva es que seguramente no estamos viendo al equipo más preciosista, pero sí a uno que ha aprendido cómo hacer lo que otros equipos precedentes no supieron: ganar la Copa del Mundo. La diferencia con Australia quedó resumida en el primer minuto de juego. Casi en los primeros segundos. Inició de bote pronto Quade Cooper el partido y su patada fue directamente a la banda, en un error más significativo en términos anímicos que de juego. Los All Blacks empujaron la consiguiente melé en medio campo con un esfuerzo diagonal que hizo retroceder por primera vez a los australianos, pasó bien la pelota entre los canales y, al otro lado, Piri Weepu aguardó para meter una patada cruzada que Cooper, aún confundido, acompañó mansamente hasta la línea de touch sobre la esquina. Instalados en la 22 de los Wallabies, los siguientes minutos se jugaron de acuerdo a las reglas neozelandesas: rucks brutales, una agresividad patológica, despliegues veloces con la pelota… Parecían los bárbaros arrasando a uña de caballo el poblado enemigo.

Israel Dagg, el eléctrico zaguero de los All Blacks, rebasa el último tackle de Quade Cooper justo antes de liberar un pase formidable en caída a Ma'a Nonu, para el ensayo de los All Blacks: la creatividad, rapidez y finalización de Dagg, Cruden y Jane han afilado el juego de Nueva Zelanda.

Y así hicieron a los seis minutos el ensayo, en una arrancada portentosa de Israel Dagg a la vuelta de una pelota reciclada con inteligente velocidad por parte de Piri Weepu. Dagg surgió en la línea, apartó a Elsom con un sello que anticipaba la marca y fue pasando rivales hasta generar contra la banda, sobre el último placaje de Cooper, uno de los offloads más portentosos que se hayan visto en años: de caída y aplastado sobre el lateral del campo, ya a la espalda del defensor australiano, Dagg levantó un pase que liberó a Nonu, que llegaba en el apoyo. Y el centro maorí, uno de esos hombres  siempre dispuestos a continuar las jugadas, acabó posando sobre el rincón derecho del campo. Aunque Weepu erró la transformación y un golpe temprano de Pocock -otra vez infractor frecuente con Craig Joubert de árbitro-, el medio de los All Blacks acabó metiendo el tercero y la secuencia definió la dinámica del encuentro. Australia dejó a su enemigo ponerse al volante. Y los All Blacks jugaron siempre con una o varias velocidades más, anticipando cada contacto, discutiendo cada balón en los breakdowns, entorpeciendo con maestría la torpe aspiración australiana de elevar el ritmo de juego y mover la pelota.

El partido agarró ahí una línea y ya no se movería. Nunca dio la impresión de poder variar la dirección en la que ocurrieron las cosas, a pesar de una escapada de Digby Ioane en la que el ala australiano llegó hasta el umbral del ensayo acumulando hombres agarrados a su espalda, sin que ninguno pudiera detener la poderosísima tracción de su carrera. Cuando ya avistaba la meta, Kaino lo agarró y lo levantó del suelo para, literalmente en brazos, echarlo atrás y a tierra. Fue una de esas jugadas defensivas que explican a un jugador como Kaino. Australia ya no tuvo muchas más ocasiones de visitar la cocina rival. Ahora los All Blacks también defienden con un rigor sin concesiones. Los Wallabies necesitaban puntos con los que armar una amenaza, pero para eso necesitaban primero la iniciativa: balones, ritmo. Lo que no alcanzaron. O’Connor acortó a 8-3 al amortizar uno de los pocos golpes concedidos por los All Blacks en posiciones desde las que los australianos pudieran ir a palos. Pero muy pronto Aaron Cruden, otra vez excelente en su campaña para la recuperación de la dignidad de la camiseta negra número 10, alargó la goma en favor de los kiwis con un drop desde cerca de 40 metros que reveló el lado más inteligente del apasionado rugby de los All Blacks. Quade Cooper le contestaría después con una jugada similar y Weepu dejó el 14-6 para el descanso. No era una ventaja que hablara de gran superioridad de los locales. En el fondo, Australia ha sido uno de los mejores equipos defensivos del campeonato. Ha concedido pocos ensayos y eso fue así también contra su enemigo del otro lado del Mar de Tasmania.

