Cortázar al teléfono

21 10 2016

 

Esta mañana yo te he llamado para contarte algo, aunque antes incluso de empezar a hablar ya no estaba seguro de saber bien qué quería contarte. En la mínima operación de buscar la última llamada que te hice -ese proceso que ha relevado con su ligereza al marcado de la combinación de números que eran tu nombre- he extraviado el objeto de mi llamada. Mientras sonaba la señal he pensado en aquellos hombres capaces de memorizar una guía completa de teléfonos. O quizá era una página. No me acuerdo. Ahora la memoria es siempre la memoria ajena, de un chip o de una máquina. Solo nos queda la memoria remota y difusa, que acostumbra a ser memoria del dolor.

cortazar

Te he dicho, cuando has contestado, que en estos días me sucede a menudo que no recuerdo, que olvido con facilidad las cosas de cada día. Contra quién jugamos el pasado fin de semana, cómo fue el marcador. O que esta mañana tenía que hacer una llamada a alguien con quién acordé hablar a mediodía. Pero que ya lo había olvidado. Que, si él no llega a llamarme hace un momento -te he dicho subrayando lo aparatoso del despiste- para decirme que no podía hablar a la hora establecida, y preguntarme si podíamos demorar apenas una hora la conversación… Que si no llega a ser por eso -te he dicho con un deje sincero de alarma- yo lo habría olvidado. Y que anteayer me dejé sobre el mostrador la botella de agua que entré a comprar a una tienda. Y en el perchero del vestuario un abrigo.

Que solo soy memoria en los otros. Que no tengo memoria de lo que hago. Que a menudo me quedo pensando quién soy. Que no me acuerdo. Te he dicho.

He cruzado una frase de Cortázar y me ha parecido un autorretrato: “Estoy como parado en una esquina viendo pasar lo que pienso, pero no pienso lo que veo”. Ese soy yo.

Me has dicho que tal vez debería ver a un médico. ¿A qué médico? Si ya Cortázar me ha definido los síntomas, qué importa el diagnóstico. El médico. Sí, tal vez. Hemos colgado enseguida, sin más énfasis, porque has recordado que debías hacer algo.

Después, en un mensaje, me recuerdas que saque algo de carne del congelador. Yo esperaba algún comentario lastimoso al respecto de mi estado. No es un reproche. La carne helada me ha parecido un necesario recordatorio de algo muy tonto: que la vida siempre sigue. Podemos bajarnos, desde luego, pero no suponer que nos esperará. Vivir mirando a lo que pensamos. Olvidar. Pero la vida siempre sigue.

Y pensando esto, claro, he olvidado enseguida el encargo, y no he sacado la carne. Mi cerebro debe encontrar un gusto por el olvido, algún tipo de pervertido desdén cuyo sentido me está vedado. Cada día advierto que somos más ajenos el uno del otro, mi cerebro y yo, y me da por pensar si esto, esta fatal disociación, no será un primer rasgo de la incipiente locura. O tal vez solo el sonido de la rendición. De la derrota. De una entrega decidida a esa maquinaria implacable que es mi cabeza.

Cuando por fin he vuelto a mí mismo -es decir, a vosotros, a la vida, el resto de lo que ocurre fuera-, he recordado también que debía poner a hervir unas verduras. Como ya me habías recordado esta mañana. Otra cosa que olvidé enseguida. Hace tiempo, pienso, que dejé de ser fiable. Yo era preciso. Ahora me veo como un desorden. Temo cualquier mañana mirarme al espejo y encontrar que mis rasgos también se han desordenado. Que, por ejemplo, graciosamente los ojos aparecen uno en cada hombro, los brazos me surgen de la cabeza como antenas táctiles, y me han salido dos bocas, una en cada rodilla, que me permiten lamer el suelo en postura genuflexa. Creo que así la vida, tal vez, me habría ido algo mejor. No sé para qué hemos colgado un espejo, si yo vivía tan cómodo sin verme allá fuera.

Ah, la carne… dijiste. Y voy al congelador y me quedo pensando cuál de todo ese montón de paquetes plateados será la carne. He olvidado también el orden de los cajones de la heladera. Y, aunque la forma es un indicativo, no me fío de mi juicio. Así que tomo un par de ellos al azar y los pongo sobre un plato. Y pienso que no dará tiempo a que se ablanden antes de la hora de comer, porque ya es otoño. Y porque el último verano queda ya a una distancia infinita, tan infinita que ya no lo recuerdo.

“Siempre quejándote de todo y a la vez fingiendo no darle importancia a nada. Vives de esperanzas pero ni sabes qué esperas”. Julio.

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Alan Rickman (1946-2016)

16 01 2016

DieHard

Hans Gruber: This time John Wayne does not walk off into the sunset with Grace Kelly.

John McClane: That was Gary Cooper, asshole.

