Alan Rickman (1946-2016)

16 01 2016

DieHard

Hans Gruber: This time John Wayne does not walk off into the sunset with Grace Kelly.

John McClane: That was Gary Cooper, asshole.

[Alan Rickman Bruce Willis sostienen su largo duelo dialéctico a través del walkie en La jungla de cristal, uno de esos papeles que Rickman sabía bordar al punto de que parecía haberlos escrito él con plena autoconciencia. El terrorista que desprecia el estilo de vida americano y se ríe, con paródica torpeza a veces, de sus mitos -los héroes del western clásico, en este caso-. La atracción de los papeles de Rickman por frases de este tipo parece poco casual. Resulta fácil encontrarlas en otras de sus interpretaciones más populares, películas en las que el villano está construido a mayor gloria del héroe o de su propia caricatura. Así se comporta su Juez Turpin en Sweeney Todd, y desde luego el fastidiado sheriff de Nottingham de Robin Hood, príncipe de los ladrones. No puedo hacer consideraciones acerca de sus papeles en la serie de Harry Potter, porque solo visité una y recuerdo haber aprovechado una conveniente visita al baño para encontrarme con alguien conocido en los pasillos y perderme cuanto metraje pude. En su fallecimiento, sin embargo, fue su trabajo más renombrado. La popularidad final para un actor de contrapunto. Uno de los más familiares que pudieran encontrarse hoy en la pantalla, reconocible como los malos de siempre, dueño de un arquetipo que nunca ha dejado de gustarnos y que hoy puede que esté más en boga que nunca: el malo atractivo. El que, a menudo, recordamos con más filiación que al héroe. El que nos permite saborear el placer culpable de la moral en suspenso, uno de las más felices creaciones de la narrativa cinematográfica].

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Maureen O’Hara (1920-2015)

26 10 2015

Michaeleen Flynn ¡Calma, calma chicooos! ¿Qué es esto, un noviazgo o un combate? Ten paciencia y no le sacudas hasta que sea tu marido y pueda devolverte los golpes.

[Michaleen Flynn, el personaje interpretado por Barry Fitzgerald en El hombre tranquilo, aconseja desde el pescante de su carreta a Sean Mary Kate, en su primer paseo como novios. Apenas unos minutos antes el hermano de ella, el bruto e impetuoso Red Will que incorporase Victor McLaglen, había declarado oficialmente inaugurado el cortejo a las puertas de la casa de la familia Danaher, gente de temperamento. Aunque la frase pertenece a Flynn, resume a la perfección la naturaleza tumultuosa de la relación entre Sean Thornton y Mary Kate Danaher, la pareja interpretada por John Wayne y la inolvidable Maureen O’Hara. Nunca he podido evitar una terrible debilidad, enamoradiza, por Maureen O’Hara, la actriz pelirroja que fue protagonista de cinco películas de John Ford  y novia de Duke, el sobrenombre que todos le daban a John Wayne, en tres de ellas: El hombre tranquilo, Escrito bajo el sol Río Grande. Es seguramente culpa de Ford, que nos traspasaba sus propios sentimientos hacia la actriz al filmarla en las películas, que yo me sintiera así. O culpa de John Wayne cuando decía aquello de: “Mi mujer preferida es Maureen O’Hara… porque es un tío cojonudo”. Una frase que viene a resumir la extraordinaria proximidad afectiva, emocional y amistosa entre ambos. En su biografía de John Ford, titulada ‘Print the legend’ (como la célebre frase de El hombre que mató a Liberty Valance), Scott Eyman sostiene la idea de un relativo triángulo de afectos (que no amoroso ni sexual, hasta donde sabemos) en el que John Ford usaba en cierto modo a Wayne como intermediario cinematográfico de sus sentimientos hacia Maureen O’Hara. Como en la escena del beso bajo la lluvia, en la que insistía en repetir las tomas bajo el pretexto de que Sean debía besar de forma más apasionada a Mary Kate. En el fondo, ese grupo de amigos se comportaba como una familia, gente unida por ese tipo de lazos que se establecen en la película entre los personajes: fogosos, vehementes, sentimentales y, en ocasiones, impetuosos hasta el roce físico. Harta de que le tomaran el pelo -algo que los dos hombres hacían con frecuencia- Maureen O’Hara llegó a intentar golpear de verdad a Wayne en una escena. Lanzó su puño con toda la fuerza de la que fue capaz, decidida a alcanzar al grandote en el rostro, pero éste esquivo el impacto con un manotazo que apartó el puño de ella y que la dejó dolorida: “Me golpeé la muñeca, él supo que quería pegarle y luego me lo dijo… tuve que meter la mano en el delantal porque me estaba muriendo de dolor”.

