Robert Smith pide tiempo

3 06 2012

Tú, suave y única
Tú, perdida y sola
Extraña como los ángeles
Bailando en océanos profundos
Haciendo giros sobre el agua
Eres igual que un sueño…

El muchacho espigado me cuenta: “Hubo un tiempo en que comprábamos todo lo que tuviera que ver con The Cure. Todo. No admitíamos resquicios: éramos completistas”. Esto me lo dice mientras miramos abajo y al fondo de la inmensa rampa que hemos subido para escuchar de lejos, con perspectiva, a Robert Smith y The Cure. “En el 96 seguí la gira completa de The Cure por España. Fui a todos los conciertos, a todos…”. Aquel tour pasó por el Palacio de los Deportes de Zaragoza y el chico me refiere una anécdota de aquel día que implica a Bunbury y algunas poco generosas comparaciones de los hinchas de Robert Smith con el entonces aún Héroe del Silencio. Hablamos de aquello. G se disculpa por si la inocente historia de agravio que acaba de contarme constituyese un agravio para alguien de la misma ciudad de Bunbury. En absoluto.

Se queda más tranquilo. Recordamos el goticismo en las ropas, aquella extravagancia de laca y polvo de arroz, de piel alba sobre fondo negro, con la que no estábamos alineados. Tampoco él. Parece difícil vislumbrar en su apariencia esa filiación tan rotunda por los chicos oscuros que no lloran: unas gafas que yo diría años cincuenta, el pelo recortado, una camiseta con un joven Johnny Cash en plenitud (“el mejor cantante de la historia, con Elvis Presley y Frank Sinatra”, le anoto) pantalones de corte recto y estrecho… Volvemos a mirar abajo: al gigantesco burbujeo, iluminado a fogonazos, que encarna la potencia de convocatoria de The Cure hoy, en 2012. Y en el escenario, Robert Smith, envuelto tantos años más tarde en el mismo artificio diferenciador de siempre, como si no se hubiera movido ni un centímetro del lugar, el estilo y la aproximación con los que The Cure expusieron siempre su marca desde el mismo instante en que aparecieron sobre el borde incierto que fue el final de la década de los setenta. Bajo un sol demoledor, la tarde en el PS ha sido pródiga en ropajes oscuros, pero a la llamada de Robert Smith, un clásico de nuestro tiempo, acudimos quienes adoptaron la estética o aún la conservan; o los que, como G, el muchacho con la camiseta de Cash, recorrían España entera siguiendo uno a uno sus conciertos; y también aquellos otros que nunca los tuvimos en la primera línea de nuestras oraciones, que no hicimos conexión con la estridencia, pero que hemos apreciado muchas canciones. Y ahora nos damos cuenta de que tenemos más discos de ellos de los que pensábamos.

Recordamos una noche de encuentro extrañísimo: Disintegration, su disco, sobre el peldaño de la escalera de entrada a la casa de mis padres. Olvidado, aparecido o abandonado, cualquiera sabe, como un bebé maldito en una puerta ajena. Lo cogí, lo puse a sonar, estaba combado de un evidente maltrato, como un green de golf, y obligaba a la aguja del giradiscos a remontar los surcos y caer luego por las rampas. Ese disco sigue en casa y suena de cuando en cuando, generalmente asociados a ejercicios de regresión memorística o sensorial, como esta misma nota. La cuestión del tiempo, las inmortalidades, las existencias sucesivas y algunas paralelas. The Cure siempre han estado ahí, en todas ellas, en un segundo o un tercer plano.  Killing an Arab, incluso, en los días algo turbulentos de universidad, cuando me dieron a leer a Camus y a Sartre, a Hesse y a Kafka, y tal vez me asomé a la ventana del hombre que había de ser. Siempre ahí, como una compañía cierta, reconocible, o como una presencia impuesta sobre el tiempo. Muchos se fueron y han vuelto; otros modelaron sus propuestas en eso tan opinable que se llama evolución, con mejores o peores resultados, con mayor o menor aceptación. Yo tengo la impresión de que The Cure es una de esas bandas que siempre, como el dinosaurio de Monterroso, siempre estuvo ahí. Desde 1976 a hoy; de Crawley al Primavera Sound; del post-punk o la New Wave a las ensoñaciones góticas, el pop depresivo, un sombrío vitalismo intrincado en una tela de araña de imposibles: “The spiderman is having me for dinner tonight…”. Por la tarde, cuando mirábamos entusiasmados a The Chameleons, corrió por el PS la noticia de que The Cure habían solicitado a la organización ampliar su tramo horario. Robert Smith pedía más tiempo. Si dos horas no le bastaban, entonces es que pretendían derramar sobre el festival un concierto de proporciones monumentales, enciclopédico si cabe decirlo. El detallado glosario de una carrera cuya definición obliga a la antología. Un concierto, entonces, que hiciese de metáfora de su formidable longevidad.