[Alan Rickman Bruce Willis sostienen su largo duelo dialéctico a través del walkie en La jungla de cristal, uno de esos papeles que Rickman sabía bordar al punto de que parecía haberlos escrito él con plena autoconciencia. El terrorista que desprecia el estilo de vida americano y se ríe, con paródica torpeza a veces, de sus mitos -los héroes del western clásico, en este caso-. La atracción de los papeles de Rickman por frases de este tipo parece poco casual. Resulta fácil encontrarlas en otras de sus interpretaciones más populares, películas en las que el villano está construido a mayor gloria del héroe o de su propia caricatura. Así se comporta su Juez Turpin en Sweeney Todd, y desde luego el fastidiado sheriff de Nottingham de Robin Hood, príncipe de los ladrones. No puedo hacer consideraciones acerca de sus papeles en la serie de Harry Potter, porque solo visité una y recuerdo haber aprovechado una conveniente visita al baño para encontrarme con alguien conocido en los pasillos y perderme cuanto metraje pude. En su fallecimiento, sin embargo, fue su trabajo más renombrado. La popularidad final para un actor de contrapunto. Uno de los más familiares que pudieran encontrarse hoy en la pantalla, reconocible como los malos de siempre, dueño de un arquetipo que nunca ha dejado de gustarnos y que hoy puede que esté más en boga que nunca: el malo atractivo. El que, a menudo, recordamos con más filiación que al héroe. El que nos permite saborear el placer culpable de la moral en suspenso, uno de las más felices creaciones de la narrativa cinematográfica].





Artistas del hambre

21 02 2014

Seamos francos y digámoslo rapidito: ¿Usted pagaría por leer este blog? Entiéndanme… un precio simbólico. Bueno, simbólico no me parece una palabra apropiada. Digamos un precio, un precio bajo, un precio que a usted le permitiera encontrar una relación equilibrada entre las (hipotéticas) satisfacciones que le reporta la visita al atribulado mundo Somniloquios y la posibilidad de aflojar una mínima cifra del bolsillo. Un precio que, sobre todo, permitiera al hombre somniloquio, el que teclea estas líneas, dormir tranquilo por las noches; no sentir que está faltándole al respeto al visitante ocasional o al lector recurrente. Que no les estoy vendiendo filfa. Ese precio. Que ni sé cuál es, aunque ayer por la tarde me hablaron durante horas de las diferencias esenciales entre precio y valor; las tasas de descuento; el VAN, el TIR, los costes de capital y otras abstracciones de naturaleza terrible para alguien como yo…

¿Qué valor tiene Somniloquios? Valor para quien lo lee. Valor para quien lo escribe. Yo me he preguntado muchas veces por qué y para qué escribo este blog. A tal punto que, durante largos periodos, no he encontrado respuesta. Hubo un tiempo en que necesitaba escribir. Lo hacía de manera compulsiva y, a menudo, impulsiva. También con una alegría ahora extraviada: Somniloquios me divertía. Hace tiempo que perdí la necesidad de escribir y, en mis momentos más descarnadamente cínicos, me grito a mí mismo: “Si tanto valor tiene lo que escribo, pongámosle un precio”. Ahora que paso la mayor parte de mi tiempo pensando en emprendimientos y sus circunstancias, acabo por preguntarme, con cierta sensación de inevitabilidad. ¿Es este blog una potencial (mini)empresa? ¿Alguien se anunciaría aquí? ¿Alguien pagaría por leer esto? Hasta he consultado los blogs de gurús de la monetización, que hablan de valor, de influencia, de retorno y otras cosas. No me reconozco en lo que he leído ni en las fórmulas y trucos que proponen.

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No se me queden fríos ante estos pensamientos. Comprendan: ahora que uno se le ha hecho prescindible al mercado de trabajo, ahora que faltan los ingresos, ahora que ya no me pagan por escribir (salvo la gloriosa excepción, que yo hago ocasional, de mi querida Mediapunta), ahora que oigo tan a menudo el cacareo del emprendimiento, de la necesidad del reciclaje, de la diferenciación, vengo a pensar en todo esto. Ay, la diferenciación. Me decía un conocido el otro día: “Tus crónicas eran diferentes… ¿No se busca ahora, dicen, lo diferente?”. Me tuve que reír. Son pensamientos ingenuos. O bien la diferenciación no puede nada contra los argumentos económicos o bien, como yo he pensado siempre, lo mío no era para tanto. Era, como tantas otras cosas, perfectamente prescindible. No, no les estoy llorando. Pienso en voz alta. Que es lo que siempre he hecho en estas páginas.