Este sábado, Maureen O’Hara se murió, a los 95 años, dicen los periódicos que escuchando la banda sonora de aquel filme, como si quisiera despedirse de todo desde la imaginaria Innisfree. Y con su fallecimiento nos dejó para siempre prendidos de la eternidad incuestionable que son las películas. De su cabellera rojiza y esos ojos verdes, a los que dio gloria el technicolor, y que son los tonos predominantes en El hombre tranquilo, una de las más felices obras de Ford. Es inexplicable de qué modo trabajan en nuestras emociones las películas. Al punto de que llevamos dos días con nostalgia de aquel viaje a Cong, en Irlanda, donde recorrimos los escenarios donde fue rodada, el puente, la casa y los alrededores de la iglesia del padre Lonergan. Con nostalgia de Mary Kate. De su mirada de refilón y su boca entreabierta. De sus rizos llameantes y la mirada huidiza de gacela, que se transforma en furia. De su rebeldía y su entrega, de la madurez y la ingenuidad. De su impulsiva, desordenada pelea por ser ella misma y ser amada, por darlo todo pero sin ceder su dignidad. De las bicicletas. De los delantales, las faldas, las boinas y los pañuelos, que enmarcaban un rostro que siempre nos pareció de una hermosura perturbadora, y de una débil franqueza emocionante. Nostalgia profundamente inexplicable, inexplicablemente profunda. Nostalgia de Maureen O’Hara. Una actriz a la que adoramos en el más amplio significado del término].





Dear Mister Loach…

29 09 2015

Buena parte del silencio en el que dejé sumida esta ventana durante los dos últimos años tuvo que ver con algo que de forma genérica llamaríamos inventarse una nueva vida, tentativa que -de acuerdo a lo aprendido- no siempre resulta posible, en la mayoría de los casos se hace terriblemente laborioso y que, de cualquier modo, no garantiza ninguna clase de éxito. Pero es un proceso. Una experiencia. El recorrido por un laberinto personal en el que uno descubre algunas cosas de sí mismo que ignoraba, porque las circunstancias no habían determinado la necesidad de sacarlas a la luz. Y abismos a los que nunca habría querido someterse. Además, nunca tuvimos ni idea de qué cosa es el éxito ni tampoco la conciencia. Así que entre los días y las noches, los metafóricos y los reales, en este tiempo escribí un libro que no sé si es de cine, sobre cine o alrededor del cine, pero que le he entregado al mundo con la misma inconsciencia entusiasmada con la que acepté escribirlo: Bienvenido, Mister Loach… la reconstrucción del rodaje de Tierra y libertadla película de Ken Loach. Lo presentaremos mañana miércoles, 30 de septiembre, a las 20:00 horas en el Teatro de la Estación. Después se celebrará una proyección de la película, porque el acto está enmarcado en el ciclo ProjectAragón, y tiene como invitada excepcional a Rosana Pastor, la actriz protagonista y Premio Goya por este trabajo. Y a Miguel Ángel Aladrén, uno de los actores no profesionales a los que Loach reclutó -y el término es totalmente pertinente- para conformar su milicia cinematográfica. Si hay alguien que lea esto, que sepa que está invitado.

foto_bienvenido_mister_loach

Durante estas semanas -desde el preestreno de Bienvenido, Mister Loach en Mirambel, el pasado 15 de agosto-, he respondido a unas cuantas preguntas de periodistas sobre la naturaleza, las intenciones y el contenido del libro… y he descubierto que -como sospechaba mientras estuve al otro lado- los periodistas nunca les hacemos a los autores las preguntas que ellos esperan. O las que ellos (nosotros) nos haríamos en caso de entrevistarnos a nosotros mismos. Así que, como la autoentrevista me parecería un género muy vanidoso (aunque no sería el primero ni el último en practicarla, doy fe), al menos voy a aprovechar este espacio para responderme a mí mismo qué es en realidad Bienvenido, Mister Loach; qué he querido contar y en qué ha resultado; cómo se ha hecho; y hasta qué punto soy incapaz de juzgar el resultado. Ni quiero hacerlo porque el libro lo firmo yo, pero ya no es mío. Es de quien lo lea. Que para eso ha pagado el precio…

La pregunta que más veces me han repetido ha sido ésta: “Pero… ¿cómo se te ocurrió escribir un libro sobre ‘Tierra y libertad’?”. Tan repetida que no queda otro remedio que considerarla pertinente. Y lo es. Uno puede atribuir la cuestión a la legítima curiosidad del entrevistador por el hecho creativo, algo muy halagador porque eleva el rutinario proceso de ponerse a escribir al enmarcarlo en un halo de alucinado misterio. De ahí nace el mito del Creador, con mayúsculas. La mayoría de las veces, sin embargo, ese no es el motivo de la pregunta. Parece mucho más probable, y el autor lo ve de inmediato en su cara, que lo que busque el entrevistador con ese planteamiento lateral sea discernir el tipo de locura a la que vive adscrito el tipo que firma la cubierta; y si, como sospecha, habita en una realidad paralela en la que, mágicamente, al público le interesan las cosas que él escribe. O sea que la traducción no verbalizada de la pregunta vendría a ser: “¿Pero tú de verdad crees que un libro sobre ‘Tierra y libertad’ le interesa a alguien?