Algo así fue. Digamos que yo salí de entre la marabunta cuando ya cumplían al menos hora y cuarto, con el fin de variar posiciones, estirar las piernas, comer algo y dejar residuo allí donde hiciera falta reciclar. Como cuando te detienes en una estación de servicio en un largo viaje. Eso hice. En un festival como éste, el tiempo no sobra, aunque parezca mentira: la acumulación de bandas y escenarios obliga a la selección y a no ver conciertos enteros. Así que, sobre el fondo deshilachado de la música de Lullaby, a la espalda del escenario, comí, tomé, reposicioné el área lumbar, que me sufre mucho con el rock, y luego me alejé para pasear hasta el concierto de Dirty Three (el gamberro Warren Ellis, agarrado esta vez a su violín con algunos compinches); vi que habían desplegado ya al fondo de otro escenario una inmensa lona que decía: The Drums, donde de refilón antes observáramos con extrañeza prejuiciosa -siempre con algo de broma porque la aceptación es la madre de la disensión- el tribalismo de los chicos de Afrocubism. Cuando regresé al área de influencia de The Cure, un buen tiempo después, y tuve la charla aludida arriba, el recital sobrevolaba ya las dos horas y media. Si mis cuentas no fallan, rozó las tres. Así que aún me dio tiempo a saborear con espíritu festivo todo lo que de bueno han dejado estos hombres en nuestra vida. Es fácil recordarse alegre al oír Friday I’m in Love o Catch (una canción de poética tan desesperanzada); o de recordar esa noche en que, a una hora en que todo parecía ya magnificado en la autopista de sensaciones del cerebro, nos encerramos con Pab en el auto y le hice la prueba: a ti no te fascinó nunca especialmente The Cure; a mí tampoco. Y bien… ahora escucha unas canciones y verás lo que te pasa en la cabeza. Y le puse In Between Days, A Forest, Lullaby, The Lovecats, Lovesong, y me recreé en esas líneas que tanto me gustan de Just Like Heaven“Show me, show me, show me how you do that trick / the one that makes me scream, she said / The one that makes me laugh, she said / and threw her arms around my neck… / Show me how you do it and I promise that I’ll run away with you…”. Nos fuimos quedando en un silencio cada vez mayor y más profundo, que llevaba a muchos lados, a muchos tiempos. Ah, qué forma trágica de cantarle a los amores platónicos, imposibles, incompletos, devoradores. Las escuchamos y, como en el concierto, el caudal de recuerdos fue inmenso: como si mirásemos un viejo álbum de fotografías olvidadas que alguien ha reunido para nosotros. La música es experimentación, es vanguardia, avance, movimiento, cambio, potencia o destrucción. Pero también, y en muchos aspectos, evocación. Como lo fue The Cure. Un emotivo recordatorio  de cómo esa banda que nunca nos propusimos frecuentar ha impuesto en nuestro interior una muchedumbre de sonidos y voces.





Esfinges en El Cairo

5 06 2010

The Charlatans, siempre iluminados por su música prístina, lúcida, de sonido y aroma fragante como agua de colonia.