En los últimos tiempos he recibido un par de amables propuestas de chicos jóvenes, con sus revistas, para que me uniera a sus páginas. Gente que, como he hecho yo durante todos estos años aquí, escriben sin esperar ni recibir nada a cambio, salvo la satisfacción íntima de la comunicación con quien lee. Que es mucho. Tal vez la esencia verdadera del asunto. Gente que no cobra, al menos por ahora y ojalá pronto lo hagan. Chicos que tratan de definir su voz mientras buscan viabilidad a su esfuerzo: para poder mantenerlo en pie, antes que para poder percibir un dinero a cambio. Me lo propusieron y no puedo ni responderles. Admiro su esfuerzo. Aprecio su estima por mí. Agradezco su interés. Me avergüenza, lo reconozco, decirles que siento que no puedo escribir para ellos. Que ya no puedo escribir gratis. No por decencia. No por dignidad. No por soberbia. Sólo porque necesito concentrar mis esfuerzos en ganar dinero. Y porque siento que, si no lo hago, me estoy traicionando un poco. Sólo escribo gratis aquí y en mi otro yo ovalado; lo hago puede que por orgullo acumulado de todos estos años, o porque me dolería sentir la derrota del abandono. O porque, en verdad, hacerlo está dentro de mí y ésta es la historia de mi vida; estas líneas son un torpe libro de mi existencia al que, quiera o no, soy incapaz de renunciar. Somos artistas del hambre, y que me perdone Joseph K por atribuirme una de las glorias de su escritura. Yo tal vez un poco menos que esos chicos que, como me dijo L. una tarde entre clase y clase, ni siquiera han tenido la ocasión todavía de recorrer el agridulce camino entre la ilusión juvenil y el cinismo de periodista cansado, que es donde más o menos estoy yo y de donde trato de escapar. No, yo no paso hambre. No soy un bohemio de finales del XIX en una buhardilla de París. Tengo calefacción, agua caliente y el frigorífico atendido. Sólo soy alguien que se pregunta, como siempre, para qué escribe. Por momentos, entreveo una respuesta: siempre he escrito para vivir. Y esta verdad incómoda: vivir, a día de hoy, ha adquirido otro significado. 

[Es viernes. Pongamos algo de música para pasar los tragos. Este tema de T Rex que cierra una emotiva película, ‘Dallas Buyer’s Club’, de la que tal vez hable un día. ‘Oh, Dios, la vida es extraña… / Algunos son rápidos y otros van lentos / Algunos creen… / Yo ni siquiera sé si lo hago / No, no, no, no”].





Huguito Weepu

9 10 2011

Los Pumas cazan en grupo: Ledesma, Leguizamón, Santiago Fernández y Contepomi emboscan al fenomenal Piri Weepu, en una imagen que resume el armazón defensivo que tantísimo le costó superar a los All Blacks.

En algún momento, el partido se hizo un interminable bucle de fases repetidas. Los All Blacks tenían la pelota, Piri Weepu lanzaba por dentro a sus terceras o -poco al principio, algo más frecuentemente al final- a Ma’a Nonu, los Pumas frenaban esa penetración de inmediato. El equipo negro intentaba la salida abriendo el campo, Argentina reorganizaba su defensa con un rigor cartesiano, ocupaba todo el ancho del terreno de juego y obligaba a los All Blacks a entrar otra vez por los mismos callejones. Allá esperaban, como compadritos en la esquina, una tupida malla de camisetas albicelestes. Otra vez el choque, otra vez el consiguiente ruck, más o menos limpio, otra vez la habilidad argentina para que Weepu no tuviera una pelota rápida con la que jugar afuera… Y vuelta a empezar. Adentro, choque, parada, reciclaje, defensa. Así hasta que el árbitro descubría alguna infracción. La primera vez hubo duda: ¿Irían a palos los Blacks o jugarían a la mano? A palos. Bien. Un dato notable: querían asegurar puntos desde el arranque. Y otra pregunta… ¿patea Slade? No, patea Weepu. Y la clava dentro como si disparara con ballesta y mira telescópica. Así siete veces de ocho. Los argentinos recuerdan siempre los 25 puntos de Huguito Porta a Nueva Zelanda en el 85. Enfrente tenían esta vez a Huguito Weepu.

Piri Weepu, sexy y barrigón que cantaría Calamaro. Veterano, corto de forma, lento si se quiere y de vuelta de la colina de la hamburguesa. Sí, todo verdad. Pero también esto: el mejor de los All Blacks, de lejos. Por inteligencia, por liderazgo y, desde luego, por esos 21 puntos con el pie que establecieron la diferencia entre NZ y Argentina, cuando no había más diferencia. Los Pumas obligaron al anfitrión a ganarle el partido con el pie. A puro golpe de castigo. Cuando los All Blacks están enfrente, ese logro es superlativo. Lo retuvieron sin anotar más que cualquier otro contrario a lo largo de esta Copa del Mundo. No sólo eso: lo pusieron por debajo en el marcador cuando, a la media hora, Farías Cabello acabó posando en apoyo una escapada fantástica del número 8, Senatore. El octavo argentino se levantó de una melé en la mitad negra de la cancha y, a la vista del despiste de Kieran Read en el cierre de los canales defensivos a los lados del agrupamiento, se mandó una carrera de gigante que lo llevó al territorio de los sueños. Placado ya en la 22 all black, Martín Rodríguez relanzó la continuidad y Farías Cabello, que venía siguiendo la jugada, levantó el oval por última vez para meterse en la zona de marca neozelandesa. Felipe Contepomi puso la conversión en la cocina y, de pronto, los Pumas ganaban 6-7.

