La morsa era Paul (se acabó la joda)

15 07 2010

El Mundial se ha terminado, queramos que no queramos. Aunque la gente festejó hasta altas horas de la madrugada del lunes, hubo inadmisibles retrasos en la incorporación al tedio laboral la mañana siguiente y Madrid disfrutó la prórroga de la vuelta olímpica en autocar por la capital… lo que decimos: se acabó la joda. Bajo nuestros pies se ha abierto ya el abismo de la verdad. A estas horas somos igual de campeones que el domingo a las once y cuarto, cuando todos dábamos alaridos, pero lo somos en un reconcentrado silencio y hasta nos sentimos un poco presas de aquella patología que llamamos la soledad del campeón. Ese “y ahora que ya hemos ganado, ¿qué?”. Desaparecida la Copa de oro de nuestros ojos, los héroes protagonizaron una última escena prosáica donde las haya, consistente en subirse a un taxi con ropa de calle y marcharse para su casa: como si hubieran sido actores representando una alegre tragicomedia apoteósica, sí, pero ya agotada. A la luz de los focos generales de la sala, esa luz cegadora que anuncia el final de los grandes conciertos que no deberían terminar jamás, descubrimos el gargajo de Piqué, supimos que Larissa Riquelme -muchacha que busca cualquier excusa para desnudarse en público- le ha echado el ojo a Iker Carbonero, y sin esperar un día más los políticos armaron un debate sobre el estado de la nación, espectáculo que enfría los ánimos a cualquiera. Por si todo eso no fuera suficiente, la Liga ya asoma a lo lejos y nos hemos venido con el Real Zaragoza a su pretemporada… Es decir: que hace 72 horas estábamos subidos en una grúa elevadora festejando en la plaza de España y hoy la riada nos ha dejado al borde de una carretera de Soria, con escasa cobertura y un vastísimo pinar castellano atravesado por el asfalto. La realidad es incombustible. ¿Nadie se ha dado cuenta de que este año habría que retrasar la Liga y aun no jugarla, si fuera preciso? ¿No podrían armar una gira interminable de los futbolistas por toda la geografía nacional, como los soldados de la bandera de Iwo Jima, jugando partiditos de media hora con todo el que quisiera retarlos? ¿Nadie imaginó las posibilidades de enfrentar a los campeones del Mundo con un combinado de vecinos del Barrio Oliver, pongamos por caso, y que éstos aprovechen un bajón de tensión en Puyol y Casillas para vacunar a la España de Vicente del Bosque?

Rowan Atkinson, en el momento de recibir la Copa del Mundo de manos de Casillas. El ministro de Deportes de España, a la sazón presidente del Gobierno, no pudo ir a Sudáfrica porque tenía que preparar el Debate de la Nación (la española, eh), pero ya tiene en su palmarés dos Copas de Europa con el Barsa, la Eurocopa, el Mundial, varios tours, giros, roland garroses y bimblendons... Pero con la dorada estaba más contento que Fernando Torres, que se dedicó a vigilarle la caída del pantalón y hacer calladas consideraciones al respecto. A la izquierda de sus pantallas, Jesusito Navas seguía preguntándose quién era ese señor que no dejaba de sonarle de la tele... Pero no caía y tampoco se atrevió a preguntar.