Sin haber ido jamás a Egipto, uno pasó noches inolvidables en El Cairo. Las mil y una noches, tal vez. Sometidos al poderoso influjo de la luna, escuchábamos el canto de juglares que desenredaban relatos con los que sentirnos inmortales y escapar de la mañana, cuando la luz nos decapitaría. El Cairo tenía, como las pirámides, una antesala oscura de doble puerta, pero adentro guardaba un secreto confesable de música y luz, el tesoro de Manchester: en la cámara principal pinchaba The Crayola Kid (aka Juan Carlos) la mejor música de aquella ciudad, que era la mejor de ésta y todas. E íbamos a abandonarnos en el ritmo trascendental de los Stone Roses, en la poesía declarada juerga (diría Tony Wilson) de los Happy Mondays, en la clase juvenil de hermoso desenfado de los Charlatans. Había muchos otros, claro, pero esos tres resumen el sonido de aquellas noches. Las noches de El Cairo, tantas noches y los días angostos que las enmarcaban. Las pinturas egipcias de las columnas, los perfiles bifrontales, el laberinto rubio de Marina,  las esfinges agitadas al ritmo de la luz, el sudor en vaso de cristal y el alcohol tranquilo licuado en la sangre para alimento de las pasiones. Nada de esto pude dejar de recordarlo mientras veía a los Charlatans en el Primavera Sound. Ese era el sonido, así se movían, a eso olían las esfinges de El Cairo.

No fui consciente de la dimensión emocional que iba a tener el concierto de los Charlatans hasta que empezó la música. Sabía que interpretarían Some Friendly completo, su primer disco, que cumple 20 años. Enseguida me di cuenta de algo: no se puede sonar tan bien como sonaron los Charlatans sin ser responsable de alguna culpa mayor. Tal vez si las tienen las hayan purgado ya a lo largo de una trayectoria de vigencia incontestable, en la que siguen ocupando el lugar secundario que siempre pareció corresponderles en la escena mancuniana. Quizás ese haya sido el secreto de la longevidad, de la eterna juventud que transmiten Tim Burgess y los demás. Hubo en su actuación una clase hors categorie, que dirían en el Tour. Recuerdo haber visto a pocos grupos con un sonido tan prístino, limpio, hecho de fundamental nitidez, cálido, sinceramente hermoso. Y no hablo de virtudes técnicas, que también, sino de una esencia interna que va más allá de todo eso. Los Charlatans siempre sonaron limpios y frescos como un suave perfume juvenil. Como agua de colonia. Inmaculados.

Yo tenía pensado acabar el Primavera cruzando la madrugada de la mano de los Pet Shop Boys hasta subirme en los haces de luz de Orbital y desde allí contemplar el último amanecer del Mediterráneo. Y sé que me perdí una portentosa actuación de los primeros, exhibicionistas brillantes de graciosas obsesiones. Pero ya había decidido que la regresión propuesta por los Charlatans me era suficiente. Y tan difícil regresar de ella… Y que nada podía sonar mejor ni acabar mejor que como lo hicieron, con una portentosa exhibición de su baterista, que consiguió hacerme acordar de aquella burda frase dicha por una fan incondicional (en el más amplio sentido de la palabra) acerca del rapero gangsta llamado Ice-T: “I’m totally and completely ON-HIS-DICK!”.

Así que reuní en una bolsa lo que quedaba de mi cuerpo y salí despacio. Y así acabó el Primavera. Y aquí termina su recreación.





Sonidos de Primavera (2)

3 06 2010

Es sabido que una minoría selecta a menudo la conforman una mayoría de imbéciles. Verbigracia: en alguna ocasión el periodismo debió tomarse en serio la posibilidad de constituirse en aristocracia intelectual, pero o bien lo ha olvidado o no encuentra ya materia prima. Por el Primavera Sound pasaron reporteros de edición digital a los que les parecía mal la (llamada) invasión publicitaria (!). Se ve que están por la nacionalización de los festivales musicales y, desde luego, que no aflojaron los 180 euros del abono ni los cuatro por ticket de cerveza… Les parecen mal hasta las azafatas del jagga que pasean la marca del brebaje alemán por la explanada en un carricoche la mar de saleroso. Si un hombre se aburre de ver a las chicas de las marcas es que (como diría el doctor Johnson) se ha aburrido de vivir. Ocurre también que un día alguien descubre que el reporterito de asuntos variados oculta bajo su apariencia menor a un diletante de la música; y decide entregarle un blog para que hable de ello, si puede ser. Pero a menudo no puede ser y el espacio ideado para la música (o tal vez no) deviene en provocación falsaria, torpe chanza de los gustos ajenos, invectiva permanente de prosa escolar. Es irreverente, y eso gusta. Dicen. Olvidando que la irreverencia huele a nada sin ironía, sin gusto, sin sintaxis. Sin, precisamente, música… Me lo dijo R. A., un Chandler argentino, de mi querido Bioy: “No sé, no le agarré nunca su música…”. Y sí, hay que leer con el oído porque escribir consiste en hacer música con las palabras. Lo demás es ruido. Frente al eructo sordo de los desagües verbales, escuchemos la música de la primavera.