Farías Cabello posa el sorpresivo ensayo de Argentina, dejando en nada la defensa final de Sonny Bill Williams y Piri Weepu.

Su ejercicio defensivo ya había recordado a la famosa tarde en que Francia redujo a fosfatina el torrencial ataque negro, en el Mundial de 2007. Los Pumas estaban haciendo exactamente lo mismo, en una exhibición de entrega, pero no sólo eso: sobre todo de severidad táctica. Pero habían ido más allá con la exitosa escapada de su tercera línea, porque en esas posiciones suelen definirse las dinámicas de los grandes partidos. Una vez más, hay que repetir, incluso contra el primer equipo del mundo: cuando los Pumas se baten en duelo, son ellos quienes imponen el arma que se utilizará. Siempre a cuchillo. Pero el reglamento contempla el rifle de distancia para casos así: ese lo llevaba Weepu.

El partido se llevó por delante a Colin Slade, en todos los sentidos de la expresión. Cegado por los focos, impresionado por el tamaño de su camiseta número 10, apenas a los siete minutos Slade estuvo a punto de provocar un primer ensayo argentino, cuando desatendió un pase sencillo que le rebotó en el pecho en el medio del campo. Los Pumas, que cazaron toda la tarde en grupo, igual que leones, lanzaron una patada a seguir que cruzó el campo montaña abajo para la carrera de Marcelo Bosch y su homólogo en el campo, Conrad Smith. El centro neozelandés llegó primero apenas por media falange, recuperó la pelota a tiempo de evitar el ensayo y la defendió con tanto esmero, calidad y fuerza que permitió la llegada de sus compañeros en apoyo, salvando a su equipo. En esa primera parte, en la que Weepu anotó dos golpes más después de otra falta en el ruck y un placaje alto de Contepomi (12-7), sólo el anotador All Black y el propio Smith parecieron a la altura de las circunstancias. El resto se pasaron la noche neozelandesa chocando contra las puertas.

A esas horas, Slade se había ido lesionado, para culminar su ruina. Y apareció en el campo Cruden, el último en llegar a la concentración mundialista tras la lesión de Dan Carter. En el tiempo que jugó, Cruden hizo lo suficiente para justificar que Graham Henry se plantee darle el número 10 en la semifinal con Australia. Mucho más dinámico, vivo y confiado que Slade, Cruden participó en la fase del encuentro en la que los All Blacks pudieron, por fin, encontrar algún espacio que les permitiera reconocerse en su juego. No ocurrió hasta pasada la hora de partido. Hasta entonces, Weepu seguía haciendo dianas (sólo falló un tiro en toda la tarde) y Marcelo Bosch le dio la réplica anotando un golpe de castigo desde el centro de la ciudad, con una patada verdaderamente monstruosa (15-10). A esa hora uno empezó a pensar que, o los Blacks metían un ensayo, o iba a salir Lucas González Amorosino a hacer la de Escocia. Y se lo imaginó al muchacho, danzando como un maldito entre los tackles rivales, hasta meterse en el ingoalneozelandés… Algo así hubiera sido diabólicamente hermoso, pero no se iba a dar. Primero porque Santiago Phelan no convocó esta vez al joven zaguero al rescate. Segundo, porque hacia el 67′ Kieran Read acabó con la resistencia Puma y metió sobre la esquina un balón construido por Jerome Kaino. Weepu pateó fuera la conversión, su único error en 80 minutos. Algo más tarde, Weepu metería sus últimos tres puntos y Brad Thorn finalizó otra avanzada negra hasta el ensayo, convertido esta vez por Cruden…

Cada ruck del partido fue un duelo a cuchillo en el que uno sólo podía entrar si tenía suscrito en un cajón de casa un seguro de vida: Richie McCaw, insaciable siempre en esta fase del juego, se lo pasó en grande tirándose a esa piscina de carne.

Como repetía un personaje del Gordo Soriano en Una Sombra Ya Pronto Serás: “L’avventura è finita“. En ese intervalo, Argentina despidió del campo a uno de los grandes de esta generación y de varias más: el talonador Mario Ledesma dejó su puesto a Agustín Creevy, y el hooker argentino recorrió el espacio hasta la banda plenamente consciente de que era la última vez que pisaba un terreno de juego vestido con la ancha camiseta de los Pumas. Ledesma dijo una plegaria íntima y se fue hacia el recuerdo. Argentina cerraba ahí una etapa individual, pero el partido inaugura un futuro rutilante para un equipo que se ha ganado en los últimos años su consideración entre los grandes del Hemisferio Sur y del mundo entero. Lo espera el duelo anual (durante cuatro años al menos, ese es el acuerdo por ahora con la SANZAR), cada verano austral, con los tres gigantes del Sur en lo que, por lo que oímos, dejará de llamarse Tri-Nations para convertirse en el Rugby Championship. La mirada de Nueva Zelanda es más cercana: Australia, en semifinales. Y el título, ansiado, al fondo. Al fondo pero aún lejos… Los All Blacks aún no han hecho un gran partido, un encuentro verdaderamente digno de su estatura; y sus victorias, pese a la sensación de inevitabilidad, no están construidas con ingredientes que basten para extender una plena convicción. Así que, como dijo Pichot una vez: esto recién empieza.