Los All Blacks ganaron con el pie (dos golpes más de Weepu en la segunda parte) lo que supieron construir con el sacrificio del cuerpo y la convicción de la mente. Jugaron el partido de acuerdo a sus reglas, que son las reglas de Richie McCaw, el indudable autor intelectual, y ejecutor material, de un partido llevado a los límites del físico, con la posibilidad cercana de la sangre. Australia siempre bailó la canción que le tocaron los desconsiderados delanteros negros, pero sobre todo el trío formado por los efervescentes Dagg, Cruden y Cory Jane, más el espíritu irrefrenable de Nonu, ariete de todas las ofensivas. Las batallas intermedias las ganaron los negros. También las individuales: Jane contra Ioane, Kahui frente a O’Connor, McCaw frente a Pocock, desde luego la de la primera línea, desde luego la de los zagueros. Y, sobre todo, la de los número diez: Cruden, estrella sobrevenida de este equipo, frente a Quade Cooper, un jugador cuyo crédito sale muy tocado de este Mundial.

En general, los aussies han venido en franco descenso de prestaciones desde sus primeros partidos. Se han parecido poco al equipo de rugby expansivo que nos maravilló en el Tri-Nations, al punto de llevarnos a apostar por ellos. Desde la derrota con Irlanda en la primera fase y con una plaga de lesiones mortal, los australianos han ido perdiendo convicción en su juego y, salvo por Pocock y algún desempeño individual aislado, en todo momento dieron la impresión de ir colina abajo con el avance del torneo. Su triunfo contra Sudáfrica, aguardando el error del contrario para capitalizar el contraataque y la sorpresa, resume esa transformación. Nueva Zelanda, que regala pocos balones y roba unos cuantos más, no le permitió esas alegrías. Todo el júbilo estaba reservado para su victoria.

En un Eden Park exultante, las cámaras reflejaron esta vez a un aficionado con un cartelón en las manos. Ya no advertía la sombra acechante del fracaso. Decía, usando una frase de tres monosílabos que lo dicen todo: “Yes We Can!”.

Nueva Zelanda, 20
Ensayo: Ma’a Nonu
Golpes de castigo: Piri Weepu (4)
Drops: Aaron Cruden

Australia, 6
Golpes de castigo: James O’Connor
Drops: Quade Cooper

Vídeo-resumen del partido





Oh, Lièvremont Dieu!!!

16 10 2011

Desde su posición de número 8 en Calvisano y la selección de Italia, Andrea de Rossi extrajo de su experiencia una enseñanza acerca del rugby: “Es un juego en el que la suerte no cuenta. Lo que cuenta es el físico, el corazón, la inteligencia y el deseo de luchar”. Cualquiera que haya estado en el campo de juego lo puede corroborar, pero nos costaría una vida explicar cómo ha sido, de acuerdo a esa formulación, que Francia ha alcanzado la final de esta Copa del Mundo. Porque jugar, lo que se dice jugar aceptablemente, los franceses lo han hecho media hora, en el arranque contra Inglaterra. Así que para razonarlo hay que recurrir al único concepto que parecía no formar parte de la ecuación: la fortuna. O, si se quiere decir de una manera algo menos prosaica, una concatenación de circunstancias favorables que arrancan con aquella derrota de Australia ante Irlanda que cambia el cuadro y culminan en la lesión de Priestland que lo apartó del encuentro de semifinales, la de Adam Jones nada más empezar el partido y, por supuesto, la expulsión de Warburton por voltear en un placaje peligroso a Clercq, sumada a los errores de James Hook y Stephen Jones en sus disparos a palos.

La acción de Warburton sobre Vincent Clercq: el mundo del rugby opina que una tarjeta roja es excesiva, porque el galés no tiene intención de lanzar de cabeza a su rival contra el suelo. La IRB, sin embargo, apoya sin paliativos la decisión de Rolland, que marcó el choque de forma indiscutible.