Pero no. Tiene que aparecer otra vez Guardiola, ya está Babic dispuesto para su segunda temporada con nosotros, ahora con el pelo algo más largo, empieza la era Mourinho, y durante los próximos cuatro años las chicas volverán a abominar del fútbol y hasta tratarán de prohibir su disfrute. Todo sin admitir que se trata del mismo deporte por el cual se han pasado las últimas semanas festejando, con su fino olfato para la victoria, y haciendo preguntas capciosas sobre los aspectos más ilógicos del juego, tan ovinamente aceptados por nosotros. En fin… Que la rueda ya nos ha abandonado en manos del espanto diario, el secuestro informativo catalán, las medusas veraniegas, las “cinco comunidades en alerta naranja” y los discursos de un presidente del Gobierno que bota con los seleccionados como un auténtico Mr. Bean, brazos envarados y las manicas medio ocultas por las mangas. El Debate Zp/Rajoy viene a ser el Suiza-Honduras de nuestro día a día… Una colección de cuervos que no se daba ni en Los Pájaros de Hitchcock. La cotidianeidad ofrece rasgos muy violentos. Por ejemplo, Marco Johnnier Pérez cayendo largo sobre el césped de La Romareda en su presentación, cuando exhibía sus maneras de joven promesa frente a los fotógrafos: intentó enganchar ese muchacho unas bicicletas ronaldianas frente a los objetivos con tan mala suerte que pisó el balón y fue largo al piso. Y todos los fotógrafos y cámaras con el angular abierto de par en par… Tuvo que funcionar el recorte conveniente, no era cosa de hundir la contratación con un episodio digno de un programa de zapping. No sólo eso. También leemos que el zoo de Madrid trata de fichar al pulpo Paul, el Nostradamus de Oberhausen. La estrategia tiene mucho de inspiración galáctica tipo Florentino Pérez. ¿Por qué habrían de soltar los alemanes a Paul? Y si lo logran traer, ¿armará y conducirá el agudo cefalópodo una tertulia de zahoríes en Telecinco, con la Bruja Lola, Aramis Fuster y Anthony Blake? Ahora que todo el mundo nos hemos quitado la máscara, resulta que (como diría La Cebolla de Cristal) la morsa era Paul.

Los Beatles, disfrazados para la célebre portada del álbum 'Magical Mistery Tour'. La leyenda urbana que provocaron esta foto y algunas otras falsas pistas derivó en una alegre conclusión: Paul McCartney estaba muerto y lo había sustituido un doble. El asunto es demasiado largo y estúpido como para glosarlo en detalle, pero basta una miradita por la esfera virtual para encontrar el relato completo de aquella teoría conspiratoria. Cada vez que alguien nombraba estos últimos días al pulpo Paul, yo pensaba en la canción 'Glass Onion' y en esta frase: "Well, here's another clue for you all / the walrus was Paul..." Ahí va otra pista para todos vosotros, la morsa era Paul. No hay otro motivo que esa filiación tan personal para el título de este somniloquio... Como son míos pongo lo que quiero, hala.

En fin, que en el mientras tanto y para combatir la melancolía, el Doctor y yo nos fabricamos varios onces ideales del Mundial anoche, después de trapiñarnos una tostada de boletus en salsa de esas que hacen hablar a los grillos en el campo. E incapaces de tomarnos la tarea a broma, incurrimos en la diversificación de equipos ideales para darle salida a esos futbolistas alternativos que han capturado nuestro ojo en este último mes. De esos, el Doctor los caza a todos al vuelo. Así que acordamos un llamado Once Canónico, con los mejores más o menos universalmente reconocidos, y lo pasamos mejor aún con el Once Revelaciones y el muy estimulante Once de los Cuervos con los peores de Sudáfrica. Como no podía ser de otro modo, este último enseguida quedó atestado de nombres, al punto de que había para que Domenech hiciera una convocatoria bien larga. Ha sido un Mundial muy cuervo. Tipo Cuervoranesi, el sacamantecas de Italia. Tuvimos que armar dos de cada para encajar a martillazos a todos los candidatos. Lo pasamos tan bien como en aquella otra comida loca con Per y Marlo en la que nos dedicamos a hacer el Once Histórico de Calvos y el Once Histórico de Bigotudos. Aquello terminó en un gran reportaje para Mediapunta, así que todo esto bien podría ser el germen de un volumen bien bizarro que, por supuesto, jamás llegará a las librerías. Ahí van los equipos. Si usted también se siente solo, puede opinar, pero sin faltar…

Once Canónico

Casillas (Esp) ; Piqué (Esp), Puyol (Esp), Juan (Bra) ; Busquets (Esp); Müller (Ale), Sneijder (Hol), Xavi (Esp), Iniesta (Esp); Forlán (Uru) y Villa (Esp).

Once Canónico B

Edoardo (Por); Sergio Ramos (Esp), Lugano (Uru), Friedrich (Ale), Coentrao (Por); Robben (Hol), Khedira (Ale), Schweinsteiger (Ale), Robinho (Bra); Bittek (Esl) y Klose (Ale).

