Magnificent desolation

9 08 2019

“Me acordé de que Chesterton decía que había una cosa que daba esplendor a cuanto existía, y era la ilusión de encontrar algo a la vuelta de la esquina. Tal vez era ese deseo de que hubiera algo más lo que nos llevaba a buscar lo nuevo, a creer que existía algo que pudiera todavía ser distinto, no visto, especial, algo diferente a la vuelta de la esquina más inesperada; por eso, algunos nos habíamos pasado toda la vida queriendo ser vanguardistas, pues era nuestra forma de creer que en el mundo, o tal vez más allá de él, más allá del pobre mundo, podía haber algo nunca visto”.


Kassel no invita a la lógica, de Enrique Vila-Matas.

Esta noche me han despertado otra vez los perros. Han regresado, con su conversación atemorizada, a quebrar la noche y de nuevo me han obligado a pensar en que debería escribir aquella historia que una vez imaginé con torpeza, un cuento temeroso en el que los perros me acechaban en las largas madrugadas solitarias. Yo había permanecido aquí, apartado en este silencio de frutales y sombras libidinosas, de risas lejanas que se irían apagando, después de que todos se marcharan de vuelta a la vida. Y cuando digo “de vuelta a la vida” quiero decir exactamente eso: se iban de vuelta a la vida, mientras yo me encerraba en esta casa y deambulaba por los salones ensombrecidos y las habitaciones vacías, pensando en que ese abandono me ayudaría a escribir quién sabe qué, si nunca escribí realmente nada. La verdad es que yo me quedaba atrás, solo, acechado por los perros, para vivir o pensar que vivía esa parte de la existencia que habría de ser, en mi estúpido ideal, la verdadera existencia. También sabía que el pretexto de permanecer, de entregar las llaves del coche para que los demás regresaran -“aquí no me hará falta, puedo ir caminando a todos los lados y si algo me va a sobrar es tiempo”-, no engañaba a nadie. Pero que me admitían la deserción, tal vez debiera decir la huida, por puro desinterés o, peor aún, por lástima. Yo aseguraba en mi pensamiento que emergería luminoso de los próximos meses, pero en el fondo sospechaba que aquella prolongación imposible del tiempo detenido que siempre ansío apenas ocultaba otra cosa que la decadencia, sin otro final posible que el único final posible: el “tenebroso sendero” que aguarda a los vivos más allá de todas las maravillas de la vida, de todo lo nuevo, los amables colores y “el invencible verano”.

Al caer el sol todo cambiaba. La mínima playa de guijarros a la que daba el porche trasero, y en la que yo gastaba las tardes leyendo y pensando lo que escribiría, de pronto esa playa se tornaba ominosa. Y el rumor insistente de las olas formaba parte de una conspiración para hacer que me durmiera -dormir sería tanto como entregarme-, mientras veía criaturas sin forma arrastrarse desde el agua, y su avance alargaba sobre el piso una sombra húmeda como un paño de sangre, hasta el pie de las escaleras que daban acceso a la casa. He escuchado de nuevo esta noche a los perros y su atroz aullido que me sabotea el descanso, y he regresado sin querer a aquellas vigilias terroríficas, el sonido de los pasos arrastrados que, en medio del silencio, percibía con toda claridad desde mi cama. Convencido de que sonaban afuera, alguna vez me atreví a gatear hasta la ventana para mirar, apartadas apenas las cortinas para no ser visto… pero era yo el que no veía nada. Ni siquiera una intuición de la forma y el movimiento de ese alguien, o ese algo, que oía deambular, invisible a mis ojos. Otras veces, muchas veces en realidad, habría jurado que sus pies se arrastraban ya en el interior de la casa, por el enorme salón envejecido, o en las baldosas que daban acceso a mi propia habitación. Todas esas noches he pugnado para no dormir y que así no me devorase el mar ni la marabunta de hormigas.

Esta noche, mientras los perros enredaban sus ladridos en la oscuridad de los campos, he vuelto a imaginar el sonido de su trote ávido en el camino que da acceso a la finca. Y luego, el tintineo de las atroces pezuñas afiladas sobre los azulejos, un repiqueteo al otro lado de la puerta y la exhalación de sus hocicos en el hueco de abajo. Pugnan por entrar o por advertirme que entrarán. Cada noche, su visita insomne aproximaría la escena al final: el momento en que aprendieran, porque aprenderían, un camino al interior de la casa, y el recorrido hasta alcanzarme, que harían despacio y saboreando la victoria con fauces babeantes, porque yo no podría escapar. “Aquí no me hará falta, puedo ir caminando a todos los lados y si algo no me va a faltar es tiempo”, murmuraría yo entonces, buscando en aquella última conversación un pliegue que me diese alguna esperanza -la esperanza de que nada de todo esto era verdad-. Pero lo era. Y entonces, con ellos ya a la puerta, me decía que correr, cualquiera lo sabría si hubiera resuelto quedarse en esa casa, correr resultaría inútil. Tan inútil como haber tratado de huir, quedándome cuando todos se fueron.