Nueva Zelanda, 33
Ensayos: Kieran Read, Brad Thorn
Conversiones: Aaron Cruden
Golpes de castigo: Piri Weepu (7)

Argentina, 10
Ensayos: Farías Cabello
Cons: Felipe Contepomi
Golpes de castigo: Marcelo Bosch

Vídeo-resumen del partido





Grupo D: Campo de minas

10 09 2011

Sudáfrica, País de Gales, Fiji, Samoa y Namibia

John Smit levanta el trofeo Webb Ellis, ganado en el Mundial de 2007, cuando Sudáfrica dominaba el mundo oval. La séptima Copa del Mundo encuentra a una brillantísima generación de Springboks de vuelta de sus mejores días.

Pocos se atreverían a colgarle de la espalda un monigote de papel a, digamos, Victor Matfield. Pero Sudáfrica aparece en este Mundial con una diana subida en los omóplatos, ahí justo donde exhiben los Springboks esos números tan chiquitos, que se pierden en las llanuras de la camiseta. El campeón siempre tiene una diana cuando arranque el siguiente Mundial. En el caso de Sudáfrica, además, no falta quien le ha olisqueado debilidades y piensa que el gigantón del hemisferio sur está listo para ser derribado. ¿Lo está? Uhmmm, veremos… La cuestión no trata de nivel de los jugadores, cosa que no hace falta aclarar, sino de estado de forma. Particularmente, en mi opinión, de tres o cuatro hombre sque definieron el dominio implacable de los Springboks en el periodo que les condujo a levantar en 2007 su última Copa del Mundo: hablamos de Morne Steyn (zaguero o medio de apertura, el pie clínico que ha acostumbrado a poner a Sudáfrica un paso más allá que sus rivales, y al que vimos en un perfil bajo en el Tri Nations), del incomensurable segunda Victor Matfield, la velocidad incontestable de Habana por el ala y la dirección y Fourie du Preez, el que fue considerado en el ciclo inter-mundiales el mejor medio de melé del mundo, pero al que en la última serie del Tri Nations me pareció ver por debajo de aquella versión superlativa, algo recortado ese filo que le hacía mover a todos y ganar la línea de ventaja con constancia. En realidad, los tres estaban entre los 21 jugadores que el técnico Bok, Peter de Villiers, decidió no llevar a la gira por Australia y Nueva Zelanda que abrió el torneo del hemisferio sur. En esa lista de ausentes (reservados por lesión o por encontrarse, se adujo, en periodos de rehabilitación) había tantos pesos pesados del equipo que Sudáfrica fue acusada de adulterar la competición y se investigó si todas las dolencias aducidas verdaderas. Y De Villiers hubo de responder por un supuesto campus secreto de entrenamiento. El resultado fue mucha tinta y palabra gastada, por un lado, y un equipo disminuido, probando jugadores para el Mundial, por el otro. A la vuelta a Sudáfrica, jugaron todos los buenos, aunque gente como Matfield, Bakkies Botha o Bryan Habana aún estaban oxidados: rusty, que se dice en inglés. Ganaron a Nueva Zelanda. Perdieron con Australia. Y quedó poco claro hasta qué punto en Nueva Zelanda podrá más la edad o la sabiduría: ese rugby sobrio, rocoso, defensivo, simplificado y demoledor del que han hecho tradición y escuela. Como Sudáfrica nunca negocia sus principios (tampoco De Villiers, por más ladrillos que le caigan), habrá que esperar para ver al joven Lamby, prometedor pero aún tierno para ser el 15, y suspirar por Bismarck du Plessis en el puesto de talonador: ahí permanece, por ahora, el capitán John Smit, cuya leyenda está bajo bombardeo por el empeño de su técnico en alargarle la vigencia. Propongo un ojo siempre en Heinrich Brüsow, ariete de la tercera que más me gusta en todo el torneo, junto al sanguinario Burger y a Pierre Spies. Otro en Jacques Fourie y el tercero en la bota de Steyn, que en el mejor de los casos dicta el camino, la táctica, el tiempo y los resultados. Pronóstico: si los mencionados se aproximan a sus versiones más reconocibles, Sudáfrica será muy difícil de bajar del torneo. Si no lo hacen, igualmente será complicado sacarlos. Dominarán el grupo, pero sin exhibirse. Los veo en semifinales, donde si todo es normal se cruzarían a muerte con los All Blacks. Y ahí… cualquiera sabe.