Once Cuervo

Marchetti (Ita); Evra (Fra), Cannavaro (Ita), Lukovic (Ser), Criscito (Ita); Felipe Melo (Bra), De Rossi (Ita), Gourcouff (Fra); Cristiano Ronaldo (Por), Rooney (Ing) y Torres (Esp).

Once Cuervo B

Green o James (Ing); Jonás (Arg), De Michelis (Arg), Senderos (Sui), Heinze (Arg); Mascherano (Arg); Kaká (Bra), Di María (Arg), Suazo (Chi), Anelka (Fra); Iaquinta (Ita).

Once Revelaciones

Nguema (Nig); Van der Wiel (Hol), Tanaka (Jap), Michel Bastos (Bra); Arévalo Ríos (Uru), Endo (Jap); Honda (Jap), Quagliarella (Ita), Pastore (Arg); Luis Suárez (Uru), Bradley (EEUU).

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El Mundo en sus manos…

12 07 2010

El Mundo, resumido en una hermosa Copa de macizo dorado. La imagen que siempre quisimos ver y que nunca vamos a olvidar.

Fue un grito largo, un grito torrencial, un grito de bestia liberada, de estómago partido por la mitad, un grito de 90 años capaz de hacer arena la garganta, el grito elaborado durante un mes o a lo largo de mil partidos o de un millón. Todos los partidos de fútbol que vimos confluían en éste; y desde este mismo instante todos los que veamos habrán nacido en la noche del 11 de julio y aspirarán a su imposible repetición. Las decenas de miles de goles que miramos o nos fue otorgado soñar (yo soñé anteanoche uno de Cesc que negaría Sketelenburg), los que imaginamos o recordamos desde el momento inicial en el que vimos que el juego del fútbol tenía algo para nosotros, aunque tan chiquitos -y ahora tan grandes- sigamos sin saber bien qué o para qué es. Los goles que no vimos porque estábamos en algún lado, haciendo algo por lo demás inconveniente, tal vez los que metimos en la infancia en la que todos queremos ser lo que ellos fueron anoche, lo que nunca dejarán de ser. Había que pegar ese grito y cruzarlo contra la tremenda lluvia desatada de la noche, ahogarnos en la tormenta y chapotear por una terraza inundada, tratando de comprender por qué sólo alcanzábamos a gritar. Gritar que somos campeones del Mundo. Siempre me pregunté cómo sonaría, qué forma había de tener el júbilo más grande de todos los imaginados. Ahora he creído saber que tiene la forma de un grito y su eco interminable.

No sé si queda algo que decir. El partido no parece necesario contarlo. Fue la victoria de la Bella contra la Bestia. Lo evidente tiene una forma que no hace falta ya interrogar, por sabida, por conocida, por repetida: la serenidad del arranque español, el papel secundario de Holanda y su previsible conversión de equipo de fútbol en escuadra patibularia. Holanda jugó así todo el Mundial: con un ánimo competitivo inquebrantable que levantó sus mediocres niveles individuales; y con una dosis de violencia implícita en cada disputa, que elevaron a un punto cumbre en el día en que más inferiores se sintieron. El árbitro inglés permitió una final sucia, la tercera guerra bóer si queremos exagerar el tono con la unidad de lugar y protagonistas. En el fútbol, estas cosas también pasan a la historia. El fútbol, desmemoriado tal vez, jamás olvida los episodios culminantes de uno y otro signo. A la memoria de la Holanda de los setenta la acompañará siempre ya el apóstrofe de esta Holanda perversa. A la vista de la tentativa de carnicería, España se extravió en el bosque de leñadores y sólo de cuando en cuando hizo claros suficientes para establecer su superioridad. A este equipo tan soberbio lo acecha una contradicción que en el triunfo podemos pasar por alto: cada gol le cuesta demasiado. Su generosidad queda recortada en el área, pese a la diversidad de recursos. Tal falla multiplica la agonía en una noche así, definitiva. Temimos la contra cimarrona unas cuantas veces a lo largo del partido. Temimos el carácter arbitrario del fútbol y su ausencia de lógica. Al final supimos que los buenos también ganan. Iniesta, un muchacho callado, acabó por gritar el gol. Antes lo tuvieron Villa, Cesc, Sergio Ramos, el mismo Iniesta… Y desde luego Robben, que durante 20 metros (huido por el ojo de una aguja que descuidaron Puyol y Piqué) construyó en su cabeza el gol que no iba a meter, el gol que lo perseguirá de ahora en adelante, como una sombra, en cada una de sus escapadas con la pelota.