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Miradas ácidas: Elvis vs. Holly Golightly

30 05 2010

Holly Golightly y su mentiroso rodete, vestida de rutilante melancolía con sus Ray Ban Wayfarer en 'Desayuno con diamantes'.

 En las madrugadas estroboscópicas del Primavera Sound el pueblo viste moonglasses, anteojos lunares que operan como cortina de seguridad contra la deliberada acidez de las miradas. No es extraño a partir de las tres de la mañana caer atravesado por el relámpago de una retina lisérgica en cualquiera de los escenarios, así que la mayoría toma medidas profilácticas. En uno de esos afilados instantes en que los cuerpos gravitan alrededor del ritmo de un combinado de deejays, constaté que la invasión de las Ray Ban Wayfarer ha tomado dimensiones cósmicas. La crítica proclama estos días en su revisiones del festival el filo noventacentista del Primavera Sound, pero si hay un triunfo definitivo pertenece al viejo modelo sesentón de lupa de pasta negra, la que vestía Holly Golightly en sus embriagados desayunos contra las lunas de Tiffany’s; las del Risky Business del joven Tom Cruise; tal vez las del niño camp con voz de macho, Rick Astley, variedad que por cierto uno puede atisbar con enorme frecuencia entre los asistentes a la explanada post-nuclear del Parc del Fòrum. 

Observo que las Ray-Ban Wayfarer, por lo que parece, son relanzadas por la marca en una secuencia que se renueva más o menos cada treinta años: su victoria original tuvo lugar en los 50/60; algunos las conocimos en los 80; vuela 2010 y ahí vuelven, en un brote repetido en mil colores, listas para provocar en tropel la obligatoria abdicación de las Ray Ban de pera, que habían dominado los últimos años. La naturaleza estratégica de estas restauraciones obliga a cuestionar la naturaleza individual de los gustos y las modas; y ayuda a entender el derribo punk que vivieron los setenta. En cierto momento uno quiso en verdad cerrarse un candado alrededor del cuello y tachonar alguna chupa de cuero o ponerse las camisetas más desastradas que imaginemos. El cantante de Trigger, dueño de una voz en forma de hermosa bóveda de piedra se tomaba en algunos momentos del micrófono con los pies alejados hacia atrás y el torso inclinado adelante, muy a la manera de Johnny Rotten. Su perspectiva del rock me pareció agradable. Después

The Slits, con su formación actual: Audrey Hepburn tendría un difícil encaje en este grupo.

de verlos tocar mirando al mar de fondo, apostamos por el excesivo girl-powre de las  Slits, otra de las banderas que el viejo no future ha plantado en el porvenir, que aún encarnan Ari Up (con sus rastas tan largas que puede revolearlas sobre su cabeza como un cow-boy a punto de tirar el lazo a una vaca), y Tessa Pollit, más una nueva formación que viene o no al caso, según gustos. The Slits -literal y explícitamente, Las Rajitas- practican ahora el bombazo nihilista multicolor, tan adorable, y algunas inmersiones en ritmos jamaicanos que explican la camisetita y los shorts con los colores del país caribeño que viste (apenas) su líder. Vistas en conjunto, no cabe duda de que los creadores de Little Britain tomaron prestados de sus componentes algunos excesos indumentarios, para retratar a los caracteres más disfuncionales de la serie.

Elvis y su mirada de bala plateada.