George North, asesino con cara de niño, anotador ala: el chico del que todo el mundo habla en Gales y, si las previsiones se cumplen, del que todo el mundo hablará de esta Copa del Mundo en adelante. Cuando Warren Gatland lo llamó, era un desconocido: ahora la expectación lo rodea.

Gales ha acometido una reforma integral, pero sin ir al Ikea. No le ha impresionado lo más mínimo enfrentar a sus jóvenes talentos con la cita máxima. Su partido contra los sudafricanos, que abre la participación de ambos, supone una batalla de las edades en toda regla: la media de edad de los dragones no pasa de 26 años, su capitán Warburton tiene 22, y la escuadra suma algo más de 400 internacionalidades entre los 30 miembros del equipo. Los Springboks doblan esa cifra. John Smit cumplirá 34 en abril. Así que será un choque de opuestos en toda regla, porque Gales, su entrenador Warren Gatland y el mundo entero saben que unos llevarán el partido al enfrentamiento de los delanteros y el dominio posicional del territorio; mientras los otros querrán que la pelota fluya, los hombres vuelen y la juventud baile. Sobre todo la de su medio de apertura, Priestland, en quien Gatland tiene puestas enormes esperanzas. Elegido tras la lesión de Stephen Jones, habrá que ver cómo mezcla con el medio de melé, Mike Philips, quien sí maneja una delantera con conocimiento y causa: ha vuelto el oso Adam Jones, siempre tan necesario, pero echaremos de menos a Gethin Jenkins, lesionado, uno de los primeras líneas que mejor placa abajo, incluso en carrera. Y a Ryan Jones en la tercera: tiene para dos semanas y su participación en el torneo está en el aire. Resisten clásicos como el segunda Alun Wynn-Jones, Lydiate, la reserva del efervescente (no siempre para bien) Andy Powell, Charteris… y aparece con un peinado afro-setentero Toby Faletau, flanker tongano, hijo de un veterano mundialista de 1999 y recién promovido a la

Alesana Tuilagi, con la camiseta del Leicester: el rostro más reconocible de una selección de Samoa que promete más de un disgusto siempre que aparece en un torneo mayor.

primera selección galesa por Gatland en el mes de junio. Entre los tres cuartos, varios clásicos de ayer, hoy y siempre (Jonathan Davies,  Jamie Roberts, James Hook, desde luego Shane Williams…) y un muy serio proyecto de estrella en el ala: George North. Pronóstico: el único norteño en el grupo, afronta un choque monumental contra los sudafricanos y encuentros muy duros con equipos que lo han golpeado en el pasado, Samoa y Fiji. El resultado es incierto, pero anuncian diversión por el modo de jugar de sus estrellas.

Cualquier equipo de Samoa y de Fiji se han hecho difíciles de batir. Gales lo aprendió a base de resbalar en esa misma baldosa en dos mundiales distintos. Los samoanos llegan al Mundial con el viente de cola de una prestigiosísima victoria sobre Australia en julio, una carta de presentación temible para un grupo bastante duro, en el que la segunda plaza está muy en el aire. Eso, si los polinesios no dan su perfil más frívolo en defensa (como enseñó Tonga en el partido con los All Blacks). Samoa tiene poderío, jugadores atléticos, durísimos en el contacto y veloces en campo abierto. Fiji todavía afila más ese perfil: su arquetipo de rugby es el del siete, espacios, contacto y pase, ángulos salvajes de carrera, revoloteos y cambios de dirección. Si uno los deja sueltos, es como perseguir gallinas en un campo de fútbol. En Samoa aparece, reconocible por encima de cualquiera de sus compañeros, Alesana Tuilagi, hermano de Manu (el centro de Inglaterra) y familiar presencia en la Premiership. Es la saga de los Tuilagi, interminable: además de Alesana y Manu, Henry Tuilagi juega en el USAP Perpignan. Luego vienen Fereti ‘Freddie’ Tuilagi, y Anatelia ‘Andy’ Tuilagi. Y, por fin, Sanele Vavae Tuilagi, que milita ahor en el Coventry. Además de Alesana, en Samoa merece la pena atender al veloz David Lemi y al centro Mapusua. En Fiji (que ya dio cuenta en la madrugada del sábado de la bizcochona Namibia), el capitán Deacon Manu y el flanker Akapusi Qera le dan ritmo a la delantera. Los de atrás lo tienen todos. Su choque con Samoa será una exhibición de vuelo sin motor. Pronóstico: Samoa está en condiciones de sacar a Gales del torneo a la primera de cambio; habrá que ver con Fiji, con un juego más singular, menos dispuesto a diferentes tipos de partido. Los dos son una amenaza para cualquiera. El grupo es un campo de minas. Namibia, por fin, está destinada a correr mucho y ganar poco.