La victoria final resume algo que siempre procuro recordar. El fútbol, como la vida, está hecho de instantes. De ese pie de Casillas frente a Robben, de la horrible salida de Claudio Bravo, el portero de Chile, que le permitió a Villa imaginarse un tanto lejano y abrió un camino hacia la final que España recorrió con creciente convicción. Evitado el cruce con Brasil, España afiló el colmillo para imponerse a los sucesivos ejercicios de contención de selecciones que la obligaron a trabajar y a no desfallecer en sus ideas ni en la ejecución. No se me quita de la cabeza, no se me ha quitado en todo el campeonato, el balón que le rebotó a Puyol en la rodilla frente a Portugal y que salió al ladito del palo de Casillas. Pudo ser gol en propia meta. Yo lo esperaba, anticipé el pedacito de infortunio que subraya cada fracaso o cada decepción. Pero salió el balón a un lado y tuve un pensamiento nítido: estas cosas hacen los triunfos porque impiden las derrotas. Lo que se llama el cachito de suerte que uno siempre necesita. Como los 22 centímetros del presunto fuera de juego de Villa en el tanto que resolvió aquel mismo partido. Y cada una de las escasas posibilidades que los rivales han tenido de meter un gol, sin que lo lograran. A partir de ahí, el equipo del gran fútbol ganó desde octavos por 1-0, todos los días. Se ve que el 1-0 no es propiedad de Italia; que el 1-0 también puede ocultar la propuesta grande de un fútbol como el de España. Este juego tiene demasiadas líneas de fuga, como para contenerlo entre el paréntesis de los lugares comunes.

La victoria ha tenido un componente de momentos puntuales resueltos a favor del equipo nacional y desde luego el impulso de seis, siete, ocho jugadores irrepetibles. En todos los años que llevo viendo fútbol crucé la mirada en jugadores maravillosos, extraordinarios, elegantes, eficaces, jugadores que lograban lo imposible, futbolistas a los que nadie podía parar por potencia, por velocidad, por habilidad, por una combinación de todas. Ahora diré algo: jamás vi a nadie que jugara tan esencialmente bien al fútbol como Xavi. A nadie. A nadie capaz de simplificar el juego hasta sus mismas esencias, de interpretarlo en la pura sencillez del acto rutinario de tomar una pelota, impedirle al rival su conquista, guardarla y jugarla. Siempre bien, siempre en tiempo, siempre del modo. Hacer cada vez lo correcto. En el fútbol, como en la Literatura, existen grandes fabuladores capaces de armar una historia repleta de maravillas. Otros nacieron con la música de las palabras en los dedos, una música sencilla que provoca esta sensación: la de que una frase jamás pudo ser mejor escrita. Eso hace Xavi: jugar el balón de la mejor manera posible. No con el movimiento del hombre hacia adelante, sino con el movimiento de la pelota imaginado por el hombre.