En realidad, he de ser condescendiente con esa posibilidad porque yo mismo me la planteé, para qué negarlo. La idea de escribir este libro me la propuso Javier Lafuente, editor de Doce Robles, y se trata claramente de un exceso de optimismo cinéfilo debido a las perturbaciones que genera el insomnio. En efecto, Bienvenido, Mister Loach es hijo de la falta de sueño y otras perversiones intelectuales. Javier pasa noches enteras sin dormir haciendo dos cosas que el resto de los mortales jamás alcanzaríamos a lograr: ver películas mientras escribe libros. No es una metáfora, es literal: según él mismo me ha confesado, divide la pantalla del ordenador en dos… con el filme en una mitad y el procesador de textos en la otra. Así escribió, junto a Pedro Luis Ferrer, la historia del Real Zaragoza: mientras se veía una tras otra todas las películas de Charlot. Del mismo modo, fue en una de esas epifanías de madrugada cuando se le vino a la cabeza que en este 2015 Tierra y libertad cumplía 20 años y que se había rodado en el Maestrazgo aragonés. Así que, a las seis de la mañana, antes de acostarse, me escribió un mail en el que me proponía reconstruir la historia de ese rodaje.

Naturalmente yo acepté, con el mismo arrebato febril. Javier jugaba con ventaja porque sabía que yo también paso las noches en vela. A las cinco de la mañana todo parece posible y los libros se escriben solos. Naturalmente, cuando se hizo de día y me puse a hacer las primeras leves averiguaciones acerca de la película y de cómo podría enfocar el libro, me vino el juicio y di en pensar si no habría calculado mal mis posibilidades… y las de la historia que que pensaba dar a la imprenta, por decirlo en un tono muy autoral. Así que, un poco por ponerme en marcha y espantar la incomodidad, esa misma mañana escribí un educado y entusiasta correo electrónico a la dirección de la encargada de relaciones públicas de Ken Loach en Sixteen Films, contándole lo que pretendíamos y que me gustaría entrevistar al señor Loach en Londres para hablar de la película. Uno no le escribe todas las mañanas un mail a un director de prestigio internacional (“Dear Mister Loach…”, comenzaba aquel mail), y menos para pedirle una entrevista sobre una película que rodó 20 años atrás. Enseguida una respuesta automatizada de cortesía, el primero de los cortafuegos de cualquier encargado de comunicación de un autor con prestigio internacional. Para mi sorpresa, a la media hora vino otro mail, este sí personal, que me levantó del asiento: a Mister Loach le encantaría recibirme y dialogar conmigo sobre Tierra y Libertad. Y me animaba a buscar una fecha para viajar a Londres.1 (1)

Fue la primera indicación de lo que me iba a encontrar, algo inesperado: que Tierra y Libertad constituía un recuerdo muy preciado para el director inglés, que su disposición a contribuir con el trabajo que yo había ideado era absoluta, casi apasionada (y el término no es exagerado). Me recibió, en efecto, en su oficina en Londres, y después mantuvimos algunas conversaciones más por teléfono y por mail. La respuesta de Loach prefiguró lo que me encontré después: cada uno de los actores y participantes en la película a los que fui localizando –Rosana Pastor, Iciar Bollaín, Marc Martínez, Raffa Cantatore, Josep Magem, Sergi Calleja, Ian Hart, la directora de casting Marta Valsecchi, los extras aragoneses y castellonenses, productores, director artístico, etc.- desenredaban ante mis torpes preguntas una madeja de emociones, sensaciones, recuerdos, imágenes, historias, reflexiones y anécdotas que contaban una historia que a mí me parecía mucho más que digna de ser relatada. Que me provocaban una emoción creciente, comunicada por el fervor con el que ellos descargaban su relato. Hablábamos durante horas de cine, de ideas, de historia, de amistad, de interpretación, de directores, de técnica narrativa, de dirección de actores, de cinematografía, de geografía humana, de guiones, de juventud e inconsciencia, de posiciones de cámara, de improvisación y técnica actoral, de frustraciones y temores, de rodajes, fiestas, premios…

Aquello, que había parecido una idea imposible, de pronto adoptó la forma de folios y folios de notas desordenadas, repartidas por cuadernos, hojas sueltas, documentos de word, anotaciones al margen y apuntes revueltos. Un caos burbujeante que amenazaba con explotarme en las manos si no lo dominaba. Porque los testimonios entrecruzaban historias y situaciones, unos completaban a otros, o los corregían, o añadían matices; al mismo tiempo, yo avanzaba en la recogida de material, en la investigación documental que había de ser la argamasa del libro; leía a Orwell, Víctor Alba, miraba documentales de libertarios, investigaba sobre Staff Cottman, leía entrevistas a Loach, libros sobre Loach, cuadernos acerca de Loach, estudios críticos del cine de Loach, vídeos de rodajes de Loach… y me peleaba con el calendario y con la estructura, pendiente de ponerme a escribir porque el tiempo se echaba encima, y porque había que domesticar, dar una idea, dibujar líneas de fuga, ordenar las historias y su relato. Sobre todo, había que ponerse a escribir y tratar de hacerlo aceptablemente bien… y no olvidar nada de lo esencial. Por fortuna, el oficio del periodismo vino en mi auxilio. Y me sirvió para poner cada cosa en su sitio e hilar todas las voces, incluida la mía, en una sola. Y a tiempo. Bueno, más o menos…