Por la mañana, al despertar, he vuelto a pensar en los perros y he visto a un Perro Fantasma. Y me he convencido de nuevo, vitalista, de que a veces ocurren milagros repentinos. De pronto se abre en la realidad absurda una puerta luminosa, reveladora, a través de la cual yo veo todo claro, nítido y hermoso. Si me asomo, incluso me veo a mí mismo, desde fuera, e inexplicablemente me gusta lo que veo. Me gusta el descubrimiento de lo nuevo, que en realidad no es nuevo pero está ahí, a la vuelta de cualquier esquina, aguardando el instante de su revelación. Es un momento y es fugaz. Ocurre en una línea inesperada de un libro; tal vez en la imagen de dos personas ancianas que cruzan ante mí de la mano, envueltas en un amor indecible y desesperado; y entonces esa visión se ensambla con la canción que está sonando, como en las historias en las que alguien, de pronto, completa la última incógnita de un enigma, y se abre la puerta de la salvación o de los tesoros. Tanto da. En ese instante en el que la canción se vuelve distinta, el momento en el que comprendes todo, incluso los idiomas desconocidos, todas las respuestas a las preguntas que jamás hice. “Puede que nunca sea / todas las cosas que quise ser / Pero ya no es el momento de lamentarse / es la hora de preguntarse por qué”. Y todo cambia de significado. O lo adquiere de manera imprevista.

Algo nuevo y quieres vivir para siempre. En esta casa en la que la vida queda suspendida, inerte y feliz. Y por las tardes penetrarte. Y por las noches, hacerlo otra vez. Atrapar todo eso y dejarlo colgado en el aire, clavado en la pared del tiempo con una aguja. Perseguir la vida y aferrarme a ella con toda la fuerza, para que no se me escape, para poder volver siempre a ese lugar, a todos los momentos que he sido. Tratar de encontrar mi hogar “en algún punto del desplazamiento mismo”.

El lugar en el que me dejarás, cualquiera de estas tardes, cuando decida quedarme solo en esta magnífica desolación, en las llanuras de la luna. A merced de los perros, las habitaciones heladas y los cajones sin ropa.

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La ley marcial universal

25 04 2017

“Llámalo libertad, pero está basada en el control. Todo el mundo conectado y todos juntos, ya es imposible que nadie se pierda, jamás. Da el paso siguiente, conéctala a los teléfonos móviles, y tienes una red de vigilancia total, ineludible, de la que nadie puede escapar. ¿Te acuerdas de los cómics del Daily News?, ¿la radio de muñeca de Dick Tracy?, pues estará por todas partes, todos los patanes llevarán una, serán las esposas del futuro. Tremendo. El sueño del Pentágono: la ley marcial universal”.

Al límite, de Thomas Pynchon.

[Cada cierto tiempo acaricio la idea de la desaparición. En estos últimos tiempos, debo admitirlo, la frecuencia de ese anhelo crece. Nos ahorraremos el inventario de las circunstancias por las cuales uno querría pasar a la dimensión paralela de lo invisible, porque a nadie le importa nada y a mí me importa aún menos. No hace demasiado que una chica me habló de su proyecto de un libro. Un libro que andaba escribiendo y para el cual reunía testimonios y los catalogaba en esquemáticos comportamientos con una etiqueta. Le pregunté sobre qué trataba el libro y me respondió: “Sobre el amor”. En realidad, claro, quería decir sobre el (des)amor, pero me gustó la elipsis escrita con zumo de limón en el paréntesis, que explica mucho acerca del particular. Y desgranó para mí algunos de los asuntos que trataba su estudio, trabajo, reflexión… lo que sea: “El llamado ghost love, el amor fantasma: gente que desaparece de las relaciones de pareja sin dejar una sola pista, ni en forma de explicación, ni de posibilidad de contacto…”. Sólo desaparece. “Yo conocí un caso”, le anticipo. “Hay muchísimos: es mucho más frecuente de lo que parece”. Nos miramos especulativamente, como si cada uno estuviera midiendo el tamaño de las palabras dichas en el cerebro del otro; ese proceso por el cual los sonidos se transmutan en conceptos y luego los conceptos se expanden por las conexiones sinápticas y más tarde tal vez se disgregan porque ya se sabe que, cuando un problema crece más de la cuenta, lo mejor es dividirlo en pequeñas putadas con muchos decimales, cifras de mierda que uno pueda combatir sin que le devoren la tripa.

Desaparecer. “Si lo intentas puedes desaparecer”, cantaban Los Planetas.