Empezando por Xavi, estamos no sólo ante la mejor Selección de la historia de España, sino ante un grupo que va a quedar en la memoria del fútbol mundial como uno de los grandes equipos de la historia de este juego. Como ocurrió en la Eurocopa, cada rival ha quedado pequeño, cada uno se ha sabido inferior, aunque todos elevaron hasta donde pudieron su nivel de competitividad para dificultarle su anunciada victoria. España ha sido tan grande que ha logrado sobrevivir a todas las exageraciones, algunas patéticas, que la han rodeado. Ha sabido levantarse por encima incluso del desacierto de los juicios: no hablo de los ataques, que a esos es fácil resistir, sino a la ausencia de criterio para juzgar con sentido común a este equipo. Aunque sólo sea por costumbre, es mucho más sencillo sobrevivir a los dardos envenenados que al jabón en la espalda. España lo ha logrado. Ha sido capaz de ponerse a la estatura de todas las exigencias. Porque parecía que ser campeones del Mundo consistía en viajar a Sudáfrica y ponerse a jugar. No. La gloria cuesta mucho. Muchísimo. La gran obra de este equipo, para siempre ya, será la semifinal contra Alemania, el mejor partido que le vi jamás a un equipo de España. Por significación y por forma. Por la grandeza convocada en el momento. Por la respuesta, la resolución, la seguridad, la estatura de la puesta en escena. España ha construido un arquetipo de juego y lo ha cubierto con el oro de la victoria: Eurocopa y Copa del Mundo, la combinación de los grandes, el tejido de un ciclo que corrobora la radical eficacia de la propuesta. Ha sabido mantenerlo en la transición entre dos entrenadores y agregando futbolistas de un torneo a otro. Y con tal vigencia coronada en Sudáfrica, reclama ya su puesto junto a los grandes equipos que tuvo este deporte. Esta España campeona del Mundo no se detiene en la construcción de una Leyenda, porque en las leyendas interviene la pasión de quien observa, la nuestra, la de aquéllos que consideramos nuestra la victoria porque forma ya parte de nuestras vidas. Una Leyenda es subjetiva. Estos chicos han hecho algo más perdurable, más consistente. Su irrevocable grandeza consiste en haber añadido un capítulo a la Historia Universal del fútbol.





No le disparen al pianista… aún

17 06 2010

El fútbol es un asunto muy viejo, de modo que la mayoría de la gente ha tenido tiempo de aprender bastante acerca de cómo opera este juego. Qué cosas sí y qué cosas no. En España, país contumaz donde los haya, la miopía raya lo patológico. El asunto del Mundial expone hasta qué punto no aprendimos casi nada de lo necesario para jugarlos. De acuerdo que la experiencia de un ganador no la tenemos, pero sí la del fracaso, que enseña tanto o más; y otra cosa: basta mirar alrededor. Todos vimos del orden de cuatro o cinco mundiales. Algunos contamos ya hasta una decena o más… Entonces, ¿cómo es que aún no entendimos en qué consiste la primera fase de una Copa del Mundo? ¿A qué viene eso de andar calculando los cruces de octavos y cuartos antes del primer partido? ¿Nadie se dio cuenta todavía que la primera fase no es el arranque de la Liga, no son tres partiditos para ir estirando las piernas, no es un calentamiento para las grandes ocasiones, no es una cuchipanda de trompeteros a los que golear? La primera fase es la madriguera de los supervivientes, es el torneo de los pobres, es el camino de los salteadores. La primera fase es EL MUNDIAL, amigos… El Mundial. Es decir, que si no pasas, se terminó. Que en la primera fase lo que hay que hacer, o sea, es sobre todo no perder. No perder. Simple. No perder contra Suiza, por ejemplo.

Andrés Iniesta, que venía rodeado por las dudas, fue con Xabi Alonso el mejor del equipo hasta que agotó el físico. Extrañó más ayuda de Silva por el otro lado, para equilibrar la amenaza, y de un tímido Capdevila por el suyo para generar espacios en la asociación.

A alguien le oí ayer subrayar algo que no me he molestado en comprobar: jamás un campeón del mundo perdió el primer partido. Si fuera cierto, el adagio convocaría un tanto de razón y otro de casualidad. Pero merece la pena atenderlo. Tanto denostar a los italianos cuando son los italianos quienes más enseñan acerca de los mecanismos que intervienen en asuntos como el que nos ocupa. Porque los italianos, grandes armadores de lo ficticio, se comportan en ocasiones así sin asomo de impostura. Salen y no pierden. De acuerdo, tampoco ganan, tal vez eso lo dejan para el último día o para alguno de los días, a menudo los importantes, pero sobre todo no pierden. Si los agarran en un despiste (léase Paraguay) empatan por lo civil o lo criminal. Y mientras los españoles nos ponemos huecos al mirarlos hacer esas cosas tan italianas (hasta criticamos a Argentina por vencer sólo por 1-0 a Nigeria), los azules recogen su punto y se van a cebarlo cinco o seis días hasta el segundo partido. Y así sucesivamente. El argentino Marlo, un amigo, vio no menos de diez mundiales. El argentino Marlo aprendió que las rachas triunfales de entreguerras -eliminatorias y cositas así- anticipan un equivocado triunfalismo. El argentino recuerda el equipazo de 1994 y su fracaso a manos del dopaje de Maradona y del pie incorrupto de Hagi con Rumanía; recuerda el paso marcial de la albiceleste dirigida por Marcelo Bielsa durante los años anteriores a Corea y Japón… y el regreso en la primera fase del Mundial de 2002. Aquí no aprendimos nada, aunque tuvimos mil ocasiones. Los análisis vuelven a incurrir en la vanidad y obvian lo más obvio. Es habitual: la última oportunidad que tuvimos de aprender algo fue la derrota con Estados Unidos en la Copa Confederaciones. Nadie tomó en serio aquello. Y sin embargo, aquel partido prefiguraba éste…