epaLo que ha quedado es esto: Bienvenido, Mister Loach. Un libro sobre, alrededor, del y con el cine de Loach. Un volumen de nula aspiración académica, que nadie se asuste, en el que hay un poco de estudio crítico, otro poco de historia, un tanto de geografía, algo de técnica narrativa, el relato de una filmación, la semblanza de un director y de sus actores, apuntes de interpretación, de escritura, de estilo… Vivencias, anécdotas, curiosidades, emociones, conflictos, sabotajes, enfrentamientos. Todo contado con la intención de hilar una narración de boca de otros. Y girando en torno a Ken Loach, el demiurgo que convirtió a un grupo de actores en una milicia y que los llevó a derribar el muro entre la ficción que estaban filmando y la realidad que la rodeaba. Bienvenido, Mister Loach tenía, así varios objetivos: 1) Con respecto a Loach, aproximar una semblanza del autor y de su cine, a través de la experiencia de quienes trabajaron con él y conocieron sus singulares métodos: la ausencia de guion, el rodaje en orden cronológico, la intromisión de la realidad en la ficción, la improvisación, la provocación de emociones filmadas a partir de sentimientos e implicaciones reales. 2) Por supuesto, la mayor fidelidad a las experiencias que actores profesionales y no profesionales vivieron durante los 54 días de filmación en el Maestrazgo, y que lo que se contara en el libro se correspondiera, en la medida de lo posible y en su inevitable modestia, con lo que vivieron en aquellos dos meses. Y 3) sobre todo, la que considero obligación de cualquiera que firme un libro: no abusar de la confianza de los lectores y, desde luego, no aburrirlos.

Espero haber alcanzado al menos alguno de todos esos fines.





Héroes del tiempo

10 10 2014

En ‘Boyhood’ lo único que pasa es el tiempo.

Lo que ocurre es que cuando hablamos del tiempo, hablamos de uno de los conceptos más radicalmente inaprensibles de la existencia. Y puede que lleguemos a concluir que la misma existencia es tiempo, nada más; tiempo y nuestros vanos intentos por obtener perspectivas que nos concedan alguna pista sobre lo que el tiempo ha hecho, está haciendo o hará con nosotros.

Cuando alguien me dice, mirándose despacio una herida e intentando apartar la vista: “Necesito tiempo; el tiempo me curará”. Yo advierto (sí, yo también hago advertencias, aunque me doy un asco muy concreto a mí mismo cuando incurro en esa vulgaridad). Decía que advierto: “Olvídate del tiempo. El tiempo no te va a curar: curarte es cosa tuya. El tiempo sólo pasa… nada más”.

En ‘Boyhood’, el tiempo es la materia insondable del relato. Quien hace y determina. El tiempo modela a las personas en su apariencia externa y en su crecimiento interior, que también implica decadencia. Richard Linklater, el director, compone una película filmada sin artificios elípticos, emocionales ni narrativos. Solo dejando que el tiempo haga su trabajo (es decir, que pase… sin más) y acomodando el discurso de la historia al crecimiento real de cada uno de los personajes. No hay un solo énfasis, escasísimas concesiones a fórmulas de relato conocidas, a lugares comunes a este tipo de películas de crecimiento vital: el primer beso, las primeras decepciones, el atisbo inicial del sinsentido de tantas cosas, el vértigo de haber intuido la imperfección que nos es natural, el fracaso o la victoria.

boyhood

Así, durante 12 años, filmó la historia de Mason, su hermana, su madre y su padre divorciados, sus amigos (los perdidos y los encontrados), novias, trabajos, angustias, diversiones. En cerca de tres horas están contados esos 12 años, encapsulados en las filmaciones que el equipo llevaba a cabo una semana al año. Para evitar la autoconciencia, las variaciones de perspectivas íntimas de los actores en su evolución como seres humanos, Linklater nunca les permitió visionar lo que ya estaba rodado, hasta que acabó y montó la película. No es un documental, pero está escrito y filmado con un naturalismo tan eficaz, que en ocasiones lo parece. Patricia Arquette se puso a llorar al ver el film. No lloraba porque la historia lo reclamase. Lloraba por sí misma, sometida al vaivén del tiempo. Como cualquiera. A Ellar Coltrane, el protagonista, le impresionó.

En ‘Boyhood’ no ocurre gran cosa. Es decir, sucede todo en sordina. Más o menos como en la vida. Después, pasado el tiempo, puede que comprendamos algo. O tal vez no. Nadie sabe qué es mejor ni cuál es el patrón preferible. Ningún niño sabe qué es la infancia. Ningún adulto sabe qué es la vida. Se vive. Así sin más. Con naturalidad mejor o peor sobrellevada. No hay ningún énfasis salvo el que nosotros le otorguemos en el recuerdo. Igual en la película que en la vida.

‘Boyhood’ te puede aburrir. Y ‘Boyhood’ te puede emocionar con una intensidad dolorosa. Si a usted le aburre, a mí no me culpe: somos personas distintas. Me responsabilizo, apenas, de lo propio.