Al referirse a su clasificación para la final, Marc Lièvremont lo llamó “un destino irracional”. Los franceses no ocultan su propia perplejidad, pero están lejos de sentir vergüenza por su desgraciado rugby: “Creo que tenemos un ángel de la guarda. Sé que mucha gente estará enfadada por nuestra clasificación, pero yo sólo puedo decir que nos dejamos el corazón”. Ah, le sacré coeur… Tal vez haya que concederles esa virtud a los franceses, a falta de cualquier otra. Pero… ¿acaso jugó con menos corazón Gales, el gran equipo del torneo? Sólo fue así desde un punto de vista numérico: vestido de rojo había un corazón menos porque Warburton hizo a los 18 minutos un placaje sobre el que se va a hablar durante mucho tiempo. ¿Es roja o es amarilla? La IRB dice roja, como dijo Alain Roland, el árbitro irlandés que resolvió la jugada en el momento. Su política es absolutamente rígida en los llamados spear o tip tackles, los placajes en los que el portador del balón es levantado por el aire con las piernas hacia arriba y lanzado cabeza abajo sobre el césped. En la decisión de Rolland hubo tanto rigor disciplinario, un alineamiento tan evidente con la intolerancia de la IRB para casos así, como evidente injusticia natural. El placaje fue excesivo y Warburton lo supo a mitad del viaje. Contra otros precedentes que ayudaron a los dirigentes a apretar las tuercas para este tipo de situaciones, el galés no continuó la infracción llevando a Clercq contra el suelo, pero era demasiado tarde y el aterrizaje del francés fue violentísimo, golpeando el suelo de espaldas y casi sobre la nuca. Roland tuvo claro el veredicto. Ni siquiera consultó con sus jueces de touche la severidad del castigo. La semifinal de la Copa del Mundo quedó así demediada, porque la disciplina y la justicia no son siempre sinónimos. Porque a la IRB le interesa la integridad física más que otros conceptos.

Así, Gales debió jugar más de sesenta minutos con 14 hombres. Francia nunca capitalizó esa ventaja: o tal vez sí, a través de los tres golpes de castigo que firmó Parra, pero sin impacto directo en la dinámica del juego abierto. Sí fue evidente su dominio de la melé a partir de la salida de Warburton y, antes todavía, con la lesión de Adam Jones. La baja del Oso tuvo un efecto demoledor para los galeses, aunque quedó en un foco menor, ensombrecido por la obviedad de la expulsión del capitán. Todas las fases estáticas de Gales quedaron desestabilizadas: en la melé, Paul James debió medirse en un puesto ajeno, el de pilar derecho, con una bestia como Poux (hubo hundimientos e inferioridad permanente, pero Rolland ya no castigó más los golpes que podría haber sancionado contra Gales); en los saques de touche, Harinordoqy y Bonnaire leyeronuna buena cantidad de los movimientos de los galeses, que perdieron un número importante de saques propios. Eso, sumado a la inconsistencia de James Hook con el pie y al shock en que entró el equipo después de la roja a Warburton, le permitió a Francia manejar el choque con su escaso rugby, algo de la tercera línea en defensa y, sobre todo, el pie de Morgan Parra. Pese a la superioridad numérica de los franceses, fue Gales el que ensayó, a la hora de partido, en una escapada de Mike Philips. Recordando sus días de tercera línea, Phillips salió de un agrupamiento y encontró el hueco abierto por la defensa francesa para posar un ensayo que Stephen Jones, que a esa hora había relevado a Hook en la búsqueda de cierta profundidad territorial a partir de las patadas, no alcanzó a transformar.

Morgan Parra, el pie que hace caminar a Francia hasta la final, se dispone a ejecutar un golpe de castigo. En Auckland hacía una noche de perros y James Hook tuvo serios problemas para afirmarse en los apoyos y golpear con precisión. Parra hizo sin embargo tres de tres... y con ellos ganó Francia.

Las estadísticas revelan que, a pesar de las circunstancias, Gales tuvo el partido a su alcance. Lo dice el marcador, que desenmascara la lastimosa estatura de los franceses. Y también el número de golpes a palos errados por el equipo de Warren Gatland: Gales falló esa conversión, dos golpes de castigo y un par de drops. Cualquiera de esas anotaciones le hubiera bastado. Resultó especialmente dramática, en medio de un partido envuelto en la pura emotividad galesa, la imagen del lejano disparo de Halfpenny que pasó apenas un metrito por debajo del travesaño. Ahora… he ahí otro detalle que pasó desapercibido. Si uno no lo vio mal, ese golpe concedido a Gales vino de una infracción muy discutible de Poux, al que se le sancionó la entrada por el lateral en un ruck que ya no era ruck, porque la pelota estaba fuera. De la misma forma que podemos lamentar la decisión que cambió el partido y acabó con Warburton, tenemos derecho a preguntar qué hubiera pasado si Rolland sanciona algunas de las muchas infracciones de Gales en la melé o, más concretamente, si el equipo de Gatland llega a ganar con un golpe de castigo como el de Halfpenny…