Dicho lo cual, todo esto tiene poco que ver con la Selección en sí. Tampoco aprendimos que no se le dispara al pianista mientras interpreta una de sus piezas, porque no hace ni un rato que al pianista lo estábamos revoleando en el aire después de cada tema que nos regalaba, vitoreándole la fragilidad de los dedos, la alegría ligera del tiempo, la belleza esencial de la armonía, las improvisaciones caballerosas, el puntillismo virtuosista. Bajemos la metáfora. España jugó como siempre, y basta. No le busquen pelos a la calavera. Tampoco aprendimos algo básico ya no sobre el Mundial, sino apenas sobre el fútbol: no todo ha de tener explicación. Es decir, la tiene pero no por razonamiento dominó. España jugó como siempre y lo que le faltó fue lo que le puede faltar a cualquiera en cualquier partido cualquier tarde. En mi opinión: espacios a la espalda de una defensa algo más que meritoria, velocidad en los últimos metros para remover a un equipo al que ni siquiera el tiempo descompuso y que se apelmazó todavía más alrededor de la ventaja, laterales con más precisión en las llegadas, y algunos ajustes a la hora de mezclar pase y remate. Sobre todo le faltó atención atrás en el gol de Suiza. Un equipo que quiere ganar ha de ser sobre todo un equipo difícil de vencer. España cayó abatida por dos contras que agarraron a Puyol fuera de sitio o presto a un error de cálculo. Ahora, hasta eso puede suceder. De hecho sucede. Como sucede que los suizos se lleven los tres rebotes de la jugada y Piqué, una patada en la cabeza.

Xavi, la pieza maestra que hace rular todo el fútbol a las velocidades y con la precisión adecuada: sin esa aceleración, España amansa su juego en una más previsible horizontalidad. No se trata de un problema de estilo, sino de ejecución. Cualquier rival sabe que Xavi es el hombre; Hitzfeld, desde luego, lo sabía.

No se trata de si jugó con dos medios (Xabi Alonso es mucho más que un medio defensivo, además de que con Iniesta estuvo en el mejor nivel de todo el equipo), no se trata de que se extraviase en la retórica, ni de que tenga que jugar con uno o dos puntas, ni de que la chica de Casillas esté detrás de la portería con un micrófono. Se trata de que faltó más de Silva, mucho más de Villa, bastante de los laterales, los dos centrales y el portero, retratados en la jugada del gol y la del poste. Y Xavi, por encima de todo: el secreto al aire de todo el entramado, se quiera o no.Y que Ottmar Hitzfeld, el preparador de los suizos, es un señor que ganó dos copas de Europa con dos equipos diferentes. Es decir, que no se levantó de la cama ayer por la mañana para dirigir a un equipo de fútbol. Como no lo había hecho, hace un año, el seleccionador americano. Como no lo ha hecho, desde luego, Marcelo Bielsa, el DT de Chile. Su biografía se tituló así: “Lo suficientemente loco”. Si tienen cerca a algún aficionado conspicuo del Espanyol o a algún argentino, pregúntenle por Bielsa y a lo mejor entendemos a qué nos enfrentamos ahora…

Conclusión: con Suiza no se pierde. Así no más.