Tony Curtis (1925-2010)

30 09 2010


Marco Licinio Craso: ¿Comes ostras?
Antonino: Cuando puedo, amo.
Marco Licinio Craso: ¿Comes caracoles?
Antonino: No, amo.
Marco Licinio Craso: ¿Consideras que comer otras es moral y comer caracoles… inmoral?
Antonino: No, amo…
Marco Liciniu Craso: Por supuesto que no. Sólo cuestión de gustos.
Antonino: Sí, amo. 

[Marco Licinio Craso (Laurence Olivier) y Antonino (Tony Curtis) reflexionan acerca de las virtudes morales, y culinarias, de bivalvos y gasterópodos en una vaporosa escena de Espartaco, de Stanley Kubrick].

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Entretiempo

27 09 2010

Estuve en la Luna. Y regresar de un lugar tan lejano lleva su tiempo. Fui allá, de vacaciones al satélite nocturno, acompañado por una alegre cuchipanda de policías dipsómanos, asesinos que no pagaron su crimen, prostitutas de Tinseltown, necrófilos burgueses, terroristas ácratas y agentes boxeadores. No hacíamos un grupo muy halagüeño, pero es el tipo de gente con la que prefiero juntarme. Sus excesos me ocuparon tardes y mañanas, aunque los atendí con un desorden y una inconstancia mayores de lo habitual. No es que no me llamaran la atención, es que me costó concentrarme en sus dramas sin moral, incluso concentrarme en la diversión que me procuran las malas compañías, que siempre me sentaron tan bien bajo el sol y el agua: debió de ser por la falta de gravedad, que me impedía poner los pies en el suelo. Allá llevé una vida tranquila. Ensayé las rutinas que un día quisiera imponer. El piso es cálido y auspicia el placer infantil de caminar descalzo: puedo nombrar esa mínima victoria como una de las felicidades mayores. Hubo otras, todas cotidianas. Por las mañanas nadaba en el Mar de la Tranquilidad, donde me gusta hacer el muerto. Allí nadie puede tocarme. Soy ligero, soy ajeno, soy lejano, soy nuevo y antiguo a la vez, soy un héroe sin tiempo, que ha traspasado los límites y puede situarse exactamente donde lo lleve su memoria. Visité los fondos. En los fondos yacen antiguas naves de un tiempo extraviado, puentes de mando herrumbrados, torretas que han reinaugurado una feraz existencia a su alrededor. Es hermoso. Ya de tarde, salía a pasear con Lady Blue y Laika, que no extraña la Tierra. ¿Y por qué iba a hacerlo? Allá los ladridos no hacen ruido. Y los crepúsculos son interminables. El sol baja tan despacio que parece no querer irse nunca. Los días poseen una luz inigualable, nítida, intensa, feliz. Los azules son más azules, los verdes son más verdes, las pieles son canela. Algunos días soplan vientos enloquecedores y uno piensa en huir, pero no lo hace. En la Otra Cara la calma es absoluta. Sólo hace falta ir a buscarla.

Regresé cuando en este planeta ya era septiembre. He soñado (tal vez he pensado) que me retiro a un lugar sin estaciones, un espacio de clima sereno, constante. Alguno he conocido, me sirve de modelo. Una línea de fuga a la que tender. Algo en que pensar: ceremonias de interior, teatros silenciosos del pensamiento con los que entretener la rutina del ávido invierno. Hubo que volver. Siempre hay que volver, y siempre parece que haya que interrogarse para qué. El reingreso en la atmósfera es la maniobra más peligrosa, lo sabe cualquiera, pero yo preferí apurar hasta el útimo segundo y entré en un ángulo precipitado, sin atender demasiado a los cálculos matemáticos de otras veces. Me dije: si uno ha de desaparecer, por qué no hacerlo convertido en una bola de fuego que se extingue allá arriba, dibujando un mágico fulgor en el cielo, un picado espectacular, una estela caprichosa, algo que todos puedan admirar encantados, sin asomo del dramatismo que preside la escena verdadera. Mejor que ser engullido por la tierra o el fuego y un responso al polvo. Pero sobreviví al impacto. No debí hacerlo, fue equivocado. Este tiempo lo he pasado en una cápsula de readaptación. Ya tengo los pies en el suelo, pero prevalece la placentera sensación de ingravidez de las aguas profundas y los abismos del espacio, un leve vaivén que no alcanza a ser mareo. Mi cuerpo ha vuelto. El cerebro emite señales contradictorias, de escenas ya trascendidas y sin embargo tan insistentes. Por el cristal veo discurrir ante mí episodios repetidos de lo que siempre fue mi vida, en las que debería reconocerme, a las que tal vez me hubiera de aferrar para retomar el inevitable paso. Ha vuelto la muerte, ha vuelto la angustia, ha vuelto la pobreza,  el entretiempo infame con su revoleo de fulares y cardigans y blazers. Siguen la desesperanza, el hastío, la nostalgia, la incertidumbre. Aceptarlas, combatirlas, forma parte de la terapia del regreso. Pero no me reconozco. La gente pasa, saludan con una sonrisa de significado incierto, me hablan al otro lado de la frontera traslúcida de mi cápsula, tal vez como a un héroe, como a un olvidado, igual que a un loco. Trato de leer sus labios y admito que sé lo que dicen. Cómo no iba a saber lo que dicen… Lo confieso: no es nada que desee recordar.

Hablo a oscuras, represento tragedias oníricas, anhelo agujeros negros que revienten en supernovas. El cocodrilo astronauta soy, en órbita lunar…