En el fondo, en el rugby no se debería hablar tanto de estas cosas. Una decisión, un partido, un resultado. Ahí termina todo. Pero nada es ya lo que era, lo que no deja de producirnos un amargo desencanto. Los árbitros empiezan a ser objeto de comentario permanente y Rolland está donde hace cuatro años estuvo Wayne Barnes cuando admitió un balón adelantado con el que los franceses derrotaron a los All Blacks. Y así… Francia está en la tercera final de su historia. Sin encanto, sin rugby. Pero con jugadores, ojo: con una gran melé, una excelente tercera, muchos puntos en el pie de Parra y un contraataque (Medard, Clercq, Pallison) temible. Y pese a todo eso, su clasificación nos obliga a exclamar: Oh, mon Dieu…! Lièvremont Dieu!!!

Gales, 8
Ensayo: Mike Phillips
Golpe de castigo: James Hook

Francia, 9
Golpe de castigo: Parra (3).

Vídeo-resumen del partido





Enemigos íntimos

15 10 2011

Richie McCaw, el capitán kiwi, carga contra la tercera australiana: el resultado del duelo entre las terceras líneas resolverá muchas de las incontables incógnitas de un partido como éste. No sólo por las rupturas que provoque cada lado, sino sobre todo por las que interrumpa en defensa.

Todos los torneos nacen con un partido deseado. Algunos llegan en la fecha equivocada. Puede muy bien ser el caso de esta segunda semifinal entre los dos rivales máximos del Hemisferio Sur, Nueva Zelanda y Australia, un encuentro que en la concepción ideal de esta Copa del Mundo tal vez fuera la final, pero que viene precipitado por la muy glosada derrota de Australia ante Irlanda en la fase de grupos. Aquel resultado desordenó toda la ruta hasta Auckland, el lugar al que llevan todos los caminos en este torneo: en el Eden Park se jugaron dos de los partidos de cuartos de final, se van a disputar las dos semifinales de este fin de semana y se jugarán el tercer puesto y la final del próximo.

De estos dos gigantes inmortales, sólo puede quedar uno. En ocasiones como la semifinal de una Copa del Mundo, la única memoria posible es la que se reserva para quien vence. Nadie se acuerda de los perdedores… salvo si quienes pierden son los All Blacks. No hay muchas formas de hablar de este partido sin decir algo ya sabido. Éste duelo es atemporal, ha atravesado un siglo largo desde que ambos se retaran por primera vez en agosto de 1903, en Sydney. De entonces a hoy, All Blacks y Wallabies se han enfrentado 167 veces: Nueva Zelanda ganó en 115 ocasiones; Australia venció 47 veces; empataron cinco. Los escenarios han sido diversos y, desde que se inauguró en 1900 el Eden Park, este estadio ha presenciado muchos duelos y cuatro victorias de los Wallabies. No queda un solo centímetro virgen en un partido así. Y si afirmar que todo es radicalmente imprevisible cuando las dos superpotencias se ven las caras parece tópico, basta recordar el partido por la Bledisloe Cup que Australia y Nueva Zelanda jugaron el 15 de julio de 2000, considerado por muchos el Mejor Partido de la Historia entre estas dos naciones. Los All Blacks anotaron 24 puntos en los primeros ocho minutos de partido. A partir de ahí, todo resultó decididamente increíble. Tal y como tituló un diario: “Fue un test hecho en el cielo”.