Yo no tengo por qué explicar, ni hay modo de hacerlo, qué mecanismo activa en mi conciencia esa escena en la que Ethan Hawke, el padre divorciado, le explica a su hijo adolescente la magia de una canción de Wilco que suena en la radio: ‘Hate It Here’. O por qué me puse a llorar cuando le regala para su 15º cumpleaños una colección de cds con una recopilación personalísima de las mejores canciones de cada uno de los Beatles en solitario, metidas en una misma caja que llama ‘The Black Album’. Y le razona: “No hay Beatle favorito”. Después, Ethan Hawke ha jugado al transmedia y continúa la historia de la ficción en la realidad: le regaló a su propia hija un Black Album y añadió estas notas.

Supongo que me resulta fácil imaginarme diciendo cosas así, o parecidas.

Supongo que, en mi cabeza, ya lo he hecho. Traspasando la línea del tiempo. El que vino y el que ha de venir.

En ‘Boyhood’ nadie quiere ser un héroe, como dice la canción de abajo. Sólo queremos pelear, como todos los demás.

‘Boyhood’ nos asoma a ese precipicio ineludible que el tiempo construye dentro de cada uno de nosotros.

 





El hombre que fue Rodríguez

15 05 2014

Malik sólo quería contar historias. En ocasiones, tal cosa resulta en un calabozo de aire. Uno puede imaginar con cierta facilidad el callado tamborileo ansioso de ese anhelo en su cerebro. El modo de interrogar los días, de buscarles las esquinas, la mirada oblicua contra las cosas, los hechos, las personas. Y el indeciso motor mental que, en la cabeza de un creador, filtra la realidad -lo que haces, lo que te ocurre, lo que piensas, lo que te cuentan- y lo devuelve destilado en un fino hilo que damos en llamar, de forma común y poco aproximativa, la inspiración. El germen informe de un relato. Algo que, sí, tal vez podría ser contado, pero no se sabe de qué modo. O si alguien querrá escucharlo. Para quienes viven afectados por este proceso de aspiración ficcional, la desnuda existencia constituye siempre la posibilidad de una narración. Los acompaña una voz interior, apenas un zumbido, que pugna por darle forma en la cabeza, como un dictado en off que precede a la escritura.

Malik Bendjelloul, hijo de un médico argelino y de una pintora sueca, estudió periodismo y producción audiovisual. Es decir, trató de canalizar el veneno que lo recorría. Participó en algunos programas de televisión y dirigió espacios dedicados a figuras capitales de la cultura popular moderna, como los robóticos Kraftwerk (pioneros alemanes de una aguda expresividad electrónica), Elton John o Björk. Él mismo contaría que, durante un viaje a Sudáfrica, escuchó de voces anónimas, de gentes locales, el relato que tenía por protagonista al hombre llamado Sixto Rodríguez. En esos días la inquietud de Benjelloul se había hecho muy ávida. Puede que este matiz de urgencia fuera real o una subtrama conveniente para lo que iba a suceder. Poco importa, salvo por la constatación de que, como conjeturamos al principio, el joven Malik vivía afectado por esa voz interior que destila posibles relatos, escenas aisladas o, en los casos extraordinarios, historias completas. La de Sixto Rodríguez era una de ellas. Una fábula extraordinaria de la condición humana. El embrión de lo que, ordenado bajo el hilo de voz domesticado de Malik Bendjelloul, se convertiría en un documental formidable: Searching for Sugar Man.

Malik Benjelloul, con el cartel al fondo de su primer y extraordinario trabajo, el documental Searching for Sugarman. La historia de Sixto Rodríguez, el hombre que jamás supo que era un ídolo... al otro lado del mundo.

Malik Benjelloul, con el cartel al fondo de su primer y extraordinario trabajo, el documental Searching for Sugarman. La historia de Sixto Rodríguez, el hombre que jamás supo que era un ídolo… al otro lado del mundo.

Sixto Díaz Rodríguez -si a estas horas usted aún no ha escuchado esta historia- fue un espectral cantautor de origen mexicano que, hacia finales de los años sesenta y principios de los setenta, tocaba en sombríos garitos de las zonas más deprimentes de la muy deprimida ciudad de Detroit: eso que los conocedores llaman el Cass Corridor, área golpeada por la pobreza que, en los días aludidos, mutó de oruga infraproletaria a crisálida de la cultura rock. Allí tenía su cuartel general Creem Magazine, la revista que precedió e inspiró la célebre Rolling Stone, icono cultural norteamericano. Por allí sitúan a un Iggy Pop primerizo o a unos White Stripes en ciernes, años más tarde. Por allí también se dejaban caer Sixto Rodríguez y su guitarra. Surgía de entre la niebla nocturna la figura desgarbada del artista imposible, cruzaba las mesas de un garito en el que el vaho en suspenso de los cigarrillos hacía aún más densa la madrugada, subía al escenario y desgranaba sus temas con un aire de ausencia inaprensible. Cuentan que hasta daba la espalda al público: no se sabe si esto pertenece a la leyenda, que siempre impregnó al hombre tanto como su música, pero desde luego podemos admitir que en esos días de psicodelia, lisergia y experimentación, tocar de espaldas al público constituiría poco más que un gesto de despojada modernidad.