La Haka contra el mundo

8 09 2011

En su prematuro lecho de muerte, Bobby Deans aseguraba a quien aún quisiera oírle: “Fue ensayo”. No era un delirio, sino la honesta declaración postrera referida a una de las jugadas más célebres de la historia del rugby: el ensayo jamás concedido a los All Blacks Originals, como aún se conoce a aquel equipo que disputó 35 partidos en una gira de cinco meses por Gran Bretaña y Estados Unidos. La decisión supuso la primera derrota de su historia en suelo europeo. Fue en el Arms Park de Cardiff, el 16 de diciembre de 1905. El colegiado John Dallas -que vestía de calle como era costumbre entonces- llegó con retraso a la culminación de la jugada y desautorizó la supuesta marca de Deans, al considerar que el placaje final lo había frenado antes de alcanzar la línea galesa. Deans, muchos testigos, el vehemente Daily Mail y varios jugadores galeses reconocerían después que Deans había pasado por lo menos 15 centímetros la línea de marca, y que fue arrastrado hacia atrás posteriormente. Dallas dio melé, Gales ganó 3-0 y Bobby Deans se murió a los 24 años, dramáticamente joven, víctima de las complicaciones de una operación de apéndice. De él se cuenta que era un hombre sano. No fumaba, no bebía, era un trescuartos con planta de duque. Jugaba con honestidad y no mentía. Aún hoy, para muchos kiwis el viejo estadio de Arms Park sigue siendo, ante todo, aquel lugar en el mundo en el que Deans nunca marcó su ensayo.

Piri Weepu, el medio de melé de los All Blacks, agitador habitual en los últimos tiempos de la Haka maorí con la que Nueva Zelanda desafía a sus contendientes: esta vez Weepu llama a una carga enérgica contra el mundo entero, los enemigos exteriores y, sobre todo, los muy juguetones e irreverentes fantasmas íntimos.

Sólo cinco selecciones han logrado vencerle un partido a los All Blacks en todos los tiempos: Australia, desde luego, Sudáfrica, Francia, Inglaterra y… Gales, ese día. Desde aquellos partidos asombrosos de 1905 que descubrieron al hemisferio norte la histriónica danza maorí llamada Haka y el rugby de ataque global de los chicos de negro, los All Blacks son generalmente considerados el mejor equipo de rugby del mundo. Pero esa convención anda en entredicho desde que en 1991 Australia la apartó de la final de la Copa del Mundo y abrió una sonora retahíla de decepciones cuatrienales: perdieron la final del 95 con Lomu de su lado, contra el hoy ya legendario y cinematográfico equipo de Mandela, Pienaar y Joel Stransky; protagonizaron una gloriosa semifinal frente a Francia en 1999, gloriosa porque aquél fue uno de los partidos más subyugantes de toda la historia de este deporte; pero terrible por la inasumible dimensión de la derrota contra los bleus (31-43); Australia les apartó en 2003 de la final que convertiría el pie derecho (y el izquierdo) de Jonny Wilkinson en reliquias modernas de la iglesia anglicana, a su diez en un héroe de leyenda y al rugby en deporte planetario. Y Francia volvió a eliminarlos, esta vez en cuartos, en el último Mundial, con un endiablado ejercicio defensivo que mezclaba el boxeo con las matemáticas, que hizo de cada placaje y cobertura una incuestionable operación de álgebra, y que permitió a los galos remontar un 13-0 y poner a los All Blacks “a jugar al ping-pong”, tal y como lo definió más tarde el capitán Richie McCaw.

La noticia histórica subraya, por si hiciera falta, la dimensión del imperativo que soportan los All Blacks en la Copa del Mundo que mañana, 24 años más tarde, regresa a Nueva Zelanda. Como siempre, esto trata de si los All Blacks ganan o no ganan. Hay otros subtextos, desde luego, y  en el análisis que viene en los próximos días los iremos desgranando, tal vez con más humor e intuiciones que rigor académico. Pero el titular se levanta por sí solo como un cartelón: esto es la Haka contra el mundo. Y en casa, en suelo neozelandés, en ese país donde los hombres llegaron a declarar en una vieja encuesta que preferirían ganarle un partido a Australia antes que pasar una noche con Elle McPherson. Así que la ocasión conlleva un elevado tanto por ciento de drama anticipatorio, lo que le agrega relieve escenográfico a un torneo de cinco semanas, que ya de por sí resulta fascinante, una explosión en supernova del deporte de nuestras vidas. Este mes y medio se va a llevar por delante unas cuantas madrugadas y varios amaneceres. Es de ley. Cuando uno duda si el fútbol le gustará tanto como se ha acostumbrado o bien obligado a pensar, ha de recurrir al baremo indispensable del rugby para poner las cosas en su sitio. Ahí se distingue el tamaño exacto de cada pasión, incomparable de todo punto. Resulta imposible dejar de jugar al rugby como resulta imposible dejar de ir de cuando en cuando a tumbar pintas con los amigos. El rugby es una noche feliz, una lifara de risotadas, una juerga hasta que se hace de día, una desparramada resaca juvenil. Es así siempre y cada vez. Por eso se trata de un placer irrenunciable, del que no resulta natural despedirse. No hay que hacerlo. No es necesario. No debe ocurrir y nadie puede exigirlo. Puede que nosotros no fuéramos tan gallardos de renunciar a una velada haciéndole cosquillas a la señorita McPherson, pero sí nos alcanza para proclamar que sólo hay una cosa que nos pueda gustar (casi) tanto como jugar al rugby: ver la Copa del Mundo de rugby.