Ya dijimos hace muchos días, cuando esta Copa del Mundo echó a andar, que el único argumento central del caso era saber si Nueva Zelanda ganaba o no ganaba, por fin… Es el equipo número 1 del ránking de forma consistente, año a año, pero la imposibilidad de su derrota en las copas del Mundo siempre acaba por ser negada. Este mismo cruce directo en semifinales ha tenido lugar dos veces antes de este domingo. En la RWC 2003, la que encumbró a Jonny Wilkinson, ganaron los australianos por 10-22, en Sydney. En el Mundial de 1991 ya lo habían hecho en el Lansdowne Road de Dublín, donde los Wallabies se impusieron al decadente equipo campeón por 16-6, de camino al título. Aquella derrota inauguró la larga travesía por el desierto de la Copa del Mundo que llevan caminada los All Blacks, peleados con su propia incredulidad ante las sucesivas derrotas: si hubo un resultado imprevisible, fue el de la final de 1995. Jonah Lomu había volteado de forma insistente, a la vista de todo el mundo, el principio de equilibrio esencial en el rugby: nadie es lo suficientemente fuerte como para ser más fuerte que todos los demás y ganar un partido solo. Lomu lo hacía: ganaba los partidos solo. Mil veces lo habré contado: vi su demoledora serie de ensayos, especialmente ese en el que literalmente pasó por encima del inglés Mike Catt, en un pub de Londres. Fue una mañana de domingo del verano de 1995, el año en que el gobierno británico autorizó la liberalización total de los horarios de apertura y cierre de las tabernas, que llevaban medio siglo clausurando sus puertas a las once de la noche por si acaso los alemanes volvían a bombardear. La mortal jugada de Lomu provocó una risotada gigantesca en el pub, lleno por supuesto de seguidores ingleses que vaciaban pintas con la misma naturalidad con la que Lomu se metía en la zona de ensayo, antes de abalanzarse sobre el Sunday Roast. Nadie pudo imaginar que un equipo pudiera detener a ese hombre, pero unos días más tarde lo iba a hacer Sudáfrica. Aquel partido fue una extrañeza; hoy es una leyenda. Clint Eastwood se equivocó: esa historia nunca debió ser contada desde el punto de vista de Nelson Mandela, sino desde la perspectiva del increíble Jonah Lomu. La vida lo ha demostrado.

Y bien… queda el partido. Mejor verlo que tratar de anticipar nada. Qué decir salvo que Cruden se queda con el número 10 de los All Blacks, un puesto en el que ha ocurrido sucesos paranormales: las lesiones consecutivas del elegido, Dan Carter, y de su atemorizado sustituto, Slade. Al final, Graham Henry tuvo que llamar a Aaron Cruden primero y a Andy Ellis después. Cruden salió contra Argentina en la primera mitad, después de que Slade se dañara un aductor… igual que Dan Carter. Jugó un gran partido y hoy será titular por obligación y por convicción. Ha pasado de estar de vacaciones a formar parte del equipo que se enfrenta al histórico desafío de restaurar el orgullo de los All Blacks. En la alineación negra aparece de nuevo Richard Kahui en la banda, en el lugar del apagado Sonny Bill Williams. Kahui ya había dejado sentado en todas sus apariciones precedentes en el Mundial que su estilo de finalizador es mucho más fino: ese muchacho anuncia ensayos en cada carrera. Por fin, la lesión del veterano Muliaina contra los Pumas devuelve el número 15 a Israel Dagg, uno de los chicos a los que la prensa pilló de trompa tres noches antes de jugar contra los argentinos. El otro era Cory Jane… que ese día se jugó un partidazo, como si quisiera demostrar que, tal y como todo el mundo sabe, para jugar al rugby hay que beber. O, al menos, no es imprescindible dejar de hacerlo.

Por ahora los All Blacks han sido, numéricamente, el equipo más rotundo del torneo, pero a su alrededor persiste la sensación de que en ningún momento han alcanzado un nivel que permita suponerles invencibles. Le ha faltado rugby en la tercera, y eso que la recuperación de Kieran Read mejora el perfil apenas guerrero que le proporcionan gente como McCaw, el ya olvidado Thompson, el mismo Jerome Kaino o, desde luego, secundarios del tipo de Victor Vito. Los All Blacks aún no se han cruzado a nadie que pudiera de verdad dañarlos o poner en solfa su superioridad. No lo hizo Francia en la primera fase: entonces aquel equipo de Liévremont todavía era un guiñapo. Y Argentina, con su limitado orgullo, los preocupó durante una hora de partido. Acabaron ganando, sí, pero para la convicción hacía falta más. En el mundo de los All Blacks, la verdadera medida de las cosas siempre está en proporción a los Wallabies.

Robbie Deans, el neozelandés que dirige a Australia: "Cuando nos entrevistaron después del Mundial de 2007, pensé que el puesto era para Robbie", dijo en su día el aún técnico de los All Blacks, Graham Henry. Una rivalidad personal, bien entendida por parte de ambos, que extiende la inabarcable rivalida entre las dos grandes naciones del rugby mundial.