La cosa es si la canción trataba de una conversación frente al espejo o asistíamos por mediación de J a un adiós despechado. Cuando mi sujeto de caso-ghost-love desapareció de su relación, la ciudad era demasiado grande y la superconectividad a la que se refiere Pynchon, aún embrionaria. Esa transformación ha variado nuestra concepción de las desapariciones. Y ahora yo, cuando ejerzo mi (patéticamente) heroico aislamiento, resulta que lo único que estoy haciendo es dejar de contestar mensajes instantáneos y mantenerme silencioso en lugar de participar en esa atrocidad insoportable de insidiosos (o peor aún, ininteresantes) cacareos que llamamos redes sociales. Pynchon -ingeniero y literato- puede haber sido un actor protagonista del ghost love tan bien como ha logrado convertirse en un arquetipo del ghost writer. Tómese aquí el término no por las hojas de su literalidad en el idioma inglés -un ghostwriter es lo que aquí llamamos un negro-, sino por la carnosa analogía semántica con los amantes desaparecidos: Pynchon, el escritor invisible. Acabada su portentosa Al límiterecibo mágica invitación a participar en una celebración del espectro del novelista norteamericano en la ciudad de Brighton, en un festival de entusiastas de su prosa que se llama, con irónica autoconciencia, Pynchon in publicNaturalmente, Pynchon no hará ninguna aparición pública. Pero sus devotos leerán pasajes de su obra, con la fe con la que otros invocan a la lluvia. Me intriga la magia de la invitación y me pregunto cómo supieron que yo leía a Pynchon estos días y que esa invitación iba a quedar viva en mi cabeza como un tintineo de aviso. Un “deberías ir aunque no sepas bien por qué ni para qué”. Pronto me doy cuenta de que he dejado pistas y que, precisamente después de leer Al límite, no debería considerar tan extraño que ellos (quienes quiera que sean) me hayan encontrado sin que yo lo supiera.

He pensado en Dublinescade Enrique Vila-Matas, y su hermandad de dipsómanos que ansían a James Joyce en un Dublín ininterpretable. Pynchonesca podría llamarse esa entrada. La profecía que he colgado en ella, expresa por uno de los personajes de Al límite, retrata con asombrosa precisión el mundo de los smartphones y los smartwatches, mucho antes de que ocurrieran. No es la única que oculta el libro. Pynchon las formuló en 2001. Acabo pensando que debería ir a Brighton, a escuchar a Pynchon en boca de otros y colgar fotografías en los social media para perpetuar lo certero de su diagnóstico en la novela. Y luego, en efecto, desaparecer].





La vida allí

29 07 2016

Yo he sido un poco de todos los lugares en los que he estado, aunque de unos más que de otros. Y con el mismo fervor con el que he querido ejercer una íntima pertenencia a esos lugares, he atendido a la incoherencia artificial, a la mentirosa sugestión de tales pensamientos. Apenas somos turistas. Visitantes. O viajeros, que a la gente le gusta más, porque todos queremos ser lo que no son los otros. O lo que nosotros presumimos que no son.

Uno se quedaría a vivir en todas partes y en ninguna. Uno sabe que, como anotó Borges, el exotismo no es sino una construcción artificial, otra más, de las distancias: a mí me parecerá exótica la modesta calle a la que un balinés sale cada mañana para completar las rutinas de su día. Y seguramente lo mismo le ocurrirá a un viajero oriental con estas aceras, los edificios a los que no miro, este parque, estos jardines en sombra y este río que yo frecuento a diario, en los necesarios tránsitos de cada jornada. Tal vez por todas estas cosas siento con frecuencia que en realidad no soy de ningún lugar. O que, para ser más preciso, tiene muy poca importancia de donde en realidad sea.

la vida allí

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Escribir la vida

28 09 2009

vila-matas

-Ya lo comprendo -me ha dicho adoptando un afectado gesto reflexivo-. Usted es escritor. Como su hermano mayor. ¿Verdad que no me equivoco?

-No, señor, no soy escritor -le he contestado, reaccionando de inmediato.

-¿Y los papeles escritos que le he visto? Los papeles sobre los que se ha quedado dormido.

-Me dedico a contarme a mí mismo mi vida. Eso es todo.

-¿Y eso no es ser escritor?

-No quiero ser escritor, sino escribir, que es algo muy distinto. No sé si capta usted la sutil diferencia.

-No, yo no capto nada. ¿Cómo voy a hacerlo si soy imbécil? ¿Es eso lo que trata de decirme? Pero permítame ahora una pregunta. ¿Puede saberse por qué la vida se la cuenta usted sólo a sí mismo?

-Pero es que no sé si me entenderá. Yo tengo unas ideas muy especiales.

-Ya estamos otra vez. Claro que puedo entenderlo. Dígame lo que tenga que decirme y no se preocupe más por lo que pueda yo entender.

-Pues a mí me parece que la vida en sí no existe.

-¿Y qué existe, pues?

-Quiero decir con esto que la propia vida no existe por sí misma, pues si no se cuenta, esa vida es algo que apenas transcurre, pero nada más. ¿Me sigue?

-Le sigo.

-Yo pienso que para apresar y comprender la vida hay que contarla, aun cuando sólo sea a la almohada o a uno mismo.

[Lejos de Veracruz, de Enrique Vila-Matas].