El resto de la historia no precisa detalles superfluos. Ni énfasis adicionales a los que puntean de forma tan hermosa el documental de Malik Bendjelloul. Ocurrió así, más o menos. Un par de ejecutivos de la Motown captaron a Sixto Rodríguez, intentaron cambiarle el nombre artístico (Rod Riguez fue la apuesta, rechazada de plano por el músico) y acabaron publicando un par de álbumes que todo el mundo olvidó antes casi de que empezaran a sonar. Era 1972. Rodríguez aún no había llegado y ya se estaba por ir. Igual que cualquier otra noche, desapareció de la escena y de la posibilidad de una carrera exitosa enmarcado en el mismo silencio que lo vio entrar. Nadie sabe por qué no triunfó. Él no se paró un segundo a pensarlo: aceptó un trabajo en la construcción y en los años siguientes se dedicó a sacar adelante a sus tres hijas sin mirar atrás o a los lados. Olvidó que era músico y quedó sometido a la realidad. Sin embargo, al mismo tiempo y de forma inadvertida para todos en Estados Unidos (el propio Rodríguez, sus productores, el público y las discográficas), sus canciones lo iban a convertir en un ídolo de masas al otro lado del mundo: en Australia y Nueva Zelanda, por un lado. Y, sobre todo, en Sudáfrica. Ese lugar al que Malik Benjelloul iría muchos años después a buscar una historia.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo llegaron tan lejos los dos álbumes publicados por Rodríguez en Estados Unidos: Cold Fact y Coming From Reality. Si fue porque una chica americana que salía con un sudafricano los llevó para allá, los puso en una fiesta o se los dejó a alguien. O qué otra cosa ocurrió en aquel tiempo en el que los fenómenos virales sólo eran enfermedades, no autopistas de comunicación digital. En la Sudáfrica de los setenta, inmersa en el Apartheid y el totalitarismo calvinista de los gobiernos afrikaaner, las canciones de Sixto Rodríguez fueron para una buena parte de la juventud blanca lo que Elvis, los Beatles, Dylan y los Rolling Stones juntos para el resto: un nexo de identificación, una agitación de las conciencias de la opresión, una inspiración o una esperanza. Rodríguez nunca lo supo. Jamás recibió ningún dinero por su inmenso éxito. Tampoco los ejecutivos de las discográficas en Estados Unidos… o eso aseguran en el documental. Pero durante años, mientras Sixto Rodríguez atravesaba esa y otra década en labores de reforma de edificios, se licenciaba en Filosofía y hasta optaba a la alcaldía de Detroit, en Sudáfrica la gente no dejó de comprar sus discos ni corear sus canciones. Sugar Man, el retrato de un camello de poca monta que vadea las noches para ofrecer a sus clientes “las respuestas que hacen desaparecer mis preguntas”; o el himno I Wonder, de la que la juventud sudafricana hizo un grito interior de rebelión: “Me pregunto / cuántas veces te han engañado / Me pregunto cuántos planes te salieron mal / Me pregunto cuántas veces has practicado el sexo… / Y me pregunto si sabes quién será el siguiente”.

Rodríguez, en sus días de músico sin éxito en Detroit. Publicó dos discos olvidados de inmediato en Estados Unidos: pero no en Sudáfrica, donde fue un ídolo, ni en Australia, donde llegaría a dar conciertos en sus mejores días: ese detalle, que el documental obvia para poner el foco en el carácter inspirador de su figura en Sudáfrica, es una de las (muy perdonables) trampas narrativas de un trabajo emocionante y aleccionador.

Rodríguez, en sus días de músico sin éxito en Detroit. Publicó dos discos olvidados de inmediato en Estados Unidos: pero no en Sudáfrica, donde fue un ídolo, ni en Australia, donde llegaría a dar conciertos en sus mejores días: ese detalle, que el documental obvia para poner el foco en el carácter inspirador de su figura en Sudáfrica, es una de las (muy perdonables) trampas narrativas de un trabajo emocionante y aleccionador.

Bob Segerman fue uno de los que entonaban esos temas. Tal vez el más conspicuo o el más dispuesto a la acción silenciosa. Segerman (al que todo el mundo ya conoce como Sugar Man, jugando con la fonética similar del apellido) era un joven melómano que oyó por primera vez a Rodríguez durante los días taciturnos de servicio militar en el ejército sudafricano. Fundaría una tienda de discos más tarde. Y, en los tiempos en los que internet aún no era sino un oscuro proyecto militar, decidió que quería encontrar a Rodríguez. Si es que eso era posible: el relato de su búsqueda (basada en las letras de las canciones, en las etiquetas de los discos, en los mensajes ocultos de las carátulas) constituye uno de los pasajes más felices del documental. Alguien había contado, y no se sabía quién, que el ídolo de toda una generación sudafricana estaba muerto. O algo peor. La escena contribuía de manera definitiva a la leyenda: harto de no triunfar, o de que le pidieran que le diera la cara a la audiencia de esos tugurios infames, o de la propia poesía urbana de sus canciones de sutil protesta, o tal vez por ninguna de tales razones, una noche Rodríguez apartó la guitarra, sacó un revólver y, sobre el mismo escenario de The Sewer o cualquiera de esos antros, acabó con su vida de un disparo.