Los australianos llegan al partido envueltos en su aura de imprevisibilidad, que se ha acentuado conforme avanzaba el torneo. Son los únicos para quien el público global ha guardado, de antemano, la consideración de favoritos por encima de los All Blacks. Contra el pesado equipo de Sudáfrica, en cuartos, tuvieron que adoptar un perfil por completo ajeno a su idiosincrasia actual: cedieron territorio y balón y ganaron a partir de los errores del contrario. En el equipo de Robbie Deans hay muchas preguntas y menos respuestas. Ninguno de sus fantásticos (Beale, O’Connor, Ioane, Cooper y Genia) ha estado al nivel que se les supone. Salvo, quizás, O’Connor, quien al menos sí ha mostrado el nervio preciso para elevarse por encima de los instantes de máxima presión, como la patada que decidió el choque con los Springboks hace una semana. Genia ha ido retrocediendo con las semanas. Ioane se rompió un dedo contra Italia. Beale apenas ha sacado el contraataque, en parte porque su administrador fundamental, el apertura Quade Cooper, ha sido engullido por la despiadada presión que ha ejercido sobre él un país que lo ha declarado enemigo público number one.

Cooper es neozelandés de nacimiento. Como Robbie Deans, el entrenador de Australia, por cierto. De hecho, he ahí un buen dato: tres de los cuatro técnicos cuyos equipos están en semifinales son kiwis de nacimiento: Deans en Australia, Warren Gatland en Gales y Graham Henry en los All Blacks. La saga parece el inicio de un capítulo de Enredo: Graham Henry entrenó a Gales desde el verano de 1998 hasta 2002, cuando lo sucedió Steve Hansen, que ahora es el entrenador de delantera de Nueva Zelanda. Hansen llevó a Gales a la Copa del Mundo de 2003 en Australia y allí se enfrentó, precisamente, con unos All Blacks dirigidos entonces por Robbie Deans, que hoy es el técnico de los Wallabies. Deans fue uno de los preparadores que la Rugby Union de Gales entrevistó para asumir la dirección de los Dragones en 2007, pero rechazó la plaza aduciendo que esperaba hacerse cargo de los All Blacks, cuyo puesto de entrenador parecía que iba a quedar vacante. Pero la federación de Nueva Zelanda renovó su confianza en Graham Henry, a pesar de la estrepitosa decepción de NZ en el Mundial de aquel año. Unos meses después, Deans aceptaría el mismo cargo… pero en Australia. Y, ahora que todo el mundo asume que Henry dejará los All Blacks después de esta RWC, sea cual sea el resultado final, el candidato número uno para sucederle se llama… Warren Gatland. El entrenador de Gales. ¿Necesitan un croquis?

Australia: 1 Sekope Kepu, 2 Stephen Moore, 3 Ben Alexander; 4 Dan Vickerman, 5 James Horwill; 6 Rocky Elsom, 7 David Pocock, 8 Radike Samo; 9 Will Genia, 10 Quade Cooper, 11 Digby Ioane, 12 Pat McCabe, 13 Adam Ashley-Cooper, 14 James O’Connor, 15 Kurtley Beale.
Subs: 16 Tatafu Polota-Nau, 17 James Slipper, 18 Rob Simmons, 19 Ben MacCalman, 20 Luke Burguess, 21 Berrick Barnes, 22 Anthony Fainga’a.

Nueva Zelanda:1 Tony Woodcock, 2 Kevin Mealamu, 3 Owen Franks; 4 Adam Whitelock, 5 Brad Thorn; 6 Jerome Kaino, 7 Richie McCaw, 8 Kieran Read; 9 Piri Weepu, 10 Aaron Cruden, 11 Richard Kahui, 12 Ma’a Nonu, 13 Conrad Smith, 14 Cory Jane, 15 Israel Dagg.
Subs: 16 Andrew Hore, 17 Ben Franks, 18 Ali Williams, 19 Victor Vito, 20 Andy Ellis, 21 Stephen Donald, 22 Sonny Bill Williams.





Tom Jones contra los marselleses

14 10 2011

Dragones y narcisos, los símbolos de Gales, más presentes que nunca en el partido que puede marcar a una generación fantástica de jugadores y recuperar una nueva época dorada del rugby galés.