Rapid Eye Movement

20 01 2011

Imagínate a ti mismo en una barca en el río / con árboles de mandarina / y cielos de mermelada...

He vuelto a hablar en sueños… Otra vez ocurre con frecuencia: frases sin significado, pero muy vehementes, como si establecieran una verdad incontrovertible. Escribo poco, pero soy más que nunca el hombre somniloquio, que perora en la altura de las madrugadas, cuando la grisalla matinal acosa ya las ventanas. Tengo sueños. A veces los recuerdo, como cualquiera. A veces los olvido. Otras, atraviesan la cortina de la vigilia, se cuelan en la lucidez falsa de los días y no me los puedo sacar hasta que me meto bajo la ducha, frotando duro con la esponja. Leyendo acerca de los sueños acabé en una discusión foral acerca de los efectos del hachís y la marihuana en la inhibición de los sueños. Mi información establecía que tales sustancias impiden el acceso a la fase de Movimiento Rápido del Ojo (RapidEyeMovement, REM) en la que se concentra la mayor parte de los sueños más vívidos. O sea, que los fumetas no sueñan… Pero no hay acuerdo en la ciencia ocupada del particular (la ciencia se ocupa de todo, coño) y tampoco en las experiencias compartidas de los ávidos fumadores de sustancias. Los hay que han llegado a experimentar, incluso, sueños lúcidos: aquéllos en los que el protagonista sueña con plena conciencia de que lo está haciendo. El ácido lisérgico, Lucy in the Sky with Diamonds, garantiza sueños lúcidos. Quizás mi mente incorpore el ácido de serie, porque yo practico el lucid dreaming con frecuencia. Creo haberlo contado ya aquí…

McCartney dice haber soñado la melodía de Yesterday. Yo soñé un relato entero que luego transcribí línea por línea sobre el blanco eléctrico del ordenador y que nunca será publicado. De hecho, la sombra de la piqueta, el delete, acosa ya a aquel engendro nacido en días oscuros. Al contrario de Paul McCartney, que soñó una canción imperecedera, yo apenas ideé un relato onírico de baja estatura cuyo argumento resultaba previsible; y su ejecución, molesta y modesta. Éste es el orden interno del universo: McCartney creó los Beatles y yo escribo en un periódico de deportes. AC me interrogó hace algún tiempo, en un casual encuentro nocturno, acerca de mis (presuntos) papeles ocultos. Diríamos… lo que habría de ser mi inédita producción literaria: le confesé que no existe tal cosa. Apenas algunas ideas esbozadas que no merecen, ni han tenido, mayor atención. Como dijo aquel vanidoso: “¿Publicar una novela? Pero de qué obscenidad me habla usted… ¡yo soy escritor!”. Y un cretino.

Escribir un libro de sueños siempre me llamó la atención. La literatura onírica, sin embargo, no es fácil. Los bueños sueñan mejor. No. Los buenos lo cuentan mejor. De entre mis últimos sueños me divirtió uno en el que recreaba la novedad del viaje turístico en catapulta. La necesaria supresión de los aviones, el azaroso intermedio de los aeropuertos, los cacheos ventajosos de seguridad a cargo de fornidas teutonas y la bolsita transparente para los líquidos. Aquí el proceso era bien sencillo: te subías en el cucharón de la catapulta con tu equipaje de mano, a la manera de RyanAir, y un propio te disparaba al lugar del mundo que hubieras elegido. Después de atravesar el cielo como una centella desaforada, caías en el lugar exacto que habías elegido como destino. Lo que se dice una lanzadera, pero en la versión literal del término. Yo desconfié: “¿Y si caigo en el agua, en medio del océano?”. “No ocurre. El cálculo del disparo incorpora las últimas tecnologías aeroespaciales en cuestión de puntería. Es como disparar un misil: fijo que acierta en la diana”, me razonó la señorita. “Pero esto es una catapulta…”, protesté débilmente. Menos fiable que un carro de combate, que mata al bulto. En ese momento, en la pantalla agregada que incorporan todos los sueños, vi en escenas paralelas o superpuestas el lanzamiento de varios viajantes, que alegremente ascendían al rudo habitáculo del artilugio para dejarse disparar a la esquina opuesta del continente. Una cayó en la Capadocia, otro aterrizó en las mismísimas tapias del Kremlin, donde aguardaba Brezhnev para hacerle los honores. Yo quería ir a África, a ver la migración de los herbívoros en el Serengeti y el tumultuoso cruce del río Mara. No sé si al final hice el viaje y lo he olvidado. No sé si tuve miedo de caer en la selva y que me mordiera un serpentín.