El resto conviene no revelarlo; merece ser visto en Searching for Sugar Man, para disfrutar del gusto excelente, habilísimo y conmovedor con que Malik Bendjelloul da forma a su narración, que llegó a registrar con un iPhone cuando el presupuesto adelgazó. Ahí están las palabras de los protagonistas terciarios de esta historia de secundarios canónicos: aquéllos que recordaban de Rodríguez su aspecto de “espíritu que vagabundeaba” por la ciudad, “un sintecho que va de albergue en albergue”; los que emocionados glosan en Sudáfrica la generosidad de la música y la entereza del ser humano; la estatura moral de sus convicciones, catalogada por sus adorables hijas; o la extraordinaria capacidad de comunicación de una personalidad huidiza. Todo hilado en recreaciones orales o en forma visual, envuelto en trucos narrativos (que los hay, desde luego, pero que no desmerecen un ápice la belleza de la historia), en voces, en las imágenes enmarcadas por las canciones del propio Sixto Rodríguez, que subrayan letras de poderosa evocación. Como la línea del bajo y ese xilófono juguetón que vertebran mi canción preferida de este hombre, Crucify Your Mind. Es necesario ver Searching for Sugar Man. Y una singular oportunidad de emoción, estos días, para quien no haya tenido oportunidad de hacerlo desde que el documental se estrenó en 2012. Ahora más que nunca. Porque Searching for Sugar Man ya no es sólo un homenaje a Rodríguez, el hombre; va más allá de la reparación contra la desmemoria de su música, lograda con creces desde que el documental ganó un Oscar, un BAFTA y construyó un final de cuento de hadas para esta narración. Ver Searching for Sugar Man es ahora ya, por desgracia, un agradecimiento póstumo a Malik Bendjelloul.

Bendjelloul murió este martes, a los 36 años. El muchacho que quería contar historias, el hombre que desenterró la alegórica peripecia y devolvió a Sixto Rodríguez a la vida, se quitó la suya propia de un disparo, en su casa de Estocolmo. Lástima que, cruzado ya para siempre en la evocación de tan magnífico trabajo, haya quedado el frío perfil y el opaco estallido de un revólver.





Mickey Rooney (1920-2014)

13 04 2014

Piénselo así: Mickey Rooney nació antes que la mayoría del resto de la población mundial. Es decir, no importa la edad que uno tenga. Salvo casos extremos, para cuando usted vino al mundo el hombre de los ocho matrimonios ya hacía rato que andaba dándole patadas a las piedras; y embromando al mundo con esa estatura de chiste y la cara de llevar pantalones cortos hasta los 45, mientras se levantaba mujerones que los demás apenas podríamos soñar. O tal vez ni eso. Uno sostiene la teoría -creo que ya glosada en estos espacios- de que la existencia debería concedernos a todos los hombres la oportunidad de cruzarnos entre pecho y espalda, al menos una vez en la vida, a uno de esos reactores de falda corta y carne prieta que despiertan la húmeda envidia del resto de la población. Nótese que pecho y espalda son, aquí, abiertos eufemismos. En fin, éstas son las cosas de buscarle sentido a la vida: que uno empieza por interrogar el cosmos y termina por cabrearse de ver a Sèrge Gainsbourg con Jane Birkin, pongamos por caso. O a Rooney con Ava Gardner.

Sí, es verdad que a Ava Gardner la probaron unos cuantos, bendita sea. Pero es que aquí el amigo Mickey, que acaba de morirse a los 93 como el que no tiene otra cosa que hacer, ya un poco por aburrimiento o desdén, el amigo Mickey decíamos, se crujió a la señorita Ava cuando la muchacha tenía 19. Ocurrió hace muchísimos años, desde luego, pero a pesar de los cambios de percepción del sexo en la sociedad y de los agudos trabajos de Masters y Johnson, ese episodio de Rooney culeándose a Ava Gardner a los 19 (cuando siempre lo imaginamos cantando cancioncitas con Judy Garland y sus vestiditos) a mí aún me parece un escándalo. Pensemos que eso es aún antes de que Ava Gardner protagonizara Venus era mujer, una de esas comedias bobaliconas con las que uno, sin embargo, puede fácilmente perder la razón mirando a eso que con tanta cursilería, y mucha verdad, llamaron el animal piú bello del mondo. En fin, vean a Rooney en The Drummer Boy tocar la batería con gran estilo, gracia y velocidad. Prueben a ver esa secuencia sin sonido, observen en detalle la expresividad de Mickey Rooney, y comprenderán por qué aquí le guardamos un viejo recelo (no exento de afecto, sí, pero recelo).

Ava Gardner y el señorito Rooney: lo que se dice mirar por encima de hombro.

Ava Gardner y el señorito Rooney: lo que se dice mirar por encima de hombro.

Dado que había nacido antes (o muchísimo antes) que la mayoría de todos nosotros; y que estaba destinado a ser uno de esos tipos perdurables que, como el dinosaurio de Monterroso, siempre continúan ahí cuando uno despierta de la siesta, Mickey Rooney fue dotado por la naturaleza con una cara de niño que no se le quitó del todo hasta que, digamos, cumplió 75. Tuvo ocho mujeres (Ava fue la primera) y nueve hijos. El tipo lo tomaba tan bien que en una ocasión llegó a resumir: “En Navidad no sé ni a qué casa ir”.  Ahora parece ser que sus descendientes se pelean por los 13.000 euros pelados que Rooney ha dejado como herencia. Se ve que a esa gente no la abrasan con el impuesto de sucesiones… Su monumental deuda con el fisco norteamericano lo llegó a arruinar en un momento en el que ya era demasiado tarde para todo, así que el bueno de Mickey hubo de trabajar lo que se dice durante 80 años de su vida. Bueno, alguna compensación había de ofrecer este hombre a la sociedad.