Los franceses cantan La Marsellesa como con cierta vanidad moral, con natural afrancesamiento, sabiendo o dejando ver, de algún modo, que su himno es el más hermoso, aunque sea el más cruento: “¡Marchemos, marchemos! / Y que la sangre impura riegue nuestros campos”. Ya lo dijo Napoleón, que tenía buen oído musical para la guerra: “Estas estrofas nos van a ahorrar muchos cañones”. Y en medio de los partidos lo cantan con la misma marcialidad que si los batallones marselleses estuvieran entrando otra vez en París, de camino a la guerra contra el imperio austriaco. A los galeses, sin embargo, lo que les gusta es cantar Delilah, el pasional crimen en elipsis de una dama adúltera a cargo de su hombre, el paradigmático macho llamado Tom Jones. Tienen su muy coral Tierra de Mis Padres, sí, himno bucólico acerca de las virtudes paisajísticas de la vieja nación. El canto a la belleza protege el orgullo de sus hombres y de una lengua en cuya fisonomía las vocales están en fuga, y en la que se observa un orgulloso apelotonamiento de fonemas clausurados en torno al gobierno de la y griega y la uve doble. Pero prefieren, como uno mismo constató hace algunos años en las tabernas parisinas con ocasión de la visita del Dragón a la capital francesa, disfrazar a sus mujeres de piel diáfana con la corona de un narciso en la cabeza, mientras ellos se hacen tocados con el amable cuerpo rojo de un dragón y cimbrean el las caderas y la pinta de cerveza, en ángulos exagerados, para entrar aire en el buche y gritar bien fuerte esa estrofa en la que el asesino de la infiel doncella se justifica ante el mundo con desgarro: “She waaaaas my womaaaaaaaaaaan!”. Esa mujer era mía… Para a continuación bajar el tono y confesar con gesto compungido: “La descubrí cuando me engañaba / y perdí la cabeza”.

Dragones y narcisos. Eso es Gales. Un país de oscuras minas cerradas y suaves colinas verdes, reverenciado por John Ford en How Green Was My Valley! ¿Por qué hay que hablar de un país para hablar de un deporte? Porque Gales es la única nación del hemisferio norte en la que, de todas las cosas menos importantes de la vida, el rugby es la más importante. Uno -que ya ha gestionado su presencia en el Millenium de Cardiff en el próximo 6 Naciones, por si hubiera que ir a saludar campeones-, ha oído en los últimos días historias próximas de galeses que la semana pasada abandonaron precipitadamente el país para volar hasta Nueva Zelanda. No tienen entradas, pero no les importa: quieren estar allá abajo. Cerca. Cantando Delilah. No sea que a los muchachos del capitán Warburton se les ocurra escribir el capítulo más importante de la historia de la nación galesa desde que en 1971, en Edimburgo, Gerald Davies les metió un ensayo en el último minuto a los escoceses que, sumado a la conversión posterior de John Taylor, le dio a Gales el Grand Slam después de veinte años. Aquella patada de Taylor fue considerada, y no sin razón, la conversión más importante de la historia desde que San Pablo se cayó del caballo camino de Damasco.

El caso es que, a la espalda de todas estas innecesarias notas de color, está el partido de semifinales entre Francia y el País de Gales, una ocasión formidable para contemplar frente a frente a dos de las naciones que más han hecho a lo largo de la historia para que un partido de rugby sea también una convención de graciosas habilidades, un ejercicio de armonía grupal con una pelota que presenta la dudosa forma de un melón y el travieso comportamiento de una almendra. De las virtudes de Gales, que esta vez no podrá contar por lesión con su apertura, el rampante Rhys Priestland, ya lo hemos dicho casi todo. Sólo falta por saber si ellos mismos consideran que ya lo han dicho todo, pero no es probable. La entrada como número 10 de James Hook -un jerarca del equipo hasta que una lesión precipitó la irrupción de Priestland para felicidad del mercurial Warren Gatland-, será la única variación con respecto al conjunto que dio cuenta de Irlanda con insultante superioridad. No es una baja menor porque afecta a la construcción moral del equipo y desde luego del juego. Hook puede haber sido uno de los jugadores más talentosos con peor suerte de los últimos tiempos. Primero, la discusión tradicional consistía en saber si era mejor ponerlo de apertura o de zaguero, más que nada porque estaba en el puesto de 10 Stephen Jones, cuyo pie milimétrico deshacía todos los argumentos opuestos. Y atrás, en el 15, un Lee Byrne que durante algunos años fue uno de los mejores zagueros del planeta. Y cuando Jones empieza a dar un paso hacia atrás y Byrne rebaja su nivel, aparece Priestland y Leigh Halfpenny se convierte en un coloso en el fondo. Muchas miradas estarán puestas hoy en el 10 de Gales.

Liévremont, atildado con su bigote, muestra la captura en una excursión de pesca que llevó a cabo esta semana el equipo de Francia: una cierta tregua después de semanas de batalla con la prensa.

