El silencio lo es todo

28 08 2015

Sostiene Kapuscinski que el silencio acostumbra a ser el engañoso síntoma de las mayores turbulencias. Que los hechos más atroces de la historia de la humanidad (atroz por demás) se fraguaron cuando el mundo atendía a otra cosa y el epicentro de la barbarie aparecía envuelto en silencio. Estas apreciaciones del periodista tienen mucho que ver, desde luego, con su oficio. Aquí estimamos el silencio, al punto de sostenerlo durante meses. Ha sido un silencio inerme frente a una actividad en ocasiones abrasadora, invasiva, que ha dejado algunos frutos, pocos, y que ocultaba un sinfín de agitaciones íntimas, que están a punto de reventar. Como creía Kapuscinski, al silencio lo sigue una deflagración a menudo ominosa. Tengo a los artificieros de mi conciencia haciendo todo lo posible por evitar que haya víctimas.

Mi impresión es que el círculo está a punto de quedar completo. Que el arco dramático de esta tragicomedia va de caída. Lo que no sé es dónde termina. En estos meses, en estos dos años largos, han ocurrido tantas cosas que ordenarlas parece innecesario, porque no respondían a ninguna lógica. Es verdad que yo traté de imponerla, de dirigir el proceso y llevarlo a un término; de alumbrar el túnel con algunas posibilidades intuidas. Sospecho ya que confié demasiado en la generosidad del esfuerzo, que me conducía al mismo escenario de confusión de siempre. En este tiempo he regresado a la universidad, he escrito un proyecto, me han subido y bajado de otros tantos que nunca salieron adelante; he sido parado, estudiante, colaborador, empleado a prueba y chico en prácticas a los 45 años; free-lance, autónomo, padre, autor de un libro y batería de dos grupos sin nombre. He tratado de inventarme una nueva vida pero no he engañado a nadie. Ni a mí mismo, por supuesto.

Puede que sea injusto. Conmigo, con el entorno, con la situación y con la obligatoria esperanza. Yo no culpo nadie, de eso estoy seguro: creo que, como casi siempre, elegí mal y he ejecutado peor. Sin embargo, cabe otra interpretación más generosa. Puede que este desconcierto sea el principio de un mundo mejor. Que K estuviera equivocado y el silencio solo anticipe algo distinto, que ahora mismo me resulta irreconocible, pero que constituya un destino mucho más fecundo que el que creo -temo- me aguarda. Que se esté imponiendo el opresivo principio según el cual uno solo puede ser lo que es, nada más. Y que, en realidad, no constituya una amenaza sino la llamada natural de un destino que hay que cumplir. Y que ha llegado la hora de afrontarlo, de darle a todo esto el único sentido posible, el único verdadero. De imponer la verdad, de una vez por todas, y sujetarse a las consecuencias. Si eso ocurre así, prometo contarlo con honestidad.

Por ahora tengo la casa repleta de ejércitos invisibles que levantan distintas banderas y defienden credos irreconciliables. Me destrozan las habitaciones, golpean los tabiques y rugen hasta altas horas de la madrugada, lo que cada me impide dormir cada vez más a menudo. El obsesivo calor de las madrugadas alimenta su enajenada energía. A veces enciendo el ventilador del techo para espantarlos. Otras, escucho sus disputas y me quedo mirando afuera, a las tardes lentas, o a las músicas que las definen. He colgado mis armas en el muro y recorro los caminos polvorientos envuelto en una torpe armadura sin celada. Cualquiera puede mirarme a los ojos y saber quién soy en realidad. Lo único evidente es que estamos en el inicio -más que en el inicio, ya metidos de lleno- de un mundo distinto. A este periodo yo lo llamaría, no sin ironía, reciclaje. Aunque también podría llamarlo wilderness. Ahora mismo no sé ni quién soy, ni lo que hago. Así que, entre la obligación de las circunstancias y mi convicción, he resuelto no hacer nada. O hacer poca cosa. Leer libros, dar paseos, mirar películas, escuchar música, pensar. Ser el señor Somniloquio. Hablar dormido. Soñar, como la otra noche, con la forma de andar de John Wayne. Escribir. Y que el silencio lo sea todo. Hasta la deflagración final.

Mientras tanto, os entrego un libro y a un hombre. El primero podéis destrozarlo a dentelladas si así lo creéis oportuno: no seré yo quien lo defienda. Sólo esto os advierto: a quien le borre la sonrisa al segundo, le arrancaré las entrañas.

I was the dreamer…

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Canción de cuna

24 08 2015

Tocan a muerte las campanas allá fuera, y aquí dentro nos hemos refugiado contra el peligro nuclear de la vida ambiciosa escuchando a Elizabeth deslizar una nana de palabras gruesas y timbres muy leves. Y nos sentimos seguros como si nos cubriera una campana de hormigón, aunque temo decirte, en susurros, que estamos más solos y más extraviados que nunca. Pero tú no tienes aún ninguna necesidad de saberlo. Y yo no tengo derecho alguno a imponer la frialdad de este día soleado sobre el juego enorme que acabas de comenzar, y que nunca sabremos cuando acaba.

A veces me fío de ti. A veces creo que vas a ser capaz de responder todas las preguntas que te haga, sin ninguna duda, y sonriente, como deben responderse las preguntas, con el punto de displicencia justo para la ocasión. Tú no te dejas tocar. Tú no necesitas un ángel de la guarda. Y menos aún esta minuciosa, torpe vigilancia que hemos montado entre ella y yo. Ella pendiente de los felinos al otro lado del cristal, como si los felinos tuvieran otra cosa de la que preocuparse que no fuera la siesta de mediodía, el sol en su vientre y contra los costados, y dormitar ajenos a todo como tú. Y yo pendiente de los lobos que aúllan en las noches heladas, cuando el frío de los montes los descuelga por las laderas de mi conciencia y vienen a hostigar mis valles, a los pequeños animales de los que me alimento, no digamos a esta entretela de pensamientos sombríos en la que me envuelvo yo como una oruga que quiere ser crisálida.

Habrá que quebrar esta cáscara sedosa y salir al mundo de una vez. Habrá que mirar a los ojos grises de los lobos y desollar su atractivo pelaje y arrancarles de las fauces la carne que he mimado. Habrá que salir a la tormenta y enarbolar una espada y cruzarla con los truenos y dejar que suene una guitarra. A ver si tenemos cojones.

Y frente a las campanas que nos olvidan, estas músicas que otros compusieron y que yo reuní como leña para el fuego, con cuidadoso criterio, para que tu primer sueño fuera tranquilo y poder acunarte en las voces que me salvaron. Que cada canción se revele como las oraciones que nunca digo, que mientras los otros elevan plegarias yo entremuerda las letras y te las enseñe y la melodía sea nuestro único dios. Que el silencio jamás nos incluya. Que los días sean música. Y que estas voces que te rinden las escuches como la única verdad.