Locuaz y divertido cara a la audiencia, fragoroso en las batallas de alcoba, ponderó de forma pública y notoria la voracidad sexual y la tendencia a la humedad corporal de Lana Turner; así como la afición de Marilyn Monroe por la satisfacción oral. ¿Quién lo iba a decir? Si usted piensa que exagero las esquinas del personaje, lo citaremos de su puño y letra. Aquí, en su autobiografía de título burlón Life’s Too Short, sobre su tiempo con la dulce Ava: “We were both athletic in bed, and pretty verbal, too. Once Ava lost her Southern reticence, she seemed to enjoy using the f-word. And I didn’t mind a bit, when, for example, she would look me straight in the eye, raise a provocative eyebrow, and say, “Let’s fuck, Mickey. Now”. Les ahorraré arduas y largas traducciones. Todo esto se resume en que, de pronto, Ava lo miraba muy fijo, levantaba una ceja, y le decía: “Vamos a follar, Mickey. Ahora mismo”. Aguarden que me tiro un balde de agua por las rodillas…

Aún más notable que todo eso es que tuvo un club de fans. Sí, sí: Mickey Rooney tenía un club de fans. Hizo más de 200 películas a lo largo de una carrera que pareció alargarse durante siglos. De vez en cuando aparecía en alguna de esas imágenes laterales de las grandes galas y uno pegaba un respingo, como si viéramos un fantasma: pero… ¿aún sigue vivo Mickey Rooney? Nunca fue un actor que nos cautivara, pese a su empeño por caer bien, pero poco le debió importar eso a él, ocupado como estaba en lo suyo. Mi madre siempre decía que a mi padre le encantaba La Ciudad de los Muchachos, que le emocionaba mucho; pero nunca hice caso a esa afirmación porque, de hacerlo, tal vez hubiera tenido que revisar muchas convicciones que un hombre de camino a la edad adulta no deberia plantearse. Estos días pensaba en Mickey Rooney y enseguida supe qué película me lo trae siempre a la memoria: es su papel del impertinente señor Yunioshi en Desayuno con Diamantes. Dejo un extracto de la portensosa secuencia de la fiesta en casa de Holly (Audrey Hepburn), en la que el director Blake Edwards embutió en un pequeño apartamento a una troupe de personajes variopintos, en un crescendo de excesos del que participan el adorable personaje de George Peppard, el gatito, la propia Audrey al frente y un José Luis de Vilallonga haciendo de brasileño conquistador (e ilegal). Mickey Rooney aguanta tralla en el piso contiguo y (aquí en version italiana) amenaza con recurrir a la autoridad para restaurar el orden que precisa un hombre de costumbres como él.

 





Harold Ramis (1944-2014)

25 02 2014

 

Ella: They say we’re young and we don’t know /  We won’t find out until we grow
Él: Well I don’t know if all that’s true /  ‘Cause you got me, and baby I got you…

[Sonny y Cher le ponen la voz  cada mañana a la repetición insaciable de los días: “Dicen que somos jóvenes, pero no lo sabremos hasta que hayamos crecido; en verdad no sé si todo eso es cierto porque, nena, tú me tienes a mí, y yo te tengo a ti”. Es la canción imborrable en ese clásico inadvertido que ya para siempre será Groundhog Day (Atrapado en el Tiempo), una de las mejores comedias que se hayan hecho en los últimos 25 años. Su director, Harold Ramis, armó una aguda diversión de ribetes metafísicos, sin abandonar un solo momento el territorio de lo cotidiano ni incurrir en especulaciones discursivas. Esta película pertenece a ese tipo de historias de apariencia modesta, destinadas apenas al entretenimiento o a una apreciable taquilla. Y que, sin embargo, funcionan de acuerdo a un mecanismo narrativo tan perfectamente hilado que el tiempo (y las revisiones, siempre sin merma alguna de su validez original) acaba por reclamarlas como clásicos. Porque crecen en el inconsciente colectivo. Porque siempre le proponen al espectador la trampa de empujarlo a anhelar, inútilmente, que la próxima vez la historia termine de manera diferente. Porque son como muñecas rusas que guardan la posibilidad inducida de que deseemos un final dentro de otro final, la variación inexistente en lugar de la variación real, un giro donde perfectamente sabemos que viene una recta… El tiempo, esa materia de imposible aprehensión que ha ocupado a pensadores de todas las épocas, es aquí derrotado por Harold Ramis y sus actores en una historia deliciosa. Dentro de cien años esta película seguirá viéndose con enorme gusto por quien tenga la fortuna de visitarla por primera vez; y, desde luego, por quienes ya la conozcan… A base de detener en el tiempo a Bill Murray, Harold Ramis construyó, maravillosa paradoja, una película intemporal].