También con Francia hemos agotado las conversaciones. Estos últimos días andaba en duda Yachvili, pero fuera de eso parece que repetirán el quince del último partido, con las variaciones ya conocidas: de ocho Harinordoqy (que repartió caramelos entre la prensa en una comparecencia el otro día, gesto simpático muy poco simpático dados los antecedentes); Parra como apertura, Medard de zaguero, Pallison y Clercq en las alas. Los cambios posicionales parecieron despertar algo del genio francés en el último encuentro. Pero, ¿fue flor de un día? A flash in the pan?, como se dice allá. Cualquiera lo sabe. Del equipo de Liévremont se puede decir lo mismo que Churchill dijo de Rusia: “Son un interrogante, envuelto en un misterio y encerrado en un enigma”. La impresión general es que los franceses sacan un gran partido por torneo. Si eso es cierto, aún están por jugarlo: sólo con voluntarismo chovinista podría considerarse gran partido lo que los galos hicieron para ganarle a la demacrada Inglaterra. Para eso, han observado los propios franceses, no hacía falta un gran partido. A estas horas, los galeses andan haciéndose las mismas preguntas que todos nosotros. La diferencia es que ellos, desde luego, precisan respuestas. Gatland, el entrenador de quien todo el mundo abominaba por conservador cuando la federación de Gales renovó su contrato, tiene a su equipo a las puertas de la final y está considerado como el más firme candidato a suceder a Graham Henry al frente de los All Blacks. Si es cierto el adagio que afirma que son las defensas las que ganan los títulos, Gales competirá por él: es, con sólo cuatro ensayos concedidos, el equipo más fiable del torneo. Un dato considerable en un equipo al que se tiene, no sin razón, como expresión de talento y libertad para el ataque. Tiene una explicación, como casi todo en el rugby de hoy: su entrenador de defensa es Shaun Edwards, un gurú educado en el rugby a 13. Todo el mundo sabe que la defensa de hoy es la adaptación nada disimulada de la impenetrable tabla del código rugby league. En el otro lado, nadie ha aguantado mayor desconsideración que Liévremont, el entrenador de Francia. Tal vez solo su predecesor en el cargo, Bernard Laporte. Todo perfecto. Pero el gen manda sobre las consideraciones: para quien no lo recuerde, refrescaremos este dato… Los franceses van a jugar su quinta (!) semifinal consecutiva de un Mundial. Han perdido dos veces con Inglaterra, una con Nueva Zelanda y otra con Sudáfrica. Sólo una vez ganaron: a Australia, en 1987 y en el mismo escenario de ahora, con aquel ensayo de Serge Blanco sobre la esquina. Han disputado y salido derrotados de dos finales (1987 y 1999). Semejante historial revela el perfil de unos hombres dispuestos siempre para competir, sin que importen las circunstancias, y llenar sus campos de sangre impura, la del enemigo. Se diría que, pese a la vehemencia de su himno marsellés, los azules acostumbran a ganar batallas, pero todavía no han ganado la guerra.

Gales: 1 Gethin Jenkins, 2 Huw Bennett, 3 Adam Jones; 4 Luke Charteris, 5 Alun Wyn Jones, 6 Dan Lydiate, 7 Sam Warburton, 8 Toby Faletau; 9 Mike Phillips, 10 James Hook, 11 Shane Williams, 12 Jamie Roberts, 13 Jonathan Davies, 14 George North, 15 Leigh Halfpenny.
Subs: 16 Lloy Burns, 17 Paul James, 18 Bradley Davies, 19 Ryan Jones, 20 Lloyd Williams, 21 Stephen Jones, 22 Scott Williams.

Francia: 1 Jean-Baptiste Poux, 2 Williams Servat, 3 Nicolas Mas, 4 Pascal Pape, 5 Lionel Nallet, 6 Thierry Dusautoir, 7 Julien Bonnaire, 8 Imanol Harinordoqy; 9 Dmitri Yachvili, 10 Morgan Parra, 11 Alexis Pallison, 12 Maxime Mermoz, 13 Aurelien Rougerie, 14 Vincent Clercq, 15 Maxime Medard.
Subs: 16 Dimitri Szarzewsky, 17 Fabien Barcella, 18 Julien Pierre, 19 Fulgence Oueadrogo, 20 François Trihn-Duc, 21 Jean Marc Dousseain, 22 Cedric Heynmans.