 Pero hasta el derribo de una tendencia deriva en tendencia. Ahora las más cool de entre la inmarchitable gama de colores de las Wayfarer son las de carey, advierten los avanzados de la cosa. Añadiremos en esta nota costumbrista que en el universo alternativo pega ya muy fuerte la Ray Ban Wayfarer con cristal graduado. Si me descuido tendré que sacar de algún cajón ignorado las redonditas tipo Lennon con las que yo entré, dioptría y media por delante, en los noventa londinenses. Pero contra las Wayfarer, uno venía preparado. No con la lupa Lennon, no. Porque cualquier gadget no combate la delicadeza de Holly Golightly… Así que me vi obligado a tomar medidas extremas. Me inspiré en un muchacho que, en sus días de universidad, tenía colgados de una escarpia en el salón unos vaqueros en avanzado estado de descomposición textil. Llegado el viernes por la noche, arriaba los jeans en un ritual que sus compañeros de piso observaban con creciente placer. Eran los vaqueros de salir, con todo lo que eso significa. Un símbolo referencial en el muro estucado. Se los ponía, disfrutando las promesas que convocaban el simple hecho de embutirse en ellos, y atacaba la noche a bayoneta calada. Pasado el domingo por la tarde, cuando ya no quedaba ningún ejército interior por rendir, los izaba de nuevo a la escarpia por la trabilla, y allí quedaban, blandamente vacíos, hasta el fin de semana siguiente. En cierto modo yo hago algo parecido. Un estante principal de casa lo preside el modelo plateado de gafa Elvis. Consciente del peso de los detalles en un caso como éste, para venir a Barcelona las retiré con cuidado, enfundadas en terciopelo y con cierre seguro, y las metí en la bolsa. Porque siempre me parecieron imbatibles, constituyen el signo de mi invincibilidad. Y así ocurrió… A la hora en que florecieron los occuli in vitro y las miradas cítricas, busqué a ciegas en el hatillo, abrillanté un momento los cristales y me encajé la máscara de ámbar y plata que el Rey hizo célebre en sus incomensurables días in Vegas. 

Así me enfrenté a la rebelión gafapasta y la consumí, con un trayazo metálico y estridente. Cuando me las puse veíamos a la banda llamada Mujeres que, como no podía ser de otro modo, está conformada sólo por hombres. Cuatro gamberros que pisan todos los territorios del rock’n’roll americano de siempre, ahora y después, con gracia, salero y energía eléctrica, subidos en unas guitarras voladoras como escobas de bruja, con las que barren el hastío o el sueño. Montados en sus mástiles, cruzaron la noche de lado a lado sin detenerse en ningún semáforo. A esa hora, los hubiéramos seguido a donde nos llevaran…





Primavera sónica

27 05 2010

Sepa el pueblo, si le importa, que Somniloquios se va de vacaciones al Primavera Sound, un lugar donde la asamblea de majaras se ha reunido y ha decidido que mañana hará sol y buen tiempo, porque vuelven Wilco y va a ser la cuarta vez que vea a esos muchachos a los que paso el tiempo siguiéndoles la pista, para caer donde caigan ellos. En el laberinto de horarios y escenarios tengo subrayados para esta noche a gente como Broken Social Scene, Mission of Burma (más punk redivivo), Pavement, The Wave Pictures, los lampiños The XX y… THE FALL. Venga otra ración de proto-punk en vena… Y mañana, entre otras muchas cosas como decía, Wilco (ahora que hace un año de su último concierto en Barcelona, aquella delicada noche en el Auditori) y nada menos que los Pixies: otro renacimiento de dimensión legendaria: comprobaremos cuánto se estropean los cuerpos y las cabezas, y el efecto que eso tenga en la oscura rabia de la música. Aún con la película QuietLoudQuiet, que retrataba su vuelta a los escenarios, muy fresca. Y comprobaremos cómo se llevan Black Francis y Kim Deal, pareja que en los días de Doolittle y Surfer Rosa o Bossanova terminaron por hablarse más en los conciertos que en la vida real. “No es que no nos gustemos”, matiza escéptico Black Francis en un instante de la película-documental aludida. “Es que somos ese tipo de personas. Como subraya Kelly, la hermana de Kim Deal, “las cuatro personas que peor se comunican entre sí de la historia”.

Así que, primavera sónica. Epi y Blas (aquí José Luis Cabeza Mandarina y Cejakas) ya estuvieron y lo cuentan…

Y se ve que Cejakas pasó una mala noche:

Pues eso, que ya llamaré con lo que sea.